Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
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A la mañana siguiente, Menma desayunó solo. Karin se levantaba tarde, y Naruto y Hinata desayunaban en sus respectivos dormitorios... separados, oyó decir a los sirvientes.
Menma, disgustado consigo mismo y con el mundo, apartó los huevos y examinó el café. Fue hasta el aparador, tomó un botellón que estaba sobre una bandeja de plata y agregó al café un par de gotas de coñac.
Sin duda, estaba atacado por un caso grave de melancolía irlandesa. Ya nada lo hacía feliz. La noche anterior había dado su habitual paseo por Madison Square hacia Broadway — Se lo llamaba "el paseo de los caballeros"—. Por allí circulaban las nymphes des paves, mujeres bellas, elegantes y de buen decir: cada una de ellas era una golosina diferente, para tentar a un individuo aburrido e inquieto. Menma hizo una cita "casual" con una de ellas, una pequeña pelirroja, y la siguió a la casa de pensión.
La velada no tuvo nada digno de destacarse. Visitar un templo del placer para un hombre como Menma era algo corriente. Esas casas no eran ningún secreto, incluso aparecían en "La guía del Caballero", en la que también figuraba la cantidad de "pensionistas", y si se trataba de un establecimiento de primera o de segunda clase.
No obstante, la noche se había echado a perder. Después de cumplir con la dama, se recostó en la cama y la contempló: por primera vez se sentía perdido. Se filtró en la mente de Menma la conciencia de que no tenía nada que decirle a esta muchacha, ni a ninguna de las que conocía. Si no estaba con la pareja del momento en el proceso de satisfacer las necesidades físicas, o en las preliminares, no existía nada entre él y la mujer. No lograba imaginar una muchacha a la que pudiese abrazar, estar acostado junto a ella en la oscuridad y conversar.
Concluyó temprano la velada pagando a la chica el doble de la tarifa, y dándole así doble motivo de satisfacción. Luego, vagó y bebió hasta encontrarse en el Battery. Contempló las luces de la isla del Gobernador meditando, meditando hasta que le dolió la cabeza.
Más de una vez, evocó a la esposa de Naruto. Ésa era una muchacha con quien yacer abrazados en la oscuridad. Sabía que no era para él. No estaba ciego, y percibía que Naruto estaba enamorándose de su esposa, y esa pasión estaba a punto de romper el dique de esa personalidad contenida hasta el momento. Y cuando el dique se rompiera, ninguno de los dos emergería.
Sin embargo, eso era lo que Menma quería. Quería obsesión, seducción. Una muchacha a la que poder abrazar en la oscuridad. Por primera vez en su vida corrupta, Menma deseaba algo que no podía obtener.
Borracho y deprimido, volvió a la mansión esperando aliviar sus penas compartiéndolas con Hinata. Aquello había resultado un embrollo y ahora, saboreando la última gota del dulce café de la mañana que disipaba los restos de los desvaríos nocturnos, se le ocurrió que quizá lo mejor que podría hacer era alejarse por un tiempo. Dejaría que Naruto se enfriase y, entretanto, podría vivir en Newport o encontrar alguna diversión en la costa de Jersey.
Menma salió de la mansión a pie, pensando que le haría bien caminar hasta el club Comodoro. A la luz diáfana de la mañana, el ánimo del joven ya no era tan lúgubre, y luego de un par de copas de coñac en el club, casi se sentía optimista. Después de todo, la vida no era tan terrible. Y esas muchachas... bueno, eran personas agradables; tan agradables que hacia las cuatro y media de la tarde ya había decidido ir a Lord y Taylor y compra de un regalito a la señorita Evangelina de la Plume, para disculparse por su atrevimiento de la otra noche. "Eso aplacará a esta pajarita", pensó con malicia, sabiendo que la señorita de la Plume no era muy distinta de la prostituta de la noche pasada, salvo que era más cara y llevaba más tiempo conquistarla.
Tomó un coche de alquiler por Broadway hasta la calle Veinte Este, donde estaba la deslumbrante tienda de cinco pisos, con frente de hierro fundido. En el primer piso se encontró con palmeras en macetas y espejos franceses de marcos de bronce, que disimulaban el pasado de ese edificio: había sido una tienda de arneses para caballos. Las pinturas, los frescos, los candelabros y, en especial, los interminables kilómetros de mármol provocaron en Menma nostalgia por su propia casa. No habría notado la diferencia si no hubiese sido por el despliegue de colores de los sombreros y guantes que se exhibían en lustrosos mostradores de caoba.
