La luna brillaba sobre el palacio del Santuario. Su luz se colaba a través de los pasillos y acariciaba con dulzura la piel de los caballeros dormidos. En su habitación, tres jóvenes se entregaban plácidamente a un descanso que pocas veces podían disfrutar.
Inquieto, se revolvió dentro de las sábanas. Suspiros profundos escapaban de su pecho, mientras él permanecía sumergido en las profundas aguas del sueño.
Shun. Andrómeda Shun.
Abrió los ojos. A sus oídos llegó la respiración profunda de sus compañeros, la misma que lo había arrullado hacía unas horas. Incluso Ikki, en la cama contigua, mostraba un gesto sereno; la habitación entera exhalaba paz. Sin embargo, su corazón latía impetuoso, como si supiera que algo estaba a punto de ocurrir.
Shun. Andrómeda Shun.
Se incorporó y miró al rededor. La luz plateada de la luna iluminaba las cajas de las armaduras, provocando que lanzaran destellos danzarines. En el interior de la suya, la cadena de Andrómeda tintineaba inquieta. Con sigilo, salió de la cama, se colgó la caja en el hombro y abandonó la habitación. Nadie se despertó en ningún momento.
Andrómeda Shun.
Sólo cuando salió del palacio se puso la armadura. La cadena inmediatamente comenzó a moverse, sin embargo, él no percibió la energía de un enemigo. Desconcertado, miró a su alrededor. Todo permanecía en calma, ni un solo caballero o guardia parecía encontrarse cerca. A sus pies, el coliseo se extendía como si se tratase de un cuadro, cautivado por la inmovilidad. Incluso podría pensarse que todo el lugar había sido hechizado, de no ser por la brisa. Esa corriente ligera que le llevaba pétalos del cerezo, los mismos cerezos que él había visto morir.
Shun.
Corrió hacia la parte alta del Santuario, más allá del palacio y el coliseo, hasta llegar a las columnas que enmarcaban el principio del camino hacia las doce casas. Una vez ahí se detuvo y miró hacia arriba; desde donde estaba podía admirar toda la escalinata, desde el templo de Aries hasta la estatua de Athenea. El arco había sido diseñado para que quien quisiera cruzarlo comprendiera la magnitud de la misión que estaba a punto de emprender, pero para él fue como un latigazo de dolor, un recordatorio de su inmensa pérdida. Se sintió destrozado y pensó en volver; sin embargo, su cuerpo no respondió.
Ven, Shun.
De pronto, las luces del reloj del Santuario se encendieron, parpadearon intensamente unos segundos y volvieron a apagarse. Todas, excepto una: la de la sexta casa.
Su cosmos respondió por él, impulsándolo a través de los templos vacíos. La sensación de abandono que lo embargara momentos atrás, desapareció de golpe. En su lugar, la fe le abrió el camino entre el dolor que se asomaba cuando atravesaba las casas deshabitadas. Sólo cuando llegó al umbral de la casa de Virgo dejó de correr. La brisa nocturna le acarició las mejillas, en lo que él interpretó como un gesto de bienvenida. Conmovido, cerró los ojos.
— Es una noche hermosa.
Parado, a sus espaldas, estaba él: vestía una sencilla túnica color ámbar e iba descalzo. Su largo cabello rubio estaba atado a la altura de la nuca en una coleta holgada. El resplandor que emanaba de su cuerpo, así como la sonrisa cálida que le dirigía, provocaron que las lágrimas se asomaran en los ojos de Shun. Con la voz ahogada por la emoción alcanzó a llamarlo.
— Shaka...
— Hola, Shun.
Arriba, las estrellas tintineaban risueñas con destellos color plata en la bóveda celeste. La energía de las constelaciones se concentraba en el Santuario como si supieran que Athenea estaba en casa. Shaka permaneció un momento callado con el rostro clavado en el cielo. Cuando volvió el rostro hacia él, Shun creyó distinguir el asomo de una sonrisa en sus finos labios.
— Es precioso ¿no te parece? Sin embargo, es preciso que entremos.
Se adelantó hacia la escalinata y penetró en el templo de Virgo. Shun lo siguió. Los muros los recibieron con sus grietas, con sus columnas derrumbadas sobre una alfombra de polvo sobre la que quedaban marcadas las pisadas del joven caballero. Entre las sombras, el resplandor que emanaba el cuerpo de Shaka se intensificaba, guiándolos a través de la oscuridad. El recuerdo de un rayo de sol surcando el Inframundo atravesó punzante su memoria.
— ¿Shaka, cómo es que...?
