Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, Hey Arnold es de Craig Barttlet.

Disculpen por haber incumplido mi promesa de publicar este capítulo ayer por la noche, pero la vida se me atravesó...

En respuesta a sus reviews:

Nora Garcia: Como mencioné, por favor, sé paciente, Arnold cobrará más protagonismo. Cuando escribí el poema de Helga, esta línea fue pensando en algo que también se identificara con su situación por los sentimientos encontrados que le provoca la enfermedad de su madre "Me queda la canción de tu risa dormida en mi recuerdo, y el corazón me dice que no he de olvidarte; pero, al quedarme sola, sabiendo que te pierdo, tal vez empiezo a amarte como jamás te amé". Quería compartírtelo.

Drinea: Gracias por tu review, me alegra ver que tuvo el efecto deseado, quería picarles la curiosidad. Espero que disfrutes la continuación.

Larizalu: ¡Ya sé! Mientras escribo las escenas de beso entre Helga y Gerald, siempre las releo y chillo emocionada como chiquilla. Qué gusto que te guste la relación entre ellos, ¡Disfruta del capítulo!

Vamos a dejar a los Pataki y los Johanssen de lado durante este capítulo...

Rhonda había perdido la cuenta de las veces que había rodado los ojos al escuchar a Sid parlotear sobre su vida que a la chica le resultaba intrascendental. Si pasaba un minuto más escuchando al chico se arrancaría los oídos, juraba que lo haría. ¿Por qué Harold tardaba tanto?

-¡Es canción me encanta! ¿Bailamos?- y sin esperar una respuesta de Nadine, Sid se la llevó a la pista de baile. Parecía tener pila de más, se veía tan ilusionado y feliz que verlo resultaba doloroso… sobretodo porque sabía que se había hecho ideas en la cabeza que no se harían realidad.

-Nadine ha soportado mucho- comentó Lila. Rhonda no pudo evitar la punzada de culpabilidad que la atravesó al escucharla –Espero que esté bien- juntando sus manos a la altura de su pecho, la pelirroja miró en la pista a los chicos bailando al ritmo de la canción, le daba tanta tristeza que entre ellos las cosas hubieran terminado tan mal, pero esperaba que pudieran arreglarse lo suficiente para volver a ser amigos.

-Lo estará. Nos tiene a nosotras- aseguró, intentando auto convencerse. Phoebe, Park y Arnold llegaban finalmente al borde del jardín desde donde podían ver a la pelinegra sin levantar sospechas entre los otros asistentes de la fiesta.

-Oye Stinky, ¿No te parece extraño que se hayan detenido cerca de nuestra mesa?- Harold miraba al trío imposible desde la pista de baile, causando que muchos rostros se voltearan a verlos extrañados porque estuvieran de pie sin hacer nada, justo en medio de una multitud bailando. Incluso Rex y Eugene lo notaron.

-¿Qué hacen chicos?- les preguntó ingenuo el pelirrojo, haciendo a ambos dar un brinco cómicamente alto.

-¡Cristo!- gritó Stinky.

-¡La madre que te parió! Eugene, casi me das un infarto- le reclamó Harold, preocupado miró a su alrededor, vaya par de espías que eran, todos los estaban mirando… excepto el trío al que seguían.

-Lo siento mucho, Harold… sólo quería saludar- exclamó avergonzado el chico.

-Estamos de incógnito Eugene- le dijo Stinky, haciendo que Harold le golpeara en la nuca por decírselo.

-Pues no lo están consiguiendo. Todas las personas los miran- les dijo Rex.

-Ya me di cuenta, pero no sé por qué- rezongó Harold bufando.

-Quizás porque no están bailando- aportó Eugene tímidamente.

-Eso se arregla fácil- dijo Stinky aliviado –Vamos- y tomando de la muñeca a Rex, lo haló hacia sí y comenzó a bailar con él para mortificación del de gorra azul.

-¿Qué haces?- Rex miraba al alto chico con los ojos desorbitados, ¿Qué se supone que debía hacer? Quedarse congelado habiendo recibido una invitación y técnicamente encontrándose ya en la pista de baile era muy desconsiderado…

-¡Bailo!- comentó alegre el campirano, contagiando un poco a Rex.

