Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«16»


Hinata contempló el claro del bosque donde al parecer vivían los delincuentes; tan solo había cuatro chozas de buen tamaño, y ciertamente no formaban una aldea. Una quinta choza parecía estar en construcción, junto a ella había un carro cargado de maderos. No vio jardines ni tiendas, ni siquiera un pequeño camino que condujera al claro. Ante una de las chozas ardía una gran hoguera, un enorme cazo colgaba por encima de las llamas, y varios bancos lo rodeaban.

Allí había alrededor de una docena de personas, aunque la mitad eran mujeres con niños pequeños en brazos. La mayoría contemplaron a Hinata y a Naruto con mirada cautelosa, pero una joven le lanzó una sonrisa tímida a Hinata y algunos de los niños la imitaron.

Los condujeron hasta la hoguera, Yahiko recogió una frasca del suelo, bebió un trago y luego se la ofreció a Naruto, que negó con la cabeza.

Cuando Yahiko la miró durante unos momentos, Naruto retiró el brazo de la cintura de Hinata y ella se dio cuenta de que se preparaba para luchar.

Yahiko dio un paso atrás antes de preguntar:

—¿Necesitas unos minutos para calmarte, antes de que hablemos? Solemos robar en las carreteras, pero no rechazamos donaciones si nos las ofrecen.

—Puedes coger lo poco que llevo encima, o puedes prestarme dos de tus caballos y los devolveré con una faltriquera con cien libras.

—O puedo exigir un rescate por ti, patrón. Cien libras, ¿eh? Creo que vales mucho más que eso.

—El príncipe regente ya me tiene secuestrado —gruñó Naruto.

Los hombres rieron. Era obvio que no le creían.

—¿Y su santidad qué exige que hagas? —quiso saber Yahiko.

—Que lleve un anillo en el dedo.

Las sonoras carcajadas que los hombres soltaron cuando Naruto la señaló con el pulgar indignaron a Hinata. Yahiko se acercó a ella con una sonrisa maliciosa.

—Yo pagaría ese rescate —afirmó.

Tal vez debido al comentario, o porque el hombre estaba a punto de rozarle la mejilla a ella, pero de pronto Naruto se abalanzó sobre él. Ambos cayeron al suelo y pese a que media docena de armas le apuntaban Naruto logró pegarle un puñetazo en la cara antes de que los hombres lo arrastraran y lo apartaron de su jefe.

—Puede que seas un lord, pero no eres muy listo —dijo Yahiko en tono furibundo, mientras se ponía en pie—; así que necesitas un tiempo para calmarte. Sujeten a su señoría y asegúrense de que las cuerdas estén bien ajustadas. En cuanto a ella...

—Yo me encargaré de ella —lo interrumpió una voz femenina.

Hinata se volvió y vio que una mujer que se acercaba. Joven, pelo celeste y ojos ambar. Ojeó a Hinata con mirada calculadora antes de lanzarle una severa a Yahiko. Naruto se debatía con tanta ferocidad que dos de los tres hombres que lo sujetaban ya rodaban por el suelo, pero entonces cuatro más acudieron en su ayuda. Aún podría haber ganado la batalla pero dejó de luchar cuando oyó que la mujer añadía:

—¿Es que no reconoces a una dama de buena cuna? Vendrá conmigo.

Hinata contuvo el aliento, esperando que Yahiko riera y le dijera a la mujer que se marchara, pero no lo hizo. En vez de eso se volvió y ayudó a sus hombres a atar a Naruto, y la mujer condujo a Hinata hasta una choza en el otro extremo del claro. El interior era mucho más bonito de lo que había imaginado, e incluso el aroma de la madera recién serrada le pareció agradable. Una colcha de colores vivos cubría una cama doble, había una mesa y cuatro sillas e incluso el suelo de tablas de madera estaba cubierto por una alfombra. Los muebles parecían viejos y muy usados.

