¡Hola a todos! Ha pasado un año (literalmente mañana hace un año 😱) desde que publiqué el anterior capítulo, no me lo puedo creer. ¡Creía sinceramente que no había pasado tanto tiempo! 😭
En fin, qué decir. No tengo remedio. Únicamente decir que lo siento mucho, no tengo excusa. Ojalá la espera valga la pena 😭
Aprovecho para invitaros a leer también, si os apetece, un nuevo long-fic Dramione que he empezado a publicar hace apenas una semana 🙈 Se llama "Rosa y Espada", lo tenéis en mi perfil si queréis echarle un vistazo. Ahora que he vuelto a casa por fin, de vuelta a mi rutina, después de estar varios años estudiando fuera, creo que podré publicar más seguido 😊
Sin más dilación, ni excusas inútiles, aquí tenéis el siguiente capítulo, espero que os guste 😊
19
Sentimientos, secretos y disculpas
—¡Ángela, ya es tuya! –gritó Ron con entusiasmo.
La morena atrapó la dura pelota de cuero con la punta de los dedos y, de un certero puntapié con su pierna sana, se la pasó a uno de los niños de su equipo. Éste consiguió meterla de un cabezazo en la cesta que habían improvisado a modo de canasta. La multitud que se había congregado para ver el partido, estalló en vítores. El partido había sido organizado por los Sensun, título que correspondía a los maestros que se encargaban de la educación de los niños de la ciudad, y tenía como fin dar la bienvenida a la estación del Orajileve, literalmente "época de hojas secas".
—¡Sí! —exclamó Ángela alegremente alzando los brazos.
—No está mal, veo que vas aprendiendo de mí —dijo Draco acercándose a ella mientras su equipo recogía la pelota. Su pálido rostro estaba sonrojado y empapado en sudor. Ángela, con un aspecto bastante parecido, le sonrió ampliamente.
—Qué más quisieras, chico Slytherin —bromeó la morena—. Os vamos ganando 22 a 15…
—Al menos hoy no has tirado la pelota al lago —contraatacó Draco, con una sonrisa socarrona.
—Eso fue un fallo técnico —se defendió ella, fingiéndose ofendida—. El sol me daba en la cara.
—Harry, vas a tener que pagarme esos diez galeones —sonrió Ron. Harry, Hermione y él se encontraban sentados en uno de los bancos de piedra de la plaza, debajo de un amplio techo de hojas de palmera, contemplando el partido—. El equipo de Ángela va a ganar seguro…
Harry forzó una sonrisa, pero no dijo nada. De hecho, no parecía muy presente en el partido. Se le veía serio y distante, fingiendo estar contemplando el juego pero sin verlo. Hermione, que lo había mirado de reojo en varias ocasiones, había comprobado que estaba sumido en sus pensamientos. Ron parecía haberlo notado también.
—Venga, colega, anímate —le instó el pelirrojo, ya sin bromear, poniéndole un brazo sobre los hombros—. Ya sabes que aún no podemos hacer nada —bajó el tono de voz, aunque con el jaleo del partido nadie estaba pendiente de ellos—, tenemos que esperar para hacer lo que hemos venido a hacer. Y tenemos que fingir integrarnos…
—Ron tiene razón, Harry —murmuró Hermione, también poniéndole una mano sobre la rodilla—. Sé cómo te sientes, yo me siento igual que tú, pero… Debemos ser pacientes.
—No puedo, me cuesta muchísimo —farfulló el moreno, mirando al frente—. Cada minuto que pasa perdemos el tiempo. Voldemort se hace más fuerte y nosotros…
—Nos estamos ciñendo al plan —lo interrumpió Hermione con firmeza—. Necesitamos toda la confianza con ellos que podamos conseguir, precipitarnos no va a hacer que el plan funcione. Al contrario.
—Lo sé, pero…
—Estamos haciendo las cosas bien —insistió Hermione, mirándolo a los ojos—. De momento va todo según lo previsto, aunque lento.
—Eso es, tío, estamos consiguiendo cosas —añadió Ron—. El que Ángela y el estúpido ese estén jugando a la pelota les mola. Y también hemos conseguido la reunión esa con los… eh…
—Nashikoi Nobaisu —completó Hermione, sin disimular su frustración ante el poco interés de Ron por aprender el nombre—. Pero tiene razón, si complacemos a esos señores nos dará una ventaja terrible.
—Relájate, Harry —Ron forzó una sonrisa—. Tendrías que haber jugado a esta cosa de la pelota. Es como el Quidditch. Te hubiera relajado.
—No me hubiera concentrado —replicó el moreno, aunque sonrió débilmente—. Agradezco a Malfoy que haya accedido en mi lugar. Y a Ángela, claro.
En ese momento, el jefe Fuyuki, que se había ofrecido como árbitro del partido, alzó ambas manos, en señal de que lo daba por finalizado.
