Mis mas sinceras disculpas por no actializar esta hermosa historia tan seguido... jemm, casi nunca... jajaja no tengo escusas pero quiero terminarla este fin de semana si puedo. Gracias por seguir leyendola apesar de mi vagancia.

Los quierooo!!!

Muy bien!! A leer!!

Capítulo 18

Estaba decidida. Naruto no había tenido ningún reparo en abandonarla para ir corriendo a cumplir con sus obligaciones. Ella haría lo mismo.

Se puso su ajado vestido verde, que Naruto finalmente no había quemado. Menos mal, porque ahora, limpio y remendado, podía seguir usándolo para los días de diario. Preparó algunas provisiones en un hatillo y se dispuso para bajar al pueblo en busca de Shion. Sarada la había mencionado durante su extraña conversación y si su amiga tenía algo que ver con aquel asunto, estaba dispuesta a averiguar qué.

Caminó hasta la plaza sin poder evitar que su mente volviese una y otra vez a la noche pasada con su marido. ¡Oh, cielos! Solo con recordar los ojos oscurecidos de Naruto era capaz de revivir las ardientes sensaciones que él le había regalado. Estaba deseando repetirlo, seguir explorando su magnífico cuerpo palmo a palmo si él se lo permitía… Chasqueó la lengua, furiosa consigo misma.

—¡Olvídalo ya! ¿No has visto cómo se ha marchado? —se amonestó—. Te miró como si estuvieras loca y luego se fue. ¿Por qué sigues pensando en él?

Ah, porque nadie te ha hecho sentir nunca cosas parecidas, se contestó. Cerró los ojos mientras caminaba para rememorar con más intensidad sus ojos cobalto rebosantes de deseo, sus manos expertas, calientes e incitantes. Su dura…

De pronto, su pie se enganchó en una piedra y cayó de bruces en el camino.

—¡Mira que eres tonta! —volvió a reprenderse a sí misma, sacudiéndose el polvo del vestido mientras se levantaba—. Eso te pasa por andar soñando despierta.

Se obligó a sí misma a desterrar aquellos pensamientos y a concentrarse en el cometido que tenía por delante.

Al llegar a la plaza, preguntó por la casa de Shion y no tuvo ninguna dificultad en encontrarla. Se cruzó con algunos de sus vecinos que la saludaron cordialmente. Varios hombres se empeñaron en recordarle lo encantados que estaban de haberla conocido, y la suerte que tenía Naruto de tener una bonita esposa como ella.

¡Ay, si ellos supieran! Naruto posiblemente pensara que su esposa era atractiva, pero también que estaba loca de remate. Y, tristemente, no podía hacer nada para evitarlo.

Al final de la calle se encontraba la casa de Shion y, al llegar, golpeó con decisión en la puerta principal. Esperó un poco, pero nadie contestó. Rodeó la cabaña mirando por las ventanas para intentar localizar a su amiga en el interior. No solía ser tan indiscreta, pero su intuición le pedía a gritos que la buscara. Que era importante.

Y cuando llegó a la ventana del dormitorio principal, la vio.

Hinata contuvo una exclamación de horror cuando comprobó que su amiga yacía tirada en el suelo bocabajo, desnuda. La habitación estaba muy revuelta, como si hubiese tenido lugar una pelea en su interior. La imagen del marido de Shion acudió a su mente transmitiéndole un escalofrío de temor. Sin duda, aquel hombre era siniestro. Recordó sus ojos azules, tan claros que daban pavor. Estaba convencida de que él tenía la culpa de lo que estaba viendo.

Forzó la hoja de la ventana para levantarla y, tras varios intentos, consiguió moverla. Se coló dentro de la casa, extremadamente sigilosa ante lo que pudiera encontrar. Con cuidado, se arrastró hasta la posición de Shion y levantó su mano para tocarla, conteniendo la respiración.

¡Menos mal! Estaba caliente. Y ahora, de cerca, comprobó que respiraba. La volteó para ponerla bocarriba y se horrorizó al comprobar las magulladuras de su hermosa cara.

—¡Oh, Shion! —exclamó, acariciándola—. ¿Qué te ha hecho ese bestia?

De pronto comprendió la actitud de su amiga durante la fiesta.