—Ponte cómoda, queridita. Soy Konan.

Cuando la mujer la siguió al interior de la habitación, Hinata se volvió y preguntó:

—Por favor, ¿qué harán con mi prometido?

La mujer meneó la cabeza.

—Mi esposo es veleidoso, sobre todo cuando ve la oportunidad de hacernos ricos. Ahora que sabe que tu hombre es un lord se ha empecinado, así que nadie sabe qué hará si ello no ocurre.

Hinata palideció un poco más. ¿Realmente había confiado en oír un resultado menos aterrador? Pero si esa mujer era la esposa de ese Yahiko, ¿podría ayudarles? Yahiko la había escuchado y dejado que Hinata se fuera con ella. Si de algún modo lograba granjearse su compasión, entonces quizá...

—¿Yahiko es tu marido?

—Así es. él es un buen hombre que respeta su propio código de honor... por lo general.

Hinata se preguntó qué significaba eso, pero decidió no hacer preguntas. La mujer se sentó a la mesa y le indicó que la imitara.

—Tu hogar es muy bonito. ¿Cuánto hace que vives en estos bosques?

—Menos de un mes. Todos los años escogemos una nueva carretera para trabajar. Como han puesto precio a la cabeza de nuestros hombres no podemos permanecer en una zona durante demasiado tiempo, así que todos los años volvemos a construir nuestras chozas lejos de los caminos, pero no tan lejos como para no poder alcanzar una carretera bien frecuentada en unas horas. ¿Cuánto hace que tú y tu hombre están

prometidos?

—Solo hace una semana que lo conozco.

¡Parecía que hubiese pasado mucho más tiempo!

La mujer adoptó una expresión sorprendida.

—¿Y ya estás tan preocupada por él?

—Es un buen hombre, un hijo preocupado: su madre ha caído enferma; estábamos de camino a Londres a toda prisa porque él está muy inquieto por ella.

—Pero ¿quieres casarte?

—Yo sí, pero él no —dijo Hinata, suspirando.

Konan la señaló con el dedo con gesto enérgico.

—Siempre le digo a una chica que cree que ha encontrado un hombre estupendo que, si quiere que él la ame, lo seduzca. Y estás tratando con un auténtico lord que no dejaría de casarse contigo después de llevarte a la cama.

Tras oír la palabra «seduzca» Hinata se había sonrojado; Kurenai había tenido la misma idea y por eso le proporcionó el filtro de amor que guardaba en su maleta. Pero incluso si quería seducirlo, ¿cómo podía hacerlo cuando ambos quizá ni siquiera estarían vivos al día siguiente por la mañana?

La mujer chasqueó la lengua.

—Yahiko es demasiado imprevisible. Sería una pena que murieras sin saber cómo es yacer en los brazos de un hombre tan apuesto y viril como tu prometido. A lo mejor logro que Yahiko deje que hables con tu lord y lo convenzas de que sea sensato y le pague a lo justo. No te preocupes, queridita. Al menos podré arreglar que pases tu última noche con él —dijo Konan, y se dispuso a abandonar la choza.

—¡Necesitaré mi maleta! —gritó Hinata, en caso de que la mujer realmente lograra hacer lo que acababa de decir.

Pero a medida que transcurrían las horas Hinata empezó a sospechar que Konan solo le había dado falsas esperanzas. Anochecía; ella había permanecido de pie junto a una de las dos ventanas que daban a la hoguera y durante todo ese tiempo no había visto a Yahiko ni a Naruto, pero sí a los dos guardias que vigilaban su choza. ¿Es que Naruto estaba llegando a un acuerdo con Yahiko en una de las otras chozas? ¿O acaso le estarían dando una paliza, porque estaba atado? La aterraba la idea de lo que podría estarle ocurriendo, y lo que pronto podría ocurrirle a ella. Pero ¿y si la influencia de la mujer bastaba para llevar a Naruto hasta su choza durante la noche?

