Capítulo 20 Se fue el barco

La princesa Solace acunó entre sus brazos a su esposo moribundo. Sus

lágrimas salobres bañaban el rostro de Corazón de Hierro. Y mientras

lloraba sobre él, rayó el alba y los dorados rayos del sol inundaron la Tierra.

Corazón de Hierro abrió los ojos y, mirando el rostro de su esposa,

pronunció las primeras palabras que decía en siete largos años...

De Corazón de Hierro

—Necesita un médico —dijo Kate mientras ayudaba a Esme a subir a Carlisle al carruaje.

Esme no lo dijo en voz alta, pero estaba de acuerdo con ella. Carlisle parecía estar pálido

bajo el blanquecino color natural de su piel y tenía encima del ojo un corte que sangraba pintando de sangre un lado de su cara.

—Nada de médicos —masculló él, demostrando poca sensatez.

Esme miró a su hermana por encima de la cabeza de Carlisle y vio que Kate estaba de

acuerdo. Decididamente, había que avisar al médico.

La lentitud con que avanzaba el carruaje convirtió en una pesadilla el trayecto de vuelta por las calles de Londres. Cuando llegaron, Carlisle llevaba media hora en silencio, con los ojos cerrados.

—¿Se ha desmayado? —le susurró Esme a Kate, angustiada.

—Creo que sólo se ha quedado dormido —contestó la muchacha.

Hicieron falta dos fornidos lacayos para subir a Carlisle por la escalinata de la casa y meterle en la cama. Luego Esme mandó a buscar al doctor.

Una hora después, Kate entró en la biblioteca para informarle de lo que había dicho el

médico.

—Dice que es simple agotamiento —dijo al encontrar a Esme sentada junto al fuego, medio dormida.

—Gracias al cielo. —Entonces dejó caer la cabeza contra el respaldo del sillón.

—Usted también parece agotada —dijo Kate en tono de reproche.

Esme comenzó a sacudir la cabeza. No quería dejar a Carlisle. Pero un instante después se

sintió mareada y dejó de moverse. Kate pareció notarlo.

—Váyase a casa a descansar. Carlisle está dormido, de todos modos.

Esme soltó un bufido.

—Eres un encanto de niña, aunque un poco mandona.

La muchacha sonrió.

—He tenido los mejores maestros. —Kate le tendió una mano para ayudarla a levantarse,

pero en ese momento comenzó a oírse un revuelo en el vestíbulo.

Esme miró hacia la puerta de la biblioteca en el preciso momento en que entraba Edward.

—¡Esmi! ¿Estás bien? —preguntó —. He ido a tu casa pero no estabas allí.

Esme frunció el ceño. Nunca dejaba de asombrarle lo poco que la conocía Edward.

—¡Chist! Estoy bien, pero vas a despertar a Carlisle con tantos gritos.

Edward miró el techo como si pudiera ver a través de la madera y el yeso.

—Imagino que él también ha tenido un día duro, ¿no?

—Edward... —comenzó a decir Esme, dispuesta a echarle un rapapolvo, pero Kate la

interrumpió.

—¿Les importa que les deje? Tengo que... que... —Arrugó la frente, intentando a todas luces encontrar una excusa —, asegurarme de que Garrett se encuentra bien.

Esme la miró extrañada.

—¿Quién es Garrett?

—Mi lacayo —contestó Kate, y salió de la habitación. Esme seguía mirando la puerta con

el ceño fruncido cuando Edward interrumpió sus cavilaciones.

—Esmi...

Ella se volvió al oír el tono solemne de su voz y le miró de verdad. Nunca había visto aquella expresión en su cara: aquella especie de fatigada resignación.

—No vamos a casarnos, ¿verdad?

Ella sacudió la cabeza.

—No, querido. Creo que no. Edward se dejó caer en una silla.

—Es mejor así, supongo. No habrías podido soportar mis flaquezas. Seguramente no hay

ninguna mujer que pueda soportarlas.

—Eso no es cierto.

Él le lanzó una mirada cómicamente trasnochada.

—Puede que no sea fácil —puntualizó Esme —, pero estoy segura de que hay una mujer

maravillosa esperándote en alguna parte.

Una de las comisuras de la boca de Edward se curvó.

—Tengo treinta y tres años, Emmie. Si hubiera una mujer capaz de amarme y, lo que, es más importante, capaz de soportarme, ¿no crees que ya la habría encontrado?

