—Me niego.
—Pero amor, la medimago dijo que...
—No quiero y si no quiero, no voy a hacerlo.
Harry no respondió pero Draco lo escuchó suspirar pesadamente. Por supuesto, esto no significaba que estuviera dándose por vencido, Harry jamás se daba por vencido, bajo ninguna circunstancia, lo que para Draco era una verdadera molestia cuando quería salirse con la suya, es decir, casi siempre.
—¿Por favor? —intentó el auror una vez más.
—Las espinacas me dan asco.
—Todo te da asco.
—¿Y de quién es la maldita culpa? —preguntó retóricamente el rubio, señalando su vientre.
El rostro de Harry se sonrojó por la vergüenza y murmuró:
—No es como si lo hubiera hecho solo.
Draco se puso de pie, importándole poco que la silla chirreara tormentosamente contra el piso de madera del comedor e ignorando aun más el hecho de que estaba dejando que las hormonas controlaran todas sus emociones, volviéndolo explosivo y caprichoso. Técnicamente era el mismo de siempre, pero multiplicado por dos y Harry no parecía estarlo pasando demasiado bien.
—Draco, por favor, sólo come esto, la señora Weasley lo hizo especialmente para ti. Come para que pueda dormir, tuve un día realmente largo. ¿Puedes hacer eso por mí?
Draco entrecerró los ojos con sospecha, percatándose por primera vez en toda la noche de los círculos oscuros bajo los ojos de su marido quien últimamente parecía trabajar demasiado y se sintió un poco culpable, sólo un poco, de complicarle la vida de manera tan innecesaria. Tal vez podría comer un poco de esa extraña sopa de verduras de la señora Weasley y dar un poco de paz a Harry.
O podía seguir molestándolo.
—¿Y qué voy a obtener yo a cambio?
Harry frunció el ceño, aparentemente muy confundido por el giro de los acontecimientos.
—Ah... no sé, ¿un bebé fuerte y sano?
—Tu argumento no me convence en absoluto —le respondió volviendo a sentarse en su lugar y mirándose con las uñas con indiferencia.
—Draco... —replicó Harry con voz peligrosamente baja que amenazaba en convertirse en un gruñido.
Draco abrió la boca, formando una perfecta y muy ofendida «O», dispuesto a replicarle a su muy bruto marido que ni se le ocurriera gruñirle. Sin embargo, la réplica tuvo que ser aplazada cuando las llamas de la chimenea se volvieron verdes y explosivas y desde el fuego un par de siluetas hicieron su aparición.
Lucius y Narcissa llegaron vía flu, elegantes y altivos como siempre habían sido. Inexplicablemente, la presencia de sus padres hizo que Draco se pusiera todo sentimental y nada más verlos saliera disparado hacia ellos con lágrimas en los ojos, sintiéndose como el niño de ocho años que había sido alguna vez. Su padre, por supuesto, estaba maravillado de verlo tan dependiente de él, su pequeño hijo Omega, su pequeño tesoro.
—Hey, ¿qué ocurre? —le preguntó el patriarca Malfoy abrazándolo cuidadosamente cuando Draco se lanzó sobre él.
—Harry me gruñó —acusó como si fuera un niño pequeño enojado con su hermano por alguna grosería—. Me gruñó porque no quiero comer espinacas.
El tranquilo y lleno de cariño rostro de Lucius Malfoy se levantó para clavar sus ojos grises en la figura de Harry que aún se encontraba en la mesa del comedor, transformándose en una horrible mueca de furia ante la que Harry hubiera temblado si no se hubiera acostumbrado ya a lo sobreprotector que era Lucius con su pequeño y muy mimado cachorro Omega. A veces, Harry no estaba realmente seguro de si su situación mejoraba o empeoraba con la presencia de sus suegros.
—¿Le has gruñido? —espetó Lucius con una de sus afiladas cejas rubias enarcada.
—No lo he hecho.
—¡Lo has hecho! ¡Me gruñiste!
Las lágrimas rodaron por el rostro pálido del Omega, tan reales y convincentes que Harry dudó sólo por un segundo de sus propias palabras. Draco se aferró a su padre como si fuera un salvavidas, adoptando una actitud muy similar a la que tenía durante el colegio, siempre resguardándose detrás de su padre. Harry no lo había entendido en ese momento, pero ahora lo tenía bastante claro, y es que Lucius, pese a su actitud estricta y fría, tenía una gran debilidad por su cachorro. Harry suponía que esa debilidad sólo se había incrementado cuando supo que su hijo era un Omega.
