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Capítulo 21
El grupo volvió a Grandchester dos horas después. Riendo de las pullas que el conde y el vizconde intercambiaban, Candy entró en la casa envuelta en un torbellino de copos de nieve, seguida por los dos contendientes y por Terry, el único ceñudo de los tres.
—Mira, Grandchester, estás hosco desde esta mañana. No es divertido —dijo Charlie, entregando la capa a Henson.
—Hacía un frío condenado —contestó Terry, dirigiéndose hacia la chimenea de la sala.
—Yo no tengo frío. Llevas todo el día comportándote de un modo extraño, Grandchester.
Terry no contestó. Miró de mala gana al vizconde y se acercó al fuego.
Charlie continuó.
—No debíamos haber regresado. La diversión acababa de empezar.
—Menos para Brummel —intervino el conde, estirándose en un sillón extrañamente sin una copa en la mano.
—Digo, ¿No fue la cosa más extraña que hayan visto? Brummel sin voz. Estaba gritando contra aquella muchacha y un momento después le salió una voz ronca y luego nada más.
Candy se dirigió hacia la puerta.
—Creo que los dejaré con vuestro…
—Espera. —La voz de Terry, áspera y fría como el hielo, la detuvo antes que pudiera escapar. Tenía todavía la espalda hacia la chimenea y el resplandor de la llama dibujaba alrededor de su figura una aureola dorada. Ella no distinguía sus facciones, pero la actitud del cuerpo reflejaba su humor.
—Quiero hablarte. A solas.
Candy no se atrevió moverse. Entendió que él sabía. Trató de asumir un aire inocente. Abrió los ojos y esperó a que funcionara.
—¿Con qué propósito? —preguntó.
El silencio de Terry fue una respuesta más que elocuente.
Inconsciente de la tensión entre marido y mujer, Charlie intervino:
—Escuche, Candy, antes que se vaya me tiene que prometer un baile en la fiesta del Regente. Una danza campestre y un minueto. El príncipe quiere siempre abrir y cerrar las danzas con un minueto. Tengo buenas piernas, si puedo decirlo.
—Lo siento, pero no conozco esos bailes —contestó Candy, dándose cuenta que estaba siempre fuera de lugar.
—¡Maldición!
Ella se dio la vuelta hacia el marido furioso.
—¡Caray! ¿Cómo puede ir a una fiesta si no sabe bailar? ¿Qué piensas hacer, Terry?
Terry no contestó.
—Puede aprender ahora —sugirió Archie. Miró el reloj de bolsillo y agregó: —No iremos al club hasta dentro de unas horas.
—Buena idea, Archie. Seremos sus maestros de baile. —Sin querer el Duque la había salvado del reproche de su marido. He ahí otro aspecto suyo: aquel del hombre sobrio; y excepcionalmente galante.
—Yo creía que sabrías bailar. —Candy notó que la voz de Terry era demasiado controlada para sentirse tranquila.
—¿Qué dices, Terry? ¿Vamos a la sala de música?
Terry se le colocó al lado y a ella le bastó mirarlo para entender que no había olvidado el incidente de la feria.
Efectivamente le puso una mano en el brazo, con un gesto que no tenía nada que ver con el afecto, pero que daba entender que quería tenerla bajo control.
—Los alcanzaremos en un momento.
Archie y Charlie salieron de la habitación, Candy hizo ademán de seguirlos, pero Terry la detuvo para que caminase a su lado.
—Dime, mujer, ¿Qué crees que le sucedió a la voz de Brummel?
—Tal vez fue por efecto del frío. Una vez escuché que…
El marido le apretó el brazo.
—Te lo había dicho: nada de magia —silbó entre los dientes.
—Estaba humillando a la pobre muchacha —musitó ella.
—No es asunto tuyo.
—Ella no se merecía ese trato. Ese hombre debe considerarse afortunado. Habría podido hacerle brotar sapos.
El Duque se detuvo de golpe y la miró. Estaba lívido. En su rostro se leía la rabia y el miedo. La agarró de los hombros.
—Si te atreves a hacer brotar sapos a alguien, yo… yo…
—Fue demasiado malvado, Terry. A veces las palabras pueden hacer más daño que una herida —afirmó ella seria.
Terry apretó los labios. Ambos recordaban las crueles palabras que él le había dirigido. Candy pensó que estaba arrepentido. Se equivocaba. En todo caso la expresión del marido era distante pero no encolerizada. Había una suerte de vulnerabilidad en él, que Candy no habría creído encontrar nunca en el Duque de Grandchester.
