¡Hola, hola! Lamento mucho la demora, como algunos sabrán, la universidad me tenía atrapada con los trabajos finales y se supone que subiría el capítulo el fin de semana, pero me quedé sin internet :c

En fin, ahora estoy aquí y les he traído el final. Tal como lo leen, personitas, hemos llegado al final. Después de esto, sólo nos queda un breve epílogo y estará finalizado. Espero lo disfruten y recuerden que si no menciono mucho a los padres y a Nina en este capítulo es porque en el epílogo aclararé cómo fueron las cosas con ellos.

Besitos, espero ya no tardar ahora que tengo vacaciones. Nos leemos pronto.

Gracias por la atención.


Shizuru observaba los golpes en su novia; marcas rojas adornaban brazos y cuello como si las manos de Sergay siguieran aferradas a su piel. Y entonces los recuerdos volvían de golpe, el olor del miedo combinado con adrenalina, la violencia, los golpes, los gritos y las miradas llenas de terror... La expresión de Nina.

Cerró los ojos cuando el dolor se instaló en su garganta. Si continuaba mirando, la imagen actual se quedaría en su memoria largo tiempo, y ella sólo quería fingir. Quería echarle los brazos alrededor de los hombros, besarla una y otra vez hasta que sus labios terminaran deshechos, hasta que sus manos quemaran de tanto tocarla y su amor le explotara en el alma. Pero en su estado actual, el mínimo toque podría romperla.

Ahora el cansancio comenzaba a pasarle factura, apenas podía mantener los ojos abiertos, y estar sentada en la cama sólo empeoraba las cosas, pero se negaba a dormir si no atendía primero las lesiones de Natsuki. Se quedó en cuclillas viendo su rostro y sin decir palabra comenzó a limpiar la sangre de su pómulo con un algodón bañado en alcohol. Ella dio un respingo y no la dejó acercarlo de nuevo, detuvo su mano con suavidad para besar sus nudillos.

—Estoy bien.

—Estás sangrando.

—Estoy bien.

—Déjame curarte.

Besó su mano una vez más y la mantuvo sobre su rostro. Cerró los ojos dejando sólo la sensación de su tacto; temblaba, quizá de miedo, rabia o impotencia, no sabría decirlo. Y algo hizo eco en su interior, la culpa de pronto asomó la cara, después de todo, Sergay sólo le hizo daño por venganza.

Las heridas entre ambos la alcanzaron por accidente, y ahora estaba ahí frente a ella con las alas dañadas. Era una hoja aferrada a no dejarse vencer por el viento, pero temblaba con cada embestida.

Le parecía inevitable no sentir la responsabilidad sobre sus hombros, pero le alegraba sobremanera que, a pesar de todo, continuara a su lado. En esos momentos con tantos aspectos de su vida desgarrados, la única constante eran esos ojos color turquesa que seguían mirándola con ternura, procurando su bienestar.

Shizuru deslizó su mano fuera de su agarre para sostener de nuevo el algodón con el cual continuó limpiando su mejilla, ignorando la fijeza con la que su mirada seguía sus acciones, esperando verla ceder ante la angustia. Quería verla débil, sin obligarse a permanecer de pie, pero no quería demostrarle cuanto la había afectado la pelea o cómo le dolía verla mal herida por quien nunca pensó podría lastimarla. Mantenía la vista fija en su tarea para no ver el cambio de las marcas rojas en manchones morados.

Natsuki esperó pacientemente. En cuanto la chica se levantó, extendió los brazos invitándola a acercarse y la ayudó a sentarse sobre sus piernas de frente a ella. Sostuvo su cintura con cariño para recargar el rostro en su pecho donde dejó escapar un suspiro al sentir los dedos de Shizuru enredarse en su cabello.

El mundo podría perecer en esos momentos y no lo notaría mientras se mantuvieran juntas en esa posición que le permitía escuchar con claridad la respiración acompasada de su novia y como suspiraba cada tanto, inflando el pecho en el proceso.

Sintió un beso tibio en su cuello y aunque dolió el roce con su lastimada piel, no se quejó ni dejó de abrazarla. Le gustaría poder fundirse en ese momento para siempre, sin hablar de lo ocurrido ni tomarle la importancia necesaria, olvidar lo de unas horas antes e imaginar que sus brazos podrían obnubilar el mundo entero; aunque eso, de cierta forma era real. A su lado el resto de las cosas podían pasar desapercibidas.

—¿Quieres hablar de eso?

