Capítulo 21
—Entonces, ¿lo de marearse es cosa de familia? ¿También usted se marea?
Lord White levantó las cejas al oír la pregunta de Stear, pero sólo se encogió de hombros.
—No lo sé. Nunca he subido a un barco. Ya lo veremos cuando llegue el momento.
Albert sonrió y sacudió la cabeza cuando su senescal suspiró al escuchar esta respuesta. Seguramente el guerrero no quería cuidar al hombre mientras Albert hacía lo propio con Candy. El recuerdo del viaje anterior fue suficiente para borrar el regocijo de su rostro y preocuparlo de nuevo. Él quería regresar a Escocia a caballo para ahorrarle a su esposa las tribulaciones propias del regreso en barco, pero ella había insistido en viajar por ese medio pues el trayecto era mucho más corto por mar.
—Si es más corto, seguramente será más fácil para el pobre Anthony, que aún está convaleciente —había concluido—. Además, creo que ya me he acostumbrado al movimiento del barco —le había asegurado ingenuamente—. Me las arreglaré muy bien en el viaje.
Albert terminó cediendo a su deseo de viajar en barco; al igual que a sus otros deseos, pensó malhumorado, mientras recordaba el día que la había rescatado del palacete de Morrissey.
Candy se había dirigido a regañadientes hacia el castillo, como si marchara hacia el verdugo, cuando la convencieron entre todos para que hablara con Anthony. Y dos minutos después, estaba llorando y abrazando a su arrepentido hermano, y asegurándole que le perdonaba todo. Y como era de esperarse, su acuciante deseo de regresar a casa se desvaneció de inmediato.
—No, Albert, quisiera quedarme a cuidar a Anthony. Aún se está recuperando —le dijo—. Me parece que puedes pasar unos días en casa de tu cuñado. Todo el mundo visita a la familia.
La «corta visita» se había extendido a dos semanas. Durante ese tiempo, Candy buscó un nuevo senescal para su hermano, despidió a todos los hombres de Eliza y dejó las cosas en orden en su antiguo hogar. También logró convencer a Anthony para que visitara Escocia y regresara con ella.
—Pony se alegrará de verte recuperado; lo pasaremos bien, ya verás. Jugaremos al ajedrez junto a la chimenea por las noches.
Albert imitó mentalmente las palabras que le había dicho a su hermano y respiró hondo al comprender, avergonzado, que, entre otras cosas, se sentía celoso de la atención que su esposa le prestaba a Anthony. Era lamentable, y ésa era la verdad, concluyó malhumorado, pero no podía evitarlo. Sus sentimientos hacia ella eran tan fuertes y posesivos que le dolía que no fueran correspondidos. Era una tortura verla dar tan fácilmente a otros el afecto por el que él desfallecía.
Suspiró y miró a su esposa. Cuando partieron del castillo, cabalgaba entre él y Anthony, pero ahora se había rezagado un poco. Albert se dio cuenta de que iba muy pensativa, así que aminoró la marcha de su caballo y la esperó.
—¿Qué te tiene tan pensativa, esposa?
Candy le sonrió suavemente.
—Sólo pensaba, mi señor.
— ¿En qué?
—En ti.
Albert la miró con curiosidad, desconcertado por su franca respuesta.
—¿Y qué pensabas exactamente de mí, esposa?
Candy se encogió de hombros.
—Recordaba cómo me cuidaste cuando estuve enferma... Primero con la herida, y luego en el barco.
—Sí, bueno... —Se removió en la silla algo incómodo—. Necesitabas cuidados.
—Sí —murmuró Candy—. También pensaba en cómo me prometiste que te ocuparías de MacGregor antes de que regresáramos a casa, y lo hiciste. Ahora puedo ir a la playa con Aelfread.
Albert hizo una mueca de disgusto al oír sus palabras, pues su idea de ocuparse del hombre y la forma en que se habían desarrollado finalmente los acontecimientos era algo que aún no había logrado asimilar del todo. Así que sólo atinó a decir:
—En cierto modo, me temo que tendrás problemas para que Tom esté de acuerdo contigo.
Candy ignoró la insinuación y añadió:
—También me dijiste que tú me rescatarías si me raptaban, y lo hiciste.
