Era la primera lucha sangrienta en que la Diosa no podría intervenir para ayudar, solo confiar ciegamente en el poder, el esfuerzo y la determinación de los fieles caballeros que la acompañaron esos años de su vida.

_ Por favor, tengan cuidado.

Sólo pudo decir eso, mirando con dolor los ojos de sus servidores, quienes sólo sonrieron. "Todo va a estar bien", podía leer eso en sus miradas, mientras rezaba que aquella despedida sólo fuera momentánea.

Y el momento había llegado, los guerreros del fuego corrieron por las calles de la pequeña ciudad mantenida debajo del santuario; los ciudadanos atemorizados no dieron cara a los invasores. Hefesto sólo pretendía recuperar a su esposa, por lo que no había necesidad de lastimar a los demás. Caminaron a la entrada de las doce casas, sin ser detenidos.

La estrategia que había planeado Atenea era distinta esta vez y eso estaba por verse.

Estaban al frente

LA CASA DE ARIES

Entraron en cautela, cinco mirando al frente, cinco mirando atrás, dos en cada lado y el Dios al centro.

_ No hay necesidad que me rodeen. – respondió ante la posición de sus herreros.

_ Parece que no hay nadie aquí.

_ ¡Cuidado!

Una pequeña piedra cayó del aire hacia el Dios pero este la esquivó tranquilamente.

_ ¿¡Quién está ahí!?

_ Telequinesis, clásico de los caballeros de Aries. – rio Hefesto. – También teletransportación, pero no sólo eso, sino que de generación en generación han sido elegidos los seres de un mundo particular, un mundo desprotegido. ¿O me equivoco… protector de esta casa?

_ Bienvenidos sean. – salió un joven del fondo de cabellos naranjos y sonrisa amable.

_ Me sorprende que Atenea haya mandado a un niño a esta batalla, y ciertamente, a la posición más cercana a la muerte ya que cuidas de la primera casa.


_ Hefesto es un Dios, grande en la batalla, bueno en estrategia, pero su omnipotencia no va sólo en ese sentido; la belleza de su persona y el carisma que es admirado de él va de la mano de su compasión y sensibilidad.

_ ¿Eso qué quiere decir? – preguntó Kanon.

_ Él no es capaz de matar a una persona joven, a no ser que tenga el corazón podrido. La victoria de Kiarad no se determinará si no es en condiciones justas.

_ ¿Por eso permitiste que luchara?

_ Sí, conociendo a mi esposo, mandará al más joven de sus guerreros y a partir de eso, sólo dependerá de la fuerza, el poder y la pasión de Aries.


_ No temo a la muerte, Gran Dios Hefesto, confío en que mi vida se va a una causa justa.

_ Eres de admirar, pero no planeo matarte. ¿Quién soy yo para tomar la vida de un joven que aun tiene mucho camino por delante? – sonrió. – Pero dudo que me darás el pase…

_ ¿Quién soy yo para dejar que pasen por la casa de Aries? – se mostró poderoso Kiki.

_ Pues bien, Alec, por favor toma esta batalla.

Un joven se aproximó, de cabello negro y ojos castaños; un poco más alto que el defensor de Atenea; de cara larga y peinado un poco largo. Su armadura era la de Mandoble, con hombreras planas para abajo; así como todo casi uniforme en las demás partes del cuerpo. De color dorado con plateado.

_ Pero señor, Alec es el más joven de nuestros guerreros, seguido de Erictonio. – respondió Bía.

_ Por favor, no me subestimes, Sai.

_ Tienen la misma edad, así que ahora dependerá de la fuerza de sus espíritus. – concluyó el Dios. No mancharé la mano de alguien con ventaja en experiencia sobre él.

_ ¡Tómenme en serio! – gritó Kiarad intentando atacar.

_Tu batalla es conmigo. – se interpuso el guerrero del Mandoble.

_ ¡Esperen! – gritó el caballero de Aries estirando su mano mientras todos los demás atravesaban el lugar.

