Petunia Evans — Amistad
Perhaps, I am the freak.
No es sorpresa que en Londres amanezca lloviendo.
La rutina en la casa de los Dursley es siempre igual de monótona. El último año, el único cambio que han tenido es la llegada del ruidoso Dudley que llora día sí y día también, si no tiene algo en la boca (especialmente comida).
Vernon se despide de Petunia y aunque hace el mayor esfuerzo para despedirse de su hijo, los lloriqueos del más pequeño le hacen imposible la tarea. Un último vistazo al espejo que, si pudiera, gritaría de pánico al tener que ver todos los días la misma imagen del hombre egoísta.
En la puerta principal, una canasta interrumpe el paso del señor Dursley. A simple vista se ve el rostro dormilón de un niño de cuyo rostro resalta la recién hecha cicatriz en forma de rayo. Sobre él, un una carta. Vuelve sobre sus pasos; en una mano el sobre y en la otra el bebé que sigue sin despertarse.
Es Petunia quien lee primero. No hay lágrimas en sus ojos, tampoco indicio de que en un futuro las haya. Su hermana, su única hermana, ha sido asesinada junto con su marido. Vernon le arrebata la carta y una vez termina de leer, comienza a balbucear sobre lo merecido que se lo tienen y que el mundo está mejor sin «personas como esas».
El día pasa sin mucho más que destacar. Vernon vuelve del trabajo, cenan, dos horas para dormir a Dudley y los ronquidos del señor Dursley suelen cerrar la noche.
Sin embargo, Petunia no puede pegar el ojo. Aprovecha el pesado sueño de su esposo para levantarse de la cama y buscar en el armario, en una caja que mantiene escondida entre su ropa, la foto de Lily y de ella cuando eran pequeñas, antes del llamado «suceso».
Su hermana fue su mejor amiga. Después de que la atención cayera en ella y de que la envidia se apoderara de Petunia, no volvió a tener amistad alguna, más que el recuerdo de esa fotografía.
No tiene tumba para llorarla, para disculparse.
Lily se fue y lo último que se dijeron, fue que prometían no volver a hablarse nunca más.
Cumplieron su promesa.
Petunia sale de la habitación y de allí al patio. Con un fósforo quema el último recuerdo que le queda de Lily.
Al día siguiente la normalidad vuelve. La ira se acomoda en su asiento, la envidia baila a su alrededor, el desprecio canta en la ducha.
Ni rastro de su vida como una Evans.
