Capítulo 20
—Os dije que no la dejarais salir de la habitación antes de que me despertara —lo interrumpió bruscamente Albert, poniéndose la camisa mientras iba hacia la puerta.
—No salió de aquí, sino de la habitación de al lado.
—¿Cómo diablos logró hacerlo?
—No lo sé. Pero todo saldrá bien. Tom ha ido a buscarla. Yo lo habría acompañado, pero él me ordenó que te despertara.
—Debe de haber una puerta oculta —murmuró Albert distraído mientras observaba atentamente la habitación—. ¡No puedo creer que sea tan estúpida! ¿Acaso no sabe el peligro que corre? Eliza quiere verla muerta antes de que pueda hablar con su hermano.
—Bueno, la verdad es que nunca ha demostrado tener mucho sentido común en estos asuntos —dijo Archie mientras Albert terminaba de vestirse—. Tom ya la habrá encontrado.
—Más le vale —replicó Albert, saliendo a zancadas de su cuarto y corriendo hacia el vestíbulo. Se paró en seco al ver a Tom, que subía las escaleras. Solo.
Candy despertó en la parte posterior de la carreta con un fuerte dolor de cabeza. Se sentó lentamente y miró a su alrededor. Se extrañó al ver la espalda del cochero, pues no era James. Sería un cómplice suyo, pensó con amargura y evaluó su situación.
Reconoció el terreno que estaban atravesando y vio que estaban llegando a los límites de la propiedad de su hermano. Estaba pensando en saltar de la carreta, cuando oyó un clamor que la hizo mirar hacia delante: MacGregor y veinte hombres más cabalgaban por el camino en dirección a la carreta.
Maldiciendo, Candy se dirigió rápidamente al borde de la carreta y saltó. Apenas se había incorporado cuando la agarraron por detrás y la levantaron por los aires.
Albert miró con severidad a sus hombres. Habían inspeccionado cada rincón del castillo y del patio de armas sin encontrar la menor señal de su esposa: Candy no estaba.
—¿Dónde la viste exactamente por última vez? —le preguntó malhumorado a Tom.
En lugar de impacientarse porque ya le había hecho la misma pregunta unas veinte veces, Tom volvió a repetir con calma lo que había sucedido.
—Ella caminaba hacia las puertas del castillo cuando bajé las escaleras, y cuando llegué a la puerta no la vi por ningún lado. Seguramente intentó escapar.
—Creí que la habías visto correr hacia las caballerizas —le dijo Robert, recordándole la primera versión que le había dado de la historia.
—Sí... Bueno, creí haberla visto correr hacia las caballerizas, pero...
—¿La seguiste?
—Sí, pero las caballerizas estaban vacías. Ni siquiera el jefe de cuadra estaba por ahí.
—¿Dijiste que James te detuvo?
—Sí. Me preguntó por qué tenía tanta prisa.
Robert sospechó algo y dio un paso hacia él.
—¿De dónde venía James?
Tom arqueó las cejas.
—No lo sé... De las caballerizas —agregó al recordarlo—. Venía de las caballerizas.
Albert maldijo y miró a Stear.
—Encuéntralo y tráemelo.
Shropshire vio que Stear se marchaba y luego le preguntó a Tom:
—¿Viste a alguien más salir de las caballerizas antes de entrar?
El rostro de Tom se ensombreció.
—Sí, alguien salió en una carreta cargada de paja.
—¿De paja?
Al ver que Shropshire y Albert se miraban, Tom explicó:
—Ella no podía haberse metido allí. No era paja fresca; estaba muy descompuesta. El olor era... —Hizo una mueca de fastidio y se encogió de hombros.
Todos permanecieron un momento en silencio, hasta que Stear regresó corriendo.
—Se ha ido.
—¿Se ha ido?
—Sí, el jefe de cuadra me ha dicho que montó su caballo hace menos de diez minutos.
—Es decir, poco después de que desapareciera Candy —señaló Robert con gesto adusto.
—Llevaba un caballo adicional —añadió Stear—. Un caballo capón de color blanco.
—Es el caballo de Eliza.
Todos miraron hacia las escaleras al escuchar el anuncio. Anthony White estaba allí, con Henry detrás, listo para recibir en sus brazos a su debilucho amigo, en caso de que se cayera—. Se lo regalé el día de nuestra boda.
—Eliza está encerrada en su habitación —anunció Robert en tono grave.
Albert corrió hacia las escaleras.
—Aquí estamos. Me temo que no es un lugar tan agradable como los que tú frecuentas, pero todos debemos hacer sacrificios en los tiempos difíciles. Además, no permanecerás mucho tiempo aquí.
Candy trastabilló por el cuartucho tras recibir un fuerte empujón; se agarró de una mesa que había a un lado de la cama y procuró sostenerse en pie para no caer sobre ella como había pretendido su captor. Se dio la vuelta y lo miró desafiante; él cerró la puerta y se quitó el cinturón que sujetaba su espada.
—¿Qué haces?
MacGregor hizo una mueca burlona que simulaba sorpresa y dejó su arma a un lado.
