Capítulo 20
¡Candy estaba rota de la pena! Su corazón se había partido en miles de pedazos que quedaban desperdigados a lo largo del camino a medida que cabalgaba al encuentro de su padre.
Cuando había visto la espada de Albert atravesarlo con impunidad, había vomitado en la fría piedra. No podía permitir que su muerte quedase exenta de castigo. Ya casi había llegado, ya casi podía soltar el veneno que había acudido a su boca causándole un dolor físico.
Desmontó de un salto del caballo que había cogido en su ciega ofuscación, corrió hasta donde estaba Robert caído con el rostro bañado en lágrimas. Solo tenía una letanía en su corazón:
«¡Mátalo! ¡Mátalo!».
Cuando vio la fea herida de la que manaba la sangre amada, olvidó toda prudencia aprendida en sus años de entrenamiento como heredera de Verdial. Asió la espada de su padre, y con un alarido de odio, descargó el primer golpe por sorpresa sobre Albert, buscando con el filo su vida. Solamente los años de experiencia y duro entrenamiento le hicieron levantar a Albert el brazo y repeler el golpe. Candy estaba ida, frenética de sangre. Agarró la pesada espada con ambas manos y comenzó a dar golpes furiosos. Él solo se limitaba a pararlos. Tanto Ricardo como Alfonso se quedaron estupefactos ante el odio asesino de los ojos de ella. Las espadas soltaban chispas con los golpes pero ella no cesaba en su empeño. Candy era consciente de que malgastaba esfuerzos pues él se negaba a devolverle los embates; solo la miraba con remordimiento y sorpresa, pero sin hacer el menor esfuerzo salvo defenderse de sus ataques.
—¡Luchad, cobarde! ¡Defendeos!
Albert no le respondía y Candy seguía golpeando con furia una y otra vez. Tras varios minutos de intensa refriega por parte de ella, Candy sentía los brazos muertos debido al esfuerzo, pero estaba ciega a todo lo demás. ¡Aunque desfalleciese iba a matarlo!
Albert dio un traspié inoportuno que le hizo hincar la rodilla en tierra, y Candy aprovechó la ventaja que la posición de él le brindaba: golpeaba por encima de la cabeza de Albert intentado llegar a su cuello. Él seguía recibiendo los golpes sin devolverlos. Sus ojos celestes la miraban con un profundo arrepentimiento, que la hizo decidirse todavía más en su ataque. Estaba en clara desventaja debido a la falda de su vestido, pero la rabia era tanta que la hacía ser osada en demasía.
Todos los consejos que Quintín le había inculcado durante años habían acudido a la cabeza de Candy para centrarla: «No permitas que la espada de tu enemigo alcance la distancia necesaria para golpearte», «Cubre tu espacio y no le des la oportunidad de desequilibrarte con ninguna parte de su cuerpo», «Tienes la agilidad que un hombre, el doble de tu tamaño, no posee». Los consejos de Quintín acudían en tropel y ella los seguía a rajatabla. El tamaño no importaba, sino la sed de venganza, y ella tenía mucha sed; demasiada.
Albert bajó la guardia un instante para aumentar la distancia entre ambos pero ella aprovechó para darle un tajo en el costado.
Albert no se lo esperaba, la herida resultó profunda y seria.
Albert sabía que ella no era rival para él, aunque la destreza con la que lo golpeaba lo tenía asombrado. Sentía calambres en el brazo debido al esfuerzo de parar los golpes. Candy atacaba dando largos pasos que la desequilibraban, él los detenía cada vez con más esfuerzo. Sabía que ella buscaba su vida, que ansiaba matarlo, y Albert sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El odio la consumía y él se lo esperaba. Aún no estaba recuperado de la sorpresa que había recibido al verla venir en ese galope temerario hacia su padre, asir la pesada espada y golpearlo a traición buscando su cuello.
Candy defendía a su padre Robert.
Pero no era contrincante para un hombre de guerra como él; contaba con la ventaja de que se agotaría pronto pero, mientras tanto, las diversas emociones que sentía por ella lo debilitaban.
¡La amaba y la había engañado!
Albert logró con dos zancadas poner distancia entre ella y su espada hambrienta; Candy tendría que correr para salvarla. Lo miró un instante intentado coger resuello para continuar el ataque. Ricardo aprovechó la pausa de ella para acercarse de forma sigilosa, tratando de desarmarla. Candy no lo vio pero lo presintió: en un acto reflejo, se volvió y dirigió la espada al cuello de Ricardo que abrió los ojos con absoluta perplejidad. El acero en la mano de ella temblaba tanto que Ricardo temió que lo hiriera de gravedad. Alfonso lanzó un juramento y dio un paso hacia ella, pero la punta de la espada buscaba justicia y le conminó a que se mantuviese quieto. Candy regresó sus ojos llenos de furia hacia el rostro del inglés.
—Debería mataros por permitir a mi padre luchar con ese engendro del demonio.
Ricardo le sostuvo la mirada con cierta vacilación. La muchacha estaba tan alterada que podría perfectamente cercenarle el cuello.
Ella se acercó todavía más, jadeaba por el esfuerzo realizado.
