Recibí muchas peticiones sobre un epilgo para esta historia. Se que me he demorado mucho, pero aquí está. Espero que esté a la altura de lo que esperabais. Es un poco tarde para llamarlo regalo de Navidad, así que diré: Feliz noche de Reyes.
Narcissa Malfoy arreglaba su largo cabello rubio en un bonito recogido, miraba su reflejo en el bonito tocador de madera labrado a mano. Había un montón de cosas en aquella mansión que no la pertenecían. Pero como única señora Malfoy con vida, tenía el deber de proteger, al igual que su hijo cuando terminaran de arreglar toda la herencia.
Snape iría a cenar a la mansión. De nuevo se sentía sola, ya que Draco y Hermione habían decidido empezar su vida en una bonita casa de campo al norte. No estaba lejos, e iban bastante a visitarla, pero no podía evitar sentirse sola en esa fría y gran mansión.
Por eso visitaba con frecuencia el colegio, aun
cuando su hijo ya había terminado sus estudios, no le costó mucho convencer a Minerva de que la dejara entrar y salir…
Flashback
- Quería hablar contigo antes Minerva – dijo Narcissa tomando asiento en la silla frente a la mesa de la directora.
Minerva la miró con curiosidad.
- Me gustaría poder seguir viniendo aquí una vez que Draco haya terminado sus estudios. – dijo Narcissa sin rodeos.
- No entiendo por qué harías eso – dijo Mcgonagall.
- Para ver a Severus. – contestó segura la señora Malfoy - temo que, si dejo de verle, la relación se enfriará.
- ¿Relación? – dijo alarmada Minerva, ¿Cómo no se había enterado de eso?
- Bueno, no es una relación en sí. – explicó Narcissa. – es… es complicado, es Severus. ¿Puedo hablar de mujer a mujer? – la directora asintió – Me estoy volviendo loca, lleva más de un año, quedando conmigo para cenar, para pasear, para ir a comprar… Pero nunca pasa más de ahí. No se si tiene miedo, si no se atreve, o que yo malinterpreté las cosas. Ya estoy mayor para andarme con juegos de adolescentes…
- Severus es un hombre muy correcto, demasiado – explicó – tal vez el paso tengas que darlo tú.
Fin Flasback
La última vez que se vieron, hacía más de una semana, se atrevió a darle un beso en la mejilla. Y el mago oscuro se quedó petrificado durante un minuto. Pero no dijo nada. Así que Narcissa decidió que sería ella quien marcase el ritmo a partir de ahora.
Miró el reloj quedaban quince minutos para que Snape se presentara en la mansión. Así que con magia terminó de maquillarse y ponerse el vestido azul noche que había elegido para la ocasión.
Cuando bajó por las escaleras un elfo estaba atendiendo a un puntual Severus.
La atención de Snape pasó rápidamente del elfo domestico con voz chillona a la impresionante mujer que bajaba las escaleras que daban al absurdamente gran recibidor de la mansión. Llevaba su pelo recogido en un elegante moño, y sus labios, tentadoramente rojos acapararon su atención.
Pero los ojos del mago no se detuvieron ahí, bajaron por su esbelto cuello, y recorrieron las femeninas curvas de la Señora Malfoy, envueltas en un precioso, y seguramente caro, vestido azul noche adornado con delicado encaje italiano. Aquella mujer, que bajaba a su encuentro, era un auténtico regalo para los sentidos.
Narcisa se sentía increíblemente bella cuando los ojos de Severus se deslizaban con deseo por su figura. Nadie la había mirado como él lo hacía, y eso hacía latir fuerte su corazón. Como el de una colegiala.
- Bienvenido Severus, querido. – dijo acercándose a su invitado con los brazos abiertos.
Snape se dejó abrazar algo nervioso, temiendo que su excitación fuera descubierta.
- Gracias por la invitación Narcissa – dijo cortés Snape.
- Todavía queda media hora hasta que se sirva la cena, demos un paseo por los jardines – dijo – hay un rosal que hay que me gustaría visitar.
