Lunes 29 Junio de 2015

Denver

Rachel Berry

19

Mi madre, mi tío, mis hermanos, mis cuñadas, mis primos, sus esposas, sus hijos, el novio de mi madre, el hijo del novio de mi madre, los Robson, los Delian, los Garnet y la señora Flowers. Derek, el perro de mi tío Clarke y el pastelero que llevó la tarta y que se quedó durante un par de horas para disfrutar de la barbacoa. Creo que aquel sábado 27 de Junio llegué a contar casi 45 personas en la casa mi madre, entre visitas e invitados al cumpleaños sin contar con mi presencia y con la de Jesse, que por supuesto también estuvo presente. Cinco días estuve en Oklahoma y tres de ellos rodeada de gente. Conociéndome, y aunque fuese mi propia familia, estaba claro que deseaba con toda mi alma regresar a Denver y volver a mi vida, a mi rutina diaria en la que nadie me preguntaba cuándo vendrían los niños o si ya estaba embarazada. Porque ese era el tema de conversación estrella de mi familia. Sin embargo, y a pesar de que sí me apetecía regresar a Denver para librarme de ello, aquella mañana del lunes fui realmente consciente de como mis principios fueron desviándose de su tema original, y no solo estaba feliz por volver a disfrutar de mi soledad, sino porque iba a volver a verla. A Quinn, por supuesto.

37 mensajes exactamente.

37 mensajes que nos intercambiamos durante todo el fin de semana, desde el viernes noche, cuando no dudé en preguntarle para saber cómo se encontraba utilizando la excusa para recomendarle revistas para su padre, hasta el domingo cuando ya me disponía a regresar a mi casa. 37 mensajes que empezaban con un "Hey, ¿Cómo estás" y que terminaban con un "Buenas noches, chica galáctica". 37 mensajes que a pesar de la simpleza del gesto, nos ayudó a afianzar nuestra amistad.

Aquella mañana del lunes fui a trabajar con una sonrisa de oreja a oreja después de haber dormido toda la noche como nunca antes había dormido, y dispuesta a comerme el mundo y a disfrutarlo. Por eso, y antes de que la mañana se me echase encima, no dudé en hacer la primera parada justo allí, en la editorial. Aun sabiendo que Jesse a aquella hora debía estar reunido con varios representantes, o al menos eso es lo que me dijo.

A mí no me importó. Tenía algo sumamente especial que llevar a cabo antes de que acabase aquel día, y quería hacerlo en persona, sin tener que utilizar el teléfono para ello. Sobre todo porque de aquella forma podría mirarla a la cara y comprobar que sus mensajes en los que me afirmaba que se encontraba mucho mejor, eran ciertos.

No necesité demasiado para creer que no me mentía. Me bastó ascender hasta la planta donde estaba su departamento, y verla completamente concentrada en su tableta gráfica haciendo lo que más le gustaba. Mentiría si dijese que por algunos segundos no me quedé allí, justo a las puertas del ascensor observándola a través de los ventanales, sin que ella notase mi presencia bajo ningún concepto. Y mentiría si dijese que en ese preciso instante que estuve observándola, no sentí unas ganas terribles de caminar hacia ella y darle un fuerte abrazo a modo de saludo. Pero ver como a su lado, justo en la mesa contigua ya se encontraba Francesco, inmerso también en su tarea, arrojó por el suelo cualquier decisión que tomase sin pensar.

No podía olvidar que allí entre aquellas paredes y los trabajadores de la editorial, no era una más. Era Rachel St. James, por mucho que no me gustara que me llamasen así, y por ende tenía que mantener las distancias con ellos. No por mostrarme inflexible o soberbia por ser la esposa del director, sino porque me negaba a que creyesen que Quinn tendría algún tipo de facilidad por nuestra parte por ser alguien más cercano. De hecho no lo tenía, y eso a ella le hacía bien.

Así que, tras pensarlo con detenimiento mientras la observaba, tomé la decisión de ir directamente hacia el despacho de Jesse, ya que él no estaba allí, y hacer uso de la privacidad que me permitía la habitación para que nadie se percatase de nuestra amistad.

Ella en ningún momento me vio, ni cuando crucé el pasillo ni cuando me colé en el despacho y me dispuse a bajar todas las persianas para evitar la curiosidad de los demás. Y una vez que estuve sentada y tenía todo perfectamente organizado, pasé a la acción sin demorar un solo segundo más.

Casi cuatro tonos me tuvo esperando tras el teléfono hasta que descolgó, y eso que en el marcador del suyo debía aparecer la señal del despacho de Jesse. Quinn se tomó su tiempo, sin duda.

—¿Hola?

—¿Me pregunto si sería una imprudencia por mi parte hacer que dejes de trabajar cinco minutos?

—¿Rachel?—masculló confusa al tiempo que alzaba la mirada hacia el despacho. Tal vez ella no podía verme por las persianas, pero yo si podía hacerlo por una de las rendijas que concienzudamente, deje abierta para tal menester.

—Sabes que no me gusta, pero por el bien del compañerismo en la editorial, no deberías utilizar mi nombre de pila para mencionarme.

