CAPÍTULO 19
LA mañana tardó demasiado en llegar para Terry, que le dio la bienvenida con alivio. Al fin había acabado todo. Pronto podría tener la paz que siempre había deseado, y terminarían todas sus miserias.
Reuniendo a su hermano y a un puñado de hombres, partió hacia Whiterwick. Mientras recorrían cada legua que les separaba de su destino, sólo tenía una esperanza.
Quería ver el rostro de Candy una vez más antes de morir. Terry podría descansar en paz si pudiese obtener esa única petición. Era en lo único que pensaba mientras cabalgaba.
Llegaron al castillo hacia el final de la tarde. Terry arqueó una ceja al contemplar las desoladas murallas de piedra que tenía enfrente. Desde lejos, parecía que un millar de hombres habían tomado posición en los parapetos. Robert se había tomado bastantes molestias para reforzar las defensas de su hogar.
—¡Deteneos! —gritó Robert cuando se acercaron al puente—. Vuestros hombres se quedarán fuera. Únicamente vos podréis entrar.
—No —le dijo Simon a Terry, guiando su caballo para colocarse a su lado—. No confío en él.
Terry miró fijamente a su hermano con rostro inexpresivo.
—¿No confías en que haga qué, Simon? Me dirijo a mi ejecución.
—Terry...
—No, hermano, quédate aquí. No quiero que seas testigo de eso.
Desmontaron a la misma vez y, en cuanto Terry dio un paso hacia delante, se encontró rodeado por los brazos de Simon en un fuerte abrazo.
—No vayas —le susurró Simon al oído—. Podemos luchar contra el ejército del rey. Sabes que podemos hacerlo.
Terry lo apartó con dureza, y al ver el dolor en los ojos de su hermano, le dio unas palmadas en el hombro.
—Cuídate, hermanito. Supongo que algún día compartiremos la eternidad, pero ruego que tú vayas a un lugar mejor que el que me espera a mí.
Con los ojos brillantes, Simon tragó con dificultad, le dio unos golpes en el brazo y apartó la mirada.
Terry inspiró profundamente y comenzó a atravesar a pie el puente que conducía hacia el castillo. Alzó la cabeza para mirar a los parapetos y se detuvo.
Por un instante, creyó que estaba soñando cuando vio el reflejo del sol sobre un cabello de oro puro. Pero habría reconocido esa esbelta figura en cualquier parte.
De hecho, su esencia estaba grabada a fuego en su alma.
Su Candy.
El padre tiró de ella, y Terry sabía que Robert le estaba ordenando que se fuera de allí. Podía imaginar perfectamente la terca inclinación de su barbilla y el fuego en sus ojos mientras ella se negaba a hacerlo.
A Terry se le hizo un nudo en la garganta; mil y una emociones le desgarraron simultáneamente mientras observaba atentamente los forcejeos de Candy por librarse de su padre.
Sobre todas las cosas, se sintió agradecido por haber podido verla de nuevo.
Su presencia le dio fuerzas.
Desesperado, quiso decirle lo que sentía su corazón. Pero jamás se le habían dado bien las palabras tiernas. A decir verdad, ni siquiera conocía una palabra tierna.
No, era un hombre de acción, y, en ese instante, quería que ella supiera que no se arrepentía de nada. Quería que comprendiera lo mucho que la amaba.
En ese momento, él sería su Accusain. Su campeón. Su Rosa de la Hidalguía.
Sí, había tan sólo una forma de mostrarle la profundidad de su amor. Enderezando la espalda con orgullo, se quitó los guantes de malla de las manos y los arrojó al suelo.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Enrique.
Su padre hizo una pausa y miró hacia abajo, hacia donde estaba Terry. Candy aprovechó su distracción para librarse de sus brazos y correr de nuevo hacia el muro. Se colocó junto al rey y se asomó para ver lo que ocurría.
Terry estaba de pie junto a la puerta, desnudándose. Lentamente, prenda a prenda, se deshizo de la espada, de la sobreveste, de la cota de malla y del relleno de la armadura, hasta que no quedó otra cosa más que su hermosa piel bronceada resplandeciendo bajo la luz del sol.
Completamente desnudo, se encaminó hacia la puerta.
Candy se tragó las lágrimas al comprender lo que estaba haciendo.
—Me pedisteis una prueba de sus sentimientos, Majestad. ¡Pues ahí la tenéis!
Enrique se volvió hacia a ella con el ceño fruncido.
—¿Qué estáis diciendo?
—¿Vuestra Majestad conoce la historia de Accusain y Laurette?
—Con Leonor como reina, nos conocemos tales insípidas narraciones de memoria.
—Entonces, Vuestra Majestad recordará la parte en la que Acussain camina desnudo a través de las tropas del padre de Laurette para demostrar su amor por ella.
—Sí, pero eso no es más que un cuento.
—Cierto —dijo ella, sobrecogida por una inmensa alegría—, un cuento. Y, cuando Terry lo escuchó, me dijo que ningún hombre que se preciara de serlo haría algo así por una mujer; pero eso es lo que está haciendo ahora. ¿Qué otra cosa, sino el amor, le habría poseído para hacer algo semejante?
Enrique consideró sus palabras.
