CAPÍTULO XVII
BOHEMIAN RHAPSODY
«Too late, my time has come
Sends shivers down my spine
Body's aching all the time»
El ciclo lunar se terminó convirtiendo en una rutina en la que todos quedamos atrapados. Desde que habíamos conseguido convertirnos en animagos —aunque, siendo francos, a Peter le seguía costando—, todo era mucho más sencillo y no nos sentíamos tan mal por dejar a Remus solo en los que posiblemente eran los peores momentos de su vida. Yo me encargaba de que el lobo no le hiciera daño a nada ni a nadie y James se ocupaba de que el lobo no se hiciera daño a sí mismo. Peter vigilaba que nadie se acercase a la casa de los gritos, porque si lo que pretendían era «pasar una noche de terror», lo iban a conseguir.
Hacíamos un buen equipo.
Los días de luna llena también tenían su propio itinerario. Este consistía en coger algún juego, libro o cualquier chorrada que se nos cruzase por la cabeza y pasar la tarde en la Casa de los Gritos, intentando distraer a Remus de lo que le esperaba.
En aquella ocasión, el entretenimiento era un pequeño recorte de una revista muggle que James llevaba queriendo usar desde hacía más tiempo de lo que estaba dispuesto a admitir. ¿Que cuál era el encabezado? Verdad o atrevimiento. La dinámica del juego era sencilla. Vaya, que tan sólo hay que conocer el título para saber las instrucciones.
Recuerdo que esa noche hicimos muchas payasadas. Recuerdo a Peter poniéndose rojo porque tenía que confesar cuándo se había hecho su última paja, a Remus poniéndose rojo porque a James le había tocado restregarse contra él y a James y a mí partiéndonos de risa, esperando nuestro turno para ver quién de los dos contestaba de manera más basta o conseguía hacer más el ridículo.
Terminé yo.
—¿Verdad o atrevimiento? —preguntó James.
—Atrevimiento.
—Besa a la persona más guapa del cuarto.
—Lupin —No sé decir qué me pasaba en las últimas semanas con Remus. Os juro que no puedo. Simplemente me giré, más por impulso que por convicción propia. De repente, ese juego no me pareció tan divertido como en las rondas anteriores. Sentía la mirada de mis amigos como si fueran mil en vez de tres. Me empecé a poner nervioso y salí de aquella situación de la única manera que sabía: ser un payaso—. Muévete, hay un espejo detrás de ti.
Y haciendo el paripé salí airoso.
Estaba comenzando a tener una obsesión malsana con Remus. Ya no era que quisiera estar con él todo el rato; es que cuando no estábamos juntos me sorprendía a mí mismo pensando en él, incluso reviviendo momentos pasados. Y lo peor de todo: sonriendo como un subnormal. Más de una vez su fantasma se había colado en mis fantasías y yo le había rogado en sueños que me follase como a un chucho. Sobra decir que mis plegarias no habían sido escuchadas.
Sí, era consciente de lo que significaba esto. No, no me quería dar por aludido.
Si nos ponemos a decir verdades el problema no era que fuera un tío. Es que era mi amigo, mi puto mejor amigo. No tenía explicación lógica. Para mí ese sentimiento era como… como si me gustase McGonagall. Que no era normal, coño. Y, aun así, no podía dejar de comportarme como el penoso protagonista de un drama barato. Durante las clases observaba cómo el pelo le caía sobre los ojos y él se empeñaba en colocarlo en el mismo lugar. Cómo durante los desayunos se manchaba la nariz con la mantequilla y fruncía el ceño antes de limpiársela. Su gesto sereno cada vez que se concentraba en la lectura. Joder. Le estaría observando durante horas y no, aquello no era normal. No. Era. Normal.
Necesitaba salir de allí y lo necesitaba ya.
—Deberíamos prepararnos ya. Llevo hoy yo las mochilas a la Sala Común. Id tirando.
