Una de las mayores muestras de afecto por parte de Otabek hacia Yuri, fue el presentarle a sus dos hermanas.
Las había sacado temprano por la mañana por la parte lateral del pueblo, donde habían más casas deshabitadas que no podían sospechar de un chico sacando a dos menores del pueblo dudosamente.
También, las había hecho prometer que nadie se enteraría del lugar a donde irían ni mucho menos de a quién se encontrarían allí. Aclaró que no era nada malo, pero que era un secreto de hermanos que debían mantener por siempre. Y así, ellas lo juraron por la garrita con su dedo meñique.
Otabek agradeció al cielo por haberles dado un día despejado. No hacía mucho calor, pero al menos había sol y la luz era lo que más apreciaba para que Ori o Bibi sintieran todo tan sombrío.
A las muchachas de catorce o quince años en adelante se les dejaba visitar solo la entrada del bosque para ir a por hierbas medicinales o bayas para hacer mermeladas, pero siempre vigiladas por una monja de la Iglesia para que no se desviaran del camino. Por lo que ni Ori ni Bibi habían ido nunca al bosque; la primera solo tenía nueve años y la segunda cuatro.
Ori preguntó un sinfín de veces que cuándo llegaban, que si podían buscar conejitos, que tenía ganas de ir al baño y también comentó que el bosque no estaba mal.
— ¿A qué te refieres con eso? — preguntó Otabek.
— Que es bonito, ¿hay brujas malas aquí?
Estuvo tentado a decirle que sí, pero sabía que la asustaría.
— No, para nada — así que respondió con una mentira blanca.
Bibi no dijo nada en casi todo el trayecto, pero miraba maravillada el bosque y tropezó unas cuantas veces por ir mirando hacia arriba, donde varias aves volaban y cantaban.
— ¡Es un gatito! — chilló Ori cuando una masa muy conocida para Otabek se hizo visible. Se soltó de su mano y corrió hacia el animalito.
Yuri aguardaba con una sonrisa en el río. Jugaba con sus manos y Otabek notó que estaba nervioso. No le había dicho que esa vez llevaría a sus hermanas así que de seguro debió sorprenderlo. Se acercó y le dejó un beso casto sobre los labios.
— Sorpresa — susurró Otabek, burlándose de él.
— Te odio — chilló bajito Yuri, más nervioso que nunca.
Haberse acercado a Otabek era una cosa, pero que le acercaran a las hermanitas de Otabek para socializar era otra.
Ori se acercó a ellos muy animada. Potya la siguió maullando por más mimos, amaba las atenciones.
— Yuri, ellas son mis hermanas. Ori, Bibi, él es Yuri.
— ¡Tienes un gatito! — volvió a exclamar Ori, arrodillándose para volver a acariciar a Potya.
Yuri vio su oportunidad.
Vamos, eres bueno iniciando conversaciones. Se dijo mentalmente. Aquello no podía ser tan difícil e incluso esa niña se veía mucho más accesible que el mismo Otabek.
— Se llama Potya, ¿te gusta? está muy gordita porque come mucho.
Potya lo miró feo y Ori soltó una risita.
Otabek los observó, sabía que Yuri y Ori se llevarían bien. Ambos tendían a hablar mucho y Ori era muy sociable.
Ver a Yuri junto a sus hermanas le revolvió el estómago. No sabía si se trataba de esas estúpidas mariposas de las que las pubertas hablaban al enamorarse, pero sí que sentía una emoción agradable al ver a sus tres personas más preciadas en el mundo juntarse.
— Me gusta mucho — admitió en un gemido lastimero — mi hermano dice que no podemos tener mascotas hasta que aprendamos a cuidarlas.
El brujo miró a su pareja con una medio sonrisa.
— Ocultaron un pollito un mes, no sé cómo demonios lo hicieron para que no me de cuenta. Y solo se acordaron de decírmelo cuando el perro del vecino desenterró la cabeza del animal y lo llevó hasta nuestra puerta.
— Wow. Perturbador — dijo Yuri divertido. Se asomó un poco para avistar el costado de Otabek — creo que hay alguien atrás de ti — comentó con una sonrisa.
Otabek sonrió y se arrodilló, sacando de detrás de sí a la menor de los Altin que intentaba ocultarse.
— Preséntate, nena — le dijo con dulzura Otabek, Yuri sintió que se derretía con tal tono de voz.
Bibi miraba con reticencia a Yuri. Definitivamente, era una copia de Otabek en femenino.
