Milady,
Ayer fue un día muy, pero que muy complicado. Así que prepárate para una entrada larga y acomódate en un sofá con una manta y un chocolate caliente, porque me va a llevar un tiempo explicarlo todo.
Por la mañana, como ya te conté, M. no vino a clase porque había roto con Lk. y no se encontraba bien. Y L. se dedicó a decir por ahí que M. había tomado la decisión de dejar a Lk. porque K. y yo ya no estábamos juntos. Cosa que es mentira. (Es decir, es verdad que ya no estamos juntos, pero es mentira que Lk. y M. cortaran por eso, porque M. no lo sabía).
Por la tarde fui yo quien no asistió al colegio porque tenía un compromiso de trabajo. Cuando estoy trabajando no puedo atender al teléfono, así que no pude llamar a M. ni a Lk., ni me enteré de nada de lo que estaba pasando entre mis compañeros hasta que, en un descanso, recibí un mensaje de mi amigo N.
"Oye, tío, corren rumores de que lo tuyo con K. se ha acabado. ¿Es verdad?".
Suspiré y respondí:
"Sí, lo dejamos hace unos días. Siento no habértelo comentado antes. No tenía ganas de hablar del tema".
"No pasa nada. Lo siento mucho, tío."
"Sí, yo también. Pero así son las cosas".
No tuve tiempo de seguir chateando con él porque la sesión aún no había terminado. Y se alargó bastante, así que no pude volver a consultar el teléfono hasta mucho más tarde.
Me sorprendió, sin embargo, no tener ningún mensaje ni llamada perdida de nadie. Me pregunté qué habría pasado con M., si se encontraba mejor y si A. había acudido a visitarla al final. También me extrañó que N. no me hubiese llamado para hablar del asunto de K.
Pero en aquel momento no le concedí importancia.
Al llegar a casa decidí llamar a Lk., porque aún no sabía cómo enfocar mi conversación con M., y porque todavía faltaba un rato para que pudiese escaparme como Cat Noir sin que nadie se diese cuenta. Pensé que si no tenía ganas de hablar simplemente se limitaría a ignorar la llamada, pero respondió enseguida.
–Hola, AlterEgodeCatNoir, ¿qué pasa?
–Hola, Lk. Me he enterado por A. que M. y tú ya no estáis juntos, ¿qué ha pasado? Si te apetece hablar de ello, claro. Si no, no pasa nada, lo entiendo perfectamente.
–No, no, es igual. –Respiró hondo–. Lo que ha pasado es que M. empezó a salir conmigo sin estar del todo segura. Los dos pensábamos que sus sentimientos se harían más profundos con el tiempo, pero... no ha sido así.
–Lo siento mucho –murmuré–. Nunca lo habría imaginado. Yo estaba seguro de que M. estaba muy enamorada de ti.
–¿En serio? –soltó él, sorprendido–. ¿Cómo...? ¿De verdad que en ningún momento sospechaste...?
Se mordió la lengua antes de terminar la frase, y me contuve para no subirme por las paredes de frustración.
–¿Sospeché el qué? –lo presioné.
Suspiró.
–M. estaba muy enamorada de otro chico –respondió por fin–, antes de empezar a salir conmigo. Pero la cosa no salió bien, y supongo que ella no lo ha olvidado del todo.
Y por fin otra pieza encajó en su lugar.
Todo lo que le había dicho a M. como Cat Noir... sobre el hecho de que yo había empezado a salir con K. sin haberte olvidado del todo, que no la quería a ella de la misma manera que a ti, milady... debió de haber despertado en M. recuerdos de aquel primer amor, y sin duda había precipitado su decisión de cortar con Lk.
¿Cómo he podido fastidiar tanto las cosas entre ellos? Y lo peor es que, por muy culpable que me sienta, no se lo puedo decir, porque ninguno de los dos sabe que yo soy Cat Noir.
–No lo sabía –murmuré–. Lo siento mucho, me parecía... desde el día en que fuimos los cuatro a patinar a la pista de hielo he estado seguro de que tú le gustabas un montón. No tenía ni idea de que había otra persona.
Tuve la sensación de que sonreía al otro lado del teléfono, pero no hizo ningún comentario.
Y justo entonces recordé...
