¡Hola gente linda! Buenas noches... ¡Muy feliz año nuevo para todos! Como bien dije, he tenido unas complicaciones, ¡pero eso no me detuvo en querer regalarles la primera actualización del año! Que este año que comienza, empiece con muchas cosas buenas...
Para dejar de dar vueltas, les traigo el último capítulo de "Todos sus besos"...Disfruten...
Serie Seducción de Laura Lee Gurhnke "Todos sus besos" (2 libro).
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Capítulo 21
Akiho hizo un gran esfuerzo porque le gustara vivir en Gales. Conforme iban pasando las semanas, intentaba no compararlo con Devonshire. Su casita era pequeña pero acogedora, situada en un rocoso acantilado junto al mar. Tenía jardín y el tejado de paja. Estaba incluso amueblada, algo que ella no había esperado. Si se organizaba bien, podría vivir mucho tiempo con las mil libras que le había dado Eriol.
Mejor no pensar en él. Dejó de podar las flores muertas del rosal que había en el jardín y cerró los ojos, intentando quitárselo de la cabeza. Pero no lo consiguió. Eriol seguía allí, como una sombra sobre todo cuanto hacía, como una herida abierta que no dejaba de sangrar. Después de dejar a Elian, nunca había mirado atrás, porque en su corazón lo había dejado mucho antes de hacer las maletas y marcharse. Con Eriol era distinto: miraba atrás decenas de veces todos los días. Y le dolía cada vez.
Ya había llegado septiembre, y ese día soplaba un viento gélido. Hacía dos meses que había dejado Nightingale's Gate, pero parecía que hacía años. Nunca se le habían, hecho tan largos los días y las noches.
Debería odiarlo. Lo intentó, pero el odio era una emoción difícil de mantener. Sobre todo cuando había tantas cosas de él que le gustaban. Su creatividad, su energía, la forma en que la escuchaba y recordaba lo que ella le decía, su amor por su hija y la forma en que había asumido aquella responsabilidad. Echaba de menos su encanto, la forma en que la hacía reír, que se hubiera puesto de su parte cuando le había explicado su distanciamiento con respecto a su familia. Añoraba sus besos; de hecho, lo añoraba tan terriblemente que sufría por su ausencia. Si lo hubiera odiado, le habría resultado mucho más fácil vivir con lo que le había hecho.
Akiho dejó de cortar las flores del rosal. Era una tontería hacerlo entonces, cuando debería esperar a que se formaran las semillas en las últimas flores, pero necesitaba algo con lo que entretenerse. «Tal vez debería dar un paseo», se dijo.
Levantó la vista hacia las verdes y brumosas colinas que tenía detrás y luego hacía el cielo. Iba a llover otra vez. En Gales parecía llover a diario. Se guardó las tijeras de podar en el bolsillo del delantal y empezó a andar colina arriba. «Sí —pensó—, un paseo me sentará bien. ¿Y qué más da si me mojo un poco?»
Un coche de caballos entró en su campo de visión y giró para tomar el camino que llevaba a su casa. Sorprendida, Akiho observó cómo el carruaje avanzaba por el camino circular hasta la puerta principal y se detenía justo delante. Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos colina abajo, observando cómo el cochero abría la puerta y bajaba un hombre del vehículo. Se trataba de un hombre alto, delgado y de pelo claro.
Akiho dio un paso indeciso.
—¿Jaques? —gritó, y empezó a correr hacia el coche de caballos, mirando fijamente a su hermano mientras se iba acercando a él—. Jaques, ¿eres tú?
Su hermano la miró cuando se detuvo frente a él. Se fijó en el raído vestido rojo, el delantal de trabajo y el pañuelo blanco que llevaba en la cabeza. Su expresión reflejaba cierto remordimiento, algo que Akiho no había percibido la última vez que se habían visto.
—Akiho.
—¡Oh, Jaques, no me lo puedo creer!
No se habían despedido de muy buenas formas hacía un año, pero en su soledad, Akiho se alegró de ver a su hermano mucho más de lo que habría imaginado. Le tendió la mano y, lo más sorprendente de todo, él se la estrechó.
—¿Cómo has dado conmigo? —le preguntó.
—Recibí la visita de un amigo tuyo, un tal Yue Hirahizawa.
—¿Qué? —dijo, más asombrada todavía—. ¿Por qué demonios fue a visitarte su excelencia?
—Es una historia bastante larga. —Hizo un gesto en dirección a la casa—. Tal vez deberíamos hablar de ello dentro...
—¡Por supuesto!
Lo condujo hasta la entrada de la casa y luego hasta el salón. Agarró el atizador y empezó a avivar el fuego, pero su hermano se lo quitó de las manos y lo hizo en su lugar.
—¿Te apetece un té? —le preguntó, y él negó con la cabeza, Akiho se sentó en el pequeño sofá y su hermano lo hizo en una silla que había delante.
—¿Qué tal estás Akiho? —le preguntó.
—Bastante bien —contestó ella, mirando unos ojos tan azules como los suyos—. Aunque un tanto desconcertada, he de reconocerlo. ¿A qué has venido?
—Como acabo de decirte, sir Yue vino a visitarme a Stillmouth. Vino a petición de su hermano, y eso fue lo que propició este viaje.
—¿Qué? —Algo se tambaleó en su interior, temió perder la compostura y tragó saliva visiblemente. «¿Eriol le había pedido a sir Yue que visitara a mi hermano? Bueno. ¿Y a mí qué me importa?», se dijo.