— Soy Bibi — dijo con un hilo de voz, uno de sus puños agarrado al brazo de su hermano.
A pesar de tu timidez, como toda una dama, Bibi extendió su manito a Yuri. Este la recibió y sonrió lo más amigable que pudo.
— Yo soy Yuri, Bibi.
Y una vez terminado el contacto, la niña volvió a esconderse detrás de su hermano mayor.
Otabek empezó a llevar a sus hermanitas más seguido y comenzó a avisarle a Yuri con anticipación. Yuri nunca tuvo una reacción negativa, de hecho, parecía emocionado de querer compartir más con ellas y no podía hacerse idea de lo mucho que eso llenaba de amor el corazón de Otabek.
No obstante, Yuri empezó a mostrarse un poco frustrado cuando sus intentos de hacerse cercano a Bibi no eran más que fracaso tras fracaso.
— Creo que me detesta — dijo un día en que se hallaron solos.
Estaban mojándose los pies en el río.
Otabek miró suspirando a Yuri.
— No es eso, no le desagradas, Yura. A Bibi le cuesta conversar, ni siquiera tiene amigos en el pueblo porque prefiere jugar sola. No te sientas mal, a veces hasta para mí es difícil saber qué piensa.
— Es tu culpa — dijo de pronto, salpicándole un poco de agua con el pie — Ori es un amor, ella ama los gatos como yo y me gusta cuando me peina, es graciosa y el otro día me regaló dulces de canela porque dijo que le caía bien... ¿estás seguro de que es tu hermana?
— Claro que lo es — respondió un poco ofendido — pero ¿por qué dices que es mi culpa?
— Ah, es tu culpa que Bibi sea así porque salió a ti — lloriqueó frustrado y pateó el agua — es como un mini Otabek y es un nuevo desafío ganarme su cariño.
— ¿Por qué quieres tanto caerle bien?
Yuri lo miró como si eso fuese obvio.
— Porque son tus hermanas y quiero apreciarlas tanto como tú, pero si ella no me deja acercarme entonces no puedo conocerla.
Oh. Eso había sido tierno.
— Yo en serio quiero agradarle. Ella es tan linda...
Otabek miró el agua en sus pies y jugó toqueteando la rodilla de Yuri.
— Tú a mí me agradas.
Entre su frustración, Yuri se frotó el rostro y soltó una sonrisa. Se apoyó en su hombro y frotó su rostro allí.
— ¿Estás celoso?
— No...
¿Por qué estaría celoso de su hermana? desde que había llegado allí Yuri se había estado quejando de que Bibi no lo tomaba en cuenta, oh, ¿por qué estaría celoso de no haber recibido ni un poco de atención? ¿celoso? no, joder, para nada.
— Claro que no — repitió.
Yuri lo miró con una ceja en alto, la sonrisa de lado. Pasó su brazo por el cuello de Otabek para acercarlo más y dejó un beso en sus labios que Otabek correspondió.
— No estés celoso, Beka.
El chico frunció el ceño.
— Yuri, no estoy celoso.
— Oh, no, claro que no, señor Altin. No, para nada usted está celoso.
Otabek chasqueó la lengua y se alejó de su agarre. Yuri soltó una risita burlona.
— No estoy celoso — repitió.
Ori puso la liga al final de la trenza que había armado en el cabello de Yuri.
— Está lista — avisó pasándole un pequeño espejito a Yuri para que se mirara.
— Te quedó bonita, gracias — dijo repasándose la mano despacio por los costados, donde todavía algunos mechones rebeldes se rehusaban a ser amarrados.
Ori sonrió mientras echaba algunos cepillos y ligar dentro de su pequeña bolsa.
Estaban solos, Otabek y Bibi habían ido a quién sabe dónde porque la menor al parecer se estaba quedando dormida y Otabek sabía que si Bibi tomaba siesta en la tarde, por la noche no dormiría, así que la llevó a dar un paseo.
— ¿A Potya no se le puede hacer trenzas? — preguntó la niña.
Yuri soltó una risa.
— No, le gusta llevar su cabello suelto — respondió divertido — pero sí le gusta que le cepillen el pelaje con un cepillo especial que le regaló tu hermano hace un tiempo.
— ¿De esos que les saca el pelito que bota?
— ¡Sí, de esos! ¿cómo sabes?
— Mi amiga tiene un gato que bota muchos pelitos y lo cepilla con uno así, ¡pero aún así a veces le quedan pelitos blancos en la ropa!
— ¡Lo sé! es tan molesto, no puedo ni dejar tazas cerca de Potya porque a penas pasa llena el té con sus pelos.
