Capítulo 19
Albert miró sonriente a su esposa. Ella iba en su caballo... o algo así. Estaba dormida en la silla y su cuerpo se mecía como un sauce al viento. No podía culparla; llevaban más de cuarenta y ocho horas cabalgando desde que habían salido de Stafford. Él mismo estaba tan extenuado que podría desplomarse de su silla. De hecho, dudaba si podría sostenerse en pie en caso de tener que bajar del caballo. Lo descubriría muy pronto, pensó, pues ya estaban a las puertas de Forswhite.
Suspiró y dirigió a su fatigado caballo hacia el de Candy, extendiendo su brazo para sujetarla y montarla en su silla. Ella apenas se movió, murmurando soñolienta y acurrucándose contra él.
—Duerme el sueño profundo de los inocentes.
Albert miró a Shropshire y meneó la cabeza al percibir la leve turbación que asomaba en la cara del hombre.
—¿Aún se pregunta si Eliza decía la verdad cuando aseguró que Candy deseaba ver muerto a su hermano?
—Eliza fue muy convincente.
—Por lo que he oído, usted conoce a Candy desde que nació.
—Sí —dijo con un suspiro.
—Entonces debe saber que ella ama a su hermano. Yo mismo lo he percibido en el corto tiempo que llevamos juntos. —Albert meneó la cabeza cuando el rostro del inglés se llenó de confusión e incertidumbre—. Será interesante conocer a esa mujer.
—¿A qué mujer?
—A la esposa de White. Debe de tener una belleza deslumbrante para haberlos engañado a todos de ese modo. O será muy convincente en la cama.
A pesar de la oscuridad, Albert logró ver que Shropshire se había sonrojado. Eso, sumado al hecho de que el inglés no defendiera de inmediato el honor de la mujer y más bien adoptara una actitud de disgusto, le indicó a Albert que su sospecha era cierta.
—Buscó consuelo en su hora de necesidad, ¿no? Y usted, como amigo de tanto tiempo de lord White, se lo ofreció.
—Yo... —comenzó a decir, pero Albert lo interrumpió.
—No importa. Estoy seguro de que usted no es el único que ha recibido sus favores. De hecho, sé que no. Candy no ha hablado de ello desde que despertó de la fiebre, pero mientras deliraba confesó sospechar que la mujer retozaba con el senescal de su hermano.
—¿Con James? —Shropshire pareció horrorizado al pensarlo, y su rostro se iluminó al comprender súbitamente.
—Maldita sea —suspiró con tristeza—. Dijo que me amaba.
—Todas dicen lo mismo —dijo Tom con voz ronca, uniéndose a la conversación —. Al menos eso es lo que afirma Aelfread. Dice que las que hablan de amor rápidamente son libres de hacerlo porque no lo sienten, mientras que las que realmente aman, a menudo se guardan su certeza por temor a que sus sentimientos no sean correspondidos.
Albert le lanzó una mirada melancólica a Candy, recorriendo su rostro dulce y sereno. Daría mucho por creer que era eso lo que ella sentía: que le importaba él, pero temía decirlo por miedo a no ser correspondida. Por desgracia, él ya le había dicho lo que sentía por ella; se lamentaba de haberle confesado sus sentimientos y se reprochaba tal estupidez.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando llegaron al foso del castillo Forswhite. Frenó su caballo, acomodó a Candy mientras Shropshire se llevaba una mano a su boca y lanzaba un saludo a los hombres que estaban apostados en la muralla.
Instantes después bajaron el puente y la puerta se elevó.
Shropshire avanzó con rapidez mientras Albert y sus hombres lo seguían de cerca, observando con curiosidad el interior del patio. Una mirada les bastó para saber que era una heredad próspera. Era de noche, y había pocas personas por allí; pero las que se veían estaban bien vestidas y obviamente bien alimentadas.
—Su señoría duerme.