Caminando al azar por la rotonda de mármol, dudó entre un broche de esmeraldas o una piel. Al fin, se decidió por la piel: la señorita de la Plume se sentiría más impresionada y tal vez dejara que los dos se tendieran sobre ella; se detuvo junto a las puertas de complicados adornos del ascensor Otis e hizo sonar la campanilla para subir al quinto piso.
El reloj de la rotonda dio las cinco, y los compradores comenzaron a salir en grandes grupos por las puertas de cristal tallado. El negocio estaba cerrando, pero Menma volvió a llamar al ascensor confiando en que cuando lo reconocieran estarían dispuestos a atenderlo durante toda la noche, si fuese necesario. Pasaban los minutos; volvió a tocar la campanilla. Impaciente, golpeó con el pie en el suelo y el sonido resonó en la rotonda vacía.
Aburrido, ya estaba dispuesto a subir por las escaleras cuando entrevió una figura con el rabillo del ojo. Creyendo que sería el gerente de la tienda que podría venderle la piel, se volvió para llamarlo pero se detuvo bruscamente.
No era el gerente: era una muchacha de la limpieza, a juzgar por el balde y el trapeador que llevaba en la mano. Estaba al pie de la escalera curva de mármol, tan cerca que podía verla con todo detalle. Pese a las manchas de suciedad que tenía en las mejillas, la cara era bonita: aunque se hacía evidente que había trabajado mucho. De corta estatura, las ropas grises gastadas, remendadas pero limpias, salvo en el ruedo que se había arrastrado mientras restregaba los pisos.
Quizás Menma no se habría molestado en mirarla por segunda vez pues, desde que vivía en Nueva York, había visto miles de muchachas como ésta, pero la joven se detuvo al pie de la inmensa escalera, y la contempló vacilante con la mano apoyada sobre el abdomen en ademán de intensa duda. Tenía un avanzado embarazo.
Sonó la campanilla del ascensor, mientras el ascensorista abría las puertas de la jaula. El diminuto joven reconoció a Menma de inmediato; se enderezó la corbata de moño y preguntó:
—¿Qué piso, señor Uzumaki? ¿Hoy qué comprará: joyas o pieles?
Menma giró la cabeza para mirar al empleado.
—Billy, creo que compraré una piel. Llévame al quinto.
.Muy bien, señor. —el ascensorista se hizo a un lado para dejarlo entrar.
Menma no se movió. Observó a la muchacha de la limpieza que se frotaba la cintura y contemplaba esas escaleras intimidantes. No podía tener más de dieciocho años, a pesar de que el rostro se veía fatigado. En pocos años, esa expresión se tornaría permanente y borraría todo vestigio de belleza. La pequeña figura de la muchacha conmovió a Menma, y cedió a un impulso.
—Señora. —dijo, mientras el eco repetía la palabra—. Señora —repitió, hasta que la chica comprendió que se dirigía a ella.
Se volvió y lo miró con los ojos grises más claros que Menma había visto jamás. Eran como el recuerdo de la infancia de la luna de Ballinlough. Le hicieron perder el aliento.
—Señora, ¿quiere que la lleve? —dijo en tono solemne, indicando el ascensor.
Esos ojos increíbles se abrieron sorprendidos, y aunque era evidente que le hubiese encantado, negó con la cabeza y miró en derredor como esperando problemas
—Venga. —Menma le indicó que se acercara.
La muchacha obedeció, aferrando con fuerza el balde y el trapeador.
—¿No preferiría subir en el ascensor, en lugar de caminar? —la tomó del brazo y la condujo hasta el ascensor. La chica forcejeó, y el joven insistió hasta lograr lo que se proponía.
Billy carraspeó.
—Eh, ejem... señor, si me permite... Esta muchacha es una asistenta. —señaló, indicando con claridad que no aprobaba la presencia de una chica de la limpieza en su artefacto.
—Ya lo veo. —respondió Menma —. De cualquier modo no creo que Lord y Taylor permitan que suba las escaleras, en ese estado, ¿no te parece?
