— Es un poco terca.
— Lo sé. Y también te equivocas en otra cosa. Yo la conozco y te aseguro que no es buena actriz. El modo en que te miraba no era por tu madre.
— Te equivocas — dijo Draco.
— Hace mucho que nos conocemos y no sabes cómo me alegro de no haber arruinado del todo nuestra amistad.
— Creo que no me gusta lo que va a seguir.
— Seguramente no. Pero por mucho que me esfuerzo, no consigo comprender por qué tienes tanto miedo de ser feliz.
Hermione tomaba un café con hielo que sabía a agua de cloaca fría e ignoraba a Neville, que estaba dos mesas más allá. No sufría mucho por la infidelidad de Harry, pero no estaba preparada para abrazar a su nuevo objeto de deseo. Se alegraba de que Harry y Draco estuvieran hablando fuera porque necesitaba también unos minutos para aclarar sus ideas.
No sabía si reír o llorar. Estaba enamorada de Draco. En algún momento de la noche se había enamorado de él.
Sabía que había encontrado lo que quería... un amor de los de tacón de aguja. Draco no tenía nada de cómodo. Era alternativamente cáustico y tierno, valiente y vulnerable. Y ella sabía con una certeza que casi la asustaba que diez años después o cincuenta años después sentiría todavía lo mismo por él.
Tal vez todo aquello había empezado en la sesión de fotos de dos semanas atrás y los sueños eróticos habían querido decirle lo que ni su cabeza ni su corazón estaban preparados para escuchar.
Estaba tan inmersa en sus pensamientos que se sobresaltó cuando Harry se sentó a su lado.
— Draco dice que tenemos que hablar.
— Pues habla.
— Lo siento — dijo él.
— Y deberías. Eres un villano. No sólo me eres infiel sino que esta noche me mientes cuando te llamo por teléfono y me haces creer que sigues encerrado en la galería.
-— Lo sé. He hecho mal. No puedes llamarme nada que no me haya llamado yo ya. Sabía que te enfadarías y, si se enteraba Draco, él también. No quería hablar contigo esta noche. No quería lidiar con esto.
— Tú has creado un monstruo, doctor Frankenstein. Lidia con él.
— Tienes razón.
— Sí.
¿Cómo seguir riñendo a alguien que se mostraba de acuerdo con ella? Lo que antes quería decirle cuando lo viera cara a cara era que esperaba que se le cayera el pene, pero ahora... seguramente se mostraría de acuerdo con ella. ¿Y qué satisfacción podía haber en eso?
— Siento muchas cosas. No haber tenido el valor de decirte las dudas que tenía sobre mi sexualidad antes de enrollarme con Neville. No haber sido lo bastante hombre para decírtelo personalmente. Y haberme portado como un beep hace un rato.
Hermione no había sido nunca rencorosa. Perdonaba con facilidad. No sabía si era una bendición o una maldición. Y su facilidad para perdonarlo seguramente indicaba que no lo había querido como debía querer una mujer a un hombre para casarse con él. Y sabía también que, de no ser por el comportamiento de Harry, jamás habría ocurrido aquella noche con Draco. Y ella se alegraba mucho de que hubiera pasado. De eso no se arrepentía.
— Acepto tus disculpas y ya no deseo que se te caiga el pene — dijo.
Harry soltó una risita.
— No quiero que te enfades eternamente conmigo.
— No voy a decir que me caiga bien Neville, pero si a ti te importa y te hace feliz, me alegro por ti.
— Gracias. Es más de lo que merezco.
— Sí que lo es — Hermione sonrió y Harry tendió una mano y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja.
— Eres una mujer muy especial. A una parte de mí le habría gustado que lo nuestro saliera bien.
— Habría sido imposible, Harry. Y debo decir que me alegro de que hay pasado esto. Yo estoy bien, ¿pero tú has hecho las paces con Draco?