Albert elevó su mirada al oír esto y vio que se encontraban al pie de las escaleras. Dirigiendo su caballo hacia la entrada, observó al hombre que estaba de pie en el primer escalón; miraba a Shropshire con tal animosidad que, antes de que se lo presentaran, Albert supo que era James, el senescal de Anthony White, y que lo más probable era que Candy tuviera la razón al decir que este hombre había tenido algo que ver con la esposa de su hermano. Sin embargo, a juzgar por la severidad del soldado, Albert suponía que todo había terminado. El hombre culpaba por ello exclusivamente a lord Robert Shropshire. Nada como una mujer para hacer de cualquier hombre un tonto. Y viceversa, añadió viendo a Candy agitarse soñolienta entre sus brazos.
—¿Lo despertamos y resolvemos esto de una vez? —preguntó Robert después de presentar al senescal de Anthony.
Albert miró el cansado rostro de su esposa y negó con la cabeza.
—No. Lo haremos por la mañana. Ambos han estado muy enfermos. Dejemos que tengan su merecido descanso.
Shropshire asintió vacilante, haciendo un gesto de dolor al levantar una pierna sobre el caballo mientras se apeaba. Se posó en el suelo un momento después y se aferró al pomo de su silla, conteniendo precariamente un quejido. Sus piernas temblaron visiblemente bajo su peso y despertaron con dolor.
Albert arrugó la frente al ver los padecimientos del hombre, sabiendo muy bien que él también podría sufrirlos, y pensó en la forma más segura de apearse del caballo, pues llevaba a Candy en sus brazos. Se resistía a dejarla sola aunque sólo fuera un momento, y bajarla al suelo le parecía una crueldad, pues debía de tener las piernas dormidas y sería para ella una tortura ponerse en pie bruscamente.
—Pásemela.
Albert se detuvo al escuchar la orden, y miró al recién llegado que estaba al lado de su caballo con expresión solemne y los brazos extendidos para recibir a Candy.
—¿Quién es usted?
—Es Henry, el hijo de Paulina —dijo con sorna James, quien finalmente se dignó bajar los escalones. Se aproximó a Albert, y añadió—: es un simple criado. Yo la llevaré.
Albert guardó silencio por un instante, miró a Henry y dejó a su esposa al cuidado del sirviente. Intercambiaron miradas mientras Candy pasaba de un hombre a otro, y asintieron. Albert se irguió, pasó la pierna por encima de la silla y se plantó en tierra. Al igual que Shropshire, sus piernas tampoco estaban muy firmes y se aferró a la silla cuando amenazaron con sucumbir bajo su peso.
Un momento después, las palpitaciones y el escozor le indicaron que ya se habían desentumecido, y que la sangre estaba volviendo a circular por ellas.
Aunque estaba concentrado en las sensaciones que sentía en la parte inferior de su cuerpo, Albert percibió el rencor reflejado en el rostro de James antes de marcharse, y se sorprendió cuando Henry comentó:
—Se ha ganado un enemigo aquí.
Albert observó la mirada solemne del hombre e inclinó la cabeza, en señal de asentimiento, aceptando sus palabras.
—¿Cómo se encuentra lord White?
—Se recupera... lentamente.
—Y apostaría a que usted no se separa de su lado —murmuró Robert. Se acercó a ellos con piernas temblorosas para decirle a Albert—: Henry y Anthony tienen la misma edad y, dado que Paulina era la nodriza de Anthony y Candy, todos jugaban juntos. Usted ha hecho una buena elección; ambos están tan seguros con Henry como lo están con su madre.
El criado sonrió al oír esto.
—¿Cómo está ella?
—¿Paulina? —Robert se encogió de hombros—. Parece estar bien... feliz.
—Sin duda —murmuró Henry con ironía—. Siempre ha anhelado regresar a Escocia.
—Por supuesto —rugió Tom con voz atronadora—. ¿No nos pasa lo mismo a todos?
Robert puso los ojos en blanco cuando los escoceses asintieron al unísono.
—Acaban de llegar a nuestro bello país. Denle una oportunidad antes de que sientan nostalgia por su tierra.
Albert arqueó las cejas al oír aquello.
—¿Usted y mi esposa nos conducen a un nido de víboras y espera que nos relajemos y disfrutemos mientras nos comen vivos?
El inglés hizo una mueca.
—Es probable que ahora no, pero se sentirán bien cuando pongamos las cosas en orden.
