CAPÍTULO 18

—MILADY, el rey solicita una audiencia con vos.

Candy temblaba de miedo cuando Dorothy mantuvo la puerta abierta para que ella pasara. El rey había llegado esa misma mañana, y sabía que sería sólo cuestión de tiempo que la convocase.

Aun así, la aterrorizaba enfrentarse a él.

—Valor, milady —susurró Dorothy, colocando una mano sobre su hombro.

Candy le agradeció el gesto y le dio unas palmaditas en la mano.

Inspirando profundamente para infundirse valor, se obligó a salir de sus aposentos para bajar las escaleras que la conducirían al salón de su padre, donde Enrique la esperaba.

Los guardias del rey y algunos de sus cortesanos merodeaban cerca de las escaleras. Sus sirvientes se esforzaban por ofrecerles comida y bebida mientras los sabuesos vagabundeaban entre sus piernas.

Para su espanto, todos los ojos se volvieron hacia ella cuando descendió el último escalón, y un abrumador silencio se instaló en la sala.

Candy estiró la mano para acariciar el broche de Terry que llevaba prendido en la capa, tratando de que le traspasara algo del coraje del hombre. Se le había partido el corazón cuando Dorothy lo trajo de vuelta. Pero a medida que pasaron los meses, había empezado a ponérselo en recuerdo del maravilloso día que habían pasado.

Y ahora, más que nunca, necesitaba esos recuerdos.

Cuando se acercaba al grupo, los cortesanos juntaron sus cabezas para cuchichear, y ella alcanzó a oír algunas cosas terribles.

—No creo que sea lo bastante hermosa como para merecer la muerte de un campeón —dijo una de las más crueles damas de compañía de la reina cuando pasaba junto a ella.

—Y yo que siempre había creído que Grandchester prefería la compañía de su escudero... —dijo uno de los hombres.

—¡Mejor que yo, que pensaba que prefería a su hermano!

Se escucharon fuertes carcajadas.

Candy se ruborizó, dirigiendo una atrevida y furiosa mirada a los que se estaban burlando de ella y de su lord.

Ellos apartaron la mirada, con el rostro lleno de vergüenza.

Como nunca había sido de las que se dejaba intimidar, Candy mantuvo la cabeza en alto.

—Reíd, si lo consideráis oportuno —les dijo—. Pero incluso la yema del dedo de Lord Grandchester vale más que todas vuestras señorías juntas. Y ya que estamos, me gustaría añadir que ninguno de los aquí presentes sería lo bastante valiente para mirarlo a la cara, y mucho menos para repetir esas palabras delante de él.

Ellos intercambiaron una mirada que le hizo pensar a Candy que había acertado plenamente.

Su padre apareció entre la muchedumbre y asintió con aprobación cuando se unió a ella. La besó en la frente y colocó la mano de ella sobre su antebrazo.

—Que nunca se diga que mi hija no es la mujer más valiente de la Cristiandad —le susurró.

Para él era fácil decirlo, ya que no tenía ni idea de lo mucho que le temblaban las rodillas, o del nudo que tenía en el estómago.

Palmeándole la mano para darle fuerzas, su padre la guió a través del salón hacia donde esperaba el rey.

Candy vio a Enrique al instante. Un hombre alto con el pelo rojo, era difícil pasarlo por alto. Había esperado que estuviese sentado, pero, sin embargo, se paseaba de un lado a otro de la habitación con las manos enlazadas a la espalda.

Ella realizó en una pronunciada reverencia cuando, finalmente, él se percató de su presencia.

—Mirad lo que ha hecho ese hombre —espetó su padre, señalado su abultado vientre.

Enrique entrecerró los ojos al contemplar su barriga, que sólo recientemente había comenzado a demostrar su condición. Candy colocó las manos sobre el vientre protectoramente.

—Dejadnos —ordenó Enrique—. Nos deseamos dirigirnos a la dama en privado.

Su padre asintió y la dejó a solas con el rey.

