Viernes 26 de Junio de 2015

Quinn Fabray

Denver

Capítulo 18

Lo veía venir. Por supuesto que lo veía venir, aunque no fuese exactamente lo que llegué a imaginar que sucedería.

Cualquiera en mi situación habría sido capaz de predecir lo que estaba por pasar, excepto si eres hombre y te llamas Robert Marshall.

19:39 de la tarde de un caluroso viernes de junio. Mi querido novio jactándose de ser un manitas tras colgar un par de cuadros y lanzarse decidido a anclar la estantería más grande en el salón. Unas escaleras, un taladro de proporciones sumamente exageradas, y 80 kilos de músculo forzando a una broca para traspasar los ladrillos de una pared que no terminaban de ceder. Y en ese pequeño detalle estaba la clave. Mientras yo negaba continuamente y me daba cuenta de que aquello no era normal, Robert insistía sacando toda la fuerza de su interior, y el absurdo orgullo por tener razón y llevarme la contraria como siempre solía hacer. ¿Y qué fue lo que sucedió? Pues el apocalipsis. Un maremoto. Un tsunami en mitad de nuestro salón por culpa del enorme agujero que propició en una de las tuberías principales de la casa.

Yo lo sabía. No que por ese trozo de pared pasase justamente una tubería principal, pero sí sabía que si el taladro no conseguía traspasar la pared era por algún motivo lógico, y no porque necesitase más fuerza bruta. Pero a Robert que yo le hurgase en su orgullo de hombre capacitado para todo, le revolvía las entrañas. Le fastidiaba tanto que no cedía ni aunque estuviese contemplando su error en primer plano.

Aquella tarde, casi noche, fue él quien cayó de bruces contra el suelo por culpa de la fuerza el agua que brotó de la tubería, y yo, después de haber pasado dos días arrastrando un inoportuno e ilógico catarro, empapada desde los pies a la cabeza.

—¡No me mires así!—masculló después de casi una hora recogiendo el agua que había inundado prácticamente todo el salón.

—No te estoy mirando de ninguna manera, solo estoy sacando agua…

—Me miras con soberbia.

—¿Qué dices? No seas idiota…

—¡No tenía ni idea de que esa tubería estaba ahí!—volvió a excusarse, y mi paciencia se esfumó.

—¡Robert! ¡Basta ¿Ok?! No te miro de ninguna forma y ya sé que no tenías ni idea de que esa tubería estaba ahí, no creo que seas tan idiota como para hacerle un agujero sabiéndolo. Deja de recriminarme cosas porque no he abierto la boca en ningún momento. Me he limitado a limpiar y a secarme, ya está.

—Pues precisamente por eso te lo estoy diciendo. No dices nada pero lo piensas… Piensas que soy idiota, que no valgo para nada pero me haces creer que sí. No hay más que verlo en tu…

—¿Qué diablos te pasa?

—¡No! ¿Qué te pasa a ti?—exclamó con una mirada que llegó a asustarme. Y no por temor a que pudiese hacerme daño, por supuesto, sino porque jamás lo había visto tan alterado por un estúpido percance. De hecho, su humor en los últimos dos días había mejorado muchísimo.

Cuando abandonamos el pub la noche de su enfrentamiento con Rachel, y que casualmente mi excusa de encontrarme mal se hizo real, tuvimos tiempo para sentarnos un rato en el coche, frente a la casa de mis padres, y hablar un poco de lo sucedido durante la improvisada reunión. Y en aquella charla pude ver ese cambio que yo deseaba que llegase cuanto antes, para no perder la paciencia.

Estaba arrepentido por cómo había respondido a Rachel con el asunto del día del orgullo gay, y yo supe que realmente lo estaba por cómo se expresaba. Porque lo conocía, porque sabía que en el fondo no tenía maldad alguna, solo que su estúpido orgullo por aparentar lo que no es, sacaba lo peor de él.

Y era consciente de ello. Cuando estábamos a solas todo en él cambiaba. Y siempre me decía que el motivo por el que lograba sentirse en calma era mi presencia. Que yo era capaz de hacerle ver las cosas con más claridad, aunque ni siquiera pronunciase palabra alguna.

Tal vez eso fue lo que me enamoró de él. Era honesto conmigo y siempre me hacía ver que cuando estaba a mi lado, era mejor persona. Sí, tal vez eso supusiese una responsabilidad para mí, pero nunca me vi obligada a aceptar su compañía sin quererlo. Robert estuvo tratando de conquistarme durante varios años hasta que fui consciente de que era sumamente importante para mí tenerlo a mi lado. Porque verlo bien me hacía feliz, porque recibir su sonrisa me hacía sonreír, porque sentirme deseada por él me llevaba a desearlo a mí también.

