Caminó por el poco iluminado pasillo con paredes de madera. Sus pisadas amortiguadas por la alfombra verduzca y su rostro apenas siendo acariciado por la luz amarillenta de las velas del candelabro sobre su cabeza. El aroma de los narcisos sobre los jarrones inundaban sus fosas nasales y le hacían sentir una chispa de satisfacción insana en el pecho.

Acarició con las yemas de sus dedos el borde de una de las mesitas de madera fina junto a él, mientras pasaba con paso ligero y orgulloso. Sobre la mesa descansaba una estatua de mármol blanco, un dragón que por ojos tenía un par de piedras grises que en vez de parecer sólidas, parecían una especie de cápsula que encerraba un humo de un tenue color plata.

Su elegante túnica del más fino tejido arrastraba detrás de él, ligera como el viento, amoldándose a su perfecto cuerpo de espalda ancha y caderas estrechas. La suavidad de la tela rosando contra su cuerpo musculado, firme y joven. Una túnica de color negro que resaltaba lo apiñonado de su piel y lo intensos de sus ojos verdes veneno. Una túnica bordada en plata, oro y seda, completamente hecha a la medida.

Era la imagen perfecta de un sangre pura adinerado, influyente y poderoso. Un mago que tenía entre sus manos las cartas necesarias para ganar, que tenía bajo sus influencias a la gente necesaria para tomar la victoria y saborearla, lascivamente, entre saliva, sudor y sangre. Cualquiera que lo viese llegaría a la rápida conclusión de su posición de poder e influencia. Tal como debió ser siempre.

Su cabello, negro como el más profundo de los abismos se encontraba apenas controlado. Era como su magia, salvaje, rebelde y seductor. Estaba cortado perfecta y pulcramente, en un intento de peinado fallido que no hacían más que hacerlo lucir interesante. Su pinta aristocrática y poderosa se mezclaba perfectamente con su actitud ligera, casi rebelde y ordinaria.

Era simplemente irresistible.

Una puerta de madera apareció al dar la vuelta en el corredor, era casi tan grande como la puerta de entrada y se encontraba flanqueada por un par de armaduras que sujetaban sus espadas en posición de reposo. Con solo desearlo, hizo que las puertas se abrieran de par en par, sin que la madera crujiera ni un poco.

Detrás de la puerta, una sala completamente redonda se alzaba, con una cúpula como techo, con pinturas renacentistas danzando sobre ella; un árbol genealógico gigantesco de todas las familias sangre pura, incluidas aquellas que habían dejado de serlo al desposarse con magos fuera de su condición. A veces, los apellidos se entrelazaban entre sí, a veces, las ramas se cortaban en algún punto, cuando la familia en cuestión estaba por extinguirse, como era el caso de los Potter y los Malfoy, cuyos últimos miembros permanecían al final de la larga lista de brujos y magos. Era obvio que aquel árbol genealógico funcionaba a base de magia únicamente, pues incluso aparecían los magos mestizos y sangre sucia que se habían desposado con los magos sangre pura. Cosa que los Black, antiguos dueños de esa casa, jamás hubieran permitido.

Lily Potter apenas y se leía, las letras estaban pintadas de un color gris casi blanco que indicaban su condición de sangre sucia. Remus Lupin, enlazado al nombre de Sirius Black, en un color gris oscuro, recalcando su sangre mestiza.

Los nombres se enlazaban entre si en algún punto, antes o después. Los Black parecían emparentados con todas las familias sangre pura a diferencia de los Malfoy, quienes habían llegado de Francia y no tenían parientes directos con las antiguas familias inglesas.

El árbol genealógico era toda una obra maestra, digna de ser analizada por horas y horas, pero Harry no estaba en aquella sala para perder el tiempo en aquellas nimiedades, el pasado de la sangre le tenía sin preocupación, siendo él un mestizo, las familias sangre puras se arrodillaban ante él, de la misma forma en la que los hacían los mestizos y los nacidos de muggles. A Harry solo le interesaba una cosa de cada familia influyente; su lealtad.

Tal vez hechizaría la pintura para marcar a los aliados y a los enemigos.

Una mesa de madera sólida se encontraba al centro de la sala, con sillas en todo su perímetro, aguardando a que sus ocupantes llegaran y tomaran su lugar. Por supuesto, en la mesa había una silla más grande que el resto, cuyo respaldo sobresalía por su tallado elaborado y altura. La silla del rey. Por supuesto que el asiento de Draco no tenía nada que pedirle, pero era mucho menos ostentosa que la del mismo Harry.