El cliente siempre tenía razón, y un hombre como Menma era algo así como "Dios". Billy exhibió su más brillante sonrisa y dijo:
—Claro que no, señor Uzumaki. Que la chica suba hasta el piso adonde tiene que ir. En cuanto lo deje a usted en el quinto, la llevaré.
—Gracias, Billy. —Menma le estrechó la mano dejándole con disimulo un billete de diez dólares.
A ese precio, Billy estaba dispuesto a llevarlos a los dos sobre su propia espalda. Billy se concentró en su tarea: cerró las puertas de la jaula y tiró de la cuerda que cruzaba el artefacto. Menma sonrió a la muchacha y ésta le respondió con una mirada de esos inolvidables ojos azules que expresaban gratitud y, al mismo tiempo, algo semejante a la desconfianza. El ascensor se puso en marcha; al parecer, no estaban destinados a llegar al . Al pasar el tercero, se oyó un fuerte chasquido y el ascensor se detuvo entre dos pisos.
Billy meneó la cabeza, refunfuñó que el aparato no había funcionado bien en todo el día y tironeó de la cuerda durante un minuto. Se disculpó ante Menma y, haciendo bocina con las manos, gritó hacia arriba:
—¡Harper! ¡Haz girar la manivela del ascensor! ¡Elévalo!
Nada sucedió. Billy volvió a gritarle al compañero. No hubo respuesta, sólo el eco de la voz de Billy resonando en el pozo.
Resignado y, a medias divertido, Menma se sentó en el banco acolchado que ocupaba todo el perímetro de la jaula y se dispuso a esperar. Le ofreció asiento a la muchacha.
Ella se rehusó, con expresión alarmada.
—Pronto lo arreglarán. —le dijo Menma con una sonrisa.
La muchacha no pareció entenderlo, y Menma se preguntó si sería una inmigrante escandinava recién llegada a la ciudad.
Entretanto, Billy jalaba de la cuerda y llamaba a gritos a Harper quien, sin duda, estando la tienda cerrada, consideraba cumplido su deber.
—Lo siento, señor Uzumaki. —dijo Billy, ansioso, sintiéndose perdido sin la colaboración del compañero. Miró hacia arriba, a una abertura fija en el techo de la jaula, y se le ocurrió una idea—. Señor Uzumaki, no tardaré más de un minuto. Saldré por esa abertura, treparé al cuarto y pondré en marcha este aparato sin hacerle perder más tiempo.
—Perfecto. Me quedaré aquí y cuidaré el fuerte. —Menma hizo una mueca.
Billy soltó una risa nerviosa sin atreverse a hacer ningún comentario, y luego saltó sobre el banco. Hasta él, que era pequeño y nervudo, tuvo dificultad en deslizarse por la estrecha abertura del techo del ascensor. Los hombros anchos de Menma jamás habrían podido pasar. Mientras Billy trepaba como un mono, el joven rió. Después de todo, la aventura estaba resultando divertida. Mas cuando Billy salió y quedó solo... Es decir, excepto...
Volvió la vista hacia la muchacha. Se apoyaba contra la pared intentando mostrarse valiente, temblaba a pesar de sí misma. Menma contempló el abdomen de la muchacha. Cosa extraña: le pareció dos veces más voluminoso que cuando la joven entró en el ascensor. Se le humedecieron las palmas de las manos.
Ante la mirada de Menma, la muchacha se acurrucó contra la pared y puso una mano protectora sobre el vientre. Era evidente que el joven la asustaba. A decir verdad, el más asustado era el mismo Menma.
—¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! —estalló Menma, dándose con el puño en la palma de la otra mano. Miró el hueco en el techo del ascensor, y gritó—: ¡Billy! ¡Maldito seas! ¡Vuelve aquí!
Ya hacía una hora que el empleado había desaparecido. Al fin, la muchacha se sentó, apoyó la cabeza contra el cristal tallado y recorrió el dibujo con el dedo.
—¡Maldición, que alguien me responda! —gritó Menma hacia el hoyo oscuro por el que no podía pasar.
Ninguna respuesta. Se dejó caer sobre la banqueta y golpeteó con el pie en el suelo. La muchacha estaba asustada, aunque tan fatigada que el cansancio atenuaba el temor.