Pero en aquel día su humor había vuelto a jugarle una mala pasada, a pesar de que fui yo quien le insistió para terminar de colocar los últimos detalles de la casa, y volvió a sacar a relucir ese victimismo que tantas veces utilizaba para tener el mundo de su lado. Él no quería que yo estuviese allí, porque deseaba que descansara y me recuperase del inoportuno catarro que me aquejaba, pero mi insistencia lo terminó de convencer. De esa manera, podríamos disfrutar del fin de semana sin tener que pasarlo trabajando, y sabiendo que cuánto antes estuviese acababa la reforma, antes podríamos disfrutar de la casa. Y yo sabía que eso era lo que más deseaba.

Por eso estábamos allí, aunque él no fuera consciente de mis pensamientos. Nada más. No tenía intenciones de discutir ni de echar por tierra ese tan manido orgullo suyo con alguno de mis comentarios, de ahí que guardase silencio mientras arreglábamos el estropicio. Pero él no quería ver que si guardaba ese silencio era por no ofenderlo, sino todo lo contrario. Y mi paciencia también empezaba a resquebrajarse.

—¿Qué me pasa a mí?

—Sí. Parece como si todo lo que hago está mal. Te callas porque sabes que tienes razón y de esa manera te sientes más orgullosa, ¿Verdad?

—¿Qué? ¿De verdad me estás diciendo eso?—le recriminé tras deshacerme del último cubo de agua que pude absorber del suelo—¿Qué diablos te pasa? Te recuerdo que soy tu novia, y te conozco mejor que nadie… ¿De verdad pensabas que me iba a poner a gritar sabiendo que te sientes mal por un estúpido error?

—Un estúpido error que tú me habías avisado con antelación.

—¿Y? ¿Sabes? Estoy harta… Si hablo y te digo las cosas, te molestas y te ofendes… Si me callo y me las guardo, piensas que lo hago para sentirme superior a ti. ¿No te das cuenta de que tienes un problema? Soy tu novia, y estoy contigo porque te quiero… ¿Por qué diablos piensas tan mal de mí? ¿Por qué desconfías tanto? ¿Te he dado motivos para ello?... Míranos… ¿Acaso no he hecho todo lo que te prometí? Robert, no estoy aquí forzada por nada ni nadie, estoy aquí contigo porque quiero estar y punto. ¿Tan difícil te resulta aceptarlo?

—Quinn…

—Ni Quinn ni nada. Dios… Robert, no puedes seguir así. No te das cuenta de que tú mismo te haces daño. Tienes que calmarte…

—No puedo calmarme—soltó abatido, dejando un lado el orgullo que seguía haciendo de las suyas con su carácter.

—Claro que puedes—me acerqué a él suavizando el tono de mi voz.

—No, no puedo porque cuando pienso que ya lo tengo todo bajo control, se va a la mierda… Como la puta tubería esa que nos ha dejado sin agua. Quiero… Quiero acabar de una jodida vez y disfrutar de la casa, y quiero viajar y divertirnos… Quiero disfrutar de una vez.

—Y lo vamos a hacer. Rob, tenemos todo lo que queríamos, no necesitamos nada más. ¿Recuerdas lo que me dijiste en el Golden Gate antes de mudarnos?

—Que te quería, y que haría todo lo posible por hacerte feliz.

—Exacto. Yo soy feliz viéndote bien. Me hace mal ver que como piensas que todo te viene mal, que no hay nada que te convenza de que es suficiente. Se supone que estamos juntos, y eso es lo importante. No necesitamos más que eso, y todo esto ya es mucho más de lo que podía desear. Estamos en Denver, a ambos nos va bien en nuestros trabajos, hemos podido conseguir una casa espectacular… ¿Qué más quieres?

—Quiero todo lo que merecemos. Quiero no tener que estar viviendo en la casa de mis padres. Quiero tener un sueldo lo suficientemente alto como para poder permitirme cualquier capricho. Quiero llegar a mi casa y que todo esté a nuestro gusto. Eso es lo que quiero, y llevamos un mes poniendo y quitando, sacando y metiendo, moviendo y clavando cosas en esta maldita casa. Estoy cansado.

—Pues te has cansado muy pronto para lo que es tener un hogar—le recriminé al ver que no atendía a razones y su ego seguía cegándole—Se supone que esto es algo de los dos, no solo tuyo. Te recuerdo que yo he tenido que dejar todo en San Francisco para estar aquí contigo y trabajar juntos en formar algo bonito.

—Ya… Ya sé que has tenido que dejar todo, no es necesario que me lo recuerdes continuamente.

—¿Qué? ¿Cuándo te lo recuerdo continuamente?

—¿Sabes qué? Déjalo… No quiero seguir discutiendo, estoy cansado y tengo que arreglar ésta mierda—soltó dejándome completamente sorprendida—Voy a llamar a Mark para ver si puede venir a echarle un vistazo. Él sabrá que tengo que hacer…

—¿No me vas a responder?—insistí tras ver como ciertamente, tomaba el teléfono móvil y se encerraba en su despacho. No sé si fue el sonido del portazo, pero juro que en ese mismo instante noté como algo dentro de mí se hacía añicos al sentirme completamente ignorada por él.

Y no lo pude evitar.

