Volvamos algunos años atrás doncellas y caballeros...
El niño no dejaba de aprender, ya con casi doce años fue apadrinado con un noble que era conocido por entrenar a los futuros caballeros y a la realeza, así es, ese tipo tenía una colosal reputación.
— ¡Oh mi niño! Ya te armarán caballero—le decía la princesa Paigeda con cierta tristeza.
— Princesa mía, solo estaré fuera un par de años, volveré y cuando lo haga contraeremos nupcias como lo dijimos aquel día—le tomaba la mano mientras le acariciaba su rostro.
— Prométeme que cuando regreses me cantarás los mejores versos que aprendas y me deslumbrarás con tu trato caballeresco—lo dijo dándole un beso en sus labios.
— Te lo prometo Paige, volveré hecho un hombre—le devolvió el beso.
La princesa Paige volvía a sentirse mal, su enfermedad que la postraba en cama durante largos periodos regresaba después de casi un año, rogaba que eso no le impida ver volver a su amado.
El niño tenía Feen que al volver sería el orgullo del rey, pediría la mano de su "hermana" como correspondía y el poder buscar a su familia.
El chico fue llevado a las tierras de ese noble por aquel hombre que lideraba a la escolta que lo llevó aquella vez al castillo.
— Niño, espero que vuelvas hecho un hombre de Fe, valor, templanza, generosidad, nobleza, humildad, defensa y justicia, esos son los ideales para el bienestar del reino, tu familia y contigo mismo, ese es el bien para todos, solo aquellos con un corazón despejado de todo mal regresaran hechos un soldado al servicio de Dios y de su creación, regresaran para hacer justicia en nombre de lo bueno sobre lo malo—le dijo unas palabras que no saldrían de su mente jamás.
El niño le agradeció todo esas palabras, el hombre solo sonrió y después de algunas horas llegaron a las tierras del noble que quedaban cerca a un gran río llamado el Thamer conocido por atravesar varios países y tener muchas salidas al mar.
El caballero no estaba solo dos niños de la edad del muchacho estaban con él, iba a entrenar a esos muchachos por diez años a más aproximadamente pues no iban a descansar hasta ser los mejores hombres de sus respectivos países y reinos.
El rey en su aposento estaba con expectativas altas, presentía que otra guerra comenzaría pronto y el niño iba a ser alguien vital en las filas de sus hombres.
La reina a pesar de que no se llevaba bien con el niño deseó dentro de sí misma que volviera hecho alguien digno de estar al lado de su familia y su reino.
Y en un mediano bote comenzaba la travesía para volverse un hombre al servicio de Dios, las buenas costumbres y junto con la sed y hambre de justicia para proteger a su reino y a su familia...
O algo así eran aquellos escenarios pasados.
El alquimista regresaba de traer hierbas y una orden que no quería acatar.
Entró y fue inmediatamente a su ese lugar donde le servía de experimentación, luego de preparar esa mezcla de hierbas y otros elementos, fue a preparar una sopa la cual debía contener la pócima del sueño.
— Yo debería hacerlo porque si no lo hago seré juzgado por la espada de esos hombres, pero esos jóvenes... Dios se apiade de vuestras almas y de la mía —comenzaba a vertir la pócima en esa sopa para darle a esos jóvenes que por unos momentos revivieron unos bellos recuerdos.
Subió al segundo nivel, a pasos lentos, entró al aposento donde esa párvula se encontraba al cuidado de sus padres que se denotaban una inmensa alegría al saber que se notaba una buena recuperación.
— Ya está aquí señor Flipkirn, aún no sé como agradecerle todo lo que ha hecho por mi pequeña—dijo con mucha gratitud.
— Buen alquimista, quiero agradecerle mucho por el buen trato a mi... hija, mi... esposo y a mí —le era difícil a veces fingir por tan exultante hecho.
— Gracias señor extraño, en verdad que usted es alguien asombroso, noble y de buen corazón —dijo la pequeña Lilythod al alquimista.
Solo los observaba dando a relucir una leve sonrisa, sabía que esa gratitud sería vana pues debía cumplir la imperativa palabra de esos hombres de la Capa Negra.