-Por Dios, Stinky, para- pidió Harold, cubriendo su rostro con sus manos. Eugene lo tomó de la muñeca.

-¡Vamos a unirnos!- exclamó el pelirrojo y haló del chico, que se mantuvo plantado en su lugar y al ser más corpulento que Eugene el pobre chico terminó dándose de bruces en el suelo.

-¡Estoy bien!- Rex rio encantado, y cediendo a la sonrisa del joven, comenzó a moverse al ritmo de la música también.

Nadine comenzaba a sentirse un poco mareada, podrían ser las luces, el beat repetitivo en la música, la cantidad de gente a su alrededor o las bebidas que había ingerido, pero la realidad era que el mundo de pronto se le tambaleó mientras bailaba con Sid y no pudo evitar trastabillar, chocando con una chica curvilínea de ojos color amatista y el cabello lacio hasta las caderas.

-¡Qué rayos!- exclamó molesta la chica, y al girarse se encontró con la pareja, su mirada brillando en reconocimiento -¿Sid?- preguntó, sorprendida.

-¿Agatha?- No podía creer su mala suerte, con lo bien que iba todo con la rubia.

-Qué coincidencia- la prima de Sheena le sonrió coquetamente, enervando a Nadine.

-Sí, coincidencia- Sid rio nerviosamente, no tenía idea de qué hacer a continuación, debía tener la peor suerte si de todas las personas en la fiesta se topaban con la culpable de la terminación de su relación con Nadine.

-¿Es en serio?- le dijo incrédula la rubia, golpeándole en el pecho. Se encontraban con la tipa con la que le había sido infiel y sólo se le ocurría reír.

-Ah…- los nervios hicieron que Sid cometiera un error, uno pequeño, pero que lo terminó por hundir -… ¿recuerdas a Nadine?- Agatha lo miró como si la hubiera insultado.

-Sí claro… ¿volvieron?- les preguntó, mirando con rencor a la rubia.

-Estamos en eso- respondió con una sonrisa, tomándola por la cintura, poniendo completamente incómoda a Nadine.

-Vaya, ¿Y para eso montaste aquel show de novia indignada?- la prima de Sheena bufó, cruzando sus brazos por debajo de sus pechos, haciendo más notorio su escote y secándole la boca a Sid. Nadine no soportó más la situación.

-¡No hemos vuelto, ni volveremos!- espetó soltándose del agarre del chico que la miró incrédulo.

-Por favor, no sería la primera vez que le perdonas una infidelidad, ¿Para qué finges que eres una mujer feminista y empoderada? Con los cuernos que te pintaban, nadie se la cree- las palabras de Agatha retumbaron en la mente de la rubia, estrellándose con cada rincón hasta que a pura fuerza bruta cobraron sentido… el peso de aquello, la imagen de un avergonzado Sid y la convicción en los ojos amatista de su enemiga le quitaron el aire que quedaba en sus pulmones… el mundo volvió a girar… Había sido una tonta… Había estado tan ciega… Había perdido su tiempo y mirando con lástima a su acompañante, que ya era lo único que podía expresar hacia él, salió corriendo de ahí, sin mirar atrás… no de nuevo… no por él.

-¡Agatha! ¿Tenías que hablarle así?- el chico hizo ademán de ir tras ella, pero la prima de Sheena le detuvo por el brazo.

-Ella se merece a alguien mucho mejor que tú, Sid- le dijo con seriedad –Tú no eras más que un patán- y dándole una bofetada, lo dejó solo en la pista de baile, sintiendo el peso de sus errores cayendo como yunque sobre su cabeza y hundiéndolo en el sitio, imposibilitándole moverse. Viendo impotente cómo perdía definitivamente a quien seguramente era la mujer de su vida, por su inmadurez, por sus tonterías, por sus equivocaciones…

Arnold despegó unos segundos su mirada de Rhonda, y casualmente se posó en una cabellera castaña que creyó reconocer… la observó unos momentos mientras intentaba darle un nombre a aquel rostro, cuando un par de chicos se acercaron a ella…

