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Capítulo 20
EL CAMBIO ¡Excita al hombre penitente!
W. Shakespeare, Macbeth. Acto V, escena II.
Londres casi siempre resonaba con los gritos de los vendedores ambulantes, del sonido de las zampoñas y organillos, del incesante ruido de las ruedas y los cascos sobre el adoquinado; pero no ese día. Hasta Hyde Park estaba desierto. Pero las campanillas del trineo producían un sonido claro y límpido en el aire helado, atenuado sólo por las notas líricas de la risa alegre de la Duquesa de Grandchester.
—¡Mira, Terry, estamos sólo nosotros!
—Lo sé.
Candy se volvió para ver el paisaje, un libre espacio salvaje color marfil en el centro de la ciudad.
—¿No te quita el aliento?
—¿Qué cosa? ¿El hecho que no haya nadie? —Su mirada le dijo que había pocas cosas por las que el Duque de Grandchester desperdiciase el aliento.
—¡No! ¡Todo esto! —contestó ella con un gran gesto de la mano.—Mira a tu alrededor y dime qué ves.
—Nieve.
—¿Qué otra cosa?
—El parque.
Candy se quedó mirando el manguito que tenía en la falda, preguntándose qué tipo de persona podía ver sólo la cáscara de las cosas. Ladeó la cabeza y observó a su marido. Estaba perfectamente serio. Pero debajo de aquel frió exterior vivía otro hombre, y ella había descubierto algunos de sus rasgos.
Era como si el Duque de Grandchester no supiese como vivir la vida, como si no se encontrase cómodo, al punto de sentirse excluido. Candy posó una mano sobre su brazo, esperando a que aflorara el hombre que era prisionero dentro de él.
—Mira aquel lago largo y dime a qué se parece, según tú,
—¿El Serpentine?
—¿Es así como se llama?
—Sí.
Ella miró la larga serpiente de hielo de plata y entendió el porqué de su nombre.
—Descríbeme lo que ves.
—Veo agua helada, un lago o loch, como dicen ustedes en Escocia.
—¿Qué te viene a la mente cuando lo miras?
Él sacudió los hombros.
—No sabría.
—Prueba.
—Veo el hielo gris, nada especial. —Le dio una mirada cínica—.
—He picado, pecosa. ¿Y tus ojos qué es lo ven?
—No sólo mis ojos, también mi mente. —Una sonrisa le afloró en la boca.
—Veo una cinta de plata brillante, como si su superficie hubiera sido lustrada durante horas. Y veo un lago de plata que refleja el color del cielo. Veo los árboles vestidos de hielo parados como camareros en espera. Veo la nieve blanca y pura que nunca ha sido tocada o pisada o ensuciada. Es como el mejor mantel de damasco sobre una mesa y creo que si tuviera un poco de nieve en mi mano levantada contra la luz, la vería brillar como las copas de cristal cerca de un candelabro durante una cena en Grandchedter Park. Sonrió a su marido.
—¿Puedes verlo tú ahora?
Testarudo, él apretó la mandíbula y suspiró como para decir que encontraba estúpida la descripción de su mujer.
—Yo veo lo que hay. Un feo lago gris y la nieve fría, nada más. Todo es monótono y cadavérico.
Ella se dio cuenta que había de nuevo levantado un escudo, pero en vez de desistir, insistió:
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—Si observas con atención, tú también verás lo que veo yo.
—¿Por qué alguien debería perder el tiempo intentando ver cosas que no están?
—Pero están. ¿Cómo puedes apreciar lo que te rodea, si no lo miras de verdad? ¿Cómo puedes tener recuerdos, si no los creas?
Él pareció reflexionar sus palabras.
—¿Nunca has inventado nada cuando eras un niño? ¿Nunca has imaginado ser un caballero, un soldado, un rey? ¿Nunca has pensado que una manzana fuese mágica, que un bastón fuese una espada, o un caballo, que un perro fuese una bestia feroz que se tragaba al mundo y que sólo tú podías salvar? —Terminada la frase, Candy se dio cuenta que la expresión de Terry había cambiado y se dio cuenta que había cometido un error. Él nunca había sido un niño y nunca había jugado esos juegos.