Miró de nuevo a Terry con incredulidad durante varios inquietantes minutos.
Terry llegó junto a la puerta, y Candy rogó que Enrique se diera cuenta de la verdad.
El rey echó una última mirada, y entonces le hizo un gesto a Candy.
—Venid con Nos, señora.
Candy siguió a Enrique y a su padre fuera de las murallas, hacia la torre.
Una vez que estuvieron en el salón, Enrique se volvió hacia ella, con el rostro convertido en una máscara inexpresiva.
—Id a esconderos mientras nos hablamos con Terty. No os mostréis a menos que se os llame. Robert —le dijo a su padre—, reclamaré vuestra vida si ella desobedece.
Su padre asintió y la llevó hasta la pequeña despensa que estaba detrás del estrado.
El corazón de Candy latía con fuerza de miedo y de incertidumbre mientras aguardaba.
Parecía haber pasado una eternidad cuando al fin escuchó la familiar voz de barítono de Terry saludando al rey.
—¿Qué significa todo esto? —quiso saber Enrique, señalando el cuerpo desnudo de Terry con una sonrisa de desprecio—. ¿Es acaso otro insulto que tenéis la necesidad de dedicarnos?
Terry hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No, sire. Jamás os insultaría, ni de palabra, ni de hecho.
—¿Y cómo es que os mostráis desnudo ante nos? —furioso, Enrique se quitó la capa y se la arrojó.
Terry atrapó la prenda con una mano.
—Cubríos.
—Gracias, sire —dijo, haciendo lo que el rey le ordenaba.
La fría mirada de Enrique se clavó en él.
—Ahora, explicadnos vuestros actos.
Terry observó la pared de enfrente mientras evocaba el rostro de Candy en su mente. Sacando fuerzas de su imagen, dijo:
—No quise que nadie malinterpretara mis actos, sire. Estoy aquí para aceptar mi castigo.
Una mirada de desilusión oscureció los ojos del rey.
—En ese caso, ¿estáis preparado para morir?
Terry enfrentó la mirada de Enrique sin echarse atrás.
—Sí, sire.
—¿Y no os arrepentís de nada?
Terry sacudió la cabeza.
—¿De nada en absoluto? —preguntó Enrique con escepticismo.
Terry lo pensó un momento. Sí, se arrepentía de una cosa. Se arrepentía de no haberle dicho nunca a Candy lo que sentía por ella.
Y, sobre todo, se arrepentía de haberle dado la oportunidad para huir de su casa.
Pero nunca se lo diría a Enrique.
—De nada, sire.
Enrique se mesó la barba pensativamente mientras caminaba delante de él.
—De modo que la muchacha es tan buena compañera de cama que vos, realmente, podéis asumir la tortura y la muerte sin arrepentiros. Nos tendremos que probarla...
—No os acerquéis a... —Terry interrumpió su advertencia cuando se dio cuenta de que, en su furia, había avanzado un par de pasos hacia Enrique.
Enrique detuvo su caminar y arqueó su real ceja en señal de reproche.
—¡Por el amor de Dios, Terry! Es la primera vez que os hemos escuchado levantar la voz a nadie. Y, ni que decir tiene, a nos. Y, realmente, os habéis acercado a nos con intenciones imprudentes.
—Perdonadme, Majestad —dijo él, bajando la mirada al suelo—. Perdí el control.
—Entonces la dama tenía razón. ¿La amáis?
Terry sintió un nudo en la garganta, y se negó a enfrentar la mirada de Enrique por miedo a que leyera la verdad en sus ojos.
—¿Acaso también tenía razón al decir que ha sido vuestro amor por ella lo que ha hecho que os quitéis las ropas?
Terry no añadió una palabra.
¿Qué podría decir?
Enrique se colocó delante de él.
—Habla, muchacho, tu vida depende de tu respuesta.
Aun así, Terry no dijo nada.
El rey aguardaba impaciente, pero antes de que pudiese hablar, continuó:
—Cuando vinisteis a Londres con Robert, nos os preguntamos qué era lo que más valorabais en el mundo. Simon nos dijo que era vuestro honor y que moriríais por protegerlo. Si os preguntásemos en este momento qué es lo que más valoráis, ¿qué responderíais?
Terry miró a Enrique a los ojos.
—Candy—dijo simplemente.
Para su sorpresa, Enrique asintió con aprobación.
—¿Candy? —la llamó el rey.
Terry miró sobre el hombro del rey para ver que se abría una puerta. Candy salió de allí; tenía los ojos brillantes mientras guiaba a su padre hacia él.
El júbilo lo atravesó al verla, y tuvo que reprimir el abrumador impulso de correr hacia ella y estrecharla entre sus brazos.
Únicamente la presencia de Enrique impidió que lo hiciera.
Hambriento, se dio un festín con la imagen de su glorioso rostro y de sus rizos rubios. Bajó la mirada y se quedó absolutamente atónito al ver su abultado vientre.
—¿Escuchasteis sus palabras? —le preguntó Enrique cuando se colocó al lado de Terry.
—Sí, Majestad —murmuró ella.
—¿Robert? —le preguntó el rey a su padre.
—¿Y qué pasa con la parte de mis tierras que él ha destruido?—inquirió Robert.