Suspiró. En realidad no le apetecía romper el momento y negó con la cabeza.

—¿Quieres ir a dormir?

Shizuru hablaba en un susurro a unos centímetros de su oído y su cuerpo respondió con un escalofrío que le valió para sacarle una sonrisa a su novia y animarla a pasar la mano con lentitud por su espalda con la esperanza de sacarle más. Funcionó.

Besó justo bajo su oído a modo de protesta, justo donde comienza el mentón, sabiendo de antemano lo sensible que era en ese sitio, y la situación se convirtió en una guerra por ver quién podía desestabilizar más a la otra. Para su desgracia, Shizuru estaba ganando la batalla, e hizo lo único que podía haber hecho en tal situación: metió las manos por debajo de su blusa y la liberó del sostén.

—¡Nat!

Se alejó un poco para reclamarle con la mirada y acomodó las manos bajo su pecho a modo de protección.

—Estabas jugando sucio —se defendió.

—¿Quieres verme jugar sucio de verdad?

Extendió las manos sobre sus hombros y se acercó a su rostro acariciando su mejilla con ternura antes de besarla. Sus pechos se presionaban juntos y el vago intento de Natsuki por terminar de quitar la ropa del camino la hizo reaccionar. Podría haber continuado, llegar al siguiente nivel como en otras ocasiones, pero no era el momento adecuado y se separó. La empujó en la cama, pero el momento erótico se había ido, en su lugar, buscó un espacio para meterse a su lado bajo las cobijas.

Natsuki protestó, volvió a intentar tocarla, pero no se lo permitió. No iba a dejarla esconderse en el sexo para distraer su mente de lo ocurrido, sabía que trataba de permanecer impasible como si fuera algo insignificante porque tomarlo en serio resultaría doloroso.

Shizuru cayó rendida casi enseguida. Le gustaría poder hacer lo mismo, pero su mente se negaba a descansar, seguía intranquila y ni siquiera sabía por qué. Dio la vuelta en la cama, las paredes parecían más pequeñas y lejanas al mismo tiempo. Un vacío que va y viene, que tambalea su mundo para no dejarla dormir y, entre tanto silencio, un grito desesperado llegó de algún lugar. De su interior, quizá.

Pensó en Sergay, en los viejos momentos. Cuando Nina era una niña solía cargarla sobre sus hombros, su risa llegaba con fuerza a sus oídos logrando contagiarla de su felicidad infantil, pero cuando llegaba el aniversario de la muerte de su madre, siempre estaba triste; entonces su rostro se apagaba, perdido en el dolor, y su padre putativo seguía su ejemplo, incapaz de fingir no echar de menos a su hermana. Esos días permanecía lejos, pero esperando, hasta que ellos decidieran volver a jugar y a reír como siempre. Y los días volvían a la normalidad.

¿Desde cuándo era tan difícil volver? Esos recuerdos se iban convirtiendo en piedra. Una vieja arquitectura que puedes detenerte a admirar, pero nunca podrás devolverle la vida y sólo quedarán ruinas muertas, insalvables.

—¿No puedes dormir?

—Al parecer no —dijo y acomodó su brazo sobre sus ojos.

Shizuru abrazó su cintura sin decir nada; Natsuki le agradeció con una sonrisa apenas visible, luego dio un suspiro y se decidió a hablar.

—No sé si puedo estar en su contra, Shizuru —dijo mirándola—. Quiero decir, sé el daño que nos hizo, especialmente a ti, y lo odio por eso, pero hay una parte de mí que no quiere volver a enfrentarlo.

La chica seguía con el sueño adherido al cuerpo, pero hizo un esfuerzo por centrar su atención en su novia. Soltó un bostezo antes de responder.

—Es normal, fueron amigos muy cercanos.

—Aun así, debería odiarlo, después de todo, ha hecho demasiado daño…

—No te martirices, si no puedes odiarlo es porque tú eres una buena persona.

Pero él también fue una buena persona. En algún momento la ayudó con sus problemas, secó sus lágrimas, le consiguió apartamento y le dio trabajo. El chico de ese día, el de mirada rabiosa, no podía ser el mismo hombre; incluso Nina lo había mencionado: su padre jamás levantaría la mano en contra de ellas.

Se sentía furiosa, furiosa por dejarse engañar por tanto tiempo, herida por la confianza traicionada, pero sobretodo, le dolía más que se hubiera atrevido a hacer daño a alguien tan importante para ella. Su amistad era uno de sus tesoros más valiosos y ahora se había convertido en pura podredumbre.