—Sir Yue y su hermano estaban muy preocupados por tu bienestar. ¿Fuiste la institutriz de la hija del señor Hirahizawa? —le preguntó Jaques con cierto deje de desaprobación en la voz, como era de esperar, dado el gusto por las buenas costumbres de su hermano y la mala reputación de Eriol.
—Sí, lo fui. —No podía creer que Eriol estuviera preocupado por ella. ¿Cómo iba a estarlo? Ella había dejado de interesarle y no se podía imaginar por qué diablos habría enviado a sir Yue a visitar a Jaques—. ¿Te dijo sir Yue cómo está Natalie? —preguntó, ganando tiempo mientras intentaba orientarse un poco.
—Dijo que su sobrina se encuentra bien, pero que te añora terriblemente.
—¿Y Eriol...? —Hizo una pausa. Le resultaba tan doloroso pronunciar su nombre, pero quería sentir aquel tipo de dolor, que recibió con agrado, junto con el leve y exquisito placer que la embargaba sólo con pronunciar aquella palabra—. ¿Está bien el señor Hirahizawa?
—Sir Yue me contó que el señor Hirahizawa está en perfecto estado de salud. El motivo de la visita de su excelencia fue que tanto él como su hermano estaban sumamente preocupados por tu prolongado distanciamiento con respecto a tu familia. Yue me dijo que los dos conocían perfectamente las circunstancias y que les dolía mucho que algo que ocurrió hace tanto tiempo siguiera provocándonos a todos tanto pesar. Me contó que fuiste una magnífica institutriz para Natalie y que no podían evitar preocuparse por tu bienestar.
Sir Yue vino a Cornualles con la esperanza de facilitar una reconciliación entre tú y tu familia. Ni que decir tiene —añadió Jaques—, que yo me quedé de piedra.
Y no era el único. Akiho se levantó del sofá y se paseó nerviosamente por la habitación, deteniéndose frente a la chimenea. Dando la espalda a su hermano, extendió las manos delante de las llamas. Estaba tan confundida que no sabía qué decir. No entendía qué había llevado a Eriol a actuar de ese modo después de la frialdad con que la había despedido.
—Sir Yue me aseguró que tus demás amigos, incluidos lady Miara y su hermano, el duque de Tremore, estaban también muy preocupados por la triste situación provocada por tu deshonra y nuestro distanciamiento.
Akiho se quedó helada y siguió dándole la espalda. «¿De qué está hablando?» Por las páginas de sociedad de los periódicos, sabía que aquellas personas eran amigos de Eriol, no de ella. Ni siquiera los conocía. Bueno, exceptuando al duque, Lo había conocido aquella lejana noche en la habitación de Eriol, pero ni siquiera los habían presentado. Se enteró de su identidad por las explicaciones que le dieron los sirvientes al día siguiente.
—Mi querida Akiho, no tenía ni idea de que te movieras en tan altos círculos —dijo su hermano, interrumpiendo sus confusos pensamientos.
—No lo hago —susurró ella al fuego.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
Akiho se apretó la frente con la mano, intentando pensar en todo aquello. Si sir Yue había dicho algo semejante, debía de ser para impresionar a Jaques a fin de aumentar las probabilidades de su reconciliación.
—Me... —tosió—. Me sorprende que... se hayan... hum... tomado tantas molestias por remediar mi situación.
—No te extrañes. De hecho, están haciendo lo posible por subsanar tu mala reputación y la de nuestras hermanas, ahora que están informados de todo. Todos parecen ser grandes mecenas y eran admiradores de tu... difunto marido. —Jaques dijo las dos últimas palabras en un tono tan despectivo que Akiho se entristeció. Elian había dejado mucho que desear como marido, era cierto, pero la había amado del mejor modo que era capaz, y la había hecho sumamente feliz durante los primeros años de vida en común.
—Sir Yue me preguntó si estaba abierto a la reconciliación —prosiguió Jaques—. El hecho de que tengas amigos tan influyentes que intercedan por ti es una prueba más que suficiente de que tu reputación no está del todo arruinada.
Ella se mordió el labio inferior. «¿Por qué estarán Eriol y su hermano intentando salvar mi reputación?», se preguntó.
Independientemente del motivo, parecía estar surtiendo efecto. Podía percibir cierto deje de admiración en la voz de su hermano. Jaques siempre había sido un poco mojigato. No era culpa suya, había nacido así. Siempre le habían impresionado los títulos, las influencias y otras cosas por el estilo. Y ella era plenamente consciente de lo mal que él y sus hermanas lo habían pasado por lo que ella había hecho hacía tiempo. Las rencillas eran una pérdida de tiempo. Si él estaba dispuesto a hacer las paces, ella también lo estaba. Se volvió.
—Jaques, tú eres mi familia. No hay nada que desee más que reconciliar nuestras diferencias. ¿Pero qué me dices de nuestras hermanas?
—Ellas también están dispuestas. Sir Yues se ofreció a introducirlas en su círculo social la primavera próxima. Lady Miara, así como el duque y la duquesa de Tremore, se han ofrecido a hacer lo mismo. Seguro que ésta será una magnífica temporada para ellas, y sir Yue comentó que, si son tan hermosas como su hermana mayor, los pretendientes harán cola en su puerta.
«No podría ser de otro modo con la ayuda de un encantador embajador, duques y vizcondesas», se dijo Akiho.