—Oh… Cierto, lo… Lo siento—se disculpó tras mirar de reojo a Francesco, que seguía en su mundo. —¿Dónde estás?

—En el despacho de Jesse. ¿Puedes permitirte descansar unos minutos? Necesito hablar contigo.

—Oh, sí, claro… ¿Dónde?

—Aquí. Ven para acá, te estoy esperando.

—Ok. Voy en seguida—me dijo segundos antes de colgar la llamada y volver a su dibujo. Porque sí, porque Quinn, lejos de dejar todo lo que estaba haciendo para averiguar que me traía entre manos, no se movió de su asiento hasta que no acabó lo que había empezado. Y eso me encantó. No podía olvidar que era una artista y las artistas nunca dejan a la deriva alguna de sus obras.

Es por eso por lo que disfruté aquel par de minutos que me regaló para que siguiese observándola, incluso cuando se excusó con Francesco y dirigió sus pasos hacia el despacho. Su gesto serio me hizo sonreír aún más, porque estaba convencida de que era fingido para no llamar la atención de ninguno de sus compañeros.

No estaba equivocada. Apenas le permití el paso tras golpear con sutileza la puerta, la sonrisa en sus labios me lo corroboró.

—Hey… Hola—me dijo algo con algo de timidez mientras se colaba en el interior y yo me ponía de pie. Por supuesto, no iba a dejar pasar la oportunidad de saludarla como realmente me apetecía, pero para ello antes me dispuse a cerrar la última rendija de la persiana que me había permitido observarla.

—Buenos días, Sheliak—le dije y sus mejillas se inundaron de un rosado encantador. —¿Estabas muy ocupada?—añadí mientras llevaba a cabo mi acción.

—Pues… Un poco, pero puedo permitirme el lujo de descansar unos minutos. De hecho, me viene muy bien para despejarme.

—Perfecto… No sabía si estaba o no interrumpiéndote—me acerqué.

—No. Lo cierto es que me has sorprendido. No te esperaba aquí… No sé ni siquiera cuando has llegado. No te he visto.

—Lo sé. Estabas muy concentrada en tu trabajo.

—¿Me estabas espiando?

—Puede… —Bromeé plantándome frente a ella—¿No me vas a saludar?

—Estoy esperando a que lo hagas tú—me respondió mostrando un orgullo totalmente forzado mientras sonreía. Y yo no lo dudé. Di un paso más y fui directa a dejar un beso en su mejilla como era habitual entre nosotras, sin embargo, ella no parecía creer que fuera a hacerlo o tal vez yo le di a entender otra idea con mi movimiento, y terminamos chocando mientras yo la besaba casi en la oreja.—Hey… ¿Qué haces?

—¿Yo?—me separé tras el encontronazo—Te estaba saludando. ¿Y tú?

—Te iba a abrazar.

—Siempre nos besamos, nunca nos abrazamos.

—Qué se yo… Te he visto decidida y pensé querías un abrazo.

—Ok… Ok… Supongo que ha sido un fallo de coordinación. Sale mucho mejor cuando es improvisado, ¿Verdad?—bromeé dispuesta a recuperar mi lugar tras el escritorio, pero Quinn no me dejó. Su mano se aferró a mi brazo y me detuvo obligándome a mirarla y cuestionarla con la mirada.

—¿Ya está? ¿Ese es el saludo? ¿Un choque entre cabezas y un abrazo extraño?

—Eh…

—Yo quiero mi beso, y a ser posible también mi abrazo—añadió desconcertándome por completo. Y no porque me lo estuviese pidiendo sino por como lo hacía, por cómo se mostraba. No sé si fue cosa mía, pero su gesto divertido había dejado paso a una serenidad en su rostro que no supe descifrar plenamente. No sabía si estaba bromeando o exigía que se repitiese el saludo para no enfadarse. Y yo, lejos de partirme la cabeza tratando de comprenderla, simplemente accedí. Y me perdí.

—Está bien… ¿Abrazo y beso?—le dije para asegurarme que no tendríamos fallos de coordinación, y ella asintió satisfecha. Cuando quise darme cuenta estaba entre sus brazos recibiendo uno de esos abrazos de los que nunca quieres escapar. Envolviéndote con el perfume, ese perfume que ya me resultaba tan familiar, y sintiendo el calor de su cuerpo reconfortándote por completo.

Nunca antes la había abrazado de aquella manera, porque la única vez que pude abrazarla fue en una situación completamente diferente a aquella. Cinco años atrás, concretamente, desnudas sobre mi cama del hotel mientras hacíamos el amor.

Sé que recordar ese momento justo cuando la estaba saludando no me dejaba en buena posición, pero no lo pude evitar. No pude controlar revivir ese momento mientras la abrazaba, y me preguntaba si siempre sería así con ella. Si cada vez que tuviese la oportunidad de saludarla de aquella manera, me embriagaría aquella sensación de bienestar y los recuerdos rondarían por mi mente. Por eso digo que me perdí. Más aún cuando casi sin deshacer el abrazo, me invitó a que la besara como tenia estipulado hacerlo. Y me invitó sin hacer uso de las palabras, simplemente con una mirada y una media sonrisa que pude distinguir al separarme unos centímetros de ella, y que dejé de ver cuando me lancé hacia su mejilla para besarla.