Candy entrelazó las manos, que estaban heladas, y mantuvo la mirada clavada en el suelo.

Enrique se acercó, deteniéndose justo enfrente de ella.

—Sois una muchacha atractiva. ¿Acaso fuimos desconsiderados al colocaros bajo la protección de Terry?

—Majestad, yo...

—¿Es que os hemos ordenado que hablarais? —gruñó él.

Candy tragó saliva por el miedo, y cerró rápidamente la boca.

—De modo que —continuó Enrique— sois capaz de acatar órdenes.

Ella asintió mientras observaba los zapatos dorados del rey.

—Bien —se quedó callado durante varios minutos, en los que el corazón de Candy casi se salía del pecho. Cuando habló de nuevo, su voz sonó adusta y furiosa, y sus ojos la observaron con malicia—. Ahora, contestad sí o no. ¿Es Terry el padre de vuestro hijo?

Ella se mordió los labios, negándose a responder. Si no podía explicarse, no añadiría una palabra más que pudiese condenar al hombre al que amaba.

La mirada llena de ira del rey la dejó sin respiración.

—¿Estáis poniendo a prueba nuestra paciencia? —preguntó Enrique, con un tono de voz incluso más amenazante que antes.

—No, Majestad.

—Entonces responded nuestra pregunta.

Candy creyó que se desmayaría de lo nerviosa que estaba mientras el silencio parecía dilatarse interminablemente.

El rey echaba fuego por los ojos.

—¿Por qué os negáis a contestar?

Las lágrimas se derramaban por las mejillas de Candy cuando alzó la cabeza.

—No puedo hacerlo.

Enrique frunció el entrecejo.

—Acabad con eso ahora mismo. Nos despreciamos las lágrimas—le tendió un pañuelo—. ¡Por el amor de San Pedro, enjugaos los ojos!

Ella hizo lo que le ordenaban.

Suavizando la mirada, el rey añadió:

—Ahora decidnos lo que ocurrió mientras estabais bajo la custodia de Terry.

Candy inspiró profunda y lentamente, y comenzó a narrarle a Enrique toda la historia sobre cómo se había sentido desde el primer momento en que vio a Terry, hasta el momento en que perdió la virginidad.

Hizo todo lo que pudo para no avergonzarse, pero quería ser franca con el rey. Quería que perdonara a Terry.

—De modo que ya veis, Majestad, no fue culpa suya —dijo, alzando la mirada hacia él—. Terry trató de resistirse, pero yo no se lo permití. Si alguien tiene la culpa, soy yo.

La mirada fija de Enrique hubiese rivalizado con el propio invierno por su frialdad.

—Terry sabe mejor que nadie lo que nos hacemos con aquéllos que nos traicionan.

—Pero Majestad, os lo suplico, él es vuestro fiel servidor. Os ha servido durante toda su vida.

—Suficiente —dijo él, interrumpiéndola y aterrorizándola con su tono áspero—. Habláis de sus servicios como si supierais mucho sobre ello. Y, conociendo a Terry como lo conozco, encontramos eso muy difícil de creer. Decidnos, ¿os ha hablado Terry alguna vez de cómo entró a formar parte del servicio a la corona?

Ella negó con la cabeza.

La frialdad desapareció de sus ojos cuando comenzó a hablar de Terry.

—No llegaría al metro y medio de altura cuando lo conocimos. ¿Sabéis por qué?

—No, Majestad.

Enrique empezó a pasearse de un lado a otro antes de continuar con su historia.

—Nos habíamos estado reuniendo las tropas en Francia para luchar contra Esteban, cuando contemplamos su entrenamiento por casualidad —se interrumpió un momento, como si estuviese recordando el evento—. Terry luchaba como un león, y nos presenciamos asombrados cómo consiguió desarmar a su señor. Supe en ese instante que estaba observando a un muchacho que llegaría a ser invencible en la batalla.

Candy arqueó una ceja al notar el desliz de Enrique al referirse a sí mismo en singular. Pero, sabiamente, mantuvo cerrada la boca, y él siguió hablando.