—Me da la impresión de que sabes lo que estoy haciendo, mi señora. Llevas el tiempo suficiente casada con Ardley para saber por qué se desviste un hombre.
—¿Por qué? —aunque Candy estaba intentado con denuedo insuflarle vigor a sus palabras, no pudo contener su voz entrecortada por el pánico mientras observaba atónita que él se quitaba rápidamente su cota de malla y quedaba sólo en calzas y almilla.
—Me debes una noche de bodas —le explicó tranquilamente, gesticulando mientras se tocaba los cordones de sus calzas con la mano derecha. Le sonrió con frialdad y levantó la mano, mostrándole el corte que tenía en la palma—. También me lo debes por esto, ¿o acaso no?
Candy negó desesperada y retrocedió hasta la mesilla de noche cuando lo vio acercarse; el miedo la carcomía por dentro. Se detuvo frente a ella y le acarició la mejilla con su mano herida.
—Sí, me lo debes —le dijo en tono lapidario. Se inclinó hacia ella, apretó la boca contra la suya, y Candy supuso que quería besarla. Sin embargo, su acto en nada se asemejaba a un beso. Mientras que Albert lo hacía unas veces con suavidad, o con avidez y pasión otras, este hombre era desmañado y brutal, pues le lamió los labios rígidos y se los mordió con saña.
Candy apartó la cabeza, palpó la mesa que tenía detrás y tocó un candelabro que parecía ser pesado. Cuando lo tuvo en sus manos, lo descargó en la cabeza del hombre con todas las fuerzas que pudo reunir. Lo empujó hacia atrás mientras él gritaba de dolor y corrió hacia la puerta. Estaba abierta y salió al vestíbulo antes de que él pudiera levantarse para perseguirla; pero chocó contra el corpulento pecho de uno de sus hombres antes de dar siquiera dos pasos hacia la libertad.
Candy insultaba, manoteaba y arañaba al hombre mientras la arrastraba de nuevo al cuartucho. MacGregor ardía en cólera y le gritó que la atara; luego se sentó a un lado de la cama, frotándose irritado la cabeza, mientras sus órdenes eran ejecutadas.
Candy seguía luchando desesperadamente, pero el hombre que la maniataba era tan grande como Tom, y no tuvo problemas en tirarla boca abajo y mantenerla allí mientras le ataba las manos detrás de la espalda; hecho esto, le ató los tobillos.
Una vez amarrada como un cerdo, listo para ser asado, MacGregor le ordenó a su hombre que la tendiera en la cama y le dijo que se retirara. Se dirigió a ella tan pronto como el hombre cerró la puerta.
—Eres una mujer muy tonta. ¿Hacia dónde, si puedo preguntar, pensabas correr? —Meneó la cabeza, y su gesto delató el dolor que este simple movimiento le había producido—. Debo decir, querida mía, que aunque es cierto que el dolor añade algo de sabor a los placeres de la cama, esto es, como se dice, algo mejor que bueno.
Candy lo miró fríamente, y pensó en echarse a rodar cuando él se tumbó a su lado. Por desgracia, no tenía hacia dónde rodar, pues tan pronto se giró sobre su espalda, él subió su pierna sobre las suyas y la detuvo. Candy comenzó a maldecir, furiosa por verse en esa situación, como un cordero listo para el sacrificio. Como estaba maniatada, arqueó su cuerpo hacia delante, lo cual MacGregor interpretó como una invitación que él no tendría escrúpulos en aceptar. El hombre recorrió su cuerpo con una mirada lasciva.
—Tu cuerpo es muy distinto al de Eliza. Pero siempre me ha atraído la variedad en todas sus manifestaciones. —Extendió su mano para sujetar el cuello del vestido y lo rasgó, dejando al descubierto uno de sus pechos.
La doncella miró por el quicio de la puerta. Se apartó presurosa, con los ojos desorbitados y una expresión de terror en la mirada.
—Su señoría está descansando.
Albert refunfuñó y abrió la puerta a empellones, mientras la criada gritaba angustiada y retrocedía trastabillando. Le bastó una mirada para saber que Eliza no estaba allí. Se dirigió a la mujer y le preguntó airado:
—¿Dónde está?
—No... ¡Mi señor! —Anthony White acababa de entrar en la habitación.
—¿Dónde está? —preguntó él con voz débil, respirando con dificultad y recostándose torpemente contra Henry.
—Yo... Ella... No lo sé.
—Está mintiendo. —Albert la miró amenazante—. Salió de aquí con el capitán de lord White. ¿Adónde iban?
El pánico y el miedo se habían apoderado de la mujer, pero se negó a dar información.
Albert la sujetó por los brazos y la sacudió.
—¡Tienen a mi esposa! ¿Adónde diablos se la han llevado?
—¡No lo sé... no lo sé! —exclamó la mujer entre gritos y lamentos—. Sólo me pidió que dijera que estaba descansando y que no dejara entrar a nadie.
—¡Desaparece de mi vista! —le gritó Albert y la mujer huyó a la carrera.
—Si Eliza le ordenó a su doncella que dijera que estaba dormida es porque piensa regresar —señaló Robert mientras Henry invitaba a Anthony a sentarse en la cama.