—Tal vez convendría que dejaras de buscarla en burdeles y tugurios de juego y probaras en sitios más respetables. —Hablaba con mordacidad, pero el enorme bostezo que contrajo su cara empañó en parte el efecto de sus palabras.

Edward se levantó de un salto.

—Deja que te acompañe a casa para que descanses como es debido y mañana puedas seguir echándome la bronca.

Por desgracia, Esme ni siquiera tenía fuerzas para protestar simbólicamente. Dejó que Edward la ayudara a levantarse del sillón y la acompañara el corto trecho que había hasta su casa. Allí él le dio un beso en la mejilla, como tenía por costumbre desde que ella tenía cuatro años, y se alejó.

—Edward... —le llamó ella suavemente.

Él se detuvo y la miró por encima del hombro con sus bellos ojos color esmeralda. A la luz de la luna su figura se veía alta y desgarbada, y su largo y cómico rostro parecía lleno de trágica desdicha.

A Esme se le encogió el corazón. Edward había sido el mejor amigo de Emmett. Le conocía de toda la vida.

—Te quiero mucho.

—Lo sé, Esmi, lo sé. Eso es lo más terrible. —Tenía una expresión sardónica.

Esme no supo qué responder a aquello.

Él se despidió con la mano y un instante después se le tragó la noche.

Esme subió las escaleras de su casa deseando saber qué podía hacer respecto a Edward.

Apenas había entrado cuando tanteCristelle y Bella se le echaron encima.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Esme con cansina sorpresa al ver a su amiga.

—Vine a devolverte tu libro de cuentos —contestó Bella tranquilamente —. Pero cuando

llegué, el mayordomo del señor Cullen estaba informando a tu tía de que había sucedido algo grave. Decidí quedarme y hacerle compañía hasta que tuviéramos noticias. Pero nadie nos ha dicho exactamente qué ha pasado.

Así pues, Esme tuvo que relatarles lo sucedido mientras tomaban té con bollos y tante

Cristelle la interrumpía una y otra vez. Al final se sintió aún más agotada que antes.

Bella, siempre sagaz, pareció darse cuenta.

—Creo que deberías irte a la cama en cuento te acabes el té.

Esme miró su taza de té, que empezaba a enfriarse, y se limitó a asentir con la cabeza.

Sintió, más que verlas, las miradas de preocupación que cambiaron Bella y tanteCristelle

por encima de su cabeza.

—Enseguida —dijo, sólo por seguir llevando la voz cantante.

Bella suspiró y señaló la mesa que había junto al codo de Esme.

—He dejado ahí tu libro de cuentos.

Esme miró y vio el polvoriento librito. Todavía albergaba tiernos recuerdos de Emmett, pero ya no le parecía importante.

—¿Para qué lo has traído?

—Creía que no querías que lo tradujera —contestó su amiga.

Esme dejó a un lado su té.

—Creo que ese libro era para mí un vínculo con Emmett. Algo para asegurarme de que no

olvidaba a mi hermano. Pero ahora ya no me parece tan importante tener un recuerdo tangible de él. —Miró a los ojos a su mejor amiga—. De todos modos no voy a olvidarme de él, ¿no?

Bella se quedó callada, mirándola con tristeza.

Esme cogió el libro. Pasó la mano por la tapa envejecida y levantó la vista.

—Guárdamelo, ¿quieres?

—¿Qué?

Esme sonrió y le tendió el libro.

—Tradúcelo. Puede que descubras en él lo que yo no he podido descubrir.

Bella arrugó las cejas, pero tomó el libro y lo sostuvo sobre su regazo con ambas manos.

—Si te parece lo mejor.

—Sí. —Esme abrió la boca en un enorme y muy poco elegante bostezo —.Dios mío, creo que me voy a la cama.

Bella la acompañó hasta el pasillo y murmuró un «buenas noches» antes de volverse hacia

la puerta.

Ella comenzó a subir las escaleras, pero de pronto se le ocurrió una idea, engendrada quizá por el delirio del agotamiento.

—Bella...

Su amiga, que estaba poniéndose el chal junto a la puerta, levantó los ojos.

—¿Sí?

—¿Crees que podrías velar por Edward en mi lugar?

Bella, aquella mujer resuelta e imperturbable, la miró boquiabierta de asombro.

—¿Qué?

—Sé que es una petición muy extraña, y ahora mismo estoy aturdida de cansancio, pero me preocupa Edward. —Esme le sonrió—. ¿Querrás cuidar de él?