—Vamos, no hay por qué llorar, Dragón —intervino Narcissa. Mujer bendita—. Estoy segura de que Harry jamás te gruñiría. Sólo quiere que te alimentes correctamente, para que tú y el bebé estén sanos.
—El bebé y yo estamos perfectamente bien, muchas gracias —respondió el Omega cruzándose de brazos y con la voz gangosa por el reciente llanto.
—De acuerdo, bien, sí, pero tal vez puedan estar mucho mejor —insistió su madre con voz dulce y maternal, como toda una experta en el trato de Omegas berrinchudos de nombre Draco Malfoy.
—Las espinacas me hacen vomitar.
—Entonces podríamos reemplazarlas por Salmón.
—Todo me hace vomitar.
Draco vio a su madre intercambiar una mirada con Harry que le hizo enojar.
¿Es que nadie planeaba ponerse en su lugar? ¿Nadie comprendía lo incómodo que era cargar con un bebé aún si no se notaba en su vientre? Draco había dejado de hacer muchas cosas por el embarazo, cosas como comer, por ejemplo —el cachorro se negaba a ayudarlo a retener cualquier cosa que ingiriera— o trabajar; Draco tuvo que despedirse de sus viajes de negocios y la tensión de tratar con inversionistas y había tenido que pasar semanas enteras encerrado en su aburrida casa, muriéndose de aburrimiento y deseoso de asesinar a alguien por el estrés de ser un completo inútil. ¿Estaba tan mal querer algo de atención? ¿De amor? ¿Comprensión?
—¿Han tratado con alguna poción para el mareo? —preguntó Narcissa después de un momento.
—También la vomita —respondió Harry con cansada resignación—. Tienes que comer algo. Lo que sea, no puedes simplemente no comer.
—Pide lo que quieras hijo y lo haré traer —alentó Lucius con confiable determinación.
—¿Lo que sea? —Draco entrecerró los ojos.
—Lo que sea para mi precioso cachorro —le respondió su padre besando su frente cariñosamente.
Una brillante sonrisa apareció en el rostro de Draco.
—Quiero comer Pakora y Palak Paneer [1].
—El Palak Paneer es de espinacas —rebatió Harry con incredulidad.
—Cállate Potter, si mi hijo quiere Pakora y Palak Paneer, va a comer Pakora y Palak Paneer.
—Eres el mejor Alfa del mundo, padre —dijo Draco abrazando a Lucius—. Ojalá hubiera encontrado a un esposo tan maravilloso como tú.
—¡Oh! Está bien —replicó Harry, claramente incapaz de contenerse ante la provocación de Draco—. ¿Quieres comida hindú? ¡Vas a tener comida hindú!
Con una sonrisa divertida, Draco vio a su marido tomar su abrigo y dirigirse a la chimenea. Sus ojos verdes brillaban y retaban a Lucius, queriendo demostrar que él era el Alfa perfecto para su caprichoso hijo y que no perdería ante nadie. Ese gesto tan impulsivo e idiota hicieron que el corazón de Draco se hinchara de orgullo; Harry ya era perfecto para él y no tenía que demostrarlo ante nadie.
Pero si iba a traerle algo de comida hindú, bueno, él no iba a detenerlo.
Una vez que las llamas de la chimenea se apagaron por completo y Harry hubo desaparecido por red flu, Draco tomó asiento en el sillón individual del que se había adueñado desde el primer día en que se había mudado ahí con Harry, justo después de la luna de miel. Le gustaba porque era cómodo, sobre todo en su situación en la que, poco a poco, comenzaba a sentirse más pesado y agotado. Sus padres tomaron lugar en el sillón más grande y, aunque sus expresiones eran casuales, casi indiferentes, Draco los conocía lo suficiente como para saber que, en realidad, su visita no era simplemente de cortesía.
—No deberías hacerle el trabajo tan difícil a Harry, Draco —le reprendió su madre—. Te ama y por eso soporta tus desplantes y berrinches, pero él no está acostumbrado a tratar contigo de esta manera, no como nosotros.
—No seas tan dura con él, Cissa, Draco tiene todo el derecho del mundo de portarse como quiera en su estado y si Potter no puede soportarlo, entonces tal vez no sea el indicado para él.