—O tal vez quería ganar tiempo y escapar cuanto antes —replicó Stear.
Albert frunció el ceño y se dirigió al hermano de Candy.
—¿Hay algún lugar cercano adónde Eliza pudiera llevar a Candy?
Anthony hizo un gesto de disgusto.
—Las tierras de su padre limitan con las nuestras, pero Ramsey Hall está muy lejos como para refugiarse allí y luego regresar. Está a varias horas de distancia a caballo. —Meditó unos instantes, y dijo—: El límite de su propiedad está sólo a media hora de aquí. Hay un pequeño palacete que generalmente está desocupado.
—Pensé que Morrissey vivía allí —rezongó Shropshire.
Albert meneó la cabeza al oír ese nombre.
—¿Morrissey?
—Es uno de los asistentes del padre de Eliza. Tenía sus propias tierras, pero las perdió en el juego. Ramsey se apiadó de él y le permite que viva en su antiguo hogar. Es el palacete al que se refiere Anthony —explicó Shropshire, mirándolo mientras le preguntaba—: ¿No es así?
—Sí. Pero fue un acuerdo de negocios. Exceptuando su afición al juego, Morrissey es un hombre bueno y un buen vigilante. Ramsey tiene que ir con frecuencia a la corte, y a cambio de permitirle vivir en su residencia familiar le pide que cuide su propiedad mientras él está en la corte. Pero últimamente ha tenido que viajar poco y permanecen mucho tiempo en su mansión.
—Maldita sea. Eso lo explica todo.
Los dos hombres miraron sorprendidos a Albert.
—¿Qué sucede? —le preguntaron al unísono.
—La madre de MacGregor era Morrissey —explicó Stear al ver que Albert guardaba silencio—. Su padre la desposó por su dote, pero la odiaba porque era inglesa. Cuando ella murió al dar a luz a su hijo, envió al chico para que fuera criado por su hermano y se dedicó a gastar la dote y la herencia de su hijo antes de que alcanzara la mayoría de edad y la reclamara.
—Ahora que lo pienso, recuerdo haber oído algo sobre un sobrino que vivía con Morrissey —señaló Shropshire.
—Eso explicaría por qué lady White escogió a Tommy MacGregor como esposo de lady Candy —comentó George entendiéndolo—. Es algo que me ha intrigado desde que supe la historia. No entendía por qué lo había escogido a él.
—Sí —gruñó Albert—. A mí también me intrigaba eso.
—Pero si Morrissey permanecía con frecuencia en Ramsey Hall, es posible que MacGregor también lo hiciera —añadió Stear y arrugó la frente.
—¿Acaso no se rumoreaba que MacGregor iba a casarse?
—Estuvo casado antes —precisó Jimmy—. Con la hija de Lindsay. Dicen que la tomó sin la bendición de su padre y luego la golpeó hasta matarla cuando el anciano se negó a pagar la dote.
—No, quiero decir antes de eso —rezongó Stear con impaciencia, esforzándose en recordar—. Cuando regresé de Inglaterra me pareció escuchar que él pretendía casarse con una mujer inglesa.
—Sí —asintió Albert. Eso había ocurrido casi tres años antes de lo relatado por su senescal—. Sí. Uno de los MacKenzy dijo que MacGregor pensaba casarse con una joven inglesa. Pero el padre era un noble inglés muy acaudalado y se negó a permitir el matrimonio porque MacGregor era pobre.
—¿Se trataba de Eliza? —insinuó Tom con voz cavernosa.
—Eh... Anthony—murmuró Shropshire, delatando su incomodidad—. Siento que tengas que oír eso, pero antes de que te casaras con Eliza, circulaban por la corte rumores sobre ella. Según decía, había intentado casarse con un escocés sin dinero, y su padre había impedido el matrimonio. Entonces pensé que eran calumnias, pero ahora...
Anthony asintió.
—Escuché esos rumores, pero creí que eran la absurda comidilla habitual de la corte que hacían circular quienes estaban celosos. Evidentemente, yo estaba ciego entonces. Y lo he estado durante mucho tiempo.
—Bien —suspiró Shropshire apesadumbrado—. Todo eso explicaría el problema del codicilo del testamento. MacGregor lo heredaría todo si tú morías y Candy se casaba con él.
—Y si Candy moría, MacGregor podría casarse con Eliza —dijo Albert con amargura.
Robert asintió y miró a su amigo.
—Ésta podría ser la evidencia que necesitabas para demostrar cuál de las dos mujeres decía la verdad.
—Mi hermana no miente. No entiendo cómo alguna vez pude pensar que lo hacía. Me visitó esta mañana. Me mostró su espalda y lo recordé todo. Las cosas sucedieron tal como ella dijo; yacía en el suelo y una espada me atravesó el abdomen. Se disponían a decapitarme, pero ella se arrojó sobre mí y recibió el golpe.—Anthony torció la boca en señal de amargura y negó con la cabeza—. Nunca debí permitir que esa bruja me hiciera dudar de mi hermana.
Albert asintió.