—Lo sabía —sonrió Ron mientras entrelazaba los dedos tras la nuca. Miró a Harry de forma simpática, dispuesto a animarlo—. Apuntaré esos galeones en tu cuenta. Eso te pasa por apostar por ese idiota de Malfoy.
—No seas malo, Ron —protestó Hermione, dirigiéndole una mirada mordaz—. Harry tiene razón. Ha sido muy amable aceptando la invitación de Fuyuki para jugar con los niños. Y más teniendo en cuenta que esto era un partido largo y su pierna no está recuperada del todo —añadió, al parecer enfadada. De hecho, ella había sido contraria a que ninguno de los dos jugase, dado que sus respectivas piernas estaban todavía heridas. Pero ni Draco ni Ángela le dieron importancia, y aseguraron encontrarse perfectamente.
—Bah, le encanta lucirse —se quejó Ron con desgana—. Y como no es del todo malo, pues más chulea… A mí tampoco me hubiera importado jugar.
—Te hubieras achicharrado con el sol —bromeó Harry, consiguiendo forzar una sonrisa.
Draco y Ángela se acercaron en ese momento, aceptando a medio camino unos cuencos de bronce repletos de agua que les ofrecieron un par de personas.
—Enhorabuena, chicos, habéis jugado muy bien —les dijo Hermione cuando llegaron hasta ellos.
—Gracias —suspiró Ángela con una sonrisa, sentándose en el suelo frente a ellos. El rubio se sentó también, sin decir nada, y se apresuró a vaciar su cuenco en apenas dos tragos—. Estoy reventada…
—Gracias a ti, Ángela, por hacerme ganar diez galeones —bromeó Ron, fingiendo cara de codicioso, y arrancando una carcajada de la morena—. Desde luego… perder en un juego de críos… —masculló después, dirigiendo a Draco una mirada burlona. El rubio le devolvió una mirada desganada.
—Si los estúpidos niños son unos inútiles no es mi culpa, pobretón.
—No culpes a los niños, Malfoy, el inútil eres tú.
—¿Yo? ¿Entonces lo que tú hacías en los partidos de Quidditch cómo se describiría? ¿Penoso?
—Basta, callaos los dos, viene Fuyuki —les reprendió Harry, de pronto, enderezándose.
El imponente jefe de El Dorado se acercaba a ellos con pasos lentos, secándose el sudor de la frente con un pañuelo. La falda de vivos colores estaba anudada en su cintura con un elegante y firme nudo, y sobre su cabello negro se apreciaba un llamativo tocado de color dorado con algunas plumas unidas a él. Un gran medallón, también dorado, colgaba de su casi inexistente cuello. Todos se apresuraron a ponerse en pie, creyendo que el protocolo así lo exigiría. Menos Draco, que se limitó a mirar al jefe con atención.
—Oh, no, por favor, sentaos. No necesito ceremonias —sonrió Fuyuki, agitando una mano y sonriendo con benevolencia—. Enhorabuena por haber ganado, joven Ángela.
—Oh, muchísimas gracias, jefe Fuyuki —balbuceó la joven haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Y después una segunda reverencia por si no había sido suficiente. No tenía ni idea de cuál era el protocolo a seguir y prefirió parecer exagerada a maleducada.
—Ha sido un gran partido. Ambos equipos habéis jugado muy bien —sonrió el jefe mirando también a Draco—. Habéis amenizado esta tarde a todo el pueblo.
—Gracias, señor —masculló Draco, con educación, pero sin hacer una inclinación—. Perdone mi atrevimiento, pero ¿usted sabe hablar nuestro idioma?
—Llevo tiempo aprendiendo, aunque no soy ningún experto —confesó el jefe sentándose en el suelo a su lado, con dificultad debido a su evidente sobrepeso—. Asako es gran profesora.
—No lo hace usted nada mal —admitió el rubio, ignorando la mirada escandalizada de Hermione. La joven parecía pensar que no lo estaba tratando como el jefe que era.
—Muchas gracias. Me alegra poder hablar con vosotros. Os pido disculpas, pero he estado algo ocupado. El cambio de estación siempre es estresante —suspiró con énfasis—. Contadme, ¿cómo estáis? ¿Sois felices aquí? –preguntó, haciendo un visible esfuerzo por utilizar expresiones sencillas para poder hacerse entender.
—Desde luego que sí, es una ciudad maravillosa —aseguró Hermione—. Gracias por dejarnos conocerla. Es un privilegio absoluto.
—Tiene mil rincones que explorar, espero que estéis sacándole partido —el hombre rió amigablemente—. Podéis ir a donde gustéis.
—Hemos tenido un pequeño problema —comentó Harry con amabilidad—, respecto a la forma de pago que utilizáis aquí. No estamos seguros de cuál es, y nosotros únicamente tenemos galeones, la moneda de nuestro hogar…
Fuyuki sacudió la cabeza, y agitó la mano, indicándole que no siguiese.
