Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


[21]


Á Nbúirnín dílis geal mo chroí
Pues en mi imaginación caldeada,
Aún apareces bajo la marea lunar,
Y el dormir te devuelve tu forma de ángel,
Para atraparte en el sueño de la medianoche

Antigua poesía irlandesa


Hinata volvió de Brooklyn con el tiempo justo de cambiarse para ir a Delmonico. La señora Mei le había pedido que fuera porque el duque de Sharingan por fin había llegado a Nueva York y esa noche haría su primera aparición. Hinata no tenía ningún deseo de ir. Hubiese preferido tomar un té con tostadas en su propia habitación y acostarse temprano, lo que resultaba imposible. Esa noche, todos estarían en Delmonico. Era una oportunidad muy importante y Karin no podía perdérsela.

Fortalecida por la visita a Hanabi, Hinata se vistió con rapidez y esperó a los demás en la sala. Se armó de valor para el primer reencuentro con Naruto, pero la tomó desprevenida la punzada dolorosa que le asaeteó el corazón cuando su esposo entró en la habitación. Se dirigieron un mutuo gesto de saludo; si Hinata no tuviese una reserva de lucidez, se habría ruborizado al recordar la última escena. No se ruborizó. Volvía a ser la princesa de hielo que ocultaba un corazón vulnerable y aterrado.

—Karin bajará enseguida. —Naruto se acercó al fuego; las llamas arrancaron destellos de la cabeza dorada del león. Dijo sin cambiar el tono—: ¿Disfrutaste del paseo?

Inquieta por la pregunta y por el hecho de que conociera todas sus idas y venidas, Hinata apartó la mirada y contempló las llamas.

—Sí. —Fue toda su respuesta.

—¿Cuándo volverás a salir?

Los ojos de Hinata echaron chispas de furia.

—Tú conoces mejor que yo mis entradas y salidas; ¿por qué no me lo dices?

La única respuesta fue un pesado silencio. Hinata aspiró una bocanada de aire y dijo:

—¿Acaso ordenaste a los criados que me espiaran? ¿Así supiste adónde fui hoy? ¿Se trata de Whittaker?

—Sólo me concierne a mí saber qué me... —Trató de serenarse— ... lo que sucede en mi propia casa.

—Claro, por supuesto. Muy bien, ya lo sabes. Hoy fui a Brooklyn. —Se volvió y lo enfrentó, recordando la nota de Amaru —. Al parecer, yo no fui la única en salir de la ciudad, ¿no es cierto? Sé que esta mañana te levantaste temprano.

—¿Cómo lo sabes? —Fijó la mirada en su esposa. A Hinata se le hizo un nudo en la garganta al recordar la esperanza que había sentido al levantarse y la crueldad con que esa esperanza fue aplastada por aquella carta.

—Quizá yo también tenga mis espías en esta casa.

Fue evidente que Naruto no le creía.

—Me echaste de menos en el desayuno. ¿De eso se trata? No tuve tiempo para desayunar.

"Al menos, no en esta casa", pensó Hinata.

—¿Esta mañana me buscaste? —La voz de Naruto fue más suave de lo que Hinata jamás había oído. Mas ni ese tono conciliador alivió la vergüenza de la joven. De todas las humillaciones que podía concebir, la peor era tener que compartir al esposo con otra mujer.

—Ya aprendí que nunca debo de buscarte. —Afectando un aire frío, Hinata apartó la mirada.

—Está bien. —Fue el helado comentario.

Entre los dos no hubo más conversación hasta que partieron en el coche.

Como de costumbre, Karin desbordaba de excitación por las actividades de la noche. Estaba tan entusiasmada, que tanto Naruto como Hinata la dejaron parlotear en procura de un falso alivio para la atmósfera oprímete que reinaba entre los dos. Sin embargo, al fin Karin pareció notar la hostilidad de los esposos y guardó silencio sin que se lo pidiesen.

Hinata se puso nerviosa y comenzó a hablar.

—Karin, estás muy bella esta noche. ¿Estás impaciente por conocer al duque?

—Nunca conocí a un duque. ¿Crees que me asustará? —Karin echó un vistazo al semblante lúgubre de su hermano y luego dirigió a Hinata una mirada preocupada.

Hinata forzó la risa. Quiso decir: Nunca tanto como tu hermano, aunque en realidad respondió:

—Oh, no: es probable que sea anciano y medio sordo. Creo que no tienes de qué preocuparte. De cualquier manera, no estaremos mucho tiempo con él. Sin duda, la señora Mei Astor debe de haber hecho muchos planes.

—¡Qué suerte! — Karin sonrió y apretó el abanico. El movimiento atrajo la mirada hacia las manos de Karin.

—Qué brazalete tan bonito. Es nuevo, ¿verdad?

—Sí, es nuevo. —respondió Karin, tocando los zafiros de corte cuadrado—. Naruto me lo trajo de Boston.

—Te queda bien, Karin. —Hinata forzó una sonrisa, que le resultó casi dolorosa. Después de todo lo que Naruto la había hecho sufrir, no comprendió por qué le dolía semejante pequeñez. Naruto fue a Boston durante la luna de miel, trajo una joya costosa para su hermana, y nada para la flamante esposa. Si bien Hinata ya le había demostrado el desprecio que sentía por las joyas ostentosas, le dolía que su marido no hubiese pensado en ella durante el viaje. Sin duda, habría traído algo para Amaru. Como lo demostraba la nota, Amaru no podía prescindir de un regalo. Era muy probable que Naruto hubiese comprado para la amante una alhaja que hubiese podido pagar la mitad del ejército confederado, de todos modos aunque sólo hubiese arrancado un trébol de cuatro hojas junto a las vías del ferrocarril y se lo hubiera llevado a Amaru apretado en el bolsillo, Hinata habría odiado el gesto. No se trataba del precio. Se trataba de las emociones. De los sentimientos que ansiaba despertar en su esposo.