—¡Mi padre no era contendiente para él! ¡Era un hombre bueno!—se tragó un sollozo lastimero, pero seguía apuntando con la punta de su espada la garganta del monarca inglés.
—¡Doña Gracia! ¡Rendid vuestra espada de inmediato! —Candy seguía respirando trabajosamente, y sin quitarle la vista encima al inglés. La orden de Alfonso le traía sin cuidado, así tuviese que pasar el resto de su vida remando en galeras.
—¡Dígale que luche conmigo! ¡Que luche a muerte!
Ricardo negó con la cabeza aunque la súplica logró enternecerlo. Era impensable que un guerrero luchase con una mujer. A Candy se le llenaron los ojos de lágrimas porque no podría matarlo con el honor que requería la sangre derramada de su padre.
Albert la había vencido.
Ricardo escudriñó a la joven de forma minuciosa, se perdió durante un instante en el verdor de sus ojos, ojos bellísimos. Su coraje lo tenía abrumado. Estaba acalorada, el rostro sudoroso y, aun así, le pareció la muchacha más hermosa que había contemplado nunca.
—El laird Ardley aceptará su proclama de cobro y no ofrecerá más lucha.
Ricardo miró a Albert, éste asintió con su cabeza aceptando que estaba derrotado. Candy contempló a su padre caído en el frío suelo y toda la rabia contenida salió a borbotones por su garganta.
—Quiero al laird prisionero de Castilla. Reclamo su vida a perpetuidad —Ricardo asintió solemne—. Que Waterfallcastle sea derruido hasta la última piedra —Albert lanzó un gemido y Candy lo miró con odio negro—. Esa es mi proclama de cobro.
—Tu rey debe decidir eso.
Candy volvió sus ojos hacia la voz de Alfonso, su padrino, y le sonrió amargamente.
—Robert no está muerto, pequeña —Candy dejó caer los hombros derrotados porque había supuesto... Albert no... ya no importaba.
Cuando contempló a cuatro caballeros castellanos descender por la colina para recoger a su padre sintió un profundo alivio. La abrumó la pena, la ira y la felicidad. Ricardo la desarmó, y en un acto inesperado, le rodeó los hombros para ofrecerle consuelo.
Candy se dejó abrazar porque lo necesitaba. Se encontraba dividida en sus sentimientos.
—Queda todavía las pretensiones de Guillermo. ¿Qué deseáis para él?
Ella meditó solo un segundo.
—Considero que mi deuda ha sido saldada. Castilla tiene intereses urgentes que atender, no puede perder más tiempo aquí.
Ricardo la escudriñó minuciosamente.
—A pesar de vuestra juventud, poseéis una madurez extraordinaria.
Candy observó a Ricardo, que le sonreía de forma sincera. Miró sus ojos, de la misma tonalidad que ella.
—A mí me ocurrió lo mismo cuando os contemplé.
Candy le ofreció un amago de sonrisa; había conseguido, con sus palabras, deshacer el nudo que tenía en la garganta y que se negaba a bajar por más que lo empujaba.
Dos de los cuatro castellanos habían prendido a Albert y se lo llevaban preso. Candy pudo al fin respirar con alivio: se había hecho justicia, pero a qué precio.
—Idos con vuestro padre, os necesita.
Candy se soltó de los brazos de Ricardo y se dirigió con paso raudo hacia los hombres que portaban el cuerpo inmóvil de Robert. Antes de llegar junto a él se volvió y miró por última vez a Ricardo.
—¡Gracias!
Alfonso bufó incrédulo.
—Creo, María, que le dais las gracias al monarca equivocado—las palabras de Alfonso hicieron que Candy ampliara su sonrisa todavía más y Ricardo, cuando la contempló, creyó que le había sonreído un ángel.
—¿Mi abuelo?
Alfonso asintió con la cabeza.
—Está recuperándose y os espera en Verdial.
Candy se dio la vuelta y comenzó el peregrinaje hacia su tierra. Su corazón se había quedado en el suelo, junto a la sangre de su padre y que se había bebido la sedienta tierra escocesa.
—Una extraordinaria muchacha —alabó Ricardo cuando ella se hubo alejado lo suficiente; Alfonso asintió con la cabeza—. Tengo un sobrino...
Alfonso no lo dejó terminar.
—¡Ni se te ocurra! O juro que en represalia... —calló.
—Debes buscar un pretendiente que esté a la altura.
—Le prometí a su abuelo que la dejaría elegir a ella.
Ricardo alzó las cejas con sorpresa.
—¿Lo sabe la dama?
Alfonso negó con la cabeza.
—Si cambias de opinión, házmelo saber.
Alfonso soltó una carcajada.
—¿No tienes suficiente con un pie en Castilla que necesitas poner otro?
Ricardo no se molestó. Su hermana Leonor estaba profundamente enamorada de Alfonso y muy feliz, hecho que lo complacía sobremanera.
—Mi hermana Leonor era lo que más te convenía y lo sabes. Debes mostrarme gratitud de por vida.
—¿Hemos perdido ya suficiente tiempo?
Ricardo asintió.
—¡Guillermo! ¿Tendré que esperar hasta la noche? —el atronador grito del rey inglés hizo estremecer los muros de Waterfallcastle.
CONTINUARA
POBRE DE MI RUBIO...