—Hablando de esto —dijo Albert mientras soltaba la montura y se estiraba con dolor—, ¿dónde está lady White?
—¡Gracias a Dios! —Todos miraron hacia las escaleras al oír la exclamación y observaron detenidamente a una mujer que sólo podía ser lady Eliza White. Tenía la misma estatura de Candy; su cabello, de un rojo intenso, le cubría los hombros y le llegaba a la altura de las rodillas: ondeaba como una capa al viento mientras ella bajaba las escaleras para recibirlos. Llevaba un vestido amarillo oro que hacia juego con sus ojos , y su corpiño resaltaba su cintura estrecha y sus pechos prominentes, los cuales estrechó deliberadamente contra el pecho de Shropshire, quien permaneció rígido mientras ella lo abrazaba; lo miró de una forma a la vez discreta y seductora, y le dijo:
—He pasado mucho miedo pensando en lo que sería de usted, mi señor. Hoy en día los caminos están llenos de peligros.
—No tanto como algunos castillos —susurró Stear detrás de Albert.
Lady White miró a su alrededor al oír aquello, y observó atentamente a cada uno de los seis escoceses antes de detenerse en Albert. Ignoró a Shropshire y le extendió la mano al jefe del clan Ardley; y su cuerpo parecía flotar.
—Usted debe de ser lord Ardley —le susurró con una sensualidad sutil que le produjo escalofríos en la espalda. Tomó su mano, la apretó fugazmente, le recorrió el brazo con su mano suave y tersa y luego lo acarició debajo de la muñeca de una manera provocadora. Miró con desdén a Henry, que aún sostenía a Candy—. Veo que la has traído de vuelta. No hemos dejado de amarla a pesar de todo lo que ha hecho; y, por supuesto, Anthony la perdonará.
Albert captó la aflicción que fingía y negó con la cabeza mientras ella deslizaba los dedos por su piel de manera aparentemente involuntaria. Definitivamente, era una mujer con experiencia, pensó mientras ella rozaba «accidentalmente» los pechos contra su brazo.
Luego levantó los ojos para responder rápidamente a su mirada y permaneció contemplándolo por entre las pestañas espesas; sus ojos ambarinos se encendieron con toda suerte de promesas.
—Sin embargo, creo que deberíamos dejar ese tema tan incómodo para mañana. Supongo que todos estarán exhaustos tras el viaje, suspirando por un baño y un... lecho.
Albert no pasó por alto la vacilación leve y el énfasis en la última palabra. Lo que no podía entender era por qué se molestaba con él... y justo en la cara de Shropshire; a menos que su intención fuera alejarlo de Candy, lo cual significaba que debía de tener planes para ella. Y no muy bienintencionados, se dijo.
Albert retiró su brazo y tomó a su esposa de los brazos de Henry.
—Sí, agradeceríamos un baño. Al igual que una cama para mi esposa y para mí. — Se alejó deliberadamente de ella y le dijo a Henry—: ¿Podrías conducirnos a la habitación de Candy?
—Anthony se encuentra en ella —interrumpió Eliza antes de que Henry pudiera responder, luego se esforzó en sonreír y dijo casi en un susurro—: los llevaré al cuarto que está entre el suyo y el mío.
Albert se encogió de hombros, acomodó a Candy precariamente en sus brazos y su gesto expresó indiferencia. Cuando Eliza se dio la vuelta para guiarlos, Albert les hizo señas a sus hombres para que lo siguieran. No confiaba en ella; era una mujer intrigante y astuta; de ningún modo la subestimaría.
Lady White los condujo a una habitación en la planta superior, y sus ojos expresaron una sorpresa fugaz cuando abrió la puerta y vio que Albert entraba seguido de sus cinco hombres, de Shropshire e incluso de Henry, el hijo de Paulina. Por un momento, su semblante delató la exasperación que sentía, antes de sonreír dulcemente y sugerir:
—Arriba hay otra habitación, mi señor. Es la misma que Robert usó cuando estuvo aquí la última vez, pero estoy segura de que no tendrá inconveniente en compartirla. ¿Le gustaría que sus hombres se alojaran en ella? Así estarían cerca de usted.