—Sabiendo que el chico se convertiría un día en un renombrado caballero, acepté el voto de fidelidad de Miles de Poitiers y de su escudero. Miles nos sirvió bien, y cayó en la batalla por Arundel.

El rostro de Enrique parecía en trance mientras recordaba el suceso.

—Nunca olvidaré aquel momento —dijo con voz calma y reflexiva—. Me giré justo a tiempo para ver a Richard de Grandchester abalanzarse sobre mí con la espada en alto. Suelen decir que la vida pasa ante tus ojos cuando estás a punto de morir. Y es cierto. La vi claramente. Y, mientras me preparaba para recibir la estocada que significaría mi muerte, apareció de la nada el escudero de Miles.

Enrique meneó la cabeza, como si le resultara difícil aceptar lo ocurrido ese día, incluso tantos años después.

—Terry cogió a Richard por la cintura y ambos rodaron por el suelo, alejándose de mí. Lucharon con tal odio y habilidad que yo no podía apartar mis ojos de ellos.

»Richard hirió al muchacho y se colocó para dar el golpe de gracia pero, de algún modo, Terry logró ponerse en pie, a pesar de que tenía una herida en el vientre que habría matado a la mayoría de los hombres.

Candy apretó los dientes al recordar la larga cicatriz que se extendía cerca de su ombligo.

Enrique frunció el ceño.

—Cuando Richard extendió su espada, Terry le dio un golpe directo a la mandíbula e insertó la espada en el cuerpo de Richard. Éste soltó una despiadada carcajada mientras se tambaleaba hacia atrás. Le dio unas palmaditas a Terry en el hombro —Enrique la miró a los ojos—. ¿Sabéis lo que le dijo a Terry entonces?

Candy sacudió la cabeza.

—«Al fin has conseguido que me sienta orgulloso de ti, cerebro de escarabajo. Hoy al fin puedo admitir que eres el hijo de mi sangre. Porque únicamente mi hijo sería capaz de matarme».

Un escalofrío la recorrió de arriba abajo al imaginar lo que Terry debió haber sentido.

—Jamás podré olvidar ese momento —susurró Enrique, con los ojos oscuros y atormentados—. Ni la expresión del rostro de Terry. Aceptó aquellas palabras como si no le sorprendieran en absoluto. Yo, por el contrario, estaba atónito. No podía concebir el hecho de que un padre le dijera algo tan brutal a su hijo en el momento de su muerte. Entonces, Terry se volvió hacia mí y me tendió la espada de su padre, jurándome su inquebrantable fidelidad. Lo nombré caballero en ese mismo lugar y, ni una vez desde aquel día, ha hecho nada que me hiciese cuestionarme su lealtad.

Su mirada reflejaba la misma ira del infierno.

—Hasta ahora.

Candy sentía el escozor de las lágrimas tras los párpados, pero las contuvo.

Él la recorrió de arriba abajo con una gélida mirada.

—Nos no podemos evitar preguntarnos qué es lo que ha conseguido que un hombre tan leal olvidara su juramento. ¿Qué decís vos, señora? ¿Podéis darnos alguna razón por la que nos deberíamos perdonarle la vida?

—Sí —contestó ella, mirando a Enrique a los ojos—. La razón más importante de todas, sire... el amor.

El rey parpadeó, incrédulo.

—¿El amor?

—Sí, Majestad. Nos amamos el uno al otro.

Él resopló con escepticismo.

—¿Terry enamorado? ¿Esperáis sinceramente que nos creamos una cosa semejante? Como vos misma señalasteis, nos lo conocemos prácticamente de toda la vida. Jamás hemos sido testigos de una acción suya que no haya sido resultado de una serena y premeditada deliberación. ¿Y ahora nos ofrecéis esa pobre excusa para su traición?

—Pero es la verdad, Majestad.

Enrique rió amargamente.