Era graciosa como con el tiempo Draco demostró tener gustos muchos más sencillos a los de Potter. Tal vez porque él lo había tenido todo siempre y Harry no. Era Harry quién vestía las joyas más caras y las túnicas más finas, era Harry el de la habitación más grande y lujosa de toda la casa, era Harry el de la corona de oro negro y esmeraldas.

La sala estaba adornada, además por pilares de mármol y jarrones llenos de narcisos, algunos cuadros no mágicos y bustos del mismo Harry y su círculo cercano, así como las figuras de algunos magos de renombre. Todo iluminado por algunas velas flotantes.

El rey llegó hasta su asiento predilecto y tomó asiento de manera casi brusca. Sin necesidad de pronunciar una sola palabra, Dobby, el elfo, apareció y comenzó a acomodarle la túnica para que se mantuviera perfectamente arreglada aun cayendo sobre el suelo. El elfo limpió también, sus ya de por sí, pulcros zapatos de cuero, sus orejas gachas por respeto a su amo. Era una suerte que Hermione hubiera dejado atrás, hace mucho tiempo, aquella tontería de los elfos libres, tener unos cuantos sirvientes siempre era satisfactorio.

Harry cerró los ojos, con las manos entrelazadas sobre la mesa cuando sintió las barreras de su morada agitarse por la repentina aparición de un invitado. El crack de la aparición llegó después, para ese entonces Harry ya sabía que se trataba de Sirius y Remus Lupin, el bastardo licántropo del que no había podido deshacerse. No se molestó en abrir los ojos o si quiera saludar, no tenía tiempo para cortesías y de todas formas el resto de la orden del fénix estaba por llegar.

Uno a uno sus aliados comenzaron a arribar a la habitación. Harry había colocado poderosas protecciones, por lo que nadie podía aparecerse fuera de esa sala, en caso de que alguien como Lupin quisiera aprovecharse de su hospitalidad y decidiera husmear. Ninguno de los miembros de la orden conocía a ciencia cierta el tamaño de la casa, a obvia excepción de Sirius, que al haber sido un Black, conocía la casa casi tan bien como conocía Grimmauld Place.

Harry abrió los ojos finalmente, cuando el sonido de las sillas siendo arrastradas por la madera cesó. Nimphadora Tonks, Alastor Moody, Severus Snape, Remus Lupin, Sirius Black, Molly, Arthur, George, Fred, Bill, Charlie y Ron Weasley, Hermione Granger, Blaise y su madre Brina Zabini, las hermanas Greengrass y sus padres, Los Diggory, incluyendo a Cedric, los Smith y los Goyle.

—¿Dónde están los Malfoy? —preguntó Sirius quién seguía sin fiarse de ellos.

—No sabía que me extrañabas tanto, querido primo —dijo Narcissa entrando a la sala tan hermosa y elegante como siempre.

Su pálida piel contrastando con su vestido azul marino y sus ojos azul cielo brillando en dorado por las velas. Tenía su precioso y ondulado cabello plateado atado en un perfecto y elaborado moño sobre la cabeza, aunque algunos mechoncitos caían del peinado, sobre sus hombros descubiertos.

Sirius bufó y Narcissa se sentó a la derecha de Harry, el que su hijo ocupaba generalmente, ignorando su lugar de siempre.

Los miembros reunidos brillaban por su compromiso con la causa y, aunque Harry no confiaba del todo en algunos, sí que eran necesarios por sus contribuciones monetarias. Los miró a todos y cada uno en silencio, con cuidado de no ser demasiado obvio en cuanto comenzó a leerles la mente. Severus, por supuesto, había sido imposible de leer, al igual que los Slytherin, con el resto la cosa fue más fácil, aunque con Ojoloco y Tonks ni si quiera se atrevió, ambos eran aurores entrenados, después de todo.

—Lo que voy a revelarles el día de hoy no debe salir de esta sala —dijo y con un movimiento de muñeca hizo aparecer unas copas de oro vacías—. Una gota de sangre será suficiente para sellar el voto de silencio. Cualquier que intente romperlo, bajo cualquier circunstancia caerá muerto antes de si quiera poder abrir la boca.