Delmonico resplandecía, lleno de personajes importantes: los Cuatrocientos, pegados hombro con hombro con los representantes de Washington y de la oficina del Alcalde que querían conocer a este prestigioso duque inglés. Nadie conocía mucho acerca de los Uchiha, salvo que tenían una enorme posesión cerca de la frontera con Escocia, que el primer duque había sido armado caballero por Enrique V, y que eran tan ilustres que, según rumores, Victoria y Alberto habían pasado la luna de miel en el castillo de los Uchiha.

Cuando se anunció la llegada del duque, la multitud hizo silencio. Hinata estaba con Karin en el fondo del salón; la muchacha se mostraba más interesada en las jóvenes que se amontonaban alrededor de ellas como palomas que en el mismo duque. La impresión fuerte la causó la aparición del duque en la puerta: no era el caballero anciano de grandes bigotes que la mayoría esperaba sino un joven apuesto de una edad similar a la de Naruto.

—¿Ése es el duque de Sharingan? — Exclamó Hinata de una manera más bien indecorosa.

—Ese muchacho no debe de tener más de veinticuatro años —comentó Naruto, que dada su altura podía verlo mejor.

—Es muy guapo — Murmuró Karin.

—Es británico. —Replicó Naruto.

—Es guapo —Confirmó Hinata, ignorando el comentario de su marido.

—¿Crees que nos presentarán? —Preguntó Karin.

—Oh, sí, sin duda. —Hinata tomó a Karin del brazo y comenzó a llevarla hacia la fila de los que aguardaban para ser presentados.

Naruto las detuvo y llevó a Hinata aparte.

—Te lo advierto, Hinata. El duque de Sharingan es inglés, y no quiero que Karin se mezcle con ningún maldito inglés.

Hinata lo miró y abrió la boca, sorprendida.

—Naruto, aunque sé que los irlandeses les tienen cierta inquina a los ingleses, esto es ridículo. Ni siquiera lo conoces.

—Es inglés. Eso es todo lo que necesito saber. No quiero que mi hermana se vincule con ese sujeto.

—Cuán conveniente resulta el prejuicio. Podríamos tomar esa misma oración y cambiar inglés por irlandés, y la oirías de labios de muchos de los que están hoy aquí.

Naruto esbozó una sonrisa irónica.

—Admito que en ese punto tienes razón, de todas maneras, Karin no se presentará a ningún inglés. Así es como proceden, ¿sabes? Cuando ven que las arcas de la familia comienzan a vaciarse, vienen a América a buscar a alguna muchacha bonita que les permita hermosear el castillo con la sustanciosa dote. Te aseguro desde este mismo momento que el dinero de los Uzumaki no irá a arreglar ningún maldito castillo en Northumberland.

Hinata lo escuchó y comprendió que Naruto no advertía que una vez más se deslizaba el acento irlandés en su discurso. Dijo:

—Karin aún no conoció al duque y tú ya la imaginas casada y con hijos. ¿No crees que deberíamos esperar a ver si se agradan uno al otro?

—Oh, le gustará Karin. Mírala: es bonita y la más rica de las que están aquí. No se irá con ningún inglés... y eso es definitivo.

Con astucia, Hinata ocultó la sonrisa tras la mano enguantada. Sabía que estaba jugando con fuego, no obstante después de haber pensado toda la noche en el brazalete de Karin, creyó que había llegado el momento de tomarse la revancha.

—Vamos, Naruto, "tú"... el señor "Bolsa de Valores", el señor "Bonos de Ferrocarril", el señor "yo siempre consigo lo que quiero"... Tendría que agradarte este duque. Pensé que serías el primero en admirar a un hombre cuyos antecesores tuvieron el poderío para someter a un país por más de doscientos años, aunque ese país sea el tuyo. ¿Acaso no es ése tu modus operandi?

Naruto la miró asombrado, y luego soltó una risa inesperada.

—Muy bien. Preséntala a Uchiha. Si pretende casarse con mi hermana, cerraré todas las apuestas. Nuestro arreglo quedará sin efecto.

—En los documentos que firmé cuando me casé contigo no recuerdo que estipulara que Karin no podría casarse con un inglés.

—No puedo prever todas las posibilidades.

—No, no puedes. Señor Uzumaki, todas las apuestas están abiertas. Sea inglés o no.

Con los labios apretados, Naruto vio cómo Hinata volvía junto a Karin y la llevaba a la fila.

Como si fuera una artista trabajando con su instrumento preferido, Hinata esperó en la fila. La satisfizo ver que el duque se aburría conversando con la señora Van Dam, una dama anciana de Washington Square. Si lograba atraer la atención del duque hacia Karin, la conquista sería más dulce aún.

Hinata dirigió a Naruto una mirada audaz por encima de la multitud; luego tomó a Karin de la mano y dijo al duque:

—Su Gracia, soy la señora de Naruto Uzumaki. El duque le besó la mano. Hubo una chispa de sorpresa en los ojos del joven.

—Ah, sí, señora Uzumaki, he oído hablar mucho de usted. Su apellido de soltera es Hyuga, ¿verdad?

Hinata sonrió, sin cuidarse de los chismorreos que la aludían. Sabía que existían comentarios.

—Así es, sólo que ahora mi apellido es Uzumaki. —espió a Naruto por el rabillo del ojo y vio que la miraba, ceñudo. Dijo en voz lo bastante alta para que la escuchase—: y aún oirá hablar más de los Uzumaki, Su Gracia, pues quisiera presentarle a mi cuñada, Karin Uzumaki.

El duque se inclinó para besar la mano de Karin. Cuando se irguió, los ojos oscuros encontraron los de Karin, y la expresión aburrida se disipó de inmediato.

—Encantado de conocerla. —Dijo, contemplando a la muchacha ruborizada.