—Traicionó mi confianza.

—Hizo lo que creía correcto.

—No lo defiendas —se molestó—. Lo que hizo no tiene perdón.

Acomodó su cuerpo contra la pared y encendió la lámpara. Las luces, aún diminutas, comenzaron a bailar con las sombras, tratando de escapar por la ventana. Sus ojos, en cambio, se mantenían escondidos tras una cortina de cabello, pero sus manos lo decían todo; aferradas la una a la otra, indecisas ante sus propias palabras.

Y Shizuru que conocía sus reacciones casi de memoria, apoyó el peso del cuerpo en su hombro, acarició su brazo con ternura y le dijo en voz alta lo que se negaba a admitir, con una exactitud impresionante, como si tuviera al alcance un catálogo de todo cuanto pasaba por su mente.

—Esas palabras son para ti misma ¿no? —ante su silencio, continuó hablando—. Es normal que una parte de ti todavía lo considere su amigo.

—No es eso… Es que su traición duele. No entiendo sus razones, ¿qué lo habrá orillado a comportarse de esa forma? ¿Por qué te hizo daño sabiendo lo importante que eres para mí?

Luego lo entendió. Si no era capaz de dormir, si se sentía intranquila, era porque necesitaba saber, y no estaría a gusto hasta hablar con él, debía escuchar su versión de la historia. Eso no haría que lo perdonara, pero al menos lograría entender, entender donde encajaba Akane en todo esto, porque si de algo estaba segura es de que el recuerdo de la madre de Nina, era una parte importante en este enorme rompecabezas al que no conseguía encontrarle sentido por completo. Todavía había piezas en blanco, y no sabía dónde encajarlas.

Shizuru la observaba. De pronto todo era silencio, el reloj llenaba la habitación al mover sus manecillas, algunos coches afuera pasaban con prisa. Su respiración se tranquilizó.

—¿Qué harás?

—Iré a buscarlo.

Hizo ademán de levantarse. Ella no la dejó.

—¿Qué haces? No vas a ir a ningún lado a las tres de la mañana.

—No puedo esperar, Shizuru.

—Puedes, y lo harás. Mañana iré contigo, pero no dejaré que vayas sola.

Natsuki no replico, volvió a acomodarse en la cama y cerró los ojos, escuchando brevemente su respiración cuando soltó aire ante la tranquilidad de no verla hacer una tontería. Intentó dormir, de verdad trató de ignorar sus pensamientos, cerrar los ojos y descansar tal como hacía su novia. Pero fue imposible.

Dejó su vista fija en el techo donde las sombras cambiaban de forma. Sus ojos no enfocaban nada más allá de un montón de líneas maltrechas alrededor de las luces danzantes que se colaban por la ventana a causa de los coches y las farolas, sin embargo, le pareció que le hablaban de todo. La expresión triste de Nina estaba grabada en su memoria; ni siquiera pudo llorar al estar abrumada por el desconcierto.

Y entonces pensó en su amigo, el de antes, aquel muchacho feliz y amable quien tantas veces se esforzó por ser el mejor padre del mundo. Esa noche cuando se marchó, pudo ver en sus ojos el dolor de ese chico; todavía seguía siendo el mismo, y una parte de él se había horrorizado por sus acciones.

Suspiró. ¿Habría manera de hacerlo volver? No sabía si sería capaz de dirigirle la palabra como antes, pero Nina seguía necesitando a su padre. Ella lo perdonaría sin importar cuantos errores cometiera antes o en el futuro porque, a fin de cuentas, él la había criado.

De pronto los rayos del sol tocaron su rostro y frunció el ceño por la incomodidad. ¿En qué momento había comenzado a amanecer? Shizuru seguía dormida a su lado, con la mejilla pegada a su mano y una mueca de frustración en el rostro. Quizá tenía una pesadilla y no podía decir que le sorprendiera algo así después de la situación del día anterior.

Salió de la cama con cuidado. No podía esperarla como ella quería porque esto era un asunto en el cual no pensaba involucrarla. Todavía dolía ver las marcas que Sergay había causado en sus brazos al lanzarla dentro del coche, y si algo así volvía a pasarle, no podría perdonárselo nunca. Ya suficiente culpa llevaba sobre los hombros como para acumular más.

Por eso cuando la madrugada la recibió en la acera con sus tenues rayos de luz, estaba decidida a terminar con ese asunto hoy mismo. Llevó su motocicleta unas calles más adelante antes de atreverse a encenderla, y decidió no mirar atrás o se arriesgaba a arrepentirse.