Por un largo rato nadie dijo nada. Narcissa fue la primera cortarse el pulgar con un movimiento de varita y verter una gotita de su sangre en la copa, la cual desapareció, como siendo absorbida por el metal. Uno a uno, el resto de los presentes la imitó. Algunos, como la señora Zabini o Goyle padre, parecían realmente reacios, pero finalmente obedecieron. Cuando todos hubiesen terminado las copas desaparecieron, incluso la de Remus, quién hacía sido el último a ceder bajo la mirada ofendida de Sirius, quién seguía sin creer que desconfiara de su ahijado, el hijo de su mejor amigo y el hombre más valiente y honesto que hubiera conocido; James Potter.

—Bien —dijo Harry inclinándose hacia adelante en la mesa— Hay varias cosas que debemos aclarar ahora que Voldemort se ha establecido por completo. Logramos hacernos con el ministerio antes que él, pero eso no es garantía de nada, es poderos y oscuro y debemos detenerle. Cada segundo que pasa el bastardo hace de las suyas, asesinando muggles y gente inocente, reclutando muchachitos asustados para sus sucias causas y yo no puedo dejar que las cosas sigas de esta manera, estoy muy preocupado, realmente preocupado —negó con la cabeza fingiendo indignación.

—¿Estás cien por ciento seguro de que contamos con el apoyo del ministerio? —Preguntó Lupin entonces, entrecerrando los ojos—. Ellos no simpatizaban mucho con Dumbledore.

—Pero simpatizan conmigo y eso es suficiente. —respondió con tranquilidad bien fingida—. Ésta ya no es la orden del fénix, Remus, ni el ejército de Hogwarts. Dumbledore ya no está, por lo que es mi responsabilidad guiarlos hasta la victoria.

—Harry tiene razón —intervino Sirius, presintiendo que Remus iba a rebatir algo más—. Él es el único que puede acabar con Voldemort, hay una profecía sobre eso, ya la hemos escuchado, no deberíamos perder el tiempo con preguntas absurdas. Éste es el ejército de Harry, trabajamos para él, porque es lo correcto.

Harry sonrió satisfecho al ver a Lupin asentir de mala gana.

—Sin embargo, el señor Lupin no es el único que tiene dudas— intervino la señora Zabini —. Sabemos que usted es poderoso, señor Potter, que es influyente y que cuenta con el consejo de los Malfoy, gente astuta e inteligente y sin embargo... sin embargo no veo ningún progreso ¿no lleva ya años enfrentándose al-que-no-debe-ser-nombrado?

—Entiendo su preocupación, madame —le respondió con gesto encantador. La señora Zabini alzó la cejas y sonrió casi imperceptiblemente. Narcissa carraspeó—. Sé que se están jugando demasiado al apoyarme, que el Lord le ha puesto precio a sus cabezas y que, si algo sale mal, todo podría irse a la mierda, pero créame, Voldemort caerá.

—Parece demasiado seguro —intervino el patriarca Greengrass.

Harry los miró a todos en silencio y luego volvió a agitar su mano, apareciendo un cofre metálico frente a él. Potter chasqueó una vez y el cofre se abrió, lo hizo una segunda vez y algunos objetos salieron volando de dentro del cofre y se mantuvieron flotando al centro de la mesa, donde todos podían mirarlas.

—¿Una libreta, un anillo y un guardapelo? —preguntó Cedric con suma concentración en su rostro.

—Horrrocuxes —corrigió y algunos de los asistentes soltaron un jadeo—. Los Horrocruxes de Voldemort.

—Por eso no moría el bastardo... —susurró Amos Diggory, el padre de Cedric—. ¿Cómo...?

—Severus logró descubrirlo —mintió y el hombre ni si quiera se inmutó—. Estuvimos trabajando juntos durante el último año, y ese fue el resultado. Dumbledore sospechaba algo, por supuesto, pero nos ocultó todo hasta el último momento. El diario lo destruí yo.

—Segundo año, la cámara de los secretos... —dijo Hermione, fascinada.

—El anillo lo destruyó Dumbledore, la maldición que contenía el objeto rebotó y eso fue lo que acabó con él —dijo Severus con voz tranquila—. Y su majestad logró recuperar el guardapelo.

—¿Dónde? —Preguntó Ron frunciendo el ceño por haber sido excluido de esa aventura.