Sin embargo, nada aminoraba el miedo de Menma. Si bien se consideraba un hombre valiente, cada vez que echaba un vistazo al abdomen de la chica, se sentía palidecer. ¿Y si necesitaba algo? Agua, por ejemplo. ¿Cómo se la conseguiría? Sólo Billy podía pasar por ese estrecho agujero.
"¿Y dónde diablos está ese pequeño canalla?", se preguntó.
Se mesó el cabello, tratando de no estar pendiente del regreso de Billy. Si no regresaba, Lord y Taylor recibirían una fuerte sacudida: le entablaría la demanda legal más grande que hubiesen visto. Menma echó una mirada a la muchacha. Se frotaba el abdomen y tenía una expresión pensativa como si estuviese consolando al niñito que llevaba dentro. El joven sentía la necesidad de hacer algo por ella, y lo mejor que podía hacer era sacarla pronto de allí.
Se puso de pie para volver a gritar por el agujero.
De pronto, llegó una vocecita que sonaba muy lejana.
—¡Señor Uzumaki, señor Uzumaki!
—¡Aquí estamos! ¿Billy?
—No. —respondió la voz—. Soy Harper.
—¿A dónde diablos fue Billy?
Se produjo una pausa prolongada.
—Señor Uzumaki, no pierda la paciencia. Estamos haciendo todo lo posible.
—¿A dónde fue Billy? —insistió Menma.
—Fue a buscar al señor Gtis. —respondió la voz, en un obvio intento por sonar serena.
—¡Al señor Gtis! —Menma se dio una palmada en la frente—. Entonces, ¿estamos en dificultades?
—Estamos tratando de arreglarlo, pero este aparato nos confunde. El señor Gtis entiende este artefacto que acaban de inventar. Él fue quien lo diseñó y sabrá cómo arreglarlo.
Menma miró a la joven. Su propia agitación asustaba más a la muchacha de lo que lo hacía el mismo Harper. Hizo un intento heroico de serenarse.
—Muy bien. Entonces, esperaremos. Después de todo, ¿cuánto tiempo podrá demorar?
—Tiene razón, señor Uzumaki. —lo tranquilizó Harper—. No llevará mucho tiempo. Entretanto, le bajaremos una canasta con algunas cosas indispensables.
—¿Por qué no baja y se sirve algo? —resopló Menma—. Mejor aun: dígales a los señores Lord y Taylor que bajen. Me gustaría hablar con ellos.
—Me temo que sólo Billy podría pasar por este hueco. —la voz rió—. La esposa lo preparó, ¿sabe?
Menma gimió.
—Bien podría usted perder unos kilos buscando a Billy. Quiero que nos saquen a mí y a esta chica en una hora, ¿entendió?
—Entendí; la gerencia le envía sus disculpas, señor.
Menma puso los ojos en blanco.
Pasaron quince minutos en absoluto silencio. Menma miró a la muchacha, y ésta fijó la vista en la alfombra con expresión afligida.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin. Había estado muy callada, y eso no era natural. Sabía que una joven en su situación estaba obligada a respetar a los "superiores" y guardar silencio. En tales circunstancias Menma quería conversar.
La muchacha lo miró con una expresión interrogante en los ojos azules.
—¿Cuál es tu nombre?
La chica dijo algo en una lengua suave, melódica que a Menma le resultó vagamente familiar.
—No habla muy bien inglés.
La joven lo miró.
—Ochone. —musitó.
Y entonces, Menma supo de dónde era. Si bien sus conocimientos de irlandés eran limitados, sabía que esa palabra significaba: "Oh, Dios mío".
—¿Eres irlandesa? —murmuró.
La muchacha lo miró con expresión cautelosa.
—Sí.
En ese momento lamentó no haberse interesado más en el gaélico que hablaba su hermano. Si ocurriera algo, al menos podría hablar a la muchacha en su lengua natal y tranquilizarla. En cambio, lo único que podía hacer era cantar Bridget O`Malley, y unas cuantas canciones que no resultarían adecuadas en absoluto.
—Mi familia proviene de Connacht. ¿Y tú? —la miró.
Los ojos de la chica se iluminaron, y dijo algo en gaélico.
Menma movió la cabeza, y le dijo sonriendo:
—Lo siento: al parecer, estuve demasiado tiempo aquí, en Norteamerica. Sólo hablo inglés.