—Sí —murmuró Albert dirigiéndose hacia la cama para dejar a Candy—. Que traigan una bañera; y lleven otra a la habitación de mis hombres.
La imperceptible contracción de su boca evidenciaba cuan fastidiada se sentía al recibir órdenes como si fuera una sirvienta, pero consiguió esbozar otra sonrisa y salió del recinto para transmitir la orden.
Robert cerró la puerta y negó con la cabeza.
—Es como una... una...
—¿Víbora? —sugirió Albert con voz fría.
—Sí; una víbora. Diablos, parece que reptara en lugar de andar.—Meneó aturdido la cabeza, como si se preguntara por qué no lo había percibido antes, y Albert se apiadó de él.
—Ella tiene cierto encanto. La mayoría de los hombres sucumbirían a su sensualidad.
Shropshire respiró profundamente y luego lo miró.
—¿Y nosotros qué?
—Nos daremos un baño cuando ellos lo hagan —dijo mirando a sus hombres—. Os bañaréis por turnos. Dos de vosotros montaréis guardia ahí fuera, al otro lado de la puerta, mientras los demás se lavan y después haremos el relevo. Una vez que me haya ocupado de Candy y me haya bañado, planearemos lo que haremos esta noche; no confío en esa mujer; está tramando algo. Quería captar mi atención a toda costa.
—Sí. Fue bastante evidente —masculló Robert con desagrado.
—Tengo la sensación de que quiere alejarme de esta habitación y de mi esposa, así que definitivamente quiero que al menos dos de vosotros acompañéis siempre a Candy. Hará todo lo posible por ejecutar su plan antes de que ella pueda hablar con su hermano, lo cual significa que tendrá que hacerlo esta noche.
Todos asintieron con mirada sombría; parecían haber dejado atrás los peligros del viaje sólo para enfrentarse a un peligro aún mayor en Forswhite. Nadie descansaría bien esa noche. No habría sosiego hasta que Candy hablara con su hermano por la mañana y lo aclarara todo.
Albert roncaba tan fuerte que podría despertar a los muertos, y por eso Candy se despertó. Movió la cabeza en la almohada, arrugó ligeramente la frente al mirarlo, y no pudo dejar de sonreír; así, durmiendo, roncara o no, con la boca abierta y el gesto algo crispado, quizá debido a un mal sueño, parecía un bebé.
Apartó las mantas conteniendo la risa y se levantó silenciosamente de la cama: estaban en Forswhite; lo supo por la habitación. Comprendió de inmediato que era el cuarto de huéspedes que había junto al suyo. Sin embargo, no recordaba haber llegado allí, lo cual le hizo suponer que seguramente estaba dormida cuando llegaron. Había notado que muchas veces se dormía mientras cabalgaban y que despertaba cuando estaba a un paso de caer. Albert le había preguntado al menos una docena de veces si no quería subir a su caballo y descansar un poco, pero ella se había negado por orgullo; si los hombres eran capaces de permanecer despiertos, ella también podía hacerlo. Al fin y al cabo, ese viaje se había hecho por insistencia suya.
Sin embargo, seguramente se había quedado dormida, pues ni siquiera había despertado al llegar. Candy hizo una mueca de disgusto consigo misma mientras se vestía. Parecía que alguien la había desvestido y lavado, y aún así ella había seguido durmiendo. Seguramente lo había hecho Albert. Era un hombre muy valioso, gentil y considerado. Tenía que decírselo... pero después de ver a su hermano.
Animada tras su nueva determinación, terminó de arreglar sus ropas y avanzó con decisión hasta la puerta de la estancia, pero se detuvo súbitamente, paralizada por un recuerdo.
Eliza.
El nombre fue suficiente para que su gesto reflejara un profundo enfado. Candy no tenía idea de lo que la mujer estaría tramando, pues estaba dormida cuando llegó. Esa mujer podía causarle problemas, y estaría poco dispuesta a aceptar la evidencia de su traición.