Aunque estaba hambrienta y cansada, aún permanecía vigilante junto a la ventana, demasiado temerosa como para dejar de hacerlo.

—¡Exige la luna! —exclamó Naruto en tono airado—. Le ofrecí diversas opciones, incluso refugio en la aldea de Konoha para él y sus amigos... aunque sabía que era un error.

Hinata se había lanzado en brazos de Naruto en cuanto atravesó la puerta y aún se abrazaba a su cintura.

—¿Estuvo de acuerdo?

—Todavía pide la luna. Y si nos mantiene prisioneros aquí durante demasiado tiempo esperando obtenerla, ya no quedará nada que pueda ofrecerle porque el regente se habrá apoderado de todo.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo la invadió el bochorno, aunque Naruto estaba tan frustrado que quizá ni siquiera lo notó. Hinata dio un paso atrás.

—¿Se lo explicaste?

—Eso no es asunto suyo. Después esa mujer lo llamó; oí cómo discutían detrás de la choza en la que estaba encerrado, pero no alcancé a entender qué decían. Después me desataron y me escoltaron hasta aquí. ¿Sabes por qué?

—Ella es su esposa. Creo que quiere que te convenza de que le des a Yahiko lo que exige; habló como si esta pudiera ser nuestra última noche si no lo hacías.

—¿La última?

—Al parecer, cree que por la mañana el asunto quedará resuelto de una o de otra manera.

—Entonces hemos de escapar esta noche.

—¿Cómo? La puerta y la ventana dan a la hoguera donde hay guardias que vigilan esta choza.

—Romperé las tablas de la parte posterior cuando la mayoría estén dormidos. La choza acababa de ser construida; ella no creyó que él pudiera romper unas tablas recién serradas sin hacer mucho ruido y alertar a los guardias. No se le ocurría ninguna manera de resolver el problema si Naruto no lograba llegar a un acuerdo con Yahiko.

Pero en ese momento él estaba allí con ella: ¡la madre de Yahiko había cumplido su promesa! Y Hinata había cogido el filtro de amor de su maleta en cuanto se la trajeron, pero no le serviría de nada si Naruto no bebía algo en lo cual ella pudiera verter el filtro sin que él lo notara.

Podía sugerírselo, pero no creyó que él estuviese dispuesto a pasar una noche de bodas por anticipado cuando aún estaba tan empecinado en que jamás se celebraría una boda. Pero él la excitaba de mil maneras y encontrarse a solas con él en esa pequeña habitación y cerca de una cama, la estaba afectando. «¡Dios —pensó—, ojalá no fuera tan apuesto, ojalá me resultara indiferente! ¡Ojalá encontrara el modo de hacer un trato con él para que este matrimonio le resulte más aceptable!» Pero lo único que deseaba era volver a besarlo. Muy vergonzoso... pero él tenía la culpa por ser tan experto en la materia. No obstante, no se celebraría ninguna boda si no lograban escapar vivos de ese campamento de delincuentes, así que tal vez esa sería la última y la única oportunidad de descubrir cómo sería ir más allá de los besos.

—Intenta dormir —dijo Naruto—. Te despertaré cuando llegue el momento.

—Tengo demasiada hambre para dormir.

La puerta volvió a abrirse. Un guardia permanecía en el umbral mientras Konan entraba con una bandeja de comida, un farol... ¡y una botella de vino! Depositó la fuente en la mesa y, dirigiéndose a Hinata, indicó:

—Aquí tienes, queridita, puede que esta sea tu última comida, así que... —Konan le lanzó una breve mirada a Naruto—, disfruta de cada bocado.

Después se acercó a Naruto, lo engatusó mediante cumplidos y súplicas y procuró convencerlo de que se apiadara de aquellos menos afortunados que él, ya que era un lord tan importante y generoso. Hinata se preguntó qué estaría tramando la mujer, puesto que antes no había suplicado en absoluto. Supuso que Konan le tenía demasiado miedo como para amenazarlo con posibles graves consecuencias, pero era verdad que Naruto había adoptado un aire realmente amenazador a partir del instante en que las armas le apuntaron.