Sus ojeras exageradas, su apagado pesimismo, la tristeza de su mirada. ¡Pobre Shion! Seguramente su vida había sido así desde que se casó con aquel vaquero. ¡Y ella no estuvo a su lado para ayudarla!

—No te preocupes —le dijo, mientras la cubría con una manta que encontró tirada junto a ella—. Ya estoy aquí.

Al notar el calor de la prenda, Shion abrió los ojos. Parpadeó varias veces antes de reconocerla.

—¿Hinata? —preguntó, con la voz ronca.

—Sí, amiga, soy yo.

La joven rubia abrió entonces mucho los ojos y se incorporó bruscamente.

—¡No debes estar aquí! Márchate, si él te encuentra…

Hinata sujetó a su amiga por los hombros para que se tranquilizara.

—No —la contradijo—, si yo le encuentro a él le mataré por lo que te ha hecho —prometió

Ignoraba de dónde le salía aquella fuerza interior, pero sabía que podría cumplir su palabra si se cruzaba con aquel energúmeno.

—¿Qué haces aquí, Hinata? —preguntó Shion.

Se levantó con dificultad y se puso a recoger el cuarto. Hinata no podía creer lo que estaba viendo.

—Deja eso, Shion. Por el amor del cielo… ¿en qué te ha convertido ese hombre?

Le quitó de las manos los trozos de una lámpara que debió haber sido bonita y los dejó sobre el tocador.

—Olvídalo, ¿quieres? —la regañó—. ¿Dónde está tu querido maridito?

Shion se sentó en la cama, hundida. Enterró la cara entre sus manos y prorrumpió en sollozos.

—No lo sé —contestó. Su mirada se perdió entonces en el infinito y continuó hablando con un hilo de voz—. Cuando le vi por primera vez, pensé que era el vaquero de mis sueños… ¿te acuerdas?

Hinata lo recordaba. Shion había fantaseado con su hombre ideal durante gran parte de su viaje.

—Pero no resultó como yo esperaba, Hinata. Es un hombre cruel. No solo no me ama, sino que disfruta con mi sufrimiento — susurró. Dos gruesas lágrimas cayeron desde sus ojos y dejaron manchas oscuras sobre la manta que la cubría.

Hinata abrazó a su amiga. Era lo único que se le ocurría para transmitirle todo el consuelo que se merecía. No había palabras que aliviaran el sufrimiento que debía padecer.

—¿Dónde está, Shion? —insistió Hinata, con delicadeza.

La joven rubia sorbió sus lágrimas y tomó aire antes de hablar. El dolor apenas le permitía que llegase hasta sus pulmones.

—Anoche le oí hablar con su socio. Lo hice a escondidas, por eso él… —se interrumpió, cerrando los ojos para intentar esquivar los recuerdos—. Deidara se enfadó mucho cuando me descubrió espiando. Pero los escuché. Hablaron de una niña, la tienen secuestrada Hinata. ¡Es un auténtico monstruo! Me dijo… me dijo que si le contaba algo a Jiraiya, me mataría.

—Bueno —dijo Hinata, abrazándola de nuevo—. No se lo has dicho a Jiraiya, ¿verdad? Y me alegra que me lo hayas confiado a mí.

—Pero, esa pobre niña… ¿qué será de ella? Ignoro por qué la tienen prisionera, pero no creo que haya hecho nada para merecerlo. ¿No deberíamos acudir a Jiraiya? Temo por ella, Deidara es tan… malvado —confesó Shion, estremeciéndose.

—Malvado no le hace justicia —bufó Hinata, sin poder quitar los ojos de las feas heridas que estropeaban el rostro de su amiga—. Escucha, da la casualidad de que estoy aquí por esa niña. Y nosotras la rescataremos, tenemos que hacerlo, las dos juntas.

Shion saltó como si la hubiesen pinchado. Se giró hacia Hinata y la miró horrorizada.

—¿De qué estás hablando? Nosotras no podemos… no somos… ¡Deidara nos matará!

La joven no pudo evitar pasar con dulzura un dedo por una de las magulladuras de Shion.

—¿Más? —le preguntó, refiriéndose no solo a las heridas superficiales que lucía—. Shion, nosotras nos hemos enfrentado a tormentas de arena, hemos viajado bajo lluvias torrenciales, hemos caminado entre serpientes y hemos conseguido sortear todos los peligros de un camino infernal. ¿Aún dudas de nuestra capacidad?