-Ya vuelvo- le dijo a Phoebe y Park que lo miraron alucinados, ¿No había sido él quien les había pedido ayuda para vigilar a Rhonda?... y sin esperar a que se les pasara el pasmo, se apresuró al encuentro con quien ahora recordaba como la chica que interpretaba a la criada en Romeo y Julieta -¡Oigan! Déjenla en paz- les dijo con el ceño profundamente fruncido, encontrándose con Seymour y Billy que lo miraban como si fuera un alienígena recién salido de su nave espacial.

-¿A ti qué te pasa?- le preguntó Marcy, alucinada de verlo salir de la nada.

-Que qué me pasa, pues que estoy defendiéndote- respondió, ahora un poco inseguro. ¿No estaba salvándole de una perturbadora situación?

-Pero yo no te lo pedí- Marcy le dijo como si fuera un poco lento para comprenderlo.

-No, pero… bueno, es que… pensé que…- balbuceó el rubio, ¿Qué sucedía últimamente? Él siempre había sido el héroe, el chico bueno. Los pasados días, básicamente desde que se reencontró con Helga, sentía que era patoso, como alguien que se ponía la piel de otra persona, un disfraz, incómodo, antinatural… Pero no alcanzaba a entender qué estaba pasando para que se sintiera así.

-No asumas cosas- le dijo la castaña –no todos somos víctimas esperando a participar en tu juego del caballero en brillante armadura- Billy se sentía muy incómodo en medio de esa conversación.

-Oye, lo único que quería era saber dónde será el próximo ensayo… tus asuntos con tu novio celoso no tengo por qué escucharlos- urgiéndola, intervino en la conversación.

-No soy su novio y no estoy celoso- se apresuró a aclarar el rubio, perdiéndose del imperceptible sonrojo de Marcy.

-Descuida Billy, te mando la ubicación por whats… no tienes que escucharnos- le sonrió amable y los chicos se despidieron de ella y continuaron su camino. Arnold dio un par de pasos ocupando el lugar donde ellos antes habían estado de pie -¿Se te ofrece algo?- le preguntó la castaña, ahora de mal humor.

-Me recuerdas mucho a alguien- le dijo el rubio pensando en cierto par de ojos azules que nada tenían que ver con el color marrón que ostentaban los de la chica.

-¿Por eso insistes en tratarme como si fuera tu caso de caridad?- le respondió Marcy, girándose y empezando a caminar hacia la casa. Algo en ella, algo que le traía recuerdos que pensaba sepultados… lo atrajo como imán, y terminó siguiéndola.

Lila le hizo notar a Rhonda que Rex bailaba con Stinky y que Eugene jaloneaba a Harold para convencerlo de hacer lo mismo, ambas chicas se rieron de la escena y Rhonda convenció a la pelirroja de unirse.

-Se va a bailar, podemos perderla entre la gente- exclamó preocupada Phoebe.

-Supongo que no tenemos otra opción que hacer lo mismo- le sonrió de lado sonrojando a la oriental.

-Claro que no, yo no bailo- respondió azorada.

-Tampoco yo… ¿Eso no lo hace aún mejor?- le dijo a mitad de una risa y la tomó de la mano depositando un beso en el dorso -¿Me permite este baile?- le preguntó con una mirada pícara.

-Sólo porque es total y absolutamente necesario… por el bien de Rhonda- respondió a regañadientes la oriental, aunque por dentro chillaba emocionada.

-Por supuesto. Es por el bien de Rhonda- le dio una vuelta y luego sujetándola de la cintura la acercó… si la vida le daba la oportunidad de crear más recuerdos junto a la pelinegra, él los tomaría sin dudar, no le importaba que fuera desde los ojos de una amistad ingenua o el simple reconocimiento de la camaradería… eran recuerdos con Phoebe, era todo lo que él quería. Gerald ya tenía demasiados.