Enrique cruzó los brazos sobre el pecho.
—Decidnos, ¿que os preocupa más, vuestras preciosas tierras o el hecho de que vuestro nieto nazca siendo el hijo bastardo de un hombre ejecutado por traición?
Robert se aproximó a Terry con un gesto de disgusto.
—Todavía no acabo de verlo claro.
Terry mantuvo la boca cerrada.
—¿Qué? —preguntó Robert con escepticismo—. ¿No vais a darme una de esas respuestas inteligentes vuestras, Grandchester? Nunca he sabido que no devolvierais insulto por insulto.
Terry ni siquiera miró a Robert; su mirada parecía perdida en la mujer que amaba y que estaba embarazada de su hijo.
—No lastimaría a Candy insultándoos, Robert. Sea cual sea la razón por la que me ama, también os ama a vos, y eso es suficiente para que yo os respete.
Robert resopló.
—No puedo decir que apruebe este matrimonio, pero por el bien de mi hija, acataré los términos que decrete Vuestra Majestad.
Enrique asintió.
—Muy bien, entonces. Robert, encaminaos fuera de vuestras murallas y haced venir a su hermano junto con sus ropas, y traed a un sacerdote. Nos veremos a estos dos casados antes de que termine el día.
—Gracias, Majestad —dijo Candy con los ojos brillantes por la felicidad.
El rostro de Enrique se volvió adusto y hostil.
—No nos lo agradezcáis todavía, milady, porque aún falta por aclarar el asunto de su castigo.
Terry volvió a mirar a Enrique.
Pudo ver la tristeza en los ojos del rey, pero esperaba poca misericordia de su parte.
—Siempre nos habéis servido fielmente —dijo Enrique—, pero aun así nos esperamos que entendáis que no podemos concederos una completa inmunidad.
—Sí, sire. No esperaba clemencia de ningún tipo.
Candy, a su lado, trató de decir algo.
—Pero...
Terry le hizo un gesto negativo con la cabeza, impidiendo que continuara.
Enrique sonrió cuando ella sujetó su lengua.
—Es bueno saber que podéis manejarla —le dijo a Terry, y entonces, la sonrisa desapareció de su rostro—. Después de la boda, Terry recibirá veinte latigazos por su desobediencia.
Candy abrió la boca para hablar, pero Terry colocó un dedo sobre sus labios.
Enrique caminó hacia Robert.
—Venid y ayudadnos a encontrar al sacerdote.
Al llegar a la puerta, Enrique se volvió para mirarles.
—¿Terry?
—¿Sí, sire?
—Nos esperamos que esta vez, cuando hagáis un juramento sagrado, tengáis mejor suerte a la hora de mantener vuestro voto.
—No tendré el más mínimo problema para hacerlo, sire.
Enrique sonrió.
—Nos también creemos eso.
Cuando se quedaron a solas, Candy lo miró a los ojos.
—Veinte latigazos... Lo siento mucho, Terry.
—Créeme, veinte latigazos son mucho mejor que la alternativa—con ternura, puso una mano sobre su vientre, maravillándose ante lo que veía—. ¿Por qué no me lo dijiste?
Ella le sonrió.
—Quise hacerlo, pero nadie aceptó el soborno para llevarte las noticias. Temían la ira de mi padre.
Entonces él la tomó entre sus brazos. Candy se sentía maravillosamente bien allí, sobre todo esa parte redondeada de ella que se apretaba contra el estómago desnudo de Terry.
—Ven, muchachita —le susurró al oído—. Mientras ellos están ocupados en otras cosas, vamos a buscar un lugar tranquilo en el que pueda mostrarte lo mucho que te he echado de menos.
Ella bajó la mirada hacia su hinchado miembro.
—Puedo verlo por mí misma.
Él enterró el rostro en su cuello, inhalando su cálida fragancia.
—Puedes llamarme Príapo.
Ella se rió y lo abrazó con fuerza.
—Entonces vamos, Príapo, deja que te enseñe nuestra habitación de matrimonio.
Candy le guió escaleras arriba, hasta su habitación, en la que Dorothy estaba esperando. Su doncella abrió unos ojos como platos al contemplar el estado de desnudez de Terry.
Sin decir una palabra, Dorothy salió de allí rápidamente, dejándoles a solas.
Terry dejó caer la capa del rey y la atrajo hacia sus brazos. Finalmente, Candy pudo darle el beso que había deseado darle desde el momento que lo había visto desnudo fuera.
—Eres mi héroe —murmuró contra sus labios.
—Sí, señora —dijo él—. Tuyo y de nadie más.
Candy sonrió mientras él le desataba la túnica y la deslizaba sobre sus hombros. Se sintió temerosa y tímida cuando él la observó fijamente. Hacía meses desde la última vez que le había visto, y su abultado vientre no mejoraba para nada su autoestima.
—No me mires —dijo, retirándose hacia una de las esquinas a oscuras—. Estoy tan enorme como una vaca hinchada.
Terry colocó los dedos sobre sus labios.
—No, milady. Es mi hijo lo que llevas ahí —dijo acariciando su vientre con ternura—. Y eso te hace aún más hermosa a mis ojos.
Sus palabras la estremecieron.