La chica asintió.
—No habla mucho inglés.
Menma comenzó a pescar algo. La chica debía de provenir de la zona occidental de Irlanda. Desesperado, contempló el agujero del techo.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó la joven.
—¿Quieres decir cuánto tiempo hace que estamos aquí?
La muchacha asintió.
El joven abrió el reloj de oro de bolsillo e hizo una mueca.
—Más de dos horas. —un pensamiento cruzó por su mente y palideció—. ¿Te ocurre algo malo? ¿Necesitas algo? ¿Puedo ayudarte?
La muchacha no lo comprendió bien, quizá porque hablaba demasiado rápido del acento no le resultaba familiar.
—¿Alguien vendrá a buscarte? ¿Tu marido?
Al parecer, la joven había comprendido la última palabra. Se puso tensa y, con ademanes lentos, cubrió la mano izquierda con la derecha para ocultar que no llevaba una sortija de bodas en el dedo anular.
Mas Menma lo advirtió. Estupefacto, descubrió el Dolor por la traición que expresaban los ojos de la muchacha.
Otra vez guardaron silencio, y los minutos transcurrieron lentos, sin el alivio de la conversación.
Pasó otra hora, y no llegaban novedades desde arriba. Menma comenzaba a preguntarse si tendría que golpear el agujero, tratar de agrandarlo para poder pasar cuando oyó una voz conocida.
Hizo una mueca.
—¿Quién es ahora? ¿Harper?
Harper no respondió; Menma juró para sí que cuando saliera del ascensor le retorcería el cuello.
—Señor, los sacaremos de ahí. Aunque demorará un poco. Billy no pudo encontrar al señor Otis. Parece que se fue a Nueva Jersey. Billy le envió un mensajero. Lo encontrarán, de modo que, disfrute de la modesta cena que le envié y...
—¡A Nueva Jersey! —Menma se pasó la mano por la cara—. ¡Cristo, estaremos aquí toda la noche!
—¡Los sacaremos de allí lo antes posible! ¡En cuanto el señor Otis...!
—Harper, hágalo volar, ¿me oye? ¡Apresure a ese canalla, pues ya no pienso tolerar nada más!
—Sí, señor Uzumaki, y otra vez, le pido disculpas en nombre de la gerencia.
Menma exhaló un suspiro de irritación. Volvió a sentarse, y enseguida advirtió que la muchacha miraba con expresión hambrienta la canasta que les habían enviado. Avergonzado, le alcanzó la canasta y la invitó a servirse lo que deseara. Vio que tomaba una rosquilla con ademán tímido, desechando la fuente de plata con caviar, los coloridos petits fours acomodados sobre una servilleta de lino blanco, y el champaña. Era evidente que la canasta estaba allí sólo por Menma; lo enfadó pensar que si la chica hubiese quedado sola, varada en el ascensor, lo más probable sería que no le dieran nada.
Evidenciando a las claras que le molestaba depender de sus propias necesidades físicas a causa de su estado, la joven continuó comiendo la rosquilla. Menma siguió observándola, conmovido por la vulnerabilidad de la joven. Era muy bella. Tenía la típica piel irlandesa: suave, rosada y lisa como la de un niño.
La muchacha interpretó mal el escrutinio del joven y le entregó la canasta.
Menma la dejó a un lado y pensó en beber un trago. Tomó la botella y decidió que, por algún motivo, no le interesó. Le interesaba más la muchacha. No podía comprender cómo un hombre se había acostado con esa joven tan bonita y la había abandonado sin siquiera despedirse. Él mismo no era ningún santo y había tenido su cuota de mujeres, de cualquier modo si una de ellas recurriese a Menma con un problema similar, habría removido cielo y tierra para que la madre de su propio hijo viera satisfechas sus necesidades, no la dejaría sola para que tuviese que fregar interminables pisos de mármol estando embarazada de nueve meses... como le había ocurrido a su propia madre.
Claro que tal vez el amante de la muchacha podría haber muerto antes de casarse con ella. Menma había oído hablar de casos así. No era así en este caso. Pese a que no habían hablado demasiado, la joven le había dicho todo lo que necesitaba saber. Había contemplado esos ojos sorprendentes y había visto reflejado en ellos el dolor de la traición.