—Aquí no utilizamos dinero. Eso os lo dejamos a vosotros, los del exterior. ¿Creéis de verdad que necesitamos oro? —abrió los brazos, abarcando tanto lo que les rodeaba como su propio atuendo. Sonreía, divertido. Había oro por todas partes, tanto en los complementos y joyas con los que se vestía, como en los edificios que los rodeaban—. Aquí se utiliza el… cómo se dice… trueque. Eso. Trueque. Pero ni se os ocurra preocuparos. No tenéis que pagar en ningún sitio. Sois mis invitados.
Draco y Hermione, al oír esas palabras, intercambiaron una breve mirada cómplice. La joven contuvo una sonrisa con dificultad, y sintió un extraño cosquilleo en la nuca al ver que Malfoy también le dirigió una sutil sonrisa torcida. La chica bajó la mirada, y contempló la pulsera que llevaba en la muñeca.
—Por cierto, pronto serán las competiciones oficiales de este juego —el jefe Fuyuki señaló a los niños que seguían jugando a la pelota a pesar de que el partido había terminado. El resto de espectadores estaba abandonando la plaza paulatinamente—. Competiciones entre adultos. Quizá os gustaría participar.
—No, muchas gracias —negó Ángela, intentando sonar agradecida—. Solo somos aficionados. No tenemos la suficiente práctica como para competir. Ni forma física.
—Discrepo —el jefe rió a carcajadas—. Pero lo respeto. Por cierto, Asako os habló del Nashikoi Nobaisu, ¿verdad?
—Sí —corroboró Harry a toda prisa, enderezándose, prestando toda su atención. Sus amigos contuvieron la respiración.
—Estupendo, pues debéis saber que se celebrará con la próxima luna —informó el robusto hombre, mientras hacía un esfuerzo para ponerse de pie—. Os lo recordaré a su debido tiempo. Espero que no os incomode tener que permanecer aquí hasta entonces —añadió, vacilante.
—Para nada —aseguró Hermione apresuradamente—. Al contrario. Gracias por permitirnos quedarnos, y por invitarnos a la reunión. Esperamos estar a la altura.
El jefe sonrió, bondadoso.
—Eso no lo dudo. Bueno, dejo ya de importunaros, tengo asuntos que atender. Que paséis un buen día.
—Igualmente, señor.
El jefe se alejó con pesados andares y, en cuanto estuvo a una distancia prudencial, Malfoy fue el primero en hablar:
—¿Al decir la próxima luna se refería al mes siguiente? —saltó con brusquedad. Ya no parecía cansado, y su rostro había adquirido un súbito aire sombrío—. ¿La siguiente luna llena?
Sus compañeros asintieron con la cabeza, también contrariados.
—Pues sí, eso parece —dijo Harry en voz alta, para después cerrar los ojos y pinzarse el puente de la nariz con dos dedos—. Un mes entero... No tenemos tanto tiempo…
—Serán unas tres semanas, la luna llena fue hace ya casi una semana —corrigió Hermione, práctica—. Por supuesto que el tiempo apremia, pero mientras nadie sepa que estamos aquí podemos permitirnos unas semanas más —aseguró, intentando tranquilizarlo. Miró de reojo a Draco, el cual no la miraba y parecía sumido en sombríos pensamientos—. Pasará volando. Y la buena noticia es que sigue en pie la invitación a la reunión, no lo han olvidado.
—Tiene razón —murmuró Ángela, intentando forzar una sonrisa—. De momento el plan funciona. Y esa reunión valdrá la pena, estoy segura. Según lo que he leído, los Nashikoi Nobaisu son personas increíblemente sabias y avanzadas mágicamente. Es un misterio el tema de sus reuniones, pero seguro que allí podremos sacar información sobre la Serpiente de Plata —añadió en voz más baja—. E incluso cómo destruirla.
Sus amigos guardaron silencio. Draco resopló y se dejó caer tumbado en el suelo, con los brazos tras la cabeza. Parecía encontrarse especialmente molesto, y, al sentir la mirada de los demás puesta en él, se obligó a decir, en tono brusco y despectivo:
—Otro mes aquí metidos… Menudo coñazo.
OOO
El Dorado era una ciudad inmensa, rodeada de altas montañas que hacían que fuera imposible entrar en ella a no ser que conocieses la entrada de la cueva. Pocos eran los invitados que la ciudad había tenido, y era por eso que trataban a Harry y a los demás como a reyes. Les regalaban ropas, les invitaban a celebraciones, les mostraban sus costumbres… O simplemente les dejaban recorrer la ciudad a sus anchas.
Draco caminaba tranquilamente por una de las orillas de un gran lago que había en el centro de la ciudad. Había escuchado cómo Asako invitaba a Potter y Weasley a dar un paseo. La joven les había dicho que les iba a llevar a ver los monumentos más llamativos de la ciudad, que se encontraban algo alejados del centro. Potter, al ver que Draco estaba escuchando, intercambió una mirada amable con él, como invitándolo a ir con ellos. Sin embargo, el joven rubio desechó su muda propuesta con un gesto, prefiriendo dar un paseo en solitario. Realmente necesitaba pensar y ordenar sus ideas. Había varias cosas que rondaban en su mente y sobre las que el chico quería meditar.