—Creo que ya es un poco tarde para juzgar si es o no el indicado —respondió Draco frotándose la nuca, sintiendo la marca de la mordida de Harry sobre su cuello.
—Nunca es demasiado tarde —anunció el patriarca Malfoy chasqueando los dedos para llamar a un elfo doméstico de su propia mansión y pedirle que preparara el té.
—No vas a asesinar a mi Alfa, padre.
—Bueno, es la única manera de romper el vínculo —explicó encogiéndose de hombros como si estuvieran simplemente hablando del clima.
Draco sabía que su padre lo amaba más que a nada en el mundo y que si hubiera sido por él, Draco permanecería a su lado hasta el final de sus días, sólo adorándolo a él como el hijo devoto que siempre había sido.
Cuando Draco y Harry anunciaron su compromiso, Lucius lo había aceptado únicamente por verlo feliz e incluso con eso, les había exigido a ambos que se mudaran a la mansión, dónde las protecciones ancestrales de los Malfoy podían mantenerlos a salvo y dónde él aún podría ver a su preciado hijo Omega todos los días. Harry por supuesto se había negado y Draco había estado de acuerdo, suficiente tenía con las veces en que toda la familia se reunía y todo era una extraña competencia entre su padre y su marido para ser el hombre de su vida. Lucius estaba celoso, por supuesto, su amor de padre no le permitía ver que su pequeño era un hombre y Harry, bueno, él simplemente no podía resistirse a los retos.
Sin embargo, cuando la noticia del bebé llegó, las cosas cambiaron un poco, parecía que un cachorro había logrado abrir los ojos de su padre quién finalmente había comprendido que Draco estaba haciendo una vida aparte de él y que así era feliz. No que esto hubiera detenido las rencillas entre él y su esposo pero al menos su padre pasaba menos tiempo pidiéndole que volviera a la mansión o metido en su casa asegurándose de que Potter lo mantuviera como se merecía. Draco sospechaba su madre había tenido que intervenir y estaba profundamente agradecido, después de todo, las cosas entre él y Harry sólo las podían arreglar ellos.
—¿Has visto a tu medimaga? —preguntó Narcissa cambiando de tema.
—Sí, la veo cada semana.
—¿Qué es lo que te ha dicho?
Draco guardó silencio, no estaba seguro de cómo responder a esa pregunta. Sabía que sus padres estaban preocupados, tan preocupados como lo estaría Harry si se enterara de la verdadera situación del cachorro. Él mismo se sentía confundido, triste y algo estresado, pero se las había arreglado bastante bien para mantener la máscara ante su esposo por miedo a hacerlo sentir mal, después de todo, el trabajo de Harry requería de gran concentración durante las misiones y lo último que necesitaba era quedarse viudo.
—Parece que ya todo está en orden —mintió sin problemas. Había practicado por horas todo lo que diría—. La dieta que me han mandado está funcionando y las pociones también, el cachorro llegará sin problemas, mi cuerpo puede resistirlo perfectamente, aunque me han dicho que probablemente nacerá con un peso por debajo del promedio y que deberemos dejarlo al menos un par de semanas en observación después de su nacimiento.
Lucius y Narcissa asintieron claramente aliviados, haciendo que Draco se sintiera terrible por ocultar su verdadera situación y es que la concepción de ese cachorro había sido un milagro en toda la extensión de la palabra.
Las pociones y largas temporadas de celo a los que Draco había estado sometido durante su secuestro lo habían dejado prácticamente estéril, la razón principal por la que Viktor no había logrado embarazarlo aun después de violarlo incontables veces. Su aparato reproductor había quedado inservible y su cuerpo demasiado débil cómo para cargar con un cachorro, o eso era lo que le habían dicho. Pero también le habían dicho que no era probable que tuviera un celo pronto y lo había tenido.
Su cuerpo, aunque estaba hecho para cargar con un bebé, estaba atrofiado, descompuesto, echado a perder y aunque no era su culpa, Draco se había sentido muy culpable cuando Harry escuchó la noticia de que no podrían tener hijos, nunca. En ese momento, Draco no estaba demasiado entusiasmado con el hecho de concebir bebés, no después del embarazo fantasma al que lo habían sometido, pero aun así, el Omega estaba consciente de que su Alfa, por instinto, deseaba formar una familia, una familia que Draco no podría darle. Pese a eso, nunca escuchó a Harry lamentarse o mencionar el tema de los bebés y Draco le había estado muy agradecido.