—¿Cuál es tu nombre? Yo me llamo Menma Uzumaki. —intentó otra vez.
La muchacha pareció ganar cierta confianza al reconocer el nombre irlandés. Con cierta dificultad, respondió en inglés:
—Mi nombre es Tanahi O'Roarke.
—Tanahi. Es un nombre hermoso.
La joven se limitó a mirarlo.
—Quizás alguien esté preocupado por ti, Tanahi. —dijo en tono suave—. ¿Dónde está tu familia?
Tanahi apartó la mirada.
—Nadie está preocupado por mí.
—¿Viniste sola a Norteamérica?
—Aquí todo será mejor para el niño. —se apoyó la mano en el vientre, pero no miró a Menma.
Menma se reclinó en el asiento y volvió a evocar a su propia madre. Naruto la había visto sufrir. Naruto recordaba mucho más que Menma. Ahora, él también recordaba. Tanahi era la prueba viviente de que el sufrimiento de su madre se repetía con demasiada frecuencia.
—El padre de la criatura... ¿es norteamericano? —aunque Menma comprendió que estaba entrometiéndose, sintió la apremiante necesidad de buscar al tipo y castigarlo para que lamentase lo que había hecho.
Tanahi bajó la mirada y respondió, con el aire de quien se confiesa ante un sacerdote:
—Es inglés.
De modo que la muchacha había sido seducida por algún terrateniente británico. De súbito, Menma compartió el odio de Naruto hacia los ingleses.
—¿Se lo dijiste? —preguntó con suavidad, desesperado por hallar una solución para el perverso destino de la joven.
Tanahi cerró los ojos.
—Era casado. Con una dama de Londres. —la voz era baja y ronca a causa de las lágrimas contenidas—. Me dio diez libras para venir a Norteamérica, y aquí estoy.
Menma guardó silencio, dejando que Tanahi se repusiera. No sabía qué podía hacer y sin embargo estaba decidido a tratar de ayudarla en cuanto salieran de ese condenado ascensor. La colocaría con los demás criados de la mansión. Los Uzumaki eran buenos patrones. Estaría mucho mejor que aquí, refregando pisos hasta caer rendida.
—¿Dónde vives? —preguntó, pero esta vez, en tono firme.
—En la calle Baxter. —respondió la muchacha.
Menma sintió que se crispaba. Eso quedaba en el medio de uno de los peores barrios de Nueva York. No necesitó más.
—¿Te gustaría...? —estaba a punto de preguntarle si quería ir a trabajar a la mansión cuando Tanahi aspiró y retuvo el aire, como si algo le doliese—. ¿Tanahi? —murmuró, temeroso de articular el resto de la idea.
El dolor pasó, y Tanahi se volvió hacia Menma. Sin duda, había detectado el pánico de Menma pues dijo:
—No es nada. Hoy me duele la espalda.
Menma ansió creerle, y volvió a mirar hacia el hueco en el techo del ascensor. Llamó a Harper para que le diera las novedades; nadie respondió. Ansioso por hacer algo, le dio la canasta a Tanahi.
—Debes de tener hambre. Vamos, come.
Tanahi tomó la canasta, y los nudillos apretados alrededor del asa se le pusieron blancos.
Menma la observó y sintió que su propio estómago caía hasta el piso bajo del edificio.
—Ochone. —musitó Tanahi, y se apretó el estómago. Intentó buscar una posición más cómoda creyendo que eso aliviaría el dolor, y cuando trató de levantarse, rompió la bolsa de aguas y se empapó las faldas.
Menma lo vio; como no sabía nada acerca del proceso del nacimiento, creyó que no había podido contenerse, ahí encerrada, sin un cuarto de baño a su disposición. Si bien se compadeció de Tanahi, al mismo tiempo sintió un gran alivio pues el incidente no tenía nada que ver con ese vientre abultado... supuso. Pronto la muchacha extendió una mano y le aferró el brazo en un fuerte apretón. Dijo algo en irlandés y luego:
—Señor Uzumaki, está llegando el niño, y no lo puedo impedir.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, con el rostro blanco como un papel.
—Rompí la bolsa de aguas. Rompí la bolsa de aguas. —musitó, y otra vez llegó la contracción dolorosa.
