_ Desde la era mitológica, los más grandes guerreros usaban su destreza, velocidad y fuerza en el arte de la batalla manejando armas; desde el combate cuerpo a cuerpo hasta el ataque estratégico en diferentes ámbitos. Es así como las guerras, no sólo constataban del denuedo de sus participantes, sino de la pericia del líder que manejaba las masas. Aquellos equipamientos eran necesarios para la victoria, aunque ahora no lo fuesen, son una tradición y valorizan el poder de sus portadores. ¿Cómo ustedes, caballeros de Atenea, no osan conocer de estas?
_ ¡Te equivocas!, ¡Atenea no acepta las armas debido a que usarlas no es más que al cabo de la fuerza bruta, sin considerar el espíritu de sus corazones!
_ ¿¡Eso quieres creer!? ¿Verdad? ¿Puedes demostrarlo? - Lo miró retadoramente.
_ Juzgamos que ustedes se harían una idea equivocada de nuestros poderes. – rio Kiki. – Por eso su invasión a las doce casas no es más que un reto de orgullo. Nos hemos preparado… con nada más y nada menos que aquello que osan presumir.
_ ¿Qué dices?
_ La armadura de libra se divide en 12 armas: las dagas, las espadas, las égidas, las lanzas, los tekko y las kopis. Dos de cada una. Alec… Así que he de encararte al modo que propones.
_ ¿Y se puede saber cuál portas, caballero de Aries?
_ La égida.
_ Una égida contra un mandoble, algo osado… ¿Realmente crees que pueda tu defensa de oro detener mi mortal filo de fuego?
_ ¡Habrá de verlo!
Aquel tipo de escudo brotó del aire, con el dibujo del logo de la armada ateniense: el casco sagrado. Pero no era solamente un pedazo de oro con resistencia; con su telequinesis, Kiarad le llegó a una confrontación directa hacia Alec.
_ ¡FILO DE FUEGO!
_ ¡ÉGIDA!
La energía ardiente golpeó fuertemente aquella parte de la armadura de libra, pero no logró derretirla.
_ ¿¡Cómo!?... Se supone que el oro no resistiría tal presión de calor…
_ ¿Has olvidado esto?, ¡Son indesahuciables porque son hechas por tu mismo Dios! Sólo el fuego divino es capaz de causar que se derritan.
_ Ya veo, te he subestimado.
De su espalda, el adolescente de cabellera negra sacó un mandoble y lo sujetó con ambas manos.
_ Pelea cuerpo a cuerpo, como eran las normas de la antigua Grecia, ser de otro mundo.
_ Te demostraré que la constancia y el arte de batalla no sólo es fuerza y destreza, sino tu alma de guerrero encendiéndose desde lo más profundo de tu corazón.
_ Atenea, acaban de pasar la casa de Libra.
_ Caballera Marín, ¿todo está según lo planeado?
_ Sí, mi Diosa. Estamos todos en nuestras posiciones.
_ ¿Él está aquí?
_ ¡ESTOCADA DEL DIOS!
_ ¡ÉGIDA! – el escudo dorado recibió una fractura. - ¡Ah!
Kiarad cogió su hombro, no podía sanar su herida.
_ Sé que de los doce caballeros dorados, el de Aries es el encargado de reparar las armaduras, mas su velocidad no es instantánea como la nuestra, quienes somos descendientes de la herrería. Así que destruiré cada parte de tu armadura antes de aniquilarte.
_ Tu… tu velocidad va más allá de la luz pero… pero puedo superarla…
_ ¿Qué dices?
_ A pesar de que tu arma… es poderosa por su composición… yo puedo vencerte… porque puedo ser más veloz y prever tus golpes…
_ ¿En tus condiciones?, ¿después de recibirlos?
_ Tuve que… ver cada movimiento para hacerle frente en este momento…
_ Así que te diste cuenta… - se escuchó una voz desde el fondo.
_ ¿Pirito?, ¿qué haces aquí?