Por eso, cuando Lily Potter llegó aquel día a su casa, sospechando de un embarazo casi había querido reírse y pedirle que dejara de jugar con temas tan delicados, porque de entre los dos, Harry sería el más afectado, haciéndose ilusiones sobre un cachorro que probablemente no estaba allí. Y no que Draco no deseara tener hijos —los hijos de su Alfa, su Harry— era que no sentía ganas de ilusionarse en vano, era que, después de todo lo que había pasado, no se sentía en el mejor momento para hacer que la familia creciera. Había sido secuestrado, violado, le habían lavado la cabeza y se había creído embarazado, todo en poco menos de un año; su secuestrador y violador aún estaba libre y él mismo no se sentía demasiado paternal. ¿Era ese el ambiente dónde un niño debía crecer?
Draco ni siquiera tuvo tiempo de responder esa pregunta porque cuando llegó al hospital, le fue confirmado que estaba en espera de un cachorro y que no había vuelta atrás. Harry lloró, Draco sabía que de felicidad, los Potter lloraron y lo felicitaron, los Weasley armaron una fiesta y sus padres no habían cabido dentro de su orgullo, un heredero más llegaría en seis meses y medio y Draco no estaba seguro de cómo debía sentirse.
Su corazón latía fuertemente, amando a su hijo con la intensidad de un Omega sobreprotector, deseando darle el mundo entero, cuidarlo, verlo crecer y educarlo; era algo natural para él, sus instintos paternales eran fuertes, sobre todo porque ese cachorro era el producto deseado de una pareja que se ama. Pero ni todo el amor del mundo pudo desvanecer el hecho de que, aun con todo eso, no era un buen momento para tener un hijo. Sin embargo, guardó en silencio sus inseguridades, consciente de que ese bebé era un milagro, consciente de que había hecho feliz a su Alfa, de que egoístamente, él deseaba tener a ese bebé aun bajo condiciones terribles.
Y todo había ido perfectamente bien, al menos al principio, no se podía acostumbrar a los mareos matutinos y a los crecientes cambios de humor pero a Draco no podía importarle menos con toda la atención que recibía de Harry. Sin embargo, estos cambios de humor no le permitían mantenerse tranquilo y sereno durante las reuniones con sus socios y el estrés de las finanzas incrementaban sus náuseas así que, con mucho pesar, había tenido que dejar que su padre se encargara nuevamente de todos los negocios familiares. Pero luego le habían hecho algunos estudios en San Mungo y Draco había decidido ir a recogerlos sólo para ser notificado sobre lo delicado de su embarazo.
Aparentemente su pequeño milagro, su pequeño bebé, podía morir en cualquier momento por lo débil y maltratado que había quedado su útero luego de su secuestro y si el bebé lograba llegar a término, entonces era probable que él no pudiera soportar el parto.
En ese momento había tenido dos opciones, la primera y la más viable de todas, deshacerse del embrión antes de que creciera mucho más para poder salvar su vida o tomar el riesgo y esperar que al final todo saliera bien y nadie tuviera que morir. Aquella fue la primera y única vez en que Draco se había portado como un Gryffindor y no como el Slytherin que realmente había sido toda su vida. Con valentía había aceptado llevar el embarazo a término, sin detenerse a pensar en las consecuencias, simplemente lanzándose y arriesgándose porque ahora había algo mucho más preciado para él que su propia vida, su hijo, el hijo de Harry.
Por supuesto, con la cantidad de pociones que le había mandado la medimago era imposible que Draco pudiese ocultarle a nadie la situación, así que se las había arreglado para alterar la verdad para que no se escuchara tan preocupante como realmente era. Todos sabían por él que el bebé podía estar en riesgo por su estado físico y que era por eso que tenía que asistir semanalmente al hospital y beber tantas pociones, pero que no era nada grave y se solucionaría con el tratamiento al que se estaba sometiendo. Nadie dudó de él y cada que volvía de una cita en el hospital lo único que debía repetir era «está creciendo sano y fuerte, no te preocupes», cada que alguien le preguntaba cómo iba todo.
—De todas formas, no dejes de asistir a tus citas —le pidió su padre.
—No me atrevería —respondió con una sonrisa tranquila mientras acariciaba su plano vientre y rogaba a todos los dioses que le dejaran conservar esa pequeña parte de su vida.