En cambio, dentro de la habitación llegó el desastre cuando Shizuru despertó y estaba sola. El lugar donde su novia debería estar no tenía ya rastro de su calor o de su silueta en el colchón. Quiso romperle la cara, pero no podía hacerlo si estaba ausente, de modo que se desquitó con el primer objeto inanimado a su alcance.

El despertador se hizo añicos en la pared, la lámpara quedó en el extremo opuesto de la habitación mientras las sábanas que antes la cubrían ahora escondían sus objetos destrozados. Se levantó echa un bólido, apenas se sujetó el cabello, ni siquiera se molestó en cambiarse por lo que seguía con la ropa que ayer no quiso quitarse al dormir. En ese momento estaba muy cansada, ahora era la desesperación quien guiaba sus pasos. La falta de raciocinio la hizo olvidar la universidad, a sus alumnos y cualquier cosa al respecto; salió unos segundos antes de que el teléfono en su sala sonara y ya no quiso regresar a atender.

Una explosión no era muy diferente de cómo se sentía ella en esos momentos. Era el gas que flota en casa antes de encender la primera chispa, porque quería pensar que todavía no llegaba al punto de ignición, que Natsuki tendría una explicación convincente para evitarlo, aunque en el fondo su enojo sólo esperaba tener con quién desquitarse, un lugar para volcar todo cuanto amenazaba con salir. Y ese lugar era frente a su novia, la persona que había decidido dejarla aun cuando prometió no hacerlo.

Cerró los puños en el volante para no escuchar a su corazón latiendo a toda prisa. Pero le preocupaba, aunque intentara ignorarlo, porque era más fácil creer que la prisa era por llegar a reñirla y no porque temiera verse en la necesidad de defenderla, de pasar por lo mismo una vez más a tan sólo unas horas del encuentro anterior. No quería ver de nuevo su cuerpo lastimado, ni su alma hecha pedazos por confiar en quien no debía; si ella lo defendió antes fue para no verla sufrir más no para que saliera a buscarlo a pesar de la posibilidad de encontrarlo con la misma furia en su pecho, con los ojos ciegos y una personalidad desconocida. Pero cuando llegó a casa de Sergay no había nadie, las luces estaban apagadas y ante su insistencia la única en salir fue el ama de llaves. Su novia no estaba ahí, ni el ex amigo de ésta, y no sabía si debía tranquilizarse por eso o dejar a su ansiedad seguir creciendo, enroscándose en su pecho como una enredadera, con las espinas por delante. Lacerando, golpeando, rompiendo cada órgano en su interior como si fueran simples globos de agua. Le faltó el aire, quería llorar de la preocupación y Natsuki no contestaba el maldito teléfono.

Nina. Si alguien podía darle una pista de su paradero, tenía que ser ella. Rogó por encontrarla con Arika todavía o terminaría con el alma pendiendo de un precipicio tan alto que le costaría volver a bajar.

Pero su novia sentía el mismo nudo en la garganta al pensar en Sergay, la preocupación de llegar tarde, de no encontrarlo a tiempo. Lo conocía hace tantos años y jamás vio esas fisuras asomarse en su rostro. Él había reconocido su error, quizá no ante ellas, aunque sin duda lo había hecho ante sí mismo o de lo contrario no hubiera encontrado la tormenta en sus ojos cuando lo vio partir.

Por eso estaba asustada, pues si bien Sergay era el tipo de persona que no se detiene, esta vez la pared con la cual había chocado, era demasiado alta como para salir ileso. Y lo buscó en el único lugar donde sabía que podía encontrarlo.

Le dio escalofríos la cantidad de lápidas que bordeaban la entrada. El resto estaban mejor distribuidas, aunque eso no lo hacía menos tenebroso; ni la luz del alba logró convertir el sitio en algo menos lúgubre. Al contrario, las sombras se estiraban por todo el lugar dando la sensación de unas inmensas columnas cerrando su paso, y las garras imaginarias de los arboles sujetaban cierto tramo de tierra cual si se tratara de un reclamo por el territorio al ser los únicos seres vivientes, inamovibles y trascendentales, que día con día dan la bienvenida a una nueva roca grabada, a otra familia rendida.

Cuando Akane murió, personas desconocidas llenaban la sala de su amigo; él tenía la mirada triste, pero no lloró una sola vez. Nina era muy pequeña para entender la magnitud de las cosas y se dedicaba a seguirlo a todas partes, incluso si trataba de alejarse, él volvía a llamarla.