—Me alegra que finalmente hayas recobrado el sentido, pero en este mismo instante pueden estar asesinando a mi esposa. Iré a buscarla de inmediato. ¿Dónde está el palacete Morrissey?
—Llévalos, Shropshire —le dijo Anthony a su amigo—. Si le pasa algo a Candy, nunca me lo perdonaré.
Candy cerró los ojos y comenzó a rezar cuando MacGregor tocó su pecho desnudo. Lo único que sabía era que vomitaría si él la tocaba.
—Espero no estar interrumpiendo nada, mi señor.
A MacGregor le extrañó el comentario malicioso y miró en dirección a la puerta.
Candy suspiró aliviada al ver a su cuñada detrás de MacGregor, y luego estuvo a un paso de reír por la ironía de la situación. Ella nunca se había alegrado de ver a lady Eliza, pero habría preferido estar con el mismo diablo en lugar de padecer los desagradables manoseos de este hombre.
MacGregor se puso de pie y le sonrió con desenfado a Eliza.
—Espero que ahora entiendas cómo me sentía cuando pensaba que compartías tu lecho con White todas las noches.
Ella lo miró encolerizada.
—¡Lo hice por nosotros! —respondió con rudeza—. Seré una viuda rica cuando él muera y podré casarme con quien yo quiera.—Su tono se suavizó de manera repentina y avanzó presurosa, extendiendo sus brazos para acariciarle el rostro—. Oh, Tommy. Sabes que todo lo he hecho por ti, sólo por ti. No te enfades conmigo por esforzarme en darte todo lo que mereces.
Candy se extrañó, más por su nombre de pila que por cualquier otra cosa, pues era la primera vez que escuchaba su nombre. Era sorprendente cuánto tiempo podía pasar con un escocés antes de saber su nombre, pensó, y observó de nuevo a la pareja que tenía enfrente. MacGregor retiró la blanca y diminuta mano de su mejilla y la aplastó con furia entre sus dedos.
—¿Y también dormiste con James por mi propio bien?
Eliza palideció, pero su expresión permaneció inmutable.
—Todo lo que he hecho ha sido sólo para favorecerte. Todo lo he hecho por ti.
Él levantó las cejas y apretó con más fuerza sus delicados dedos antes de preguntarle:
—¿Ni siquiera me vas a preguntar cómo lo supe?
Enarcó aún más las cejas cuando vio que ella se mordía el labio para soportar el dolor que le estaba infligiendo.
—¿No? Bueno, de todos modos te lo diré. Espías, querida. Le he ordenado a alguien que te vigile a todas horas. Y creo que harías bien en recordarlo.
Inclinó ligeramente la cabeza y le soltó la mano.
—¿No te has preguntado por qué te ordené que vinieras con James cuando supe que era tu amante?
Los ojos de Eliza delataron un extraño fulgor de anticipación:
—Dímelo.
MacGregor se inclinó hacia delante y murmuró:
—Para matarlo, querida. Mis hombres lo están haciendo en este instante.
Aunque Candy quedó atónita ante la declaración, Eliza y su amante sonrieron. Poco después, MacGregor le dio una bofetada y gritó:
—¿Te gustaba revolearte con él?
El golpe la hizo trastabillar hacia atrás, y se tocó la marca que la mano de MacGregor le había dejado en la mejilla. La rabia y la excitación se debatieron por un instante en su interior, pero se mantuvo erguida, levantó los hombros y le respondió con frialdad:
—Por supuesto que no. Él no sabe cómo tratar a una mujer; y Anthony tampoco. Son un par de blandengues. Sólo tú me tratas como debe ser. —Miró a Candy, quien seguía en la cama, y su semblante se descompuso—. ¿Te gustó follar con ella?
Candy hirvió de indignación ante semejante infamia, ¿cómo podía poner en duda su honor de esa manera? Pero su indignación no tuvo límites cuando MacGregor, en lugar de negar que había estado con ella, dijo sonriente:
—Desde luego.
—Cerdo —le dijo Eliza, mientras Candy contenía el aliento y miraba con nerviosismo a la pareja. Podía sentir la furia que brotaba del hombre, y no se sorprendió cuando él agarró a Eliza por una muñeca y la retorció maliciosamente en su espalda.
Eliza gritó de dolor, pero MacGregor siguió retorciéndole el brazo; le agarró el vestido con la otra mano y tiró, sin importarle que se rasgara, dejando al descubierto sus pechos desnudos.
—Mírate; te has puesto dura para mí. Tus pezones están como guijarros —rió burlonamente y, asombrada, Candy comprobó que sus palabras eran ciertas. Eliza tenía los pechos erectos de la excitación, y jadeaba mientras MacGregor amasaba y chupaba su cuerpo de manera vulgar—. ¡A fe mía! Seguro que ya estás húmeda, ¿no lo estás? —gruñó, pasando su mano por debajo para subirle la falda de un tirón y comprobarlo personalmente.
Para horror de Candy, esto sólo pareció excitar más a Eliza. Gimió mientras él la tocaba de un modo tan burdo, y sin importarle que su cuñada presenciara la escena.