—Te he echado muchísimo de menos —dijo, rodeándolo con los brazos.
—Te juro, Candy, que jamás tendrás motivos para echarme de menos de nuevo.
—Mi dulce Terry —susurró ella contra sus labios—. Jamás permitiré que me abandones otra vez.
Esa tarde, hicieron el amor lentamente, saboreándose el uno al otro hasta que Dorothy regresó para prepararla para la boda.
Terry se vistió rápidamente, y se separó a regañadientes de ella para bajar a firmar los documentos.
Al contrario que el día que se casó su hermana, el humor de Robert era triste y sombrío. Terry hubiese deseado poder encontrar una forma de dejar sus diferencias a un lado por el bien de Candy y de su hijo.
El hijo de ambos.
Hizo una pausa para pensarlo. Ella le había dado mucho más de lo que nunca había soñado tener. Y la amaba por ello.
—Bueno, aquí llega —dijo Enrique.
Con Simon de pie a su derecha, Terry se giró para ver a Candy entrando en la pequeña habitación donde la esperaban junto al sacerdote. En lugar de llevar los colores de su padre, ella vestía una túnica de un rojo brillante y una capa negra, sujeta con el broche que le había regalado. Sus colores, pensó él, sintiendo una oleada de orgullo.
Ella era suya, y nadie volvería a apartarla de su lado jamás.
La ceremonia fue breve, y Robert vaciló un instante antes de dar su aprobación finalmente.
Terry no había hecho más que besarla cuando Enrique llamó a sus guardias para que lo escoltaran al patio.
—No —dijo Candy, extendiendo una mano hacia él.
Terry besó su mano para tranquilizarla y se apartó de ella.
—Todo irá bien, Candy —susurró él.
La empujó ligeramente hacia los brazos de su padre.
Candy observó cómo Terry y Simon seguían serenamente a los guardias hacia el patio reservado para castigar a los malhechores.
Retorciéndose para liberarse de la sujeción de su padre, ella les siguió. Se detuvo cuando su mirada se encontró con el verdugo del rey, que esperaba con un látigo con puntas de metal en la mano.
Su padre se detuvo a su lado y trató de hacerla regresar.
—No deberías ver esto.
Ella apretó la mandíbula obstinadamente.
—Es mi esposo, y mi lugar está a su lado.
Pero apenas consiguió pronunciar las palabras, y rogó por tener las fuerzas necesarias para permanecer allí y ver cómo le herían.
Lanzándole una mirada llena de cariño, Terry se desató la túnica y desnudó su espalda. Candy miró al rey, esperando que detuviese todo aquello. Por la expresión del rostro de Enrique, pudo deducir que a él le divertía ese evento incluso menos que a ella.
Pero él no dijo una palabra, y sus esperanzas se desvanecieron.
El verdugo utilizó el travesaño del patíbulo para atar las manos de Terry sobre su cabeza. Cuando todo estuvo preparado, el verdugo miró al rey.
—Comenzad —ordenó Enrique.
Simon se volvió de cara a la pared. Candy se encogió cuando el hombre encapuchado arrojó el látigo sobre la espalda de Terry. La sangre salpicaba las ropas del hombre, pero su esposo no emitió ni un solo sonido mientras su cuerpo se tensaba y se contraía por los golpes.
—Dios mío —murmuró su padre—, ¿es que no siente el dolor?
—Sí, lo siente —dijo ella, mientras descargaban otro latigazo y él seguía en silencio.
Con un nudo en la garganta, sentía cómo las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas. Apretó la mandíbula para no decirles a gritos que detuvieran aquella locura, y no pudo seguir mirando. Imitando a Simon, se puso de cara a la pared y aguardó a que terminara.
Una vez impartidos los veinte latigazos, el verdugo cortó sus ataduras. Terry se mantuvo en pie un instante antes de tambalearse.
Simon lo sujetó contra su pecho.
—Te tengo —susurró.
Terry asintió mientras Simon se colocaba el brazo de su hermano sobre el hombro y lo ayudaba a caminar hacia ella.
—Como en los viejos tiempos, ¿eh? —le dijo Terry a su hermano.
La mirada que Simon le dirigió a su padre estaba cargada de un odio como ella no había visto antes.
Candy acarició el rostro de Terry cuando pasaron junto a ella.
—Simon —dijo Terry con voz ronca—, dile que me pondré bien.
—Creo que ya lo sabe —dijo, conduciéndolo hacia el castillo.
Más o menos a mitad del patio, Terry perdió la consciencia.
Candy guió a Simon hasta sus habitaciones y lo ayudó a colocar a Terry boca abajo sobre la cama, para evitar que su espalda sufriese aún más daños.
Tan suavemente como pudo, limpió la sangre que le cubría. Frunció el ceño al contemplar la piel desgarrada e hinchada por la paliza.
—¿Qué quiso decir con eso de "como en los viejos tiempos"? —le preguntó a Simon.
Éste colocó la túnica de Terry junto a la cama.
—Su padre solía azotarle así cada cierto tiempo. Cuando terminaba, Sin le ayudaba a volver a la cama.
—¿Y por eso no ha gritado?
—Sí. Su padre añadía cinco latigazos por cada sonido que hiciese.