Por toda respuesta, el aludido sacudió la cabeza. Caminaron en silencio hasta llegar a las puertas que daban al jardín. Shun dio un respingo frente al paisaje que se extendía frente a sus ojos: la hierba que antes había poblado la colina se había extinguido por completo. Las ramas del árbol se alzaban desprovistas de follaje y la madera del tronco parecía haber envejecido mil años. Era un campo de muerte. A Shaka pareció no importarle. Continuó con un gesto de paz imperturbable, mientras que Shun, a sus espaldas, lo seguía con los puños apretados y la mirada baja.
Al fin llegaron al centro del jardín. A su alrededor, el tiempo parecía haberse detenido en un mar infinito de tierra y pétalos secos. No había Santuario ni templo al cual volver, sólo existía el aquí y el ahora. El vacío que se había apoderado de los recuerdos de Shun, transportándolo hasta los parajes inhóspitos del Inframundo, se disolvió en medio de una nada tranquilizadora. Frente a él, Shaka acarició la madera seca, perdido en sus propios pensamientos. Shun se sentó a su lado y hundió sus dedos en la tierra árida. No apartaba los ojos del hombre cuyo cosmos lo había consolado tantas veces, durante los interludios entre las guerras que había presenciado.
— Tenía algo que decirte, caballero. Este me pareció un buen lugar.
La brisa ligera que lo había fijado desde el palacio levantó un puñado de hojas secas. Bailarinas, volaron hasta Shaka, quien las sostuvo un momento entre sus dedos y las dejó ir.
— Estoy orgulloso de ti, Shun.
La vergüenza cayó sobre él como un bloque de piedra. El hechizo del jardín se desgarró y bajo el velo apareció la culpa encarnada en las heridas de su cuerpo. Un par de lágrimas calleron, humedeciendo la tierra seca. Al darse cuenta de su vulnerabilidad, bajó la mirada.
— Lo siento, lo siento tanto. Debí de encontrar la manera de destruir el alma de Hades mientras estaba dentro de mi cuerpo, debí saberlo. Si hubiera sido más fuerte...
— Levántate.
Sorprendido por el tono severo de la voz de Shaka, Shun levantó el rostro. Contrario a lo que esperaba, el caballero de Virgo no parecía molesto. Todo lo contrario: había abierto sus ojos azules, los cuales centelleaban con cariño en medio de su expresión serena.
— Escúchame bien, Shun. Nadie, ninguno de nosotros fue más fuerte que tú en esta guerra. A pesar de todo, de la carga que llevas por lo que viste, tu cosmos es más puro que nunca. Y más peligroso.
Apretando los dientes, Shun se puso de pie. El viento traía continuamente pétalos color rosa atraídos por el suave resplandor del cuerpo de Shaka quien los ignoraba,por mucho que estos acariciaran sus mejillas. Él sólo tenía ojos para el joven caballero.
— Shun, lo que se aproxima es mucho más terrible que todo a lo que te has enfrentado antes. Zeus no está contento y mandará a sus hijos antes de atacar.
— No entiendo, ¿Por qué Zeus ha permitido la existencia de Los caballeros del zodiaco? ¿Por qué nunca ha intervenido antes?
— Porque les teme. A los humanos. Le horroriza la capacidad que tenemos para ir en contra de su puesto divino para proteger la vida que amamos. Esa es tu debilidad pero también tu arma más poderosa,caballero; recuérdalo siempre: nuestra humanidad es lo que nos hace tan poderosos.
Aire fresco circuló hasta sus pulmones hasta inundar cada célula de su cuerpo, lo cual le provocó un ligero mareo. En ese momento, Shun se sintió maravillado. Comprendió que la razón por la cual la guerra contra Hades los había destrozado tan profundamente era precisamente porque en ella habían recuperado su humanidad. Aquello que simbolizaba su debilidad -la convalecencia de las heridas, su lenta recuperación, la muerte de sus seres amados- era un recordatorio de que, a pesar del entrenamiento, las batallas y sus cosmos magnificados, seguían siendo personas, habitantes de la tierra.
La mano de Shaka apretó su hombro; de sus ojos azules corrían lágrimas cristalinas. Shun recordó la primera vez que lo había visto con los ojos abiertos y se estremeció: la diferencia entre ambas miradas era abismal. En su pecho, la sensación de paz se extendió poco a poco hasta transformarse en sueño pesado. Sus párpados se cerraron y se desplomó en los brazos del caballero de Virgo. Shaka sonrió. Con los ojos cerrados, recostó al muchacho en la tierra y acarició suavemente su frente.
— Siempre lo supe, caballero de Andrómeda, y ahora lo reitero. Eres un digno heredero. Mi espíritu te protegerá hasta el final de los tiempos.
Los pétalos del cerezo volaron hasta la cámara de Athenea. Ahí se posaron en los labios de una diosa dormida. Mientras tanto, en el jardín de Virgo, Shun suspiraba entre sueños con lágrimas en los ojos.
— Adiós... Maestro.