Bella se había recobrado ya.

—Claro, querida.

—Ah, estupendo. —Esme asintió con la cabeza y comenzó a subir de nuevo las escaleras. Se había quitado un peso de encima.

Oyó que a sus espaldas Bella le decía adiós y respondió con un murmullo, a pesar de que

sólo pensaba en una cosa. Necesitaba dormir.

—¿Crees de veras que el señor Thornton era el traidor? —preguntó Kate esa noche, más

tarde.

Estaba soñolienta, casi adormilada delante del fuego. Carlisle se había levantado de la cama para tomar con ella una cena tardía y fría, y luego se habían retirado allí. Kate debería haberse ido a dormir; las aventuras que habían corrido ese día la habían dejado agotada, pero tenía la impresión de que faltaba algo.

Frente a ella, Carlisle levantó una copa de coñac y miró el fuego a través del cristal.

—Creo que sí. —Tenía la cara abotargada, los cardenales nuevos se habían superpuesto a los viejos, que apenas habían empezado a curar, pero aun así Kate amaba aquel semblante.

Parpadeó, aturdida.

—Pero no estás del todo seguro.

Él sacudió la cabeza con energía y apuró la copa.

—Thornton es un mentiroso nato. Es imposible saber si de veras tuvo algo que ver con la

masacre o no. Puede que no se conozca a sí mismo: los mentirosos se las ingenian para

convencerse de sus propios embustes. Dudo de que alguna vez estemos completamente seguros.

—Pero... —Kate sofocó un bostezo— has cruzado medio mundo para descubrir la verdad,

para zanjar de una vez por todas la masacre. ¿No te preocupa que tal vez Thornton no sea el traidor?

—No. Ya no.

—No lo entiendo.

Una sonrisa iluminó fugazmente el rostro de Carlisle.

—He llegado a la conclusión de que nunca podré borrar por completo de mi cabeza el recuerdo de Spinner's Falls. Me es imposible.

—Pero eso es horrible. ¿Cómo...?

Él levantó una mano para atajar su protesta angustiada.

—Pero he aprendido que puedo vivir con ese recuerdo. Que forma parte de mí.

Ella le miró, preocupada.

—Eso suena espantoso, Carlisle. Vivir con eso toda la vida.

—No es para tanto —dijo con voz suave —. Ya he vivido seis años pugnando con mis recuerdos. Creo que, en todo caso, las cosas mejorarán ahora que sé que esos recuerdos forman parte de mi ser.

Kate suspiró.

—No lo entiendo, pero me alegro de que estés en paz.

—Lo estoy.

Estuvieron unos minutos sentados en grato silencio. Kate empezó a adormilarse. Un leño

crepitó en el fuego y ella se acordó de que había otra cosa de la que quería hablar con su hermano antes de quedarse dormida.

—Te quiere, ¿sabes?

Carlisle no dijo nada, y Kate abrió los ojos para ver si se había dormido. Su hermano estaba mirando fijamente el fuego, con las manos unidas flojamente sobre el regazo.

—He dicho que te quiere.

—Te he oído.

—¿Y bien? —Suspiró impetuosamente, un poco enfurruñada —. ¿No vas a hacer nada al

respecto? Nuestro barco zarpa mañana.

—Lo sé. —Se levantó por fin y se desperezó, pero hizo una mueca al notar un tirón en el

costado —. Vas a quedarte dormida en el sillón y luego tendré que llevarte a la cama como a una niña pequeña. —Le tendió la mano. Ella le dio la suya.

—No soy una niña pequeña.

—Lo sé —contestó él en voz baja. Tiró de ella para que se pusiera de pie, ante él —. Eres mi hermana y te has convertido en una mujer interesante y encantadora.

—Mmm. —Ella le miró arrugando la nariz.

Carlisle vaciló; luego la tomó de la otra mano y frotó el dorso de sus dedos con los pulgares.

—Volveré a traerte a Inglaterra pronto, si quieres, para que puedas ver al señor Green o a

cualquier otro caballero que te interese. No quiero que te lleves una desilusión por mi culpa.

—La verdad es que no me hago ilusiones.

El arrugó el ceño.

—Si te preocupa que no seamos de ascendencia noble, creo que...

—No, no es eso. —Bajó los ojos para mirar las grandes manos de su hermano agarrando las suyas.

—¿Qué es, entonces?

—Me agrada el señor Green —dijo ella con cautela—, y si quieres que siga viéndole...