A Candy le dio un vuelco el corazón.
Llamaron a la puerta.
—Adelante —dijo Candy.
Para su sorpresa, su padre se reunió con ellos llevando una pequeña redoma en la mano.
—Esto es un ungüento de linaza. Ayudará a aliviar el escozor de su espalda.
—Gracias —dijo ella, atónita ante el obsequio. ¿Sería posible que se estuviese ablandando ante Terry?
Se aferró a esa esperanza y rogó porque así fuera.
Su padre echó una última mirada a la figura inconsciente de Terry y abandonó la habitación.
Con tanto cuidado como pudo, Candy extendió el espeso y especiado ungüento sobre las heridas, y luego le cubrió con una fina sábana.
Limpiándose las manos con un paño, miró a Simon, que permanecía junto a la pared del fondo con expresión agobiada y dolorida.
—¿Cuánto tardará en curarse? —le preguntó.
—Estará en pie mañana.
—¡No! —dijo ella con incredulidad.
Simon asintió.
—No podrá moverse muy rápido, pero caminará —con un último vistazo a la figura dormida de su hermano, se encaminó hacia la puerta.
—¿Simon? —le dijo antes de que alcanzara el picaporte—. Decidme una cosa, si vos erais el hijo ilegítimo, ¿por qué su padre lo castigaba a él y no a vos?
—Jamás supo que yo era un bastardo mientras viví en su casa—Simon volvió a mirar hacia la cama—. Y no fue porque su padre no lo intentase, sino más bien porque Terry se interponía constantemente entre nosotros.
Simon inspiró profundamente y la miró.
—¿Sabéis que cojea de vez en cuando?
Ella asintió.
—Yo tenía alrededor de cinco años, y estaba intentando golpear el blanco cuando me caí del caballo. Su padre trató de atropellarme con su caballo como castigo por mi incompetencia. Por un instante, todo lo que pude ver fue su enorme caballo de guerra abalanzándose sobre mí, y al momento, estaba tendido a un lado del campo y Terry estaba bajo el semental; le había roto la pierna por cuatro sitios.
Candy cerró los ojos ante un horror semejante. No podía imaginar cómo lo habían soportado cualquiera de los dos.
—¿Cómo os enterasteis de las circunstancias de vuestro nacimiento? —preguntó ella.
Simon se encogió de hombros.
—Nuestra madre se lo dijo a Terry poco antes de morir. No fue capaz de ponerse en contacto con mi padre, pero sabía que Terry viajaba lo suficiente con el suyo como para encontrar a alguien que pudiese enviarle un mensaje para que viniese a buscarme.
—¿Y lo hizo?
—Sí. Mi padre vino a por mí el día después de que ella muriese, y me crió en Normandía.
En ese instante, todo cobró sentido para ella.
—¿Miles de Poitiers?
Simon asintió.
—Él era mi padre.
Ahora sabía cómo había llegado Terry a formar parte del servicio del rey.
—Terry fue a Normandía para encontraros. Y así es como llegó a ser escudero de vuestro padre, ¿no es cierto?
—Y hemos permanecido juntos desde entonces. Le debo la vida a mi hermano, en más de una manera.
—Sois un buen hombre, Simon.
Simon sacudió la cabeza.
—En comparación, no soy más que una minucia, porque era él quien se quedaba para enfrentarse a su padre, mientras que yo siempre huía aterrorizado.
—Sois demasiado duro con vos mismo.
—Puede que sí, pero os agradezco mucho que lograrais llegar hasta él cuando yo no pude hacerlo.
—Jamás podría haberlo conseguido sin vos.
—Entonces, seremos eternos aliados.
Candy sonrió mientras él la dejaba a solas con su marido.
No era ésa la forma en que había imaginado pasar su noche de bodas. Pero no iba a quejarse, porque tenía todo lo que siempre había deseado: un marido al que amaba, y algo que ni siquiera se había atrevido a soñar, un marido que le correspondía.
Algunas horas más tarde, el rey envió a su médico para que atendiera a Terry. Una vez que el castillo se quedó en silencio, ella se acurrucó junto a él y lo observó mientras dormía, acariciando su apuesto rostro.
—Eres mío para siempre —susurró, y entonces cerró los ojos y se durmió.
Por la mañana, Enrique reunió a su séquito y se marchó.
Y, tal y como Simon había predicho, Terry se levantó.
Candy apenas podía creerlo mientras le ayudaba a vestirse. Con toda seguridad, la ropa le hacía daño al rozar los enormes cortes que tenía en la espalda, pero él no dijo una palabra sobre el asunto.
—No puedo quedarme todo el día en la cama —dijo cuando se puso en pie.
—Pues deberías hacerlo —insistió ella.
Él hizo un gesto negativo con la cabeza, tomó su mano y la condujo hacia el salón. Su padre les observó mientras entraban, dirigiendo a Terry una mirada severa.
Candy suspiró. Después de que haberle llevado el ungüento, había esperado que su padre se estuviese ablandando, pero por su ceño fruncido, podía deducir que su progenitor estaba muy lejos de aceptar a su nuevo yerno.
Terry fue a saludar a Simon, y ella tomó asiento junto a su padre.