Le pasó una mano por los hombros y la apretó contra ella. Miró a su alrededor, con los labios fruncidos en un gesto decidido.

—Podemos con lo que sea, y lo haremos. Iremos a buscar a Sarada, tú y yo. Es muy importante que confíes en mí. ¿Lo harás? — cuando Shion asintió con la cabeza, Hinata sonrió satisfecha—. Solo tienes que dejarme uno de tus pantalones y todo saldrá bien.

—No… No tengo pantalones, Hinata. Deidara me los quemó todos cuando nos casamos —susurró, acordándose del rostro distorsionado de su marido cuando descubrió esas prendas entre sus objetos personales.

—¡Ese hijo de mala madre, sapo repugnante lleno de pústulas…!

—Pero… —la cortó Shion, sonriendo por primera vez—, tengo algo mejor.

Se levantó de la cama y rebuscó en su arcón. Tuvo que vaciarlo hasta llegar al fondo. Su amiga notó que sus movimientos eran mucho más comedidos de lo normal, sin duda, los dolores que debía sentir a causa de la paliza eran importantes. Al final, sacó una gastada bolsa de viaje que Hinata reconoció en el acto.

—¡Mis cosas! —se abalanzó hacia ella—. ¡Oh, Shion, las guardaste! Mi ropa —exclamó, abriéndola y sacando las prendas para examinarlas. Al coger su pantalón, un objeto pesado cayó al suelo—. Mi Colt —lo reconoció Hinata.

Lo recogió del suelo y disfrutó de su tacto familiar. Era raro, durante todo el viaje no se había separado de él porque le daba seguridad. Se sentía protegida. Y, sin embargo, casada con Naruto no lo había echado de menos. No quiso pensar en lo que aquello podía significar porque no quería recordar a su marido ausente. Así que se pasó el revólver de una mano a otra, comprobando que no había perdido habilidad.

—Esto nos ayudará —declaró orgullosa.

—Necesitaremos algo más que tu Colt para llevar a cabo la locura que insinúas —le recordó Shion, intentando bajarla de su nube.

—Tienes razón —coincidió Hinata—. No sabemos el tiempo que nos llevará dar con la pequeña, así que deberos ir bien pertrechadas, por si acaso. Coge alguna manta, agua, provisiones…

Era imposible conseguir que entrara en razón. Shion suspiró y quiso decirle algo más para que desistiera de su empeño, pero, justo entonces, escucharon un fuerte aleteo en la ventana. Allí estaba el pequeño gorrión de Sarada, dispuesto a guiarlas hasta donde hiciera falta.

—Bueno —murmuró Hinata—, ya estamos todos.

Shion no entendía nada. Solo sabía que su amiga se había vuelto completamente loca. Algo que corroboró en cuanto la siguiente frase salió de su boca.

—Ahora solo tenemos que robarle un par de caballos a Jiraiya y nos pondremos en camino —dijo, guiñándole un ojo.

Loca. Pero loca de remate, pensó una aturdida y asustada Shion.


Deidara Garret estaba furioso. Después de la paliza que le había dado a Shion la noche anterior, se había largado al local de Mei a divertirse un poco con un par de chicas. Y, por supuesto, la fiesta se alargó hasta altas horas de la madrugada. No en vano presumía de ser un amante formidable, con una gran resistencia. Aquellas dos hembras habían quedado sin lugar a dudas más que satisfechas…

Por desgracia, tanto esfuerzo había ocasionado que se le pegaran las sábanas y, al regresar a casa pasado el mediodía, se había encontrado con que allí no había nadie. Knife se lo había advertido, que tuviera cuidado con la mujer. Y todo aquel tiempo había pensado que la tenía sometida… Pero la miserable había escapado.

¡Había osado desobedecerle! Cuando la encontrase le iba a dar un escarmiento que no olvidaría fácilmente.

Fue a ver a Knife para darle la mala noticia. Intuía que no se lo tomaría muy bien y, como suponía, su enfado fue considerable.