— Sí. Hemos hablado de lo que pasó antes. Ya le he pedido perdón. Y me ha hablado de sus padres.
— Es raro. Yo los detestaba por lo que me había contado él y luego me han caído bien.
— A mí siempre me ha pasado lo mismo con ellos. Han hecho mucho daño a Draco, pero no son intencionadamente crueles, sólo distantes. Yo de adolescente nunca me sentía mal recibido en su casa, pero siempre había una distancia. Si eres el amigo, eso está bien, pero si eres su hijo, no. Draco finge que no le importa, pero siempre ha querido que se fijaran en él — parecía disgustado — Ni siquiera vinieron a la graduación del instituto.
Hermione sufría por Draco.
— En cuanto ha llamado su padre, no ha dudado ni un segundo en venir. Se merece unos padres mejores.
Su vehemencia hizo sonreír a Harry.
— Eso le pasa a mucha gente, pero tenemos que conformarnos con lo que tenemos. Draco es uno de los mejores hombres que conozco, pero ellos le han dejado algunas cicatrices.
Hermione respiró hondo y se lanzó a la piscina de cabeza.
— Lo quiero — le pareció que el sentimiento cobraba realidad al darle voz.
La conmovió la melancolía que vio en los ojos de Harry.
— Lo sé.
— ¿Lo sabes? ¿Cómo es posible...?
— Lo he sabido en cuanto os he visto juntos en la habitación.
Hermione soltó una risita.
— Ridículo, ¿verdad? Ayer tú y yo estábamos prometidos y ahora estoy aquí sentada diciéndote que me he enamorado de él.
— Yo no diría ridículo. Yo diría que es como es, más o menos igual que lo mío con Neville.
— Tú eres su mejor amigo. Necesito que a ti no te importe — a Hermioone no le resultaba fácil pedirle su bendición.
— No puede importarme o tú no dejarías de atormentarme y darme la lata.
Los dos se echaron a reír. Harry se puso serio.
— Tendrás que luchar por él.
A ella se le encogió el corazón.
— Sé que está enamorado de otra, o por lo menos eso cree él. ¿Quién es ella?
— Sé que hay alguien. Alguien de quien no quiere hablar, lo cual no es raro en él ya que es muy reservado. Pero yo no me refiero a eso — sus ojos, verdes mostraban cierta lástima — Tendrás que luchar con Draco.
— Esperaba encontrarte aquí. Está dormida — Draco levantó la vista de su taza de café. Su padre había envejecido veinte años en una noche. Hablar con él era siempre más incómodo que hacerlo con un desconocido.
— ¿Quieres un café? — preguntó Draco.
— ¿No sería posible conseguir una taza de té?
— Siéntate y veré lo que puedo hacer.
Volvió poco después con una taza de agua, una bolsa de té y azúcar.
— Es lo máximo que he conseguido.
— Gracias — dijo su padre.
Dejó que reposara el té y se produjo un silencio incómodo. Draco carraspeó.
— Si mamá está bien y descansando, no volveremos a subir. Explícale que no queríamos despertarla, ¿de acuerdo?
Su padre asintió.
— Se lo diré. Gracias por venir.
— De nada. Me alegro de que me hayas llamado.
Hubo otro silencio. Su padre preparaba su té con movimientos precisos. Un terrón de azúcar que removía dos veces. Levantó la vista y se encontró con los ojos de Draco.
— Ella quería que vinieras... y yo también.
— Sólo tenía que llamar — quizá fue por el agotamiento o tal vez por el valor para decir cosas a horas intempestivas, pero Draco dijo: Lo único que he querido siempre era que me quisierais.
Su padre movió la cabeza. Parecía un anciano cansado.
— Me temo que hemos sido unos padres terribles. Siempre he querido tanto a tu madre que no hice sitio para nadie más. Eso estuvo muy mal. Cuando esta noche he creído que podía perderla, me he dado cuenta de lo importantes que sois para mí, no sólo ella sino tú también. Los dos. Creo que Hermione tenía razón. Tenemos un hijo maravilloso al que no conocemos.