Recordé la vez que M. se lanzó a los brazos de Cat Noir y confesó que estaba enamorada de él. Entonces su padre nos vio y pensó que estábamos juntos y me invitó a almorzar, y fue de lejos el almuerzo más incómodo al que he asistido en mucho tiempo (y sé bastantes cosas acerca de almuerzos incómodos). Porque tuve que decirle a M. delante de su familia que mi corazón te pertenecía a ti, milady, y que, por tanto, no podía corresponderla.
Pensaba que habíamos aclarado aquel asunto y que M. había aceptado que seríamos solamente amigos, porque además siguió viéndose con Lk hasta que finalmente empezaron a salir, pero... ¿y si todavía está enamorada de Cat Noir? ¿Cómo debió de sentarle todo lo que le conté la otra noche, cuando le confesé que había estado saliendo con otra chica aunque seguía loco por ti?
Con M. me pasa algo extraño, y es que tengo la sensación de que, cuanto más intento acercarme a ella, cuanto más trato de estar ahí para ella, de ayudarla si lo necesita, de ser su amigo... más lo fastidio todo. Y ahora que he descubierto que está atravesando una época difícil mi única esperanza era que su relación con Lk. la ayudase a levantar cabeza, ya que yo no podía hacer nada por ella. Si, por las razones que sean, he estropeado eso también... no me lo perdonaría nunca, milady.
–No pasa nada –dijo entonces Lk.–. La vida es así, a veces tardamos un poco en encontrar la melodía que...
Se interrumpió de pronto y oí un golpe al otro lado del teléfono.
–¿Lk.? –lo llamé, inquieto–. Lk., ¿qué pasa?
No respondió, pero oí su voz a lo lejos.
–¡Jk.! –exclamó–. Oh, no, ¿qué te ha pasado?
Y la respuesta de su hermana me provocó un escalofrío:
–Ya no soy Jk... Soy Vindikta, pero no tengas miedo, porque estoy aquí para vengar tu corazón roto.
Ya me había puesto en pie de un salto cuando oí que Lk. me llamaba a través del teléfono:
–¿Sigues ahí? ¡Pide ayuda, por favor! ¡Mi hermana ha sido akumatizada!
Momentos más tarde corría por los tejados transformado en Cat Noir. Te llamé con urgencia, pero me saltó el buzón de voz.
–¡Ladybug, tenemos un nuevo akuma! –exclamé–. Ha sido avistado en el barco de la familia C., pero tengo razones para pensar que se dirige a la casa de los D-C., ¡y que M. está en peligro! ¡Reúnete conmigo allí cuanto antes!
Poco después aterrizaba en el balcón de M. Llamé a la ventana, pero ella no respondió. Las luces estaban apagadas.
–¿Buscas a alguien, gatito? –dijo entonces una voz a mi espalda.
Me di la vuelta y allí estaba Vindikta.
No es la primera vez que Jk. resulta akumatizada, pero en las otras ocasiones su versión villana era... digamos que llamativa (de acuerdo, iba más emperifollada que un árbol de navidad, pero en cierto modo tenía su gracia. Otro día te lo contaré con más calma). Sin embargo, como Vindikta era todo lo contrario. Iba toda vestida de negro, y el único toque de color que adornaba su traje eran varias líneas de color rojo que recorrían su pecho y su espalda como regueros de sangre. Llevaba el cabello suelto, también negro y rojo, y su rostro estaba completamente cubierto por una máscara lisa y plateada que parecía un espejo.
–¿Qué has hecho con M.? –pregunté.
–Esperaba que pudieses decírmelo tú.
Me atacó con una larga espada de samurái, y salté a un lado para esquivar el golpe.
–¿Dónde has escondido a esa bruja cruel y mentirosa? –exigió saber Vindikta–. ¡Tiene que pagar por todo el mal que ha causado!
Enarbolé mi bastón para responder a sus ataques.
–¡M. no tiene la culpa de nada! –repliqué–. A veces las relaciones no salen bien, las parejas se rompen y las personas siguen con su vida, ¡eso es todo!
Vindikta se rió con sarcasmo.
–Y a veces hay gente que miente y manipula para conseguir lo que quiere –respondió–, y si tienen que pisotear corazones a su paso, lo harán sin dudar.
–¡M. no es así! –grité.
–M. ha estado utilizando a mi hermano y se ha librado de él en cuanto le ha convenido. Pagará por ello.