Mientras caminaba, se cruzó con un par de niñas que iban charlando animadamente, en su idioma. Una era bastante más bajita que Draco, con el pelo negro azabache, y muy morena; la otra era incluso más pequeña, también morena, y tenía el cabello castaño y muy rizado.
Castaño y rizado…
Granger… ¿qué andará haciendo? No la he visto desde muy temprano —pensó el rubio inconscientemente—. Quizá esté en la plaza. O en la biblioteca. Puedo dar un rodeo e ir a ver si está… Oh, Merlín, venga ya, lo que me faltaba. No puedes estar planteándote ir a buscar a Granger, pedazo de imbécil. Una cosa es que te la encuentres y te quedes con ella por matar el tiempo, pero buscarla no, joder. ¿En qué estás pensando? ¿Por qué… empiezas a acostumbrarte a su compañía?
El joven sacudió la cabeza con fuerza y bufó, molesto consigo mismo. Le costaba admitirlo en lo más profundo de su mente, y jamás lo admitiría en voz alta, pero Hermione Granger se estaba convirtiendo en una persona que toleraba, y cuya compañía incluso valoraba. Lo cual hubiera sido impensable años atrás, pero ahora muchas cosas habían cambiado. Se habían aliado forzosamente por una fuerza mayor, y se habían obligado a dejar atrás rencillas pasadas y a tratarse cordialmente, algo que jamás habían hecho antes. Y, a raíz de eso, había descubierto una faceta nueva de la joven. Su faceta amable. Su faceta simpática. Su faceta divertida. Su faceta más humana.
Desde luego, no congeniaba con Potter y Weasley. No había sido exactamente cuestión de pureza de sangre la razón de su rivalidad en la escuela. Era más cuestión de lealtades, de amistades, familias, y formas de ser diferentes. Por lo cual, todavía no era capaz de sentirse totalmente cómodo en su compañía, y, desde luego, no la buscaba. La guerra no había cambiado tanto su forma de pensar como para ahora querer ser su amigo. Había salvado la vida de Potter en el barco, y la de Granger cuando los atacó el Jaguar, pero no había sido por amistad. Solo por supervivencia. Eran un grupo, y todos eran necesarios para el éxito de la misión. Y él tenía claro que quería sobrevivir.
Además, en el caso de Potter había algo más. Potter no podía morir. No todavía.
Su odio hacia Granger, en cambio, siempre había sido puro ideal de pureza de sangre. Y eso había creado una enemistad que había durado años. Además de ser amiga de Potter y Weasley, claro está. Los sangre sucia eran inferiores, eso le habían enseñado toda su vida, y nunca había tenido razones para dudar de ello. Si sus padres se lo habían enseñado, era porque era así. ¿Por qué tenía que planteárselo? Le habían enseñado que el agua moja, que el fuego quema, y que los sangre sucia eran inferiores a él. Por lo cual, nunca se había molestado en mirar dos veces a una sangre sucia cualquiera, Hermione Granger. Pero ahora, que la guerra había cambiado tantas cosas, y que empezaba a replantearse y a buscar sentido a tantas afirmaciones categóricas que, quizá, no lo fuesen tanto, estaba mirando dos veces a Granger. Y lo que veía era a una joven bruja de gran poder, culta, inteligente, decidida y amable. Y le costaba incluso darse cuenta de que era la misma persona con la que había convivido durante tantos años en Hogwarts.
No la conocía. No la conocía en absoluto. Pero, en su interior, sentía verdaderos deseos de hacerlo. Cada cosa nueva que descubría de esa joven, le agradaba. Y le hacía querer saber más.
Y eso tampoco estaba bien del todo. Seguía teniendo su reputación. Seguía siendo un Malfoy. Y, como tal, debía ser fiel a su apellido. A su sangre. Una cosa era cambiar su pensamiento hacia los muggles, pero eso era todo. No podía llegar más allá. No era correcto. No era natural.
Ángela, también hija de muggles, era una joven agradable, y era, quizá, la otra única compañía que soportaba además de la de Granger. Agradecía la forma en que lo trataba. Si ningún atisbo de rencor, de odio, de recelo… de miedo.
A pesar de lo que sucedió.
Draco inspiró hondo e intentó cambiar sus pensamientos pero, sin que él pudiese evitarlo, volvieron a Hermione Granger. Suspiró y elevó los ojos al cielo. ¿De verdad tenía tan poca vida interior que lo único en lo que su mente cavilaba era en la sonrisa de "buenos días" que la chica le había dedicado esa mañana? El chico, con un gruñido, alzó una mano y empezó a golpearse la frente con el puño cerrado.