Hinata se apresuró a aprovechar la momentánea distracción para servir dos copas de vino y verter el filtro de amor en la de Naruto... y justo a tiempo: Konan regresó para recoger la bandeja y disponer los platos en la mesa. Parecía tener prisa por salir de allí. El guardia que escoltaba a la mujer de Yahiko parecía aún más cauteloso y cerró la puerta con rapidez en cuanto volvió a abandonar la choza.

Hinata se sentó a la mesa con Naruto y se alegró al ver que bebía una buena cantidad de vino; ella lo imitó. Sin saber qué podía esperar de él tras haber bebido el filtro de amor y un poco nerviosa a causa de ello, habló de una docena de temas diferentes no relacionados con su peligrosa situación: de los perros, los caballos, la enfermedad de la madre de él y los consejos de Kurenai sobre cómo enfrentarse a diversas dolencias graves.

—Menos mal que todavía conservo todas esas hierbas en mi maleta; en cuanto hayamos terminado de comer podré echar un placentero sueñecillo, confiando que tú me protegerás. Eres un hombre muy alto y fornido, sabes, mucho más que cualquiera de los demás.

—Parloteas como un loro.

—¡No te atrevas a tomarme el pelo! —exclamó ella.

—Creo que esta noche me atreveré a todo lo que me venga en gana —contestó él con una sonrisa maliciosa—. Llevo un puñal en la bota; me sorprende que no me hayan registrado, pero nunca salgo de casa sin él... por si me topo con tu primo cuando no hay nadie más presente.

Ella puso los ojos en blanco, se quitó la pelliza y se preguntó por qué él no había notado cuánto calor hacía en la choza. Tampoco parecía ser capaz de despegar la mirada de la boca de él, y ello hizo que recordara de manera muy vívida lo que sintió la última vez que él la besó. Al contemplar sus manos imaginó lo que sentiría si le acariciaran los pechos. A esas alturas él debía de estar pensando lo mismo. ¿Por qué no

la alzaba en brazos y la llevaba a la cama?

En vez de eso, Naruto siguió hablando: —Y me has hecho recordar que soy muy capaz de enfrentarme a una docena de rufianes. Todo saldrá bien. Si nos descubren mientras escapamos me desharé de ellos sin hacer ruido.

Ella soltó una risita, se sorprendió por haberla soltado y se puso de pie.

—¡Estoy tan cansada...!

—Entonces duerme. Te despertaré cuando llegue la hora de partir.

Las palabras de ella insinuaron que se tendería a su lado en la cama, pero evidentemente no había funcionado. No lograba quitarse esas ideas sensuales de la cabeza y temió que se echaría a gritar si él no empezaba a besarla. Tambaleando, se acercó a la cama.

—Creo que has bebido demasiado vino.

—Quizá —murmuró ella y comenzó a desvestirse.

No se dio cuenta de que se había quitado el vestido junto con los zapatos y las medias hasta que lo oyó gemir mientras ella se arrastraba por encima de la suave colcha.

—Hace calor. ¿No tienes calor? —Hinata se tendió. Se apoyó en los codos y vio que él parecía bastante sorprendido. ¿O es que por fin el vino comenzaba a surtir efecto?—. Quería agradecerte por dejar que me quede con Kitsune, pero sobre todo por protegerme hoy.

Él alzó una ceja con expresión curiosa.

—¿Agradecerme cómo?

Hablaba en tono burlón. Ella lo miró a los ojos y palmeó la cama a su lado. Él tomó aire y se acercó a la cama, se tumbó junto a ella, le apoyó una mano en el brazo y lo acarició lentamente.

—¿Estás segura?

