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Capítulo 19
El alba asomaba a través de las pieles que cubrían las ventanas de Waterfallcastle. El bullicio a esa hora de la mañana resultaba sobrecogedor. Candy no había bajado todavía a desayunar, no tenía apetito; su mente bullía de razonamientos que se negaba a considerar. Cuando el resto de los hombres se encontraba tomando su adusto desayuno, que consistía en gachas de avena y cerveza, irrumpió en la sala súbitamente uno de los hombres de Albert con la noticia del avance de un ejército.
—Parece que el conde de Verdial se acerca a los muros de Waterfallcastle por el Este.
Albert y Guillermo se pusieron de pie e intercambiaron rápidas miradas de entendimiento. Había llegado la hora de la verdad mucho antes de lo esperado.
—El conde no sabe que podemos resistir un asedio. ¿A qué distancia se encuentra su ejército? —inquirió al hombre que había dado la información.
—Algunos, quizás la mitad, fueron vistos sobre la colina pero el resto aún no han aparecido.
—Sin duda el conde planea acorralarnos. Vayamos a los muros.
La sala se quedó vacía en un momento. Albert buscó a Candy y le ordenó tajantemente que no abandonara su alcoba bajo ningún concepto. Ella le lanzó una mirada inquisitiva y dolida, pero él no le dio ninguna explicación más; simplemente se abalanzó sobre ella y la besó con una avidez que la desconcertó. Buscó su boca con labios duros, hirientes; parecía que se alimentaba de ella, exigiéndole una rendición por completo. Se movían sobre los labios de ella insistentes, persuasivos, tratando de arrancarle una respuesta. Cuando Candy se dispuso a ofrecérsela, Albert cesó el beso.
—Os amo —antes de que pudiese protestar, la dejó nuevamente sola.
Desde su posición en el elevado muro, Albert miró a través del altozano poniéndose la mano en la frente para hacerse sombra.
Guillermo, Garlan y varios de sus hombres se encontraba a su lado. No se veía ningún alma moviéndose en derredor.
—Es extremadamente estúpido —afirmó Garlan con convicción.
—Extremadamente inteligente —corrigió Guillermo—. No puedo imaginarme su plan, pero no hay duda de que lo tiene.
Albert frunció el entrecejo sopesando las posibilidades.
—¿Cuántos hombres se acercaban? —le preguntó al guardia que había divisado el ejército durante su patrullaje; éste se apresuró a explicarle.
—Conté más de un centenar de jinetes y son todos caballeros; traen también diez carros.
Albert se sintió azorado.
—¿Todos caballeros? Cómo es posible...
—Imaginamos que puede ser la mitad de su ejército, pero no tenemos datos suficientes aún.
—¿Cuántos venían a pie? —inquirió Albert intranquilo.
—Ninguno, señor.
—¿Ningún hombre a pie? —exclamó Guillermo estupefacto.
—Lamentablemente así es —confirmó el guardia con calma.
—Demasiados jinetes. Ni la mitad de nuestros hombres saben cabalgar—bramó Guillermo.
—Quizás sea esa la ventaja con la que cuenta el conde —sugirió Garlan preocupado.
—¡Mirad allá!
Garlan clavó la mirada sobre la cima de la colina.
Un solitario jinete apareció y se detuvo a observar los dominios de Waterfallcastle. Era un caballero vestido con reluciente armadura, pero resultaba difícil distinguirlo, la distancia seguía siendo mucha.
—Se encuentra todavía demasiado lejos para saber quién es.
Al jinete de la colina se sumó otro, y otro, y luego muchos más, hasta que una larga fila de caballeros se extendió a lo largo de la cima como una línea de plata cegadora. No eran todos los hombres, y aun así, ese único grupo de jinetes tenía un aspecto temible, sobrecogedor. Era de sobra conocido que un solo caballero valía más que diez soldados. La cosa empeoraba por momentos.
Dos caballeros comenzaron a descender por la colina hacia Waterfallcastle. Avanzaban sin escolta; Albert los observó azorado ante la audacia. ¿Qué esperaban esos hombres al acercarse sin compañía? ¿Pretendían intimidarlo?
Ambos jinetes al fin se encontraron junto al límite y elevaron la mirada hacia los altos muros de Waterfallcastle, de modo que Guillermo pudo verles el rostro con claridad. Era difícil de creer, pero allí estaba Ricardo Corazón de León y Alfonso de Castilla.
Gimió con impotencia.
—¡Albert de Waterfallcastle! ¡Bajad! —el grito de Alfonso no admitía discusión alguna.
—¡Enseguida!
Guillermo lo asió del brazo.
—¿Lucharás contra el rey de Castilla? —Albert negó con la cabeza. Pensaba evitar una lucha innecesaria—. ¿Dos ejércitos por mi hija? Ese hombre debe de estar loco.
Las palabras de Guillermo lo molestaron.