Deja de pensar en Granger, deja de pensar en Granger… Tienes cosas más importantes en las que pensar… Deja de pensar en Granger…
Una anciana con la que se cruzó se quedó mirándolo, inmóvil, dejando muy claro por su expresión que pensaba que el rubio había perdido el juicio. Draco cesó su auto-castigo de inmediato. Sintió que el rubor ascendía a sus mejillas. Genial, ahora pensarían que estaba chalado. Se esforzó en esbozar una tirante sonrisa hacia la mujer. Se le ocurrió también murmurar un débil Negao ni, que significaba "buenos días", según le había dicho Ángela. La mujer pareció vacilar pero, tras unos segundos, le devolvió el saludo y se alejó. Aun así, volvió la vista por encima del hombro, todavía mirando extrañada a Draco. El chico suspiró. Definitivamente tendría que dejar de sumergirse tanto en sus pensamientos.
—Draco, ¿qué tal? —saludó una suave voz. El aludido tardó un instante en reaccionar, y, para cuando lo hizo, Ángela estaba frente a él.
—Oh, hola —el chico parpadeó, algo desconcertado—. ¿Qué hay?
—¿Subes a casa? —inquirió la joven, señalando algo que había a su derecha. Él, sintiendo su cerebro torpe todavía por haber sido arrancado de sus pensamientos tan bruscamente, miró en esa dirección. Se sorprendió de sobremanera al ver que estaban al lado de la pirámide que era su casa allí. ¿Cómo había podido llegar hasta allí sin darse cuenta?
—Ah, no, en realidad estaba andando sin rumbo fijo —confesó él, todavía luciendo algo perdido. Carraspeó un poco para recomponerse—. ¿De dónde vienes?
—Acabo de hacerme la cura de la mordedura de la serpiente —contó la chica, mostrando su pierna, la cual lucía un vendaje artesanal hecho con telas. Draco frunció los labios, y contempló el rostro de la joven aunque ella no lo miraba.
—Ya veo… ¿cómo lo llevas? —preguntó en voz baja, sintiéndose algo idiota. No era su fuerte ser amable ni preocuparse por los demás con sinceridad. Pero realmente quería saberlo. Se sentía en deuda con la joven. Había sido su culpa después de todo… o eso seguía pensando.
—Muy bien, casi cicatrizada —aseguró Ángela, mirándolo a los ojos fijamente, como si quisiese tranquilizarlo. Después lo señaló a él—: ¿Qué tal tu pierna?
—Bien —contestó el chico en voz baja, incómodo. Se miró la pierna, envuelta en un firme vendaje blanco. No estaba demasiado acostumbrado a que le preguntasen cómo estaba, y lo había pillado por sorpresa.
—Sé que no quieres, pero deberías ir a ver a la sanadora para que te la examinase —le recomendó Ángela, encogiéndose de hombros—. Solo por si acaso.
—Granger me dice lo mismo… Ella me la ha curado un par de veces. Y dice que va bastante bien. Sus pociones son efectivas.
—Ella no es sanadora —bromeó Ángela—. Aunque se le da genial. Podría ser medimaga.
Draco caviló sobre esas palabras. Tenía razón. Él había preferido que Hermione Granger le curase una herida bastante grave, antes que la sanadora de una civilización avanzada mágicamente, y había confiado en su criterio sobre su estado. Y ya estaba. Sin darle más vueltas, ni plantearse nada más. ¿Cuándo había empezado a confiar tanto en ella?
Contuvo el impulso de volver a golpearse la cabeza al darse cuenta de que volvía a estar pensando en Granger. Devolvió su atención a la joven que tenía ante él. Lo miraba con amabilidad, casi con cariño. De pronto, se sintió incómodo, como si no supiera qué hacer con sus brazos. Le estorbaban a los lados de su cuerpo. Intuyó que la chica le estaba leyendo la mente, y sabía que aún se sentía culpable por lo sucedido con la serpiente. Se sentía culpable por tantas cosas…
—Oye —masculló él con brusquedad. Con más de la que pretendía—. ¿Te acuerdas…? Fue hace tiempo, pero… Allí, en Hogwarts… En Artes Oscuras…
—Sí —se apresuró a decir ella, silenciando su torpe sucesión de ideas. Él enmudeció—. Lo recuerdo. Pero no… no te preocupes.
Draco abrió y cerró la boca. Pero no fue capaz de decir nada. Se sentía imbécil. Vulnerable y avergonzado. Y no quería sentirse así. Mucho menos que ella se diese cuenta. Quería disculparse, pero no sabía hacerlo. Nunca había sabido.
—Yo… —volvió a intentarlo, pero ella lo interrumpió otra vez.
—Déjalo, de verdad. Han pasado años, eran otros tiempos. Otra situación. Tenías que hacerlo —no parecía en absoluto sentir rencor hacia él, lo cual lo hacía sentirse peor todavía. La joven sonrió y le acarició un brazo desnudo con suavidad—. Hace mucho tiempo que te he perdonado. De hecho, creo que en ningún momento te he guardado rencor.
