Yuri no podía utilizar magia si estaba muy alejado del río, por ello no hizo uso de esta aquella vez que Otabek casi lo mata y descubrió que Yuri era hombre. Además, dijo haberse sentido muy herido -emocional como físicamente- en aquella ocasión. Las heridas en su cuerpo las curó con el agua del río, pero su corazón todavía le tenía un leve resentimiento a la agresividad de Otabek aquel día.
Yuri se había sentido triste el mes de octubre porque pensó que Otabek finalmente se había aburrido de él y no volvería a visitarlo. Bajó cada día al río, pero Otabek no estuvo allí. Le lloró a Potya, ella le llevó dos ratones muertos para que se animara. Yuri se sintió muy deprimido porque no quería estar nuevamente solo.
Yuri se sintió celoso cuando Otabek le dijo que no era virgen, ¡¿quién era la ramera que se atrevió a desvirgar a su hombre?! por eso se fue dando pisotones a su hogar aquella tarde, dejando solo a Otabek y su erección. Sí, su erección. Porque había notado su erección, no era un idiota ni mucho menos un ciego y Otabek se cargaba un paquetote que no podía pasar por alto.
Yuri volvió a llorar cuando no se atrevió a contarle a Otabek sus razones de su actuar. Después de que Otabek lo echó del pueblo y le había dicho que no quería verlo en su vida, lloró largo y tendido hasta llegar a su casa y contarle todo a Potya. La mañana siguiente había un grillo muerto a los pies de su cama, cortesía de su amiga que había intentado hacerle el desayuno, pero que a falta de pulgares oponibles solo terminó rompiendo varias tazas.
Esas fueron algunas de las muchas cosas que Yuri le contó a Otabek y que lo hicieron sentirse como un total imbécil. Sabía que el brujo solo se lo decía para hacerlo sentir mal y lo mimara un ratito más mientras permanecían en la cama. Había funcionado.
El cazador pudo haberle dicho que él también se sintió herido una infinidad de veces, pero se contuvo porque se suponía que lo que quería era consentir a Yuri y no iniciar una tonta discusión sobre a quién había sufrido más por el otro.
En cambio, le contó lo que había sucedido en el pueblo y que lo gatilló a correr hacia su hogar. No dijo expresamente que había temido mucho por Yuri, pero el chico lo notó cuando Otabek apretó sus cuerpos y suspiró. No obstante, Yuri no tenía ni idea de a quién pudieron haber cazado en su lugar.
Y fue la noche siguiente en la que Otabek lo averiguó.
Entre el barullo y las alabanzas que ensordecían, los gritos de júbilo y el éxtasis del pueblo, una muchacha estaba siendo azotada en el escenario que habían montado en la plaza. La piel blanca estaba llena de llagas y cortes abiertos que derramaban una sangre burdeo contaminada. Sí, era una bruja negra. En efecto no era Yuri, pero la muchacha tenía un peinado muy parecido al de él, además de cabello rubio y ojos verdes (pero un poco más oscuros que los de el brujo blanco).
No supo cómo demonios lo habían hecho los Crispino para cazar a alguien tan parecida, ¿acaso ellos tenían idea de que esa no era "Yuriri"?
— Increíble, ¿no?
El chico miró a su lado. Sala Crispino lo miraba con altivez, Michelle Crispino se mantenía a su lado con sus típicos ojos de desprecio hacia su persona.
Otabek asintió sin separar sus labios.
— Hicimos en tan solo un par de semanas lo que tú no pudiste en meses.
Pero Otabek no tuvo mayor reacción. Volvió la vista hacia la bruja que mostraba los dientes como animal salvaje al verdugo, tenía la espalda bañada en sangre.
Los Crispino se mantuvieron a su lado, ¿qué demonios querían los imbéciles? porque él solo quería que se largaran, le incomodaba un poco tener la mirada de mala muerte de Sala sobre sí, siempre celosa de que fuera el consentido del Sacerdote.
— El Sacerdote nos dio cien monedas de oro a cada uno, vaya paga — agregó la chica.
— Ah, qué bueno.
Vio que su poca sorpresa provocó la molestia de la Crispino, pero, ¿qué más quería que le dijera?