El tiró de sus manos hasta que Kate le miró.

—¿Por qué iba a importarme a mí que veas o no al señor Green?

—Pensaba que... —¡Oh, qué embarazoso era todo aquello! —. Pensaba que querías que le

diera esperanzas, a él o a algún caballero parecido. Creía que quizá te gustaba que fuera un caballero inglés, aunque tenga esa risa tan tonta. Es tan difícil saber lo que quieres...

—Lo que quiero es que seas feliz —repuso Carlisle como si fuera la cosa más evidente del

mundo —. Puede que pusiera objeciones si te encapricharas de un ratero o de un abuelo de ochenta años, pero, aparte de eso, no me importa mucho con quién te cases.

Kate se mordió el labio. ¡Los hombres eran tan obtusos!

—Pero yo quiero tu aprobación.

Carlisle se inclinó hacia ella.

—Ya la tienes. Ahora tienes que empezar a pensar a quién se la das tú.

—Eso complica mucho las cosas —suspiró Kate, pero sonrió al decirlo.

Carlisle puso su mano en el hueco de su brazo.

—Eso está bien. Así no tomarás decisiones precipitadas. —Empezaron a subir por la escalera en penumbra.

—Mmm —Kate ahogó un bostezo —. Tengo que pedirte un favor.

—¿Cuál?

—¿Puedes ofrecerle trabajo a Garrett?

Él la miró inquisitivamente.

—En América, quiero decir —Contuvo el aliento.

—Supongo que sí —dijo, pensativo—. Pero no tenemos la certeza de que vaya a aceptarlo.

—Oh, sí que lo aceptará —contestó ella con convicción —, Gracias, Carlisle.

—No hay de qué —repuso él. Habían llegado a la puerta del cuarto de Kate —. Buenas

noches.

—Buenas noches. —Kate le vio encaminarse hacia sus habitaciones —.Hablarás con lady

Esme, ¿verdad? —le preguntó con cierta ansiedad.

Pero él no pareció oírla.

A la mañana siguiente, cuando Esme se despertó, el sol brillaba a través de su ventana. Se

quedó mirándolo un momento aletargada antes de entender por completo, de golpe, lo que significaba aquello.

—¡Ay, Dios! —Se levantó de un salto y llamó frenéticamente a su doncella. Luego, temiendo que tardara demasiado en acudir, abrió la puerta y se puso a gritar por el pasillo como una vulgar pescadera.

Volvió a su alcoba, buscó un bolso de tela para hacer la maleta y empezó a meter cosas en él sin ton ni son.

—¡Esme! —TanteCristelle estaba en la puerta, con las trenzas hechas aún y expresión de

espanto —. ¿Qué mosca te ha picado?

—Carlisle. —Esme miró el bolso abierto, del que rebosaba la ropa, y se dio cuenta de que no había tiempo para hacer las maletas—. Su barco zarpa esta mañana. Puede que ya se haya ido.

Tengo que detenerle.

—¿Para qué?

—Tengo que decirle que le quiero. —Dejó el bolso y corrió al armario para sacar su vestido más sencillo. Harris ya había llegado a la habitación —. ¡Deprisa! ¡Ayúdeme a vestirme!

TanteCristelle se dejó caer en la cama.

—No sé a qué vienen tantas prisas. Si ese hombre no sabe ya que tienes debilidad por él, es que es un redomado imbécil.

Esme emergió forcejeando entre pliegues de fustán.

—Sí, pero le dije que no quería casarme con él.

— ¿Y qué?

—¡Que sí quiero!

¡Tiens!Entonces fue una estupidez comprometerte con lord Vale.

—¡Ya lo sé! —Santo Dios, estaba perdiendo el tiempo dándole vueltas al mismo tema con tanteCristelle cuando el barco de Carlisle podía estar surcando ya las aguas del Támesis —. ¡Oh! ¿Dóndeestán mis zapatos?

—Aquí, señora —dijo Harris, impertérrita—. Pero no se ha puesto las medias.

—¡Me da igual!

Tante Cristelle levantó las manos mientras imploraba a Dios en francés que acudiera en auxilio de la loca de su sobrina. Esme metió los pies desnudos en los zapatos y al correr hacia la puerta estuvo a punto de arrollar a Seth.

—¿Adónde vas, mamá? —preguntó candorosamente su único hijo. Miró sus tobillos desnudos —. ¿Sabes que no llevas medias?