Cuando aquellos malvados y dementes ojos se posaron sobre Deidara, este temió por su vida durante unos segundos. Tal vez en aquella ocasión no se conformara con atravesar la palma de su mano con el cuchillo.

Era algo cómico de ver. Garret le sacaba más de una cabeza y Knife era además muy joven, un muchacho. Pero su crueldad era anormal, incluso entre los pistoleros más desalmados. Knife era rápido como un demonio y los que osaban dejarse engañar por su aspecto aniñado se encontraban con una bala incrustada entre ceja y ceja en menos de lo que duraba un suspiro.

—¿Cómo has permitido que se te escape? —preguntó, con una voz fría como la escarcha.

—Pensé que ella estaba… —intentó excusarse—. ¡Le di una paliza tremenda! Tendría que estar en cama, sin poder apenas levantarse.

El rostro de Knife se crispó.

—Te dije lo importante que era que la tuvieras vigilada ¡Recuerda lo que dijo la niña! Es la mujer del Este que mencionó. ¿Y si ha ido a rescatarla, tal y como esa mocosa predijo?

—No puede ser — Deidara movió la cabeza, sin poder aceptarlo—. Te digo que no podría haber huido sola. Y mucho menos ir a rescatar a nadie.

—Escucha, estamos a un paso de conseguir el oro. Seremos ricos y nadie se interpondrá en mi camino. Esa niña hablará, nos guiará hasta él. Ya falta poco, lo presiento. ¿Cuánto tiempo puede resistir alguien semejante cautiverio? —hizo una pausa y clavó en su interlocutor una mirada cargada de veneno—. Y ya me estoy cansando. Nagato prometió sonsacarle la información pero creo que se ha pasado al otro bando y lo único que pretende es proteger a la niña. No podemos esperar más, y no quiero arriesgarme a que la rescaten. Ve a la cabaña y comprueba que todo está correcto, que esa mocosa aún sigue allí. Si lo está, tienes mi permiso para sacarle tú mismo la información… como creas más conveniente.

Deidara esbozó una siniestra sonrisa. Se colocó el sobrero y le hizo un gesto al jefe antes de salir.

Knife le vio marcharse, pero no estaba satisfecho, ni mucho menos. Sabía que Deidara cumpliría su cometido a la perfección, o al menos, lo intentaría. Había omitido intencionadamente el pequeño incidente que tuvo él cuando intentó torturar a la maldita india. Esa mocosa no era fácil de arredrar. ¿Tendría Deidara más suerte? Conocía los métodos del malvado vaquero. Podía pegarle una paliza, podía arrancarle los dedos de las manos pegándole un tiro en cada uno de ellos. Podía incluso llegar a violarla, aunque la pequeña contase tan solo con ocho años de edad. Todo aquello no le preocupaba en absoluto; lo que de verdad le martirizaba era saber si Garret podría llevar a cabo alguna de aquellas tareas.

Con un gruñido de rabia, reconoció que no creía que ninguna de aquellas torturas tuviera éxito. La niña no lo consentiría. De algún modo que no alcanzaba a comprender, aquella india poseía un extraño poder que la protegía de todas sus maldades.

Nunca les revelaría dónde estaba el oro, por fin lo asimilaba. Y aquello solo le dejaba un camino posible: debía matarla.

No sabía cómo podría conseguirlo, pero debía encontrar alguna manera. Tal vez cuando estuviera dormida y sus sentidos no se alertaran por su proximidad… Sí, entonces podría pegarle un tiro en la nuca, tal y como llevaba deseando durante demasiado tiempo.


El gorrión las guió durante una buena parte del trayecto siguiendo el curso del río Fresno, adentrándose cada vez más en las zonas donde las formaciones rocosas se elevaban mezclándose con el bosque. Hinata contemplaba el paisaje admirando los altos pinos ponderosa, sobre cuyas ramas pudo observar algunas pequeñas ardillas de cola gris y tupida que correteaban ajenas a la presencia humana. Un poco más adelante, un grupo de robles negros se exhibían orgullosos extendiéndose hasta donde alcanzaba su vista.

Aquello era el paraíso, pensó la joven. Las grandes masas graníticas que iban encontrando se elevaban en paredes verticales o se abrían en profundos cañones por los que discurría el agua. Pasaron junto a varias cataratas de poca altura pero de belleza inigualable. Cerca del mediodía, cuando llevaban ya algo más de cinco horas de viaje, tuvieron que atravesar el cauce del río, sembrado de enormes rocas sobre las que saltaba el agua, limpia y transparente.