—Bien, hemos traído regalos —dijo el patriarca Malfoy sacando de los bolsillos de su túnica un montón de cajas miniaturizadas que rápidamente tomaron su tamaño original invadiendo toda la sala—. Hemos comprado juguetes, ropa y mantitas.
—Tu padre se ha emocionado demasiado, no lo veía así desde que estábamos esperándote a ti —dijo Narcissa con suavidad.
—Es mi nieto del que estamos hablando, después de todo —dijo el abuelo orgulloso.
Draco soltó una carcajada.
—
Pansy chilló emocionada cuando, al pasar frente a un aparador, logró divisar un bolso que según ella estaba divino y debía tener a toda costa. Draco suspiró cansado, sin entender que tenía de fabuloso el dichoso bolso, lucía exactamente igual a uno que ya tenía; verde, de piel sintética y con adornos de oro, llamativo y elegante sí, pero nada que valiera la pena un chillido como el que su mejor amiga había soltado sin el más mínimo recato o pudor sangrepura.
Draco la siguió dentro del local, los pies adoloridos y bastante cansado, sintiéndose como un hombre de la tercera edad y no como el joven vigoroso que había sido hasta hacía unas semanas: un entusiasta de las compras sin sentido y las reuniones con sus mejores amigos durante un precioso día de verano en el que no hubiera responsabilidades. Una actividad que para él en el pasado había sido cotidiana, se estaba volviendo insoportable.
Sabía que se debía a su condición; el cachorro era aún demasiado pequeño cómo para hacerle sentir fatigado a los tres pasos pero su cuerpo y su núcleo mágico se debilitaban conforme el embrión permanecía más tiempo dentro de su cuerpo, la razón del agotamiento. La irritación por las multitudes tenía más que ver con sus cambios hormonales de humor y el hecho de que Pansy no parecía detenerse en cada tienda que se le atravesaba de camino al bendito restaurante de comida francesa al que había acordado ir en primer lugar.
Cuando Draco encontró a su amiga, entre los infinitos pasillos de esa enorme tienda de bolsos de diseñador, se encontraba charlando con una de las dependientas quién de manera muy convincente, no sólo intentaba que comprara el bolso verde del aparador, sino que también la persuadía para adquirir un par de perfumes y una cartera dorada bastante bonita y por la cara que Pansy ponía, Draco casi podía adivinar que, de hecho, compraría todo. Un defecto que los niños ricos y consentidos como ellos solían padecer.
Draco se acercó a ambas mujeres en silencio, recibiendo de la dependienta la típica mirada evaluativa que para él siempre había sido una señal de su atractivo físico.
—¿Me dejaría recomendarle alguna loción? —dijo la joven quitando su atención de Pansy y dirigiéndose directamente hacia Draco.
—Oh querida, no pierdas el tiempo —le respondió Pansy en su lugar, mirando evaluativamente la cartera dorada—. Con eso del embarazo todo le hace vomitar.
La chica frunció el ceño durante un momento antes de abrir los ojos con sorpresa.
—Oh, así que están[2] embarazados, bueno pues felicidades. —Esa había sido la felicitación más falsa que Draco había escuchado en su vida y él había estudiado en Slytherin.
—¿Estamos? —preguntó el rubio, no creyéndose que se le estuviera arrebatando el mérito de estar cargando —él solo y sin ayuda de nadie— una vida.
—Me llevaré estos dos —intervino Pansy distraídamente—. Y envuelve la cartera. —La chica asintió aún con algo parecido a la desilusión en la mirada antes de tomar lo que Pansy había elegido y marcharse.
—¿Dorado? —preguntó Draco.
—Un regalo para Granger. Tiene un vestido de noche perfecto para él.
—¿Aún no puedes llamarla por su nombre? ¿No están saliendo?
Pansy caminó en dirección a la caja sin responder la pregunta. Draco fue detrás de ella y luego de verla pagar, ambos salieron de la tienda donde una multitud de personas los recibió nuevamente, después de todo, se encontraban en el distrito comercial de Londres. Caminaron sobre la acera, sin entretenerse en ninguna otra tienda hasta finalmente llegaron a un pequeño restaurante Italiano que, Pansy aseguraba, era bastante bueno y al que Draco sólo había accedido a ir como pretexto para no permanecer encerrado en casa un día más muriéndose de aburrimiento.