—Sí, cariño. —Esme le dio un beso distraído en la frente —. Nos vamos a América, y allí no

llevan medias.

Dejó a Seth lanzando hurras y a tanteCristelle y a Harris intentando calmarle y llamó a Crabs a voces mientras bajaba las escaleras a todo correr.

El imperturbable mayordomo apareció en el pasillo con cara de sobresalto.

—¿Señora?

—Traiga el carruaje. ¡Aprisa!

—Pero...

—Y mi manto. Necesitó un manto —Miró frenéticamente por el vestíbulo, buscando un

manto—. ¿Qué hora es?

—Las nueve pasadas, señora.

—¡Oh, no! —Esme se tapó la cara. El barco ya habría zarpado. Carlisle estaría en el mar.

¿Qué iba a hacer? No podría alcanzarle, era imposible...

—Esme…—Aquella voz era honda y firme, y tan familiar…

Por un instante, no se atrevió a abrigar esperanzas. Luego bajó las manos.

—Carlisle estaba en la entrada de cuarto de estar. Sus ojos de color celeste sonreían sólo para ella.

—Carlisle…

Corrió hacia él y él la envolvió en sus brazos. Pero aun así Esme se agarró bien a su levita.

—Creía que te habías marchado. Creía que llegaba tarde...

—Chist —dijo él, y la beso: fue depositando suaves besos en sus labios, en sus mejillas, en sus párpados —. Chist. Estoy aquí. —La llevó al cuarto de estar.

—Creía que te había perdido —musitó ella.

Carlisle la besó con determinación, como si quisiera demostrarle que de veras estaba allí. Le echó la cabeza hacia atrás y le abrió suavemente los labios con la boca. Ella se aferró a sus hombros, extasiada por ser libre al fin para besarle.

—Te quiero —susurró.

—Lo sé. —Sus labios se deslizaron sobre la frente de ella —. Iba a quedarme aquí, en tu cuarto de estar, hasta que lo reconocieras.

—¿Sí? —preguntó ella, distraída.

—Mmm.

—Qué astuto eres.

—No tanto. —Echó la cabeza hacia atrás y ella vio que sus ojos se habían vuelto oscuros y serios —. Era cuestión de supervivencia. Sin ti tengo frío, Esme. Eres la luz que me mantiene caliente por dentro. Si te dejara, creo que me convertiría en un bloque de hielo.

—Esme atrajo su cabeza hacia sí.

—Entonces más vale que no me dejes.

Carlisle opuso resistencia.

—¿Te casarás conmigo?

Ella contuvo el aliento y tuvo que tragar saliva antes de contestar con voz ronca:

—Sí, por favor.

Los ojos de Carlisle seguían teniendo una expresión grave.

—¿Vendrás conmigo a América? Puedo vivir aquí, en Inglaterra, pero para llevar mi negocio sería más fácil que viviéramos en América.

—¿Y Seth?

—Me gustaría que él también viniera.

Ella asintió con la cabeza y cerró los ojos; aquello era casi demasiado.

—Lo siento. Yo nunca lloro.

—Claro que no.

Esme sonrió.

—No es lo normal tener a un niño pegado a las faldas de su madre, pero me encantaría llevarle conmigo.

Él tocó la comisura de su boca con el pulgar.

—Muy bien. Entonces, Seth viene con nosotros. Tu tía también puede venir...

—Yo me quedo aquí —dijo tanteCristelle detrás de ellos.

Esme se volvió.

La anciana estaba junto a la puerta.

—Necesitarás a alguien que administre las tierras, el dinero, esas cosas, ¿no?

—Bueno, sí, pero...

—Entonces está decidido. Y. naturalmente, cada pocos años cruzarás el océano para que pueda ver a mi sobrino nieto. —TanteCristelle asintió, satisfecha por haberlo dispuesto todo a su gusto y salió de la habitación cerrando la puerta suavemente tras ella.

Esme se volvió hacia Carlisle y le descubrió mirándola.

—¿No te importa? —preguntó él —. ¿Dejar todo esto atrás? ¿Conocer gente nueva? ¿Vivir en otro país, menos sofisticado que éste?

—No importa dónde vivamos, mientras estemos juntos. —Esme sonrió lentamente —

Aunque pienso establecer un nuevo modelo de ingenio y sofisticación en Boston. A fin de cuentas, nadie allí ha asistido a uno de mis bailes.