— Conde, condesa, niña, no... no es necesaria tanta gratitud, no merezco tanta —lo decía intentando no perder ese trazo alegre de su rostro.
Aquellos foráneos de esas tierras le dijeron que se merecía esas palabras y más. Era un dolor hacerle lo que le mandaron a esos jóvenes que por un breve tiempo le recordaron lo que tuvo en el pasado.
Les dijo que les tenía preparado una deliciosa sopa de hongos. Pero antes le dio la última mezcla que dejaría bien totalmente a Lilythod.
La pequeña bajó de la mano de su amiga la princesa Lolanord, Linkinton solo miraba como la princesa se notaba más alegre y menos preocupada.
La princesa tenía muchas cosas en su mente ahora mismo, estaba su familia real en su mente, estaba su reino y especialmente su prometido.
No lo decía pero pensaba en él, se decía que quizás debe estar sufriendo por no estar con ella, su amada.
Si bien Lolanord no siente aún ese amor por el príncipe Winston, sabe que es lo mejor que le puede pasar.
Es por eso que ella decidió ir a su reino, no tanto por creer que los otros lugares serían más peligrosos sino porque Winston le daba tranquilidad y se sentía protegida.
Winston tenía una fama de ser un príncipe con buenos modales, astucia y valentía.
Se contaban entre algunos de los guardias sus hazañas en el campo de batalla y demás ambientes.
Eso llamó la atención de los reyes de Woodsham, además de conseguir esa joven paz, un buen movimiento de parte de los reyes para poder tener de aliado a un reino que por siglos tuvo incontables guerras.
Esas historias la asombraban a la princesa y más el trato del príncipe hacia su persona.
Era alguien que se ganó los pensamientos de Lolanord desde que lo conoció, aunque no sabía que sentir, es cierto que lo conoció desde que tenía doce años, pero era difícil llamar amor a esos lazos que en sí los sentía a la fuerza... era lo correcto se decía siempre.
Por eso que olvidaba que en verdad no sabía si eso podría llegar a ser el verdadero amor y por eso en estos difíciles tiempos pensaba en el dando un suspiro.
El alquimista les dio un tazón a cada uno con unos cucharones de madera. Aceptaron gustosos y sorprendidos porque desde hace días solo les daba de un tazón para todos.
La primera en caer fue la princesa, luego Lilythod y por último Lincoln.
Flipkirn tomó a la niña y la bajo en sus brazos en ese lugar subterráneo que servía como lugar donde almacenar los inventos que eran de su hijo y donde llevaba algunos animales del bosque para experimentar.
Llevar a la condesa fue más difícil, dormida parecía que aumentaba su peso.
Al dejarlos a los tres en ese pequeña celda de allí, subió a buscar a sus equinos y colocar sus pertenencias de los chicos.
Tiró de las cuerdas de los caballos y los ató cerca a una puerta que quedaba atrás de su hogar.
Comenzó a colocar frascos con sustancias que parecían expandir el fuego.
Iba a tender una trampa a esos hombres que tantas penurias le han causado a él y las personas de otras tierras. Era algo sencillo, sabía que los hombres quieren las cosas de manera más rápida posible, son algo impacientes, llegarían al anochecer, perfecto para no ser vistos por otras personas, al tenerlos dentro con él y que los muchachos escaparan con un mecanismo que abre una salida de la celda desde adentro solo presionando esa piedra con figura de salamandra. No podía salir mal.
El hogar de los ángeles se cubrió de un manto tizne, piedras que brillaban en los cielos daban aviso que era hora de que se presentaran aquellos hombres con oscuras intensiones.
Al entrar y ver a las tres personas que buscaban estaban más que satisfechos, el rapto ya no iba a tener contratiempos. El momento en que todos bajaron esos escalones hasta estar al frente de la celda "selló" su suerte.
— ¡¿Qué intentas hacer anciano?!—le dijo el hombre llamado Jean Pierre.
— Lo que debí haber hecho hace mucho... muchachos os deseo lo mejor en su viaje y solo un leve empuje y saldréis—lo dijo con una gran sonrisa dirigida a los viajeros.