Siempre pensó que estaba tratando de evitarle la pena de acercarse al ataúd, pero quizá sólo intentaba protegerse a sí mismo. Esa niña había actuado como un ancla en su mundo, el único fragmento de su hermana que era capaz de conservar.

Esa noche se quedó a su lado viendo con el alma rota a esa pequeña quedarse sin madre, y a su mejor amigo destrozado por perder a su única familia, su cobijo, el lugar donde podía sentirse seguro. Desde entonces no volvió a ser el mismo muchacho llorón que ella había conocido, ese que jugaba y reía al saber completo su mundo.

Ahora lloraba. Lo encontró en el suelo, recostado junto a la tumba de su hermana con los ojos rojos, la ropa llena de tierra. Su apariencia era desastrosa e imaginó que en su interior el desorden no sería diferente.

En otras circunstancias habría corrido a abrazarlo, a darle su apoyo para hacer notar su presencia. Quería poder acompañarlo en su dolor, pero ya no era lo mismo, y no se atrevió a acercarse tanto como le hubiera gustado. En lugar de eso, se quedó unos pasos atrás con la mirada en el cielo donde los pájaros ya comenzaban a volar.

—Debes pensar que me veo muy idiota —dijo después de un rato.

Seguía en el suelo mientras sus manos continuaban sobre la lápida, como si quedándose en su nombre el tiempo suficiente pudiera conseguir traerla de vuelta.

—Creo que es la primera vez que te veo siendo sincero con tu dolor.

Sergay se quedó callado largo rato, llorando. Por cada intento de continuar el diálogo se desataba una nueva ola de lágrimas que lo hacían callar. Ya no podía ver pues con cada parpadeo sus ojos volvían a estar inundados, sus labios se negaban a dejar de temblar y cuando se cubrió el rostro con las manos sólo consiguió llenarse de tierra la cara y empeorar el cuadro.

—Lo arruiné. Su vida… la de mi hermana, la de Nina. Les fallé a ambas. Y a ti.

—Sí, hiciste bastante daño —confirmó, no porque quisiera hacerlo sentir peor sino para dejar clara su postura—. Pero sigues a tiempo de rectificar.

—La forma en la que ella me miró… No podré recuperarla nunca —entonces observó el nombre de su hermana en la lápida y la culpa pesó más de lo que imaginaba—. Te prometí que sería un buen padre, y lo arruiné todo.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó al fin—. Si tú intención siempre fue cuidar de Nina, ¿entonces por qué has hecho tanto daño?

No era capaz de entenderlo. ¿Cómo se convertía una promesa de protección en una guerra contra el resto del mundo? ¿Dónde estaba el motivo que se le había escapado todo este tiempo? Necesitaba la respuesta o quizá jamás podría estar en paz con él otra vez.

Quería escucharlo de su voz, que tuviera la decencia de contarle porque había decidido romper su amistad, romper el corazón de su hija y romperse a sí mismo. Dejar de lado todo. Hundirse en una faceta desconocida, aceptando cualquier riesgo, ¿para qué? ¿Por qué decidió que valía la pena perderlo todo?

Pero no decía nada. Su vista estaba clavada en el suelo y ni tanto tiempo de conocerlo le sirvió para descifrar su mirada, porque nunca le habló de sus rencores ni de sus miedos. Y se sintió culpable por no darse cuenta antes, por no insistir más cuando encerró sus sentimientos tras la muerte de su hermana. Lo vio con una sonrisa desde el primer día, pero lo dejó vivir su duelo a su manera sin saber en lo que iba a terminar. Incluso sin saberlo, debió haber hecho más.

Dejó un segundo de lado el enojo para inclinarse en la tierra junto a él y sujetar sus hombros con las manos. Su expresión estaba aterrada, el rostro lodoso. Quizá hubiera reído, en otro momento, sin lo ocurrido en los últimos meses. Le habría tomado el pelo y un segundo después ambos irían de camino al bar donde pudieran hablar con más calma. Lo llevaría a casa al anochecer para ver a Nina antes de que se fuera a la cama. Pero ahora…

Él pensaba igual. Quería volver a verla en el trabajo porque extrañaba pasar por su cubículo, perder el rato con pláticas inútiles o hacer frente a sus regaños cuando hacía algo mal con los inversionistas. Echaba en falta sus consejos, su compañía. Alguien ocupaba ya su puesto en la empresa, pero ninguna otra persona podría entrar tanto en su vida para convertirse en su amistad más cercana. ¿Cómo la reemplazaba en ese aspecto? ¿Y cómo fue capaz de golpearla, a pesar de todo? No quería mirarla porque no soportaba ver las heridas. Era igual a una sentencia, una que le prometía no recuperarla; ni a ella, ni a ningún otro aspecto de su vida.