Ori se rio.
— Oye, Ori— comenzó despacio — a ti te gustan las cosas lindas y peinar, pero, ¿hay algo que le guste a tu hermana?
— ¿A Bibi? — el brujo asintió — ehm... bueno, a Bibi no le gustan muchas cosas — la niña pareció compleja de explicarse — ehh, le gusta jugar con sus juguetes, creo.
— ¿Hay alguno en especial que le guste? uno que le guste mucho.
Por el rostro de Ori, al parecer parecía muy complicada. Ni siquiera ella podía decir con exactitud qué era lo que le gustaba mucho porque al parecer con nada hacía excepciones.
— No lo sé, creo que ninguno.
— ¿Y comida? ¿hay alguna en especial?
— Nop.
— ¿Alguna actividad? ¿dar paseos?
Ori volvió a negar.
— No le gusta caminar mucho, tampoco le gusta jugar con otras personas; conmigo rara vez juega... tampoco le gusta ordenar nuestro cuarto, no le gustan las mañanas porque le gusta dormir mucho, ehh...
Yuri estaba consternado.
— N-no, pero yo quiero saber lo que sí le gusta.
— Lo que le gusta... — musitó la niña pensativa.
No obstante, Ori volvió a negar, con una mueca que parecía decir "lo siento, nada de nada".
Yuri quería jalarse los cabellos, ¿es que a Bibi nada le gustaba? luego recordó que tenía una bonita trenza recién hecha y se contuvo, no quería desarmarse tal duro trabajo de Ori.
— ¿Le gusta estar con Beka? — la niña dio su último esfuerzo.
Yuri apretó los labios y frunció un poco el ceño.
Bien. Eso era lindo. Pero no era suficiente.
Yuri ya estaba pensando en darse por vencido. Tras largas semanas, Bibi no daba ni señas de querer ser su amiga.
El sol de la tarde caía y el cielo teñía sus pocas nubes de un rosado muy bello.
El clima era tan agradable que Yuri sentía se estaba quedando dormido. Se hallaba recostado sobre el césped y con movimientos flojos mecía un par de flores pequeñas, cortándolas y uniendo sus tallos con magia y con paciencia. Se quedaría dormido en breve.
Otabek debía estar cerca, Ori había querido ir a hacer del número uno y Bibi había seguido a su hermano mayor (como siempre).
Sintió que alguien ya se acercaba al cabo de unos minutos y se paraba a su lado. De inmediato asumió era su chico.
— Beka, recuéstate conmigo un ratito y abráz... o-oh... — su ronroneo soñoliento se transformó en una sonrisa avergonzada y sus mejillas se pusieron rojas cuando notó que quien estaba a su lado no era nada más ni nada menos que Bibianca Altin.
Sus ojos castaños se hallaban bien abiertos y sus delgados labios separados.
— ¿Cómo haces eso? — Yuri se reincorporó rápido, Bibi apuntaba las flores que mantenía levitando.
Su hermano -en presencia del brujo- les había explicado a las niñas que Yuri era un tipo distinto de humano, que no era malo, pero que no podía vivir en el pueblo. Si la relación de ambos perduraba, tal vez cuando ellas crecieran Yuri podría explicarles con sus palabras su naturaleza con detalles que ellas pudieran comprender, pero que ahora por ser muy menores no podían.
— Oh, solo-solo le hago así — movió despacio sus dedos — y los tallos se van entrelazando.
No explicó mucho más, dejó a la magia hablar sola mientras Bibi observaba las florecillas con el mismo rostro maravillado que su hermano miraba a Yuri desvestirse... ok, quizá no era una comparación muy normal, pero el cerebro de Yuri lo comparó de esa forma; y eso fue un buen indicio.
Bibi estudió cada movimiento del brujo con atención. Yuri se sintió nervioso y ansioso por partes iguales.
— Puedo hacer más cosas, mira.
Con paciencia y ante ojos emocionados, el brujo armó una corona de flores que cuando terminó dejó con cuidado sobre los cabellos azabaches de Bibi.
Otabek llegó al cabo de unos minutos junto a Ori. Yuri lo miró con una radiante sonrisa que no comprendió hasta que Bibi llegó corriendo frente a rubio con una sonrisa y con varias ramitas, hojas y flores que desperdigó frente a Yuri para que armara más cosas.
Otabek sonrió contento.
Lo sabía. Sabía que sus hermanas terminarían queriendo a Yuri.
¡Gracias por leer!