—La casa de los Black —respondió—. Kreacher lo guardaba.

—Imposible... —dijo Sirius.

El guardapelo descendió y se posó en las manos de Harry quién lo miró tranquilamente. Lo había destruido con ayuda de fuego maldito por lo que lucía algo chamuscado y derretido en algunas partes. Recordaba haber tomado el guardapelo falso de Dumbledore y haber encontrado una nota de R.A.B. en el interior. Un mortífago traidor que había descubierto el secreto de su señor. Por supuesto, no le fue difícil llegar a una conclusión, después de todo, su dormitorio en Grimmauld Place se encontraba justo al frente de la que alguna vez había pertenecido a Regulus Aracturus Black, el hermano menor de Sirius.

Kreacher había confesado casi de inmediato, Harry, después de todo, se había encargado de ganarse su simpatía desde que le conocía. Regulus había traicionado a Voldemort cuando descubrió que podía morir, robó el guardapelo de la cueva y lo reemplazo por el guardapelo falso que Dumbledore recuperó. No pudo destruirlo, así que le encargó al elfo la tarea. Probablemente Voldemort ya se había enterado de su traición y estaba tras él.

—Sin embargo —dijo Harry saliendo de sus pensamientos—. Estos no son los únicos, hay otros tres allá fuera y esa es la razón por la que los he mandado llamar.

—¿Más? —preguntó Tonks en shock—. Pero para eso debió haber asesinado a...

—Mucha gente —dijo Harry imitando la tristeza de la auror. Él, por supuesto, había asesinado a mucha más gente.

—¿Tenemos idea de lo que son? —preguntó Alastor.

—Draco ha estado trabajando en ello —respondió—. La copa de Hufflepuff, la diadema de Ravenclaw y la serpiente, Nagini.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Blaise.

—Ustedes son mi gente de confianza, se dividirán e irán a por cada horrocrux, no intenten destruirlos o terminarán como Dumbledore —aplaudió y tres montones de pergamino aparecieron frente a él—. Draco ha estado investigando, los tenemos localizados, solo uno se encuentra perdido.

—La diadema —intervino Hermione.

—Exactamente —dijo Harry—. Remus dirigirá el grupo que irá a por la copa —dijo finalmente, levitando los pergaminos hasta el licántropo quién lo miró extrañado—. Tonks, Moody, Cedric y Amos serán tu equipo, toda la información que hemos recolectado hasta ahora se encuentra en esos documentos. Lo demás, me temo que tendrán que deducirlo ustedes —todos los implicados asintieron—. La serpiente la tenemos localizada, pero por ahora no tiene sentido ir tras ella.

—Queda la diadema —dijo George.

—Sabemos que se encuentra en Hogwarts —dijo Snape—. Pero no sabemos específicamente donde.

—Es por eso que Ron, Hermione, Blaise, Daphne y Gregory deben volver al colegio éste séptimo año, su trabajo será investigar y descubrir donde se encuentra la diadema —agregó Potter, regresando los horrocrux destruidos a su baúl—. Severus ha sido nombrado director del colegio por Voldemort y ha tomado control del colegio, por lo que las cosas no serán fáciles.

—Lo haremos —dijo Ron con decisión.

—El resto de ustedes debe seguir trabajando como informantes, toda la información que podamos reunir es vital para acabar con esto. La guerra es inminente, pero para cuando Voldemort salga de su agujero tiene que ser completamente mortal ¿entienden? —Todos asintieron—. Pueden retirarse, todos excepto tú, Sirius.

Canuto asintió y esperó a que todos se marcharan.

—Quiero encargarte un trabajo muy específico— le dijo.

—Preferiría ir con Remus a por la copa.

—Lo sé, pero esto es más importante —dijo Harry, aunque su intención desde el principio había sido separarlos—. Eres bueno escabulléndote, quiero que comiences a moverte y reúnas a los nuestros en esta dirección —le entregó un trozo de pergamino—. Quiero que entrenes a nuestros hombres.

—Pero... —dijo mirando la dirección escrita en el trozo de pergamino.

—Será peligroso, pero no podemos solo confiar en los aurores, necesitamos a cualquiera que esté dispuesto a pelear por mí. Estoy seguro de que Hermione seguirá reuniendo a los chicos en Hogwarts para el club de duelo, así tendremos algo de ventaja.