Carlisle sonrió entonces con una sonrisa grande y feliz que, con tantos moratones, le daba el aire de un pirata.

—No saben lo que se les viene encima, ¿verdad?

Esme frunció el ceño en broma, pero atrajo la cabeza de Carlisle hacia la suya para poder

besarle. Llena de ternura y felicidad. Y al hacerlo murmuro una vez más junto a sus labios:

—Te quiero.

Te quiero.

Al pronunciar aquellas palabras Corazón de Hierro, el malvado mago dejó escapar un grito.

¡No! ¡No! ¡No! ¡No puede ser! —La horrible cara del hombrecillo se puso roja hasta que

empezó a salirle vapor por la nariz—. ¡He esperado siete largos años para robar tu corazón de hierro y hacer mía su fuerza! Si hubieras hablado en estos siete años, lo habría conseguido, y tu esposa y tú os habríais ido al infierno. ¡No es justo!

Entonces, el malvado mago comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, rabioso porque su hechizo hubiera tocado a su fin. Giró y giró, cada vez más aprisa, hasta que empezaron a saltar chispas de su cuerpo, un humo negro brotó de sus orejas y el suelo se abrió bajo él. Y entonces, ¡zas! De pronto, se lo tragó la tierra. Pero al esfumarse el mago, se rompió la cadena de oro con que sujetaba aquella blanca paloma a su muñeca, y el ave levantó el vuelo. Al posarse en el suelo, se convirtió al instante en un bebé que lloraba a grito limpio: era el hijo de Corazón de Hierro.

La alegría cundió por la Ciudad Resplandeciente. La gente gritaba y bailaba por las calles, llena de contento por ver a su príncipe restaurado.

Pero ¿y Corazón de Hierro y su corazón partido? La princesa Solace miró a su esposo, al que sostenía aún entre sus brazos, temiendo que estuviera ya muerto, pero vio que estaba de una pieza y que le sonreía. Así que hizo lo único que podía hacer una princesa en tales casos: besarle. Y aunque muchos en la Ciudad Resplandeciente opinan todavía hoy que el corazón de Corazón de Hierro se curó al romperse el hechizo del mago, yo no estoy tan segura. Tengo para mí que fue el amor de la princesa Solace el que le devolvió la vida.

Porque ¿qué otra cosa puede restañar un corazón roto, sino el amor?

FIN

O ¿Continuará?

Queridos Lectores, si han llegado a este punto debo darles las gracias… empecé esta adaptación/traducción hace 8 años, corría el año 2012… por razones ajenas a mi comprensión actual deje esto de lado y me propuse retomarlo, no solo para concluir algo pendiente hace 8 años, sino porque me reencontré con estas historias, cada capítulo publicado fue leído por mi previamente, no las leía hace tantos años!

Bueno, como les comenté al inicio de esta historia, Tentación Americana es el primero de 4 libros que se unen por la masacre de Spinner´s Falls y por un hilo conductor común… El Amor, cuando leí por primera vez estos libros no sabía que era una saga y partí leyendo el segundo libro (que es el que comenzaré subiendo como una nueva historia hoy el primer capítulo) a medida que lo iba avanzando me di cuenta que existía un libro previo, sin embargo, debo reconocer que el Segundo libro (el primero que leí) es mi favorito.

Las invito a que continúen esta historia conmigo, me comprometo a seguir publicando como hasta ahora… 2 capítulos diarios

Ahora les dejo un pequeño tráiler del siguiente libro: Licencioso Pecador

Edward Masen, el Vizconde de Vale, tiene un problema: tiene que encontrar una esposa y engendrar un heredero para el título, una mujer que aguante el tiempo necesario con él para darle un hijo de modo que pueda retomar su vida licenciosa… una vida que mantiene a raya los tormentosos recuerdos de su pasado.

Bella Swanagarra su destino con ambas manos y se ofrece voluntaria para casarse con Edward Masen, Visconde de Vale, aunque Edward en un principio se interesa únicamente por tener un heredero, no tarda en sentirse intrigado por su esposa, remilgada y recatada de día, licenciosa por la noche, y jura desentrañar sus secretos.

Sin embargo, Bella está decidida a mantener a su esposo a distancia. y hará lo que sea con tal de impedir que descubra su terrible debilidad.

Mientras Bella y Edward se embarcan en un apasionado juego del ratón y el gato, comienza a resurgir los secretos del pasado… amenazando sus vidas.

¡Ojalá me acompañen es esta próxima aventura!