En aquel instante intenso ella no estaba segura de nada... excepto de que quería volver a sentir los labios de él en los suyos. Su pulso acelerado, la extraña sensación que la invadía, olvidarse de respirar... todo ello la arrollaba. Su respuesta consistió en tirar de la cabeza de Naruto hasta que los labios de ambos se unieron.

El toque era exquisito, tan suave... un beso que prometía sin palabras. Le lamió los labios y ella esperó que el beso se intensificara y alcanzara la pasión que él había demostrado con anterioridad. Lo ansiaba con desesperación, y unos instantes después ella misma alimentó las llamas de la pasión apoyando una mano en la nuca de él y atrayéndolo con mayor impaciencia de la que debiera demostrar.

Hinata notó que la pasión existía, pero que él procuraba controlarla y no estaba segura del motivo... ¿acaso se había equivocado de copa? No tenía importancia, nada tenía importancia excepto la ansiedad que la invadía, que aumentaba cada vez que él la tocaba: sus dientes deslizándose por su cuello, seguido del beso más suave del mundo en el mismo lugar. Un beso breve y profundo seguido del roce de los dedos de Naruto en su rostro. ¡La estaba volviendo loca!

Finalmente, le cogió las mejillas para evitar que él despegara la boca de la suya mientras su pasión aumentaba más allá de todo lo razonable. Pero él la puso boca abajo y se apoyó contra su espalda, impidiendo que se volviera. Ella percibió su cálido aliento en la oreja cuando murmuró:

—Despacio. Disponemos de horas...

¡No, no disponían de horas! Podían volver a interrumpirlos y la oportunidad desaparecería, quizá para siempre. En ese momento no se encontraban precisamente tras una puerta cerrada con llave... bueno, lo estaban, ¡pero ellos no podían salir y otros podían entrar! No obstante, no dijo nada de todo esto, estaba demasiado fascinada por lo que Naruto le estaba haciendo.

Cuando Naruto depositó breves besos en su espalda, un hormigueo le recorrió la piel. Hinata no se dio cuenta de que él se había quitado sus propias prendas hasta que volvió a estar tendida de espaldas y los besos de él ya no eran suaves y lentos. Una tormenta de pasión desenfrenada la arrastró y creyó que también lo arrastraba a él hasta que Naruto se inclinó hacia atrás y, en la mirada de esos ojos azules, ella vio que esa noche él no le haría el amor. ¿Acaso resultaría que después de todo era un caballero? ¿Creía que ella necesitaba pétalos de rosas y suaves sábanas? Había sido criada por una mujer amante de la naturaleza que le enseñó a apreciarla y también las cosas sencillas de la vida: montar en un caballo veloz, disfrutar del sol entibiando su rostro, el viento agitando sus cabellos, el aroma de las hierbas... y ahora podía añadir algo más: el suave toque de un hombre, de ese hombre.

Le apoyó una mano en la mejilla y, con la audacia que se había apoderado de ella, dijo:

—Si crees que no nos interrumpirán me gustaría sentir tu cuerpo tendido sobre el mío, dentro de mí. No te detengas, por favor, ahora que ambos estamos atrapados en esta tempestad primaria.

Él soltó otro resuello antes de que una sonrisa le curvara los labios. ¡Dios mío, esa sonrisa lo hacía parecer aún más apuesto!

Le daba igual que acabara de dejarlo estupefacto. Solo quería sentir el peso de su cuerpo, saborear su piel, conocer la dicha de volverlo suyo. Deslizó las manos por los hombros desnudos de él y le arañó la espalda con suavidad. Él le quitó la pechera revelando sus pechos por completo, librándolos a sus ojos, sus manos y su boca, aumentando su pasión por él aún más, si es que eso era posible. No estaba segura de si lo que le daba más placer era la manera en la que le tocaba los pechos o la manera en la que admiraba su redondez. No, la mejor sensación era la de su boca, chupándolos.