Todo ese lugar se envolvió en llamas, esas sustancias hicieron que ese lugar de una gran sacudida y todos estuvieran en el suelo adoloridos o inconscientes.
Linkinton se levantó como pudo, ayudó a la princesa que se había golpeado con los barrotes de metal, Lily solo se había golpeado su brazo izquierdo con las piedras.
— ¡¿Princesa?! ¿Se encuentra bien?—le dijo al verla sangrar de su sien derecha.
— Sí... solo un es algo superficial... ¿Dónde estás Lilythod?—dijo apenas recuperándose del golpe.
— Estoy bien... se siente demasiado calor, las llamas nos consumirán a todos —lo dijo muy asustada al notar que están encerrados.
— Flipkirn dijo un leve empuje... —no podía hablar más porque las llamas comenzaron a crecer.
Lolanord comprendió a lo que se refería el alquimista. En su castillo tenían lugares secretos a los cuales solo se accedían mediante un mecanismo secreto que podía ser mover un bloque de piedra, una escultura, una antorcha y más cosas.
La princesa comenzó a tocar el muro de piedra y notó una con la figura de una salamandra, la empujó hacia atrás.
Al realizar dicha acción, se formó unos escalones de piedra que ascendían a algún lugar.
Solo Linkinton volteó a ver y notó que el alquimista estaba tirado a un lado inconsciente por esa sacudida y las llamas que aumentaban y no dejaban respirar.
Era la parte trasera de la casa por donde salieron. Lolanord vio cerca a un árbol a Meredith, Benjamin y a la mula del alquimista atados juntos.
Al ir donde sus equinos notaron que sus pertenencias estaban allí.
Linkinton tomó rápidamente su bolso y empezó a buscar algo, Lilythod y Lolanord no entendían su apuro.
— ¡Lo tengo! Su majestad, Lilythod, si no salgo huyan, por favor huyan —les dijo y se fue corriendo al mismo lugar donde salieron.
— ¡Herrero! ¡No! —dijo la princesa al notar que regresaba, era una locura.
— ¡Hermanito! Las llamas están consumiendo todo el lugar, ¡Vuelve! —dijo con las pocas fuerzas que tenía.
El herrero bajó con algo en sus manos. Notó que al encerrarlos a ellos utilizó unas cadenas y un candado. Él tenía una pinza de sus herramientas de herrero, la cual servía a veces para romper otras cosas de metal.
Linkinton sabía que el alquimista seguía vivo, no podía dejarlo morir después de todo lo que hizo hasta el último momento.
Con su pinza comenzó a querer romper esas cadenas, era difícil con el calor que se sentía y las maderas en llamas cayendo. Lo hizo después de varios intentos.
No sé acercó rápido pues las llamas rodeaban todo, tuvo cautela, no obstante no disponía de mucho tiempo pues se notaba que ese lugar no iba a resistir más tiempo.
Corrió en el primer intento y llegó al lado de Flipkirn que estaba a un lado de los escalones que daban a la entrada de ese lugar.
— Señor Flipkirn si puede oírme por favor haga un esfuerzo para salir —lo dijo con dificultad pues el calor y no poder respirar lo debilitaban.
No respondía el anciano alquimista, se notaba que su inconsciencia era profunda.
El viejo alquimista no pesaba tanto pues comenzó a avanzar con lentitud pero mirando que no cayera nada de arriba. Cada paso era vital para no tener que toparse muy cerca del fuego.
Ya estaban cerca de la entrada de la celda cuando el pie de Linkinton fue tomado por alguien con fuerza. Dicha acción hizo que cayera golpeándose junto al viejo alquimista.
— Esto no ha terminado herrero... no debiste volver —no pudo hablar de más el hombre de nombre Jean Pierre.
Trató de levantarse pero no podía por tener algunas astillas incrustadas en su cuerpo producto de esa gran sacudida que provocó que esos hombres fueran heridos de distintas formas.
El hombre cogió del pie a Linkinton, eso aterró al joven herrero. Producto del susto, el herrero golpeó con fuerza a ese hombre con su pinza la cual se le fue de sus manos.