—Sí, lo estás —dijo él con un dejo de satisfacción mientras hundía la mano entre sus piernas—. Eres tan ardiente como una prostituta experta y llena de deseo. Dime que me deseas —le ordenó, riendo insensiblemente al ver cómo se arqueaba ella bajo su mano. Debió de pellizcarle la piel porque ella tardaba en contestar, pues el dolor centelleó en su rostro por un instante, y luego asintió.
—Sí. Te deseo —jadeó—. Oh, Dios, Tommy. Te deseo.
Lo tomó del cabello, acercando su cabeza como si estuviera desesperada por un beso, pero MacGregor la retiró con violencia. Le retorció de nuevo el brazo y la hincó de rodillas frente a él.
—Suplica —le ordenó, sonriendo con crueldad.
Candy cerró los ojos y desvió la mirada en señal de disgusto cuando Eliza comenzó a hacer lo que le había ordenado, suplicándole que le hiciera un sinnúmero de cosas absolutamente horribles. Procuró no pensar en lo que seguiría después y decidió alejarse de la pareja que retozaba en el suelo. Ahora entendía los rumores que circulaban sobre el placer que sentía ese hombre humillando a las mujeres. Era evidente que disfrutaba infligiendo dolor, y más deplorable aún era que Eliza pareciera disfrutar con ello. Esto le produjo repulsión a Candy. Se sintió más que aliviada cuando ambos alcanzaron el clímax y se derrumbaron en el suelo.
—¿Son del clan MacGregor? —Shropshire observó y contó a los hombres que había en el patio de Morrissey. Había al menos una docena; estaban emocionados y gritaban presenciando el combate entre uno de los suyos y el senescal de Anthony. James no lo estaba haciendo muy bien. La batalla terminaría pronto.
—Sí —rezongó Albert, escrutándolos con su mirada. —Son el doble que nosotros.
—Razón de más para acortar la diferencia —observó Stear, y para gran sorpresa de Robert, todos los escoceses asintieron sonriendo.
—Debo irme.
Candy abrió los ojos, desorientada por un momento, sin saber dónde estaba, y miró a la pareja que yacía en el suelo. Eliza intentaba escabullirse de debajo de MacGregor, recogiendo apresuradamente las prendas desparramadas a su alrededor. Recordó de nuevo y comprendió que se había desmayado. Después de la aberrante conducta exhibida por la pareja, la inconsciencia había resultado un grato alivio.
—¿Estás deseando regresar al lado de tu esposo? —exclamó MacGregor con desprecio, retorciéndole su flácido pezón mientras ella intentaba arreglarse de nuevo el vestido rasgado.
—Seguramente notarán mi ausencia —respondió Eliza, relamiéndose mientras su amante se inclinaba hacia delante para morder su piel mancillada—. Es muy cruel por tu parte seducirme así. —Dejó escapar un gemido, suspiró con indecisión, se desprendió de él y se levantó, arrugando la frente al ver el daño irreparable en su ropa—. Me has roto el vestido.
MacGregor se encogió de hombros, se incorporó precariamente y se puso las calzas.
—Cúbrete con la capa.
Eliza pareció exasperada, renunció a ocuparse de su vestido y extendió el brazo para tomar la capa que él sostenía.
—Envíame un mensaje a Forswhite cuando la hayas asesinado.
Candy los miró horrorizada.
—¡No podéis matarme!
Eliza la observó con desdén.
—Por supuesto que podemos.
—Pero pensé que...
—¿Qué? —la increpó Eliza arqueando las cejas con cinismo—. ¿Que te casarías con Tommy? Tendrías que ser muy afortunada. ¿Crees que yo lo permitiría?
—Pero me enviaste a Escocia a...
—Morir —le dijo Eliza—. Si hubieras sobrevivido al viaje, él te habría desposado, pero no habrías sobrevivido a tu noche de bodas. Debías sufrir un accidente —dijo y suspiró—. No es nada personal, Candy. De veras, al menos trataste de ser simpática conmigo. No quería que murieras, pero evitaste que tu hermano lo hiciera... En realidad, debo agradecértelo. Si no lo hubieras hecho, las cosas habrían salido mal, pues Anthony no me habría informado del codicilo en el testamento de su padre. Yo desconocía ese detalle, y habría sido terrible matarlo sólo para descubrir que tú, y no yo, eras la heredera.
—Claro, tú no sabías que yo lo heredaría todo si mi hermano moría sin dejar un heredero —murmuró Candy.
—No. No lo sabía. Y como permitiste que el salvaje de Ardley se casara contigo, vosotros lo habríais heredado todo si Anthony hubiera muerto a causa de sus heridas. —Eliza esbozó una media sonrisa—. Y todo se habría perdido.
—Entonces todo está perdido —dijo Candy triunfal—. Pues si Anthony y yo morimos...
—No —la interrumpió Eliza con calma—. Lo tengo todo perfectamente planeado. Si tú mueres primero, cuando muera tu hermano, yo seré la heredera.
Candy se derrumbó en la cama y Eliza le dirigió una mirada compasiva.