Hinata soltó pequeños jadeos a medida que aumentaba su placer. Era como si él estuviera descubriendo todas las zonas más sensibles de su piel, zonas que ella no hubiera creído que fueran erógenas: la parte posterior de sus rodillas, las puntas de sus dedos cuando las chupaba, la nuca... todos los lugares que ella podía tocar sin esos resultados. Así que era él, solo él, o una parte de su excitación cada vez mayor, tal vez eso...

Naruto tuvo que quitarle los bombachos, y eso resultó un poco más complicado; ella creyó que se los arrancaría cuando él no logró encontrar los lazos que los sujetaban, así que le ayudó y hasta alzó las caderas para facilitarle la tarea. Incluso eso era una caricia, el modo en el que lo hizo, sus manos en la piel de ella mientras él deslizaba la fina calceta a lo largo de sus piernas, por encima de sus tobillos y luego la mano a lo largo de sus piernas desnudas. Pero el dedo que deslizó dentro de ella cuando alcanzó su entrepierna era electrizante, nunca había sentido nada igual y soltó un jadeo cuando el placer le aceleró el pulso. Le parecía increíble que eso no fuera ni siquiera la mitad del asunto; si se volvía aún mejor puede que se convirtiera en una adicta.

Al igual que una gata, quería restregar su cuerpo contra el de él, pero se conformó con rodearle las caderas con las piernas al tiempo que las manos y la boca de Naruto se deslizaban por su cuerpo, atrapándolo allí donde quería atraparlo. Cuando la boca de él regresó a la suya, Hinata ignoraba que se disponía a hacerla suya: ocurrió con rapidez y el grito sorprendido que soltó se perdió en la boca de Naruto. Esa parte no le gustó nada y casi lo apartó de un empellón hasta que recordó que debía haber esperado ese dolor y que en vez de eso podría agradecerle por hacerlo tan rápidamente, sobre todo porque el dolor desapareció con la misma rapidez, y la única maravillosa sensación que quedó fue la de él llenándola... y entonces algo más que aumentó de intensidad, estalló y el éxtasis se adueñó de ella. ¡Y él todavía no se había movido!

Unas sensaciones asombrosas y deliciosas la inundaron y palpitaron en torno a él. Él la contemplaba con mirada incrédula y, con los dedos de los pies encogidos, Hinata casi ronroneó.

No podía dejar de sonreír. Naruto la contemplaba cuando alcanzó su propio clímax tras algunas dulces embestidas. Observarlo resultaba asombroso, pero entonces él se desplomó sobre su cuerpo y la sonrisa de ella se volvió todavía más amplia. Le recorrió los cabellos con las manos y consideró que tal vez no le importaría dormir en esa posición, si es que alguna vez volvían a dormir.

Apartó la desagradable idea de que el peligro no había pasado, y que no lo haría hasta que se encontraran lejos de ese campamento. Pero de momento estaba en un cielo diferente y quería saborear cada segundo. Él también parecía estarlo, y no abandonó la cama. Se sentía demasiado lánguida como para recordarle que su intención había sido mantenerse alerta, al menos hasta que perdió el control. Ni siquiera se sonrojó al pensarlo, y se limitó a quedarse dormida, rebosante de dicha.

¡Pero ahora sí se sonrojaba! Naruto maldecía los rayos de sol que penetraban a través de las ventanas. Ambos habían dormido toda la noche y su oportunidad de darse a la fuga había desaparecido porque ella lo instó a hacerle el amor. Él saltó de la cama y recuperó su ropa.

—Me quedo con Kitsune por Kurama —fue lo único que dijo.

Ella frunció el ceño ligeramente, preguntándose por qué habría dicho eso justo entonces, luego recordó que le había agradecido por dejar que ella se quedara con Kitsune y se echó a reír. Él también sonrió y Hinata se dio cuenta de que debía de estar acostumbrándose a él si era capaz de reír de manera tan espontánea. Y él debía de estar acostumbrándose a ella si era capaz de tomarle el pelo. Su plan de hacer que la amara con el tiempo comenzaba a funcionar, pero ¿acaso ella estaba quedando atrapada en la misma trampa?