Cuando aquello sucedió, sus brazos ya no me envolvían, pero sus manos si se aferraban a mis brazos con dulzura, tan sutilmente que simplemente notaba el roce.

¿Cómo era posible? Me pregunté. ¿Cómo era posible que un simple saludo afectuoso lograse tensarnos hasta tal punto y trasladar tu mente a un tiempo tan lejano? ¿Cómo era posible que a pesar de los años, cada vez que nos mirábamos algo pareciera tronar al otro lado del mundo y el suelo se movía bajo nuestros pies? No. Para mi fortuna, no tenía respuestas a aquellas preguntas en aquel instante, y digo fortuna porque de haberlo tenido claro, probablemente habría salido corriendo. Pero como ya he dicho, a veces la ignorancia es una gran aliada, probablemente la mejor cuando del corazón se trata. Y es que como dicen los buenos cocineros, a fuego lento el resultado siempre es mejor. Quinn y yo nos estábamos cocinando tan lentamente que ni siquiera nos dimos cuenta. O tal vez no quisimos. Yo lo único que sabía con certeza era que aquella mujer era especial, muy especial para mí, y que lo que había empezado a sentir por ella no tenía por qué malinterpretarse por estar casada con quien consideraba que era el amor de mi vida.

Sí. El amor de mi vida. Jesse St. James, a pesar de nuestras diferencias, a pesar de las veces que solía despotricar de él, sabía que era el amor de mi vida, y de eso estaba completamente convencida. Jesse me enamoró como nunca antes nadie logró hacerlo, llegando incluso a convencerme para casarme apenas dos años después de comenzar nuestra historia. Y me hizo feliz, me hacía feliz y me sentía segura al tenerlo a mi lado, al verlo dormir cada noche a mi vera y sentirme querida. Todo lo demás, todo el tema del dinero, de los caprichos, de nuestras discusiones absurdas, no eran más que las consecuencias casi inevitables de la convivencia entre dos seres humanos. Pero Quinn era un punto aparte, y estaba totalmente convencida de poder vivir tranquila teniéndola de aquella manera sin que tuviese que sentirme culpable por ello. O mejor dicho, teniéndonos ambas de aquella manera, para ser más precisa.

—Ahora sí—susurró ella justo cuando ya deshacíamos el abrazo, y yo me limité a sonreírle—¿Ahora eres la jefa?—añadió.

—Mmm… Podría, pero no. Siéntate, ¿Quieres un café?

—¿Vas a pedirle a Margot que lo traiga?—me preguntó conteniendo la sonrisa, intuyendo probablemente que no era de mi agrado que así fuese.

—No es necesario, Jesse tiene su propia cafetera en ese pequeño armario. Privilegios de ser el jefe.

—Ya veo… Y te lo agradezco, pero hace apenas diez minutos que me he tomado uno. Si vuelvo a probar el café, no voy a dar un trazo en condiciones en las siguientes tres o cuatro horas. Y con todo el trabajo que tengo que hacer dudo que sea una buena idea. A menos que desees que no conserve mi trabajo.

—Ok, entonces nada de café, ni siquiera olerlo—mascullé buscando que su sonrisa se liberase por completo. Y lo conseguí—Vamos, siéntate… Después de pasarme todo el fin de semana molestándote con mensajes, al menos déjame resarcirme permitiéndote unos minutos de descanso.

No seas idiota, no me has molestado en absoluto, todo lo contrario. Me ha encantado estar al tanto de cada paso y cada momento que has vivido en el cumpleaños de tu madre. Ha sido realmente divertido…

—¿Divertido?—fingí un falso malestar— ¿Sabes lo que es tener que compartir casa durante 12 horas con casi 50 personas? Y lo que es peor, siendo una de las anfitrionas…

—No, no lo sé, y no quiero saberlo. Aunque… Recuerdo alguna que otra fiesta de mis compañeros de trabajo en San Francisco en las que… Ok, no, mejor no recordar eso.

—¿No recordar qué? ¿Quinn Fabray se desfasaba en su época de becaria? No escucharías Country, ¿No?—volví a bromear y su sonrisa se amplió a más no poder.

—Quinn Fabray fue adolescente como todo el mundo, y cometía sus locuras… Creí que eras consciente de ello.

—Lo soy, y lo pude vivir en primera persona—musité sin siquiera pensarlo. Pero no me importó. Mi único y primer objetivo de aquel día después de verla, era asegurarme de que se encontraba bien y no me había mentido con los mensajes para me quedase tranquila. Y si para ello tenía que bromear exponiéndome a mí misma, lo haría sin duda. Aunque mi humor no fuese el más divertido del mundo. De hecho, no había nadie en el mundo que me considerase divertida, ni siquiera mi madre, sino más bien tímida y responsable de mi actitud frente a los demás; básicamente me tenían por el ser más aburrido del planeta, solo que por no ofenderme no se atrevían a decírmelo.