—Es culpa de tu padre. Si no hubiera escrito ese codicilo, yo te habría dejado seguir con vida. —Y sin esperar la reacción de Candy, Eliza se dirigió a su amante, acariciándole la mejilla; era la primera muestra de verdadero afecto que había visto entre los dos—. Envíame un mensaje en cuanto la asesines y asegúrate de que parezca un accidente. Yo me ocuparé de su hermano y estaremos juntos para siempre.
MacGregor asintió y le introdujo un dedo en su boca, chupándolo antes de morderlo con la fuerza suficiente para hacerle dar un saltito. Ella retiró su mano, se dio la vuelta y salió de la habitación.
—Bueno... —le dijo MacGregor acercándose—, terminemos con esto, ¿lo hacemos? —sugirió como si le estuviera pidiendo que fueran a dar un paseo.
Se detuvo frente a ella, levantó la cabeza y arqueó una ceja.
—¿Tienes un último deseo? Tu comida favorita, ¿quizá? —Su mirada fulguró al recorrer su cuerpo, estiró el brazo, le tomó el pecho que asomaba por el vestido desgarrado y le preguntó mientras lo apretaba con fuerza—: ¿O tal vez tienes otro apetito que quisieras satisfacer? ¿Te excitaste mucho al vernos?
Candy apretó la boca en señal de disgusto. MacGregor se tendió en la cama a su lado y le dijo:
—Siempre me han parecido estimulantes esas escenas.
—Sí, bueno... obviamente usted tiene inclinaciones perversas —le dijo ella, apartando rápidamente su cara tras ver que él se proponía apretar los labios contra los suyos, pero fue un intento inútil; no tenía escapatoria y ambos lo sabían. Tal vez por eso MacGregor se echó a reír y acercó de nuevo su cara para estrechar su boca contra la de él. Fue el beso más horrible que jamás le habían dado, pues él parecía más concentrado en arrancarle los labios que en cualquier otra cosa.
Candy se estaba preguntando si habría alguna posibilidad de escapar de un ser tan inmundo cuando MacGregor levantó la cabeza.
Al principio Candy se quedó extrañada, pero entonces se dio cuenta de que él no había levantado la cabeza voluntariamente, sino que alguien se la había retirado. Albert, con la cara descompuesta por la ira, sostenía al hombre por el cuello. Lo sacudió en el aire y lo lanzó con fuerza contra la pared, adonde fue a estrellarse. El rufián se quedó sentado en el suelo, sacudiendo la cabeza para espantar el mareo.
Robert había seguido a Albert a la habitación. Observó al hombre aturdido en el suelo y la cama donde Candy aún yacía medio vestida; se dirigió a la puerta e impidió a los hombres de Albert que entraran, lo cual desató una andanada de quejas.
Sin prestarles atención, Albert soltó su espada y se acercó a Candy.
—¿Estás bien? —El miedo y la pena se reflejaban en sus ojos cuando miró apiadado su vestido desgarrado y las magulladuras que comenzaban a dibujarse en su tez pálida; unió las dos piezas del vestido desgarrado para cubrirla—. ¿Te ha hecho daño?
—No. Bueno... creo que no mucho —añadió al ver su innegable expresión de incredulidad—. Has llegado justo a tiempo.
—Gracias a Dios —Albert contuvo el aliento y la abrazó con fuerza.
—¡Mi señor!
Albert no le prestó atención al grito, creyendo que sus hombres seguían protestando, pero Candy miró por encima y abrió los ojos aterrorizada; MacGregor se había levantado y, espada en mano, se disponía a atacar a Albert por la espalda.
Candy subió las rodillas hacia el pecho procurando salvar a su esposo, le puso los pies en el estómago y lo lanzó a un lado con todas sus fuerzas. MacGregor titubeó al ver que su presa se había desviado de su camino, pero continuó hacia delante, destilando odio por los ojos mientras se dirigía raudo hacia Candy.
Los hombres de Albert vieron la amenaza e irrumpieron en la habitación empuñando sus espadas. Y justo en ese instante, Albert comprendió de qué intentaba protegerlo su esposa. Emitió un furioso grito de batalla, se lanzó en busca de su espada, tomó impulso y le dio una estocada a MacGregor mientras sus hombres avanzaban haciendo eco de su grito.
Candy y Robert miraron asombrados la refriega; eran seis hombres y seis espadas y todos clavaron sus estoques en un punto diferente del cuerpo de MacGregor, mientras él levantaba la suya para matar a Candy...
MacGregor se detuvo a menos de un paso de la cama con los ojos desorbitados por el impacto. Aún tenía los brazos en alto, con la espada dirigida hacia Candy, pero ya no le quedaban fuerzas para moverse. Lo único que pudo hacer fue lanzarle a la joven una mirada vacía.
—Maldita sea —jadeó con una especie de desfallecimiento sorprendido. La espada se escurrió entre sus dedos y se hundió en el suelo mientras él caía lentamente de rodillas. Se desmoronó hacia delante y su cabeza terminó en el regazo de Candy.
—Maldita sea —repitió Robert recostándose contra el marco de la puerta desde donde había observado el desenlace.