El frío interior de Draco no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
— No quiero ser él y eso que cubre un hueco porque crees que puedes perderla.
— No. No es eso. Tu madre y yo te hemos echado de menos estos últimos años, pero todos hemos cerrado el círculo. No sé si era tu intención, pero tú también nos has apartado de tu vida.
No había nada que decir a eso, así que Draco guardó silencio.
Su padre asintió con la cabeza.
— Nos lo merecíamos, lo sé. No podemos cambiar el pasado. El futuro es lo único que tenemos. A tu madre y a mí nos gustaría formar parte de tu vida.
Draco había esperado eso toda la vida. Tendría que haber estado exultante. Pero había construido un muro alrededor de sus sentimientos. Cada decepción, cada hora de soledad, había sido como un ladrillo de ese muro. Una oferta de buenas intenciones no podía derribar una pared tan firme. Se frotó el cuello, rígido por la tensión.
— No sé.
— Supongo que es justo.
Lucius tomó un sorbo de té. Draco terminó su café. Su padre carraspeó.
— ¿Qué hay de Hermione? ¿Está prometida con Harry?
Draco prefería aquel tema al de la falta de relación con sus padres.
— Hasta esta noche, era su prometida. Yo no soy gay y no lo seré nunca, pero Harry acaba de salir del armario.
Su padre parpadeó. Dos veces.
— Esto parece un drama de la BBC.
Draco sonrió. Su padre nunca intentaba ser gracioso, pero a veces lo era. Movió la cabeza.
— Es complicado, pero lo que importa es que Hermione y yo no somos pareja. Anoche me quedé atrapado en su apartamento y cuando mamá pensó que... bueno... le dejamos pensarlo.
— Ah, todo eso a mí no me importa. Lo que me importa es la expresión de tu cara cuando la has visto entrar en la habitación. Ella y tú tenéis lo mismo que hemos tenido tu madre y yo siempre. Una corriente profunda, una conexión que poca gente encuentra.
Draco le había explicado ya que no tenían una relación y no tenía intención de hablar de sus sentimientos con aquel hombre que nunca antes había mostrado el menor interés por ellos.
— ¿No crees que es un poco tarde para decidir que te interesa mi vida?
— Eso depende de ti, pero no, yo no lo creo. No puedo cambiar el ayer, pero puedo cambiar el mañana.
Draco no sabía qué decir. No podía prometer nada que no pudiera cumplir y no sabía si para él era ya demasiado tarde.
Su padre parecía decepcionado.
— Está bien. ¿Volverás mañana, o mejor dicho hoy, a ver a tu madre?
— Vendré.
Era lo máximo que podía prometer.
— ¿Cuántas probabilidades hay de encontrar aparcamiento en una calle de Manhattan? — preguntó Hermione cuando Draco metió el viejo Jaguar de su padre en un hueco a muy poca distancia de la casa de ella.
— Debe de ser por todos esos pobres diablos que se quedaron atrapados en el trabajo —sonrió él.
Lucius malfoy les había ofrecido su coche, ya que él no pensaba moverse del hospital y Draco volvería ese día. Hermione había aceptado encantada volver a casa con aire acondicionado en lugar de ir corriendo.
— Papá ha dicho que hay una linterna en el maletero. Dame un minuto — Draco abrió su puerta y salió.
Poco después aparecía en la puerta de ella con la linterna en la mano.
— Por lo menos no tenemos que subir las escaleras a oscuras — dijo.
— Le estaré eternamente agradecida a tu padre — repuso Hermione.
La calle estaba desierta y en silencio. Draco y ella parecían ser las dos únicas personas despiertas en la ciudad. Una vez en la puerta, Draco le tomó la mano y entraron juntos.