—Pareces desconcertada —comentó Jaques —, pero esto puede remediar nuestro distanciamiento, ¿verdad, Akiho? Yo así lo espero.
—Oh, Jaques. —A Akiho se le quebró la voz. Se volvió, corrió hacia su hermano y le rodeó el cuello con ambos brazos—. Siento tanto lo ocurrido. ¡Sobre todo lo de Ann! Sé lo mucho que la amabas, y sé que rompió su compromiso por mi culpa.
—Eso fue hace mucho tiempo —dijo, con una tensión en la voz que revelaba claramente que seguía afectándole—, ahora estoy bastante satisfecho con mi mujer, Marianne. —Él no la abrazó exactamente, pero le dio algunas palmaditas en la espalda con cierta torpeza, como solía hacer cuando eran niños, y entonces ella recordó que a su hermano nunca le había gustado que lo abrazaran. Jaques dio un paso atrás con una tosecita, visiblemente incómodo por la situación—. Akiho, no te sepa mal por mí, después de tantos años. Es en nuestras hermanas menores en quienes debemos pensar.
Volvieron a sentarse y Jaques se inclinó hacia adelante para tomarle las manos a su hermana. Como si Akiho no hubiera tenido ya bastantes sorpresas, su hermano le estrechó las manos entre las suyas en lo que intentaba ser una muestra de sincero afecto.
—Me alegro de que haya ocurrido esto, Akiho. De verdad. —Sin soltarle las manos, miró hacia otra parte y se le sonrojaron intensamente las mejillas—. Nuestro último encuentro fue de lo más desafortunado, y lamento mucho lo frío y poco compasivo que estuve.
—Yo también me alegro de nuestra reconciliación, Jaques —dijo ella sinceramente—. ¿Cómo están nuestras hermanas? Ha pasado tanto tiempo... Me encantaría saber cómo les va todo y también cómo te va a ti.
—Desde luego. ¿Por dónde quieres que empiece?
—Por el principio. Cuéntamelo todo, absolutamente todo.
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Eriol estaba tumbado sobre la hierba en la cima de la colina, observando la casita de Akiho, la barbilla apoyada en ambas manos mientras esperaba. El hermano de Akiho llevaba allí tres horas largas cuando finalmente salió de la casa. Akiho lo acompañó hasta el coche de caballos bajo la atenta mirada de Eriol.
Llevaba allí desde antes de la llegada del señor Stone, informado como estaba de que el hermano de Akiho iría a verla ese día. Quería ver con sus propios ojos cómo salían las cosas. Había llegado pronto y se había torturado mientras observaba a Akiho podando el rosal. Estaba tan preciosa y parecía tan sola que sufría viéndola así. Era culpa suya. Había olvidado lo desolado que estaba aquel lugar, un infierno adonde la había enviado él. Esperaba que la visita de su hermano hubiera ido bien y que fuera posible la reconciliación. La familia de Akiho la había tratado con tanta crueldad como él, y ella no se merecía eso. No se merecía estar sola. Merecía estar segura, acompañada y protegida.
Desde su posición en lo alto de la colina, oculto entre la hierba, observó que ella rodeaba el cuello de su hermano con los brazos y que éste le devolvía el abrazo agarrandole la cintura. Con sus habituales dotes diplomáticas, Yue había hecho un buen trabajo y, mientras observaba a ambos hermanos, Eriol se emocionó profundamente. Estaba contento, muy contento por ella, Akiho lo había pasado tan mal al tener que distanciarse de su familia, y ahora, con la ayuda de Yue, Shaoran, Sakura y Tomoyo, tanto su reputación como la de sus hermanas se salvaría.
Akiho llevaba puesto uno de sus viejos vestidos, el rojo, con un delantal y un pañuelo blanco recogiendo su melena dorada. Sufría viéndola allí, le dolía profundamente observarla desde allí arriba sin poder tocarla ni abrazarla. El dinero que le había pagado se le acabaría agotando, y su orgullo no le permitiría aceptar más dinero procedente de él. Pero, cuando la vio con su hermano, Eriol supo que a partir de entonces habría alguien que cuidaría de ella si lo necesitaba. Habiendo recuperado a su familia, ya no tendría que volver a vender naranjas en la calle o trabajar como mujer de la limpieza, ni tampoco tocar el violín para complacer a nadie más que a sí misma. Ahora podría empezar realmente una nueva vida, la vida que merecía.
Miró de reojo el ramo de rosas que había traído. Iba a seguir el consejo de Natalie, pero dudaba que surtiera efecto. Rosas y una disculpa no significaban nada. Akiho nunca volvería con él. ¿Cómo iba a hacerlo? No lo amaba. Y ahora ya no lo necesitaba. Y era evidente que tampoco podía desearlo, no después de la crueldad con que la había despedido.
La mirada de Eriol pasó de largo el ramo y se detuvo en el paquete grande y plano que llevaba consigo. Las rosas se las tiraría a la cara, pero el contenido de aquel paquete era diferente. Eriol no sabía qué haría Akiho con él.
Volvió a centrar la atención en la escena que se desplegaba más abajo, observando cómo Jaques subía al coche de caballos y los dos hermanos se despedían agitando las manos. Al igual que él, el hermano de Akiho se hospedaba en el cercano pueblo de Oxwich, aunque Jaques desconocía esa coincidencia. Con toda seguridad, Akiho volvería a Cornualles con su hermano; vendería la casita y se haría con una buena dote. Y entonces podría casarse. Con un buen hombre, un hombre respetable que cuidaría de ella. Un hombre que la mereciera.