Nadine sollozaba abrazada a sus rodillas, devastada con el descubrimiento que había hecho… su relación más profunda, más dulce, más sincera… era una mentira. La persona que había sido su mundo tanto tiempo, era un mentiroso. Otro sollozo se le escapó sin que pudiera detenerlo. Quería morirse en ese mismo lugar.

-¿Quién está ahí?- preguntó una voz cadenciosa que sobresaltó a la chica. Avergonzada, se apresuró a limpiar sus lágrimas antes de que el dueño de la voz diera la vuelta a la encimera y la encontrara en el suelo de la cocina en penumbras -¿Nadine?- sorprendido, el castaño se sentó a su lado al notar los rastros, inconfundibles, de lágrimas en su rostro.

-No tienes que sentarte, Peapod- no le sorprendía que hubiera sido él quien la encontrara. Después de todo, siempre le salían mal las cosas. El chico al que rechazó en cada oportunidad hasta que se cansó de intentarlo la miró casi con lástima.

-Es solo que… verte así, me recuerda mucho a la preparatoria… y sólo había una persona que te ponía de esta forma- susurró cálidamente. No era su intención hacerla sentir juzgada, no se podía forzar a nadie a sentir cariño o amor a tu voluntad… si Nadine no lo vio como algo más, no la culpaba. Pero tampoco podía abandonarla en el suelo de la cocina de su mejor amiga a mitad de un llanto que prometía continuar largo rato.

-Lo sé- se limpió las nuevas lágrimas que buscaban sumarse a sus antecesoras –No puedo evitarlo. Dios, seguramente todo el mundo se burlaba de mí… de lo tonta que fui- se cubrió el rostro con las manos.

-Oye, no… no digas eso…- le pidió frotándole la espalda –Nadie se está burlando de ti. Todos hemos sido traicionados alguna vez- le aseguró buscando reconfortarla.

-Es que… no puedo creer que siga pensando que no hizo nada- sollozó de nuevo –Sigue creyendo que exageré- se lamentó.

-A veces, ése es nuestro ego hablando por nosotros- le dijo comprensivo, y pasándole un brazo por los hombros la acogió contra su pecho mientras acariciaba ahora su brazo –No juzgues duramente. A veces la misericordia es preferible aún a la justicia misma- Nadine le miró a los ojos.

-¿Quién dijo eso?- le preguntó curiosa, calmándose un poco.

-Yo… ahora mismo… ¿No me has oído?- Nadine frunció el ceño y Peapod levantó las manos en señal de rendición.

-Tú ganas, fue Phillip Gibbs- sonriéndole, volvió a acomodarse en la misma posición, curiosamente sintiéndose más cómodo en el suelo de aquella cocina que en cualquier otro sitio.

-¿Quién es Phillip Gibbs?- le gustaba tener otro tema al cual prestar atención en lugar de estar sumida en su miseria.

-Un periodista y escritor inglés- aclaró el chico –Lo leí en Wikipedia mientras venía de camino a la fiesta, buscaba "frases para verte interesante cuando quieres ligar"- comentó, sacándole una sonrisa que nunca vio a la chica entre sus brazos.

Brian llegó a la escalinata de mármol y llamó a Robert. Pero no escuchaba con claridad. Sólo alcanzó a entenderle que entrara en la casa y le esperara en la estancia.

Uno de los dones de Brian era ser invisible… no en la extensión literal de la palabra, sino que podía empequeñecer tanto en una habitación que daba la impresión de ser parte del mobiliario inerte del lugar. Justo ese don le había ayudado a que ninguno de los pelinegros lo viera cuando pasaron, en diferentes momentos, por la estancia. Con una diferencia mínima de tiempo. Era obvio que Curly seguía a Lorenzo, que por alguna razón había subido al piso superior.

El castaño dudó, sería mejor si esperaba a Robert. No sabía cómo reaccionaría Curly si lo atrapaba siguiéndolo… Además, ¿Qué podría tener Curly en contra de Lorenzo?... ¿cierto?

Arnold alcanzó a Marcy dentro de la casa, deteniéndola por la muñeca.

-Oye, ¿siempre agradeces así a los que buscan ayudarte?- Marcy le miró molesta.