—No estamos saliendo —dijo ella de repente, justo cuando Draco había comenzado a creer que no respondería.
Fueron recibidos por una mujer de piel oscura que, con una enorme sonrisa los guió hasta una mesa en el segundo piso, cerca de una ventana desde la cual se podía admirar la belleza de las calles de Londres. Les entregó el menú y luego de asegurarles que regresaría en un momento a tomar su pedido, los dejó solos.
—Pero tú dijiste que...
—Sé lo que dije —suspiró—. Es que yo de verdad creí que estábamos en una especie de relación.
—¿Creíste? —preguntó Draco con incredulidad.
—Salíamos a cenar, a beber, a la cosa esa que llaman cine, comíamos juntas durante el descanso en el trabajo, pasábamos noches enteras platicando, íbamos de compras, cocinábamos juntas. Así que no me mires como si fuese una idiota, cualquiera hubiera creído lo mismo.
—No estoy juzgándote en absoluto, para mí eso es como estar saliendo con alguien.
—Bien, tal vez podrías ir a decírselo a ella. —Pansy abrió el menú, una mirada indiferente en su rostro que no engañaba a Draco.
—¿Qué es lo que pasó?
—Le dije que tal vez era momento de presentarle a mis padres y ella me preguntó por qué, así que le respondí qué eso es lo que hace una pareja para formalizar y ella me ha dicho que no éramos una pareja.
—Auch.
—Gracias por eso.
—Quiero decir auch. Nunca creí que Granger fuera tan insensible.
—Y no lo es. Es una mujer cálida, entregada y amorosa, pero se siente culpable.
Draco suspiró pesadamente, recargándose en el respaldo de la silla y acariciando su vientre apenas abultado.
—Creí que el asunto de Weasley había quedado atrás. Él incluso está saliendo con una chica muggle, ¿no? Eso es lo que Harry me ha dicho.
—Ella no lo ha mencionado en absoluto, pero puedo verlo en la forma en que actúa. No se perdona el haberle mentido a Weasley respecto a sus sentimientos. Ella siempre ha sido honesta, sincera y lo que hizo... siente que lo traicionó. Mierdas de Gryffindor, supongo.
—Bueno, ellos suelen ser así, se sienten culpables con facilidad y son demasiado nobles. No puedo entenderlos.
La mesera se acercó a ellos, Pansy y Draco ni siquiera habían mirado la carta, pero Parkinson conocía los platillos que servían así que simplemente se encargó de ordenar un par de platos de Coq au vin y dos copas con agua mineral, ya que Draco no podía consumir alcohol en su estado.
—No sé qué más hacer —respondió una vez que la mesera se machó con los pedidos—, he tenido mucha paciencia porque no he querido forzarla a hacer algo de lo que se arrepintiera después, pero estar cerca de tu predestinado no es fácil, los instintos son...
—Lo entiendo completamente —respondió el rubio recordando como al reencontrarse con Harry su cuerpo Omega había reaccionado con un celo repentino—. Tal vez es momento de que hables con ella.
—¿Y qué voy a decirle? ¿Qué estoy desesperada por que me ame? ¿qué me estoy volviendo loca con las migajas que me da?
—Podrías comenzar pidiéndole que te diga que es lo que siente y si algún día estará lista para estar contigo.
—No puedo hacer eso —respondió, apretando las manos en puños sobre la mesa. Draco podía ver su dolor.
—¿Por qué?
—Porque estoy asustada de que me diga que nunca podrá suceder.
Draco frunció el ceño, ¿por qué los Gryffindor tenían que ser tan complicados? ¿Por qué tenían que llevar todo a los extremos? Harry había hecho lo mismo en su tiempo, no aceptando sus sentimientos por él y luego arrepintiéndose. Draco había creído que Granger sería más inteligente y no querría pasar por lo mismo que su amigo.
—¿Y no crees que sería mejor saberlo? Así podrías comenzar a ver otros horizontes.
—No quiero, ella es para mí.
—Estás siendo obstinada, Pansy. Te está haciendo daño. Tú no pediste ser su predestinada, tú no pediste que se enamorara de alguien más. No hiciste nada malo y si ella no puede superarlo, entonces no dejes que te arrastre en el camino —puntualizó—. Joder, cuanto odio verte así.