Sin embargo yo lo tenía perfectamente asumido. Ser divertida no era una de mis cualidades, y aceptarlo era la mejor solución para no verme envuelta en una de esas situaciones ridículas que tanto llegaban a estresarme. Mejor pasar desapercibida y reír las gracias de los demás, a convertirme en el centro de ellas.

—No te quejes, contigo siempre me he portado bien. Te tatué con delicadeza, te aconsejé bien sobre cómo cuidártelo. Te dije que la cerveza y el country no eran una buena combinación y te entretuve en una fiesta en la que no deseabas estar. Mi adolescencia contigo se portó bien.

Tienes razón. Para mí has sido una adolescente ejemplar—maticé sabiendo que había omitido a consciencia sus dos mayores locuras conmigo; El beso en la fiesta de cumpleaños, y nuestra noche juntas en Los Ángeles. Pero intuí que no le apetecía llegar a ese extremo, y que por eso mismo trataba con sutileza aquella broma.

—Sí, y deberías tenerlo en cuenta siempre. He sido buena chica.

—Lo has sido y sigues siéndolo.

—Y tú no estás siendo una buena influencia ahora mismo.

—¿Qué? ¿Por qué?

Porque me has pedido que venga para hablar de algo importante, y…

Tenerte aquí delante ya es importante—la interrumpí antes de que pudiese acabar su frase—Y después de estar todo el fin de semana hablando por mensajes, más aún.

—¿Por qué? ¿Ocurre algo? ¿Hay algo que no me has dicho o…?

—No, nada de eso. Es importante para mí tenerte aquí delante porque de esa forma puedo ver si realmente te he molestado con los mensajes o no.

Ya te he dicho que no me has molestado. ¿No me crees?

—Ahora sí—sentencié fijando mi mirada en sus ojos, asegurándome de que era capaz de mantenerla sin dudar un solo segundo. Y lo hizo, Quinn fue capaz de confirmarme con su mirada que no mentía, y que mis mensajes habían estado haciéndole bien, o al menos entreteniéndola durante esos días en los que todo parecía ir mal en su vida. —¿Sabes ya cuando te van a arreglar la tubería?

—Pues no, aunque esperamos que lo hagan esta semana. No tener agua en casa complica mucho las cosas para que podamos mudarnos, y además… Hasta que no esté solucionado, no podemos volver a arreglar la pared y pintarla de nuevo… Espero que a lo largo de la mañana Robert pueda hablar con los fontaneros. Su amigo Mark no puede hacer mucho más que informarnos.

—Bueno… La paciencia es un don que hace mucha falta en casos como ese, y a ti de eso te sobra. Verás cómo en un par de días todo se arregla.

—Cuento con ello. Los daños materiales son fáciles de arreglar—murmuró con una media sonrisa completamente apenada que me descompuso, y me alertó. —Rachel, te, te tengo que dar las gracias—me dijo tras el breve silencio que mantuvimos mientras yo trataba de encontrar las palabras adecuadas para no hacerla sentir mal.—Realmente has conseguido que mi cabeza estuviese más tranquila, pensando en otras cosas que no me hacen tanto mal.

—¿Todo sigue igual?—me atreví a preguntarle y ver como bajaba la mirada me llenó de culpabilidad—Ok, no… No es necesario que hablemos de esto. En realidad yo te he pedido que vengas porque…

—No sé qué nos sucede—me interrumpió dejándome en silencio—Te juro que no paro de pensar, de buscar algún motivo por el que pueda sentirse como se siente y no lo encuentro. Yo… Yo sé que está agobiado, y más ahora con la estúpida avería de la tubería.—Añadió dejándome entrever que necesitaba hablar y desahogarse. Justo lo que yo esperaba—Pero… No sé, nunca lo he visto así, ni siquiera en San Francisco estaba tan irritante. Es como si ya nada le importase de mí. No, no sé qué pensar…

—¿Crees que…?—Ni siquiera me dejó continuar de nuevo. Su voz empezaba a romperse y me bastó ver de nuevo sus ojos al alzar la mirada para saber que realmente estaba pasándolo mal. Muy mal.

—Puedes decirlo… ¿Creo que mi novio ya no siente lo mismo por mí? Pues sí, empiezo a creerlo. O tal vez…

—Tal vez…

—Tal vez soy yo la que ya no siente lo mismo. No, no lo sé—inquirió y yo sentí unas irrefrenables ganas de abrazarla. Estaba rota, aunque su apariencia fuese lo suficientemente segura como para no dejarlo entrever.

—¿Crees que no le quieres?

—Le quiero muchísimo—soltó confundiéndome—Pero no de la misma forma. Llevo casi dos años esforzándome por volver a ver el chico que me enamoró. Dos años haciendo todo lo posible porque se sienta bien, por darle confianza y que sepa que me tiene, que siempre me ha tenido… Pero no reacciona. ¿Sabes? Yo creí que con todo esto de volver a Denver y vivir juntos, con su trabajo que tanto le gusta y teniendo todo lo que quiere, iba a volver a ser el mismo chico que me enamoró. Él… él era divertido, era alegre y poco a poco ha ido perdiendo todo eso. Y conmigo… Dios.