Se detuvo a sopesar la situación. Era bastante probable que Eliza hubiera asignado guardias en la puerta del dormitorio de Anthony bajo el pretexto de su seguridad, y seguramente le prohibirían la entrada para hablar con él. Si Robert y Albert estuvieran con ella, Eliza no podría evitar que entrara, pero sin ellos...
Observó atentamente la habitación y una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro. Como todos los castillos, éste tenía sus secretos: paredes huecas, mirillas y todo lo demás. Esa habitación tenía un pasadizo secreto que daba a su antiguo cuarto. Candy lo había descubierto cuando era muy joven y lo había utilizado en más de una ocasión para ocultarse de sus padres. Hoy lo utilizaría de nuevo, decidió satisfecha. Se escabulliría por él para ver a su hermano, si aún estaba en su habitación, adonde Paulina los había llevado después del ataque: esperaba que su hermano siguiera allí.
Se apresuró a atravesar el cuarto, buscó la piedra de la pared que debía empujar para dejar el pasadizo al descubierto y la encontró casi de inmediato. Aunque todo lo que le había sucedido últimamente le hacía pensar que habían trascurrido varios años desde que salió de allí, en realidad no había pasado tanto tiempo; sólo unos cuantos meses, lo cual era muy poco tiempo para tantos cambios. Había frustrado un atentado contra la vida de su hermano, apuñalado a un hombre al tratar de huir de presuntos ladrones, contraído matrimonio, hecho el amor, escapado de las garras de MacGregor, no una, sino dos veces, se había enamorado y...
¡Santo Dios! ¿De verdad había pensado eso? Candy contempló a su esposo dormido, sintiendo el amor y el deseo brotar en su interior. ¡Sí! Realmente lo amaba. Él le había dicho lo mismo hacía una semana, cuando ella aún no sabía muy bien qué sentía por él, pero ahora sí: lo amaba, a pesar de su orgullo, su naturaleza irascible, su extraño sentido del humor y su manía de protegerla...
Pensándolo bien, ¿qué era exactamente lo que amaba en él?, se preguntó vagamente entretenida y suspiró profundamente. La respuesta era muy sencilla: amaba su orgullo... a pesar de que muchas veces lo hacía irritarse. Apreciaba su inteligencia sutil y las conversaciones que habían sostenido, aunque hubieran sido pocas. Se sentía liviana como un pájaro y totalmente embriagada cuando la hacía reír. Amaba cómo se sentía en la cama con él, y también fuera de ella. Su sobreprotección podía ser irritante cuando insistía en que no debía hacer nada más que bordar, pero también la reconfortaba y la hacía sentirse segura y amada. Pero, sobre todo, lo amaba por creer en ella. Ni él ni sus hombres la habían mirado con sospecha un solo instante cuando Robert les transmitió las acusaciones de Eliza. Permanecieron a su lado con una fe inquebrantable, aunque no la conocían tan bien como Robert, y más importante aún, infinitamente menos que su hermano. Sí, ellos habían permanecido a su lado, y ella sabía también que siempre haría lo mismo.
En ese momento, recostada en la entrada del pasadizo, Candy creyó que no sólo podría amar a Albert, sino también a todos y cada uno de sus hombres. Aunque, claro, de un modo muy diferente. Sabía que podía confiarles su vida, y que no la defraudarían. Un detalle muy importante, decidió, sobre todo últimamente, cuando había perdido tanto la confianza en sí misma.
Suspiró, miró a su esposo y dejó que el entrepaño se cerrara; apoyándose en el muro, avanzó por el túnel que conducía a la entrada de su antigua habitación. Bajó la palanca que liberaba el entrepaño, abrió la puerta con cuidado y miró hacia dentro; sintió alivio al ver que Henry era la única persona que acompañaba a su hermano. Al igual que su madre, él era más un miembro de la familia que un sirviente. Candy sabía que seguramente Henry no se había alejado ni un momento de Anthony desde que Eliza las había enviado a los dominios de MacGregor. Henry era tan leal con ellos como Albert y sus hombres habían demostrado serlo con ella.
Tras comprender que las dudas de Anthony la apenaban profundamente, Candy los descartó y entró en la habitación, llevándose rápidamente un dedo a la boca para indicarle al criado que guardara silencio cuando éste advirtió su presencia y se puso inmediatamente de pie.
