Hola lectores, tengo una noticia que darles. Decidí que éste será el último capítulo de la historia por un tiempo. No se alteren, es por una buena razón. Se me ocurrió que quiero hacer algunos capítulos bonus, uno acerca del baile de graduación, otro sobre cómo se volvieron amigos Helga y Gerald, otro sobre cómo se volvieron novios Lila y Brian, otro sobre Harold y Rhonda... y quizás otro sobre Jamie O. y Melissa, aunque no necesariamente en ese orden. Lo que significaría que cuando suba el capítulo número 27, será la continuación de la historia donde lo he dejado en éste, el capítulo 21. Algo así como un salto en el tiempo.

Disclaimer: Los personajes de Hey Arnold son de Craig Barttlet, yo sólo doy rienda suelta a mi imaginación.

Gracias a todos por leer, por enviar sus inbox y por dejar sus opiniones en los reviews.

Este es un capítulo corto, algo así como un preludio para lo que está por venir en el capítulo 27 (que será en realidad el 22)

Sin más dilación, les dejo la continuación de Chronicles of Friendship, Love & Poetry

Blanco. Odiaba el color blanco. Le recordaba a todos los días de su infancia que perdió metido en una sala de hospital por su propia enfermedad, a aquella época en la que dependía de un tanque de oxígeno para respirar. Esos días en los que no tenía esperanza.

Dolorosos recuerdos de impotencia ante el llanto de sus padres y las miradas de mortificación de los doctores, que aunque no se lo dijeran a él directamente, podía adivinar que no creían que sus ataques asmáticos pudieran menguar lo suficiente como para que pasara más tiempo en su casa que en el hospital.

Odiaba el blanco. Sus primeros años de vida, era el único color que veía, sus padres habían adaptado una habitación en casa para que se mantuviera desinfectada y fuera hipoalergénica, y paredes, techo, piso, todo en ella… era blanco… Él vestía de blanco, su doctor usaba una bata blanca, incluso sus padres, por esa época, usaban colores muy claros, cercanos al blanco, porque la más pequeña mota de polvo podría causarle una crisis.

La primera vez que vio algo colorido, fue en el hospital, una niña vestida de rosa, con cabellos dorados y ojos azules… Después descubrió que era Helga… y luego de ese día comenzó a mostrar progreso, muy lentamente, pero era progreso. Ahora sabía que ambos acontecimientos no estaban relacionados, pero de niño, solía creer que esa niña de alguna forma lo había sanado.

Ahora, sentado en esa sala de espera, rodeado de tanto color blanco, deseaba con todas sus fuerzas poder ver a Helga. En lugar de eso, todo lo que podía ver era la sangre en sus manos y ropa…

De pronto, ya no estaba solo en aquel lugar, Rhonda, Nadine, Arnold y Lila estaban junto a él.

-¿Qué han dicho de la condición de Lorenzo?- preguntó la rubia, sintiéndose drenada de cualquier energía.

-Aah… que harían todo lo posible… Aaah…pero que no creen que pase la noche…- Brian deseó no tener que hablar, la garganta le ardía por haber estado vomitando en la ambulancia de camino al hospital.

-Y….- Rhonda tragó con dificultad, aterrada de hacer la siguiente pregunta -¿Sabes algo de Harold?- la mirada de la pelinegra, inyectada en sangre, le provocó escalofríos al castaño al recordar lo que le había pasado a su compañero de la infancia en su intento por protegerla.

-Le están… aaah… retirando la bala- aquellas palabras cayeron sobre el grupo como un piano en caída libre desde un séptimo piso… Jamás se imaginaron que escucharían palabras similares.

-¿Brian, estás bien?- Lila se sentó a su lado. El castaño negó, sintiendo que las lágrimas de culpa e impotencia comenzaban a rodar por sus mejillas, una vez más, no había nada que él pudiera hacer para evitarles el sufrimiento a sus amigos. La pelirroja tomó su mano. Le dio un suave apretón y se limitó a sostenerla, mientras el silencio rodeaba al grupo. Si pensaban que lo que vivieron en la mansión Lloyd era una pesadilla, no se comparaba con la angustiante espera que le siguió.

Helga entró en su habitación del hotel que compartía con Timberly, la morena al verla no pudo evitar ponerse de pie preocupada. La rubia llevaba un semblante lóbrego, como nunca antes la había visto.

-¿Helga?- la rubia no lo soportó más, y se dejó caer contra la puerta soltando un sollozo ahogado. Timberly corrió a su lado, sintiendo la pena de su amiga como propia –Helga, ¿Qué pasó?- le preguntó sentándose a su lado, y comenzando a acariciar su espalda rítmicamente. La rubia sólo negaba, los recuerdos de su conversación con Gerald hundiéndola en la miseria.

-¿¡Que tú fuiste a San Lorenzo a golpear a Arnold!?- preguntó con los ojos y la boca desmesuradamente abiertos… Aquello nunca lo vio venir…

-No sólo lo golpee… no podía frenarme a mí mismo- Gerald bajó la mirada, incapaz de continuar sosteniéndosela a su amiga.