—Sí, maldita sea —dijo Candy secamente, exhalando un suspiro, y luego se acomodó un poco donde estaba tendida. Procuró no mirar las múltiples espadas que MacGregor tenía sembradas en todos los flancos. Parecía un puercoespín... un puercoespín cubierto de sangre—. ¿Podría alguien quitármelo de encima y desatarme? —preguntó después de ver que nadie se movía y que sus salvadores miraban con timidez el acerico que alguna vez había sido MacGregor.
Todos se movieron al mismo tiempo. Albert se acercó a ella mientras sus hombres arrastraban el infortunado cadáver de Tommy MacGregor y desenterraban sus espadas. Candy se esforzó en ignorar lo que hacían, y le sonrió agradecida a su esposo mientras él la ayudaba a sentarse, frunciendo el ceño cuando recordó a su cuñada.
—Eliza...
—Atrapamos a esa mujerzuela abajo. Henry la tiene,
—¿Henry? ¿Y quién está con Anthony?
—Sus hombres —respondió Albert y tranquilizó a Candy al ver su expresión angustiada—. Estará bien. Ya tenemos a todos los que querían hacerle daño... A menos que haya alguien más —añadió preocupado, dejando de desatarla.
—James. Me golpeó en las caballerizas y...
—Ya no molestará a nadie —le respondió Albert con voz seca—. Los hombres de MacGregor estaban acabando con él cuando llegamos.
—Oh —murmuró ella mientras su esposo terminaba de desatarla.
Albert tomó un cobertor de la cama y lo pasó por los hombros de Candy. Ordenó a sus hombres que se ocuparan del cadáver de MacGregor y la condujo fuera del cuarto.
Henry los esperaba en el patio fortificado donde los hombres habían dejado sus caballos. Sujetaba con fuerza a una indignada Eliza. La mujer miró con frialdad a Candy cuando Albert se acercó con ella. La subió al caballo, montó en su silla y ambos miraron a su alrededor cuando Eliza emitió un grito de dolor al ver que los hombres estaban sacando el cuerpo de MacGregor.
Henry hizo todo lo posible para retener a la mujer, pero ella no pudo contener su dolor. Se soltó y se abalanzó sobre el cuerpo inerte. Los hombres se detuvieron y permanecieron de pie, observando incómodos cómo se aferraba a su amante muerto, besaba su cuerpo sin vida y gritaba histérica. Permaneció varios minutos así antes de que Robert la conminara a retirarse. Al principio, intentó convencerla con palabras de consuelo, después con palabras cortantes; pero al ver que la razón y las órdenes eran infructuosas, le lanzó una mirada a Albert, se encogió de hombros y golpeó a la mujer, que cayó inconsciente al suelo.
Candy cerró los ojos pero no dijo nada; Eliza se merecía eso y mucho más por lo que había hecho. Además, el sueño, voluntario o no, probablemente era lo mejor para ella en ese instante. Su vida ya no sería la misma. Ni siquiera Anthony podría negar la evidencia que Albert le presentaría a su regreso. Y Albert tendría que hacerlo, pues ella estaba demasiado cansada para enfrentarse al hermano que la había traicionado de tal modo con sus dudas y sospechas.
Pensando en ello, Candy recostó su cabeza contra el pecho de Albert y cerró los ojos; y así permaneció hasta que llegaron a Forswhite. Le pareció muy curioso el hecho de constatar que el hogar de su infancia ya no le inspiraba la sensación de seguridad y bienestar de antes. Candy sospechó que no disfrutaría de esa sensación hasta que sus ojos vieran de nuevo el castillo de Ardley.
Contuvo el aliento, le sonrió ligeramente a su esposo mientras la dejaba en el suelo y se dispuso a subir cansadamente las escaleras sin molestarse en esperarlo. Impaciente por cambiarse el vestido y deshacerse de la improvisada capa que ahora sujetaba con fuerza en torno a su cuerpo, subió rápidamente las escaleras mucho antes que Albert, y comenzó a cruzar el vestíbulo.
—¡Candy!
Se detuvo en medio del vestíbulo y miró sobresaltada al hombre que estaba sentado a la mesa: era Anthony.
No esperaba encontrarlo levantado, pues aún estaba muy débil, y al principio se quedó sorprendida. Pero enseguida se rehízo y, tragándose el dolor que crecía en su interior por el solo hecho de verlo, se dio la vuelta y corrió para salir del castillo.
Albert se quedó mudo de sorpresa al ver su reacción; miró a Anthony y corrió tras su esposa al ver la expresión de angustia en su rostro.
Los hombres, que se estaban sacudiendo el polvo de las ropas cuando Candy bajó corriendo las escaleras, la miraron intrigados; sin prestarle atención, la joven siguió corriendo en dirección a los caballos. Se acercó al corcel que Albert y ella habían compartido en el camino de regreso, y se montó en él con más velocidad que gracia, pues las mantas que cubrían su cuerpo entorpecían considerablemente sus movimientos.
—¿Y bien? —les preguntó desafiante a los hombres que la miraban desconcertados —. ¿Qué esperáis? Montad. Regresamos a Escocia.