Snape simplemente asintió y dejó que la mujer le guiase por la mansión, y después por el cuidado jardín. Llegaron al final de empedrado camino que se bifurcaba a lo largo de todo el terreno. Narcisa no dudó ni una sola vez que camino debía tomar. Snape caminó en silencio a su lado.
Narcisa se paró delante de tres hermosos rosales, dos con flores rojas, y otro con flores blancas. Acarició con dulzura una de las rosas blancas.
- Este es el de Draco – explicó ella – me alegré mucho la primera vez que las rosas salieron blancas. Recuerdo que pensé que su corazón seguiría puro a pesar de toda la oscuridad de su alrededor. Parece que en parte así fue. – añadió con una leve sonrisa.
Snape asintió en silencio, si bien había oído sobre aquella tradición de los Black, nunca la había presenciado. Narcisa se paró delante de otro bonito rosal. Esperó a que Snape se colocara a su lado. Y después de tomar aire profundamente, comenzó su discurso.
- Felicidades Lucius, espero que estés pasando un buen viaje en donde quiera que hayas ido a parar. No se muy bien por qué hablo contigo, esta tradición te parecía una estupidez, y ni si quiera me escuchabas cuando estabas vivo. Así que supongo que será breve. Cuidaré de tu legado, y de nuestro hijo hasta el fin de mis días. Adiós Lucius. Gracias por todo.
Narcissa dio media vuelta y deshizo sus pasos hasta la mansión. Snape caminó de nuevo a su lado. Severus rodeó a la mujer en un abrazo antes de entrar a la mansión.
- Él siempre te quiso… a su manera. No dudes de eso. – Snape sabía de sobra que el matrimonio entre los Malfoy era pura conveniencia para mantener la pureza de sangre y la fortuna de ambas familias.
- Tenía una manera muy fría de querer – dijo Narcissa sobre el pecho de Snape. – Supongo que al final lo hizo lo mejor que supo.
La bruja se separó lentamente de Snape, quien parecía no querer soltarla de su abrazo.
Se sentaron a la elegante mesa que los elfos domésticos habían preparado. Narcissa ordenó que trajeran el vino. Cenaron hablando de banalidades, como la nueva elección de cortinas o el último accidente que había tenido en clase el nuevo profesor de pociones.
Snape se sentía tranquilo con ella. Esa mujer le comprendía, y no tenía que fingir ser alguien que no era, ni fingir no tener un pasado que sí tenía. Narcissa siempre llevaba un poco de luz a su pecho, incluso en épocas más oscuras. Él había cuidado siempre de ella y de su hijo, como si fueran su propia familia, y en cierto modo ellos eran lo más parecido que Severus tenía a una familia. Y señor... como la deseaba.
Narcissa sabía que Snape estaba a gusto a su lado, y que cuidaba de ella mucho mejor de lo que su marido lo había hecho jamás. La escuchaba, la entendía, la apoyaba. Y puede que Snape siempre hubiese sido un mago que destacase por su inteligencia y no por su físico, pero era alto, su espalda era ancha, y sus manos grandes. Cierto como que el cielo es azul, que la nariz del pocionista era horrible, pero sus ojos negros como la misma oscuridad atrapaban cualquiera de sus furtivas miradas. Y adoraba como la miraba, como sus ojos siempre se deslizaban por su cuerpo como la caricia de un joven amante.
Tomaron postre, y después un poco del whisky que Snape había traído noches atrás. Y a pesar de lo bien que lo estaba pasando, y de lo mucho que lo deseaba, Narcissa sabía que Snape no se quedaría a pasar la noche.
La señora Malfoy acompañó a su invitado hasta el recibidor, en donde estaba la chimenea con acceso a la red flu más cercana. Un elfo le dio a Snape su capa. Narcissa iba a comenzar con el discurso de despedida acorde con el protocolo que le enseñasen en su casa muchos años atrás. Pero se vio interrumpida.
Snape había acortado de un paso la distancia que los separaba. Había colocado una de sus manos en su mandíbula, mientras le daba un casto beso en la mejilla contraria. Pero Snape no podía parar ahí, el aroma de aquella mujer inundaba sus sentidos. Deslizo su gran nariz por su pómulo a modo de caricia, y con los labios sobre su oreja susurró.