En cualquier otra ocasión habría salido corriendo de tras de él para exigirle una explicación, o tal vez habría esperado allí implacable a que diese la cara, pero en aquel instante no pude, o mejor dicho, no tuve el valor de hacerlo. Y no lo hice porque casi sin darme cuenta me vi envuelta en un llanto completamente fuera de lugar y que reflejaba más mi resignación, que el malestar de la discusión.

No sabría cómo describirlo, pero era como si hubiese llegado al punto en el que sabía con total y absoluta certeza que no tenía solución, que por mucho que lo intentase o pusiese de mi parte, no tendría manera de lograr que fuese feliz como deseaba que lo fuera, y eso me frustraba. Y lo peor es que él ni siquiera se dio cuenta de tal hecho. Ni antes, ni en aquel instante. Cuando salió de su despacho tras hablar con su amigo, ni siquiera se dignó a mirarme mientras yo luchaba por contener la congoja del estúpido llanto que no era capaz de controlar. Tomó las llaves de su coche y caminó directo hacia la puerta.

—Voy a recoger a Mark. Ahora volveré—soltó antes de que la puerta se volviera a cerrar entre nosotros y dejándome allí, completamente a solas buscando alguna explicación lógica a lo que acababa de suceder. A como habíamos llegado a ese extremo de distanciamiento en tan poco tiempo, cuando siempre habíamos formado un equipo perfecto.

Definitivamente, se estaba viendo superado por sus propias ambiciones, y dejarme completamente a solas allí sin siquiera volver a mirarme, no me ayudó en absoluto a tratar de tranquilizarme aun sabiendo que no tenía la culpa de nada. Que en ningún momento le había echado en cara que hubiese dejado todo en San Francisco por estar allí con él. Simplemente me quedé allí, dejando que las lágrimas me sirvieran de desahogo mientras me aferraba a uno de los cojines del sofá, y luchaba por no llevar a cabo la idea de marcharme de allí y regresar a la casa de mis padres donde, probablemente, encontraría algo de estabilidad.

Quizás fue el estúpido destino el que me hizo desechar la idea y decidir quedarme hasta que regresara, porque de haberme marchado no habría podido vivir lo que vi en aquella tarde casi noche del viernes, y que tanto bien me hizo a pesar de las circunstancias.

Y no. Robert no tuvo nada que ver. Fue ella. Mi querida chica galáctica.

Apenas dos minutos después de que Robert se hubiese marchado, mi teléfono comenzó a sonar en la cocina. Y fui hasta él pensando que era precisamente él, o tal vez mi hermana interesándose por los últimos detalles de mi casa. Pero no. Era ella, y cuando vi su nombre en la pantalla llegué incluso a mirar a mi alrededor pensando que tal vez había colocado una cámara en algún lugar de mi casa para espiarme y saber cuándo debía llamarme. Porque para ser sincera, si había alguien con quien me apetecía hablar en aquel instante, o mejor dicho escuchar, era a ella. Sin duda alguna.

—¿Hola?—respondí, tratando de contener el desquiciante llanto que seguía acusándome.

—¿Quinn?

—Sí, soy yo… Hola Rachel.

Hola. Hola Quinn… ¿Estás bien? ¿Te ocurre algo?

Eh… No, no, claro que no. Estoy perfecta.

Oh… Tu voz suena diferente, no sabía si eras tú o tu hermana.

¿Sueno mal?

No, no, mal no, solo un poco diferente. ¿Estás bien de veras?

Eh… Sí, bueno ya sí… ¿Qué ocurre? ¿No estás en Oklahoma?

Eh sí, sigo aquí, y no ocurre nada. ¿Por qué dices que ya sí estás bien? ¿Has estado mal?—me preguntó y el tono de su voz me hizo comprender que no estaba siendo todo lo convincente que deseaba.

No, solo un pequeño catarro. Por eso notas mi voz rara… Ayer parecía uno de los albañiles que han estado en mi casa.—Bromeé evitando que se preocupase más de lo que ya lo hacía, porque conociéndola como empezaba a conocerla, sabía que lo haría. Y lo último que deseaba era trasladarle mi malestar estando lejos.

Oh, vaya… ¿Y te encuentras mejor?

Sí, sí, estoy perfecta—fingí de nuevo, aunque el simple hecho de escuchar su voz lograba calmarme— ¿Y tú? ¿Qué haces llamándome a ésta hora? ¿No estás con tu familia?

Eh, sí, lo estoy pero… Bueno…

¿Bueno qué?—la interrumpí al notar ciertas dudas en su voz—¿Sucede algo? ¿Qué ocurre, Rachel?

Nada, no pasa nada, tranquila. Es solo que… Estaba viendo una cosa y no he podido evitar acordarme de ti.

¿Una cosa?

Ajam…

¿Y qué cosa estabas viendo para pensar en mí? Espero que algo bonito.

¿Dónde estás?—me preguntó tras varios segundos en silencio.

Pues, estoy en mi casa… Quiero decir, en mi casa nueva no en la de mis padres.

Oh, Ok… No quiero interrumpirte, ¿Estás con Robert?