Caminé con paso ligero por el túnel hasta estar de nuevo en Hogwarts. Creo que lo mejor que pudimos hacer —ya no en el colegio sino en la vida— fue el Mapa del Merodeador. Ahorraba tiempo y muchas explicaciones. Además, molaba un huevo. Me permitió estar en nuestro cuarto en tiempo record. Lo primero era el pasadizo del Hall —que es terriblemente curioso porque, aunque son escaleras de bajada, desemboca en el tercer piso—.
Guardé el mapa. No tenía por qué encontrarme con nadie; a esas alturas todos debían de estar pensando en meterse en la cama. Todos menos el jodido Quejicus. De él no había una cosa que no me molestase. Desde su manera de andar, hasta su pelo —que, o tenía un serio problema con la gomina, o llevaba sin lavarse desde la Edad Media—, además de esa asquerosa mueca que siempre paseaba. Bueno, la mueca y la cara en general. Verle hacía que se me pusieran los pelos como escarpias. Lo que sentía hacia él era un asco irracional.
Éramos crueles, lo sé. Eso no significa que él no fuera igual con nosotros. Tampoco estoy buscando ningún tipo de justificación: éramos críos que tenían peleas de críos.
Como no había suficiente pasillo para los dos —nótese el sarcasmo—, el imbécil de Snape se pegó todo lo que pudo —y más— a mí solo para darme un codazo y que la mochila de Peter se cayese al suelo. Primero pensé en pegarle una hostia. Luego se me ocurrió algo mejor.
—Eh, Quejicus. ¿Podemos hacer una tregua por hoy? —pregunté, recogiendo la mochila del suelo e intentando poner la misma cara que le ponía a mi madre de pequeño cuando no quería comerme el brócoli. Snape solo asintió, sin demasiada convicción—. Ve al Sauce Boxeador y golpea el nudo más grande que veas. Se abrirá un pasadizo, entra y síguelo. Encontrarás algo increíble al otro lado.
—¿Y por qué debería hacerlo?
—Porque merecerá la pena. Tú sabrás, Severus.
Y me marché de allí sabiendo que un slytherin no iba a dejar pasar una oportunidad como aquella.
Después del encontronazo con el imbécil de Snape, continué mi camino hacia otro atajo: la estatua del Caballero Degollado. Me dejó en el séptimo piso. Una vez allí, después de recitarle la contraseña a la Dama Gorda y pedirle junto a un par de piropos que abriese la entrada lateral a la Sala Común, pasé a los dormitorios. Dejé las cosas por medio y cerré la puerta por dentro —así nos ahorrábamos que algún cotilla entrase, no encontrase a nadie dentro, y fuera a contárselo a Merlín sabe quién—.
Para la vuelta me tomé mi tiempo. Quería llegar y ver la cara de Snape en el momento preciso. Quería darle tiempo para que se decidiera a hacerme caso. Sin embargo, el sorprendido al llegar a la Casa de los Gritos fui yo.
—¿Qué? ¿Se ha desmayado el muy subnormal? —le pregunté a James, que estaba saliendo del pasadizo con Snape en brazos.
—¿Se lo has dicho tú? —inquirió, terriblemente serio.
—Pues claro.
—¿Pero tú eres gilipollas, Sirius? Ve a ayudar a Peter. Esto ha sido demasiado, incluso para ti.
Y sin decir una palabra más se llevó a Snape al interior del Castillo, dejándome con una culpabilidad que tan solo estaba empezando a florecer.
Le hice caso porque no podía no hacerlo. Me transformé en perro y corrí todo lo que me permitieron las patas. Dentro encontré a un lobo más excitado de lo habitual, seguramente por tan inesperada visita. Odiaba tener que hacerle daño, pero aquella noche tuve que contenerle más de una vez. Y contenerle significaba clavar los dientes para hacerle retroceder, que el lobo aullase de dolor y querer morirme por dentro.
Recuerdo aquella como una de las peores lunas llenas. Fue una noche larga y cansada. James no volvió. A la semana siguiente me enteré de que le estuvo rogando a Snape durante horas que no le contase a nadie lo que había visto y que fue Dumbledore el que finalmente consiguió convencerle. A la mañana siguiente Remus estaba desorientado, sangrante y agotado. Peter y yo le dejamos en la enfermería con peor aspecto del habitual. Yo le dejé en la enfermería sabiendo que la había cagado.
