FAMILIA

NEVILLE LONGBOTTOM

Alice juguetea con uno de los hilos sueltos de su jersey. Tiene la mirada perdida en la puerta; sus ojos pasean de arriba a abajo: primero el marco, después el pomo, finalmente el suelo.

Neville avanza por entre los pasillos de San Mungo. Tiene la mano derecha apoyada sobre el hombro de su hija mayor. Sia tiene los párpados enrojecidos por la pequeña-gran discusión de la mañana. Odia el olor de San Mungo; odia la menta y las pociones curativas. Odia que su abuela viva allí y odia tener que lidiar con su familia.

La puerta se abre y Alice no es capaz de ver más allá.

—Hola, mamá —Neville se agacha y besa la mejilla de la anciana—. Saluda a tu abuela, Sia.

La niña se remueve, incómoda. Se agacha y finge una muestra de afecto que, en realidad, es incapaz de sentir.

—Hola, abuela —Cuando habla, mira al techo. Se aleja de la silla y camina en círculos.

Neville se sienta en uno de los incómodos sofás de la sala de visitas. Sia no entiende por qué le cuenta las noticias que trae El Profeta, por qué le relata cómo Joe hizo esto o aquello, por qué se esfuerza en narrar todas las cosas que ella olvidará en cuanto abandonen la habitación.

—¿Nos vamos ya? —pregunta por décima vez.

La paciencia de Neville es infinita, pero la niña está consiguiendo colmarla. A la onceava se levantan, realizan el camino a la inversa y salen del hospital.

—Que sea la última vez que te comportas así —advierte el adulto.

—No quiero una abuela loca —responde ella.

—No está loca —Su voz es más violenta de lo que le hubiera gustado—. La hechizaron, Sia.