Estaba.

¿Estabas? ¿Ya no?

Eh… Bueno, estaba hace unos minutos, pero ha tenido que salir a recoger a un amigo suyo para que venga a echarnos una mano, así que por ahora estoy sola. No te vas a creer lo que nos ha pasado.

¿Qué os pasado?

Una tubería. Robert acaba de destrozar una de las tuberías principales de la casa tratando de colocar una estantería y se nos ha inundado medio salón.

¿Qué? ¡No! ¿Hablas en serio?

Totalmente. Ha empezado a salir un chorro enorme de agua que ha tirado a Robert de las escaleras, y nos ha empapado a los dos, bueno… Y el salón, y los muebles… Por suerte hemos podido contenerlo antes de que llegue al sofá, pero ha sido completamente surrealista.

Oh Dios, ¿Y Robert está bien? ¿Se ha caído de las escaleras?

Eh… Sí. Está bien, un poco enfadado por lo que ha sucedido, pero ya sabes cómo es.—Traté de quitarle importancia.

Oh, bueno, lo importante es que está bien. ¿Tú lo estás?

Si estar bien es estar empapada, sí lo estoy—bromeé, pero no pude percibir sonido alguno de risa que me confirmase que había surtido efecto en ella—Por cierto, ¿Te alegras de que Robert esté bien?

¿Qué? Pues claro que me alegro. Que me caiga mal no significa que le desee algo malo. Además, es tu chico y si él está mal tú también lo estarás. Quiero verte feliz…

Ya…

¡Hey! ¿De verdad piensas que le deseo algún mal?

No, no claro que no. Solo estaba bromeando, pero veo que a través del teléfono te sigue costando entender mi humor.

Tal vez estar tanto tiempo sin verte acabe por hacerme olvidar lo que ya se de ti.

¿Tanto tiempo? Hace tres días que no te veo.

Me he acostumbrado a verte casi a diario, no puedes negar que tres días no es mucho tiempo.

Wow… Veo que realmente me echas de menos.

¿Lo dudabas? Pensé que te quedó claro el otro día, ¿No?

No mucho, me gusta que me digan esas cosas más a menudo. Un mensaje no es suficiente.

Idiota…—susurró y lejos de molestarme, sonreí a más no poder. Nunca antes me habían llamado idiota con tanta dulzura como lo hizo Rachel, ni me había provocado tal sensación de confianza, de complicidad.

¿Qué? ¿De verdad me estás llamando idiota?—traté de sonar seria.

Estoy bromeando, por supuesto que no eres…

Yo también—la interrumpí sin poder contener la risa, olvidándome que apenas cinco minutos antes no podía dejar de llorar.

¿Tú también qué?

Que yo también te echo de menos, y también estoy bromeando.

¿Qué estás bromeando con lo de echarme de menos?

Oh por Dios, Rachel… ¿Qué pasa? Tres días en Oklahoma y ya no…

Estaba bromeando—me interrumpió ella dejándome por primera vez en silencio.— ¿Ves? Yo también puedo tener tu sentido del humor.

Ya, ya veo…

Así que estás a solas… ¿No?

Pues sí. Estoy sentada en la cocina sin perder de vista el dichoso agujero de la pared. No he recogido tanta agua del suelo en mi vida. Creo que he podido tirar unos 5 cubos. Horrible…

Lo imagino.

¿Y tú qué tal? ¿Cómo está tu madre?

Pues muy bien. Estamos preparando todo para mañana y bueno, ya sabes cómo son las reuniones familiares… Nadie se pone de acuerdo, mis hermanos parece que vuelven a ser adolescentes…

Uff, no te noto mucho entusiasmo.

No es eso, es solo que ya sabes que no me gustan las aglomeraciones y mi casa ahora mismo parece el camarote de los hermanos Marx. Hubiera preferido una reunión familiar más tranquila, pero mi madre se ha empeñado en celebrar su 55 cumpleaños por todo lo alto… Además nos ha presentado a su nuevo amigo.

¿Su nuevo amigo?

Novio.

Oh, ¿Y qué tal?

Bueno, partiendo del hecho de que yo desconocía que tuviese novio, pues no ha estado nada mal.

Pero…

Pero nunca termino de acostumbrarme.

Lo imagino. No obstante, si tu madre está feliz es lo que importa, ¿No? Quiero decir, está allí sola… Tener compañía siempre le vendrá bien.

Lo sé, por eso me alegro mucho por ella. Supongo que esta sensación extraña que siempre tengo cuando algo así sucede, terminará pasando. Solo espero que éste sea el definitivo… Que mi madre haya tenido más parejas que yo, tampoco es algo a lo que termino de acostumbrarme.

¿Celosa de tu madre?

¡No! No me refiero a eso…

Relájate, chica galáctica… Tu madre es muy guapa, es lógico que tenga cuantos novios quiera tener.

La verdad es que sí, ojala hubiese sacado su cara.

¿Perdón? Pero si sois dos gotas de agua.

Muy graciosa.