Luchamos unos instantes sobre el tejado, pero era demasiado rápida y me había tomado por sorpresa. Cuando me hizo caer y se abalanzó sobre mí para inmovilizarme, pensé que había llegado mi final.
–Sé razonable –insistí–. Conoces a M., sabes que ella nunca le haría daño a Lk. a propósito.
Traté de buscar su mirada tras la máscara, pero no la encontré. Por un momento, el espejo reflejó mi propio rostro... pero entonces, ante mi sorpresa, se difuminó y volvió a aclararse... para mostrar la cara de K.
Me quedé mudo de la sorpresa.
–No era lo bastante buena para ti –susurró Vindikta con la voz de K.–. Me he esforzado toda mi vida para ser la mejor en todo lo que hago, pero no ha sido suficiente. ¿Por qué?
Estaba tan perplejo que estuve a punto de pronunciar su nombre en voz alta para pedirle disculpas... pero entonces oí el inconfundible sonido de tu yoyó y Vindikta se apartó bruscamente de mí, liberándome.
Me levanté confundido, y te vi en lo alto de un tejado. Habías atrapado a Vindikta con la cuerda de tu yoyó, pero ella no tuvo problemas para soltarse.
–¡Ladybug! –gritó, sonriendo tras su máscara de plata–. ¿Tú también eres una rompecorazones? ¡Vamos a averiguarlo!
Estabas muy pálida y seria, pero no caíste en su provocación.
–¡Atento, Cat Noir! –exclamaste.
Me reuní contigo sobre el tejado y nos retiramos tras una chimenea para evaluar la situación.
–¡Ha venido a buscar a M.! –te expliqué–. Quiere vengarse de ella porque dice que le ha roto el corazón a su hermano.
–Lo sé –asentiste–. No tienes que preocuparte por M., está a salvo. Céntrate en Vindikta y no permitas que te mire a los ojos.
Me estremecí, recordando que su máscara había mostrado el rostro de K.
–Antes me ha parecido ver...
–...¿A una chica a la que le rompiste el corazón? –sonreíste con amargura–. Es su superpoder. Si la miras, verás reflejado en su máscara el rostro de alguien que ha sufrido de amor por ti.
Esto me preocupó mucho. No solo porque no es agradable tener que enfrentarse a las personas a las que has herido, sino también porque era información demasiado confidencial, que ningún villano akumatizado debería conocer.
–Pero... lo que he visto es algo que ella no puede saber, salvo que conozca mi verdadera identidad.
–No creo que lo sepa, su máscara solo refleja algo que está dentro de ti. Pero si respondes, si pronuncias en voz alta el nombre de la persona a la que estás viendo... Vindikta lo oirá, y podría utilizarlo como una pista para llegar hasta ti.
Respiré hondo, muy preocupado.
–Entiendo –murmuré.
–Vamos, gatito –me dijiste con una sonrisa, guiñándome un ojo–. No me digas que eres un rompecorazones...
No había sido divertido tener que escuchar los reproches de K., pero me gustó verte bromear como en los viejos tiempos, así que te respondí, sonriendo también:
–Soy un perfecto caballero, Ladybug, y siempre he tratado a las damas como se merecen. Y estoy seguro de que tú también cuidas con mucho mimo de los corazones que te entregan tus múltiples admiradores.
–Hago lo que puedo –replicaste, con una caída de pestañas.
Si hubiésemos sabido de antemano lo complicada que iba a ser la pelea contra Vindikta, se nos habrían ido las ganas de bromear.
La atacamos a la vez, tratando de evitar el reflejo de su máscara. Entre las sombras de los tejados, me pareció que se movía demasiado deprisa, como si estuviese en varios sitios a la vez. Hasta que descubrí... que se había duplicado.
–¡Ladybug! –grité–. ¡Hay más de una!
–¡Lo sé! –respondiste a mi espalda, y al volverme vi que te estabas enfrentando a dos clones más.
Al fijarme mejor me di cuenta de que no eran exactamente iguales. Una de las Vindiktas que luchaba contra mí aún tenía la cara de K.
La esquivé y corrí a ayudarte. Tuve la sensación de que una de tus oponentes te había causado una gran impresión, pero al mirarla vi que su máscara era plateada, como la de la Vindikta original.