—Por favor, responde.

—Por Akane. Porque el papá de tu novia la mató y yo quería que sintiera el mismo dolor que yo sentí cuando se fue.

Ya no había rabia como antes en sus palabras, sino resignación, como quien ya no tiene nada por perder. Y quizá así era, o al menos así lo veía él.

Natsuki dejó caer los brazos.

—¿Qué?

—Mi hermana lo amaba tanto que murió de tristeza cuando él la dejó —apretó los labios en una fina línea y rasgó la lápida produciendo un irritante sonido—. Se atrevió a abandonarla incluso cuando esperaba una hija suya, y estaba tan triste. Yo intenté hacerla sentir mejor, pero empeoraba día tras día. Cuando Nina nació, cayó en una depresión de la que no pudo escapar. Estaba más débil, no quería comer y dormía poco, siempre con la excusa de cuidar de su hija y quizá si yo hubiera insistido más en que se tratara, ella todavía estaría aquí.

—¿Por qué nunca me dijiste nada de esto? ¿Para qué guardar tanto dolor?

—¿Y de qué iba a servir? Si hablaba de ello dolía el doble y me cegaba la rabia. Yo no quería que tú me vieras así, no quería que conocieras al sujeto que te atacó ayer. Y cuando tú te hiciste amiga de su hija… No ibas a creerme porque la amabas. Podía verlo en tu mirada, todo ese amor y admiración te pondrían en mi contra.

Una brisa de aire le revolvió el cabello. Parecía más un niño asustado que un adulto; tenía la vista fija en el suelo, esperando escuchar sus pasos alejarse en cualquier momento. Porque en cuanto supiera la verdad no dudaría en marcharse, en dejarlo solo a merced de sus propios pecados.

—Quise destruir su compañía, pero él se me adelantó. No me quedó otro remedio que desquitarme con su familia… Con su hija…

Sonrió derrotado cuando la tierra se removió frente a él. Se iría lejos, en el mejor de los casos no le dirigiría la palabra ni ahora ni nunca. Y entonces, cuando lo viera hacerse responsable por cada vida estropeada, podría odiarlo, continuar su vida junto a su novia, una vida más feliz sin nuevas amenazas. Entonces estarían a salvo, lejos de él, donde no sería más que un recuerdo lejano de un mal momento. De un mal amigo y de un mal padre.

—No tenías derecho —él asintió ante el primer reclamo y lo siguió haciendo con los demás—. Debiste hablar conmigo y habríamos podido resolver las cosas sin tanto drama. Sin hacerle daño a Nina ni a Shizuru… ¡Casi abusan de ella! ¿¡Eso también fue idea tuya!?

Sólo entonces la miró.

—¡No! Eso no era parte del plan. Debían robarle, asustarla quizá, pero nunca les pedí que la tocaran. Ella es importante para ti, yo jamás quise… Necesitaba que su padre sintiera miedo por ella, ¡pero jamás le dijeron nada!

—Claro que no. Shizuru no quiso preocuparlos.

—Eso lo empeoró todo. No quiero que Nina lo conozca, por eso necesito enviarla lejos de él, pero no quiere escucharme y creí… Ella confía en ti, estaba seguro de que la esconderías si fuera necesario.

—Y lo haría, pero te equivocaste en todo, Sergay —se pasó la mano por el cabello, abatida. Estaba diciendo la verdad demasiado tarde—. ¿Sabías que fue Akane quien abandonó a Satoru? Nina ya sabe todo esto.

Él la observó, desconcertado, y negó con la cabeza. Parecía enojado otra vez y, aunque ahora no parecía capaz de hacer nada al respecto, no pudo evitar dar un paso atrás por pura precaución.

—Eso no es verdad. ¿Por qué Akane iba a sentirse tan triste si él no la abandonó? Si quería a mi hermana, ¿por qué fingió que Nina no existía? ¿Y cómo es que mi hija está enterada de esto?

—Porque no sabía que existía. Y tienes que saberlo todo de una vez para que dejes todo ese rencor contra él de una vez, al igual que Nina quien entendió. Está muy ilusionada por tener a Shizuru de hermana.