—Si podéis aceptar a Charlie después de haberle encontrado en la cama con Karen, ¿por qué no dirigirle al menos una sonrisa a mi esposo?
—Porque conozco su naturaleza —gruñó su padre dirigiéndole otra mirada amenazante a Terry—. Eso está más allá de tus posibilidades, Candy, porque tú sólo ves lo bueno de las personas. Pero yo sé la verdad sobre él y los de su calaña.
Meneando la cabeza, ella tomó asiento al lado opuesto de la mesa, lejos de él, para desayunar rápidamente. Podía sentir la mirada de su padre clavada en ella, pero no se la devolvió, y siguió comiendo pan y queso.
Terry llegó a su lado justo en el instante en que ella comprendió que no debería haber comido nada.
Se le había revuelto el estómago.
—¿Candy? —preguntó Terry con cara preocupada.
Ella intentó abandonar el estrado, pero tropezó. Terry la sujetó contra él, y Candy lo escuchó jadear cuando, inadvertidamente, ella se apoyó en su espalda. Aun así, no dijo nada mientras la ayudaba a llegar a la parte trasera de la habitación.
—¿Estás mejor?
Ella asintió mientras su estómago se asentaba un poco.
—Es el bebé.
Terry asintió.
—¿Cuántas mañanas tendré que estar preparado para este tipo de saludo?
—No lo sé —contestó ella con sinceridad—. A mi madre le duraba el malestar todo el embarazo.
Acababan de reunirse de nuevo con su padre en el salón, cuando una figura encapuchada atravesó las puertas. Candy frunció el ceño hasta que el recién llegado se quitó la capucha y pudo ver a una agotada Karen, con el vientre tan abultado por el embarazo que Candy no podía creer que todavía no hubiese dado a luz. Pero lo que la asustó de veras fue ver los signos de paliza que Karen tenía en la cara.
La maldición de su padre se escuchó a lo largo y ancho del salón.
—Hija mía, ¿qué ha ocurrido? —preguntó dulcemente, tomando su magullada barbilla en la mano.
Candy llegó corriendo a su lado.
Karen sollozó.
—Ha sido Charlie —jadeó—. Se ha vuelto loco —miró a su padre con las lágrimas deslizándose por sus amoratadas mejillas—. Quería matarte y heredar tus tierras a través de mí.
A su padre empezaron a dilatársele los orificios de la nariz por la furia.
—Que Dios me ayude, lo mataré por...
—¿Lord Whiterwick? —gritó un muchacho que entró corriendo por la puerta que Karen había dejado entreabierta. Jadeaba por el esfuerzo, tenía una herida en la frente y sangraba—. Mi señor—dijo deteniéndose a la altura de su padre—. Tenéis que venir enseguida. Están atacando Falswyth.
Su padre soltó a Karen.
—¿Quién osa hacer algo así?
—Es el duque de Grandchester.
Todos los ojos del salón se volvieron hacia Terry, que estaba sentado en una de las mesas inferiores, junto a Simon.
Su padre miró de nuevo al mensajero.
—¿Y cómo lo sabes?
—Escuché a uno de sus hombres dirigirse a él como tal antes de que me golpearan.
—¿Pero qué tipo de artimaña es ésta? —gruñó su padre— ¿Mis dos yernos me atacan simultáneamente?
—Padre, hay algo... —empezó Karen, pero su padre la detuvo con un gesto de la cabeza.
—Candy, llévatela arriba y cuida de ella —entonces dirigió una mirada amenazante a Terry—. Preparad mis tropas —gritó, cogiendo su espada de su lugar sobre la chimenea que estaba a sus espaldas—. Acabaremos con esto de una vez por todas.
Mientras los hombres de su padre salían a toda prisa del salón, Terry reunió a sus propios caballeros.
—Espera —dijo Candy, aferrándose a su brazo—. No puedes ir. Estás herido.
Terry meneó la cabeza con expresión severa.
—No pienso quedarme aquí mientras alguien ensucia mi nombre. Mataré a ese bellaco por esto. Ahora, ve y atiende a tu hermana.
Candy quería seguir discutiendo, pero el gesto terco de su mandíbula le dijo que sería una pérdida de tiempo.
En cambio, se dirigió a su padre.
—Mi esposo cabalgará a vuestro lado. Os ruego que protejáis su espalda.
Su padre asintió, con una mirada todavía desconfiada, y acarició su brazo.
Hombro con hombro, los dos hombres a los que más amaba en el mundo, abandonaron el salón, dejándola a solas con los sollozos de su hermana.
Terry percibió la desconfianza de Robert en cuanto se acercaron a los caballos.
—¿Todavía creéis que soy el responsable?
—Hasta que pueda comprobar lo contrario con mis propios ojos, sí.
Terry rechinó los dientes. El padre de Candy jamás lo aceptaría. Que así fuera. Nunca le había pedido a nadie que lo hiciera.
Al diablo con Robert.
Terry se encaramó cuidadosamente sobre silla de montar. Su espalda palpitaba como protesta, pero se las había apañado con heridas peores que ésas.
Apretando los talones contra los flancos del caballo, Terry guió a sus hombres hasta Falswyth.