Estaba claro que cada persona veía en su espejo algo diferente. Para mí no había nada, pero para ti su máscara reflejaba los rasgos de alguien que había sufrido de amor por ti. Esto me llevó a pensar que el clon que tenía la cara de K. sería una Vindikta normal para ti. Y menos mal, porque si hubieses descubierto que era a ella a quien le había roto el corazón, sin duda habrías acabado por averiguar mi identidad.
–¡No, no, no! –gritaste entonces, y ante mi asombro vi que la Vindikta que se enfrentaba a ti se duplicaba para convertirse en dos villanas exactamente iguales... salvo por sus máscaras. Aunque a mí me parecían idénticas, por lo visto tú veías una cara diferente en cada una de ellas.
–¡Vaya, vaya, LB! –exclamé, sonriendo–. ¿Quién es ahora la rompecorazones?
–¡No tiene gracia! –replicaste con un gruñido, mientras otra de las Vindiktas se duplicaba ante ti.
No, lo cierto es que no la tenía, porque medio París te adora, milady. Y aunque, que yo sepa, solo el escultor Theo Barbot se atrevió a manifestar abiertamente su amor por ti, sin duda tienes muchos más admiradores en la sombra. Y cualquier persona que estuviese enamorada de ti y hubiese perdido la esperanza de ser correspondida algún día alimentaría el poder de Vindikta y la ayudaría a multiplicarse.
Y eso me llevó a pensar...
–Oh, no –murmuré.
Me quité de encima a uno de los clones de Vindikta, que se desdobló de nuevo ante mí. El primero tenía todavía la cara de K., pero el segundo... mostraba el rostro de L.
–No puede ser... –gruñí.
–¿Crees que me he rendido? –dijo L. sonriendo–. No importa cuántas chicas vayan detrás de ti ni cuánto te esfuerces en fingir que no te caigo bien, porque sé que tarde o temprano serás mío...
(Sospecho, milady, que la próxima vez que nos ataque Sandboy la pesadilla con la que me torturará ya no tendrá nada que ver con barrotes. Al parecer hay cosas mucho peores que quedarse encerrado en tu propia habitación).
Durate unos instantes luchamos como pudimos contra las Vindiktas que no dejaban de multiplicarse. Cuando me vi a mí mismo tratando de mantener a raya a todo un ejército de chicas que al parecer bebían los vientos por mí, oí tu voz a mis espaldas:
–¡Cat Noir! ¿Qué has hecho para enfadar a tanta gente?
–¡Te juro que no lo sé! –repliqué, desesperado.
Sí lo sé en realidad, pero no tiene que ver directamente con mi atractivo personal, sino con una gigantesca campaña de marketing. Es una larga historia y, en definitiva, algo que escapa por completo a mi control. Hasta ahora mi padre se las arregla para mantenerme apartado de todo esto, pero no soy tan ingenuo como para ignorar que existe. Y no fue agradable enfrentarse a las consecuencias y descubrir que hay tantas chicas que sufren por mí, a pesar de que a la gran mayoría de ellas ni siquiera las conozco.
Estas últimas, sin embargo, eran las más fáciles de vencer. Se movían con lentitud y torpeza y se desvanecían en cuanto lograba golpearlas con el bastón. No tardé en descubrir que los más difíciles de derrotar eran, precisamente, los clones de Vindikta que mostraban rostros de chicas a las que sí conocía. Al parecer, cuanto más personal era la historia que me unía a ellas, más poderosa era la copia que generaba.
Tras una complicada lucha, acabé con todas ellas y terminé enfrentándome únicamente a K. Lo cual era lógico, porque K. es la única novia que he tenido. Peleaba bien y fue una buena rival, pero por fin logré engañarla y la hice tropezar. Cuando la golpeé con el bastón, se desvaneció igual que las demás.
Pensando que ya había terminado, di media vuelta para acudir en tu ayuda... cuando me topé de golpe con una Vindikta a la que había pasado por alto.
Y mostraba el rostro de M, con la piel pálida y sus ojos azules húmedos y abiertos de par en par.
–Me costó tanto confesarte lo que sentía por ti... –dijo en un susurro–. Pero tú nunca te has fijado en mí. No de esa manera.
Retrocedí unos pasos porque verla así me dolía de verdad, porque no esperaba encontrarla allí y porque de ningún modo quería verme obligado a enfrentarme a ella.
–Yo... yo... –murmuré.
La Vindikta-M. alzó la cabeza para mirarme a los ojos.