El dolor que había estado sintiendo en el pecho desde que ella se había marchado se intensificó. No podía soportar la idea de verla casada con otro. «¡Dios! ¡Soy el colmo del egoísmo! Soy egoísta incluso en el amor que siento por ella.»
Eriol esperó a que Akiho entrara en la casa, luego vio cómo el coche de caballos de Jaques se ponía en marcha y tomaba la carretera. Volvió la cabeza para mirar al otro lado de la colina, donde había aparcado su carruaje, junto a la carretera. Vio que el vehículo de Jaqued pasaba junto al suyo y se dirigía al pueblo. Cuando lo perdió de vista, se levantó. Se puso las rosas bajo el brazo, con ambas manos tomó el paquete que había traído, envuelto con arpillera, y se encaminó hacia la casita de piedra de Akiho colina abajo.
Dejó el ramo de flores en el suelo junto a la puerta principal. Apoyó el paquete en el muro de piedra de la casa y golpeó la puerta con la aldaba. Oyó pasos acercándose, y el corazón se le desbocó en el pecho como si fuera un pretendiente enfermo de amor. Se quitó las gafas, frotó la cara con la palma de una mano e hizo varias inspiraciones profundas mientras por inercia limpiaba las gafas. No había estado tan nervioso en toda su vida. Estaba convencido de que ella le cerraría la puerta en las narices en cuanto lo viera, pero no podía permitírselo. Tenía que entregarle lo que le había traído, y tenía que explicarse, tenía que disculparse. Luego, cuando ella le dijera que se marchara, lo haría.
Se abrió la puerta y ella se quedó helada, mirándolo fijamente con la rigidez propia de una estatua. Separó los labios y abrió de par en par sus preciosos ojos azules claros que tanto amaba, mientras su mano permanecía inmóvil en el pomo de la puerta.
—¡Hola, Akiho! —Eriol intentó esbozar su encantadora sonrisa, la que siempre había utilizado para cortejar y aplacar a las mujeres mientras se volvía a colocar las gafas, pero no lo consiguió. No con ella. Nunca más.
—¿A qué has venido? —le preguntó Akiho mientras se llevaba la mano a la garganta. Se tocó el cuello blanco y gastado del vestido y miró hacia otro lado, como si no pudiera soportar la visión de Eriol. Eso a él le dolió mucho, pero se dijo que se lo tenía merecido por egoísta.
—He venido a entregarte algo.
Eso hizo que volviera a mirarle a la cara, aunque siguió evitando su mirada.
—¿Qué?
—Algo que te pertenece. —Se inclinó hacia adelante y agarró el paquete plano de más de un metro cuadrado. Por encima de la parte superior del paquete envuelto con arpillera, buscó la mirada de Akiho—. ¿Puedo llevarlo dentro?
Ella no se movió.
—No es mío —dijo—. Todas mis pertenencias están en esta casa.
—Te prometo que es tuyo, Akiho. Déjame entrarlo en tu casa.
Ella dudó y él contuvo la respiración, esperando, hasta que Akiho retrocedió un paso y abrió un poco más la puerta para que Eriol pudiera pasar. Puso el paquete de lado para poder entrar por la puerta y ella le indicó que entrara en el pequeño salón, que Eriol cruzó para dejar el paquete sobre la mesa del rincón.
Akiho lo siguió hasta la mesa, puso una mano sobre la arpillera, frunció el entrecejo y miró a Eriol.
—No me dejé nada en Devonshire y mucho menos de este tamaño. Sea lo que sea, es imposible que sea mío.
—Es tuyo. Ahora ya sí.
—¿Un regalo tuyo? —Su voz y su mirada eran gélidas—. No lo quiero.
Eriol se pasó una mano por el pelo, sin saber muy bien qué hacer. Nunca antes había estado realmente enamorado, no así. Lo único que conocía era el juego de la seducción. Pero estaba completamente perdido en el terreno del amor con mayúsculas.
—Sé que no tengo ningún derecho a pedirte nada, pero, aun así, te pido que lo aceptes. —Podía oír el deje de desesperación en su propia voz—. Sé que no cambiará nada, pero, por favor, Akiho, abre el paquete.
Ella no podía imaginarse qué era lo que le había traído Eriol, pero, fuera lo que fuese, no pensaba aceptarlo. Se mordió el labio inferior, mirando sucesivamente al paquete y a Eriol. Él estaba allí, de pie. Su apuesto y corpulento cuerpo encuadrado por el marco de la puerta que tenía detrás, su largo cabello despeinado por el viento que soplaba fuera en un intento fallido por permanecer en la cola que se había hecho. También vio la ternura en su rostro, aquella ternura que era capaz de fingir cuando le interesaba, con cualquier mujer, a fin de obtener lo que quería.
«¿Pero qué puede querer ahora? —se preguntó—. ¿Por qué ha enviado a su hermano para que me reconcilie con mi familia, y por qué ha pedido a sus amigos que salven mi reputación? ¿Por qué ha venido hasta Gales para traerme un regalo? ¿Qué puede sacar él de todo esto? A menos que quiera pedirme que vuelva con él.»