—¿Se porta mal?

—No, quiero decir… Me trata bien, siempre lo ha hecho y siempre lo hará, de eso estoy segura… Pero noto… Noto que no me mira como antes. Es como si todo le diese igual, pero luego me dice que no… No sé. No sé si es una crisis de esas de parejas, o bien es que yo soy idiota pensando que el amor siempre tiene que ser como el primer día. No, no lo sé… Pero no estoy bien y últimamente menos aún.

Quinn, no se trata de vivir el amor como el primer día, pero si es importante que siga existiendo esa magia entre vosotros, si no… ¿Qué sentido tiene?

—Siempre he oído eso de que con el paso de los años, ya nada es igual en las parejas.

—Pero tú tienes 27 años. Sentirte así no es normal—le dije sin ser plenamente consciente de que podía estar confundiéndola aún más. No era mi intención, ni mucho menos. Solo me preocupaba verla mal, y mi único objetivo era intentar ayudarla de alguna forma.

—¿Y cómo debo sentirme por tener 27 años? Igual no me lo merezco.

—¿No te mereces el qué?

—No sé, creo que estoy exigiendo demasiado de él y yo no doy lo que él espera tampoco. No… No puedo…

No, no… No voy a permitir que digas eso—la interrumpí abandonando mi asiento detrás del escritorio para sentarme junto a ella—Quinn, aunque hace ya años que nos conocemos no he podido vivir tu día a día, y no sé realmente como es tu relación. Pero tengo ojos… Y lo que veo ahora es que das todo cuanto tienes por él. Que estás buscando su felicidad dejando parte de la tuya en el arcén. No puedes decir algo así cuando sabes de sobra que no es tu problema.

—Rachel, cuando pasas tanto tiempo como yo buscando, tratando de darlo todo… Y ves que no funciona, es porque algo no haces bien.

—Tal vez es él quien no esté haciéndolo bien. Quinn, mira sé que nos conocemos poco, pero veo que eres una persona bastante paciente, sensata… Y que te gusta que los tuyos estén bien, que proteges lo que te pertenece y lo cuidas. Todo lo que me estás diciendo solo tiene una lectura; y es que estás frustrada por no lograr que alguien a quien quieres y por quien has sido capaz de dejar todo, no sea capaz de verlo. No puedes culparte a ti misma si sabes que estás haciendo todo lo posible, que lo estás dando todo…

No dijo nada. Quinn me miró por algunos segundos en los que nuestros ojos conectaron y rápidamente bajó de nuevo la mirada centrándose en sus manos, buscando en sus dedos algo que la mantuviese firme y la ayudase a no terminar como el brillo de sus ojos predecían que acabaría. Evidentemente, yo no lo iba a permitir. Porque no era el momento, ni el lugar, ni quería verla llorar. Si lo tenía que hacer prefería que lo hiciera donde se sintiera más cómoda, y donde yo, sin tener que sentirme cohibida por la presencia de extraños, pudiese sostenerla como merecía.

—¿Conoces a Frida Khalo?—le dije tratando de que alzara de nuevo la mirada hacia mí. Lógicamente lo hizo, pero completamente confundida.

—Claro… ¿Cómo no voy a conocerla? Soy dibujante, ilustradora… Y ser humano. ¿Quién no conoce a Frida?

Ya… Lo supongo—le sonreí segundos antes de lanzarme a tomar sus manos con sutileza—Verás, una vez leí algo que dijo y desde entonces siempre he llevado conmigo. Es como un mantra para mí que recito cuando a veces me siento perdida, cuando siento que no soy lo suficiente o me frustra algo personal, como te está sucediendo a ti ahora.

—¿Y qué dice ese mantra?—me preguntó con la voz temblorosa, casi en un suspiro mientras sus ojos vagaban entre los míos y nuestras manos enlazadas.

—Mereces un amor que te quiera despeinada—comencé a relatar regresando a sus ojos—Con todo y las razones que te levantan deprisa, con todo y los demonios que no te dejan dormir. Mereces un amor que te haga sentir segura, que pueda comerse al mundo si camina de tu mano, que sientan que sus brazos van perfectos con tu piel. Mereces un amor que quiera bailar contigo, que visite el paraíso cada vez que mira tus ojos, y que no se aburra nunca de leer tus expresiones.

Mereces un amor que te escuche cuando cantas, que te apoye en tus ridículos, que respete que eres libre, que te acompañe en tu vuelo, que no le asuste caer. Mereces un amor que se lleve las mentiras, que te traiga la ilusión, el café… y la poesía.

Guau… Es, es hermoso.

—Lo es, y muy cierto.

—¿Muy cierto?—dejó escapar confundiéndose con un leve suspiro de resignación—¿Crees que merezco un amor así?

—No es lo que yo crea, mi querida Sheliak, es lo que tú tienes que sentir que mereces. ¿Te sientes identificada con esas palabras?