Menma observó la falda mojada: "iba a nacer el niño". Lo que había temido estaba por suceder. Le apartó el cabello de la cara y trató de calmarla, al tiempo que contenía su propio pánico. En un gesto automático, se quitó la chaqueta y la puso sobre los hombros de Tanahi.
Luego, volvió a llamar a Harper a gritos.
—¿Sí, señor Uzumaki? —llegó la voz desde arriba.
Menma pensó que Dios tenía cierto sentido del humor.
—Traiga enseguida a un médico. ¡Quiero a un médico, y al señor Gtis, de inmediato!
—Hacemos lo que podemos. Billy todavía no volvió de Nueva Jersey.
—¡Necesitamos un médico! ¡La chica está por tener un niño! ¡Ahora!
Se hizo silencio. Luego, Harper dijo:
—Sí, señor. Enseguida, señor. En este mismo instante mandaré a buscar a un médico. —Harper salió corriendo, chocó con algo y lanzó una maldición.
Al no oír más pasos, Menma se volvió hacia Tanahi. Estaba en mitad de otra contracción, las facciones tensas y se apretaba la barriga con las manos.
—Todo saldrá bien. —murmuró.
La muchacha no podía escucharlo.
Menma se miró las manos temblorosas. Había pasado toda la vida de juerga en juerga. Lo único de lo que podía quejarse era de cierta vaga insatisfacción porque nadie lo necesitaba. Ahora esta muchacha lo necesitaba, el hijo de ella lo necesitaba, y no había ninguna otra persona a quién recurrir, ningún modo de pedir ayuda. Sólo contaba con él. Si tenía madera de héroe, ese era el momento de demostrarlo.
Se quitó los gemelos de oro con el escudo de Connacht grabado y comenzó a entollarse las mangas, por si el médico no llegaba a tiempo. Observó a Tanahi.
La muchacha exhaló un gemido gutural y se le escapó una lágrima por el esfuerzo para contener el dolor.
Menma Uzumaki no era de los que rezan. Sin embargo estaba rezando.
Después de una hora, el niño aún no había nacido; Menma tuvo esperanza de que el médico llegara a tiempo. Tanahi estaba tendida sobre la chaqueta del joven con la frente perlada de transpiración, y el pañuelo de Menma estrujado en la mano pequeña. Al ver que los dolores venían con más frecuencia, Menma se quitó el chaleco de seda. Necesitaban algo para envolver al niño cuando llegara. Por instinto, comprendió que no faltaba mucho.
—Tanahi. —susurró, oprimiéndole con fuerza la mano—. ¡Muchacha, lo estás haciendo muy bien! Eres una chica valiente. El padre de este niño no te merece.
Tanahi le dirigió una sonrisa débil, hasta que los dolores volvieron a aumentar. Aspiró grandes bocanadas de aire y se aferró de la mano de Menma hasta que pasó el dolor más intenso.
Mas lo peor aún no había llegado. Las contracciones comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes hasta que Tanahi ya no estuvo en condiciones de hablar. Se limitó a apretar la mano de Menma, gimiendo como un animalito, mientras el joven se pasaba el brazo con la frente para enjugarse la traspiración.
Pronto supo que ya no podría demorarlo, y alzó con cuidado las faldas de la muchacha. Si bien ya conocía la anatomía femenina, en esas circunstancias se sintió como si estuviese entrando en terreno sagrado. Tanahi era una madre a punto de dar a luz al primer hijo, y no había lugar para un hombre junto a ella. Necesitaba a otras mujeres que hubiesen pasado por lo mismo, y no a un bribón cuya única función en la vida había sido provocar a las mujeres dificultades como la presente. En ese momento se odió a sí mismo y levantó las rodillas de Tanahi.
Y contuvo la respiración. La cabecita del niño estaba asomando: tenía cabello negro, sin duda como el padre. Oprimió la mano de Tanahi y se inclinó sobre la cabeza de la muchacha.
—Cariño, tendrás que pujar. ¿Podrás hacerlo?
—Tá mé an t—uirseach. Tá mé an t—uirseach. —musitó.
Aunque no pudo entenderla, comprendió que estaba agotada. Tendría que animarla.