— Buenas noches Narcissa. -el cálido aliento de Snape rozó su piel. La voz ronca del mago, había llegado al mismo centro de su sistema nervioso.
Y fue entonces cuando Narcissa se derritió ante el toque del hombre que tanto deseaba. Y tan rápido como había llegado, Snape se fue.
La bruja sonrió excitada, Snape había decidido poner cartas en el asunto por fin.
Snape llegó a su casa ridículamente excitado. Había necesitado de toda su fuerza de voluntad para irse de allí. Llevaba mucho tiempo cortejando a aquella mujer, como para tratarla como una cualquiera. Y él quería hacer las cosas bien.
Draco Malfoy canturreaba una alegre cancioncilla mientras sellaba con lacre la última carta que tenía pendiente cuando escuchó los gritos de su secretaria. Levantó la mirada lo suficientemente rápido para ver a Snape entrar en su despacho como si fuera suyo. Si algo sabía hacer Snape era sentirse el dueño del lugar.
- Me da igual lo que estés haciendo, esto es más importante. - anunció Snape llegando a su escritorio.
- Ya que estás aquí - dijo Draco sonriente - también tengo algo que anunciar...
- Silencio - ordenó Snape con el tono disciplinario que usaba en sus clases. - Esto es más importante y sólo lo diré una vez.
Para su sorpresa el joven guardó silencio, y entrelazó sus manos en señal de que tenía toda su atención. Snape comenzó su discurso.
- Antes de empezar que conste que esto no solo me parece ridículamente estúpido y absurdo, sino que además me parece una patochada demasiado antigua como para que sirva para algo. - Snape cogió aire y se irguió todo lo que su metro noventa de altura le permitió. - Pero juré que, si alguna vez me volvía a enamorar de una mujer, haría las cosas como es debido.
Malfoy abrió mucho los ojos, intentado comprender en cómo se había metido en aquel embrollo.
- Las tradiciones en las familias de sangre pura dictan que, si pretendo a una mujer, he de pedir permiso y bendiciones al cabeza de familia. Y ese legalmente eres tú.
Draco intentó no reírse de aquello. Estaba claro que su madre no necesitaba ni permiso ni bendiciones. Pero su padrino estaba esforzándose mucho, y eso era algo que merecía ser valorado.
- Draco, voy a establecer una relación seria con tu madre. - dijo sin miramientos.
- Y yo te doy mis bendiciones. - contestó Draco inmediatamente.
- Bien.
Snape dio media vuelta dispuesto a irse.
- ¿No vas a escuchar lo que tengo que decirte? - preguntó Draco teatralmente.
- Ahora no, tengo prisa. - contestó Snape en el umbral de la puerta.
Draco escuchó gritar de nuevo a su secretaria, y salió a socorrerla con una sonrisa en el rostro. Nada arruinaría el buen humor que tenía.
Snape llegó a su casa en la calle de la hilandera. No le había prestado ni un segundo de su atención a esa ruinosa casa. Pero cuando la guerra terminó, decidió hacer de ella un hogar. No había cuadros, ni figuras absurdas. Las estanterías estaban llenas de libros y de cosas útiles. Si bien no era muy acogedora, era funcional.
Llegó a toda velocidad sobre su escritorio, cogió papel y pluma... pero las palabras no le salían. ¿Qué era lo que tenía que escribir? ¿Como avisaría de sus intenciones a una mujer como Narcissa?
Respiro hondo. Necesitaba aclarar sus ideas. La citaría en algún buen restaurante, uno bonito y caro. Y después la llevaría a pasear, y entonces declararía sus sentimientos hacia ella.
Señor, quería darse un golpe en la cabeza de lo cliché que sonaba todo aquello. Se supone que era un hombre inteligente, podía pensar algo mejor eso. Debía pensar algo mejor que eso.
Snape estaba a punto de arrojarse sobre una botella de whisky cuando el sonido de la red flu le indicó que había alguien en su salón.