-No a todos les gusta que los ayuden, sobre todo si no te lo han pedido- Arnold mudó su gesto, a uno que parecía que hubiera recibido un golpe. Marcy relajó su expresión y casi con tristeza añadió –A algunos, la vida no nos ha tratado muy bien. A mí, particularmente, sólo me ha enseñado que ser mujer es mucho más difícil que ser hombre, que no puedo confiar en ustedes… que no me puedo mostrar vulnerable- la castaña bajó la mirada, incapaz de seguir viendo al rubio a la cara después de hacer una confesión tan personal.

-Me recuerdas mucho a ella- con la mirada perdida, Arnold vagó en sus recuerdos de una solitaria niña que tuvo que endurecerse para evitar que otros se aprovecharan de su sensibilidad… que no había sido tratada bien por la vida, que sentía que no podía confiar en los demás porque sería defraudada, no le deseaba a Marcy un futuro así, donde no pudiera abrirse con alguien más porque en el pasado, todos con quienes lo hizo le hubieran defraudado.

-¿A quién?- le preguntó curiosa la castaña, era la segunda vez que el chico le decía algo como eso.

-A la chica que me gusta- le dijo sonrojado.

Brainny subía la escalera después de tener una batalla interna sobre si cerciorarse de lo que hacía Curly por sí mismo o esperar a su amigo, pero un golpe seco lo obligó a tomar su decisión. Dobló en el pasillo y detrás de la primera puerta escuchó una risa trastornada.

-¡Finalmente! No volverás a tocarla- era la voz de Curly, y entrando apresuradamente encontró al chico con un atizador de leña alzado sobre su cabeza, en preparación de un golpe. Brian no lo pensó demasiado, y entró a tropel sujetándolo de la muñeca por detrás, Curly se jaló haciendo que Brian se golpeara contra el buró.

-¡Tú qué estás haciendo aquí!- bramó sulfurado, Brian desvió la mirada y se encontró en su campo de visión al inerte cuerpo de Lorenzo… algo poseyó al chico, que soltando un grito de guerra arremetió contra Curly y comenzaron un forcejeo en el que uno intentaba hacerse con el arma que defendía el otro.

Mientras tanto, Arnold y Marcy continuaban su conversación, ajenos completamente al crimen que se cometía en la planta alta, casi sobre ellos.

-¿Has venido con ella a la fiesta?-le preguntó, más por olvidar sus propios demonios expuestos en un desliz al rubio, que por genuino interés en la chica que le gustara a Arnold.

-No. Vine a buscarla a la fiesta. Pero resultó que no está aquí- suspiró, siempre le había resultado difícil leer a Helga. A pesar de que ambos crecieron con padres ausentes, esa ausencia había tenido motivos diametralmente diferentes, y el hogar en el que vivieron su infancia también. Eso hacía que en contadas ocasiones, cuando la rubia parecía fragmentarse delante de él, algo en la mente de Arnold se congelara. No podía entenderla realmente. Sentía empatía por ella, pero no podía entenderla.

-Parece como si no fueras correspondido- Marcy le vio poner ese gesto de nuevo, como si le golpearan el estómago.

-Me aterra que tengas razón- no tenía idea por qué le contaba eso a una chica que, aunque Brian y Lila afirmaran que crecieron juntos como con la pandilla, él no podía recordar de nada.

-A veces, tienes que entender que no eres Romeo… no todos pueden ser Romeo… A veces, eres Paris- miró al rubio con compasión.

-¿Qué quieres decir con que soy Paris?- preguntó Arnold.

-¿Recuerdas la escena que practicábamos hace unos días en la calle? ¿Qué es lo que le dice Julieta a su madre cuando le pregunta si puede amar a Paris?- el tono en su voz era el mismo que usarías con un niño pequeño que ha hecho una pregunta cuya respuesta no está listo para comprender.

-Que el ver predispone a amar- respondió Arnold luego de pensárselo.