Por el momento, no sentías las energías para enojarse por lo que le habían contado a Nina, sólo quería saber él también.

—¿Qué debería saber? Vamos, dime. ¿Qué es lo que ella sabe?

—Akane lo dejó porque la madre de Shizuru le pidió que lo hiciera. Eran una familia y sólo quería proteger eso. Asegurar un hogar para su hija.

—¿Y en cambio dejar a su otra hija sin familia? Esa mujer…

—No te cuento esto para que cambies de objetivo. Debes olvidarlo —dijo colocando la mano en su hombro de nuevo.

—¿Cómo hago eso? —preguntó con tristeza mientras dejaba el enojo de lado—. ¿Cómo dejo atrás la muerte de mi hermana, todo su dolor ocasionado por esa mujer?

—Nadie te pide que la perdones, pero vengarte no te devolverá a Akane. Shizuru también está molesta por lo que hizo, y el propio Satoru le ha pedido el divorcio, pero hacerle daño no es la solución.

—Pero…

—Sergay, sé un buen ejemplo para Nina. Eres su padre y prometiste a tu hermana hacerte cargo. No te atrevas a olvidar esa promesa. No olvides que ella siempre fue una persona amable y cariñosa. Quiso a Shizuru como si fuera su propia hija, no estaría contenta con nada de lo que has hecho.

Lloró. Intentó apoyarse en el hombro de su amiga pero recordó que ya no lo era. Lloró porque era cuanto podía hacer, porque remediar sus acciones era imposible y porque Natsuki tenía razón. No se dio cuenta hasta no ver el terror en los ojos de su hija, sólo entonces lo comprendió, pero era tarde. Se había convertido en el malo de la película, siempre creyendo que él era el bueno.

—Les fallé.

—Sí, lo hiciste, pero esa no es excusa para no cambiar ahora.

Antes de responder, un par de pasos apresurados los hicieron mirar en otra dirección. Natsuki, en lugar de sorpresa sintió miedo, miedo por haberse marchado sin avisar pues sabía de antemano que haría enojar a su novia, miedo porque no quería tener más problemas por estar ahí con Sergay cuando ella le había dejado en claro que no confiaba en él.

Pero Shizuru no llegó a reclamar. Sólo la abrazó y se quedó entre su cuello con el nudo en la garganta disipándose lentamente. Después de correr a buscarla, era cuanto necesitaba para dejar la preocupación de lado. Ver su rostro sin un rasguño la tranquilizó, aunque seguía recelosa con la presencia de su ex amigo.

Mientras, él se quedó observando lo que debía ser el amor. Como juntas parecían más tranquilas. El abrazo donde querían fundirse con suspiros escapando de sus labios; incluso sus ojos habían cambiado y, a pesar de no ver el rostro de Nat, podía imaginar su sonrisa.

—Te dije que no vinieras sin mí —le recriminó.

—Lo lamento, pensé que podía ponerte incómoda con la conversación y había cosas de las que debía hablar con él a solas.

Shizuru la miró a los ojos sin decir palabra, pero no fue necesario, ella lo entendió todo.

—Yo… —habló para llamar la atención de ambas—. Tengo mucho por lo cual disculparme. Sobretodo contigo, Shizuru. En verdad lo siento, aunque no espero que me perdones.

Miró a su novia antes de devolver la vista al muchacho, ahora sucio y con una expresión distinta. Era como ver otra persona, sin embargo, no podía olvidar lo que había hecho.

—No sé si pueda hacerlo —admitió.

—Lo entiendo —dijo rascando su barbilla.

—¿Cómo me encontraste?

Seguía sujetando su cintura con cariño y no daba muestras de querer soltarla.

—Le pregunté a Nina.

—¿Ella está aquí? —intervino él.

Casi sonríe antes de recibir la negativa de Shizuru. Trató de no darle importancia, pero le dolió saberlo. Metió las manos en los bolsillos sin saber qué otra cosa hacer, la conversación también había llegado a su final. Ahora tenía mucho por resolver y ellas… Quizá una vida por vivir, una donde no había lugar para un idiota violento.

—Creo que debo irme. ¿Te quedarás?

—Sí… Quiero estar otro rato junto a la tumba de mi hermana.

Natsuki no insistió. Se veía herido e incluso cansado, pero supo que estaría bien en cuanto decidiera marcharse del panteón. Y, por el momento, ellas tenían otras cosas pendientes.