Bajó las escaleras con cautela, no esperaba a nadie, así que podía ser un invitado no deseado. Pero no lo era. Snape pestañeó dos veces, Narcissa Malfoy estaba en su salón, mirando la única foto que había en toda la casa. Una foto de su madre encima de la chimenea. Era la primera vez que ella visitaba su casa. La mujer llevaba una gabardina negra que le llegaba hasta más debajo de las rodillas, unos bonitos zapatos negros de tacón, y su pelo estaba claramente agarrado en un moño hecho con prisas. Snape estaba entrando en pánico.
- Narcissa – dijo Snape a modo de saludo. - ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
- No, no… - contestó la invitada con una sonrisa. – solo estaba dando un paseo, y decidí pasar a verte. He traído whisky.
Snape cogió la botella, y le agradeció el gesto.
- La verdad es que quería hablar contigo – dijo Snape armándose de valor. ¿Por qué todo era tan difícil?
- Pues aquí estoy – dijo Narcissa mirándole a los ojos.
- Bueno… no… no creo que este sea el lugar apropiado para hablar. Tal vez… Si tú quieres… si tú quieres, podríamos… podríamos ir a un sitio elegante a cenar… si, a cenar…
El corazón de Narcissa se enterneció cuando vio al mago más temible entre las filas de Voldemort tartamudear como un adolescente. Pero ellos ya no eran unos adolescentes. Así que decidió presionarlo un poco dando un paso hacia él.
- ¿Por qué no me lo dices ahora, y vamos a celebrarlo después? – dijo inocentemente.
El cerebro de Snape estaba al borde del colapso.
- Bueno, yo no creo que sea algo que tengamos que hablar aquí. – contestó Snape señalando su penoso comedor.
- Pero has dicho que era importante – insistió Narcissa.
¿Había dicho que era importante? No lo sabía, lo único en lo que podía pensar era en lo delicada y suave que se sintió la piel de Narcissa la última vez que la tocó. Snape decidió que tenía que coger todo su valor y decirle a la mujer que tenía delante que la quería. Una pena que el fuese un Slytherin y su valor fuese una cantidad insignificante.
- Tengo sentimientos hacia ti – dijo el mago de golpe. – Y son sentimientos serios. Y entenderé que…
- Yo también te quiero – le contestó cortando el discurso que Snape había comenzado. – Pensé que no te decidirías nunca.
Narcissa se acercó a Snape, quien rápidamente la estrechó en sus brazos y la besó. Los labios de aquel hombre se convertirían en su nueva adicción. Pero esos maravillosos labios se separaron de los suyos, Snape la miró a los ojos, y se sintió con una presa delante de su depredador natural. Pero el mago volvió enseguida a su trabajo de volverla loca, y se ocupó de su cuello, lamia, besaba y mordía toda la piel a la que tenía acceso, y Narcissa lo único que podía hacer era gemir como una inexperta colegiala.
- Lo siento – dijo Snape entre besos – pero ya no aguanto más.
Narcissa sintió el tirón característico de la aparición, se dio cuenta de que no habían ido muy lejos cuando vio la espartana habitación de Snape. No dejó de besarle, pero Snape se separó de ella tan bruscamente que pensó que algo iba mal.
Pero para el deleite de la bruja lo que Snape necesitaba era espacio para moverse. Con un toque de sus dedos, la interminable fila de botones de su levita, estaban abiertos, y sin miramientos se deshizo de ella. En una fracción de segundo Snape estaba uniendo sus labios con los de Narcissa otra vez. Snape tenía una de sus manos posesivamente tras su cabeza mientras que ella se dedicaba a pasar sus manos por la camisa blanca a la que tenía acceso.
- Espera – dijo Snape separándose de ella otra vez – voy a transformar la cama en una que tu puedas…
Narcisa empujó a Snape con toda la fuerza que tenía, y él se dejó empujar hasta caer sentado a la orilla de la cama.
- Déjame explicártelo para que lo entiendas – dijo la mujer mientras se soltaba el pelo – lo importante no es la cama, sino el hombre que está en ella.
Y ante la atenta mirada de Snape, la bruja tiró del cinturón de su gabardina, y la dejó caer al suelo. Y el corazón de Severus se detuvo durante un segundo. Frente a él estaba la visión más bella y excitante que había visto en su miserable vida. La señora Malfoy, llevaba un impresionante conjunto de cuero negro debajo de su gabardina, cuando se quiso dar cuenta Narcissa se había sentado a horcajadas sobre él.