Con la amenaza de Yuriri erradicada, los leñadores se atrevieron a acercarse un poco más a la zona del río. Pero resultaban tan miedosos que solo iban algunas horas en la tarde porque algunos habían pasado el rumor de que el agua del río se agitaba y chorros de agua los atacaban cuando osaban pisar territorio embrujado. "El espíritu de Yuriri" lo apodaron algunos.
Pero solo se trataba de Yuri oculto entre los árboles, divertido de asustar a otras personas para poder echarlos de su lugar sagrado.
Aquella mañana había amanecido nublado y sombrío. Caía una leve nieblina que dejaba pequeñas perlas sobre el césped y la copa de los árboles.
Otabek salió del pueblo abrigado y con la ballesta en el hombro. La semana pasada había cazado a Mira Labrok, bruja de las cavernas, lugar espeluznante colina arriba que esperaba nunca más tener que visitar. Esa era la razón por la que no había visto a Yuri en casi tres semanas.
Volteó antes de llegar al río, pero como siempre nada venía tras de sí. Todavía así, sentía una sensación rara sobre él. Miró hacia arriba y avistó una lechuza observándolo con sus enormes ojos castaños.
— Solo era eso. — se dijo a sí mismo.
Era una sensación recurrente el sentirse incómodo en esa parte del bosque. No importaba mucho.
Lindó con Yuri subiendo por el río, traía una cesta cargada de ramas de eucalipto y un bidón con agua fresca. No obstante, le causó extrañeza que el brujo no percibiera su presencia hasta que estuvo a escasos metros de él. Volteó por sobre su hombro con aparente rostro cansino, pero en cuanto lo vio una sonrisa emocionada se formó en sus labios.
— ¡Beka! — exclamó soltando la canasta que llevaba en las manos y corriendo hacia él.
El cazador sonrió y lo atrapó justo a tiempo, Yuri enredando sus piernas en su cadera como un koala.
— Te extrañé, ¿qué has estado haciendo? ¿cómo están tus hermanas? — preguntó dejando un beso en su mejilla.
El brujo iba muy abrigado, incluso había cambiado las faldas por una jardinera, llevaba botas, un abrigo gris muy grueso y una bufanda enrollada en su cuello.
— El trabajo, he estado ocupado. Ellas están bien, ¿y tú? no te ves tan bien.
No me viste cuando llegué, era lo que realmente habría querido decirle, pero temió sonar demasiado engreído.
Yuri sorbió los mocos y negó con la cabeza. Otabek lo bajó despacio, pero Yuri no deshizo su abrazo.
— Estoy resfriado y creo que tengo fiebre. Tengo reflejos lentos por ello así que he estado muy cansado.
Oh, he ahí la razón.
— No debiste salir así.
— Necesitaba algunas cosas y agua.
Otabek acarició su mejilla con afecto, claramente Yuri ardía y parecía un poco mareado. Sus manos estaban frías y él decía tener frío, pero su fiebre era clara.
Tomó la canasta del chico que se había colgado a su brazo y comenzaron a caminar. Lo ayudó a cruzar el río con cuidado.
— Lo siento, creo que no podremos hacer cosas. — se disculpó ruborizado.
Otabek sonrió y negó con la cabeza, depositó un beso en su sien mientras pasaba su brazo por los hombros de Yuri.
— No me importa cuidarte, Yura. Ya tendremos más tiempo para lo otro.
Yuri lo miró con esos esmeraldas dilatados. Los ojos de un gato enamorado.
— ¿En serio? — preguntó con pena.
Otabek asintió. Claro que no le importaba, quería a Yuri, se preocupaba por él y quería que mejorara pronto. El sexo con él era magnífico, pero claramente no lo era todo.
— Llegarás y te acostarás, ¿bien? déjame a mí lo demás.
Yuri soltó un gemido lastimero.
— Eres el mejor, Beka — dijo (sollozó) abrazándolo.
.:.
Los pasos se detuvieron cuando el techo del hogar se vislumbró entre los árboles. No era seguro acercarse más si ya tenían lo que querían.
Los ojos violáceos observaron con resentimiento al cazador que caminaba metros más adelante de ellos abrazado de una criatura asquerosa.
— Por eso salía tantas veces del pueblo y volvía con nada— murmuró el hermano mayor — y por eso no dijo nada cuando quemaron a la otra bruja.
Pero Sala se sentía consternada, enrabiada.
— Él lo sabía — apuntó con un índice acusativo — él lo sabía porque esa es Yuriri.
Otabek era un traidor. Un sucio traidor.
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