—Es condesa castellana. Algunos condes allí poseen más poder que algunos príncipes y reyes aquí.
Guillermo alzó las cejas con incredulidad.
—No tienes necesidad de salir. Ellos no pueden llevarse a mi hija si no les abrimos los portalones.
—Aun así, bajaré —afirmó Albert con tono calmado—. He sido yo quien trajo a la dama con engaños, le debo esa explicación a su rey.
Albert cabalgó a través de la entrada al trote ligero. Los dos reyes habían retrocedido hasta una distancia media entre Waterfallcastle y el ejército que estaba situado detrás de ellos, listos, esperando la orden.
Con ojos entrecerrados Alfonso observó el avance de Albert. En su interior ardía una violenta sensación de ofensa. El insulto hacia uno de sus súbditos lo tenía perplejo. Los tres caballos de guerra se enfrentaron en campo abierto. Albert había salido sin escudo y sin yelmo.
—¿Se encuentra lady Gracia aquí? —preguntó Ricardo.
—Sí —fue la escueta respuesta.
—Entonces, asumid las consecuencias.
—Su padre no permitirá que abandone los muros de Waterfallcastle. Mi muerte no lo disuadirá.
—Su presunción no me amilana —afirmó Ricardo—. Primero ajustaré cuentas con vos y después, lady Gracia regresará a casa con su familia —puntualizó Ricardo en un siseo que no se le escapó a Albert.
—El padre de Candice es Guillermo McWhite, y ella se ha casado conmigo en una ceremonia escocesa.
Alfonso rió con incrédulo desprecio.
—¿Supone que permitiré que se despose con un fulano como vos?
Las palabras de Alfonso lo hirieron en lo más profundo, pero le sostuvo la mirada con insolencia. El rey castellano dejaba mostrar con su postura que era, ante todo, un soldado de pies a cabeza.
Albert escudriñó el rostro inteligente y decidido del soberano, su pelo rubio cobrizo. La recortada barba había sido rasurada directamente alrededor de los labios de modo que su larga y delgada boca destacaba claramente en una mueca incisiva y desdeñosa. Vio que sus ojos grises lanzaban destellos peligrosos.
Don Alfonso estaba realmente agitado y Albert supo que le asistía la razón.
Ricardo deseó que el escocés no se mostrase tan temerario. Pedía a gritos que le cortasen la cabeza aunque no deberían subestimarlo, se veía lo suficientemente imponente como para tomar precauciones.
—No podéis resistir un asedio del ejército de Inglaterra y el de Castilla.
Albert ya se temía algo así, pero no podía permitir que se la llevasen de vuelta sin presentar batalla.
—Posiblemente yo moriré, pero lady Gracia no abandonará Waterfallcastle. Es princesa de Escocia. Nunca renunciaremos a ella —afirmó Albert con calma.
—Elige la hora —Ricardo no le dejó opción.
—La presente.
—Elige a tu hombre.
—Yo, lucharé por mi rey y mi princesa.
Alfonso alzó una ceja ante su presunción.
—Te batirás con Robert Martel, el padre de la muchacha, así lo ha exigido. Desea vengar el insulto del que ha sido objeto con vuestras pretensiones.
Albert miró a Ricardo con sorpresa y el corazón se le encogió de miedo. No podía luchar con Martel, era del todo imposible.
—Si mi espada lo mata, ella no me lo perdonará.
Alfonso no se esperaba esas palabras pronunciadas con absoluta desolación. Ricardo volvió su vista hacia la colina y alzó su mano derecha. Un jinete comenzó a descender en un suave trote. Albert se sintió vapuleado por mil dudas. El honor debía ser reparado pero no con Robert Martel.
Difícil decisión: matar o dejar que lo matasen.
—Sabéis que, aunque ganéis, estáis vencido.
Albert asintió severamente. Sentía una lucha en su interior porque no se esperaba ese encuentro de sentimientos contradictorios. Miró el trote del caballo árabe y sintió una aflicción enorme. Si ganaba, Candy lo iba a odiar toda la vida. Si perdía...
Candy estaba impaciente, cansada de esperar dentro de las paredes de su alcoba. La reclusión entre esos cuatro muros no le auguraba nada bueno. Se dirigió con paso seguro hacia las dependencias exteriores del patio. Vio que prácticamente todos estaban en los parapetos del castillo con grandes vítores, y subió con curiosidad. Miró por encima del muro en dirección a la larga fila de soldados que se encontraban apostados sobre la cima de la colina. Alcanzó a ver los estandartes, los reconoció. Avistó la figura de Albert y de Alfonso más otro caballero que no conocía, ahogó una exclamación de placer doloroso. ¡Castilla había acudido a buscarla! No pudo tragar el nudo que se había formado en su garganta. Sabía que Alfonso no perdonaría una ofensa semejante pero ella no quería que matasen a Albert. A pesar de las duras palabras que había tenido con él, era consciente de que había sido un instrumento en las manos de un rey codicioso.
