Curious feeling of falling (Thomas Newman)
No hacía más que pensar en las estadísticas. Una y otra vez, las repasaba. Casi como para asegurarme de que no era una alucinación mía, de que de verdad la gente había dicho eso. Contrasté numerosas fuentes. Y sí. Yo había sido elegido el país más feliz del mundo.
Así que, ¿por qué me estaba pasando esto a mí?
No podía salir de casa. Un dolor intenso se me había quedado en el pecho, peor que una neumonía, que todo lo que había experimentado hasta entonces. Era la señal de que había algo dentro que me estaba matando.
Yo, la nación con la población más feliz del mundo, me estaba muriendo.
Margrethe quiso que guardara reposo, que estuviera tranquilo, pero ¿cómo iba a estar tranquilo teniendo dentro...? Miré las noticias, desesperado por saber. Me llegué a enfadar con mi reina, porque no entendía por qué me ocultaba algo tan importante.
No tardé en descubrirlo. Todas las naciones del Norte estábamos amenazadas. Nosotros, que liderábamos las listas mundiales en materia de educación, satisfacción de los ciudadanos, igualdad y todo eso, también teníamos una diana en la espalda.
Recuerdo un trozo de una encuesta que hicieron por la calle en una cadena nacional. "Dinamarca es considerada una buena nación, ¿por qué debería desaparecer?" La respuesta de un joven con camiseta de Los Ramones la recordaré mientras viva:
— Es verdad que aquí se vive bien, pero el resto del mundo no tiene tanta suerte y ha llegado la hora de acabar con los privilegios.
Moriríamos por privilegiados. Si el mero hecho de respirar no hubiera sido doloroso para mí, me habría carcajeado con ganas.
Nos iban a sacrificar por el bien común. Ya había visto eso suficientes veces como para sentir pánico.
Y yo que había pensado al principio que lo que buscaban era tan tonto e ingenuo que nadie se lo tragaría...
No puedo decir nada malo acerca de la gente que estuvo a mi lado. Fueron todos muy buenos conmigo. Margrethe dejó de lado muchos compromisos por quedarse junto a mí. Sé que Frederik y Joachim hicieron todo lo que estuvo en su mano por solucionar esta situación.
Pero ¿y qué iban a hacer? Estamos hablando de las mentes de las personas. Uno no puede legislar sobre eso. El Triunvirato trató de sacarles las ideas de la cabeza a la fuerza y solo consiguieron empeorar la situación.
No parecía que hubiera nada que hacer salvo esperar.
Esperar fue lo que hice y, créeme cuando te digo, amigo, que no es algo agradable. Esperar a morirse. A que te maten, más bien. Y lo peor de todo es que quien tiene el absoluto poder de decidir si vives o mueres son las mismas personas que te han creado. En esos días se sentía como si te hubieran moldeado y un buen día, después de haberlo dado todo por ellos, ellos simplemente se cansan, dicen que eres malo y te eliminan como si fueras una basura. A día de hoy hay países que sienten una especie de amor-odio por sus ciudadanos después de la forma en que los trataron. Y debo enfatizar lo de amor porque no he conocido a ninguna nación maltratada por su propio pueblo que no los ame con locura. Lituania puede decir mucho acerca de eso.
El peor de esos días fue el veinte de diciembre, cuando un grupo destrozó a martillazos la escultura de la Sirenita en Copenhague. Lo había sentido mucho antes de verlo en el noticiario. Fue un grupo formado por tres chavales que actuaron cubiertos con un pasamontañas. Los detuvieron horas más tarde. Se suponía que tenía que aliviarme que la gran mayoría de la gente reaccionara con indignación ante la destrucción de nuestro icono, pero era tan poco el alivio...
Fue entonces cuando llamaron a la puerta. Fue mi guardaespaldas, Helle, quien abrió. En esos días estaba muy paranoica.
Pero reconoció a quien había venido a verme y lo dejó pasar.
— Dan...
Solo había una persona en el mundo que me llamara así.
...
Perdón. Es que pienso en el pequeñajo, en cómo entró, en lo que le pasó y...
Era Groenlandia. Estaba...le pasaba algo. Era evidente. Nada más verlo me levanté de la cama como si me hubieran puesto un muelle en el culo. Se habría caído al suelo de no ser por la ayuda de quienes estaban presentes. Yo corrí a sostenerlo. Estaba frío, como siempre. Él siempre estaba frío, especialmente su naricita, que tenía roja...
Sniff...Lo siento...
No sabía qué había venido a hacer a mi casa. ¿Se habría enterado de que estaba mal? ¿Había ido a buscar ayuda?
Yo creo que sabía que su final estaba cerca, y por eso vino a mí. No para que tratara de arreglarlo, sino para despedirse. Eso supongo.
Me miró. Aunque le costaba hablar, tenía pánico en los ojos. No dejé de mirarlos mientras su carne se consumía.
Oí chillar a mis amigos. Yo sentí que mi corazón se paraba.
Groenlandia comenzó a pesar menos, menos y menos en mis brazos, hasta que al final lo que quedaba de él, nada más que un montón de polvo, cayó sobre la alfombra y yo me encontraba con su ropa en las manos.
Joachim se tuvo que sentar en la cama. Alguien abrió a toda prisa las ventanas del dormitorio. Yo solo sé que me quedé ahí quieto, llorando y balbuceando, con la ropa en las manos, hasta que Finlandia, Suecia, Noruega e Islandia aparecieron por la puerta. Intentaron quitármela de las manos y yo le solté un bofetón a quien lo intentó. Luego me encontré en los brazos de alguien, no sé de quién, y lloré. Esa noche no hice más que llorar. Mis colegas del norte lloraron conmigo.
Groenlandia era pequeño y joven. Por lo que supe más tarde, estaba tan aislado de todo y todos que ni siquiera se había enterado de lo del One World Nation Movement. Es decir, murió sin saber por qué.
Él no había hecho nada malo nunca, eso lo puedo jurar.
Había tenido algún rifirrafe con América por él, porque quería llevárselo a su casa. Pero en aquellos momentos deseé con toda mi alma que tomara sus tanques, sus aviones, sus drones, sus destructores y sus hombres y aniquilara por completo a aquella gente. Me arrepiento mucho de haber pensado en ello, pero si hubierais conocido a Groenlandia a vosotros también os habría dado rabia lo que le pasó.