Tom entrecerró los ojos y le preguntó:
—¿Regresamos?
—Sí. ¿No tienes ganas de ver a Aelfread?
—Sí, pero...
—Sube entonces.
—Esposa mía.
El tono suave de la voz de Albert, unido al contacto de su mano sobre su rodilla, atrajo su mirada vacilante cuando se acercó al caballo.
—Ven —le ordenó suavemente, levantando las manos para recibirla.
Candy titubeó y luego negó con la cabeza.
—Quiero ir a casa.
Albert casi sonrió al oír aquello; parecía una niña asustada. Era la primera vez que veía una señal de vulnerabilidad en esa mujer tan valiente, y eso lo reconfortó un poco.
—Primero debes decirle adiós a tu hermano —le dijo con suavidad y firmeza al mismo tiempo.
—Henry puede hacerlo por mí. Dale recuerdos de mi parte, Henry—dijo, mirando al hombre que sostenía a Eliza desmadejada en sus brazos.
—¡Está asustada! —exclamó Albert tras sorprenderse de su cubrimiento.
—¡No lo estoy! —lo interrumpió Candy, pero la boca le tembló—. Él cree que yo quería que muriera, incluso después de mostrarle mi espalda...
—¡No! —Henry descargó a Eliza en los brazos del sorprendido Tom y se acercó a Albert—. Él lo recordó todo en el instante en que vio su espalda.
—No me mientas, Henry. Me llamó idiota y dijo que todo eran mentiras.
—Se llamó idiota a sí mismo y dijo que todo lo que Eliza había dicho eran mentiras —la corrigió Henry con delicadeza—. Lo malinterpretaste.
Ella dudó y la esperanza renació en sus ojos. Albert le sonrió, reconfortándola, y extendió de nuevo sus brazos hacia ella.
—Ven. Yo estaré a tu lado.
—También yo —retumbó la voz de Tom, dándose la vuelta para que Stear sostuviera a Eliza, y él pudiera estar al lado de su señor y ofrecerle apoyo a su señora.
Disgustado por la carga que sostenía, Stear se la dio a George.
—Y yo.
—Yo también —dijo George, lanzándole la mujer a Jimmy, quien de inmediato se volvió hacia Archie, pero éste fue más rápido y dio un paso hacia delante, sumando su voto de apoyo.
Jimmy frunció el ceño, descargó a la mujer sobre Shropshire y dio un paso adelante tras hacerle una profunda reverencia.
Candy esbozó una sonrisa y recorrió con sus ojos la lamentable imagen de Eliza inconsciente hasta la expresión de malestar de Shropshire. Al ver que Candy lo miraba, el hombre vaciló por un momento y, en un acto de poca caballerosidad, dejó a la mujer en el suelo y dio un paso adelante.
—Todos te acompañaremos.
—Mis valientes salvadores —exclamó Candy, reprimiendo su regocijo mientras levantaba la pierna sobre el pomo y se dejaba caer en brazos de su esposo.
—Bueno... a decir verdad, él no participó en el rescate—refunfuñó Archie señalando a Shropshire—. Al contrario, trató de impedir que te salváramos, ¿no lo recuerdas? Es sencillamente detestable.
—Bueno, veamos... —lo interrumpió Robert, dirigiéndose a él.
—Es cierto —se defendió Archie—. Primero, no nos dejó entrar en el cuarto y segundo, nunca desenfundó su espada.
—Estaba de espaldas al cuarto y no veía lo que estaba sucediendo. Además, es mejor que haber descargado siete espadas sobre ese miserable.
—Al menos nosotros sabemos que la hemos salvado —lo interrumpió Jimmy.
—¿Cuál de vosotros lo ha hecho? —resolló Shropshire disgustado.
—Todos sois mis salvadores —interrumpió Candy en tono conciliador—. Cada uno de vosotros se apresuró a ayudarme cuando lo necesité, incluso Robert. Nunca lo olvidaré. Ahora, ¿vamos a entrar a decirle adiós a mi hermano?
Shropshire vaciló, todavía mirando a la mujer que había dejado en el suelo.
—Creo que me quedaré aquí hasta que Anthony decida qué hacer con ella. Id vosotros...
Candy asintió, le sonrió agradecida; tomó a Albert del brazo y, juntos, se dirigieron hacia las escaleras. Los hombres los seguían, aún discutiendo entre ellos.
—No os preocupéis, no hay ningún motivo —dijo Jimmy.
—Sí, los ingleses son un grupillo de bichos enclenques, acicalados, asustadizos y timoratos —dijo Archie a manera de respuesta.
Candy se detuvo, se dio vuelta para mirar a los hombres, y Archie palideció consternado al comprender que acababa de insultar a su propia señora.
—Tú no, por supuesto, mi señora —dijo tragando saliva al ver que ella lo miraba con desaprobación—. Ni tu hermano tampoco. Lo que quiero decir es que tu hermano y tú sólo sois medio ingleses y...
Su voz se diluyó; Candy puso los ojos en blanco, meneó la cabeza y se dio la vuelta para seguir subiendo las escaleras.
CONTINUARA
