No estaba seguro de lo que sentía, aún así buscaba desesperadamente autoconvencerse de que no era algo estúpido como cariño. Mas eso no explicaba el temblar de sus manos, el irrefrenable latir de su corazón y las ansias que se esforzaba en disimular.
Para Jason era diferente, sabía de antemano que aquello era atracción; algo que no pasa de lo físico, una ansia más animal que otra cosa, nacida tal vez de la soledad que experimentaba hacía un tiempo. Podía adivinar el deseo en los ojos del primogénito de Bruce, podía él mismo sentir su propio y no veía pecado alguno en aprovechar la oportunidad que tenía, dudaba que la misma no se le hubiera ofrecido antes a otros. Aquellos sensuales orbes esmeralda, legado indudable de Talia, le sedujeron.
Sus manos recorrían las formas del contrario con deleite; los labios iban a parar ocasionalmente a la piel ajena, a su cuello, pezones y hombros; los sonidos placenteros llenaban la habitación, elevando el libido de ambos. Aún así había algo que el menor ansiaba en medio de aquella apabullante oleada de placer carnal.
El pelinegro, que le ganaba aún en masa, estatura y experiencia, supo leer aquel anhelo en los labios entreabiertos; se lo concedería, pues mientras yacieran juntos estaba dispuesto a ser accesible a aquellas pequeñas y mudas peticiones.
Elevó su rostro, llevando de lleno la atención de Damian a sus facciones, y se acercó a él con velocidad que al más joven le pareció mínima. Finalmente fue Damian, impulsado por la desesperación propia de la juventud, quien terminó por unir sus labios, entrelazando sus brazos detrás de la nuca del mayor.
Fue un tacto casto, al principio, un par de segundos sus labios permanecieron sólo unidos; el más joven aún no se reponía de los abrasadores sentimientos que estallaron en su pecho, cuando Jason se permitió darse paso a su boca.
Sus lenguas danzaron, encontrando poco a poco la sinfonía cuyo ritmo satisfizo a ambas; la inexperiencia del portador del manto de Robin era evidente, aún así no dejó intimidar, le imitó y le siguió como si todo aquello no causara en él miles de sensaciones en las que ni siquiera habría podido imaginar antes.
Ambos se sentían derretir en el placer; Jason supo que no le molestaría repetir aquella ocasión y Damian trató de negarse al nuevo conocimiento sobre la naturaleza de su sentir.
Aquella noche habían sembrado algo que ninguno supo reconocer con exactitud; con aquel beso, habían sentado el precedente para volver a unir sus labios en tantos otros que ya no pudieron seguir contando a medida que crecían en cantidad; esa fue la primera vez que Todd notó aquel destello en los orbes del menor que les hacían distar de los de su madre.
Pasarían meses, tal vez años, hasta que pudiese ver, como nadie más lo hacía, que eran totalmente distintos, que brillaban con diferente tonalidad y distinta belleza; pasaría tiempo hasta que Damian diera nombre a aquello que supo instalado en su pecho y se atreviera a reconocer el nombre grabado a fuego en su alma maldita. Pasaría aún más hasta que se atreviera a admitirlo a cualquiera.
Mientras tanto, ambos se quedaban con aquello: un primer beso que les supo a gloria, y que auguraba un inicio.