_ ¡FILO DE FUEGO! – Del cielo brotó una energía que destruyó parte del suelo, parecido a la Excalibur de Shura (heredada por Shiryu), todo lo que tocó ese poder se incendió.

_ ¿Así que trabajas con fuego?

_ Después de todo, somos los servidores del Dios del fuego y la herrería.

Kiarad empezó a sudar por el calor omitido del ataque, a las justas había esquivado el poder de Alec, quien no había dudado ni un segundo en la fuerza mandada.

_ Veo que también estás dispuesto a todo.

_ ¿Cómo no? Todo lo que tengo se lo debo al magnánimo Dios Hefesto.

_ ¿¡De dónde ha nacido aquella devoción!?

_ ¡Haces muchas preguntas! ¡FILO DE FUEGO! – lanzó nuevamente hacia su contrincante.

_ ¡MURO DE CRISTAL! – colocó su pared delante pero la fuerza del fuego lo hacía retroceder. – "¿¡Qué sucede!?, ¿se está… ¡se está derritiriendo!?

_ ¿¡Crees que por armar con tu cosmos una energía protectora vas a detener aquella fuerza que todo lo quema!?

_ ¿¡Có… cómo es posible!?

_ ¡FILO DE FUEGO!

Kiarad lo esquivó rápidamente, pero quedando su hombro sangrante; con una mano lo cogió mientras gemía de dolor.

_ ¿Es tu primera batalla como el caballero de Aries, no es así? Pero no deseo acabar con tu vida, sólo estamos haciendo tiempo.

_ ¿Por qué…? – respondió frustrado. - ¿¡Por qué no dejan libre a nuestra Diosa!?

_ Porque ella le pertenece a mi Dios, y yo le pertenezco a él.

_ ¡No es así, ella no le pertenece a nadie, y nosotros los caballeros tampoco somos la propiedad de los Dioses! ¡Somos… Somos sus fieles servidores, luchamos por ellos porque creemos en ellos!

_ ¡ESTOCADA DEL DIOS! – corrió hacia el caballero de Aries con la gran espada agarrada, la clavó con fuerza al suelo, del cielo salió un rayo que golpeó directamente Kiki, como una energía celestial.

Aquel ataque le dio con mucha rudeza al defensor de Aries, quien gritó por el dolor, su hombro estaba sangrando.

_ Tu herida es muy profunda, tal como es la función de mi arma: El mandoble, la cual surgió en el siglo XV, destinada a usarse con ambas manos.

_ "Ambas manos… por eso aquella fuerza, aun así la velocidad está limitada".

_ Es un arma larga, pesada pero totalmente poderosa, ¿no es así, caballero?

_ El siglo XV… Eso es muy anticuado. – sonrió.

_ Dudo que estés en posición de bromear.

_ Antes de derrotarte, quiero que me digas por qué tu amor absoluto a tu Dios, a tal punto de sentirte su pertenencia.

_ Hefesto, el todo absoluto, es el merecedor del santuario, incluso el más benevolente de los trece Dioses Olímpicos (estamos contando a Abel).

*flashback*

Las tristes calles de la ciudad, en una terrible noche de invierno, mostraban cómo un desamparado adolescente corría de unos hombres, atemorizado. Un hombre con vestimentas sencillas, incluso antiguas se cruzó en su delante y chocaron con mucha fuerza, lo que ocasionó que cayeran bruscamente al piso.

_ Joven…

Alec miró a los ojos del emisor, confundido por la intensidad, como un fuego que quemaba en aquellos iris. Hostigado, hipnotizado e incluso atemorizado se quedó sin responder por unos segundos.

_ ¿De qué estás huyendo?

_ Yo…

_ ¡Ahí está! – gritó un hombre.

_ Ayúdeme. – empezó a temblar mientras se escondía atrás del moreno. – Por favor.

_ ¡Muévase!

_ ¿Por qué siguen a esta niño?