—La señorita Uzumaki nació en Nueva York —Intervino Hinata — y es muy aficionada a nuestro nuevo parque. Su Gracia, ¿le agrada cabalgar?

—Claro, por supuesto —Respondió distraído, sin dejar de mirar a la muchacha.

Hinata sonrió: todo marchaba muy bien. El duque estaba impresionado. Agitó el abanico para llamarle la atención.

—La señorita Uzumaki me decía que pronto iremos a dar un paseo a caballo por el parque. Supongo que una mañana, luego del desayuno.

—Ésa es la hora en que me gusta pasear a caballo.

—¿Sí? —Hinata se llevó la mano al pecho, como asombrada por la coincidencia. Se volvió para mirar a Naruto, que había oído toda la conversación. Vio que se ponía ceñudo y tuvo que disimular la risa tras el abanico.

Desde donde estaba, Naruto observó cómo su esposa ejercía su propia magia sobre el duque. Era cortés, ingeniosa y encantadora... todo lo que su educación le había brindado. Si se observaba con atención, se descubría en los ojos de Naruto una veta de orgullo y admiración y una considerable dosis de temor.

Y si se lo escuchaba con la misma atención, se lo habría oído murmurar acerca de lo que más lo obsesionaba: "No, señora Uzumaki, todas las apuestas están cerradas. Y en primer lugar, tu próximo viaje a Brooklyn".

—Es guapo, ¿no crees? ¿No te parece encantador? ¡Cuando me invitó a bailar el vals me sentí tan torpe...! ¡Debo de haberlo pisado al menos cuatro veces! —Parloteaba Karin en el viaje de regreso por la Quinta Avenida.

—El joven Uchiha es todo un caballero, ¿no te parece, Naruto? —Bajo la luz dorada de la lámpara, Hinata se volvió hacia su sombrío marido y le dirigió la más radiante sonrisa de venganza —. Le dije que Karin y yo daríamos un paseo por el parque, el jueves por la mañana. ¿Crees que fui demasiado atrevida al darle indicios de dónde estaríamos, de modo que pueda encontrarse con nosotras "por casualidad"?

Naruto frunció el entrecejo y le dijo a Karin:

—No es necesario que pierdas tiempo pensando en ese muchacho. Mei Terumi Astor lo mantendrá tan ocupado que no podrás verlo.

—Oh, tienes razón. —El entusiasmo de Karin se marchitó como una rosa arrasada por el viento.

—¡No es así! —Hinata se acercó a Karin y le apretó la mano—. Tesoro, te apuesto a que el jueves, el duque estará en el parque. Y le haré entender que será bienvenido si desea visitarte.

—¿Lo harás? —Exclamó Karin, otra vez alegre.

—Por supuesto que lo haré. Después de todo... —Lanzó a Naruto una mirada significativa— ... para eso estoy aquí.

—Cuando lleguemos a casa, quiero hablar contigo, esposa mía. —dijo Naruto entre dientes.

—Muy bien, querido esposo. —Respondió Hinata, disfrutando del hecho de no sentirse amedrentada por el tono amenazante de su esposo.

Cuando llegaron a la mansión, Naruto dio las buenas noches a Karin y luego fue hacia la biblioteca. Hinata amaba esa habitación. Debería odiarla pues allí fue donde había concertado el acuerdo con ese demonio irlandés hacía tantas semanas, y sin embargo, era su cuarto preferido. Era como el dormitorio de Naruto. En ese cuarto no había líneas curvas. Un hombre llamado Charles Lock Eastlake era el creador de ese estilo moderno, y Hinata decidió que si alguna vez ella y Hanabi tenían una casa propia, la decoraría de acuerdo con la obra de ese hombre: Apuntes para la decoración del hogar.

—Estás incentivando este romance sólo para molestarme, y eso no me agrada. —Naruto cruzó los brazos sobre el pecho y la miró.

Hinata pasó junto a un sofá tapizado con cuero de caballo y se acercó a la biblioteca empotrada examinando los títulos.

—Naruto, no podemos interponemos en el camino del verdadero amor.

—Esto representa una salida para ti, ¿verdad? Dejarás a Karin en las garras de ese joven duque y, cuando esté casada, crees que podrás decir "adiós, misión cumplida". No te soltaré tan fácilmente.

La joven rió entre dientes.

—Por Dios, Naruto, no te adelantes. A Uchiha le agrada Karin y no veo motivo para desanimarlo. Me parece un joven agradable y, ¡oh, sorpresa!, carece de los prejuicios que mantuvo alejados a muchos Knickerbocker. Creí que estarías fascinado de que tan ilustre personaje se prendase de Karin.

Enfadado, Naruto se volvió. Admitió a desgana:

—De acuerdo. Dejemos que Uchiha vea a Karin. Si surgiera la necesidad, sabré manejarlo. No supongas que la anulación está próxima. Para satisfacerme, el hombre que quiera casarse con Karin tendrá que probar su amor cinco veces. No será una tarea fácil.

Hinata tenía una réplica en la punta de la lengua, hasta que oyó la palabra anulación. No pasaría mucho tiempo antes de que la obtuviesen. Todavía Karin no había encontrado un compañero, aunque era sólo cuestión de tiempo. Tal como Hinata supuso, fue fácil hacerla entrar en la sociedad. A lo sumo, pasarían un par de meses antes de que algún caballero pidiese la mano de la muchacha.

Un par de meses. Hinata observó a su esposo. Recordó a Amaru, la amante, y quiso odiar a su marido. A pesar de ello sentía todo lo contrario, y por ese motivo Naruto la hería tanto. Imaginó el futuro sin ese hombre colérico y apuesto que tenía ante sí. Gran parte de ese futuro estaba construido en base a sueños: una casita blanca, la libertad de Hanabi y el fantasma de un hombre que un día la salvaría... sueños tan inconsistentes como una telaraña.