-¿Qué… qué quieres decir con eso?- no estaba segura de que quisiera saber la respuesta.

-Luego de golpearle, de romperle un par de costillas… Le amenacé para que se mantuviera lejos de ti, le dije que sus sentimientos por ti eran de juguete en comparación a lo que tú sentías por él… le dije que él nunca te querría como tú a él… que tú ya no estabas sola… que me tenías a mí- La rubia lo escuchaba incrédula.

-¿Con… con qué derecho hiciste algo así?- la rabia la invadió, tomando control de lo que decía -¡Por qué me lo ocultaste! Algo así… algo como eso… no tenías ningún derecho…- escupía con rencor las palabras, sintiendo que la herida supurante de su corazón volvía a abrirse, dejándolo en carne viva, expuesto, vulnerable –Él era tu mejor amigo- de pronto, lo que Arnold le dijo cobraba sentido, que ellos llevaran tres años sin hablarse, que el rubio evitara preguntar por el moreno, que cuando se encontraron hubiera esa tensión enrareciendo el ambiente…

-Sí, lo era. Lo consideraba mi hermano. Pero tú…- Gerald se detuvo antes de continuar exponiendo sus secretos.

-¿Yo qué? Yo sólo era la mejor amiga de tu novia… ¿Por qué harías algo así por la mejor amiga de tu novia?- que no la mirara a los ojos la estaba empezando a poner nerviosa -¿Cómo compraste un boleto de avión a San Lorenzo?- Nada tenía sentido.

-Usé los ahorros que tenía para el obsequio de aniversario de Phoebe- susurró, apenado. Helga lo miró incrédula, recordaba ese año, su amiga se había pasado semanas llorando porque el moreno no se había acordado de la fecha en la que cumplían años de novios… Gerald nunca aclaró nada.

-Tengo que salir de aquí- habló finalmente, los descubrimientos de esa noche abrumándola, despertando su claustrofobia dentro de aquel auto…

-No, Helga- pidió el chico, intentando detenerla.

-¡No me toques!- le gritó –No me vuelvas a tocar… no puedo creer que me ocultaras algo así, tenías razón… la cagaste- y sin añadir nada más salió del vehículo azotando fuertemente la puerta.

Timberly le acercaba una taza de té.

-Anda, bebe… estás helada- le decía, sintiendo que se le rompía el corazón al verla tomar el ofrecimiento con mano temblorosa.

-Gracias, Tim- dio un sorbo, y luego maldijo… la maldita bebida le había quemado la lengua. Timberly la miró temiendo que se hubiera vuelto loca cuando empezó a reírse sola.

-¿Helga?- el miedo en su tono le hizo darse cuenta a la rubia que la morena probablemente no entendía lo que le ocurría para reír así.

-Es sólo… que hace unos días tu hermano me dijo que siempre olvidó enfriar el café antes de tomarlo… parece que llevo lejos de Londres una eternidad. Todo era más fácil estando allá- comentó crípticamente, sorprendiendo a la menor.

-¿A ti… te gusta Gerald?- le preguntó, intentando ser delicada.

-No… lo sé- soltó un largo suspiro –A veces creo que sí… a veces creo que no podría ser más feliz que cuando estoy con él… pero otras veces… como ahora… siento que no pertenecemos el uno al otro, siento que él no es suficiente- el peso del colgante que llevaba en el cuello, lo suficientemente largo para que quedara justo sobre su corazón, le quemaba la piel con el recuerdo de su pasado –O quizás, soy yo la que no es suficiente- añadió.

-No digas eso. Tú eres increíble. Mi bobo hermano sería un suertudo si accedieras a estar con él- le aseguró vehementemente.

-Gracias, Tim. Pero, él ha sido el novio de Phoebe tanto tiempo… y yo he estado enamorada de otra persona por casi toda mi vida… ¿Cómo cambiar algo así?- se lamentó, la morena la vio frustrada, sintiendo que no podía hacer nada por aliviar el dolor de su amiga. Ambas se recargaron en la otra. Helga agradeciendo la silenciosa compañía de la adolescente, sin saber cómo sentirse respecto a lo que pasaba… aterrada de que la confesión de Gerald, de alguna forma confusa, le había hecho sentirse muy feliz… él había ido a otro país, por ella… por defenderla. ¿Es que era tan tonta como para enamorarse dos veces de un imposible? ¿Era masoquista o algo así?

Y pensar que solía burlarse de los adultos cuando le decían que la infancia sería la mejor época de su vida. ahora sabía que sí era así, sobre todo porque cuando era una niña no tenía duda alguna de a quién deseaba su corazón. Dolía, sí... pero por lo menos no la atormentaba la indecisión, la duda o la inseguridad. Tenía miedo de hacerle daño a otros por equivocar sus propios sentimientos.