Se sintió ligeramente reconfortada al ver la sincera alegría en el rostro del criado. Candy le sonrió y se aproximó a la cama para mirar a su hermano, y tuvo dificultades para reconocer al hombre que yacía postrado. Anthony siempre había sido grande, tan colosal en su memoria como Albert. Había sido un guerrero diestro y poderoso. Ella sabía que si no hubieran estado en condiciones tan desventajosas el día en que fueron heridos, él nunca habría terminado así. Sin embargo, su herida y la larga recuperación habían consumido su cuerpo. Estaba pálido y demacrado, y parecía haberse encogido a casi la mitad de su estatura original.
—Candy.
Miró a su hermano y descubrió que tenía los ojos abiertos. La primera expresión en sus ojos fue de alegría al verla, pero muy pronto reflejaron tan sólo miedo y sospecha. Candy se sintió herida, aunque sabía muy bien que eso era lo que debía esperar.
—Te estás recuperando —susurró con serenidad.
Un leve asentimiento fue su respuesta, y sus ojos traslucieron el debate entre la duda y la sospecha.
—Robert me dijo que estabas mejor, pero tenía que verte para comprobarlo por mí misma.
—¿Pensaste que tus hombres habían tenido éxito, no?
Candy permaneció estupefacta ante la aspereza de su voz, y su rostro se llenó de dolor antes de poder ocultarlo. Se aclaró la garganta para murmurar con tristeza:
—Robert también me dijo que sospechabas que yo había ordenado que te atacaran, pero yo no pude creerlo, esperaba que estuviese equivocado.
Anthony apartó su mirada e hizo un gesto con la mano. Candy contuvo el aliento.
—Sé que la amas, pero ella...
—No intentes culparla a ella —la miró con furia—. Ella no tenía nada que ganar. Tú habrías sido la única beneficiaría.
—¿Ella sabía lo del testamento? —le preguntó Candy, esforzándose en mantener la voz serena—. Yo no lo sabía.
—Estabas allí cuando el emisario del rey me informó acerca del contenido del testamento.
Candy se movió con impaciencia.
—Eso fue hace ocho años, Anthony. Era una niña y tenía el corazón destrozado por la pérdida de nuestros padres. ¿Acaso crees que escuché lo que dijo ese hombre? ¿Crees que siquiera me importó?
Él la miró con frialdad, y Candy se plantó con firmeza.
—Bien; si no hay otra forma...
—¿Qué estás haciendo? —exclamó sorprendido cuando vio que se estaba desatando las cintas de su vestido.
—Dándote la prueba —respondió ella con calma.
—¿Prueba de qué? ¡Qué...! —Miró asombrado a Henry, quien estaba mudo de sorpresa.
Candy se encogió de hombros.
—No me importa que él lo vea. Los tres nadábamos juntos en el río cuando éramos niños.
—Tú lo has dicho... cuando éramos niños —la interrumpió Anthony, incorporándose hasta donde pudo en la cama—. Detenla, Henry.
Candy le dio la espalda a su hermano y quedó frente a Henry, que se dirigía vacilante hacia ella; su expresión lo dejó paralizado.
—Mi hermano tiene que saberlo; Eliza lo asesinará de todos modos. Nos asesinará a ambos.
Henry hizo una pausa e inclinó la cabeza, fue a la cabecera del lecho, mientras Candy se abría la camisola y le mostraba sus hombros y su espalda.
—Ella dijo que yo sólo había recibido una herida superficial durante el ataque, y ya puedes ver que mintió: tal vez deberías pensar qué otras mentiras te ha dicho.
La única respuesta que recibió fue un silencio absoluto.
Anthony miraba horrorizado la herida de su hermana, mientras un sinnúmero de ideas se arremolinaban en su cabeza, entre ellas varios recuerdos que la enfermedad le había nublado; era una verdadera avalancha de recuerdos; la batalla y los atacantes, el momento en que comprendió que estaba siendo derrotado, el dolor que sintió cuando la espada le atravesó el cuerpo, el grito de Candy y su carrera hacia él mientras ellos blandían las espadas sobre su cabeza, sus gritos para que ella permaneciera alejada, y el impacto que sintió cuando ella se arrojó sobre él.