—No te librarás tan fácil de la trampa. —Continuó Naruto con aire astuto—. Recuerda lo que te digo: tendrás que esforzarte mucho más que hasta ahora para encontrar a un hombre lo bastante bueno para Karin.

Lo que sugería era que el matrimonio duraría más de lo esperado; lo que en realidad deseaba Hinata era que fuese auténtico. Por lo que había percibido en Uchiha, no le sorprendería que Karin estuviese casada en el término de unos meses, hasta en semanas.

Naruto le preguntó algo, pero Hinata no lo oyó. Sólo podía pensar en lo solitaria que se sentiría cuando llegara esa anulación. Se sentía como Cenicienta después del baile. Había encontrado al príncipe, al hombre sin rostro de los sueños, y ése era el único hombre que jamás podría tener.

—¿Cómo, no hay ninguna réplica aguda? ¿Ningún desafío?

Hinata lo miró. Había en ese hombre muchas cosas que no le gustaban, incluso odiaba esa mansión en que vivía. Era demasiado grande, vulgar y sobrecargada. Mas cuando pensó en que al fin tendría la casita blanca junto al mar y viviría sola en ella hasta el fin de la vida, supo que sería muy desdichada. Se sentía ligada para siempre a este hombre áspero y colérico. La idea de no volver a verlo, de no desafiarlo, ni sentarse tranquila en la sala, tomada de la mano de Naruto escuchando a Karin tocar el arpa le provocó el deseo de arrojarse en el sofá y plañir tal alto como lo hacían los irlandeses.

—Nunca te vi tan callada. ¿Acaso te comieron la lengua los ratones?

—Yo... no me siento bien. Quisiera ir a mi cuarto. —Hinata se puso las manos en las mejillas ardientes y retrocedió. Salió de la biblioteca sin añadir otra palabra, mientras Naruto la miraba como si estuviese loca.

Eran las dos de la mañana cuando Hinata oyó un fuerte golpe en la puerta. Insomne, con los ojos enrojecidos, se secó las mejillas mojadas por las lágrimas, comprobó que estuviesen bien cerrados los botones del cuello del peinador y fue hasta la puerta.

Para sus adentros, alimentó la esperanza de que fuese Naruto. Después de haberse paseado durante horas por la habitación, se reconcilió con la idea de que se había enamorado de su esposo. No podía imaginar que ese frío irlandés se enamorase de ella, pues Hinata representaba todo lo que él detestaba.

Con esa idea, imbuida de una oscura resolución, abrió la puerta y encontró a Menma sonriéndole.

—¿Qué haces aquí, a esta hora? —Murmuró la joven, regañándolo.

—Acabo de regresar de la Casa Hoffman. —Entró en la habitación de la cuñada.

Con los ojos muy abiertos, Hinata se puso delante del joven.

—¡No puedes entrar aquí! —Susurró—. ¿Acaso no tienes modales? ¡Ésta es la habitación de una dama!

—No te preocupes, Hinata. Ya estuve antes en la habitación de una dama. De hecho, vengo de una en este momento.

—Ya veo. —Respondió Hinata, agitando la mano para disipar el intenso aroma del agua de violetas que despedía la ropa de Menma.

El muchacho se sentó en la chaise longue acolchada: se veía absurdamente masculino reclinado sobre el satén rosado. Además, era demasiado robusto para estar cómodo en esa reposera y cada vez que se movía Hinata temía que se cayera al piso.

—Oh, Menma, no tienes remedio. —Se acercó al joven—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Hinata, nunca tuve una madre. Al menos, no la recuerdo. Quiero conversar contigo como si fueses mi mamá. ¿Puedo?

Apenada, Hinata asintió.

Menma le dirigió una sonrisa maliciosa y un guiño.

—Claro, cuando estoy contigo siento cosas que, te juro, nunca sentí por mi propia madre.

Nerviosa, Hinata se sonrojó y se llevó una mano al cuello para comprobar si la bata de noche preservaba el recato debido.

Mas antes de que pudiese hacer nada al respecto, Menma dejó caer la cabeza sobre las manos y suspiró.

—Hinata, estoy harto de toda esta diversión. Está matándome. Por una vez, quisiera pararme sobre mis propios pies, sin sentir que es Naruto quien tira de las cuerdas.

El genuino dolor que se percibía en la voz de su cuñado conmovió a Hinata. Se arrodilló junto a él y le apoyó una mano en la cabeza.

—Menma, tu hermano no tira de las cuerdas. Tú crees que lo hace. Naruto te admira. Siempre habla de lo inteligente que eres.

—Es a él a quien hay que admirar. Es todo un hombre.

—Tú también eres todo un hombre. Sólo necesitas ponerte sobrio. Presumo que no te fue muy bien en la Casa Hoffman con tu última... eh... —No se le ocurrió un término preciso para calificar a la mujer que había visto con Menma en la Academia. Rió entre dientes al recordar la palabra que había usado Naruto.

Menma levantó la vista y la aferró por los brazos.

Con aire de honda sinceridad, exclamó:

—Por una vez, quisiera acostarme con una mujer por la que sienta algo. Quiero saber si es diferente. Si es algo especial.

Hinata trató de soltarse. Enervada, preguntó:

—Oh, Menma, ¿por qué me dices estas cosas a mí?

—Porque quiero acostarme contigo. Quiero saber si podría amarte. Creo que sí.

Alarmada, Hinata exclamó:

—Esto... esto no es lo que tú quieres, Menma: Tú no me amas. Sólo quieres castigar a Naruto.

Menma la miró con los ojos inyectados en sangre. De a poco, comprendió la lógica de Hinata y, al fin, esbozó una sonrisa.

—Sin embargo, me pareces bella. ¿Eso no tiene importancia?

—No. —Respondió Hinata con severidad.

—Por otra parte, Naruto te ignora de un modo espantoso, no lo niegues.