–Y te he querido tanto –musitó–. Nunca he amado a nadie tanto como a ti. Pero tu corazón pertenecía a otra. Y cuando decidiste dejarla marchar por fin... no me elegiste a mí para ocupar su lugar.
No fui capaz de responder. Tenía un nudo en la garganta.
–¿Por qué? –preguntó, con un gesto tan desconsolado que me entraron ganas de llorar a mí también.
Créeme si te digo, milady, que me cortaría una mano antes de hacerle daño a M. Y rechazarla aquel día delante de sus padres fue una de las cosas más difíciles que he hecho en toda mi vida. Y sabía que le había dolido, pero pensaba que era agua pasada para los dos... hasta que me enteré de que ella había roto con Lk. y hasta que la vi reflejada en la máscara de Vindikta.
–Lo siento mucho –susurré–. Por favor, perdóname.
Ella alzó las manos y me acarició la mejilla con ternura. Sentí que su otra mano buscaba la mía, pero en aquel momento no fui capaz de procesarlo. Solo podía sentirme culpable.
–¡Cat Noir, cuidado! –gritaste entonces, y volví a la realidad justo antes de que Vindikta-M. me arrebatase el anillo.
Di un salto atrás, cerré los ojos para no tener que enfrentarme a la mirada suplicante de M. y la golpeé con todas mis fuerzas.
El clon se desvaneció.
Aún temblando, respiré hondo para recuperar el aliento antes de correr en tu ayuda. Ya te habías deshecho de casi todos tus admiradores despechados. Había uno que te perseguía con más saña y parecía más poderoso que los demás, y te enfrentabas a él con rabia y determinación. Pero necesitabas centrar en él toda tu atención, y no podías permitir que los otros te distrajeran.
–¡Líbrame de ellos! –me pediste.
–Siempre a tu servicio, Ladybug –respondí–. Ya sabes que nada me gusta más que quitarte de encima a los moscones.
Fue un alivio combatir contra versiones de Vindikta de máscara plana, sin ningún rostro que pudiese guardarme rencor por un amor no correspondido. Me deshice de los tres que faltaban con facilidad y me dispuse a echarte una pata con el último.
Y descubrí, alarmado, que estaba a punto de derrotarte.
Te vi acurrucada en el suelo, temblando, con el rostro oculto entre las manos. Parecías muy pequeña, muy frágil y muy asustada. Sujetabas con fuerza una bufanda roja con puntos negros, tu lucky charm, que aún no sabías cómo utilizar. Tus pendientes emitieron el primer pitido de aviso, pero no le prestaste atención.
–No... no... otra vez no... –susurrabas.
La última Vindikta se inclinaba sobre ti y te decía cosas que yo no podía escuchar.
–No... lo siento mucho... no puede ser... perdóname...
Nuna te había visto así, milady, ni siquiera cuando estuviste a punto de rendirte antes de la batalla contra Miracle Queen. Sentí de pronto un odio irracional hacia la persona cuyo aspecto había adoptado Vindikta, fuera quien fuese. No conocía su identidad, pero tenía poder para hacerte mucho daño. Y debía alejarla de ti costara lo que costase.
Con un grito de rabia me abalancé hacia ella y te la quité de encima.
–¡Reacciona, Ladybug! –grité.
No pude ver si me hacías caso o no. Peleé contra Vindikta con todas mis fuerzas para impedir que volviera a acercarse a ti. Estaba furioso con ella por haberme obligado a enfrentarme a M. y a K., pero lo que te estaba haciendo a ti... era otro nivel. Era muchísimo peor, y fuera quien fuese la persona cuya identidad había adoptado, quería mantenerla lejos de ti, cuanto más, mejor.
Pero aquella última versión de Vindikta era, con diferencia, la más poderosa de todas. Luché contra ella, pensando que sería como la primera vez, pero la fuerza que había obtenido de aquella última persona a la que le habías roto el corazón resultó ser extraordinaria. Por fin me hizo caer al suelo y me inmovilizó con el filo de su espada.
–Has hecho sufrir a mucha gente –dijo, y su máscara reflejó rápidamente los rostros de todas aquellas chicas. Los últimos fueron los de K. y M.–. Pagarás por ello al fin.
Pero entonces algo rojo con puntos negros se enrolló en torno a su máscara, haciendole perder la visión momentáneamente. Era la bufanda que habías invocado con tu poder.