—No… No lo sé. Nunca he pensado en lo que merezco o no.

—Pues deberías hacerlo y a menudo, para saber qué tienes, que no tienes, que te falta y qué deseas para ser feliz. Necesitas apuntar a algo, no solo conformarte con lo que te llega, y esto te lo digo por experiencia. Cuando amas de verdad eres capaz de suplir esas necesidades con lo mínimo que te ofrecen, pero en el amor también hay que ser un poco egoísta… Tienes que mirar por lo que te hace feliz en pareja, e individualmente.

—¿Tú tienes todo lo que recitas en ese texto?—me preguntó y pude intuir algo de orgullo en su tono, pero no quise darle importancia.

—Algunas sí, otras no… Pero tengo cosas que son compatibles, cosas que suplen perfectamente la felicidad que no puedo tener con algo que me falte. El truco está en el equilibrio.

—Ya… Equilibrio—susurró de nuevo bajando la mirada.

—Quinn, no es un consejo, no es un monologo… Es un pensamiento. Piénsalo, tenlo presente y analízalo cuando te sientas mal, cuando creas que no eres suficiente para alguien. No eres más ni menos que nadie, eres tú. Y tú mereces lo que te hace feliz. Valora si lo que tienes cumple esos "requisitos" para hacerte feliz, y cuáles son los "requisitos" de quien te tiene para ser feliz. ¿Sabes? Tal vez por eso no tengo muchos amigos, porque suelo ser demasiado intensa cuando alguien me importa de verdad, pero no voy a permitir que creas que no mereces lo que te hace feliz, o que no eres lo suficiente para hacer feliz a quien quieres.

—Ya… ¿Y cómo no lo vas a permitir? ¿Vas a lavar mi cerebro? ¿Me vas a adular haciéndome creer que soy perfecta cada vez que…?

—No lo sé—la interrumpí aferrándome más a sus manos—Pero no lo voy a consentir. Necesitas afrontar las cosas, hablarlas y desahogarte. Necesitas armarte de valor y sentarte con Robert a hablar de vuestra situación, a hablarlo con el corazón. Tenéis un futuro precioso por delante, sois una pareja… Encantadora.

—¿Te cae bien Robert?—me interrumpió recuperando la media sonrisa.

—Bueno, no comparto sus pensamientos en algunos aspectos, pero te vuelvo a repetir que si él te va a hacer feliz, para mí será el mejor. Y por cómo te mira sé que te quiere, y por como hablas de él… Sé que tú le quieres. Tal vez el destino nos haya vuelto a unir para que te pueda echar una mano en esa… crisis de pareja, como tú lo llamas. Piénsalo, aún no sabemos por qué hemos vuelto a encontrarnos…

—Curioso—musitó bajando de nuevo la mirada para centrarse en nuestras manos. Manos que seguían unidas sin que a ninguna de las dos nos importase en absoluto.—Manejas el destino a tu antojo.

—¿Qué?

—Lo que acabas de hacer. Cuando se trata de nosotras, de creer que el destino nos une por algo que solo nos incumbe a nosotras, lo relacionas con la casualidad… Lo ignoras o lo omites como si no tuviese importancia. Hace unos años estabas convencida de que era el destino quien nos unía. Ahora, solo piensas en ese destino cuando se trata de ayudarnos con algún problema. Ahí ya no entra la casualidad. Ahí solo es el destino y no rehúsas de él. Es un poco…

—¿Qué pretendes que haga?—solté sin pensar y su rostro se desfiguró por completo, pero su mirada permaneció impasible, esperando que continuase con mi réplica. Algo para lo que yo ni estaba preparada, ni quería tener que explicar.

Era lógico, y supuse que a pesar de que lo esperase, había entendido perfectamente mi actitud y mi respuesta a su conclusión.

¿Qué pretendía que hiciera? ¿Qué asociara al destino, a los astros o al mismísimo hilo rojo de su tan fantástica leyenda el que nos hubiéramos vuelto a encontrar? ¿Por qué motivo iba a suceder eso si no era por ayudarnos en algún paso importante de nuestras vidas, como hicimos en los anteriores encuentros? Si permitía que la mente, que la ensoñación y las ilusiones fluyesen sin más, terminaría metiéndome en un lío de mil demonios, y eso ella lo debía saber con certeza. Si quería que le confesara que tal vez éramos almas gemelas o que estábamos destinadas a estar juntas más allá de una bonita amistad, no lo iba a lograr. Porque me negaba a pensarlo, porque me negaba a creer que el momento más importante de mi vida como fue darle el sí quiero a mi marido, hubiese sido solo un error más. Algo sin importancia para el destino, los astros o quien manejara los hilos de las almas gemelas.