—Por aquí —dijo Hinata tras inspeccionar la zona—. Los caballos no tendrán problemas si lo cruzamos en este punto. Más abajo tiene mayor profundad.

Shion asintió, con gesto cansado. Las heridas de su rostro se habían inflamado y amoratado, y sus ojos habían perdido gran parte de su brillo. Su amiga estaba realmente afectada y ahora, tras haber visualizado un atisbo del horror que había vivido, Hinata entendía el porqué. Lo que no lograba comprender era el motivo de esa maldad desmesurada que exhibía Deidara Garret. Shion era una mujer muy dulce y muy bella. ¿Por qué querría nadie maltratarla de esa manera atroz?

Intentó no pensar en ello y concentrarse en la tarea que tenían por delante: había que cruzar el río. Condujeron los caballos a través de las aguas, esquivando las enormes piedras para que sus cascos no resbalaran al pisarlas. Se empaparon de cintura para abajo, pero los animales consiguieron arribar a la otra orilla sin ningún contratiempo.

—Estoy agotada, Hinata —musitó entonces Shion—. ¿Podemos hacer un alto?

—Por supuesto —contestó. Miró en derredor, buscando un lugar apropiado—. Allí, más adelante, en aquel pequeño claro. Comeremos algo antes de proseguir el viaje.

Cabalgaron hacia el lugar señalado, rodeado de cedros.

Desmontaron, acomodaron los caballos a la sombra y se cambiaron la ropa mojada por una muda seca. Cuando Shion sacó los víveres de las alforjas de su caballo, una mueca de dolor le traspasó el rostro.

—¿Te encuentras bien?

—Me duele un poco… todo el cuerpo —susurró, intentando sonreír.

—Ese malnacido… No sé, tal vez no tendría que haberte traído conmigo, Shion.

—No, no. Está bien. Prefiero estar aquí contigo que esperando en casa a que regrese.

Escucharon un revoloteo sobre sus cabezas y elevaron la vista.

El pequeño gorrión seguía cada uno de sus movimientos, incansable. Se posó sobre una de las ramas del cedro y aguardó a que reanudaran su viaje.

—Creo que ya falta poco —intuyó Hinata, mirando fijamente al pájaro. Parecía más nervioso de lo normal.

—¿Y qué haremos cuando lleguemos? Cuando nos encontremos con la niña, quiero decir. Supongo que estará vigilada — comentó Shion, muy seria—. ¿Vas a… vas a usar tu Colt contra su captor?

Hinata meditó unos instantes. Recordó la visión que tuvo la noche del baile, cuando alguien disparaba al marido de Shion hasta vaciarle el cargador en el estómago… ¿Sería él su aprehensor? ¿Y sería ella la que empuñaba ese revólver? Un estremecimiento de terror atravesó sus pupilas perlas antes de contestar.

—Si es necesario, lo haré —admitió.

Shion advirtió que su voz parecía lejana, como si su amiga supiera algo que aún no le había contado.

—Entonces, espero que no lo sea —dijo, cogiendo su mano para apretarla con fuerza.

Encendieron un pequeño fuego y calentaron unos frijoles; comieron en silencio, cada una sumida en sus propios pensamientos.

Los de Hinata se empeñaban en volar una y otra vez hacía Naruto.

¿Habría llegado ya al poblado de Sarada? ¿Estaría en esos momentos celebrando su funeral? Notó que se le hacía un nudo en la garganta cuando recordó el modo en que se había despedido de ella.

¿Por qué no había sido capaz de creerla?

Inspiró profundamente. No se rendiría. Rescataría a Sarada y la devolvería a su familia, y entonces Naruto no podría volver a dudar de su palabra jamás.


Los cánticos de luto se empezaron a escuchar antes incluso de que el vaquero pudiera ver las primeras viviendas del poblado. Según se aproximaba, el paso de su caballo se ralentizaba. Como si no quisiera llegar; como si Kyuubi también pudiera sentir por anticipado todo el dolor que flotaba en aquel lugar. El ánimo de Naruto seguía emponzoñado, como lo había estado desde que abandonara su hogar.