–¡Ahora, Cat Noir! –te oí gritar, y aproveché para librarme de Vindikta.
Ella trató de quitarse el lucky charm de la cabeza, pero antes de que lo consiguera, le puse la zancadilla y la hice tropezar. La inmovilizaste con tu yoyó y destruí su máscara con mi Cataclysm.
Y Vindikta volvió a ser Jk. Y tú utilizaste el poder del lucky charm para reparar todo aquello que el akuma había estropeado, como siempre.
Chocamos los puños, sonrientes, pero los dos estábamos muy cansados. No físicamente, porque las mariquitas mágicas habían devuelto la energía a nuestros cuerpos tras la batalla. Se trataba de un agotamiento mental y emocional que pocas veces he experimentado antes. Y contra eso, la magia de los prodigios no puede hacer gran cosa, me temo.
–Ladybug... –empecé, pero colocaste un dedo sobre mis labios para silenciarme.
–Será mejor para los dos que no volvamos a mencionar lo de hoy –dijiste.
–¿Cómo...? Pero...
–Hay cosas... experiencias difíciles... y decisiones complicadas... que es mejor no revivir. ¿No te parece?
Inspiré hondo, porque por un lado quería saber quién era la última persona cuyo aspecto había adoptado Vindikta, pero por otra parte sabía que tenías razón. Tampoco a mí me apetecía volver a enfrentarme a aquel almuerzo en casa de M., ni quería volver a verla con el corazón destrozado por mi culpa.
–Tienes razón –admití–. Pero... ¿estarás bien?
Sonreíste con tristeza.
–Lo estaré –respondiste.
Habría querido quedarme a tu lado un poco más, para tratar de consolarte en la medida en que pudiera, pero tus pendientes pitaron una vez más.
–Tengo que irme –dijiste antes de marcharte–. Por favor, encárgate de llevar a Jk. a su casa.
Cuando lanzaste el yoyó hacia la chimenea del edificio de enfrente y saltaste al vacío me pareció que te tambaleabas, como si no tuvieses fuerzas para seguir adelante. Después te perdí de vista, pero no había nada más que pudiese hacer por ti.
De modo que llevé a Jk. de regreso con su familia.
Después, sin embargo, fui incapaz de volver a mi casa. Estaba preocupado por M., a quien no había visto en todo el día, y quería asegurarme de que se encontraba bien. De modo que me escondí en un callejón cercano a su casa, esperé a que se agotara el poder del prodigio y le di un buen trozo de queso a Plagg.
–Los akumas que se multiplican son los peores –opinó él–. Nunca sabes cuándo vas a terminar el trabajo.
–Eso no ha sido lo peor, Plagg –murmuré.
Pero no quería seguir hablando del tema, y él no insistió.
Me transformé de nuevo y estaba a punto de saltar a los tejados otra vez cuando mi visión nocturna captó un bulto sospechoso en el fondo del callejón. Algo en lo que no había reparado antes, y que parecía una persona inerte.
Corrí hacia ella y me quedé helado al descubrir que se trataba de M. Me incliné a su lado y la sostuve entre mis brazos, pero no reaccionó. No parecía herida; solo había perdido el conocimiento por alguna razón que se me escapaba.
La estreché contra mi cuerpo. Estaba helada, pero su respiración era regular.
–¿Qué te ha pasado, M.? –pregunté, muy preocupado.
Tú habías dicho que la habías dejado en un lugar seguro, a salvo. Quizá la habías ocultado en aquel callejón y ella se había desmayado por cansancio, por estrés o por algún otro motivo. En todo caso, debía llevarla a casa cuanto antes.
Cuando llegué al edificio de M. vi que las luces de la tienda en la planta baja seguían encendidas. Sus padres estaban trabajando y al parecer no se habían enterado de que Vindikta había tratado de atacar a su hija.
La deposité sobre la tumbona de su balcón y me arrodillé a su lado. Al fijarme en su rostro vi que estaba pálida y que sus ojeras eran todavía más profundas de lo normal. Me pregunté entonces si Vindikta no habría logrado atacarla después de todo. ¿Qué habría visto M. en su máscara? Seguramente a Lk., y tal vez a alguien más. Hay un chico de nuestra clase, N., que estuvo enamorado de ella y que lo primero que hizo cuando lo akumatizaron fue ir a cortejarla. Pero eso pasó hace ya mucho tiempo, y él ahora tiene pareja y parece feliz.