Sintió cómo la gélida coraza que había estado construyendo alrededor de su corazón durante dos largos meses empezaba a agrietarse, a ablandarse. Empezó a temblar por dentro con una absurda esperanza, demasiado absurda para tener fundamento. Sintió que su insensato corazón intentaba de nuevo vencer a su cabeza. ¿Dónde estaba su orgullo? Eriol la había abandonado de una forma tan cruel, tan precipitadamente y sin darle ninguna explicación. Si quería pedirle que volviera con él, sería para convertirla en su querida hasta que se cansara de ella o cambiara de opinión. Ya había vivido seis años con un hombre tan imprevisible y caprichoso como él. No pensaba repetir la experiencia.
—¿Por eso has venido? —Furiosa con él y todavía más furiosa consigo misma, señalo el paquete que había sobre la mesa—. ¿Para hacerme un regalo como haría cualquier hombre con su querida? ¿Estás intentando enternecerme... para que vuelva contigo?
—No. Tú ya eres lo bastante tierna, y... —Hizo una pausa, y la sombra de algo parecido al remordimiento cruzó su rostro—. Dudo que tenga nada que hacer para que vuelvas conmigo. —Señaló el paquete que había en la mesa—. Y éste no es el regalo que un hombre le haría a su querida, créeme. Creí que era importante que lo tuvieras. Eso es todo. De modo que lo compré y te lo he traído. Lo que hagas con él es cosa tuya.
Akiho resopló y se volvió hacia la mesa. Sabía que también podía abrirlo y luego decirle que se llevara su regalo. Miró fijamente el paquete envuelto con arpillera, sacó las tijeras de podar del bolsillo del delantal, cortó el cordel y empezó a retirar las capas de recio tejido del envoltorio.
Cuando descubrió lo que había debajo de la última capa de arpillera, dio un gritito sofocado, al encontrarse con lo último que había imaginado. Era uno de los cuadros de Elian. Su desnudo en la cama.
Akiho miró fijamente su propio rostro sonriente.
La muchacha de los ojos azules en una cama.
Habían pasado casi ocho años desde que Elian pintó aquel cuadro. Era tan increíblemente joven. Y estaba tan perdidamente enamorada, tanto como sólo puede estarlo una persona muy joven. Un amor loco, inmaduro, el amor superficial y rayano en la adoración de una chica de diecisiete años por un hombre al que había puesto en un pedestal.
Akiho levantó el lienzo, dejando a la vista una capa de papel fino que cubría otro cuadro, el cuadro en que ella estaba entrando en una bañera. Y, debajo de este último, estaba el del columpio. Los tres desnudos que le había hecho Elian estaban allí. Los apiló sobre la mesa y observó el que había encima. Su cuerpo desnudo, medio reclinado sobre una cama, sin dejar nada de sus formas ni de sus sentimientos abierto a la imaginación.
Apretó los puños contra la boca, sintiéndose ligeramente indispuesta.
—Elian me prometió que los destruiría cuando lo dejé —murmuró—. Como no aparecieron en ningún sitio tras su muerte, creía que había cumplido su promesa. Casi me había olvidado de su existencia.
Permaneció de pie junto a la mesa durante largo rato, mirando fijamente la imagen de sí misma de hacía tanto tiempo. Pensó en la joven que había sido y en lo mal que lo había pasado, en aquella chica que había amado tan desesperadamente, que había creído que uno puede enamorarse en un instante y esperar que ese sentimiento dure toda la vida. Pero Eriol era una prueba viviente de que, incluso cuando uno tarda varios meses en enamorarse, ese sentimiento sigue sin durar. Se le ahogó un sollozo en la garganta.
—¡No llores! —La voz ronca de Eriol interrumpió sus pensamientos y, antes de que ella pudiera volverse, él ya estaba detrás, las manos rodeándole la cintura, apretándola contra su cuerpo—. No llores —repitió con los labios en su mejilla, besando sus lágrimas.
Era tan humillante llorar delante de él. Akiho intentó zafarse de su abrazo, pero Eriol no la soltó y ella desistió, desmoronándose en sus brazos.
—¿Cómo los conseguiste? —preguntó entrecortadamente.
—Los compré. —Dudó y luego añadió—: Akiho, los subastaron en Christie's.
—¡Oh, Dios mío! —dijo ella entre sollozos, y hundió el rostro entre las manos.
La idea de que su cuerpo desnudo hubiera sido expuesto en público, que hubiera sido objeto de pujas ante la atenta mirada de decenas de hombres, le horrorizaba. Recordó aquella lejana noche en Londres cuando su extrema pobreza le había hecho plantearse la posibilidad de posar desnuda delante de un desconocido por dinero, y dio gracias a Dios de que no se hubiera visto obligada a hacerlo. En aquellos desnudos había posado para su marido, el hombre a quien tanto había amado. Pero multitud de otros hombres los habían visto, y la mera idea la ponía enferma.
—Nadie volverá a ver esos cuadros —le susurró Eriol enfáticamente al oído como si pudiera leerle el pensamiento—. Ya te lo he dicho. Ahora son tuyos y puedes hacer con ellos lo que quieras.
Akiho bajó las manos. Se volvió entre los brazos de Eriol y le dio un empujón. Esta vez él la soltó y retrocedió varios pasos.
—¿Cuánto te han costado? —le preguntó.
—No importa.
—¿Cuánto? —repitió ella. Por mucho tiempo que tardara, se los pagaría. No quería deberle nada, y mucho menos eso.