Jem se dio vuelta y le dio al Duque una extraña mirada. Terry miró alrededor y después dijo:
—Supongo que depende de cómo ve las cosas cada persona. Yo no tengo tiempo para fantasías y excentricidades, ni para inventar cuentos de la nada.
—¿Para qué cosas tienes tiempo?
—He encontrado tiempo para traerte a hacer un estúpido paseo en trineo. —El trineo se sobresaltó y saltó adelante.
—Lo siento, Vuestra Gracia. Hemos tropezado con una piedra.—Después Jem murmuró algo sobre una cabeza tan dura como la piedra.
Candy tragó y se quedó mirando sus manos, y luego murmuró:
—Si lo considerabas estúpido, ¿por qué lo has hecho?
Terry no contestó, pero ella se dio cuenta que apretaba las manos, como si estuviese haciendo un esfuerzo para hablar o encontrar las palabras. Sin mirarla, y sin gentileza, contestó:
—¡Vaya carajo si lo sé!
Después de muchos y largos minutos de silencio, ella renunció.
—Puedes llevarme a casa, ahora.
—Querías correr sobre un condenado trineo, muy bien, corre.—Terry lo dijo con los dientes apretados y mirando al parque con tal odio que ella se preguntó cómo podía no disolverse la nieve.
La necesidad de hablar fue tan fuerte en ella que no logró contenerse.
—Pensé que era… distinto.
—Yo también —replicó con la boca apretada.
—¿Cómo pensabas que habría sido?
Terry continuó manteniendo su cabeza ladeada.
—Pensaba que te gustaría. —Lo dijo con calma, con el tono de quien admite haber cometido un pecado horrible.
Ella le puso la mano sobre el brazo y lo sintió ponerse rígido.
—Yo también esperaba darte un gusto.
—¿Cómo? —Preguntó mirándola.
—Contratando a Forbes y Sam.
Terry se pasó una mano por la frente.
—Imagino que Sam será el cocinero.
—¿Lo has visto?
—No pasa fácilmente desapercibido.
—Forbes es el mayordomo.
—Sordo.
—Sólo es un poco duro de oído. Pero necesitamos un mayordomo.—Después de una pausa agregó: —Si lo hubieras visto… Pobre hombrecillo. Lo han echado a la calle después de cincuenta años de servicio fiel. Necesitaba de nosotros.
—No tengo dudas. Habrá millares de personas que necesitan de nosotros en Londres, pero a nadie le sirve un mayordomo sordo, pecosa.
Ella ignoró las palabras de su marido y continuó:
—Estaba sobre aquella plataforma de desempleados, pero tenía la cabeza en alto, a pesar de la vieja librea desgarrada.
Sin mirarla, él advirtió:
—Será suficiente con que lo mantengas lejos de mí y de la puerta de entrada.
—Sus señorías, el conde de… ¿ah? ¿Cómo se llama?
La puerta del salón se cerró de golpe, pero se reabrió después de un segundo.
—¡Sus señorías el conde de Town y el vizconde… ¡Benson!
¡Ben—son! Oh, finalmente estás aquí. Sus señorías han olvidado los nombres. ¿Los conoces? La puerta se abrió lentamente y entró Henson.
—Sus señorías el conde de Downe y el vizconde de Seymour.
—Necesito un brandy. —Downe pasó delante de Henson y se dirigió hacia la jarra sobre la mesita cerca de la pared.
—¿Dónde está Seymour? —preguntó Terry.
—Está tratando que esa cabeza de calabaza de tu mayordomo diga su nombre correctamente. —Archie tomó un sorbo de coñac, luego se dio vuelta.— No pretende dejarlo pasar.
Entró Charlie.
—Escucha, Terry, me parece una extraña elección tu mayordomo. Ese viejo no oye nada de nada.
—¿De veras, Charlie? ¡Qué observador! Estoy seguro que Grandchester no se dio cuenta y necesitaba que tú se lo dijeras.