Esa verdad la laceró, y no hizo comentarios.

—Vamos, Hinata, ¿qué le importará a mi hermano si yo te beso? —Menma la atrajo hacia sí, a medias sentada sobre su propio regazo.

—¡Menma, basta! —Protestó, sin poder sofocar la risa nerviosa, mientras el joven trataba de besarla; pero en su estado de embriaguez sólo atinó a alcanzarle la barbilla.

—Oh, vamos, amor, muchas mujeres quisieran besarme...

—¡Y vaya si lo hacen! —Replicó Hinata, riendo y forcejeando—. ¡Oh, mal hombre! ¡Qué vergüenza! —No había concluido las palabras cuando Menma la acometió. El movimiento les hizo perder el equilibrio sobre la pequeña chaise longue y aterrizaron los dos en el piso en poses poco dignas.

A Hinata le dio un ataque de risa, quizá porque intentaba olvidar la tristeza que le había provocado Naruto. Menma era un tunante, y en consecuencia sólo trataba de aprovecharse de la buena disposición de Hinata. La aferró por la cintura y la puso encima de él.

Hizo un nuevo intento de besarla cuando, de pronto, se oyó una voz que los congeló a ambos donde estaban.

—Menma, tendría que azotarte como a un perro callejero.

Aterrada, Hinata giró y vio a Naruto en la puerta que comunicaba los dormitorios de los dos, con expresión dura y colérica. Naruto la miró y Hinata sintió que absorbía la culpa como una esponja. Con dificultad, se puso de pie y trató de acomodarse la ropa. No era fácil, con el peinador.

—Naruto, esto no es lo que parece. —Dijo Menma, poniéndose de pie.

Naruto calló. Miró fijamente a su hermano hasta hacerlo encogerse.

—Confundes esta situación. —Continuó Menma —. Te juro que no estaría aquí a esta hora, no...

—Sal de aquí.

Hinata se asombró de que Naruto pudiese pronunciar tres palabras como si fuesen trescientas.

Viéndose derrotado, Menma dijo:

—Naruto, sé lo que estás pensando y te aseguro que estás equivocado. Yo nunca te pondría los...

—Sal de aquí.

—¡Déjame explicarte!

—¿Y qué me dirás? —Explotó Naruto mirando a su hermano, y luego a su esposa, que se sujetaba el cuello del peinador como una novia asustada en la noche de bodas —. ¿Dirás que mi esposa no te atrae? ¿Me dirás que la consideras como a una hermana? Bueno: nunca te vi tratar a Karin de ese modo.

Menma miró de soslayo a Hinata con expresión de total sobriedad, y le dijo a Naruto:

—Yo sólo estaba jugueteando. No quise hacer daño.

—Tendría que castraste por este jueguito.

Menma perdió el control y exclamó:

—Si te ocuparas de tu esposa, ella no sería una tentación.

Naruto avanzó, y Hinata hizo una exclamación. Creyó que se iban a trabar en una pelea. Su esposo se detuvo, con la mandíbula apretada.

—Vete. —Exclamó, controlando apenas un estallido.

Menma no se iría sin decir la última palabra. Enfadado, exclamó:

—Admítelo: en realidad, te molesta ver a Hinata riéndose conmigo, ¿no es cierto? Creo que ni te molestas en tocarla, pero no puedes soportar que la esté pasando bien conmigo... mientras tú quedas excluido.

—¡Estás hablando de mi esposa!

—¡Si es tu esposa, tómala!

Menma y Naruto se miraron en silenciosa batalla.

Hinata estaba a punto de intervenir cuando Naruto dijo en tono amenazador.

—Menma, vete. Vete ya.

Menma obedeció. Dirigió a Hinata una mirada de disculpa y salió dando un portazo.

Ya a solas con su marido, Hinata percibió el silencio como el estruendo de un cañonazo. Naruto se volvió hacia ella y la habitación pareció retumbar con el eco de su cólera. La conmoción que había en los ojos del hombre la sacudió. Una parte de la joven se amedrentó ante la furia de su esposo, la otra parte, la que había paseado angustiada por el cuarto ansiando que Naruto la amase, ésa se regocijó

"Está celoso –Pensó —, muy celoso."

Si alguna esperanza había en esa relación, estaba en esa veta de posesividad que había estallado en Naruto al encontrarla abrazada a Menma.

Durante largo rato, Naruto la miró en silencio. Parecía sopesar todas las posibilidades antes de tomar una decisión. Él era Naruto Uzumaki, y en cuanto tomó la decisión, actuó.

—Hinata, ve a mi habitación. —Dijo en tono calmo.

Hinata fijó la mirada en los ojos del hombre. Sabía lo que estaba pensando. Si bien los celos de Naruto le habían dado esperanzas, ése no era el momento para lo que pensaba hacer. Estaba aceptando el desafío de Menma. No quería hacer el amor con Hinata porque la deseara, sino porque era la clase de hombre que no resiste un desafío. Hinata lo percibía en los ojos de Naruto: nunca dejaba sin respuesta una provocación.

—No. — Respondió Hinata en tono también sereno pero firme.

Naruto asintió... Mala señal.

—Hinata, eres mi esposa, mi esposa ante la ley y ante la Iglesia Católica. Tengo derechos. Si no vas a mi habitación, llamaré al policía que está en la calle y le diré que te lleve a la rastra.

—Si haces eso, no habrá anulación.

—Pues, que no haya anulación.

Hinata lo contempló: todo lo que anhelaba parecía estar a su alcance y, no obstante, tan lejos... Si no aceptaba la exigencia, tal vez no tuviese otra ocasión de salvar el matrimonio, si se sometía en semejantes circunstancias, ¿obtendría de Naruto otra cosa que frialdad e indiferencia?