No estoy bromeando.

Quinn, has visto a mi madre diez minutos hac años… ¿De verdad estás diciendo que me parezco a ella?

No tengo que ver a tu madre todos los días para saber que te pareces a ella. La recuerdo y sé que era muy guapa. Y tú lo eres… Por lo tanto, sois iguales.

¿Crees que soy guapa?

Oh… Houston llamando a la Tierra, tenemos un problema con la seguridad de una astrónoma que reclama más atención. ¿De verdad me preguntas eso?

Eh… Te lo cuestionaría si tu extraña frase no estuviese volándome la cabeza. ¿Qué es eso de Houston llamando a la Tierra?

Es lo que se dice, ¿No? Cuando los astronautas tienen problemas y… Ok, acabo de hacer el idiota. Lo siento… Me he confundido.

A menos que exista otro Houston lejos de la Tierra—bromeó y yo, lejos de molestarme terminé riéndome con ella. –Voy a tener que darte algunas lecciones de astronomía.

Estás muy graciosa, ¿No? ¿Me has llamado solo para burlarte de mí?

No, aunque me lo estás poniendo muy fácil para ello.

Pues a ver si cuando estés frente a mí te atreves a hacerlo.

¿Me estás retando? Te recuerdo que tenemos una cena pendiente.

Lo sé, por eso mismo te lo digo. Espero que cuando estemos frente a frente seas capaz de gastarme esas bromitas y no morir de vergüenza. –Solté sin ser plenamente consciente de que nuestra conversación estaba empezado a parecerse más a un coqueteo formal que una charla entre amigas. Y si hubiese sido consciente, creo que tampoco me habría detenido. Tal vez la discusión con Robert me estaba afectando, pero escuchar la voz de Rachel, imaginarme su sonrisa al teléfono mientras hablábamos, me aportaba más tranquilidad y calma que cualquier llanto desconsolado sobre el cojín del sofá, y en mi interior, nunca llegué a pensar que por buscar algo de cariño de aquella manera en Rachel, estuviese haciéndole daño a mi chico.

¿Te tengo que recordar que soy mayor que tú? No me da vergüenza gastarte bromas, es solo que soy una persona seria y educada…

Ya, muy seria.

Deja de tentarme, Quinn Fabray—Me replicó y yo sonreí a más no poder.

Eres tú quien me está tentando, Señora St. James.

Oh Dios… Sabes que no me gusta que me llamen así.

Aún espero a que me digas el motivo, así que…

Es todo lo que me queda de mi padre—me respondió sin que yo lo esperase, y lógicamente, su tono de voz cambió radicalmente. Decidí guardar silencio y dejar que hablase—Cuando Jesse me pidió matrimonio lo hizo mencionando su apellido… Me, me dijo; Rachel, haré lo que sea hasta conseguir que seas la señora St. James, y yo me asusté. Nunca, por mucho que pensase en casarme y tener una familia, había sido consciente de que cuando eso llegase, perdería lo único que me queda de mi padre, lo único no tangible, no sé… No sabría cómo explicarlo. Simplemente odié la idea de no tener su apellido. No sería yo de ser así.

¿Y Jesse qué dijo? ¿Lo aceptó bien?

Era eso o no boda.

¿De veras?

Sí. Le dije que mi única condición para aceptar casarme con él, era mantener mi apellido… Y lo aceptó, aunque en el fondo sé que es algo que le frustra.

Vaya…

Ahora ya lo sabes. ¿Estás más contenta?

Sinceramente, estoy contenta de que tomases esa decisión. Suena más bonito Rachel Berry que Rachel St. James.

¿Tú crees?

Totalmente. Mucho más personal.

¿Eso es bueno o malo?

Es genial.

Bien, veo que he acertado en llamarte, ya van dos piropos. Uno más y soy capaz de entrar en casa como lo haría Beyoncé. –Bromeó y yo no pude evitar soltar una carcajada—No te rías, soy capaz de hacerlo…

Por eso me rio, porque a pesar de ser tímida, estoy convencida de que podrías hacerlo perfectamente. Es más, yo te imagino haciéndolo…

¿Ese es el tercero?—me preguntó y yo guardé silencio por unos segundos. Y no porque no quisiera responderle rápidamente, sino porque realmente la imaginé entrando en el salón de su casa, aunque no supiese como era, caminando como lo haría Beyoncé o cualquier otra diva. Y lejos de parecerme graciosa, llegó a dejarme sin palabras. —¿Es otro piropo?—añadió al notar mi mutismo.

Vas a tener que detenerme, o al final voy a ser yo quien se avergüence cuando te vea. Creo que los antibióticos y el agua de la tubería me hacen hablar demasiado.

¿Más que el vino?—replicó divertida.

Mucho más, aunque creo que lo que más me influye es hacerlo a través del teléfono. Si estuviese cara a cara… Solo con vino.

Ok. Tomaré nota por si quiero que sigas piropeándome. No obstante, espero que estés cuidándote. No quiero que pospongas nuestra cena porque estés enferma. Bah, en realidad no quiero que estés enferma, así que…

Tengo edad suficiente para saber que debo cuidarme. Y sé cuidarme.