Buscó con los ojos a Guillermo para intentar razonar con él, lo avistó abajo en el patio impartiendo órdenes. Encauzó sus pasos hacia él, más que caminar corría.
—Van a matar a un hombre cuyo único pecado es haberos sido fiel.
Guillermo se volvió y la miró con dureza.
—No deberíais estar aquí, hija mía.
Candy le sostuvo la mirada.
—Decís bien, permitid que me marche y no se derramará sangre inocente.
—Albert no lo permitirá.
—Albert morirá bajo la espada de don Alfonso y vos seréis el único culpable.
—No podemos detener su ira.
Candy lo compadeció.
—Permitidme que hable con mi monarca, don Alfonso es más razonable de lo que imagináis. Si le explico el porqué se me tiene retenida es posible que le perdone la vida a Albert.
—Está sediento de vengaros. Lo he visto en su postura y en la forma de asir la espada.
—Don Alfonso es un monarca sensato.
Guillermo alzó una ceja ante la defensa de ella.
—Pero es de sobra conocido que su impetuosidad desborda con frecuencia los muros de su sensatez —le replicó.
—¡No os permito que habléis así de mi rey! —Guillermo contuvo una maldición—. Castilla es una tierra de mujeres y de hombres orgullosos, apasionados, capaces de morir por una idea o un principio —Guillermo no perdía detalle de sus palabras—, pero somos capaces de distinguir cuándo un hombre ha sido manipulado e inocente. ¡Vos tendríais que ocupar el lugar de Albert!
—Vuestro monarca viene de muy lejos como para no saciar el hambre de su espada.
—Deberíais conocernos mejor antes de juzgarnos —siguió con su defensa—. Don Alfonso es un hombre justo, dejadme que le explique, y quizás os perdone la vida, esa vida que os empeñáis en menospreciar sin que entienda el motivo.
—Albert no me perdonaría que os dejase marchar.
—Y yo no podría perdonar que matasen a un hombre inocente tan solo por vuestra codicia —Guillermo la miró perplejo, ella continuó—: Sabéis que no podéis resistir un asedio de Castilla respaldada por Inglaterra. Morirán muchos hombres inocentes, serán muertes innecesarias.
—Sois de mi sangre, vuestra lealtad debería ser hacia mí.
Candy negó con la cabeza.
—Mi lealtad es para mi familia —lo miró con pena—; en modo alguno os puedo considerar así.
—Idos pues, Albert no volverá para armarse. Coged mi caballo y convenced a vuestro rey de mi equivocación al creer que os sentiríais orgullosa de ser escocesa.
Candy asintió con la cabeza, dejó el patio rápidamente; tenía que avisar a Paulina, no pensaba dejarla dentro del castillo.
Candy había cogido solo lo imprescindible. Cruzó el patio rápido buscando la montura de Guillermo. El entrechocar de espadas era perfectamente audible. Los hombres del muro lanzaban vítores desde lo alto, Candy no podía tragar. Subió como una exhalación las estrechas escaleras y miró por encima del muro en dirección a los combatientes, al verlos soltó una exclamación horrorizada...
¡Dios! Candy clavó los ojos en el caballero que se enfrentaba a Albert en el campo y gritó con verdadera angustia. ¡Lo había extrañado tanto!
Para ambos contendientes los gritos de Candy tuvieron el mismo efecto de ansiedad y arrojo. La voz de Candy fue el detonante que les impulsó a dar los golpes con más furia. Robert fue arrojado de su montura y ambos contrincantes siguieron luchando en la tierra húmeda. Robert trataba de resistir pero no tenía la fuerza de su joven adversario. Albert, a sus veintiséis años, estaba en la plenitud de su habilidad. Robert era un buen contrincante, se resistía, pero los golpes que recibía le hacían tambalear. Tras mantenerse a la defensiva durante varios minutos absorbiendo los golpes, las piernas comenzaron a flaquearle. Robert sintió la espada enemiga penetrar en su carne. El dolor fue intolerable e inesperado, cayó de rodillas al suelo con la cabeza derrotada. El escocés le puso la espada al cuello antes de darle el golpe final.
Robert cayó vencido.
—Reclamo como mío el honor insatisfecho —Alfonso lo retó con dureza bajando de su montura al mismo tiempo que decía las palabras—. Lucharé con vos.
—Es mi deber negarme, majestad —Albert se dirigió a Ricardo, que desmontó a la vez de su corcel—. No derramaré más sangre castellana.
El sonido de los cascos de un caballo que venía hacia ellos a todo galope les hizo volver la cabeza en esa dirección.
CONTINUARA
Perdonen por lo que dire, pero Albert la CAGO!
Pobre de Candy, su padre ha sido asecinado por el hombre que ama... yo no lo perdonaría nunca de los nunca jamases.
Faltan pocos capitulos, no se en que terminara todo este drama medieval.
Abrazos .
Aby.