Aun así, se sentía más tranquila. El día anterior se había convertido en un panorama escalofriante, pero hoy el cielo era menos gris. Sergay no representaba más problemas en sus vidas, Shizuru estaba a salvo, Nina no tendría que marcharse y los problemas entre sus suegros se resolvían de la forma más pacífica.

Estaba cansada. Cansada de ser fuerte, cansada de mentirle a su novia, cansada del miedo continuo a quien antes era su mejor amigo. Pero tras esa conversación, se quitó un gran peso de sus hombros y la tranquilidad la venció en cuanto llegaron a casa porque por primera vez en mucho tiempo, no cabían más preocupaciones. Pronto encontraría un trabajo, y todo iba a estar bien.

Lo supo en el momento que Shizuru se sentó junto a ella en la cama con una taza de té en las manos. Se había dado una ducha por lo que su cabello estaba húmedo y sólo llevaba puesta la ropa interior mientras cubría su cuerpo con las mantas.

Se dio cuenta, por segunda vez, que así era como quería pasar sus días. Con la compañía y ayuda de su novia, con el apoyo y la fe que siempre demostraba tenerle.

—¿Sigues preocupada por tu amigo? —preguntó al notar su distracción.

No parecía molestarle en lo absoluto el haber perdido un día de trabajo.

—No, no se trata de eso —respondió y besó su frente—. Sólo pensaba en lo feliz que me siento cuando estás conmigo.

—También me siento feliz contigo, Nat. Aunque a veces me hagas enojar por querer hacer las cosas tu sola.

—Lo siento —sonrió—. ¿Seguirás enojada mucho tiempo por eso? No quiero que llegues enojada al altar.

Sus mejillas se tiñeron de rojo ante la mención de la boda.

—No… no creo que mi enojo dure tanto—suspiró—. Espero que todo esté bien para entonces.

—Así será. Nina ahora está dolida, pero sanará. Y tus padres, bueno, ellos ya son adultos como para saber lo que quieren hacer de sus vidas.

—Tal vez tengas razón.

—Por supuesto —la abrazó—. Y siempre serán tus padres. No van a abandonarte aunque estén separados.

—¿Qué haría sin ti?

Se encogió de hombros.

—No lo sé, pero no lo averigües nunca, por favor.


Respuestas a los reviews.

Nicocchi17: Todo terminó relativamente bien, aunque lo de Nina y su padre lo verán hasta que suba el epílogo. Saludos, gracias por leer y comentar.

NK-FT: Por supuesto, quiero decir, Sergay se ha dado cuenta ya del daño que hizo y, aunque no es suficiente con notarlo, probablemente él también lo sabe. Por el momento, al menos todo está tranquilo. Gracias por leer y por comentar.

Setsuna M: Muchas gracias por todo, la verdad sí me siento mucho mejor. En lo demás, Sergay ha sabido ver su error y bueno, lamentablemente es un poco tarde, pero en el epílogo veremos más de esto. Gracias por los buenos deseos y por comentar en cada capítulo, es muy dulce.

Angi'lk: Hola mi adorada, muchas gracias por el ánimo, me sirvió bastante. Todo ahora será sólo un mal recuerdo, lo prometo, y bueno, espero que hayas disfrutado leerme. Por todo lo demás, gracias, saludos y besitos.

1after909: I know, but it's okay. Now Nat and Shiz are happy.

Leedoraespectral: Hola, ¡muchas gracias! Por el apoyo y por todo. Como deseabas, Sergay se ha dado cuenta, pero quién sabe si las cosas se puedan arreglar con Nat, aunque igual y con su hija sí lo consigue. Eso lo veremos en el epílogo. Un saludo lleno de cariño para ti, y abracitos.

Chat'de'Lune: Gracias, ahora que todo ha salido a la luz y que las cosas están en una relativa calma, creo que queda la promesa de que todo estará bien. En fin, gracias, te mando un abrazo. Saludos.

Estefan Ruiz: Gracias por leerme y por comentar. Tal como dices, ya ahora las confrontaciones terminaron, sólo queda darles un porvenir a todos. Saludos, te leo pronto.

Srto Schnee: Muchas gracias, y bueno, ya todo ha quedado en su lugar. Las charlas ya se dieron y Sergay sabe lo que ha hecho mal. Saludos y abrazos.

Nota de autor #2: Gracias por preocuparse por mí en el capítulo anterior. Ya me siento mucho mejor, les mando un enorme abrazo y muchos besitos. Nos leemos pronto.