El hombre de la Capa Negra se movió adolorido hacia atrás, rodando por el suelo.
En ese instante cae un gran trozo de madera que separó a ellos de ese hombre de capa negra.
Linkinton estaba perdiendo la visión y sus fuerzas por la falta de aire en aquel lugar. Cuando ya no podía más es ayudado por la princesa Lolanord que regresó y le dio una mano.
— Arriba herrero, salgamos rápido —le dijo muy asustada pero dándole confianza.
— Como ordene su alteza —se sentía muy alegre y con algo más de fuerzas.
Lolanord ayudaba a Linkinton y él al alquimista para salir de allí. Al estar en un punto alejado vieron como el hogar del alquimista se hacía pedazos y las llamas lo consumían.
— Lilythod monta la mula de Flipkirn, necesito llevar al anciano en Benjamin, su majestad necesito que monte en Meredith, debemos seguir el sendero del bosque, no sabemos si hay más de ellos por el pueblo —dijo con su aliento recuperándose poco a poco.
Acataron lo que dijo Linkinton y se fueron de allí por un sendero que había al salir de la entrada secreta del hogar de Flipkirn y tomar el sendero que les dijo que debían tomar cuando se fueron pero al ser se noche tomaron un rumbo equivocado pero que igual los llevaba al noroeste.
Cabalgaron hasta donde los animales de cuatro patas dieran.
Lilythod estaba sorprendida por el valor que tuvo su hermano por segunda vez, la primera fue al lanzarse al río para salvar a la princesa aunque también se podría contar cuando se atrevió a dormir a esos hombres de la Capa Negra.
Luego de horas y horas de cabalgar llegaron a un lado donde se escuchaba correr el agua del río, pero en realidad estaban lejos de allí.
Pararon para que sus animales descansen y ellos piensen en cómo pasar más desapercibidos por ese país.
— Parece que Flipkirn no despertará rápido, princesa, Lilythod, debemos... —no pudo seguir hablando porque la princesa estaba llorando.
— Joven herrero... por favor... no vuelva a hacer eso... podría pedirnos ayuda a mí y a Lilythod... podía haber perecido en ese lugar... gracias a Dios que me armé de valor y los encontré a tiempo —dijo reprendiendo esa acción del herrero.
— Tiene razón princesa, tendré más cuidado para la próxima —en ese momento sintió mucha alegría al ser ayudado una vez más por la princesa.
— Hermanito ya no sé qué decirte, pero lo que hiciste fue tener valor, parece que el señor Flipkirn está bien aunque no despertará tan pronto —lo dijo con un rostro de orgullo y algo de alivio.
El caballo y la yegua estaban mirando a la pobre mulita que no estaba acostumbrada a ese galope que tomaron.
— Linkinton deberíamos seguir avanzando, esos tipos deben tener aliados que los busquen al apreciarce en el cielo esa fogata que es ahora el hogar del señor Flipkirn —agregó su pequeña hermana.
— Tienes razón nuestros rastros deben estar frescos, espero que lo que dijo el señor Flipkirn sea cierto —lo dijo mirando el sendero.
— ¿Qué espera herrero? —preguntó con curiosidad la princesa.
— Lo que dijo el alquimista, dijo que estos caminos suelen ser engañosos, ojalá que también les juegue eso en contra a ellos —dijo suspirando al final.
Sin decir una palabra más siguieron movilizándose caminando iluminados levemente con la luz de la luna y las estrellas.
En otro lugar alejado, la reina Lorian seguía movilizándose siempre en guardia con sus hombres por si los de la Capa Negra aparecen por allí.
Sir Dominick descansaba en los cuarteles del reino de los Zafiros, la reina Luaned y su esposo el rey Benjamin tomaban con calma esa noticia que los tomó desprevenidos.
Winston y Skipper fueron acompañados a sus aposentos y vigilados por dos guardias cada uno, era eso o seguir estando en la sala de interrogatorios.
Winston dijo que estaban muy equivocados, decía que el asesino estaba entre personas que no eran los guardias.