Estuve tentado de abandonar las clases varias veces para comprobar si Remus había despertado por fin. Cada vez que exteriorizaba este pensamiento Peter me convencía de lo contrario.
—Deberías darle tiempo —decía—. No creo que esté muy contento contigo.
Y si James había conseguido que me sintiera mal y ver a Remus así me había hecho sentir peor, escuchar la tímida voz de Peter, el bueno de Peter, afirmando lo que yo ya pensaba solo hizo que quisiera desaparecer.
Después de tres horribles horas de clase por fin era libre.
Abrí la puerta de la enfermería y avancé hasta la camilla en la que estaba Remus; Lily le acompañaba. Pero yo solo podía mirar a Remus. Y él no me miraba a mí.
El corazón me palpitaba en los oídos. Lo notaba golpear contra mi caja torácica. Quise acercarme a él pero Evans, tan coherente como siempre, me frenó. Fue una mano contra mi pecho y, sin embargo, a mí me pareció un muro inquebrantable. Me sacó de la enfermería, cerrando con cuidado la puerta tras de sí.
—Escucha, Sirius —dijo con voz calmada, mordiéndose el labio, tal y como hacía siempre que no sabía cómo explicarse—. Remus no quiere verte, no por ahora. Mira, no soy quién para echarte la bronca, pero empieza a pensar un poco antes de actuar, que ya no tienes quince años.
Y tras decir aquello su melena pelirroja se coló de nuevo en la enfermería, dejando a un estúpido Sirius Black plantado frente a la puerta.
Los tres días siguientes fueron un infierno. No podía dormir porque el remordimiento me estaba matando. Recordaba la escena una y otra vez. Quería volver atrás, pero no podía. No, no es que me arrepintiera, Snape se merecía un escarmiento, pero no podía soportar las miradas de reproche de mis compañeros. Sobre todo, no podía soportar que nadie me gritase. Si se hubieran enfadado conmigo, si me hubieran escupido a la cara lo niñato, imbécil y descuidado que había sido, posiblemente hubiesen descargado un poco mi conciencia. Pero no. Hacían como si todo fuese igual que de costumbre y, sin embargo, todos sabíamos que no lo era.
Al cuarto día, Remus se incorporó a las clases. Cojeaba un poco y yo sabía por qué.
Se sentó en el mismo sitio de siempre, a mi lado, pero nada más. Saludó a James y a Peter. Yo solía ir por separado, me solía dedicar una sonrisa especial y solo para mí. Una sonrisa que gritaba «sigo vivo, Canuto, creía que me iba a morir, pero no, he sobrevivido a otra luna». Sin embargo, mi turno nunca llegó. Ni una mirada cómplice, ni un cabeceo. Remus se limitaba a tomar apuntes, tan concentrado y aplicado como solía ser.
Aquello se prolongó durante el resto de la mañana.
No fui a comer porque, la verdad, no me sentía con fuerzas para seguir soportando su completa indiferencia. Me arrepentí más rápido de lo esperado, y es que me moría de hambre; nunca desayunaba y cuando llegaba la hora de comer estaba famélico, así que me puse las botas y bajé a las cocinas. Con suerte los elfos podrían apartarme un poco de la comida que fueran a servir. Vaya, seguro que sí.
Y allí estaba yo, haciéndole cosquillas a la pera sin saber lo que me esperaba al otro lado.
—¿Hola? —Tenía la mala costumbre de empezar a hablar antes de siquiera abrir las puertas. Normalmente daba igual, pero había días que me llevaba algunas sorpresas. Este fue uno de esos—. Hey, Gina, te veo bien.
Me di la vuelta y por mi cabeza pasó la idea de huir y esperar que el otro no se hubiera dado cuenta. Estúpida, lo sé, por eso me quedé e intenté ser lo más natural posible dentro de que Remus «El que no habla a Sirius», «El que no mira a Sirius», «El que evita a Sirius» y una larga lista de sobrenombres más, estaba allí plantado, mirándome por primera vez en prácticamente una semana.