—Akiho... —Eriol hizo una pausa, estudiando la expresión de su rostro, y ella se dio cuenta de que no quería decírselo, pero, al cabo de un rato, rectificó—. En cualquier caso, supongo que te acabarías enterando, ya que todo cuanto hago acaba apareciendo en las páginas de sociedad —murmuró—. Treinta y seis mil libras.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó ella, desesperada—. Nunca podré devolverte el dinero. Estaré en deuda contigo durante el resto de mi vida.
—¡Maldita sea, Akiho! No estás en deuda conmigo. —Dio un paso adelante y la tomó por los brazos—. ¡No quiero que me devuelvas el dinero! Los cuadros son tuyos. Deberían haberlo sido desde el principio y tu maldito marido debería haberlos destruido cuando tú se lo pediste.
Akiho se soltó. Verlo, tenerlo allí delante, dejar que la tocara y que le besara las lágrimas... Aquello era demasiado. Le dolía demasiado. «¡Que Dios me ayude!», pensó. Lo amaba demasiado. Cruzó la habitación y se acercó al fuego, dándole la espalda. Luego permaneció un rato mirando las llamas fijamente.
Eriol había asistido a la subasta y había visto cómo cada una de las tres imágenes de su cuerpo desnudo era exhibida y descrita por el subastador. Las había comprado una tras otra, pagando muchísimo por ellas y ahora se las entregaba a Akiho. De pronto se le pasó una idea por la cabeza y se volvió.
—Ni siquiera sabía que estos cuadros siguieran existiendo. ¿Cómo lo averiguaste?
—Me lo dijo Yue.
—¿Qué?
—Me enseñó el folleto de Christie's, ya sabes, los folletos que llevan grabados, ilustraciones y descripciones de los artículos que se van a subastar próximamente. Se lo había llevado a Devonshire y, cuando los presenté, te reconoció inmediatamente.
—Por eso me echaste —dijo Akiho con un brillo repentino en los ojos, el brillo de quien, por fin, entiende algo a lo que ha estado dándole muchas vueltas—. Me viste sin..., sin ropa en unos grabados y me despediste. ¡Sin una sola explicación! —El dolor se reflejó en el rostro de Eriol, pero su propio dolor era demasiado fuerte para darle importancia—. ¡Maldito seas! ¿Me echaste por esos estúpidos cuadros?
Horrorizada por todo el dolor que reflejaba su propia voz, hizo de tripas corazón para recuperar el control, pero fue inútil. Se estaba desmoronando.
—¿Sólo porque mi marido me había pintado desnuda? —Un hipido de histeria se le ahogó en la garganta—. No sabía que Eriol Hirahizawa fuera tan puritano.
—¡A mí eso me traía sin cuidado! —gritó mientras se le acercaba—. Es cierto que detestaba la idea de que otros hombres te miraran, se te comieran con los ojos en la colección de algún museo, te lo puedo asegurar. ¡Pero ésa no fue la razón! ¡Fue tu cara! ¡La expresión de tu rostro! Me partió el corazón.
—¿Qué? No entiendo nada.
—Mírate, mira tu cara. —Eriol señaló los lienzos que yacían sobre la mesa—. Lo amabas.
—Por supuesto que lo amaba. —No podía sino mirar fijamente a Eriol, desconcertada—. Ya te lo dije.
—Duván era un gran pintor, ¿verdad? Ya lo creo, un maestro de la pintura. Pintó lo que veía: ese amor en tu cara, tanto amor, todo el amor que cabe en tu corazón, todo el amor del mundo, por él sólo por él.
—¿Y?
Eriol tenía el rostro desencajado por la rabia, lleno de dolor, como un animal herido.
—A mí nunca me has mirado de ese modo. Nunca.
Él la amaba. Akiho lo supo súbitamente, no por lo que había dicho, sino por la forma en que la estaba mirando. Aquélla era la expresión de un hombre completamente destrozado. Todas sus defensas se vinieron abajo al mirar al hombre orgulloso y herido que tenía delante. Nunca antes había visto nada parecido a aquel sufrimiento en el semblante de un hombre.
—Oh, Eriol —dijo, levantando las manos en un gesto de impotencia—. Yo era muy joven, casi una niña. Apenas sabía lo que era el amor. Cuando Elian pintó estos cuadros, yo tenía sólo diecisiete años y en mi enamoramiento por él se mezclaron la admiración y el deseo puramente físico. Amé a mi marido, es verdad, pero fue un amor irreal, insustancial, que no duró más de tres años. Él fue mi amante y yo era la primera vez que me enamoraba de alguien. Era todo tan nuevo, tan romántico, tan sumamente emocionante... —Su voz se fue desvaneciendo cuando volvió a mirar el desencajado rostro de Eriol.—Sólo hacía una semana que conocía a Elian cuando me fugué con él —le recordó—. Es cierto que no se casó conmigo hasta dos años después, pero me amaba a su modo, tanto como era capaz. Era un hombre con unos cambios de humor tan radicales que vivir con él se convirtió en un infierno. Él pensaba que yo era su inspiración.
Eriol suspiró sonoramente y le dio la espalda.
—Conforme se le fue agriando el carácter —prosiguió Akiho—, se volvió más y más inestable. Cuando perdía la inspiración, me culpaba a mí, y se refugiaba en los brazos de otras mujeres. De algún modo, todo se estropeó y el amor murió. Yo no podía soportar que me culpara de su falta de inspiración, que me restregara por la cara las aventuras que tenía con otras mujeres, de modo que lo dejé. ¡Oh, Eriol! —le gritó a la espalda—. Es verdad que lo amaba, pero no era la mujer que soy ahora. ¿Lo puedes entender?