Cuando la miró de nuevo, Terry pareció buscar en el rostro de ella una suerte de señal. Ahora sus ojos reflejaban la derrota y Candy lo entendió. Él tenía necesidad de ayuda, pero el resto del mundo no se daba cuenta. Ambos eran perseguidos por una sensación de fracaso, sólo que reaccionaban de distinta manera. Ella lo aceptaba, él no.
Ella buscaba una compensación; él lo rehuía con una voluntad tan fuerte que sería capaz de convertirse en su modo de ser.
Terry poseía el corazón de ella y una parte de su alma; ella tenía su nombre y una parte de su protección. Pero habría renunciado a todo, incluso a los poderes mágicos, por una sonrisa de amor de parte de aquel hombre.
—¡Grandchester! ¡No logro recordar cuál es la sala de música!
Terry miró a su mujer todavía un momento, luego contestó:
—La cuarta puerta a la derecha. —Le soltó el brazo y subieron la escalera. Dos horas después, Terry tocaba el piano y Candy bailaba una alegre danza escocesa, primero con Charlie, luego con Archie. Terminó el último paso con una graciosa pirueta y una alegre risa. Luego se dejó caer en el diván diciendo:
—Me ha destruido, milord.
—No lo creo, en todo caso para mí ha sido un placer, Vuestra Gracia.
—El conde se inclinó sobre la mano de Candy y la retuvo un momento más de lo necesario.
—Digo, le hemos enseñado todas las danzas campesinas, la escocesa, el minueto, la contradanza. Creo que eso es todo.
—Excepto el vals —precisó el conde. —Imagino que el Regente hará tocar un par y yo seré feliz de ofrecer mis servicios a Candy para enseñárselo.
—Corta ya, Archie. Tú has bailado el último. Ahora es mi turno.
—¡Basta! —las teclas del piano emitieron una gran disonancia. Candy miró a su marido que se había levantado como un espectro furioso. —Lo haré yo.
Nadie habló, pero a Candy le pareció notar un matiz de placer en los ojos de Archie. Candy miró a su marido y posó la mano en aquella extendida de él. Estaba caliente. Observó sus manos unidas.
Terry había estado muy silencioso desde que habían entrado a la sala de música.
Ella había pensado que no quería bailar porque todavía estaba enojado, pero también porque estaba contrariado por el hecho que su mujer fuese tan desconocedora de sus deberes sociales, incluyendo el baile.
—Pon la mano en mi brazo —la instruyó Terry y le rodeó la cintura con el otro. Luego le dio otras indicaciones sobre el ritmo y ella asintió.
Archie comenzó a tocar la más deliciosa melodía que ella jamás hubiese oído.
—Toca muy bien.
—Es cierto. La música es una de las pocas cosas que parece tomar en serio. —Terry le estrechó la cintura. —¿Lista?
Ella asintió, con la cabeza llena de maravillosa música que sonaba. Un momento después pirueteaba entre los fuertes brazos de su amor.
—¡Vaya! ¡Ha aprendido deprisa! —gritó Charlie.
Candy miró a su marido, buscando su aprobación. El rostro de él estaba serio e inmóvil; la luz de sus ojos indicaba que estaba enfrentando una lucha privada y estaba perdiendo. Si se hubiera tratado de un sueño, ella podría esperar que luchase con su propio corazón, pero ese no era un sueño. La batalla era con su rabia o tal vez la vergüenza de haberse casado con una bruja.
—Lo siento —dijo Candy.
Ella se dio cuenta que estaba confundido.
—Debe ser humillante para ti —explicó.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque yo no sé comportarme con tus amigos.
—Los miembros de la alta sociedad no son mis amigos, pecosa,
—Oh —murmuró Candy, y se sorprendió cuando él la acercó aún más, hasta que en cada pirueta sus senos le tocaban el pecho. La mano que estaba en su cintura bajó de manera escandalosa. La estrechó aún más; su aliento le rozaba la frente. Estaba muy cálido.
Candy le miraba los botones de la camisa; Habría querido levantar los ojos pero no se atrevía. Su perfume, el calor ardiente de su mano, la música, le embriagaban los sentidos hasta que en la sala no estaban más que ellos dos.
Finalmente lo miró y en sus ojos leyó un deseo que le quitó el aliento.
Terry la acercó todavía más e hizo una pirueta, luego le miró la boca, intensamente. Ella hizo lo mismo, recordando el toque de sus labios y de su lengua. "Bésame, bésame y satisface el deseo" rogó con el pensamiento. Él bajó lentamente la cabeza y la miró como para impedirle interrumpir el contacto de sus ojos; luego su boca se posó en la de ella, dulcemente. Fue sólo un roce de labios, una provocación. Ella permaneció con la boca abierta, sorprendida.