_ ¿¡Niño!?, ¡ese mocoso nos debe dinero!

_ ¿Cuánto les debe? Yo os lo pagaré.

_ ¡No sin antes cortarle la cara!

Miró desafiante a los tres hombres violentos que lo enfrentaban.

_ Déjenlo en paz. – tiró su billetera delante de ellos. – Es todo lo que traigo, me imagino que es más que suficiente.

_ Así que este hombre tiene dinero, ¿por qué no lo secuestramos y pedimos una recompensa? – dijo maliciosamente uno de ellos.

_ Santo remedio, está bien. – dio un paso delante mientras sacó una espada larga de la parte trasera de su abrigo. - ¿A quién debo matar primero?

_ ¡Eso… eso es!

_ ¿¡Quién rayos carga una espada en el siglo XX!? – gritó el del medio.

_ Enfréntenme.

_ ¿¡Crees que por tener una espada nos vas a ganar!? – sacó una pistola uno de ellos. – no darás ni un paso hacia nosotros y yo ya te habré volado los sesos.

"Aquel hombre iba a perder su vida por mi causa, yo un ser inmundo sin el más mínimo derecho de ser salvado, pero aun así, no dudó en defenderme."

Un disparo sonó en el aire y todo fue silencio. La pistola tenía el humo de la bala en su punta, pero lo impresionante era lo que había sucedido después.

_ ¿¡PERO QUÉ…!?

_ Ustedes no son más que insignificantes humanos que no puede procesar una velocidad de menos de un milisegundo, lo que su cerebro demora en transmitir un estímulo. ¿Cómo pueden ser rivales para mí, cómo pueden compararse?

_ Él acaba… - susurró Alec.

_ Mi espada, tan implacable como la velocidad de la luz ha podido golpear lejos la bala que has enviado.

_ ¡Patrañas! – gritó y empezó a tirar balazos desesperado.

_ ¡SEÑOR! – exclamó preocupado el joven.

Pero todos los ataques fueron lanzados lejos con el mandoble, agarrado por ambas manos, que las golpeaba lejos. Y las últimas las dirigió hacia las piernas de los atacantes quienes cayeron al suelo.

_ No fue mi intención lastimarlos, pero veo que tienen un corazón podrido.

_ Tú… no puedes ser humano.

_ Exactamente… - los miró mientras un fuego se incendiaba en sus ojos. – Cambien, los humanos tienen una vida efímera, demasiado frágil para andar desperdiciándola en malos hábitos. ¿No es así, joven? – sonrió a Alec.

_ Yo… muchas gracias…

Ambos se fueron del lugar, dejando tirados a aquellas personas. En silencio, simplemente el muchacho de ojos castaños lo miraba.

_ Tienes heridas muy profundas en tu alma, ¿no es así?

Él lo miró angustiado, sorprendido y muy apenado.

_ Si sigues en estos vicios, sólo huirás de tus problemas, tirando tu joven vida al tacho. Al final serás, nada más que polvo, pero aquel que no dejó marca en este planeta. ¿Es esa la vida que deseas vivir?

_ Yo…

_ Las drogas, son, destructivas y mortales.

_ Yo… - empezó a llorar. – No tengo hogar, no tengo familia, amigos, si quiera tengo alguien a quién buscar.

_ ¿A nadie le importas, es eso?

_ Yo…

_ ¿Acaso tú vives para los demás?

_ Yo…

_ ¿Eres pertenencia de alguien?


_ Yo no puedo fallarle, a aquel hombre que me miró con esos ojos tan cálidos y piadosos.

_ ¡Ahora me toca a mí! ¡EXTINCIÓN DE LUZ ESTELAR!

Aquel ataque hirió un poco a Alec, pero siguió caminando con mucha energía hacia Kiki.

_ ¡No me vas a vencer! – un mandoble se creó en las manos del herrero del fuego. - ¡Tú nunca has usado un arma, ¿cómo osas llamarte caballero?!