Eso espero.

Lo hago, te lo prometo.—Le dije justo antes de que de nuevo, el silencio se interrumpiese la conversación. Un silencio cómodo, nada molesto, de esos que te transmiten seguridad con la otra persona, y la imaginas sonriendo tras el auricular.— Por cierto… ¿Has dicho que estabas fuera de la casa de tu madre?

Así es…

¿Dónde estás?

En el jardín.

¿Y qué haces en el jardín?

Buscar un lugar para estar a solas…

Y hablar conmigo…

Así es.

Bien, y llegados a éste punto… ¿Me vas a decir por qué pensabas en mí y querías hablar conmigo? ¿Tanto me echas de menos? ¿No hay chicas con estrellas binarias en sus ojos por Oklahoma?—Insistí de nuevo en mi infalible capacidad de flirteo telefónico.

Ya te lo he dicho, pensaba en ti porque he visto algo realmente hermoso— me respondió recuperando de nuevo la dulzura—Y no, no sé si hay chicas en Oklahoma con estrellas binarias en sus ojos, ni quiero conocerlas.

Ya me conoces a mí.

Exacto… Contigo me es suficiente—soltó segundos antes de que un breve silencio nos invadiera. Un breve silencio que no era para nada incomodo, sino cómplice de nuestras palabras y de, probablemente, nuestros pensamientos. Un breve silencio que yo misma interrumpí por miedo a que algún imprevisto nos obligase a colgar la llamada y me dejara sin escuchar su voz.

Ok… Vayamos al grano, ¿Qué es eso que has visto que tanto te ha hecho pensar en mí?

Pues… Algo que acabo de ver y que he pensado que tal vez te gustaría verlo a ti también.

¿Verlo yo? ¿Me vas a enviar una foto? ¿Video llamada?

No es necesario. Solo tienes que salir a tu jardín, ¿Puedes?

¿A mi jardín? Eh… Sí, claro.

Bien, pues hazlo… —respondió contundente, y yo, que me había atrincherado en una de las sillas de la cocina, ni siquiera me lo pensé.

Ok. Voy para allá—le respondí llevando a cabo lo que me pedía.

Avísame cuando estés…

Ya.

¿Ya?

¿Cuánto quieres que tarde desde mi cocina al jardín? Solo tengo que cruzar una puerta.—Bromeé imaginándome la confusión en su rostro.

Ok, ok… ¿Tienes buena visión del cielo?

Eh… Sí.

¿Está completamente oscuro ya?

Casi… Aun se ve algo de luz del sol.

Ok. No importa ¿Ves la luna?

Pues… Sí, la veo—respondí tras adentrarme más en el jardín para buscarla—¿Qué ocurre con la luna?

Dime que ves…

¿Qué veo? Pues… La luna en fase creciente, o menguante… No lo sé.

Creciente.

Ok, pues veo la luna en fase creciente.

¿Nada más?—Insistió ella.

Mmm, nada más ¿Tengo que ver algo más?

Sí, tienes que fijarte bien.

Ok, lo hago. Hay algunas nubes, pero la luna está perfecta justo encima del tejado de mi casa. Y todo lo que veo es azul intenso.

Ok. Creo que esto no ha sido tan buena idea como pensaba. Tal vez estén cubiertas por esas nubes…

¿Cómo? ¿Qué ocurre?

Nada… Es solo que tal vez me he dejado llevar por la emoción tras ver cómo te pusiste al contemplar Saturno, y he pensado que…

Un momento… ¿Qué es eso?—la interrumpí casi por inercia tras descubrir la simétrica figura tras centrar mi mirada en la luna—¿Forman un triángulo?

¿Lo has visto?—balbuceó tras el auricular.

¿Está la luna y dos estrellas junto a ella formando un triángulo… O es mi imaginación?

No, no es tu imaginación. Es eso lo que quería que vieses… —Soltó con algo de dudas en su voz. Dudas que yo no supe descifrar en ese instante, pero que me limité a ignorar tras contemplar el espectáculo. Porque realmente era un espectáculo que, de no haber sido por mi incipiente miopía, habría percibido nada más salir al jardín y lanzar la mirada hacia el cielo.

Oh… Es genial.

¿De veras? ¿Hablas en serio o estás bromeando?

¿Qué? No, claro que hablo en serio. Es genial. Forman un triángulo perfecto… Espera, no… No dirás que una de esas estrellas es Bellatrix.

No, no…

¿Sheliak?

No, Quinn, no son estrellas… Son planetas-me corrigió y yo me sorprendí aún más.Tanto que incluso no pude evitar avergonzarme, y sentir que defraudaba a mi padre por no ser capaz de distinguir al menos esos detalles.

¿Planetas?

Venus y Júpiter. Es una conjunción que se suele dar cada tres o cuatro años. Logran alinearse con la luna durante varias semanas del verano y forman ese perfecto triángulo que ahora ves.