Hinata volvió a vestirse, pero sin ponerse la pelliza; divertida, pensó que la moda de la Regencia debía de estar diseñada para los amantes que aprovechaban momentos furtivos, porque permitía desnudarse y volver a vestirse con casi la misma rapidez. Se le ocurrió compartir la idea con Naruto, pero él tenía una expresión bastante seria porque no tardarían en averiguar si ese día volverían a emprender camino a Londres o jamás alcanzarían esa ciudad.

Sin embargo, ella estaba convencida de que él sería capaz de enfrentarse a lo que fuera; no había bromeado al respecto. Su estatura, sus rápidas reacciones, el modo en que se preparaba para enfrentarse a cualquier ocasión de antemano... todo ello resultaba tranquilizador, si bien no disipaba todas sus inquietudes. Pero le daba tiempo para preocuparse por lo que habían hecho, o más bien lo que ella había hecho. Si él lo mencionaba quizás ella estallaría en llamas.

Como los efectos del filtro de amor ya habían desaparecido se sentía muy tímida; no esperaba que Naruto cambiara de actitud con ella, pero sí que dejara de intentar expulsarla. No se habían convertido repentinamente en jóvenes amantes ansiosos de tocarse, y entonces se le ocurrió una idea espantosa: que su venganza por lo que Sasuke había hecho podría consistir en pagarle con la misma moneda y dejarla embarazada sin casarse con ella. Bueno, puede que ella considerara que se había hecho justicia, pero quizás él no, así que era una idea ridícula.

Ahora sí que se casaría con ella, no lo dudaba en absoluto; tal como él ya había dicho, no le importaría tenerla en su cama... y lo había demostrado, pero su actitud frente a ella fuera de la cama aún estaba en duda. ¿Es que su hostilidad desaparecería milagrosamente o todavía se vería obligado a seguir tratando de reducirla?.

No sabría la respuesta hasta después del próximo domingo, cuando pronunciaran sus votos matrimoniales, pero no albergaba grandes esperanzas respecto a que el matrimonio supusiera una diferencia importante, en todo caso no de inmediato. Y es verdad que la otra noche, cuando se besaban en aquellas ruinas, él le había advertido que hacerle el amor no significaba que la amaría, así que desarrollar una intimidad con ese hombre aún podía llevar años... en caso de que fuera posible. Se recordó a sí misma que convertirse en amigos antes que en esposos dichosos seguía siendo un buen plan.

Todavía no había ideado el modo de lograrlo, aparte de que debía ofrecerle algo que lo complaciera, algo inesperado y no su cuerpo, que podía poseer cuando quisiera. Otra cosa, algo que formara un vínculo entre ambos. ¿Tal vez un misterio a descifrar? Si es que hallaba uno. ¿Una meta común, por ejemplo criar caballos? No, eso era en beneficio de ella, no de él. Tenía que ser algo que él quisiera y que tal vez a ella no le gustara, con el fin de que supiera que ella estaba dispuesta a sacrificarse por él. Tal vez podría ofrecerle envenenar a su primo Sasuke...

Casi soltó una carcajada, consciente de que Naruto aceptaría encantado, pero ella nunca le haría semejante oferta. No tenía intención de envenenar a nadie, ni siquiera a su despreciable primo. Todo dependía de si ese día abandonarían ese campamento de salteadores de caminos... vivos.

Entonces llamaron a la puerta y la violencia del golpe la sorprendió. «¿Ahora resulta que llaman?», pensó. Pero Naruto no se apresuró a abrir; primero recogió la pelliza de Hinata y le ayudó a ponérsela.