(Cuando te digo que todo el mundo a mi alrededor se empareja con envidiable facilidad no exagero en absoluto, milady).
Como M. seguía fría, la cubrí con una manta y la abracé, tratando de hacerla entrar en calor. Y entonces ella se agitó en sueños y murmuró:
–...Es nuestro amor lo que le hizo esto al mundo.
Probablemente es una frase sacada de alguna película o de algún libro y no significa nada en particular, pero por alguna razón me impactó tanto que aún ahora, muchas horas después, no puedo dejar de darle vueltas.
Momentos después M. recuperó el conocimiento, pero su reacción me pilló por sorpresa. Al verme frente a ella lanzó un grito y trató de retroceder.
–¡M.! M, tranquila, soy yo, Cat Noir. Te he traído de vuelta a casa. Estás a salvo, ¿vale? El akuma ha sido derrotado.
–No tendrías que estar aquí... –musitó ella–. No tendrías que ver...
Se envolvió en su manta, temblando. Inspiré hondo y dije, con la voz más tranquilizadora que fui capaz de utilizar:
–Todo está bien, ¿de acuerdo? Ladybug y yo hemos derrotado a Vindikta. Te he encontrado en un callejón y te he traído a casa.
M. me miró extrañada.
–¿En un... callejón? –repitió.
–Te habías desmayado. Creo que trabajas mucho últimamente, M. Y quizá tienes demasiadas cosas en la cabeza. Necesitas descansar.
Ella inspiró hondo. Su mente parecía aclararse por fin.
–Me he... desmayado. Qué desastre, podría haber pasado cualquier cosa...
–No te preocupes, he sido yo quien te ha encontrado y te ha traído a casa. Todo está bien ahora, ¿de acuerdo? Y cualquier cosa que no lo esté... lo estará, te lo prometo.
Y me miró con esos ojos azules suyos, de una manera tan similar a como lo había hecho el clon de Vindikta que se me encogió el corazón.
–¿Quieres que te abrace? –le pregunté, aunque en realidad debería haber preguntado: "¿Puedo abrazarte?", porque era lo que me moría de ganas de hacer.
Ella dudó. Seguía temblando y se notaba que estaba a punto de llorar, pero luchaba por mantenerse firme. Al final tragó saliva, cerró los ojos y se recostó contra mi pecho.
Y la abracé con todas mis fuerzas.
–Ha sido un día muy largo –murmuró.
–Lo sé –respondí.
Y no dijimos nada más. Me quedé a su lado, abrazándola, hasta que se durmió de puro cansancio, y entonces entré en su cuarto con ella en brazos, la metí con cuidado en la cama, la dejé bien arropada y me fui de allí.
"Es nuestro amor lo que le hizo esto al mundo".
Probablemente no es nada importante y, sin embargo, no puedo quitarme de encima la sensación de que acabo de asomarme a un abismo muy oscuro y muy profundo.
Y aún no sé qué voy a hacer, milady. Ojalá pudieras ayudarme. Ojalá yo fuera lo bastante fuerte como para salvaros a las dos.
Siempre tuyo,
Cat Noir.
NOTA: Y esto es lo que le pasa a la pobre Marinette. Que tiene un miedo horrible de enamorarse de Cat Noir y a) provocar el fin del mundo, o bien b) verse obligada a olvidarlo cuando deje de ser Guardiana. Pero no es culpa mía, todo esto está en la serie y no lo puedo ignorar sin más :(.
NOTA 2: Una cosa que me choca mucho de la temporada 3 es cómo el episodio Weredad no tuvo absolutamente ninguna consecuencia. O sea, tiene sentido que Adrien no sepa que le gusta a Marinette porque ella misma lo ha negado varias veces, pero ¿cómo es posible que en Stormy Weather 2 saque la conclusión de que le gusta Luka por una tarde en la pista de hielo y una insinuación de Kagami, y en cambio haya olvidado misteriosamente que ella se declaró a Cat Noir y nunca llegó a decirle que era todo mentira? Por eso en mi fic, cuando Luka le dice que para Marinette hay otra persona, Adrien piensa en Cat Noir y no en sí mismo como Adrien.
NOTA 3: ¿No es maravilloso que exista en español una palabra que signifique "Venganza" y que además suene similar a "Reflekta"? :D
