—Feliz Navidad. —Murmuró contra su oído, una voz aterciopelada, ronca, casi vibrante como la cuerda de la guitarra que permanece emitiendo sonido mucho después de ser tocada… igual que algo dentro de sí misma seguía temblando aun cuando ya se había alejado.

Le siguió por el pasillo, la copa de champaña en la mano, también llevaba una y por momentos las luces navideñas se reflejaban en el cristal de ambas copas, dándoles reflejos de color a sus cuerpos mientras se perdían lejos de la gente; el pasillo, la alfombra roja, la escalera decorada de verde, de esferas, el muérdago en las puertas, las cortinas echadas. Dentro, la oscuridad era absoluta, pero escuchó cuando la copa fue colocada sobre el buró, escuchó los pasos sobre la alfombra y lo siguiente fue aquella boca contra la suya.

En la penumbra, en el silencio, sólo podía escuchar respiración, una respiración agitada, como quien ha venido corriendo por muchas calles para estar aquí, como quien ha esperado en ansiedad; poco después se percató que era ella quien respiraba así y tenía que ahogar su ansiedad en besarle, por miedo a que se interrumpiera para burlarse de ella. Bocado a bocado, manos sobre la ropa, manos estrujando la ropa.

Manos quitando la ropa.

Piel sobre piel, contra el librero del rincón, le sintió sonreír, el cabello se le vino sobre el rostro, el propio y el suyo, besos y más besos, lenguas calientes, ardientes que acarician más que los labios, de pronto una suave succión bajo el oído, y sentir que el cuerpo entero se dobla y desdobla…

—Feliz Navidad. —Repitió y Pansy sonrió de lado, sintiendo aquella frase como un aire helado que enfriaba el rastro de saliva dejado desde su oreja hasta el centro de su cuello.

—Feliz Navidad, Hermione. —Murmuró llevando sus manos a aquella melena revuelta metida en un duro moño, la castaña sonrió con aquel gesto y le mordió la boca.

Había festividades que se disfrutan mejor en penumbra.