De pie cerca de la chimenea, Terry estaba preparado para la acostumbrada contienda. Archie se había servido la segunda copa, se acercó a un sillón y se sentó sobre un brazo con un gemido.
—¿Te duele algo?
—Annie Britter —contestó riendo Charlie.
—¿Qué ha sucedido esta vez? —la mirada de Terry pasó de la cara enfadada de un amigo a aquella sonriente del otro.
—Una palabra, Charlie. Una sola palabra y me las pagarás.—amenazó Archie.
—El perro de Annie le ha mordido el trasero.
—Mañana en la mañana al amanecer, Charlie.
—Esto es lo que te ha metido en problemas. Si no hubieras bebido demasiado y no hubieras desafiado a Hanford, dudo que el resto hubiese sucedido.
—Y yo dudo que tú logres tener la boca cerrada por más de cinco minutos.
—Annie le ha salvado su borracho pellejo —contó Charlie a Terry— Si bien cuando vi los dientes del perro, supe que ha gozado de buena parte de su suerte. Me maravilla que no le haya venido un hipo.
—Hudson Green, Charlie. Al amanecer.
—Tú no puedes desafiarme a un duelo, Archie. Sólo yo te puedo servir como padrino.
Terry observó en silencio los dos amigos que se miraban hostiles. Dio una mirada elocuente a la copa del amigo y dijo:
—Si no dejas de tragar esa cosa, todos los talismanes y hadas de Charlie no lograrán ayudarte. Algo o alguien peor que un perro te matará.
Archie miró a Terry con la furia de un condenado.
—Lo que hago es cosa mía, Grandchester. No te entrometas.
Terry y Charlie intercambiaron miradas.
El silencio cargado de tensión fue interrumpido por Candy, que entró casi corriendo entre crujidos de seda y el ondular de su vestido color rubí oscuro. Su expresión era ansiosa y cargada de expectativas, como si la más maravillosa experiencia de su vida estuviera por suceder en ese momento. Terry le había visto la misma expresión cuando llovían pétalos de rosas. Ese vestido de seda roja era el más bello que su riqueza podría adquirir, pero estaba convencido que el aspecto de Candy sería lo mismo de vibrante con un vestido raído de franela gris. En el cuello y las orejas de su esposa brillaban diamantes y rubíes que nadie notaba, porque su sonrisa los superaba en esplendor. La de Candy era una belleza insólita, que a veces hacía olvidar a Terry que era todo un Duque. La observó mientras saludaba a sus amigos. A Charlie con genuino placer, a Archie con tolerancia mezclada con aprensión. Después miró a su alrededor buscando sus ojos. Los encontró, los retuvo y desvió la mirada cuando Charlie dijo algo.
Archie se había levantado cuando ella había entrado y la había examinado de la cabeza a los pies, deteniendo la mirada aquí y allá. Terry, para evitar darle un puñetazo, apretó fuerte su copa.
Henson anunció la cena. Terry hizo una señal de asentimiento, mientras los amigos escoltaban a Candy hacia el comedor.
Los días siguientes estuvieron plenos de actividad. Candy aprendió a comportarse en sociedad bajo la guía de su frustrado marido. Le tomó una mañana entera para acostumbrarse a la reverencia reservada a los reales; le dolían las rodillas por la posición innatural y ridícula en que se veía obligaba a permanecer.
Decidió que las damas inglesas debían tener las coyunturas distintas de las escocesas. Fue en ese momento que los queridos Charlie y Archie sugirieron salir y después, los cuatro estaban en el carruaje alejándose de la residencia de Grandchester. Media hora después pasaban sobre el Puente de Londres.
Por primera vez en más de cien años el Támesis estaba congelado.
Sobre el río se veían muchísimas personas con los vestidos oscuros de los obreros que gozaban del evento del año, la feria del Hielo.
Pocos minutos después, Candy y Terry siguieron a Charlie y a Archie más allá de la puerta de madera del pasaje peatonal helado.