Pensó en todo lo que le había sucedido esa noche y lo que había descubierto. Comprendió que amaba a este hombre. Acarició con la mirada el cabello rubio, el mentón fuerte, los ojos coléricos, y supo que lo amaba. Hasta el verlo con el bastón le confirmaba ese sentimiento. Para muchas personas, el bastón representaba temor y limitaciones, para Hinata, significaba fuerza. Era la prueba de que Naruto había vencido el temor y las limitaciones y se había convertido en un hombre rico y poderoso.

Quizá sólo fuera la lucha de ese hombre lo que la conmovía; cuando alzó la mirada y contempló al hombre áspero y distante con el que se había casado, ya no le importaron los motivos de sus propios sentimientos. Sabía que lo amaba y que movería cielo y tierra para lograr que Naruto le correspondiese.

—Ve, Hinata. —Repitió Naruto.

—¿Es por causa de Menma? —Musitó, en un último intento de preservar su propia dignidad.

—No. —replicó el hombre en voz ronca.

Hinata lo miró, y le creyó. Con pasos lentos, caminó hasta el cuarto de su esposo. Oyó cerrarse la puerta tras ella con un chasquido que le pareció eterno. Y también pasó una eternidad hasta que reunió valor para darse vuelta y mirarlo.

Naruto estaba de pie, con la espalda apoyada contra la puerta y la contemplaba como si planease metódicamente la seducción. Hinata no había notado antes que aún estaba vestido con la ropa de gala: todavía tenía puestos los gemelos y el chaleco de piqué blanco abotonado.

Hinata se sintió desnuda con el peinador; la primera orden de Naruto le cortó el aliento.

—Acércate a la cama.

Volvió los ojos asustados hacia la amenazadora cama con baldaquín. Ya hacía mucho que la criada la había preparado: las sábanas blancas estaban dobladas formando un pulcro triángulo hacia un lado. Dubitativa, Hinata miró a Naruto en profundidad y se encontró con los ojos azulados del hombre. Era evidente que no se echaría atrás. Hinata emprendió el largo trayecto hasta la cama.

—Quítate la bata.

En un impulso, Hinata cubrió con la mano la fila de botones que cerraba el cuello del peinador. Lo deseaba, aunque no de esta manera: no había vino, ni rosas, ni seducción. Sólo fluidas órdenes, las sombras alargadas de la lámpara parpadeante y la mirada fija, peligrosa e incitadora de su esposo.

—El peinador.

Hinata miró la leve prenda de seda de color durazno que ocultaba el camisón audaz que Naruto le había comprado para el ajuar. Si se quitaba la bata, quedaría prácticamente desnuda. Las miradas de los dos se encontraron. La inundó una oleada de deseo. Renuentes, los dedos de Hinata comenzaron a soltar los botones del cuello. El peinador se deslizó por los brazos y cayó al piso en un montón susurrante. Con el camisón audaz del color de la piel, el aliento agitado, observó a Naruto desde la sombra de la inmensa cama con baldaquín.

Con suma lentitud, comenzando por el ruedo del camisón, donde formaba una cola espumosa, la mirada de Naruto fue ascendiendo por el contorno de las piernas y los muslos lujuriosos modelados por la seda transparente. La expresión de Naruto demostró que aprobaba la curva femenina de las caderas y luego se detenía en el hueco de la cintura. La mirada ávida quiso más, pero los brazos de Hinata, cruzados sobre el pecho, la detuvieron.

—Baja los brazos. —musitó con voz áspera pero firme.

Hinata no se movió ni lo miró. Permaneció quieta, helada por el miedo y una ansiedad difícil de expresar. En ese juego audaz había llegado hasta donde podía.

Para igualar los tantos, Naruto apoyó el bastón contra la puerta y se acercó a Hinata con paso rígido y desparejo. De ese modo hizo comprender a su esposa que compartía con ella su propia intimidad, entonces, Hinata bajó la guardia y vio que el hombre se acercaba a una mesa que estaba junto a la cama y se servía licor de un botellón de cristal.

Hasta las fosas nasales de Hinata llegó el aroma ardiente del áspero whisky.

"¿Me servirá a mí también?", se preguntó Hinata, no sólo porque quería beber para darse valor sino porque sería otra manera de compartir la intimidad.

Antes de volverse, Naruto bebió dos grandes tragos. Al ver que sólo había un vaso, Hinata se decepcionó. Mas luego su esposo le tendió el vaso y la invitó con la mirada. La mano de la joven tembló al tomarlo. Compartir el vaso provocó en Hinata un estremecimiento de excitación. Era un anticipo de lo que vendría, de lo que quizá compartirían.

Rozó con los labios el borde del vaso y disfrutó de ese sorbo mínimo. Era tan fuerte como Hinata lo recordaba, pero la entibió y le evocó el beso de su esposo: el whisky sabía a Naruto.

Le devolvió el vaso. Lo recibió y la miró, contemplando lo que no había podido ver antes. Hinata ya no se cubría con los brazos: los pechos pujaban contra la nube de seda color durazno y los pezones castaños se divisaban con toda claridad.

Los ojos de Naruto se oscurecieron; terminó en un solo trago lo que quedaba en el vaso. El whisky debía de quemar, pues el hombre hizo una mueca y dejó el vaso sobre la mesa de noche con un golpe. Hinata hizo un ademán para volver a cubrirse los pechos con los brazos, del hombre musitó: "No". Le sujetó las manos y la besó, impidiéndole forcejear, impidiéndole tocarlo.

Se besaron; la boca de Naruto se adueñó de la de Hinata en un antiguo ritual de dominación. Hinata casi no podía respirar, pero Naruto parecía capaz de librarla de la necesidad de aire y dejada sólo con la necesidad por él mismo. Hinata quiso tocarlo, él se lo impidió, sujetándole las manos a los lados: Hinata ardía en deseos de rodear esa cara hermosa con las manos.

—Reconóceme. —Dijo Naruto en un murmullo áspero, con la boca apoyada sobre el cabello de Hinata.