Draco la miró fijamente, sin saber qué decir. Solo pudo asentir con la cabeza, sintiéndose agradecido e imbécil a partes iguales. Le pareció notar que una de las cientos de espinas que tenía clavada en su corazón se aflojaba y caía a sus pies.
OOO
Hermione había descubierto algo maravilloso y que le estaba alegrando el día.
Darse cuenta de que podía caminar y leer al mismo tiempo.
El Dorado era una ciudad tan amplia, con inmensos campos verdes y tranquilos caminos entre las casas, que podía hacerlo sin riesgo a chocarse con nada ni molestar a nadie. Únicamente tenía que levantar la mirada de cuando en cuando para asegurarse de que no iba de cabeza al río que cruzaba la ciudad, ni de frente contra un muro. O, como en ese momento, para asegurarse de que iba por buen camino hacia la pirámide escalonada que hacía las veces de su hogar allí.
Mientras caminaba por la orilla del río, con la cabeza sumergida en las páginas, un brillo dorado atrajo su mirada y la elevó a tiempo de ver cómo un pequeño barco pesquero de doradas velas lo surcaba lentamente, en silencio. Un hombre que se encontraba sobre la cubierta remaba con un largo palo, introduciéndolo en las profundas aguas y ayudando así a estabilizar el barco y que no chocase con las orillas. Sonrió para sí misma, cohibida. Aquel lugar era espectacular.
Al terminar aquella calle, y dejar atrás el río, se encontró con que, a una decena de metros de distancia, estaba ya la pirámide. Sin embargo, a pesar de su propósito de seguir leyendo hasta estar frente a la puerta, algo retuvo su mirada. En la parte baja de las numerosas escaleras que ascendían hasta la entrada, alcanzó a ver dos figuras que conocía bien. La cabellera rubia de una de ellas fue la que le dio la pista de quiénes eran.
Draco y Ángela se encontraban hablando frente a la pirámide. Hermione, sin saber muy bien por qué, detuvo sus pasos. Cerró el libro. No entendía por qué no se acercaba, los saludaba y se unía a ellos. Pero algo se lo impidió. Un pensamiento que hizo que su corazón le pesase más de la cuenta.
¿Desde cuándo Draco y Ángela pasaban tiempo juntos, a solas?
Hermione se sintió bastante estúpida al darse cuenta de que había dado por hecho que, cuando Malfoy no estaba con ella, estaba solo. No se le pasó por la cabeza que buscaría la compañía de Ángela, pero así parecía ser. Sin poder controlar los pensamientos que acudían a su mente, se preguntó por qué. Por qué no la buscaba a ella. Si, a pesar de todo, se encontraba más cómodo con la joven Carver. Y, por encima de todo, por qué le estaba afectando tanto.
En ese momento, Ángela acarició el brazo del chico con una mano, mientras lo miraba a los ojos, y Hermione sintió que se quedaba sin respiración. No podía apartar la mirada de ellos, y lo que estaba viendo la estaba afectando más de lo que jamás hubiera imaginado ante algo tan aparentemente banal. Se asustó de su propia reacción. De la sensación de sentir que los ojos se le llenaban de lágrimas, a pesar de no entender lo que estaba pasando. Aferró el libro contra su pecho, asustada. Quizá estaba malinterpretando todo. O quizá no. ¿Era posible que no solo pasasen tiempo juntos, a solas, sino que hubiese… algo más? ¿Y por qué necesariamente eso era algo malo? Ella… no tenía ningún derecho… de nada.
Vio, aunque no escuchó, cómo parecían despedirse en ese momento. Malfoy continuó caminando por la calle, alejándose de espaldas a donde Hermione se encontraba, mientras que Ángela ascendió los escalones para entrar en la pirámide. Ninguno de los dos la vio.
Hermione, tras darse unos segundos para terminar de regular su pesada respiración, y de parpadear para hacer desaparecer la humedad de sus ojos, fue tras la joven morena. La encontró sentada sobre su cama, jugando con un jubiloso Max. El pequeño monito parecía disfrutar enormemente de la vegetación de la ciudad, por lo cual iba y venía a su antojo por todas partes. Podían pasar días sin verlo, pero siempre acababa volviendo a la pirámide escalonada. Parecía haberles cogido verdadero cariño.
—Hola —saludó Hermione al entrar. Se tranquilizó al darse cuenta de que su voz sonó bastante normal, aunque la garganta le picaba de emoción contenida. Ángela alzó la mirada y le sonrió.
—¡Hola! Mira quién está aquí —la joven señaló al monito con entusiasmo. Éste chilló alegremente y se acercó a Hermione. La chica sonrió y le permitió trepar por su cuerpo hasta sus hombros.
—¿Qué tal, dónde has estado? —preguntó Ángela, estirándose para coger la pequeña piedra preciosa que le estaba lanzando al monito para jugar a que la atrapase y se la trajese de vuelta.