Si existía el cielo, Snape dudaba que fuese mejor que aquello. Dejó que Narcissa llevara la iniciativa, aunque sabía que aquello no duraría mucho. Disfrutó cuando los botones de su camisa saltaron por la impaciencia.
Para su sorpresa la piel de Snape era suave y blanca. Su espalda era ancha y sus pectorales eran toda una delicia que se moría por saborear centímetro a centímetro. Pero su concentración se vio arruinada cuando Snape mordió uno de sus pezones a través del cuero.
Narcissa intentó empujar a Snape sobre la cama, pero Severus tenía otros planes así que la agarró firmemente y se puso de pie. Narcissa se sorprendió y aseguró su agarre, el peso de su cuerpo era una bendición.
Sus cuerpos estaban cada vez más calientes, la habitación se había llenado de calor, gemidos y besos.
- ¿Vamos a hacerlo así? – dijo Narcissa devorando el cuello de Snape.
- Hoy no – dijo Snape con voz ronca – para hoy había pensado en algo más tradicional. Pero no se preocupe Señora Malfoy, prometo cumplir todas y cada una de sus fantasías.
Pensar en que aquello se iba a repetir hizo que una nueva oleada de placer recorriera el cuerpo de Narcissa. Snape dejó delicadamente a su amante sobre la cama, y se posicionó sobre ella tras quedarse en ropa interior. Las manos expertas del pocionista hacían maravilla en la anatomía de Narcissa.
- Severus… - comenzó Narcissa – no aguantaré más.
- Oh, si – dijo Snape. – sí que vas a aguantar.
Snape dejó sus labios para recorrer a besos su cuerpo. Se deshizo de lo que quedaba del bonito cuero negro, y le mostro a la aristócrata que no era solo bueno con sus manos. Narcissa solo podía gritar el nombre de su amante para cuando Severus terminó con ella.
Severus volvió al dulce cuello de Narcissa, tan suave, tan erótico. Snape se posiciono entre sus piernas y frotó su longitud contra la húmeda entrada de Narcissa pausadamente.
- Por Merlín, Severus – dijo desesperada – hazlo ya.
Snape sonrió con arrogancia y se introdujo por completo en la Señora Malfoy, quien gimió para darle la bienvenida. Comenzó su baile y Snape le dio toda su atención a Narcissa, una y otra vez, hasta que lo único que lo único que podía escuchar era su nombre en los dulces labios de la mujer que tenía debajo.
MESES MAS TARDE.
Narcissa salió del cuarto de baño envuelta en una toalla, una agradable nube de vapor con olor a lavanda empezaba a inundar la habitación. Miró hacia la cama, medio envuelto en las sábanas, dormía tranquilamente el hombre que la llenaba de placer cada noche. Su espalda, a pesar de las cicatrices era un sueño. Pero ahora no tenía tiempo para eso.
- Severus, levántate. – le llamó por enésima vez Narcissa - no podemos llegar tarde.
- Diles que estoy enfermo – dijo sin moverse.
- Severus, no voy a repetirlo.
Snape quería seguir durmiendo, pero también quería conservar sus pelotas en su sitio. Así que se levantó. Su desnudez no causó ningún efecto en Narcissa.
- ¿No vienes a tomarte una ducha conmigo? – tentó con voz ronca.
- Severus…
Snape chascó la lengua, y en quince minutos ya estaba lavado, vestido, y arreglado para la ocasión. Suspiró al entrar en la maldita iglesia, y se sorprendió de no arder en combustión espontanea como un vampiro.
Pero entonces vio a su ahijado, tendiéndole a su primogénito. Aquel crío era lo más parecido a un nieto que tendría jamás, y se aseguraría de que no saliera tan dramáticamente Malfoy como su padre y su abuelo.
Y eso por eso por lo que Severus Snape aceptó ser el padrino de la nueva generación Malfoy.
Gracias a todxs por leer, vuestros me gustas y comentarios me han hecho mucha ilusión. Agradecimientos a Ana, quien hizo una vez más de lectora Beta.
Nos vemos en la próxima historia.
Abrazos
Skorpio-99781