Pansy levantó la vista, sus ojos enrojecidos por el sentimiento. Draco no dijo nada más, simplemente suspiró y desvió la mirada hacia la ventana donde el sol del mediodía aún brillaba intensamente. Recordaba el sentimiento de saberse rechazado, la humillación sí, pero sobre todo el dolor de un amor no correspondido. Él había estado en el lugar de su amiga algunos años atrás y había pensado que podría sobrellevar la decepción yendo de cama en cama, únicamente satisfaciendo sus instintos sin pensar en involucrar sus sentimientos y aun con eso, el dolor había persistido. Y no tenía idea de qué decir para hacerla sentir mejor, aunque probablemente no existían palabras que ayudaran.
Suspiró pesadamente.
Y entonces lo vio.
Draco se puso de pie rápidamente, sin percatarse que la mesera había llegado con las bebidas y chocando contra ella cuando, en shock, retrocedió alejándose de las ventanas y volcando las bebidas en el proceso. Pansy jadeó sorprendida mientras el cristal de los vasos se quebraba contra el suelo, pero Draco ni siquiera podía encontrar su voz dentro de su garganta para disculparse o su autocontrol para dejar de temblar mientras miraba desesperadamente el desastre de líquido y cristal en el suelo, temeroso de volver a mirar por la ventana.
—L-lo s-siento —dijo con manos temblorosas mirando el empapado uniforme de la mesera.
—¿Se encuentra bien? —preguntó la chica notando su extraña actitud.
—¿Draco? —llamó Pansy dirigiendo su mirada hacia la ventana.
—¿Debo llamar a alguien? —cuestionó la mesera.
Pansy negó con preocupación.
—No, sólo cobre lo que hemos pedido. Lo llevaré a casa.
Pansy le tendió un billete que la chica tomó antes de dirigirse rápidamente a la caja. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, Pansy se acercó a Draco y tomándolo por los hombros lo sacudió un poco. Sus ojos reflejaban terror y abrazaba su vientre con fuerza.
—¿Qué sucedió?
—Viktor está afuera —respondió con voz temblorosa y los párpados apretados con fuerza—. Está aquí.
Pansy volvió a mirar por la ventana, pero al igual que la primera vez que lo había hecho, no encontró nada extraño, no había rastro de Krum por ninguna parte, pero dudaba que la mente de Draco le hubiera hecho alguna mala jugada, era verdad que se encontraba muy sensible últimamente pero no era para tanto. Tal vez, ¿Krum se las había arreglado para permanecer en Londres sin ser descubierto?
—Le mandaré un patronus a Harry, ¿tienes tu varita contigo?
—¿Sigue ahí? —preguntó con su cuerpo temblando.
—Yo no lo vi.
—Estaba allí.
—Entonces debe haberse ido cuando se dio cuenta de que lo mirabas.
—No llames a Harry —dijo, pera desconcierto de la pelinegra—. Está en una misión y si le dices algo va a querer volver de inmediato y hacer algo al respecto.
—Pero eso es justo lo que debería hacer.
—No, no. Yo... él no va a hacerme nada.
—Es un delincuente, debemos decirle a los aurores.
—Lo sé y lo haremos, llamaremos a James pero no a Harry.
Draco levantó la vista sólo para encontrarse con la mirada preocupada de su mejor amiga. Las piernas le temblaban y la ansiedad le hormigueaba por toda la piel. Lo había visto, él estaba allí, vigilándolo de cerca y Draco estaba seguro de que no tramaba nada bueno.
Y estaba aterrado, aterrado de que quisiera hacerle daño a su bebé o a su Alfa y que la vida que había logrado construir poco a poco se derrumbara una vez más.
No iba a permitirlo.
—De acuerdo, vayamos al baño y nos apareceremos cerca del ministerio. No voy a arriesgarte yendo por la calle.
—Sí, bien... —Aunque hubiera querido replicar que él no era ningún debilucho y que podría defenderse, la verdad era que no estaba seguro; el bebé absorbía parte de su magia y él estaba tan conmocionado que no se sentía capaz de actuar o huir.
Viktor Krum tenía que desaparecer de su vida para siempre.
—
[1] Pakora y Palak Paneer son dos platillos de comida hindú. Ambos a base de verduras.
[2] No sé si se usa en todas partes, pero en mi casa usan la expresión están embarazados para cuando una pareja espera un bebé, aunque como todos sabemos, sólo la mujer lleva al bebé.