Había algo entre nosotras, de eso no cabía duda, había algo más que una simple amistad y era plenamente consciente de ello. Había conexión, había complicidad y sabía que era mutuo. No lo escondía, no huía de ello ni lo ignoraba, y estaba convencida de que en otras circunstancias, habría dejado que lo que tuviese que suceder, sucediese. Pero eso no significaba que mi vida fuese un error hasta que ella volvió a aparecer. Quería a Jesse, por eso estaba con él y por eso quería seguir estando a su lado. Era mi marido, mi amante, mi confidente, mi amigo… Estaba enamorada de él, y lo que yo sentía por ella era completamente diferente. Especial, sí. A pesar de seguir sintiéndonos como completas desconocidas, sentía que la quería, y quería ayudarla para verla feliz, aunque para ello tuviese que aceptar al orgulloso de su novio, o permitir que cualquier chica, como Margot, se hiciera ilusiones con ella. Solo quería verla feliz, verla sonreír y a ser posible, que me permitiera compartirlo con ella. Y para lograrlo tenía que ser firme, tenía que ser sensata y sobre todo, saber diferenciar entre la fantasía y la realidad.

— Eso mismo me pregunto yo—susurró segundos antes de dejar escapar un imperceptible suspiro que terminó por interrumpirnos, y dejarnos a la deriva de un silencio prácticamente sepulcral.

Tres, cuatro, cinco, o tal vez diez, once o quince. Juro que perdí por completo la noción del tiempo mientras duró ese instante y me perdí en sus ojos. Supuse que ella esperaba que continuase, que le diese mi réplica de alguna manera porque tampoco dijo absolutamente nada mientras me miraba. Pero yo no dije absolutamente nada y guardé silencio por pura inercia, porque algo me atrapó y me paralizó justo ahí, sin percibir que hubiese nada más a nuestro alrededor, como si rondase por el dichoso horizonte de sucesos de un agujero negro que cada vez me atraía con más y más intensidad. Y fue el paso de esos valiosísimos segundos lo que la hizo reaccionar. A ella, no a mí.

—En fin… Supongo que lo mejor es que vuelva a mi trabajo. Distraer la mente es la mejor de las opciones para mí en éste instante, y tengo un par de romanos con bastantes detalles en sus armaduras que me ayudaran a lograrlo.—Añadió desprendiéndose con delicadeza de mis manos, y dispuesta a abandonar su asiento ante mi atónita mirada. –Gracias por escucharme, Rachel—dijo dibujando esa sonrisa tímida que lejos de alegrarme, me terminaba por preocupar más si cabía.

—No, no he acabado aún—balbuceé al ver como realmente pretendía marcharse sin más. –No te he pedido que vengas para amargarte la mañana con mi intensidad.

—No me has amargado nada, Rachel… Ya te lo he dicho, te agradezco que me escuches y…

—Quiero invitarte a cenar —solté sin más y la confusión volvió a su rostro—Quedamos en que cenaríamos juntas, que yo te invitaría y que tú me mostrarías eso tan importante que querías mostrarme, ¿Recuerdas?

—Sí, claro que lo recuerdo, pero no tiene que ser ya porque me encuentre mal y necesite…

—No me puedes poner excusas. Llevo todo el fin de semana pensando en el día perfecto para cenar contigo, y el viernes vuelvo a viajar. Así que no me puedes poner excusas.

—Está bien, dime cuándo y dónde y…

—¿Mañana? ¿Te viene bien?

—Mañana… Supongo que sí. ¿Dónde?

—Eso es cosa mía. Tú solo preocúpate de estar libre a las 8. Pasaré a recogerte, ¿De acuerdo?

—Está bien, estaré lista a esa hora.

—Bien…

—Bien—repitió ella con apenas un susurro segundos antes de verla como se alejaba de mí en dirección a la puerta, con algo de dudas en sus gestos, como si no estuviese segura del todo o hubiese algo más que quisiera decirme. –Será mejor que regrese, ¿Me das tu permiso, jefa?—añadió con una leve complicidad dibujando su tímida sonrisa. Y fue curioso, porque estaba convencida de que todo era forzado, que aquel intento por parecer tranquila tratando de bromear no era más que una máscara para intentar camuflar su malestar. Porque estaba mal, porque se sentía mal y yo misma, estúpida de mí, había ayudado a que ese malestar fuese más notorio.

Tal vez tenía razón al decirme que mantener la mente entretenida era la mejor opción dadas las circunstancias, y quizás por eso mis mensajes hablándole de cómo estaba sobrellevando el cumpleaños de mi madre le ayudó a distraerse, y no pensar demasiado en lo que tanto daño le estaba haciendo. Intentar convertirme en su asesora sentimental fue probablemente la mayor estupidez que había cometido para intentar ayudarla, y sabía que insistirle no haría más que empeorar la situación. Frida hablaba del amor, pero ese amor también podía equipararse a la amistad, y tal vez Quinn merecía a alguien que la ayudase a salir de ese alud de pensamientos negativos que merodeaban por su mente. Yo podría asumir ese rol perfectamente, y después de ver como mis consejos no iban a hacerle bien, decidí llevarlo a cabo sin más.

—Esos romanos necesitan compañía—le dije aceptando su petición y procurando no perder el tono de humor que ella había asumido a pesar de la situación. Quinn me sonrió de nuevo y abandonó el despacho sin volver a mencionar palabra alguna. Algo que yo sufrí, por supuesto, pero que acepté sin buscar excusa alguna para no complicar más la escena, ni perjudicarla a ella. Y menos mal que lo hice.