—Por ahí, leyendo —Hermione dejó sobre la cama el libro que llevaba todavía en las manos, como si fuese una prueba de lo que decía. Se sentó junto a su amiga, y Max aprovechó para bajar y sentarse también sobre la blanda superficie—. ¿Y tú? —preguntó algo más bruscamente de lo que había pretendido.
—Con la sanadora —respondió Ángela, sin darse cuenta de su tono. Se giró sobre sí misma, aún sentada sobre la cama, para mostrarle el vendaje—. Dice que ya me quedan menos curas. Pronto estará del todo bien.
—Me alegro —aseguró Hermione, aunque su voz sonó algo ida. No podía contenerse más—: ¿Y has ido con Draco?
—¿Eh? No, ¿por qué? —inquirió Ángela, distraída, dándole a Max la piedra brillante e intentando después quitársela tirando con cariño de ella, haciendo chillar al monito con suavidad. Hermione tragó saliva.
—Os he visto juntos ahí abajo, en la puerta —señaló hacia atrás, como si hiciese falta. Y se apresuró a añadir, para no sentirse una acosadora—: No me ha dado tiempo a acercarme cuando ya os habíais despedido…
—Ah, eso —la joven no pareció impresionada ni culpable—. No, no, me lo he encontrado aquí en la puerta justo cuando llegaba. Ha sido casualidad, hemos coincidido —rió con inocencia, todavía jugando con Max. Hermione se preguntó si debía creerla. Le costaba hacerlo. Le pareció todo demasiado casual. Pero, ¿por qué tendría que mentirle Ángela? Comenzaba a molestarse sin saber muy bien por qué. ¿Cómo podía estar afectándole tanto? No era de su incumbencia... Y aún así...
—Os he visto hablando —dejó escapar sin querer. Su tono de voz era más duro—. Por eso pensaba que habíais ido juntos…
—Ya, pues no… —ahí sí, Ángela pareció intuir que algo no iba bien. Alzó su oscura mirada, dejando tranquilo al monito. Hermione bajó la suya, cohibida. No había sido su intención ser tan brusca—. ¿Va todo bien?
—Sí, sí, solo… —Hermione vaciló, forzándose a hablar con sensatez. Forzándose a expresar lo que verdaderamente debería estar pensando—. Es una tontería, pero al veros juntos me he puesto a pensar. Y quería preguntarte… Bueno, no sé si debería…
—Hermione, ¿qué pasa? —casi rió la joven, comenzando a inquietarse ante el nerviosismo de Hermione. La joven castaña vaciló unos segundos antes de conseguir mirar a su amiga a los ojos.
—Es solo que… Malfoy no es buena persona —sentenció, quizá con menos firmeza de la que debería. ¿Por qué sentía que no estaba siendo sincera con lo que creía en realidad?—. Nunca lo ha sido y, por mucho que haya cambiado estos últimos años, sigue sin serlo. Y… me he preocupado al veros juntos. Me preguntaba si has empezado a sentir algo por él. Porque me ha dado esa impresión.
Hermione sintió que las mejillas le ardían y se maldijo por ello. ¿Por qué sentía que, en vez de con Ángela, estaba hablando consigo misma?
Ángela la observó unos segundos, perpleja. Y Hermione suplicó con todas sus fuerzas para que su amiga no le leyese la mente. Cosa que la preocupó, pues eso significaba que había cosas dentro de su mente que deseaba ocultar. Pensamientos que no deberían estar ahí.
—No… —fue lo primero que consiguió decir Ángela, confusa. Sacudió la cabeza e intentó ordenar sus pensamientos—. No siento nada por él. Es un chico guapo, de eso no hay duda —admitió, vacilante, como si se lo acabase de plantear a sí misma—, y me parece interesante, supongo, pero… eso es todo. No había pensado en él como nada más, puedes estar tranquila. Simplemente… me gusta su compañía, creo.
Sonrió al fin a su amiga, como si comprendiese que se estaba preocupando por ella y lo agradeciese. Nada más lejos de la realidad, pensó Hermione avergonzada.
—Ángela, él… me contó lo que te hizo en Hogwarts —reveló, con suavidad.
—¿Ah, sí? —musitó la joven, sonriendo sin mirarla. Devolvió su mirada y sus manos a Max, jugueteando con sus pequeñas manitas.
—Nunca me lo habías mencionado —dijo Hermione, como si se disculpase—. No lo sabía… Si no, no te hubiera invitado a venir con nosotros, a estar cerca de él…
—No pasa nada —aseguró la chica, restándole importancia con un gesto—. De verdad. Ha pasado mucho tiempo. No… —vaciló, sin saber qué palabras emplear—. No le guardo ningún rencor en absoluto.
—Él se siente…
—Culpable, lo sé —su amiga volvió a mirarla al fin, sin borrar la sonrisa—. Acaba de decírmelo. Bueno, lo ha intentado. A su manera. No hay que darle vueltas, de verdad. Está todo bien.