Más concretamente, desde que abandonara a Hinata a pesar de sus ruegos.

Sus palabras aún reverberaban en su mente con aquel tono de súplica que lo torturaba. En su cabeza, le pedía una y otra vez que la creyera, incansable. Y el dolor de sus ojos cuando la decepción los inundó le provocaba pinchazos en el corazón. ¿Tenía que haberla creído? No concebía la maldad en Hinata, no desde que había pasado esa única y gloriosa noche entre sus brazos. Una criatura tan dulce no podía ser tan cruel. Y, para ser sincero consigo mismo, aparte de los comentarios acerca de la niña, Hinata jamás había dicho ni hecho nada para perjudicarlo. Todo lo contrario. Desde que llegó, había puesto todo su empeño en que las cosas funcionaran.

Había trabajado en la casa, en el huerto, y había intentado obrar como una buena esposa en todo momento. ¿Por qué, entonces, no la había creído?

Cuando al fin llegó al poblado, Naruto desmontó y caminó entre las chozas de palos hasta la zona donde se congregaban los miwok.

Habían encendido una enorme pira funeraria y alrededor los músicos componían una melodía que penetraba en el alma de Naruto con cada nota. Flautas de hueso, sonajeros, raspadores y tambores se alternaban con las voces de los ancianos y las mujeres que ponían todo su sentimiento en aquel canto de duelo.

El vaquero se acercó a Sakura, la madre de Sarada, que lloraba amargamente de rodillas en un lugar preferente. Cuando la mujer miwok levantó sus ojos verdes hacia él y sus miradas se encontraron, Naruto sintió todo el peso de la culpa estrangulando su corazón.

Aquellas pupilas arrasadas en lágrimas habían perdido completamente la esperanza.

—Omusa, nuestro amigo, nuestra familia… Gracias por venir — le dijo, con la voz rota.

Naruto sintió que las rodillas se le doblaban y cayó postrado ante ella.

— Sakura, perdóname.

Ella le miró sin comprender.

—Te he fallado, os he fallado a todos. Tenía… Me he rendido antes de tiempo y le he dado la espalda a Sarada.

Sakura negó con la cabeza al tiempo que sorbía sus amargas lágrimas.

—No. Ya no se podía hacer nada más. La hemos buscado por todas partes, hemos seguido todas las pistas…

Naruto apretó su mano con cariño, notando cómo algo se desgarraba en su interior.

—Todas las pistas no. Aún tenía una más… y la he ignorado — inspiró con fuerza, visualizando los ojos perlas de Hinata cargados de razón cuando le decía que debían rescatar a la niña—. Lo lamento mucho.

—¿De qué estás hablando? —le preguntó Obito, que se había acercado en ese momento a ellos y había escuchado el comentario del vaquero.

—Mi mujer me habló de unas visiones que había tenido y yo no la creí. Ella me dijo que Sarada se le había aparecido para pedirle socorro.

Los dos miwok abrieron los ojos tras esa revelación. Obito dio un paso hacia él, con el ceño fruncido.

—Omusa, sabes que Sarada era nuestro Hii. Sabes que poseía el poder de los espíritus, sabes que era muy capaz de hacer ese tipo de cosas… ¿por qué no creíste a tu mujer?

—Yo pensé que ella… —¿qué, qué pensó?

Naruto se maldijo por no haber confiado en Hinata, más que nada, porque haciéndolo había acabado con la última esperanza de encontrar a su ahijada con vida. ¿O tal vez no? Se levantó bruscamente, con gesto decidido.

—Debo regresar, amigos. Si existe una mínima posibilidad de dar con Sarada, la encontraré, os lo prometo.

Apretó una vez más la mano de Sakura a modo de despedida y luego salió corriendo en busca de Kyuubi. Montó de un saltó y tiró de las riendas para volver grupas y desandar el camino recorrido hasta el poblado. Se reuniría con Hinata para ir en busca de su ahijada tal y como le había pedido.

—¡Espera, Omusa! —le gritó Obito.

Pero Naruto ya no lo escuchó, perdido en su galope frenético y consumido por el ansia de reencontrarse con su esposa y pedirle perdón por haber sido tan estúpido.

Continuará...