Un hombre de contextura gruesa se acercó con mucha tranquilidad hacia ellos, su armadura contenía formas circulares y toscas. Su cabello era rojizo y tenía barba, ojos marrón oscuro.
_ Temo por ti, Alec. Este joven es más eficaz de lo que aparenta.
_ ¡Yo estoy bien, vete a la casa de Tauro!
_ No puedo dejarte. Acabémoslo juntos.
_ ¡No, esta es mi batalla!
_ "Oh no, si se juntan para enfrentarme sí estaré acabado…"
_ ¡Tendré que atacarte si te interpones!
_ No seas infantil. ¡MAZA VESÁNICA! – con su arma fue hacia él y se lanzó desde el cielo a partirle la cabeza.
_ ¡MURO DE CRISTAL! – su defensa fue destruida en segundos. - ¡ÉGIDA!
El escudo dorado de la armadura de libra se partió en dos, el caballero de Aries cerró sus ojos para aceptar su destino; sin embargo, alguien con mucha rapidez lo transportó hacia otro lado y seguro.
_ ¿Quién eres tú?
_ No es adecuado rematar a una persona tan joven entre dos… es un acto cobarde.
Hefesto y sus guerreros corrieron rumbo hacia la casa de Tauro, las escaleras eran muy largas y en forma casi espiralada; a unos metros del horizonte, pudiendo ver la puerta, se encontraron a tres caballeros de bronce: Ushio de Máquina Neumática, Sho de Compás y Daichi de Horno (los que alguna vez fueron caballeros de acero).
_ ¿Y ustedes, qué hacen aquí?
_ ¡No pensamos en quedarnos sin hacer nada! - Gritó Sho.
_ Saben que enfrentarse a guerreros del fuego hace que su muerte sea casi segura. – desafió Helén. – Mejor retírense ahora.
_ ¡No nos importa perecer en batalla! – Proclamó Daichi.
_ Está bien… - suspiró Hefesto. – Hari, sabes qué hacer.
_ Entendido mi señor.
_ ¡Hey esperen! – pasaron los guerreros del fuego sin inmutarse de los jóvenes.
El guerrero Hindú movió sus manos horizontalmente, como si rodeara una energía.
_ ¿¡Qué… qué es eso!?
_ ¡Es como una energía en forma de aro!
_ No pienso manchar mis manos con sangre tan débil e inocente, así que les vuelvo a repetir, retírense.
_ ¡Jamás! – respondió Ushio. - ¡CARRUSEL TÓNICO!
_ ¡USHIO! – gritaron sus compañeros.
El ex caballero de acero se lanzó con una sagaz voltereta a atacar al herrero, pero éste abrió los ojos repentinamente. Tiró el shakram (en forma de dona para no herirlo) hacia el guerrero de bronce. Esto hizo que cayera cuesta abajo empujando a los otros dos con mucha fuerza.
_ No es justo, aunque ustedes sean tres, que yo los batalle, no son tan fuertes y no pienso asesinarlos.
Se volteó calmado y siguió su camino hacia los demás.
_ ¡Tenemos que… tenemos que levantarnos… amigos! – se desmayó Sho.
_ Bienvenidos a la casa de Tauro.
Tres caballeros de plata estaban parados dándole frente a los diez guerreros y el Dios restante:
Judá de Ballena, quien tenía cabello castaño muy corto, ojos verdes, nariz recta – lucía como de unos 25 años.
Diane de Lince, de cabellera rubia ceniza lacia, ojos verdes casi grises, cara larga y blanca.
Tessalia de Cabellera de Berenice, de cabellera negra con ojos casi violetas, de cara redonda y labios muy rojos.
_ Nosotros somos sus anfitriones.
_ ¿Es considerado que tres caballeros de plata alcancen la fortaleza de uno de oro? – preguntó Hefesto.
_ Indudablemente, no tenemos sus propiedades, pero somos dignos oponentes. – respondió Judá.
