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Capítulo 18

Londres, Palacio de Westminster.

Ricardo Plantagenet había tomado las riendas del asunto. Hacía poco tiempo que había sido liberado de las garras de Enrique de Alemania. Leonor de Aquitania, su madre, había luchado persistentemente para obtener su liberación. Tras dos años de angustioso cautiverio y de pagar una cuantiosa suma como rescate de más de treinta mil kilos de plata fina —el equivalente a cien mil marcos—, había regresado a Inglaterra. Ricardo miraba fijamente a su hermano Juan con una frialdad en sus ojos que producía temor si no se le conocía lo suficiente.

—¿Cómo pudiste ser tan estúpido?

El príncipe Juan siguió mirando a su hermano mayor con descaro.

—Nosotros no tenemos la heredera, Alfonso no podrá objetar nada.

—¿Mandaste a sir Roger a Verdial? No puedo entender tu temeridad intencionada.

—Guillermo pretende casarla con Felipe; no nos interesa una alianza entre Castilla y Francia.

Ricardo no tenía acceso a esa información y se sorprendió.

—Debiste dejar que esa cuestión la resolvieran ellos, y más cuando no sabes si realmente es hija de Guillermo. Tu actuación me ha puesto en una situación peligrosa y difícil.

—Castilla no puede reclamarnos nada.

Ricardo saltó sobre su hermano con furia desmedida y le increpó duramente:

—¡Dios bendito! ¿Has perdido el juicio? —Juan Plantagenet alzó las cejas insolente. Ricardo continuó—: Tengo que dar explicaciones de tu actitud no solo al rey Alfonso de Castilla sino también al rey de León, y don Juan, conde de Verdial, está en negociaciones con el rey de Navarra y Aragón. ¿Acaso crees, estúpido, que estoy en posición de hacerles frente? ¿Tendría que luchar contra mi cuñado y mi hermana por la sencilla razón de que no piensas antes de actuar?

El príncipe Juan se resintió por las palabras secas y lo miró con desdén.

—Ya te he dicho, Ricardo, que yo no tengo a la heredera. Tenía intención de alejarla de Guillermo y sus aspiraciones a ser el suegro del rey de Francia.

—Mandaste tus secuaces a Toledo... ¿qué puedo pensar?

—Sir Roger se propasó en sus demandas, pero a la nieta de don Juan se la llevaron hombres de Guillermo, es lo único que sé.

Ricardo se mesó el pelo con rabia.

—Tendré que barrer Escocia hasta dar con ella, y que Dios se apiade de ti si la heredera no está con vida o ha sufrido algún daño.

—Yo la buscaré.

—¡Ni lo sueñes! Te quiero lo más lejos de este asunto. Ya has enredado bastante la situación como para que ahora puedas hacer algo —Ricardo suspiró cansado—. Tengo que apaciguar a... ¡maldita sea! El padre de la muchacha es amigo mío, luchamos juntos en Mesina. No puedo creer esta perfidia.

Ricardo abandonó la sala estrepitosamente. La madre de ambos, Leonor, aprovechó la ocasión para introducirse de forma silenciosa. Don Juan no la oyó y se sobresaltó con disgusto cuando ella le habló. Se volvió con la mirada fiera.

—¿Crees que la encontrará?

El príncipe negó con la cabeza.

—Mi hermano no es capaz ni de encontrar a su propia esposa—calló—. Lo único que debe preocuparnos es que consiga enfriar los ánimos de los castellanos... yo buscaré a la heredera.

—Debiste ser más cauteloso.

La crítica le molestó.

—¿Cómo podía imaginar que don Juan conocía a sir Roger?

—¿Crees que la carta es válida?

El príncipe Juan se paseó como una fiera enjaulada.

—De Leagan no tiene motivos para mentir.

Leonor se quedó durante un momento pensativa.

—¿Has sopesado la posibilidad de dejarlo todo como está?

El príncipe Juan la miró con ira en los ojos.

—Tú y tus malditas alianzas.

Leonor no se molestó por el insulto.

—Sería un instrumento valioso en mis manos.

—¡No lo pienses siquiera!

CONTINUARA