Algo, un sonido indescifrable salió de la boca de Eriol, y él se volvió.
—Lo odio, Akiho. Lo odio porque te hizo sufrir, te robó tu hermoso, generoso y bondadoso corazón, lo destrozó y te obligó a apartarte de él. Yo hice lo mismo. Lo odio porque me odio a mí mismo. No supe valorar lo que tenía hasta que lo perdí.
—Eriol...
—¡Espera! —la interrumpió—. ¡Caramba, casi lo olvido!
Salió del salón a pasos largos y, cuando volvió, tenía en la mano un ramillete de rosas de colores variados, atadas con una cinta. Se las entregó a Akiho.
—Sé que las rosas son tus flores favoritas e intenté comprarte un bonito ramo, pero no había ninguna floristería en el pueblo. Las robé del jardín de una pobre mujer de camino aquí.
Akiho agarró el ramo y empezó a temblar por dentro.
—¿Y por qué me has traído flores como si fueras un pretendiente que llama a mi puerta?
—Fue idea de Natalie. Me dijo que tenía que venir para hacerte volver. Lo tenía todo planeado, ¿sabes?, que me perdonarías y te convertirías en su nueva madre. Forma parte de su sueño. Y me dijo que viniera a buscarte, que te trajera flores y te pidiera perdón. Dice que a ella suele funcionarle contigo cuando se porta mal, y yo pensé que merecía la pena intentarlo. Lo siento tanto, Akiho.
—Me hiciste mucho daño.
—Sí, lo sé. —Ni siquiera intentó buscar una excusa. Se le tensaron los labios, pero le sostuvo la mirada—. Te vi llorando de rodillas en el jardín. Sé que «lo siento» es la frase más trillada, estúpida e inapropiada de cualquier idioma. Pero no sé qué más decir. Sé lo mucho que te he hecho sufrir y estoy profundamente arrepentido. No sabes lo mucho que lo siento.
Akiho inspiró profundamente, inhalando la dulce fragancia de las rosas. En las atropelladas palabras de Eriol había captado algo acerca de ser la madre de Natalie, pero no estaba segura de que le estuviera proponiendo matrimonio.
Había tenido demasiadas sorpresas en un solo día y le costaba pensar con claridad.
—Nunca pensé que podría ser un hombre celoso —añadió él—, pero cuando vino Yue y vi cómo te miraba, los celos empezaron a corroerme por dentro. ¿Recuerdas que discutimos?
—Sí, lo recuerdo.
—Luego vi los grabados de tus desnudos y aquella expresión en tu rostro, y no puedo explicar lo que ocurrió en mi interior. Simplemente... simplemente estallé. Tenía tanto miedo, Akiho, tanto miedo, sabiendo que no me amabas. No, cuando pudiste mirar de aquel modo al hombre a quien amaste y a mí nunca me habías mirado así.
Emitió un sonido ronco y luego habló en tono solemne:
—No es que yo lo merezca. He hecho sufrir a multitud de mujeres en mi vida y nunca pensé en ninguna de ellas, ni en una sola. A la mayoría de ellas, ni siquiera las recuerdo. Nunca me preocupé por ellas ni por cómo se sentían. Sólo por cómo me sentía yo. Ahora sé lo que les hice: les partí el corazón, y sé cómo se siente uno cuando le parten el corazón, porque el mío está hecho añicos desde que te fuiste. Te amo. Te amo más que a mi vida. Te amo más que a mi música.
—Eriol...
—No digas nada, por favor —la interrumpió, en su voz había un deje de desesperación que ella no había oído nunca—. Sé que probablemente querrás que me marche, pero necesito contarte algo sobre mí. Tenías razón, no sabía lo que era el amor. Creía saberlo, pero no lo sabía, ni siquiera con Kaho. Le propuse matrimonio, pero seguí sin entregarle mi corazón, no de verdad, no en el fondo. La música lo era todo para mí.
—Eriol, lo entiendo. No hace falta que me des explicaciones.
—Nunca le había entregado a nadie mi corazón —prosiguió él como si no la hubiera oído—. Nunca. Porque en el fondo siempre supe que, cuando lo hiciera, lo entregaría por completo y no quedaría nada para la música. —Estaba hablando tan atropelladamente que Akiho apenas podía seguirlo—. ¿No lo ves? Sin música, no sería nada. Durante cinco años, sin música, no he sido nada.
—No es verdad.
—Era verdad. Hasta que tú volviste a entrar en mi vida. —Rebuscó en el bolsillo del abrigo y extrajo un fajo de papeles—. Aquí tienes la sinfonía. La compuse pensando en nosotros, la titulé en tu honor.
—Lo sé —susurró ella—. Yo...
—Quiero que te la quedes —dijo él—. Sin ti, no podría publicarla nunca. Sin ti, la música me trae sin cuidado. Sé que el mero hecho de decirte todo esto no significa nada, pero te amo. Y quiero casarme. Contigo, quiero decir. Los dos, tú y yo. Anunciando públicamente nuestro matrimonio y haciéndolo todo como Dios manda. Yo nunca te raptaría para llevarte conmigo a Francia y viviría dos años contigo sin casarme como hizo algún franchute...
—Entiendo.