Si hubiese vuelto a hablar, si hubiese abierto la boca para retenerla un par de segundos más, la habría obligado a presenciar una escena que no tendría por qué ver ni soportar, aunque supuse que pudo intuir por la rapidez con la que se produjo.

Por lo visto, aquel lunes 29 de Junio era el día oficial del mal humor y el malestar en quienes me importaban. Quinn apenas había cerrado la puerta tras ella cuando volvió a abrirse un vendaval llamado Jesse St. James se colaba en el interior del despacho asustándome con su reacción, o mejor dicho con el portazo que él mismo propició tras colarse. Estaba pálido, con los ojos como platos y rebufando como si de un toro se tratase.

—Hey… ¿Qué sucede?—le pregunté abandonando de nuevo su escritorio para acercarme, pero él me esquivo y ocupó su sillón sin siquiera mirarme.—Jesse… ¿Qué ocurre?

—¿Qué haces aquí? ¿No tendrías que estar trabajando?

—He… He venido a… ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás así? ¿No estabas en una reunión?

—¡Eso es lo que me pasa! El jodido representante de la Comic Usa no va a venir a Denver, no voy a poder reunirme con él… Y me lo dice precisamente hoy la estúpida secretaria que tiene.

—¿Es eso?

—¿Te parece poco? ¿Te tengo que recordar lo que supone firmar un contrato con ellos?

—No, lógicamente sé que es importante, pero no creo tener nada que ver para que me trates mal.—Le recriminé plantándome frente a él.

—Dios…—bufó lamentándose mientras se dejaba caer en el sillón y se reclinaba hasta casi quedar por completo en horizontal—Es una puta mierda, Rachel…

Hey… Vamos, cielo… Solo es trabajo, no te sientas mal. Saldrán miles de oportunidades, y seguro que habrá mejores que esa—le dije tratando de calmarlo, acercándome a él como si mi presencia fuese suficiente para lograrlo.

Lo siento… Lo siento, cielo. Siento haberte hablado mal.

Vamos, solo es trabajo…

Lo sé, pero estaba entusiasmado con ese contrato, era la mejor oportunidad del año… ¿Sabes la de puertas que me habría abierto? Muchísimas, además de que me iba a permitir poder contratar a más gente. Todo el proyecto se hunde por 500 kilómetros de mierda.

—¿Ese es el problema?—le pregunté buscando asiento sobre sus rodillas. —¿La distancia?

—Sí, ese es el jodido problema. No puede viajar y se queda en Nueva York.

—¿Y? Si él no puede venir, puedes ir tú, ¿No?—dije y su cuerpo recuperó la verticalidad en el asiento para mirarme cara a cara.—Has viajado muchas veces, no veo por qué no puedas hacerlo ahora. ¿Por qué dices que es un problema? ¿No te recibiría?

—Sí, si me recibiría.

—¿Entonces? ¿Qué sucede? ¿Por qué no puedes ir a verlo tú?—Le insistí y ni siquiera tuvo que responderme. Me bastó ver su cara, mirar sus ojos y sentir el suspiro pesado que dejó escapar desde su pecho, para saber la respuesta. Una respuesta que no era la peor de todas, por supuesto, pero que volvió a acabar con mi ilusión de poder disfrutar una vez más de lo que más me gustaba. Un año más.

—No voy a ir, Rachel.

—Pero…

—No, ni se te ocurra insistir. Somos un equipo, ¿Recuerdas?

—Por eso mismo, somos un equipo y tenemos que valorar lo que es importante.

Tú. Tú eres todo para mí. El enfado se me va a pasar en un par de horas, o tal vez en un par de días, pero fallarte a ti no me lo perdonaría nunca. Ni siquiera me lo planteo.

—Jesse…

—El 4 de Julio tú y yo estaremos viendo los fuegos artificiales en Salt Lake City—sentenció abrazándome, hundiendo su rostro en mi pecho y obligándome a mí a abrazarlo, aceptando su sus palabras sin poder replicarle de manera alguna. Pero no lo hice porque no tuviera respuestas, de hecho y a pesar de la contundencia de sus palabras, no iba a permitir que desechase la única opción que parecía tener para firmar ese contrato tan importante para la editorial. Si no dije nada en ese instante fue porque mi mente se nubló por completo en el mismo instante en el que mis ojos vagaron por la ventana que tenía frente a mí, y descubría su cara a través de las rendijas de la persiana. Su mirada triste, la misma que descubrí el día que la conocí en el estudio de tatuaje. La misma mirada apenada que mostraba en la puerta del Cazador o en la fiesta de cumpleaños de Jesse. Quinn me estaba mirando, corrijo, nos estaba mirando a través de aquella pequeña abertura que yo misma había dejado para observarla a ella, y sentí como como todo mi cuerpo se congelaba, mientras que irónicamente, mi corazón palpitaba con la fuerza de mil martillos.