Había esperado la pasión vibrante que sus ojos prometían.
Entendió que en silencio le estaba diciendo que quería más. Si, ella quería más y se lo dijo apretándole el brazo. Los labios de él, ardientes como el fuego, capturaron los suyos y Terry la atrajo hacia sí sin perder el paso, sin alterar el ritmo.
Sus volteretas fueron siempre más rápidas, los movimientos más acentuados, cada uno anticipando el del otro. La música aceleró el ritmo y aumentó el volumen. En cada vuelta le rozaba la boca, cada vez que el ritmo era más profundo el beso era más profundo en una perfecta imitación al encuentro sexual.
Después la melodía cambió, cada vez el volumen más alto y la intensidad hasta que alcanzó el crescendo. El beso era de aquellos que se recuerdan para toda la vida y terminó un momento después de la música.
—Pecosa. —Terry musitó su nombre con un tono de súplica.
Candy abrió los ojos. Y él perdió la conciencia.
—¡Sarampión! ¡Imposible! —exclamó Terry con arrogancia, sentándose en la cama. —Yo no puedo tener el sarampión.
Sentada en una silla cerca de su marido, Candy se sintió aliviada, pero el tono brusco del enfermo y su cara severa y febril le decían que no estaba contento con el diagnóstico.
—Y aleje esa condenada vela de mis ojos. ¿Quiere cegarme? Nunca he estado enfermo en mi vida.
—Si hubiese tenido el sarampión de niño, ahora Su Gracia no lo tendría. —dijo el médico con paciencia, alejando la vela.
—Diría que es un caso serio, considerando la fiebre alta y la erupción cutánea extendida. Permanezca abrigado y en cama hasta que no haya desaparecido la tos.
—Nunca he tosido —afirmó Terry con un tono tan beligerante que Terry se sobresaltó.
—Lo hará. Dejará de lagrimear y la nariz cesará de gotear. La mejoría llegará un par de días después. —El médico se dirigió a Candy: —Mientras tanto manténgalo abrigado, Vuestra Gracia.
Candy se levantó.
—Le agradezco mucho su servicio, tendremos cuidado con él.—Ignoró el poco aristocrático ruido de la nariz de su marido y acompañó al doctor al salón. —¿Hay alguna otra cosa que podamos hacer?
—No. Pero sospecho que no será un paciente muy colaborador—dijo el hombre, mirándola con compasión.
Después que Henson acompañó al doctor, ella volvió a la recámara y se sentó en el borde del lecho.
—Siento que tú no te encuentres bien.
Él le dio una mirada feroz.
Ella probó de nuevo:
—Me asusté… un momento estabas en pie y al siguiente estabas en el suelo. —Silencio.
—Quizás haya sido la fiebre. Deberías descansar un poco.
—No estoy cansado.
Candy alargó la mano hacia el cordón del timbre.
—¿Quieres que te haga traer algo? ¿Agua? ¿Caldo? ¿Tienes hambre?
Él tosió dos veces y luego trató de retener el tercer golpe de tos.
—¿Tienes suficiente calor?
—No.
Candy agregó otra manta a la cama.
—¿Estás mejor?
Terry gruñó una respuesta que ella creyó afirmativa, luego de algunos minutos se levantó y dijo:
—Bueno, dado que no me necesitas…
—No te vayas.
Ella se detuvo y se dio la vuelta sorprendida.
—Léeme alguna cosa. —Terry indicó un libro sobre la mesa. Ella lo tomó y leyó el título."Guía para la selección y crianza de caballos de primera calidad." Abrió el volumen en
el punto indicado por el marcapáginas y comenzó a leer. Poco después Terry la interrumpió:
—Reflexionando, me he dado cuenta que he sido demasiado rígido a propósito de tú… tu problema.
—¿Mi problema?
—Entiendo que no puedes cambiar tu naturaleza más de cuanto yo pueda cambiar la mía.
Candy asintió y esperó que continuara.
—Supongo que si tu magia puede hacer el bien sería aceptable; podrías usarla, de vez en cuando.
Candy se esforzó para que no la viera con la boca abierta.
—No en público, naturalmente, pero en privado, a puertas cerradas, cuando estemos sólo nosotros dos. —La miró, en espera de una respuesta. —Como ahora.
—No entiendo. —dijo Candy.
—Te doy permiso para que hagas desaparecer el sarampión con un chasquido de los dedos.
Por un segundo ella dudó de haber oído bien, luego estalló en una risa.