En la orilla del río había estandartes de colores y banderillas amarillas, verdes y azules y banderas rojas, blancas y multicolores que estaban diseminadas desde un tenderete a otro para comerciar los productos.
El aire estaba entibiado por el aroma de platos de carne, cordero asado; los taberneros vaciaban los barriles de cerveza espumosa que habían vendido a las hordas de visitantes.
—No logro entender cómo he dejado que me convenzan para venir a este lugar —Dijo Terry apretando los dientes, mirando con odio a sus dos amigos. Candy miraba acá y allá para no perderse ni un detalle.
—Me habías prometido traerme a una feria.
—Ya has visto una sin mi permiso y es por eso que ahora tenemos un mayordomo sordo con una voz que despierta los muertos y un cocinero del caribe que canta recetas.
—Has admitido tú mismo que la cena era excelente.
—Se da el caso que me gusta la langosta.
Charlie llamó su atención agitando un brazo en alto desde delante de un tenderete.
—Hey, Canfy. Necesito de tu ayuda. ¿Cuáles de estos crees que debería comprar? — preguntó, mostrándole una pequeña botella de aceite azul y un reloj de bolsillo de marfil.
—¿Qué son?
—Este es un aceite protector —explicó, indicando la botella.
—Protege de los demonios, fantasmas, espíritus malignos y similares, lo dijo la vendedora, y también de las brujas.
—Creo que me serviría —comentó Terry con un tono seco y Candy lo miró ceñuda.
Charlie se dirigió al Duque y dijo:
—Pienso que Archie necesitaría del pelo del perro que lo ha mordido. ¿Qué crees que le sirva, Terry?
—Creo… —Terry no terminó la frase.
—Que habías dicho que nadie de nuestros conocidos estaría aquí.
Charlie siguió su mirada.
—¡OH, mira quien está! ¡Eugenia! ¡Claire! ¡Pero mira un poco, su gracia! —Lady Agnes avanzaba decidida hacia ellos.
—¡Qué pequeño es el mundo!
—Demasiado —comentó el conde, mientras las tres chismosas se abrían camino entre la gente.
Candy apretó el brazo de Terry y él apoyó la mano en la de ella.
—¡Corre! —gritó arrastrando a su mujer en un espacio estrecho entre dos tenderetes, seguidos por los otros dos.
—Reflejos rápidos, Grandchester. Ahora puedo gozar la cerveza sin oír los chismes de esa mujer. —El conde lanzó al cervecero una moneda, luego ordenó vino brulé* y lo ofreció a Candy con una reverencia. Sonriendo por la expresión de sorpresa, se apoyó contra una tienda y paladeó su cerveza.
Charlie le habló con la risa en la voz:
—Mira, Archie, es verdad que el mundo cada vez es más pequeño. Mira detrás de ti. No es tal vez…
Terry no habría creído posible que el conde de Downe, libertino, cínico y casi alcohólico pudiese asustarse frente a alguna cosa. En cambio se asustó. Ella siguió la mirada divertida de Charlie y vio a la criticada Annie Britter. La muchacha era una de las mujeres de aspecto meno peligroso que nunca hubiera visto. Le parecía imposible que pudiese crear los desastres de los que la acusaban los amigos. De improviso Annie se dio la vuelta, como buscando a alguien.
Puesto que se protegía los ojos con la mano, la cartera que sostenía en el brazo, fue a dar contra la boca de un señor, que perdió el equilibrio sobre el hielo, tratando desesperadamente de sostenerse en pie. La pobre Annie, tratando de ayudarlo, alargó el brazo, pero le metió sin querer dos dedos en los ojos. Los gritos del desdichado se habrían podido escuchar en Escocia. Annie retrocedió, justamente asustada por la rabia de él, que con un estruendo sordo cayó de espalda, perdiendo el sombrero entre la gente.
—¡Buen Dios! —Charlie aferró sus amuletos y miró al hombre, la última víctima de Annie.
—¡Pero si es Lord Brummel!
CONTINUARA
*Del francés "vino quemado". Vino caliente con especias