Los guardias hubieran ayudado a escapar a esos falsos hombres en lugar de matarlos. Era una buena deducción pero sin pruebas de ello eran palabras muertas en oídos.
La mañana estaba avanzando en todo los países dentro de ese territorio llamado "Britania" por los antepasados.
Avanzanban con paciencia, era raro que siguiera inconsciente el alquimista.
En un momento que los viajeros dejaron a sus equinos y Flipkirn a un lado para poder retirar esos arbustos y un tronco de árbol que no permitían el paso.
En solo unos segundos cayó Linkinton en un agujero, Lilythod fue colgada a un arbol y Lola quedó pegada al tronco.
— ¡Genial! Viajeros nuevos —dijo una voz entre los arbustos.
— Sí, eso es lo que parece —dijo otra voz que estaba cerca.
Linkinton, Lilythod y Lolanord no entendían nada, se dieron cuenta que alguien estaba cerca de ellos.
Flipkirn comenzó a dar indicios de querer despertar.
— ¡Señor Flipkirn despierte! ¡Nos están emboscando! —dijo la princesa que trataba de despegarse.
Flipkirn se despertó del todo, se sorprendió de donde esta y con quienes estaba.
— Pensé que vosotros os irían solos... solo puedo deciros gracias por ahora... ¡Oh no! Vosotras salgan de su escondite —dijo conmovido al saber que estaba vivo y luego cambió drásticamente a estar enojado.
De los arbustos salieron dos mujeres, se notaban jóvenes, no más edad que Lolanord y no menos que Lilythod.
— Hola viejo alquimista —dijo una muchacha de cabello negro, piel palida, atuendo corto que le cubría su pudor, braceras hechas de piel de felino.
— ¡Flipkirn! ¡Viejo amigo! —dijo una chica de cabello castaño, piel palida, el mismo atuendo que lo que variaba de la otra era que llevaba plumas en algunos mechones de su cabello.
— Las hermanas S-Phinx, ellos vienen conmigo —dijo dejándose de rodeos.
— Anciano, tú venías con ellos, además sabes como funciona esto —dijo S con algo de molestia.
— Flips, será divertido —dijo al chica de plumas en el cabello con una sonrisa.
— Chicos lo siento, tenéis que hacer lo que ellas os digan S y Phinx —dijo el alquimista sentándose sobre un tronco.
Las hermanas miraron a los tres viajeros como si eso fuera de todos los días.
— Esto es simple, al ser las guardias de estos caminos que son atajos, tenemos que cobrar una cuota, tienen una hora para resolver nuestros acertijos —dijo S con normalidad.
— Si no lo hacen en el tiempo dicho nos quedaremos con sus pertenencias, incluye animales, no podran pasar en un buen tiempo por este lugar y los devoraremos, eso último es mentira, solo me gusta divertirme con el susto que causa aquello —dijo Phinx riéndose al observar los rostros de miedo.
Ellas eran las hermanas S-Phinx, eran una de las tantas generaciones de guardianas que protegen los caminos que suelen ser atajos en el país del Bosque Encantado.
Era la forma de vivir de esa familia cuyos parientes vivían dispersos, solo tenían que resguardar ciertos lugares, se dice que su antepasada era una criatura o algo, al menos eso siempre dicen las lenguas.
— Primer acertijo para el hombre de lindos cabellos blancos, de noche llegan y no las llamaron, de día no están y no las robaron ¿Qué son? —dijo Phinx con alegría.
— Segundo acertijo para la pequeña rubia, me alegro con la primavera, en verano mi mejor ropaje saco, con el frío de despojo de él —dijo S con un tono normal.
— Tercer acertijo para la rubia grandota, ¿Qué resucita a los muertos, te lleva a la infancia y te hace llorar o reír? Es solo un instante y dura muchísimo tiempo —volvió a hablar la chica del plumaje en el cabello.
— En una hora deben resolverlo, estos caminos los cuidamos por generaciones, no pueden ser la excepción solo por Flipkirn —dijo con un tono serio S—. Está demás decir que si ayudan en un acertijo perderán una cosa por no dejar que lo resuelvan.