—¡Oh, Terry! —dijo doblada en dos.—¡Puedes ser tan presuntuoso e hipócrita, a veces!
Él la miró con afectación, luego se estremeció y se rascó el pecho.
—Estoy esperando —dijo.
—No estoy capacitada para hacerlo. Las brujas como yo no pueden hacer desaparecer una enfermedad. No forma parte de nuestros poderes.
—Maldición —farfulló el Duque y se hundió en los cojines.
Marido mío, tal vez nunca hayas sido un niño, pero hoy te comportas como tal, pensó Candy. Y esforzándose por no reír preguntó:
—¿Debo continuar leyendo?
—Sí —contestó él en tono rabioso y cerró los ojos circundados de rojo. A la mitad del capítulo se había quedado dormido.
El rostro de Candy obsesionaba los sueños febriles del Duque. Sentía el toque de ella en sus cabellos, sus dedos que le acariciaban la oreja. Sentía su aliento leve, la boca rozarle el cuello.
—Pecosa —murmuró y se dio vuelta hacia ella. Escuchó un silbido y se quedó helado.
Abrió los ojos. Dos ojos marrones y redondos como botones lo miraban.
—¡Dios Omnipotente! ¡Mis cabellos! —Saltó a sentarse con las manos en la cabeza, recordando dos peladuras detrás de la cabeza de Henson. Bajó de la cama y corrió al espejo del vestidor, buscando con manos temblorosas por la fiebre y la excitación, un fósforo para encender la lámpara. Agitadísimo, se examinó la cabeza girándola acá y allá. Los cabellos estaban despeinados, pero normales.
Más furioso que enfermo volvió a su recámara, tomó a Clint, abrió la puerta de comunicación, atravesó la salita y fue a la recámara de Candy. Los ojos del armiño pasaban de la cara del Duque a sus cabellos. Se lamió los bigotes.
—Ni lo pienses —dijo Terry entre dientes.
Puso al condenado armiño en su canasta y se dio vuelta para irse, pero se detuvo. La recámara estaba sumida en una luz débil, las cortinas de las ventanas estaban cerradas, pero las del lecho no.
De la vela de la mesita de noche manaba una débil llama. Terry se acercó.Su mujer estaba profundamente dormida encima de las sábanas que parecían casi doradas con el esplendor de la vela.
La larga cabellera dorada le caía a un lado de la cabeza y proseguía hacia el lecho. Esos cabellos eran el hilo del deseo que lo ligaban a ella, desde la primera vez que los había visto.
Era extraño que hubiese notado en Candy particularidades que nunca había notado en otras mujeres. ¿Qué le había pasado al hombre que siempre había sido? Sólo unas pocas semanas antes todo era simple, previsible rutina; no habían nunca existido sorpresas ni complicaciones.
Ciertamente quería a la pecosa. La quería de un modo tan violento que muchas veces le había dado la espalda sólo para probar si lograba dominarse.
La respiración de ella era profunda, típica del sueño. El libro abierto, apoyado en el pecho, se levantaba y bajaba a cada respiración. Terry lo tomó y miró la cubierta: "El Duque Cobarde."
Habría debido enojarse. Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo. Miró el libro, tomó un marcapáginas que había ido a parar entre el cabello de ella, lo puso en la página abierta y lo colocó sobre la mesita de noche. Luego apagó la vela con un soplido y retornó a su propia recámara.
La noche del baile del Príncipe Regente llegó con viento helado. Las ramas de los abedules se sacudían contra el muro oriental de Grandchester House y la luz dorada proveniente de las ventanas se expandía sobre los troncos de los árboles y sobre las piedras heladas de la avenida.
En el vestidor, Candy bajó los ojos sobre las capas de tejido verde esmeralda, sostenidas por el aro, que constituían el vestido de corte inglés.
Polly le puso en la cabeza un tocado verde esmeralda con plumas, peinetas cubiertas de esmeraldas, hojas finísimas y borlas doradas que colgaban detrás de la cabeza. Luego afirmó las peinetas en la elaborada masa de cabellos dorados de su patrona y bajó los brazos.
Candy se apoyó en el respaldo de una silla.
—No creo que consiga permanecer de pie con toda esta cosa, menos aún bailar. —Le parecía que tenía la barbilla pegada a la base del cuello.
Polly sugirió.
—¿Y si mantuviese la barbilla levantada?
Csndy levantó el mentón con la mano. Le tiraban los músculos de debajo la nuca.
—Dudo que ni siquiera la señora Watley logre mantener el mentón alto con este aparato en la cabeza.