—Sí, bueno, si mal no recuerdo, dije que si hubieras permitido que te raptaran, entonces yo te habría salvado, o alguna tontería semejante —le recordó con cierta turbación.
—Y lo hiciste —repitió Candy—. Quiero decir, me salvaste.
Albert recordó la noche en que su estúpido orgullo lo había obligado a decirle eso, pero se quedó sin habla al escuchar las palabras que ella pronunció.
—Te amo. —Apenas dijo esto espoleó su caballo para ir al galope y se puso a correr por el sendero, adelantando a los otros hombres.
Albert la miró un instante, sorprendido; clavó las espuelas en los flancos del caballo y salió tras ella. Le dio alcance, se inclinó a un lado, la agarró por la cintura y la sentó en su silla.
—¿Qué has dicho? —le preguntó deteniéndose.
—Ya me has oído —susurró Candy, recostándose cómodamente contra su pecho.
—Dilo otra vez.
—Te amo.
—Santo cielo —Albert respiró agitado—. Nunca pensé escuchar palabras tan dulces. Dilo de nuevo.
—Más bien te lo demostraré —susurró tímidamente y él recobró el aliento. Bajó sus labios para atrapar los suyos en un apasionado beso que les hizo olvidarse de los hombres, que ya les habían dado alcance y frenaban sus animales, sonriendo abiertamente al presenciar la íntima escena. Bueno... La mayoría de ellos sonreían; Anthony sentía menos regocijo.
—Ejem.
Como Candy y Albert no le prestaron atención, lo intentó de nuevo... sólo que un poco más fuerte.
—¡Ejem!
—Vete, Anthony —murmuró Candy mientras Albert besaba el contorno de su oreja.
—¡Por el amor de Dios, hermana! ¡Compórtate con decoro! ¡Estamos en medio del bosque a la vista de todos!
—¿Como aquel día en que Eliza y tú jugueteabais junto al río?—insinuó ella, recordándole aquel día, poco antes del ataque, cuando él y Eliza se habían escapado para hacer el amor en un claro del bosque, a la orilla del río. Candy se sentía intranquila ese día y decidió dar un paseo por el sendero del bosque. Y así fue como los vio.
—¿Nos viste? —El horror en su voz era evidente.
—Sí: en el bosque y a la vista de todos.
Él escupió al oír eso y los hombres soltaron risitas. Candy guardó silencio de inmediato. Cegada por la pasión, no se había dado cuenta de que los hombres los habían alcanzado; una cosa era que su hermano los sorprendiera en esos menesteres y otra muy distinta que sus hombres los vieran. Empujó a su marido y le dijo con el rostro encendido:
—Por favor, esposo. Es impropio que nos comportemos así en campo abierto.
Albert parpadeó al ver su rostro abochornado y luego miró a los hombres que los rodeaban. Entonces, se bajó del caballo y la tomó en sus brazos.
—Acamparemos aquí esta noche.
—¿Aquí? —Stear echó un vistazo alrededor del inhospitalario entorno con ciertas reservas.
Albert asintió con firmeza.
—Sí. Aquí. Ocúpate de ello.
—Pero si sólo es mediodía —protestó Archie—. Tenemos muchas horas de viaje por delante.
—Eso compensa la falta de descanso en el viaje anterior —le explicó Albert mientras llevaba a Candy a un lado del camino y se internaba en el bosque—. Además, no debemos agotar al hermano de Candy. Aún no se ha recuperado por completo.
Anthony se irguió en la silla, molesto por la insinuación de que no estaba al mismo nivel de los demás jinetes.
—¡Al diablo con lo que dices! ¡Puedo cabalgar el resto del día y hasta bien entrada la noche!
—También yo, pero no en la silla —murmuró Albert en voz baja y Candy lo miró boquiabierta.
—¡Esposo!
—No me ha oído —se defendió Albert.
Ella se relajó un poco en sus brazos al comprender la verdad que había en sus palabras, pero instantes después pareció preocuparse. Albert contuvo el aliento tras comprender el motivo de su inquietud.
—Tal vez no debamos dejarlo solo.
—No está solo, esposa. Mis hombres están con él.
—Sí, pero aún sufre por la traición de Eliza.
—Un sufrimiento que bien se merece por haberse casado con semejante víbora — respondió sin ninguna muestra de simpatía—. Debió utilizar la cabeza para elegir una esposa, y no lo que tiene entre las piernas.