Oh… Guau…

Es probablemente uno de los mejores días para poder verlo, aunque poco a poco irán acercándose hasta casi rozarse. Dicen que es probable que sea uno de los acercamientos más intensos desde los últimos 15 años, así que para quienes morimos con éstas cosas, es un hecho bastante importante.

¿Y cómo de cerca estarán?

Tan cerca que apenas te servirán un par de dedos para medirlos en el cielo. No obstante, no pienses que es real… Es un efecto óptico.

Ya, bueno… Lo imagino. Supongo que es algo parecido a las estrellas binarias, ¿No es cierto?

Exacto. Pero a diferencia de ellas, esto se puede ver a simple vista.

Y tanto… ¿Cuál es Venus?

La más brillante.

¿De veras? ¿Júpiter no es mayor?

Así es, pero la distancia entre ellos y nosotros es abismal. Venus está apenas a 90 millones de kilómetros, mientras que Júpiter está 800 millones de kilómetros más lejano. Además, sus nubes amarillas de ácido sulfúrico reflejan la luz del sol, es por eso por lo que Venus es el planeta más brillante del sistema solar. Es… Es el lucero del alba, la estrella de la mañana. Seguro que has oído hablar de ella.

Pues sí, eso sí me resulta familiar—le dije segundos antes de que ambas volviésemos a guardar silencio, hasta que su susurro me sacó de mi embalsamiento mientras observaba la curiosa conjunción planetaria.

La verdad es que brilla mucho…

¿Lo estás mirando ahora?—le pregunté curiosa por la escena. Lógicamente sabía que lo estaba haciendo, porque me había confesado que estaba en su jardín, pero necesitaba asegurarme de ella para ser consciente de cómo las dos estábamos en la misma situación a pesar de los kilómetros que nos separaban.

No he dejado de mirarlo desde que salí al jardín—me respondió logrando que mi sonrisa se afianzara, y olvidase por completo el malestar que la discusión con Robert me había provocado.

Me encanta.—Balbuceé, más por el simple hecho de saber que estábamos haciendo lo mismo, que por lo que veían mis ojos. Pero ella no supo descifrar mi tono de voz, y mucho menos leer mi mente.

No sé, lo… Lo acabo de ver y no he podido evitar pensar en ti, y en que tal vez te gustaría verlo. Sé que es una estupidez, pero…

No es una estupidez, Rachel. Me encanta que me llames para mostrarme cosas así. No tenía ni idea de que existía tal cosa, ni mucho menos que pudiese verse a simple vista, así que gracias… Gracias por decírmelo.

No tiene mucha importancia, es solo que…

Rachel, ¿Para ti tiene importancia?

Pues… Sí, bueno es uno de esos eventos que no me gusta perderme.

Entonces para mí también tiene importancia. Y más aún si hace que pienses en mí. –Respondí, esto último sin siquiera detenerme a pensar.

¿De veras?

—Sí. Me gusta que me cuentes cosas de ese tipo, ya lo sabes… Y que me avises para ver algo así, por muy habitual que pueda ser para ti, me gusta. Me gusta muchísimo…

—Ok. La próxima vez no dudaré un segundo en llamarte.

—¿Has dudado en hacerlo?—Cuestioné curiosa por el leve temblor de su voz.

—Un poco. No sabía dónde estarías ni si te iba a hacer gracia que te molestase para algo así, pero ahora veo que ha sido lo mejor. Tengo la intuición de que te he llamado en el momento justo.

—Pues… Si te soy sincera, sí. Has llamado en el mejor momento posible.

—Lo he supuesto al oír tu voz—musitó confundiéndome, y supuse que mi silencio la invitó a continuar—No estás afónica por el constipado, ¿Verdad?

—¿Qué?

—¿Has estado llorando?—soltó y de nuevo la sensación de creer que me estaba espiando volvió a atizarme con fuerza. —¿Quinn?

—Eh…Supongo que soy pésima fingiendo—balbuceé sin ser capaz de seguir ocultándolo. Básicamente porque deseaba seguir hablando con ella, y lo haría de cualquier tema con tal de alargar la conversación.—¿Cómo lo sabes?

Bueno, no te he visto llorar nunca y espero no hacerlo, porque me gusta mucho más tu sonrisa, pero… No eres la única que fuerza la voz para evitar que se le note el llanto a través del teléfono. Y sé que nada tiene que ver con un catarro.

—Es verdad que he estado un tanto afónica…

No lo dudo, pero hay algo más en tu voz y no es una infección, precisamente.

—No, no lo es.

—Ok… ¿Y puedo ayudarte en algo? No, no te estoy pidiendo que me cuentes que te ha sucedido, si no quieres, pero al menos dime si te puedo ayudar… Porque me encantaría poder hacerlo y…

—Ya lo has hecho—le interrumpí.

—¿Cómo?

—Que me llames ha hecho que me calme, y eso es más de lo que podía pedir en este instante. No… No quiero partirte la cabeza con mis asuntos amorosos, además… No me gusta hablar por teléfono de ello, ni siquiera en persona.