-…y el dardo de mis ojos únicamente tendrá la fuerza que le preste la obediencia- recitó Marcy –Dice que ella intentara amarlo, que le prestará especial atención y que llegará hasta donde su obediencia a su madre y a sus deseos le permitan… Paris la ama… Pero no tienen ningún tipo de conexión… ha perdido su oportunidad porque ella conoce a Romeo… quizás, ahora, eres Paris- le repitió la castaña.

-¿Cómo puede ser posible? Siempre fui Romeo para ella… Lo sé- aseguró Arnold, pero justo cuando los labios de Marcy se separaron, su mirada se desvió a la columna detrás del rubio.

-¿Necesitas algo?- preguntó aparentemente la castaña, continuando con la mirada fija detrás de él y haciéndolo voltear para ver a quién le hablaba. Se encontró con un rubio de cabellos ensortijados y anteojos redondos.

-En realidad, sólo buscaba la estancia, debo reunirme con Brian- se excusó apenado.

-¿Ya llegó Brian? Debo hablar con él- Arnold miró con una disculpa escrita en su rostro a Marcy.

-Descuida. Otro día continuamos esta conversación- aunque la castaña dudaba que aquello fuera cierto.

Y así, ambos rubios se dirigieron a encontrarse con su amigo castaño, que ya no estaba en la estancia.

Rhonda entró en casa, seguida por Rex, y sin saberlo, Phoebe, Park, Harold y Stinky. Escucharon que alguien gritaba pidiendo que llamaran a una ambulancia en el piso de arriba, y se apresuraron a subir.

Rhonda fue la primera en entrar a la habitación que le había concedido a Lorenzo…

Miró con palpitante horror la escena…

La alfombra persa que su padre le había obsequiado como regalo de aniversario a su madre hacía unos cinco años, tenía una mancha que sólo crecía, en su color favorito…

Rojo sangre.

Y en medio de la mancha… tumbado… sin moverse… como si no hubiese vida en su cuerpo…

Estaba Lorenzo.

Brian y Arnold parecían intentar, infructuosamente, detener la hemorragia. A su derecha, Robert hablaba con emergencias, y detrás de ella los gritos y las exclamaciones de asombro se escuchaban como segundo plano en su mente, que se ocupaba en revivir la sensación de ser bañada en el mismo líquido vital que perdía su mejor amigo y el ácido sabor de la bilis le subió por la garganta. ¿Qué estaba pasando?

Un parpadeo después, fue capaz de dar respuesta a esa pregunta, al fondo, Curly se alzó de entre las sillas que se habían volcado sobre él…

De pronto, Rhonda ya había cruzado la habitación y una marca roja refulgía en la mejilla derecha del chico.

-¡Qué hiciste!- le gritó, enardecida… los oídos le zumbaban, no escuchaba otra cosa que no fuera ese maldito zumbido…

-¡Lo que juré que haría!- como flashes, los recuerdos de la espantosa noche de su baile de graduación aparecieron tras sus párpados… La frase "Esto sólo es una advertencia, al próximo que se atreva a estar con ella, lo mato" con la odiosa voz del demente que tenía en frente que ahora la aprisionaba entre sus brazos… -Te escuché… te vi… con él… No podía soportarlo, tú eres mía, me perteneces- Rhonda forcejeó para soltarse infructuosamente, lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas.

-¡Suéltala maldito loco!- le gritó Harold intentando acercarse, pero ante la incredulidad de los presentes, Curly sacó un arma y la apuntó al chico.

-¡No!- gritó el demente, pasando el arma de un presente a otro –Ella se reía, se vestía para él, intentaba seducirlo, ¡estuvo encerrada en esta misma habitación con él por horas!- Harold palideció ante el desequilibrado sinsentido del sujeto –No me la quitarán… no de nuevo, ¡Ella me pertenece!- aferró aún más a la chica, que se mantenía inmóvil, aterrada de que Harold tuviera también el mismo destino que Lorenzo.

-¡Es mentira!- replicó Harold –Ella no pudo haber hecho… ¿Rhonda?- Entonces lo vio en los ojos de la chica –No…- susurró.

Y fue en ese momento que un disparó retumbó entre las cuatro paredes de aquella habitación, marcando para todos los presentes un antes y un después en sus vidas.