Candy pidió a Polly que fuera a buscar Clint. Al quedarse sola, se sentó. Inmediatamente la parte anterior del aro que llevaba debajo de las faldas se levantó, tirándole a la cara las capas de seda y tul. Trató de bajar el aro pero fue inútil. El cuello le dolía incluso cuando lo apoyaba. Puso una mano debajo de la barbilla y se quedó mirando la marea verde.
Esa noche era muy importante. Quería demostrar de ser una Duquesa perfecta y quería bailar con Terry, pero dudaba que pudiera incluso caminar.
Quería aligerar por lo menos el peinado a su modo. Bastaba sólo un pequeño hechizo. Estaba sola en una habitación y aquella era una de las condiciones dictadas por Terry cuando estaba enfermo. Con la conciencia tranquila, se levantó, flexionó los dedos, cerró los ojos y se concentró al máximo para crear la fórmula mágica:
Oh, viento que soplas,
oh noche oscura.
Ayúdame con los perifollos
y aligerar mi peinado procura.
Satisfecha con la composición, la recitó en voz alta, luego abrió los ojos.
—¡Ah! —exclamó satisfecha, apoyándose en la silla, y se miró al espejo; el tocado era ligero como el aire. Movió la cabeza de un lado al otro para ver las plumas ondular, luego se desplazó hacia atrás, se puso en posición como si estuviera en brazos de Terry y comenzó a bailar sola el vals. Pasando delante del espejo se detuvo con la boca abierta.
—¡Oh, bondad divina! —miró la propia imagen reflejada y murmuró: —Parezco una Duquesa. Una verdadera Duquesa.
—Si, es cierto. —Era la voz profunda de Terry.
Con el corazón en la garganta, Candy miró a su marido que, parado en la puerta comunicante, era el perfecto modelo del título que llevaba con tanto orgullo.
Vestía un frac y pantalones hasta la rodilla de terciopelo verde, tan oscuros que parecían negros. Las puntas del chaleco bordado en oro bajaban algún centímetro por encima de los pantalones, como requería la moda. La corbata blanca almidonada estaba sujeta por un alfiler de oro y esmeralda.
—¿Desde cuándo estás aquí? —le preguntó ella.
—Solo desde tu " ¡Bondad divina! "Por suerte", pensó ella.
Él le levantó la barbilla con dos dedos.
—No es necesario todo este pudor, pecosa. Te he visto sin nada puesto.
"No recientemente" pensó ella. La enfermedad los había mantenido alejados, y desde entonces Terry la había evitado.
Candy sintió la mirada intensa de él acariciarle las mejillas rosadas.
Dio un paso atrás, incómoda. El marido la estaba examinando, partiendo del tocado de los cabellos y bajando lentamente, tan lentamente que le pareció que permanecía inmóvil durante horas bajo los ojos que la escrutaban. Retuvo el aliento.
Por primera vez en su vida se sintió bella como una hada.
Encontró la fuerza para sonreír:
—¿Entonces, lo apruebas?
—No.
La sonrisa desapareció. Candy cerró los ojos contra la puñalada de desilusión que le golpeó el pecho.
—Necesitas ésto. Ella abrió los párpados. Terry sostenía en la mano un estuche con el escudo de los Grandchester; abrió la tapa y aparecieron unas esmeraldas oscuras, de un verde tan puro y límpido de parecer el producto de un hechizo.
—Las esmeraldas de los Grandchester —dijo.
Candy adelantó un paso, fascinada. Cada engaste de oro, con forma de corona ducal, contenía una piedra y cada gancho tenía la forma de un halcón, el escudo de los Grandchester.
Esta confección se repetía en los aretes, el broche, tres brazaletes, el collar y un set de peinetas.
—Todos sabrán que soy la Duquesa de Grandchester.
—Cierto. Estas esmeraldas fueron diseñadas para la primera Duquesa y debían competir con algunas joyas de la corona. Enrique VIII trató en vano de adquirirlas del décimo Duque. Forman parte de la herencia Grandchester, como el escudo. Colócate frente al espejo.
Ella se dio vuelta y miró la imagen reflejada de su marido. Terry le puso el collar, cerró el broche y le dio los aretes. Candy se los colocó, se tocó los labios con la punta del índice y rió.
—Pecosa, date vuelta.
Ella obedeció, esperando que él le colocase los brazaletes sobre los guantes. En cambio se encontró entre sus brazos, los labios entreabiertos por los de él que la gratificaba con un beso profundo, lleno de aquella pasión desesperada que sabía esconder tan bien al resto del mundo, y que ella hacía lo imposible por alimentar haciéndole perder el control.
CONTINUARA