—Nos creemos que vos lo amáis; las mujeres son muy propensas a tales emociones románticas. Pero Terry es un guerrero hasta la médula. Nos encontramos imposible de creer que sienta algo así. No —dijo decididamente—. Tendremos que castigarlo de la manera que prometimos hacerlo si él os tocaba.

—¿Y cuál será ese castigo, sire?

Enrique arqueó una ceja por la sorpresa.

—¿Él no os dijo cuál sería el precio a pagar por vuestra virginidad?

—No.

—Cuando llegue la mañana, será colgado, arrastrado y descuartizado por traición.

Candy se sintió como si le hubiesen dado un puñetazo. De hecho, no sabía muy bien cómo conseguía seguir en pie, porque se le doblaban las rodillas y le temblaban las piernas de miedo.

—¡No! —jadeó—. ¡No podéis estar hablando en serio!

Con el rostro inexpresivo, el rey asintió.

—Terry sabía cuáles serían las consecuencias —dijo Enrique con frialdad.

Candy cerró los ojos y se esforzó por respirar.

—Por favor, Majestad —rogó ella—. Haced lo que queráis conmigo, pero no le hagáis daño. Os lo suplico. No cuando todo ha sido culpa mía.

Pero él no dijo nada.

Candy dio rienda suelta a su agonía, y cayó sobre sus rodillas, llorando de desesperación.

—¿Qué es lo que he hecho? —preguntó, deseando no haber planeado jamás seducir a Terry.

—Levantaos, señora.

Candy se enjugó las lágrimas y se mordió los labios para evitar que temblaran antes de ponerse en pie.

Esta vez, pudo contemplar un ligero ablandamiento de la expresión de Enrique mientras éste la contemplaba atentamente.

—¿De veras lo amáis?

—Sí, Majestad. Más que a mi vida.

Enrique consideró sus palabras durante un instante y empezó a pasearse de nuevo de un lado a otro.

—¿Estáis al tanto de las acusaciones de vuestro padre con respecto a las actividades de Terry?

—Sí, Majestad, pero sé que Terry no lo hizo.

—¿Y cómo lo sabéis?

—Estaba con él la noche que Keswyk fue atacado.

—¿Podéis probarlo?

Ella se miró el vientre.

Enrique rió con sorna.

—Sí, os creemos.

Durante varios minutos, él siguió paseando en silencio mientras ella se retorcía las manos, aterrada al pensar lo que podría decirle a ella, o hacerle a Terry.

Justo cuando ya estaba segura de que sus nervios no podrían seguir aguantando el repiqueteo de los zapatos de Enrique sobre el empedrado del suelo, él habló.

—Muy bien, milady, nos os diremos lo siguiente: vuestro amor por Terry es patente. Si cuando llegue mañana, nos vemos pruebas de que él también os ama, y de que ha sido su amor por vos lo que ha motivado que nos traicione, nos podríamos decantarnos por la misericordia.

Candy lo miró, llena de esperanza.

—Pero —avisó Enrique, con rostro severo— si no vemos nada de eso y Terry demuestra no haber hecho otra cosa más que usaros mientras estuvisteis bajo su cuidado, nos ejecutaremos su castigo completa y rápidamente. ¿Queda claro?

—Sí, Majestad.

—Ahora, dejadnos.

Candy le hizo una reverencia y se alejó del rey caminando hacia atrás.

Una vez las puertas del salón estuvieron cerradas, ella suspiró de alivio.

¡Había una oportunidad! No era más que una pequeña oportunidad, pero era algo a lo que aferrarse.

Seguro que Terry la...

Candy detuvo el pensamiento a medida que la realidad se abría paso en su mente.

Señor, ¿se estaba engañando? Terry era un hombre hecho de hierro. Jamás demostraba sus sentimientos, y, con toda probabilidad, atravesaría las puertas estoicamente para aceptar su castigo sin ni siquiera dirigirle una mirada.

Candy puso una mano sobre el vientre y sobre la vida que allí crecía.

—Por favor —rezó en voz baja—. Quiero tener un padre para mi bebé.

CONTINUARA