—¿Igual que hiciste tú? —insinuó Candy con picardía, y Albert la miró mientras ella añadía—: Ni siquiera sabías qué clase de esposa habías conseguido cuando atacaste nuestro grupo. Según recuerdo, sólo querías vengarte cuando me tomaste como si fuera un trofeo y te casaste conmigo sin que yo me diera ni cuenta.
—Sí. Y de haber sabido cuan dulce sería esa venganza, habría venido antes a buscarte —dijo con una sonrisa maliciosa, pero luego añadió con seriedad—: Además, yo no te entregué mi corazón por tu bella apariencia ni por tu cuerpo sensual. Te entregué mi corazón sólo cuando supe que eras digna de él.
—Oh, Albert —susurró Candy, mientras el amor se le desbordaba por los ojos—. Ésas son las palabras más dulces que he oído en mi vida.
Albert sonrió abiertamente y le dio un beso rápido antes de seguir hacia delante.
—Tengo muchas más para decirte, esposa. Y te las susurraré todas y cada una de ellas contra tu cuerpo desnudo tan pronto como encuentre un lugar confortable para hacerlo.
—¿Es una promesa, esposo? —susurró Candy, pasando un dedo por el borde de su oreja—. Siempre has cumplido las promesas que me has hecho.
—Claro. Además, últimamente me ha estado persiguiendo una extraña visión...
—¿Una visión? —Candy arqueó las cejas y en ese instante recordó aquella vez que él la había amado en la playa y había hecho realidad un par de visiones que ella recordaba estremecida. Le susurró con voz ronca—: Me encantan tus visiones, esposo mío. Apresúrate, te lo ruego, y encuentra un lugar «confortable» donde hacerlas realidad.
Meses despues, castillos clan Ardley.
— Yo te bautizo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén.
El padre Martin derramó el agua sobre la cabeza del la recién nacida y sonrió cuando su llanto retumbó por toda la capilla.
Tendiéndosela a su tio Anthony, el padre Martin dio un paso atrás para retirarse y permitirles un momento de intimidad.
—Es una niña muy hermosa —dijo Anthony mientras se giraba para entregarle la bebe a su hermana.
—Sí, hermano. Tiene los ojos y la terquedad de su padre.
Candy secó la cabeza de María con una sonrisa picara y la acunó para que se durmiera.
Albert le sugirió que se la dejara a Paulina pero ella se negó.
Durante los últimos meses habían hablado mucho de su madre y les pareció adecuado bautizar con su nombre a su primer hija,
Anthony habia encerrado a Eliza en un convento y ella tras la muerte de su amante Tommy MacGregor enloquecio, quitandose la vida lanzandose al vacio de la torre de la abadia.
—Críala bien Albert, esperemos que no te de dolores de cabeza, como lo hizo Candy con nuestros padres cuando era una cria.
—Así lo haré, cuñado y rezo para que sea igual de valiente y terca como lo es su madre.
— Si ha heredado la rebeldia de su madre …
—¡Que el Señor nos proteja! —En coro los guerreros Ardley gritaron y despues no aguantaron una risitada.
Candy depositó a la bebé en los brazos de Paulina, que la recibió encantada, se le estremeció el corazón, lleno a rebosar de amor por el hombre que ya le había dado tanto, habían recorrido un largo camino juntos. Irónicamente reunidos por una venganza, miró la felicidad en los rostros de su clan, el orgulloso rostro de su hermano, la radiante sonrisa de su esposo y la angelical carita de su preciosa hija, María y sintió que el amor había ganado. La felicidad era, sin duda, la mejor venganza de todas.
FIN
Bueno ya pasó pero igual ,Feliz navidad jajaja he estado muy atareada estos días de fiesta, por fin aqui el ultimo capitulo, esta novela no tiene epilogo asi que tuve que inventarle lo que paso con Eliza y el bautizo de la bebe.. espero les guste.
Que este 2020 les traiga hermosas sopresas y que nunca les falten sueños por el que luchar, proyectos que realizar, algo que aprender, un lugar a donde ir, y alguien a quien querer... Mi felicitación de año nuevo para ustedes.
Feliz año nuevo, muchas bendiciones para este 2020.
Aby