Linkinton estaba pensando, Lilythod también, sin embargo la princesa estaba muy molesta por eso que hacían.
— ¡Esto es una tontería! Suéltenme a mí y a mis subditos —dijo Lola de ofuscada.
Flipkirn escucha eso y se queda un poco sorprendido. Aunque algo le decía los tratos de ellos hacia ella en el tiempo que convivieron en su casa. Linkinton se dio cuenta.
— Señor Flipkirn, le prometo que le contaremos la verdad, pero primero espere que salgamos de esta artimaña —dijo con una sonrisa que se borraba al darse cuenta que no tenía la más mínima idea de ello.
Los minutos pasaban allí, en tanto las hermanas S-Phinx jugaban con Meredith, Benjamin y la mula de Flipkirn.
No estaban listos para ello, el viejo alquimista analizando poco se dio cuenta que seguro al escapar rápido no diferenciaron bien el camino que le dijo al conde.
— Es las estrellas, es eso, debe ser eso —dijo el herrero.
— ¿Por qué? —le dijo S.
— Las estrellas salen al terminar el día y se van al finiquitar la noche, ¿No es así? —le respondió con un razonamiento bueno.
— Correcto, súbelo Phinx —dijo eso y en el instante la hermana le lanza una cuerda.
Lilythod estaba muy asustada de no poder resolver eso, pero al escuchar y ver que su hermano se libro de esa, puso a trabajar a toda su cabeza. Los minutos seguían pasando.
— El arbol, un arbol, eso debe ser —dijo alegre al niña—. El cambio se refiere a las estaciones y como afecta a su figura.
— Desátala con cuidado, bajala antes —le dio la orden S.
Phinx lo hizo y la niña se sentó a darle animos a su amiga de la realeza. La princesa se notaba molesta por eso, ¿Cómo se atrevían a hacer eso a los viajeros.
— Su majestad, solo piense en ese acertijo, deje el enojo a parte —le dijo la pequeña Lilythod.
— Lo sé, lo sé —respondió con enojo.
Ya quedaban pocos minutos para culminar y no hallaba respuesta a eso. Realmente estar enojada le quitó mucho tiempo para pensar. Ya faltaba un minuto.
— ¡Princesa usted puede! —decía Lilythod tratando de animar hasta el último.
— Ya decía que vuestros modales eran muy refinados "su majestad" —dijo el alquimista con algo de gracia.
Linkinton no decía nada, no quería distraerla, pero eso afectaba a la princesa porque ella pensaba que el herrero perdía las esperanzas en ella. En verdad esperaba una frase de apoyo por parte de su amigo herrero.
— Son los recuerdos... —lo dijo vagamente.
— Explíquese muchacha —dijo Phinx con una sonrisa.
— Pues ellos te llevan a momentos que no se pueden realizar otra vez, sin embargo el recuerdo te ayuda a vivirlos una y otra vez —lo dijo triste.
La respuesta la obtuvo al pensar en su madre, ella revivía a esas prematuras almas que alguna vez estuvieron en su brazo con su recuerdo.
— Despégala del tronco, lo hicieron muchachos, pueden irse, solo les diremos una cosa, no somos las únicas —dijo S de manera seria.
— Tenemos otros familiares que resguardan algunos lugares, aunque sus metodos para proteger determinado lugares varían, les deseamos suerte a ustedes y al viejo, pueden irse —lo dijo con una gran sonrisa y devolviéndoles sus sacos con sus cosas junto a sus compañeros de cuatro patas.
Al estar despegada la princesa, recibió un cálido abrazo del herrero, se sentía feliz porque la princesa resolvió en último momento ese acertijo. Ella le correspondió de la misma manera.
— Bueno, gracias hermanas S-Phinx, espero volveros a ver en otra ocasión —dijo alegre el alquimista.
— Igualmente a ti y a los tres viajeros —dijeron al unísono las hermanas.
Se pusieron en marcha, Lily se despidió con una gran sonrisa de esas muchachas extrañas, Lolanord no las miró, Linkinton se despidió por ella.
Ahora tenían que contarle la verdad al alquimista pues ya había probado ser de confianza, además le debían la vida...