Ahora recordaba todo lo que había sucedido, y se maldijo por haber escuchado las odiosas mentiras de su malvada esposa. Había sido un...
—Idiota.
Candy se sorprendió al escucharlo y se cerró la camisola; el temor que sintió ante el posible significado de aquella palabra hizo que las manos le temblaran y se anudara los lazos antes de dirigirse a su hermano.
—Mentiras —dijo lanzando casi un gemido, trastornado por el dolor que sentía ante la traición de su esposa. Su amor, pasión y felicidad habían sido una mentira; ella sólo deseaba sus riquezas—. Todo es una mentira... —susurró, lamentándose.
Cada una de sus palabras le atravesaba el corazón a Candy como si fueran dagas; sintió que se desvanecía y avanzó dando tumbos hasta la puerta; no había convencido a su hermano: creía que ella mentía. A pesar de haber visto la herida, él... Eliza se había salido con la suya.
—¿Candy? —Anthony se incorporó y frunció el ceño cuando la vio salir—. ¡Candy!
Candy abrió la puerta de un empujón, y corrió hacia el vestíbulo por el que había corrido de niña, en dirección a las escaleras y a la puerta principal del castillo.
Archie miró cuando alguien abrió la puerta del cuarto de Anthony, y sintió curiosidad al ver que salía una mujer. Ella corrió a toda prisa hacia las escaleras, y su llanto podía partirle el corazón a cualquier hombre. Miró extrañado a Tom, quien miraba con el ceño fruncido.
—Se parecía a... ¿No crees?
El gigante abrió la puerta de la habitación que había estado custodiando después de relevar a Stear y George algunas horas antes. Y cuando vio que Albert estaba solo en la cama, dijo una palabrota.
—Despiértalo; iré tras ella.
Candy estaba atravesando a la carrera el patio de armas cuando se dio cuenta de que corría sin rumbo fijo; sólo quería huir del dolor que la carcomía, y comprendió que sólo había un lugar posible: Albert, que la reconfortaría con su amor y su fe en ella; él
sería capaz de encontrar una solución. Candy lo sabía con la misma certeza con que sabía su nombre. Albert podría arreglarlo. Tenía que hacerlo.
Se volvió para regresar al castillo y se encontró cara a cara con el senescal de su hermano.
—Buenos días, lady Candy.
—James —le dijo malhumorada. Intentó esquivarlo pero él se lo impidió.
—Discúlpame por retenerte, pero espero que puedas darme un consejo. Una de las niñas del pueblo se ha caído y tiene una pierna rota.
Candy se calmó al escuchar esto.
—¿Se ha roto una pierna?
—Sí. El hueso le sale por la piel. Ha sangrado mucho y siente un terrible dolor. Si Paulina estuviera aquí...
—Se supone que Bertholde es la encargada de eso; Paulina la enseñó.
—Sí, pero está atendiendo un parto lejos de aquí, y el matarife se ha ocupado de la niña; quiere sangrarla y me temo que ya ha perdido mucha sangre, así que pensé...
Candy dijo una palabrota, empujó al hombre, y se dirigió a las caballerizas.
—Ese idiota de Petey no sabe nada de curaciones.
—No, mi señora —convino James con celeridad mientras la seguía hacia los establos.
—La matará si la sangra.
—Me temo que sí —murmuró.
—¿Quién es?
—¿Cómo dices?
—¿Quién es? —repitió Candy al entrar en las caballerizas—. ¿Cuál de las niñas? ¿La pequeña Sally? A esa niña siempre le pasa algo.—Su voz se apagó cuando vio la carreta—. ¿Qué es esto? ¿Dónde está el jefe de cuadra?
—Lo envié por un encargo.
Candy se sintió inquieta, más por el tono de la voz que acababa de escuchar que por las palabras. Abrió la boca para hacerle otra pregunta y gritó al ver que se disponía a golpearla en la cabeza. Un momento después las luces se desvanecieron.
CONTINUARA