—¿Y bien? —la instó él a responderle, a darle una respuesta—. Akiho, ¿quieres casarte conmigo?
Hubo un largo silencio. Él la miró y esperó, pero, al ver que ella seguía sin decir «esta boca es mía», levantó las manos para tocarla. Luego cambió de parecer y las dejó caer a ambos lados del cuerpo.
—Di algo. ¡Por el amor de Dios! —le ordenó con un impaciente y dolido susurro—. ¿No vas a decir nada?
Ella soltó una risita trémula.
—¿Vas a dejarme decir algo?
—Akiho, si vas a mandarme a freír espárragos, hazlo ya. Sabe Dios que lo merezco.
—No voy a mandarte a freír espárragos. —Miró la sinfonía que tenía en las manos y luego los cuadros que había sobre la mesa. Pensó en lo que Eriol había hecho para reconciliarla con su familia y en cómo había acudido hasta ella para confesarle sus faltas como si se tratara de una letanía con la que pretendía flagelarse—. ¿Qué se supone que debo hacer con la sinfonía?
—Quémala, si quieres. Me trae sin cuidado.
—Tú y Natalir. Son iguales. Siempre tienen que dramatizarlo todo. ¿No puedes limitarte a enamorarte de mí y proponerme matrimonio como una persona normal y corriente? ¿Tienes que escribirme una sinfonía? No soy más que una chica de Cornualles, ¡por el amor de Dios! ¿Sabes una cosa? Es una suerte que yo sea una persona sensata. O los dos estarían perdidos.
—¿Qué? —La miró. En ese momento no oía nada dentro de la cabeza, salvo el sordo latido de su desbocado corazón—. ¿Qué acabas de decir?
—Que sí. Yo también te amo.
—¿Me amas?
Ella asintió y él la estrechó entre sus brazos. Tan fuerte que se dio cuenta de que debía de estar a punto de asfixiarla.
—Akiho, Akiho, no me vuelvas a dejar. Nunca.
—¡Eres el hombre más raro que conozco! Fuiste tú quien me dijo que me marchara, ¿recuerdas?
—Nunca negué que fuera un estúpido. —Le besó los labios, la mejilla, la oreja—. ¿Akiho? ¿Recuerdas cuando te he dicho que no estaba haciendo todo esto para que volvieras conmigo?
—Sí.
—Estaba mintiendo.
Ella sonrió y le rodeó la cintura con los brazos.
—Ya lo sabía.
Sorprendido, Eriol retrocedió un paso y la miró.
—¿De veras?
—Sí. Sonríes de una forma distinta cuando mientes.
—No es verdad. Nunca te había mentido hasta ahora.
—Natalie me miente a veces y, cuando lo hace, sonríe del mismo modo en que lo has hecho tú cuando has negado que intentaras enternecerme para que volviera contigo. De tal palo, tal astilla. Por eso lo he sabido.
—Te calé desde el principio: eres como un general del ejército. Contigo al mando, nunca podré salirme con la mía.
Akiho se rio y le apartó de la cara un mechón de pelo negro.
—Como si fuera posible estar al mando del seductor más desvergonzado de toda Inglaterra. Eres tú quien lleva la batuta, porque cada vez que me sonríes, cada vez que me besas, haces que te ame más.
La estrechó todavía más contra su cuerpo y le deslizó las manos por las caderas, pero se detuvo y volvió a ponerse serio. Esperaba que ella tuviera razón sobre la cuestión de las sonrisas, porque en ese momento no estaba sonriendo. Lo que se disponía a decir era importante.
—De ahora en adelante, todas mis sonrisas y todos y cada uno de mis besos y de mis sinfonías serán para ti. Sólo para ti. Durante el resto de mi vida. Lo prometo.
Le besó la oreja y empezó a levantarle la falda, pero, en vez de dejarse llevar, ella lo detuvo agarrándole las muñecas.
—Espera —le dijo frunciendo ligeramente el ceño, en un intento de parecer seria—. ¿Y qué me dices de todas las sonatas, los conciertos y las óperas? ¿Para qué mujer serán?
Eriol se soltó de las manos de Akiho, desistió de levantarle la falda y probó una ruta alternativa, empezando a desabrocharle el primer botón del vestido.
—Para Natalie, por descontado. Oh, y también tendré que reservarme para ella algunos de mis besos.
—Bueno —murmuró Akiho, dejándose llevar finalmente—, ya has compuesto una sinfonía en mi honor.
—Sí. —Le abrió el escote del vestido y besó su blanca y fina piel. Luego levantó la cabeza y la miró, maravillado, plenamente consciente por primera vez del milagro que aquello suponía—. ¡Maldita sea! Es verdad. La he compuesto. Y eso que tú te empeñabas en repetir que las musas no existen. —Sus labios rozaron la boca de Akiho—. Pues ya lo creo que existen. Yo voy a casarme con la mía y oiré música el resto de mi vida gracias a ella.
Fin
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Y así termina esta bella historia. Espero lo hayan disfrutado tanto como yo al adaptarla... Gracias por su paciencia, por seguir la historia y ponerla en sus favoritos...
La verdad que no sabía cómo iban a reaccionar con esta pareja, ya que he visto que a muchos no les gusta Akiho y cómo vi que hacía linda pareja con Eriol (a Tomoyo no podía ponerla porque ella tiene su historia) y a la rubiecita quería darle un protagonismo importante.
No tengo nada más que decirles... que muchísimas gracias...
Nos estamos leyendo n.n