_ Muy bien, entonces les dejaré un guerrero para entretenerlos, ¿les parece?
_ ¡No pasarán la casa de Tauro! – gritó Tessalia.
_ ¡Aquí queda su osadía! – respondió Diane.
_ Cerción… - habló lentamente Hefesto. – No los mates.
_ ¿¡Matarnos!? – rio el caballero de Lince. - ¡Eso lo veremos!
Se movió con mucha velocidad a través de los guerreros del fuego, llegando a la espalda del Dios para la sorpresa de muchos; pero este, con sus reflejos volteó con su martillo golpeando para atrás. Diane logró esquivarlo.
_ Eres demasiado rápida para ser un caballero de plata.
_ ¡Lince es denominado uno de los animales cazadores más veloces, con 55 km/h, pero yo me muevo a la velocidad de la luz tanto como cualquiera de ustedes!
Ni bien terminó de hablar, todos los guerreros se sintieron atrapados, unos hilos habían sujetado sus brazos y piernas dejándolos inmóviles.
_ ¡Ya que Aldebarán falleció en la guerra santa contra Hades, hoy honraremos su nombre con la sangre de los herreros del fuego aquí presentes! – anunció Diane.
_ ¿¡Qué es esto!? – sonidos sorprendidos salían de algunos de ellos.
_ Son los cabellos de Berenice. – explicó Judá. – Si mueven un solo dedo cortará sus pieles.
_ ¿Así que nos tienen atrapados con un truco como este? – se mofó Aquiles. – Tonterías.
El cuello del último guerrero en hablar empezó a apretarse a tal punto de sangrar.
_ ¿Si te corto las cuerdas vocales? – preguntó Tessalia. – Puedo meter esta energía y también llevarme tu lengua.
_ ¡Ah! – gritó el herrero, pues aquellos cabellos cósmicos entraban por su boca.
_ ¡Suficiente! – entró Hari y con su Shakram (que es como un boomerang asesino) cortó todas los hilos.
_ ¡Eh Hari, fuiste rápido!
_ Sólo los dejé inconscientes.
_ ¿¡Cómo se atreven!? – gritó Aquiles lanzando su sarisa con furia hacia Tessalia, pero fue pateado en el estómago por Judá.
El herrero de cabellera larga y dorada, se volteó rápidamente y con la sarisa, poniéndola al ras de las piernas de los atenienses, giró tumbándolos. Entonces levantó su arma muy decidido…
_ ¡Voy a matarlos!
_ ¡Aquiles! – gritó Hefesto. – No quiero que acabes con los defendidos de mi esposa.
_ ¡Pero mi Dios!
_ Déjale esta tarea a Cerción y sigamos adelante.
_ ¡Yo me enfrentaré a ustedes, Cerción de Kanabo!
Cerción era de piel totalmente negra, calvo y de hombros extremadamente anchos. Sus ojos eran negros, su nariz recta y su mirada potente.
_ Ugh, está bien.
_ Cerción… de Kanabo – se levantó Judá. - ¡No, de aquí no se van a mover!
Pero para sus desesperanzas, los herreros ya se habían marchado.
_ ¡Denme la cara, atenienses! – gritó.
_ Tú no portas ninguna armadura… ¿Cómo puedes presentarte a una batalla así?
_ No importa si tengo alguna defensa o no, lucharé por lo que creo correcto y por aquellos que deseo proteger.
_ Yo… No te conozco… ¿Quién eres, por qué me salvas? – el pelirrojo miró hacia el niño-
_ He venido a saldar mis deudas y a vivir por lo que crea conveniente. ¡Soy Tomás de Ícaro y lucharé por Atenea!
Una Diosa sentada en su trono, con un tablero de Ajedrez en la mesa de adelante.
_ Llegó el caballo, a dar la primera ele.
Dos peones se habían movido y la ficha con forma de animal salió del costado del alfil, para matar al primer peón de su enemigo (el lado negro).