—Oh, ok… Lo entiendo.

—No es por ti, Rachel. De hecho, no me gusta hablar con nadie de mis cosas… Sin embargo, no importaría nada hacerlo y desahogarme—mascullé notando como el temblor volvía a adueñarse de mis cuerdas vocales y mi voz salía con la congoja del llanto.

—Pues hazlo. Si quieres que te escuche, aquí estoy…

—Prefiero hacerlo en persona.

—¿Estás segura?

—Sí. Son muchas cosas, y si ya me cuesta comprenderlas a mí misma, imagínate si tengo que explicarlo por teléfono, además… Robert debe de estar a punto de llegar y sé que si hablo volveré a llorar. No, no quiero que me vea así. Prefiero quedarme tranquila después de hablar contigo y escuchar tu voz. –Le dije propiciando un silencio por su parte que me desconcertó.—¿Rachel? ¿Estás ahí?

—Eh… Sí, sí. Aquí estoy.

—Ok, pensé que se había cortado la llamada.

—No, no, solo estaba escuchándote. Y sí, tal vez tengas razón y hablar por teléfono de estos asuntos no sea una buena idea. Prometo dedicarte todo el tiempo que necesites cuando vuelva, ¿De acuerdo?

—No tienes que prometerme nada, solo…

—Quiero hacerlo—Me interrumpió—. Si eres como yo, algo que cada día tengo más seguro, te vendrá bien desahogarte un poco. Puedes contar conmigo siempre que lo desees. Nada me gustaría más que poder ayudarte a que estés bien y vuelvas a sonreír como sueles hacer.

—Gracias…

—Somos amigas, ¿No?

Me temo que ya no hay vuelta atrás—le dije empujando hacia mi estómago la bola que se empeñaba en ascender por mi garganta tras escucharla pronunciar aquellas palabras. Ella no lo supo en aquel instante, pero en mi mente se sucedió una serie de escenas en las que las protagonistas éramos nosotras, y que precisamente poco o nada tenían que ver con lo que dos amigas suelen hacer. Y lo cierto es que ni siquiera me hizo mal recordar esas escenas en aquel instante, todo lo contrario.

—Pues por eso mismo. Somos amigas, y las amigas están para lo bueno… Y para lo malo.

—Gracias, Rachel… Gracias de nuevo.

—Nada de darme las gracias. Dáselas a Venus, Júpiter y a la Luna. Sin ellos, no habría tenido buena excusa para llamarte.

—Tal vez tenga que empezar a agradecerle al destino—le dije justo cuando escuché la puerta del exterior, y la voz de Robert junto a la de otro chico que pude asociar a su amigo.—Rachel…

—¿Tienes que colgar?

—Eh sí, Robert ya está aquí.

—Ok. Yo debería regresar también a la casa.

—Bien… Espero que la reunión no te saque de quicio.

—Yo también lo espero… Quinn.

—Dime.

—¿Hay algún inconveniente en que te escriba más tarde?

—¿Inconveniente? No, por supuesto que no.

—Ok. Es probable que lo haga, porque va a ser complicado que me quede tranquila sabiendo cómo estás. No obstante, si no puedes responder o lo que sea, no es necesario que lo hagas, ¿Ok? No tienes por qué…

—Escríbeme cuando quieras y como quieras, Rachel. Por la noche, por la mañana o de madrugada si así lo deseas. ¿De acuerdo?

—¿Estás segura?

—Segurísima—le respondí con total y absoluta honestidad. Ella no lo sabía por aquel entonces, pero saber que podía hablar con ella cuando quisiera, se estaba convirtiendo en algo que no estaba dispuesta a perder.

—Muy bien, es probable que utilice la excusa de darte el nombre de varias revistas de astronomía para tu padre, porque de otra forma seguiré dudando de estar molestándote, pero no me lo tengas en cuenta ni te lo tomes a mal, ¿De acuerdo?

—Utiliza cuántas excusas sean necesarias. No importa con tal de que lo hagas si te apetece hacerlo.

—Perfecto Sheli… Quinn. No, no te entretengo más.

—Es un placer hablar contigo, chica galáctica—le respondí sin poder evitar que mi pulso temblara al escuchar como casi volvía a llamarme de aquella forma— Cuídate, ¿Ok?

—Me gusta que me llames así.

—Me alegro. Ya sabes cómo me siento yo cuando me llamas…

Sheliak.—Susurró y yo guardé silencio disfrutando de como aquel nombre estelar sonaba tan bien en su voz. De hecho, creo que si no fuese ella quien lo dijese, no tendría el mismo efecto en mí. Me hacía sentir especial, única, y eso era algo que nadie había logrado hacer conmigo. –Cuídate—añadió y no pude evitar sonreír aun viendo como Robert se asomaba al porche del jardín y me miraba un tanto confuso. Esperando tal vez que estuviese en el sofá aferrándome al cojín mientras lloraba por su ausencia, y no contemplando a Júpiter, Venus, la luna mientras hablaba con una estrella.