—¡Tanahi! —exclamó con vivacidad—. Puedo ver a tu bebé. Tiene cabello negro, no como el tuyo. No podré decirte si es una niña o un niño, a menos que pujes.
—Mo croi, cabello negro. —murmuró.
—Sí, cabello negro. ¿Quieres verlo?
Casi sin fuerzas, la muchacha asintió.
—¡Entonces, puja, cariño, puja! —Le oprimió la mano con tanta fuerza que temió habérsela quebrado.
Tanahi hizo lo que le decía, empleando sus últimas fuerzas para dar a luz al niño.
Y cuando ya Menma pensaba que sería imposible y que estaban condenados, el abdomen de Tanahi se contrajo. Aferró al niñito por los hombros. Se deslizó y exhaló un gemido que estuvo a punto de hacer caer a Menma de espaldas.
Maravillado, contempló la vida que se agitaba entre sus propias manos. La criatura era resbalosa como un pez; Menma la sujetó como si tuviese el mundo entre las manos. Contó los deditos de las manos y de los pies y le costó creer que esa criatura diminuta y ensangrentada fuese capaz de hacerlo sentir increíblemente vivo y humilde.
—¿Qué es? ¿Qué es? —dijo Tanahi en voz débil, tratando de incorporarse.
Menma la miró: el cabello rubio húmedo de transpiración, las ropas sucias y la cara fatigada; la alegría que chispeaba en los resplandecientes ojos azules la convertían en la mujer más hermosa que había visto.
—Es una niña, Tanahi... dulce... ¡es una hermosa niña! —murmuró, embelesado ante la criatura que chillaba entre los brazos de Menma, fascinado con la mujer que la había gestado.
—¿Una niña? —susurró Tanahi, demasiado débil para incorporarse.
Con dulzura, Menma le apartó los mechones pegoteados de los ojos para que pudiese mirar a la niñita. Le apoyó el chaleco sobre el vientre y puso a la niña encima, dejando el cordón para que lo cortara el médico cuando llegase. Tanahi estaba muy débil para sostener a la criatura, de modo que Menma se sentó detrás de la muchacha y la apoyó contra su propio pecho, rodeándole los brazos con los propios para alzar a la niñita. Se quedaron así largo rato, y Menma sintió que el cansancio lo dominaba. Estar allí, sosteniendo a la madre y a la niñita le produjo tan honda satisfacción que hubiese dado su último aliento para poder hacerlo otra vez.
—Es una hermosa coilín, ¿no? —dijo Tanahi.
Con gesto suave, Menma asintió; la criatura ya no lloraba, segura entre los brazos de la madre.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Tanahi.
—Sí, es hermosa.
Menma la contempló y le secó las lágrimas con delicadeza.
—¿Cómo la llamarás?
—Le pondré Siobhan.
"Shivhan. Es un nombre adorable", pensó Menma. "Me gusta, y en particular, el modo en que Tanahi lo pronuncia."
—Oh, pero es tan pequeñita. —gimió la muchacha, mientras seguía llorando—. Y se merece tanto...
Menma quiso consolarla, y no tuvo oportunidad.
Oyeron ruidos arriba y por fin, la voz de Harper que decía:
—Señor Uzumaki, todo está arreglado.
Menma esbozó una sonrisa torcida.
—Claro, claro Harper. ¿Dónde demonios se había metido? ¿Cuándo nos sacarán de aquí? ¿Cuando la niña termine la escuela?
—Señor Uzumaki, conseguí un médico. Y el señor Otis ya está trabajando en el artefacto. El médico está en el cuarto piso. Será un instante, se lo prometo.
—¡Promesas, promesas! —replicó Menma, y abrazó a Tanahi, que le sonrió.
Miraron a la niña que se había quedado dormida, apoyada contra el pecho de la madre. Tanahi estaba por acariciar la tierna cabecita con el dedo cuando la lámpara del ascensor se apagó: se había agotado el keroseno. Los dos rieron, como diciendo: "¿Qué más podrá suceder?". Rieron porque los aliviaba que al fin hubiese llegado el rescate y que Shivhan ya estuviese con ellos, viva y saludable.
En la oscuridad, esperaron a que los rescataran: Tanahi sosteniendo a la hijita y Menma abrazando a Tanahi: por primera vez, el joven supo qué era lo que le faltaba a su vida.
.
.
Continuará...