Cuando llegaron al pequeño pueblo, la horrorosa visión que les rodeaba hizo que arrugara los labios con disgusto. La mayoría de las casas estaban ardiendo, y la gente huía de los soldados decididos a robar, violar y asesinar.
Terry escuchó el grito de una mujer. Mientras Robert y sus hombres atacaban a los bandidos, bajó de un salto de su caballo y abrió de una patada la puerta de una de las casas que aún permanecía intacta.
Había una mujer tumbada sobre la mesa, y cuatro hombres sujetándola mientras un quinto le levantaba la falda y la obligaba a separar las rodillas.
Desenvainando la espada, Terry atacó a los asaltantes. La asustada mujer se refugió en una esquina mientras él despachaba a los hombres.
Cuando mató al último de ellos, una sombra apareció a sus espaldas. Se volvió con la espada en alto para encontrarse a Robert de pie junto a la puerta.
El padre de Candy asintió con aprobación, y después se volvió y abandonó el lugar.
Terry bajó su espada y se tomó un momento para asegurarse de que la mujer no estaba herida.
—Gracias, milord —sollozó ella mientras se obligaba a ponerse en pie.
Terry no dijo nada, y salió para unirse a los hombres que luchaban fuera.
Fue entonces cuando vio que Robert se enfrentaba a un hombre que llevaba una sobreveste que guardaba un impresionante parecido con la suya. Pero, aun peor que el hecho de que alguien se atreviese a hacerse pasar por él, era que el impostor estuviese a punto de matar al padre de Candy.
Robert luchaba con destreza, pero no era rival para el caballero, más joven y ágil, que giraba en torno a él, lanzado una estocada tras otra sobre su espada y su escudo. Robert se tambaleaba ante sus acometidas.
Terry corrió hacia ellos con la espada en alto. Los alcanzó justo a tiempo para desviar un golpe que, seguramente, le habría separado a su suegro la cabeza de los hombros.
Robert se tambaleó hacia atrás mientras Terry se encargaba del caballero. El hombre era fuerte, pero si Terry se hubiese encontrado bien, no hubiese sido rival para él.
En sus actuales condiciones, sin embargo, se sentía más débil con cada estocada que caía sobre su espada. Podía sentir cómo se abrían las heridas de su espalda y cómo la sangre comenzaba a deslizarse a lo largo de su columna.
Su asaltante consiguió acertar una estocada ascendente sobre su escudo que le hizo inclinarse hacia atrás. Antes de que pudiera recuperarse, un nuevo golpe a su derecha le envió al suelo.
Terry aterrizó con fuerza sobre su espalda. Jadeó cuando el dolor explotó, atravesando su cuerpo. Apenas podía respirar, y mucho menos moverse.
Había llegado su hora.
Su oponente alzó su espada contra él, y Terry se preparó para recibir la estocada mortal, pero, justo en el momento en que el caballero iba a descargar la espada, Robert rodeó su cintura y, de un golpe, lo alejó de él.
Con torpeza y agudos dolores, Terry rodó a un lado y se obligó a ponerse en pie. Le resultó sumamente difícil. Le dolían todas y cada una de las partes de su cuerpo.
Se dirigió tambaleándose hacia su caballo, aferrándose a la silla para mantenerse erguido.
Echó un vistazo al lugar donde Robert aún luchaba contra el impostor y vio que un segundo bandido pensaba atacar al padre de Candy por la espalda.
Terry sacó la daga de su cinto y la arrojó con mortífera precisión al pecho del asaltante. Robert vio caer al hombre, y entonces, con renovadas energías, acabó con el que tenía en frente con un terrible golpe de su espada.
Sin fuerzas, Terry trató de subirse a la montura. Era inútil.
Cayó de rodillas al suelo.
—¿Grandchester?
Escuchó la voz de Robert como si llegara desde muy lejos. Alguien le quitó el yelmo, pero Terry no podía estar seguro de quién era. El dolor era demasiado grande.
Miró el rostro de Robert mientras flotaba por encima de él.
—Muchacho, no vas a morir así. ¿Me has oído?
Terry no pudo responder. Cerrando los ojos, dejó que la oscuridad lo arrastrara.
Candy corrió hacia las escaleras tan pronto como escuchó que regresaban los hombres. Karen se unió a ella.
Cuando vio a su marido colgando sobre su caballo, Candy sintió que la sangre desaparecía de su rostro y que el terror la consumía. Pero, incluso peor que la extraña posición de Terry, era el hecho de que su padre se negaba a enfrentar su mirada.
—¡Por lo que más quieras, Dios mío, no! —dijo Candy con voz ahogada.
Si no hubiese sido porque los brazos de su hermana la sujetaban, se habría derrumbado.
Simon y su padre bajaron a Terry del caballo y lo llevaron hacia ella.
—¡Moveos, hijas! —dijo su padre—. Tenemos que llevarlo dentro antes de que muera.
Candy cerró los ojos de alivio.
—¿No está muerto?
—No, hija, no —dijo su padre con voz tierna—. Ahora, muévete.
Todavía temblando, ella abrió la puerta y, dando gracias a Dios, les siguió escaleras arriba.
Horas después, Candy estaba sentada junto a la cama de Terry, en su habitación. Él acababa de despertarse.
—Me asustaste —le dijo en tono de reproche.