—De acuerdo —murmuró Hermione, sin insistir. Forzó una sonrisa hacia su amiga, sintiéndose algo mejor consigo misma, sin poder evitarlo. Aunque era una soberana estupidez, pues el hecho de que Malfoy y Ángela tuviesen algún tipo de relación romántica, a ella no la afectaba en absoluto, ¿verdad?
Ángela la miraba ahora diferente, en medio de un extraño silencio. Sus ojos estaban clavados en los suyos, y parecía ver a través de ella. Hermione se preguntó, nerviosa y preocupada, qué era lo que estaba viendo en ellos que le estaba arrancando una sonrisa.
—Malfoy es demasiado serio para mí —saltó de pronto Ángela, sonriendo divertida, volviendo a jugar con Max—. No es mi tipo.
Hermione forzó una risotada.
—Estoy de acuerdo —después guardó silencio, cavilando. La preocupación de Draco por la herida de Ángela regresó a su mente, atormentándola—. Aún así, le preocupas. Creo que te aprecia.
Ella se encogió de hombros, quitándole importancia.
—Es posible. Y se lo agradezco, de ser así. Pero también te aprecia a ti.
Hermione dejó escapar una risa algo estridente, demasiado forzada para ser sincera.
—Tampoco demasiado. Me soporta, supongo.
—Le caes bien —replicó su amiga, frunciendo el ceño, intentando replicar con cordura—. Y también se preocupa por ti. Intuyo que incluso le atraes.
Hermione boqueó ante esas palabras. Esbozó una sonrisa burlona y arqueó las cejas, sin saber qué decir. Quería expresar lo ridícula que era su suposición, pero no sabía cómo. No entendía qué pretendía Ángela dándole la vuelta a la conversación de esa manera.
—Sí, claro. Y qué más. No digas tonterías —consiguió decir con credibilidad, cambiando su posición sobre la cama. Ángela se encogió de hombros, con expresión divertida.
—¿Por qué no?
—Pues no lo sé —replicó Hermione atropelladamente, sin saber qué decir exactamente—. Pero siempre me ha tratado fatal, y el hecho de que ahora no lo haga no debería significar que le atraigo —sintió un puñetazo en el estomago. Tenía razón. Así era. Y no debía olvidarlo jamás. Sintió un súbito estallido de orgullo—. Desde luego, espero que no sea así, porque se iba a llevar un chasco. Yo estoy enamorada de Ron, y eso no va a cambiar.
Ella misma fue consciente de lo forzado de su sentencia. Acto seguido, Hermione se mordió el labio, con el corazón tembloroso. ¿Era posible que ni ella misma se creyese lo que acababa de decir? ¿Podían sus propios pensamientos ser más perturbadores? Sentía la boca seca. ¿Qué le estaba pasando? Ángela esbozó una pícara sonrisa cómplice.
—Hermione Granger rompiéndole el corazón a Draco Malfoy, quién lo diría… —dijo con ironía, juguetonamente.
—Cállate, anda —espetó Hermione, estirándose para coger la almohada que había en el cabecero de la cama y golpeando a su amiga con ella. Max chilló alegremente, alejándose de un salto de la trayectoria del almohadón.
Ángela dejó escapar una carcajada. Hermione miró a su amiga a los ojos, y vio que ésta la observaba con un extraño velo de ternura en ellos. ¿Era posible que hubiese hablado demasiado y ahora Ángela pensase… la verdad? No, diantres, no había ninguna verdad. Basta. Todo… había sido un pequeño lapsus. Llevaban mucho tiempo allí, separados del mundo, y eso la había confundido ligeramente. Pasar tanto tiempo a su lado la había confundido. Su relación había cambiado ligeramente para mejor, pero eso no significaba nada. Le estaba dando vueltas a unos sentimientos que no tenían razón de ser.
Tenía que buscar urgentemente algo para entretenerse además de los libros, porque parecía encontrarse tan aburrida como para imaginar cosas con Draco Malfoy que no venían a cuento.
¡Listo! ¿Qué os parecido? Harry está de los nervios porque quiere encontrar La Serpiente de Plata cuanto antes (y con razón, pobrecito) 😅 Draco por fin le ha pedido "disculpas" (más o menos) a Ángela por haberla torturado cuando estaban en Hogwarts. El pobre tenía esa espinita clavada desde hacía tiempo... Y Ángela lo ha perdonado sin problemas 😉 Hermione ha tenido su momento de celos al ver a Draco y Ángela juntos (menuda casualidad, con lo grande que es El Dorado 😂). Ambos se están intentando auto-convencer, cada uno a su manera, de que no está pasando nada, ¿lo conseguirán? 😏
Dejadme todos los comentarios que os apetezcan, los leo todos con mucho cariño.
Muchas gracias por leer. ¡Un abrazo y hasta pronto! 😊😊
¡Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo!