Confundida, Hinata agitó la cabeza sin comprender, aturdida por el beso.

—Di mi nombre. —Insistió su esposo—. No Menma... no Kiba... mi nombre.

—Naruto. —Dijo Hinata en voz entrecortada.

—Eso es. Tá sé agat amis. —Luego de esa enigmática frase, Naruto le soltó las manos y pasándole un brazo bajo el trasero, la acostó sobre la cama.

Los labios y el cuerpo Naruto la aplastaron contra la blandura del colchón de plumas, y la mano la tocó, aunque no donde Hinata esperaba. Se preparó para una caricia en los pechos y en cambio sintió con alarma que frotaba el pulgar a través de la tela rosada sobre el triángulo de vello que cubría su propia feminidad. Jadeó, y la lengua cálida de Naruto ahogó su voz; Trémula, trató de retroceder; no pudo. Naruto la había hecho su cautiva en cuerpo y alma: todo su ser estaba en manos de su esposo como una mariposa frágil que podría ser aplastada o acariciada según el capricho del hombre.

Naruto levantó el camisón sobre los muslos y la caricia se hizo más honda hasta que provocó en Hinata una reacción involuntaria. Ahí estaba la muchacha de refinada educación y buena cuna, tendida bajo el cuerpo de este irlandés anhelando que se adueñase de su propio cuerpo. Naruto no dejaba de acariciarla hasta que Hinata sollozó, luchando contra el deseo, odiándolo por jugar con lugares secretos que la misma mujer ignoraba que existieran.

Entonces, Naruto disminuyó el ritmo. Se quitó uno de los gemelos de la pechera de la camisa y bajó el camisón de uno de los hombros de Hinata. Centímetro a centímetro, se desnudaba y luego desnudaba a su esposa. Cuando el chaleco y la camisa de Naruto quedaron en el piso y los pantalones desabrochados, el camisón era sólo una banda en torno del pecho de Hinata. El control de Naruto asombró a la joven. Sólo le faltaba quitarse los pantalones y lo hizo con gracia, deslizándolos por las caderas sin siquiera sentarse.

Una vez desnudo, se acostó junto a Hinata, y la muchacha supuso que le quitaría el camisón con la misma destreza. Al mirarla, a los ojos de Naruto brilló una chispa que pareció encender su ardor. Los movimientos dejaron de ser lentos. Acarició la piel de Hinata, que parecía dorada bajo la luz vacilante de la lámpara de gas y la miró a los ojos, ensombrecidos de temor y de pasión. Sujetó el camisón con esas manos que habían sido tan tiernas y lo desgarró en dos.

El gesto violento asustó a Hinata, mas Naruto vio que se ponía tensa y supo cuál era el remedio. Bebió de la boca de la mujer y Hinata olvidó todo menos esa piel que quemaba contra la propia, los muslos en un roce sensual sobre su piel suave, la lengua que sabía a ese whisky poderoso e inolvidable.

Hinata imaginaba la unión entre el hombre y la mujer como la escena donde los novios se toman de las manos en la sala. Había soñado con el futuro marido y pensó que la unión sería serena, tierna y tranquila. Sin embargo, nunca pudo imaginar un esposo como Naruto Uzumaki, ni tampoco nada semejante a lo que estaba sucediendo.

La poseyó con una pasión tan áspera y fuerte como su propio whisky. Cuando la deseó, no se tomó tiempo de seducirla sino que la penetró con un enérgico movimiento, esperando un grito de sorpresa y de dolor.

Hinata no gritó. Contempló las arremetidas primitivas y salvajes que la excitaban y la aterraban al mismo tiempo en una sensación que jamás había experimentado. Cuando Naruto se inclinó y tomó uno de los pezones erectos con la boca húmeda y cálida sacudiéndose con furia dentro de Hinata, sintió que perdía el control y lo deseaba con una pasión que nunca sentiría por otro hombre... lo sabía.

Naruto alzó la cabeza y volvió a besarla provocando un renovado ardor entre los muslos de Hinata. El placer que le brindaba era como una banda elástica que se estiraba hasta el punto máximo y luego se soltaba; Hinata se sintió caer retorciéndose en el aire; Naruto le sujetó las caderas para acercarla más, para que el placer fuese más completo.

—Naruto. —Gimió, clamando su nombre, entregándose.

Ese gemido llevó a Naruto al éxtasis. La estrechó, exclamó: "¡Jesús!", y ya saciado, cayó sobre Hinata.

Tendida junto a Naruto en los momentos de calma que siguieron a la unión, Hinata cediendo a un impulso, le acarició la mejilla. A partir de ese instante, las preguntas se volvieron simples. "¿Puedo vivir sin mis sueños? ¿Sin valses, sin casitas blancas, y sin una vida sencilla?" Esbozó una sonrisa amarga y dulce a la vez.

La respuesta era obvia: "Sí. Sí: porque vivir otra vida significaría vivir sin este irlandés audaz y salvaje, y eso es imposible. No existe otro hombre como Naruto Uzumaki. Será él, o no será ninguno." Y Hinata ya sabía lo que era vivir sin un hombre a quien amar. Después de la muerte de sus padres y de haber perdido a Hanabi, había sufrido tres largos años sin nadie a quien amar. Ahora amaba a Naruto, y lo querría con una pasión que la llevaría a la tumba.

Sólo restaba una pregunta, la que la había perseguido ante cada actitud distante de su esposo: "¿encontrará Naruto un modo de amarme?".

Su esposo se apartó, y Hinata sintió que el aire frío le tocaba el cuerpo. Antes no había percibido el frío de la noche, ahora le pareció helada.

Naruto se tendió de espaldas y contempló el cielo raso. Hinata no supo qué estaba pensando y eso la asustó. No era la clase de hombre que dice palabras bellas, y no las esperaba. Nunca serían una pareja que se arrullara en el éxtasis del amor.