—Hey.
Iba a ser el señor de los «hey». Iba a ser un «hey» tan grande que el resto de «heys» lo iban a flipar. Iba a ser un «hey» que mostrase lo seguro que estaba, que esa situación no me superaba y que iba a comer sin ningún tipo de preocupación. Terminó mostrando todo lo contrario y dejándome como un capullo integral. ¿Qué coño hacía Remus allí? La única conclusión posible era que él tampoco se veía con fuerzas para tener una escenita incómoda en el Gran Comedor.
Genial, fantástico, increíble. Íbamos a tener «la escenita incómoda» en las Cocinas.
Carraspeé. Me había imaginado esa conversación numerosas veces y, aunque las recordaba, la información parecía no llegar a mi cerebro.
—Bueno… Esto es súper entretenido, pero podemos seguir callados y sin mirarnos mientras como algo.
Imbécil. Era un imbécil total y Remus parecía estar de acuerdo.
—Eres increíble, de verdad.
Mentiría si dijese que esa no es una frase que la gente suela repetir en mi presencia. Alcé la vista.
—Ni siquiera te has dignado a pedirme perdón. Ni siquiera te has dignado a ir a Severus y pedirle perdón.
Despegué los labios. Iba a decir que a Quejicus ni agua, pero que a él sí que le había buscado. No obstante, Remus quería hablar. Remus tenía derecho a hablar y a que yo cerrase el hocico de una vez por todas.
La perorata de Remus se alargó durante varios minutos y lo cierto es que nunca he sido el mejor en prestar atención a las broncas.
—«Snape… Dumbledore… llamó… dijo que… monstruo… no… comprendes… asunto… una… piensa… el resto… joder… cómo… amigo… en ti… siempre… hacéis… no… mismo… piensa… hacer… hablar...».
Efectivamente, había perdido el hilo por completo. Mientras él hablaba, yo me limitaba a observarle y a pensar en mis cosas. Bueno, en sus cosas, en nuestras cosas, pero no en sus palabras. Mi cabeza repetía incesantemente dos palabras: «por fin». Por fin la bronca que necesitaba. Por fin me estaba hablando. Por fin podíamos arreglar las cosas.
O quizás no.
Mis ojos se deslizaban por su pelo, sus labios, su ceño fruncido, sus manos temblorosas, llenas de rabia. Joder, le había echado de menos. Más que nunca. Prefería que estuviéramos encerrados en la cocina discutiendo —o escuchando su monólogo eternamente— a que no me mirase otro día más. Era demasiado. Lo era todo.
Y, como no había metido la pata lo suficiente yo, Sirius, de la casa Black, tercero de mi nombre, decidí que me iba a dejar llevar de nuevo y, de paso, cagarla un poco más.
Me puse en pie, ni siquiera recordaba haberme sentado. Tres escasos pasos eran lo que nos separaba y un segundo fue lo que tardé en recorrerlos.
—Sirius, ¿acaso me estás escuchando?
Culpable.
Mis manos fueron directas a su nuca, a enredar mis dedos en su pelo. Mis labios buscaron los suyos y le besé. Le besé. Fue un beso de mierda, estuvo mal y no soy capaz de arrepentirme.
Me separó de él de un empujón. La verdad es que después de aquello esperaba una bofetada de propina. Me la merecía. Cerré los ojos, pero nunca sucedió. Cuando los abrí, vi a un joven más dolido que enfadado. No entendía nada, no me entendía ni a mí mismo.
—Pero, ¿de qué vas?
Y, sin decir nada más, se fue de las Cocinas dando un portazo tras de sí.
—¿Desea comer algo el señor? —La voz de Gina interrumpió el hilo de mis pensamientos corrosivos. No sé cuánto tiempo estuve allí plantado. A juzgar por la cara de preocupación de la elfina, más del que pensaba.
—Eh… sí, claro. ¿Qué hay hoy?
Forcé una sonrisa e hice lo que mejor se me da: fingir que todo iba bien.