Su mirada se clavó en ella.
—Me asusté hasta yo.
—¿Qué quieres decir?
Terry extendió la mano para tomar la suya.
—Hasta hoy, en una batalla, jamás me había preocupado si vivía o no. Hoy me he dado cuenta de que sí me importa. Cuando caí al suelo, sólo podía pensar en ti y en el niño. Por primera vez en mi vida, no deseaba morir. Deseaba volver aquí para verte. Quería estar aquí para ver nacer a nuestro hijo.
Ella cubrió su mejilla con la mano.
—Te amo, Terry.
—Te amo —dijo él también.
La puerta de la habitación se abrió. Candy alzó la mirada para ver a su padre vacilante en la entrada.
Nunca antes lo había visto tan inseguro.
—¿Padre? —preguntó ella.
Él se aclaró la garganta y entró en la habitación.
—No esperaba que estuvieseis despierto —le dijo a Terry.
—¿No habéis oído decir que el demonio nunca duerme?—respondió Terry amargamente.
Candy pudo ver la vergüenza reflejada en los ojos de su padre mientras éste se acercaba a la cama.
—No me lo vais a poner fácil, ¿verdad?
Terry frunció el entrecejo.
—¿Poneros fácil el qué?
—Pedir disculpas.
Candy casi se cae al suelo del susto. Su padre no había pedido disculpas a nadie en toda su vida.
—Soy un hombre orgulloso —le dijo a Terry—. Lo admito, pero no lo soy tanto como para no admitir mis errores. Y estaba muy equivocado con respecto a vos...
Su padre hizo una pausa, y continuó con el cumplido más grande del que ella le creía capaz:
—... mi señor.
Y, entonces, percibió que los rasgos de Terry se suavizaban, y que sus músculos se relajaban ostensiblemente.
Su padre tragó saliva para deshacer el nudo de su garganta.
—Lo único que puedo decir en mi defensa es que conocía muy bien a vuestro padre, y sé que no hace falta que os diga la clase de hombre que era —miró a Terry a los ojos—. Todavía no entiendo por qué me salvasteis la vida hoy. Yo no lo habría hecho por vos.
—Ni yo habría esperado que lo hicierais.
Su padre asintió; un músculo palpitaba en su mandíbula.
—Creo que eso es lo que más me duele de todo. Pero quiero que sepáis que si hubiese sido bendecido con un hijo, me hubiese gustado que fuera como vos.
Terry soltó una amarga carcajada.
—Entonces deberíais estar agradecido de haber tenido únicamente hijas. Si lo recordáis, yo maté a mi padre.
Su padre le dirigió una mirada amable.
—Y hoy salvasteis su vida. Porque tanto si me reconocéis como si no, desde este día en adelante, os consideraré hijo mío.
Candy sonrió a su padre. Nunca se había sentido tan orgullosa de él, y, por la expresión de Terry, supo lo mucho que las palabras de su progenitor significaban para él.
—Os lo agradezco, Robert.
—Padre —corrigió él.
Terry rió con desgana.
—Os lo agradezco, padre.
El padre de Candy se volvió para marcharse.
—¿Robert?
Su padre se giró con un suspiro exasperado.
—Ya veo que tendréis que practicar lo de padre, ¿eh?
—Trabajaré en ello —prometió Terry—. Pero me preguntaba quién era el tipo al que matasteis, el que llevaba mis colores.
Su padre la miró con expresión preocupada.
—¿No se lo has dicho?
—No he tenido oportunidad.
Él asintió y volvió a mirar a Terry.
—Era Charlie el que llevaba vuestra sobreveste. El hombre al que arrojasteis la daga era su primo, Neall.
Terry miró a una y a otro.
—¿Pero por qué?
—Según Karen, se casó con ella para poder quedarse con mis tierras —dijo su padre—. El estado de sus finanzas era tal que necesitaba toda mi riqueza, y no podía esperar a que muriera por causas naturales. Como no podía matarme sin ser colgado por asesinato, planeó una estratagema para enfrentarnos, de manera que vos pudieseis matarme en su lugar.
Terry frunció el entrecejo.
—¿Por qué no se casó con una heredera rica o con una viuda?
—Lo intentó, pero como no contaba con el favor de la corona, nunca consiguió la aprobación de Enrique —su padre rechinó los dientes, y ella pudo leer la expresión de pesar en su rostro—. He sido un estúpido. Di la bienvenida a un hijo que no se lo merecía y volví la espalda al único que era decente.
—Sois demasiado duro con vos mismo, Robert.
—¡Padre! —gruñó él.
Terry le dirigió una mirada divertida.
—Padre.
—Buen chico; ahora descansad. Mi nieto necesita a su propio padre.
Candy no pudo resistirse a fastidiar a su padre.
—¿Y cómo sabéis que será un niño?
—Después de no tener más que hijas, imagino que el Señor me debe un muchacho.
Candy se rió.
Su padre les dio las buenas noches y les dejó a solas.
Ella miró a Terry y jadeó al sentir un ligero movimiento en su vientre.
—¿Qué? —preguntó él.
Ella se sintió invadida por la alegría.
—Se ha movido. Es la primera vez que noto al niño.
Y, para mayor deleite, Terry sonrió.
FIN