No obstante, Hinata quería palabras. Quería saber qué era lo que Naruto estaba pensando, y la ansiedad la obligó a romper el silencio:

—¿Siempre es así?

Naruto giró la cabeza y la miró.

—¿Cómo? —Preguntó en tono serio.

—Tan... desenfrenado. —Aunque ésa no era la descripción más ajustada. Había sido salvaje... y hermoso.

Naruto no respondió. Recorrió con la mirada el cuerpo desnudo de la mujer, y Hinata creyó ver un matiz de culpa en la expresión de su esposo. La cubrió con la sábana, y ese gesto lo confirmó.

Los dedos de Hinata se helaron sujetando la sábana. No quería cubrirse. Quería que Naruto la abrazara, que la entibiase y la acariciara con toda la ternura de un amante hasta quedara dormida entre sus brazos. No sería así. El presentimiento de que algo andaba mal transformó en piedra el corazón de Hinata.

Naruto cerró los ojos como si luchara contra algo en su interior. Entonces, habló en tono angustiado.

—No soy de la clase de hombre que hace un acuerdo a la ligera. Ni me agrada que ese acuerdo se cambie. Trabajo con números. Esto es algo por completo diferente.

—¿Es que fue algo tan inesperado? — La voz de Hinata tenía un matiz de pánico—. Después de todo, soy tu esposa.

—Cuando hice ese arreglo contigo, nunca imaginé que esto sucedería. Estaba seguro de poder controlarme. Evitar un enredo como éste.

—¿Lo consideras un "enredo"? —Preguntó, sin ocultar el dolor y la acusación.

Naruto guardó silencio, incapaz tal vez de pensar en una respuesta.

—Enredo: qué palabra tan vulgar. —Musitó Hinata, sintiendo que su marido se apartaba—. Nunca había oído llamarlo de esta manera. Quizá los irlandeses lo hagan de otro modo. —Supo que Naruto lo tomaría como una agresión pero no le importó, pues se sentía herida.

Naruto volvió a mirar hacia el techo, y la joven comprendió que estaba enfadado. Al fin, dijo:

—Es posible que las palabras sean diferentes, pero te aseguro que los irlandeses lo hacemos igual que los Knickerbocker.

Lastimada, Hinata calló. Tampoco el hombre habló sino que continuó mirando el cielo raso. De pronto, Hinata comenzó a temblar pues le pareció que sus propias esperanzas estaban tan aplastadas como la almohada que tenía bajo la cabeza. "Cree que todo esto fue un error —Pensó— tal como yo lo temía: actuó impulsado por los celos y la rivalidad hacia Menma. No siente nada por mí, nada. Arrepentimiento, tal vez."Había roto el acuerdo y temía por el futuro de Karin. Quizá lamentaba que la esposa no fuese como Amaru. A diferencia de la amante, Hinata era virgen. Sin duda, le pareció torpe e inexperta y lo decepcionó. Debió de parecerle fría, pese a sus sentimentos apasionados. "Quizá me encerré en un capullo tras la muerte de mis padres, y ya no pude volver a salir."

Cerró los ojos, conteniendo las lágrimas que pugnaban por rodar por sus mejillas.

Naruto volvió a hablar, sin mirarla.

—Todavía podemos obtener la anulación. Si aún quieres cumplir tu parte del acuerdo, te concederé esa anulación.

—¿Cómo...? —Tragó saliva, decidida a no demostrarle que se sentía destrozada. Cuando al fin habló, el tono era frío y acusador—. Después de lo que acabamos de hacer, ¿cómo es posible que obtengamos la anulación?

—No seríamos los primeros en mentir con respecto a estas cosas. Confía en mí.

Hinata se apartó el cabello de la cara. Buscó el peinador, se levantó con movimientos rígidos y se lo puso.

—¿Me escuchaste? ¿A dónde vas? —Preguntó, sin preocuparse por su propia desnudez. Se levantó de la cama: era un magnífico ejemplar de virilidad.

—Basta de mentiras. Ya no soporto más mentiras. —Musitó Hinata.

—¿De qué estás hablando?

—Lo que digo es que no volveré a mentir para deshacer este matrimonio.

Naruto tensó la mandíbula.

—En ese caso, ¿cómo propones que terminemos este matrimonio? ¿Cómo cumpliremos el acuerdo?

—Tendremos que divorciamos.

El rostro de Naruto era una máscara de mármol.

—La Iglesia Católica no consiente el divorcio. Eso es imposible.

Hinata lo miró de soslayo.

—Hicimos el acuerdo dejando establecido que nos separaríamos.

—Nunca dije que podríamos divorciarnos. Sólo hablé de anulación. El divorcio es imposible, no puedo hacerlo. Si estás dispuesta a mentir, obtendrás la anulación. En caso contrario, no obtendrás nada.

—No volveré a mentir ante Dios. —Afirmó Hinata—. Este matrimonio comenzó con una mentira, pero terminará con la verdad.

Los ojos de Naruto brillaron de furia.

—¡Tú, una mujer de tu posición... ¿prefieres la deshonra de un divorcio?

En última instancia, el espíritu rebelde salvó a Hinata.

—No. —Respondió con frialdad —. Naruto Uzumaki: lo que en realidad preferiría es un marido mejor que tú.

Naruto la miró de hito en hito, demasiado furioso para moverse. Hinata se dirigió a su propio dormitorio y él trató de seguirla. La joven fue más rápida. Cerró la puerta de un golpe y el bastón cayó al piso. Lo levantó y comenzó el lento regreso hacia la cama. De pronto, la pasión que bullía en el interior de Naruto llegó al punto culminante. Contempló con odio el bastón; lo partió en dos pedazos y con terrible violencia lo arrojó al otro lado de la habitación exhalando un sonido que se asemejaba a un sollozo contenido.

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Continuará...