La puerta aún no se movía, tal vez era una buena señal, una cortesía, pero entonces Naruto la abrió: fuera estaba Yahiko, y parecía un tanto avergonzado antes de hacer un gesto con el brazo indicándoles que podían abandonar la choza. La mayoría de los salteadores de caminos y sus familias estaban allí para presenciar el momento.

—He decidido aceptar tu última oferta —dijo Yahiko, aunque no parecía nada complacido con su decisión.

—¿Cien libras? —replicó Naruto.

—Eran doscientas, ¿no?

—Quizá recuerde ciento cincuenta.

—¡Hecho! —se apresuró a decir Yahiko con una sonrisa—. Pero me quedaré con tu abrigo para sellar el trato. —Cuando Naruto se limitó a mirarlo fijamente, Yahiko añadió—: Es mi único maldito incentivo, milord, así que dámelo. Puede que mi mujer crea que honrarás nuestro trato, pero yo no soy tan confiado.

Hinata estaba incrédula. Naruto se quitó el abrigo y se lo entregó. Al parecer, Konan había intervenido y obtenido su liberación. Hinata había creído que la discusión que Naruto oyó entre Yahiko y su esposa se debía a que Konan trataba de convencerlo para que llevara a Naruto a la choza, pero puede que se tratara de otro asunto.

Vio a Konan, se acercó a ella y le dio un abrazo breve pero sincero.

—Gracias. Mi prometido cumplirá con lo acordado, puedes contar con nosotros.

—Mi esposo cree que soy una mujer sentimental, pero siento debilidad por los amantes. —Le lanzó una mirada aguda a Hinata—. Y tengo buen ojo para juzgar a las personas.

—¿Recibiré uno de esos abrazos? —preguntó Yahiko.

—¿Acaso volveremos a pelearnos? —preguntó Naruto en tono sucinto.

Pero solo cosechó unas cuantas carcajadas.

Tres caballos ya estaban ensillados junto al corral.

—Tendran que ponerse esto —dijo Yahiko y les tendió una venda para que se cubrieran los ojos—. Axel cogerá las riendas y los conducirá fuera del bosque. En realidad no queremos construir otro campamento este año, así que como comprenderás, no queremos que vuelvas a encontrar el camino. Y esta es la dirección de mi prima —añadió, y le entregó un trozo de papel a Naruto—. Entrégale los caballos y el dinero.

Ella no sabe dónde encontrarnos, así que no te molestes en preguntárselo. Mi esposa no quería que se involucrara en nuestro negocio.

Naruto aceptó todo asintiendo con la cabeza, y ayudó a Hinata a sujetarse la venda y montar en uno de los caballos antes de montar en el suyo y ponerse su propia venda.

—Ha sido un verdadero placer, pero no lo repitamos —indicó Naruto antes de partir.

Solo Hinata, que notó que el rubor le subía a las mejillas, y tal vez Konan, comprendieron la primera parte del comentario.

Al principio avanzaron lentamente a través del bosque, pero cuando alcanzaron el camino aceleraron el paso. Un poco más allá, camino abajo, Axel por fin se detuvo, les dijo que se quitaran las vendas de los ojos y les tendió las riendas; después desapareció entre los árboles que bordeaban el camino.

Durante un momento Naruto lo siguió con la vista.

—Tal vez levanten ese campamento de todos modos; ese bribón era tan desconfiado como yo y de verdad cree que lo único que obtendrá de todo esto es mi condenado abrigo.

Hinata se guardó una sonrisa para sí misma, feliz de que estuvieran en libertad.

—Pero su esposa confía en mí... y yo le dije que podía confiar en ti. ¿Tenía razón? —preguntó cuándo empezaron a avanzar camino abajo al trote.

—Le di mi palabra —gruñó él. Una vez que empezaron a galopar ella oyó que añadía

en tono muy desdeñoso—: ¿Y dicen que estos caballos son veloces?

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Continuará...