—Lo sé —le respondió soltando aire.

—Pide ayuda a los gemelos, tienen unos trucos extraordinarios. Todo lo que necesites será financiado por los Greengrass y los Smith quienes ya están al tanto.

—... ¿Harry? Todo esto... Todo esto es por el bien, por la libertad ¿cierto?

—¿Dudas de mí, padrino?

—No yo... escucha, Harry, entiendo tu empeño por la victoria, lo que no entiendo es... esto... —dijo señalando la enorme y lujosa sala de reuniones—. ¿Para que el oro y las túnicas?

—Eres un Black, Sirius, sé que lo comprendes, la gente solo sigue a los hombres de poder, ¿crees que alguien me escucharía si siguiera vistiendo aquellas horribles prendas que antes pertenecían a Dudley? ¿Crees que la gente me seguiría, me escucharía y me respetaría si aparentara ser menos de lo que soy?

Sirius lo miró en silencio, con sus profundos ojos grises penetrándolo.

—No, no lo harían —y Sirius estaba siendo sincero, sabía que Harry tenía razón—. Todo esto es una mierda.

—Lo es...

—Pero pareces disfrutar la corona —le dijo empujándolo amistosamente.

—Nuestro mundo necesita a alguien que mantenga el mal alejado y yo soy la mejor persona para ocupar el puesto, soy influyente y poderoso, la gente me puso en el poder y planeo cumplir con mis obligaciones, aunque Remus no lo comprenda...

—Él... él confía en ti, Harry, solo fue criado diferente... Yo soy un Black a fin de cuentas y él... Bueno... es él.

—Lo sé, lo entiendo, en realidad solo lo detestaría si llegara a engañarte, ya sabes... —dijo con voz tranquila y casual.

—¿De que hablas?

—¿Acaso no te has percatado? La forma en que él y Tonks se miran... no es amistad precisamente —Sirius se quedó en silencio, mirando con el entrecejo fruncido algún punto en la pared tras Harry —. Sin embargo decidí confiar en ambos y por eso los envié a esa misión juntos. Tranquilo, Canuto, seguro que Remus te ama —le apretó el hombro.

—Sí... sí, tienes razón... le dirigió un sonrisa desconcertada, pero Harry vio que su cerebro trabajaba a toda velocidad.

La duda había sido implantada con éxito.

Sirius se marchó y Harry salió por la misma puerta que había entrado, recorriendo los mismos corredores hasta su habitación. Se sentía algo tenso, por lo que abrió el grifo de la bañera para que comenzara a llenarse. Salió hacia la habitación para poner en orden algunos de sus libros mientras el agua caliente terminaba de caer.

Entonces un cuervo entró por la ventana, adoptando forma humana casi al instante. Draco se acomodó el cabello un poco y se alisó la túnica ante los ojos impasibles de Potter quién solo le dijo:

—Llegas tarde.

—Voldemort me requería —fue su respuesta sencilla.

Harry dejó el último ejemplar que tenía sobre la mesita de noche y lo puso en la repisa antes de que mirar a Malfoy. Lucía tan guapo y varonil como siempre, pero lo que Harry miraba iba más allá de su perfección, era una mordida demasiado obvia en el cuello, una marca perfectamente redonda y morada que resaltaba en su piel perfecta.

—¿Cuál ha sido tu misión de hoy? —le preguntó con la furia arremolinándose en su estómago. Unos celos enfermos y posesivos

—Un reunión, debo ir en busca de algunos traidores de ahora en adelante.

Harry frunció los labios en un rictus de furia y cerró los puños con fuerza. No sabía si su instinto asesino iba dirigido a su amante, a su Draco, a su príncipe, o a Tom Riddle. Caminó hasta el rubio y tomó su rostro con fuerza pero Draco ni si quiera se quejó, demasiado acostumbrado a esos arranques de furia.

—¿Qué es lo que has estado haciendo en realidad, Draco?

—Lo mismo que tú con mi madre —le respondió quitándoselo de encima y caminando hacia la salida de la habitación—. La amortenia estará lista para dentro de tres días, luego podrás dársela al licántropo, si tenemos suerte, Black nos hará el trabajo sucio y se deshará de él.

—Vuelve aquí, Draco —le exigió, pero Draco ya había salido cerrando la puerta tan tranquilamente que solo le hizo enervar más.

Lomismo que tú con mi madre.