Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«18»
—Debe comprender, señorita, que lady Kushina tiene bastante mal genio y a menudo dice cosas que no quiere decir —dijo el señor Hibbit mientras retiraba el plato vacío del almuerzo de Hinata de la encimera de la cocina—. El mes pasado la señora se enfadó tanto con el personal que nos despidió a todos y después pasó tres días buscándonos para volver a contratarnos; y nos advirtió que, en el futuro, nunca volviéramos a tomarnos sus despidos colectivos en serio.
Hinata rio y comprendió que el cocinero intentaba darle ánimos. Ese señor bajo y corpulento era muy distinto de la cocinera de Konoha Park, a la que todavía no había conquistado del todo; este era muy dicharachero. Pero el comentario hizo que adivinara que todo el personal ya debía de estar al corriente de lo ocurrido en su primera y desagradable visita a la habitación de lady Kushina. Mientras preparaba el caldo para Kushina había oído cuchichear a algunos de ellos; cuando Mary, la doncella personal de Kushina, fue a recoger la fuente con el almuerzo de su señora y Hinata había añadido el cuenco de caldo, Mary insistió que primero Hinata probara el caldo.
Hinata estaba consternada, pero mantuvo un tono neutral cuando contestó:
—Ya he bebido un cuenco, al igual que el resto del personal, puesto que debe ser preparado cada día y de lo contrario se desperdiciaría. Está preparado con ajo colado y otras verduras saludables, y considerado útil para reparar daños en los tejidos pulmonares, pero no deja de ser bastante sabroso en caso de que te agrade el ajo. Y has de encargarte de que su señoría beba hasta la última gota, de lo contrario informaré a lord Uzumaki de que estás obstaculizando la recuperación de su madre.
Con las mejillas encendidas, la muchacha abandonó la cocina de inmediato portando la fuente de Kushina, pero Hinata aún estaba indignada por el insulto y también porque lo había presenciado todo el personal de cocina.
Mientras preparaban el almuerzo el calor en la cocina aumentó de manera considerable. Secándose la frente, Hinata se dirigió al señor Hibbit:
—¿Hay un jardín?
—Uno pequeño, detrás de la casa. No es tan magnífico como los jardines de Konoha Park, pero a esta hora puede que aún reine el frescor. La puerta de la salita da al jardín.
Hinata sonrió y abandonó la cocina en busca de la salita, pero al atravesar el gran salón vio que una dama de aspecto imponente entraba en la casa. Oyó que Willis le decía:
—Siempre un placer, duquesa.
—¿Se encuentra mejor mi querida amiga, Willis? No menciona su salud en la nota que acabo de recibir de ella.
—Todavía no, pero tras la llegada de lord Uzumaki puede que pronto veamos una mejoría.
—Eso debería levantarle el ánimo a Kushina. —Entonces la dama descubrió a Hinata y, en tono imperioso, ordenó—: Eh, tú, has que me lleven té a la habitación de su señoría, y date prisa.
Puede que Hinata presentara un aspecto desaliñado después de pasar horas en la cocina, pero tras todos los insultos recibidos ese día, que la confundieran con una criada era la gota que colmaba el vaso. En tono frío, contestó:
—No soy una criada, soy lady Hinata Hyuga, hija del conde Hiashi Hyuga y la condesa Hanna Hyuga.
—¿La hija de Hiashi y Hanna? ¡Vaya!, entonces eres la sobrina de los condes Uchiha.
La dama se dirigió a la escalera.
Hinata se volvió y se dirigió a la parte posterior de la casa, tratando de no hacer rechinar los dientes. Unos minutos después salió al jardín y respiró profundamente, intentando tranquilizarse. El pequeño jardín estaba repleto de flores estivales de diversos aromas y había unos cuantos pequeños árboles frutales que proporcionaban un poco de sombra. Había varias estatuas de piedra dispuestas por el jardín, e incluso una fuente ornamentada en el centro. Oyó el relincho de caballos más allá del cerco y, poniéndose de puntillas, vio una larga hilera de establos que albergaban caballos y carruajes, quizá compartidos por toda la manzana.
Se acercó a la fuente, tomó asiento y se inclinó para recoger un pimpollo de rosa. Se sorprendió al oír la voz de Naruto a sus espaldas.
—¿Buscando plantas venenosas?
Ella se enderezó lentamente, pero frunció el ceño en el acto.
—¿Por qué me dices eso? Sabes que solo uso hierbas para curar a la gente.
—¿No vertiste algo muy diferente en mi copa de vino la otra noche y acabaste bebiéndolo tú misma? —Ella contuvo el aliento. Tenía que ser una suposición, pero, al ver su repentino sonrojo, él añadió con una sonrisa sensual—: Los resultados fueron bastante memorables.
Hinata se había sentido demasiado abochornada como para mencionar el filtro de amor, y confiaba en que él no hubiera notado ningún cambio en su conducta aquella noche, para no verse obligada a mencionarlo. Pero él no parecía disgustado por lo que había adivinado, más bien al contrario. Hinata aún se sentía incapaz de confesarlo, pues olía a desesperación de su parte, así que admitió una parte de la verdad.
—La esposa de Yahiko sugirió que te sedujera, puesto que muy bien podría haber sido nuestra última noche.
Él rio.
—Y yo que creía que disponías de un filtro que te enviaría corriendo a mi cama. Mala suerte.
¿De verdad lo encontraba divertido? Parecía existir cierta tensión subyacente... y él acababa de mencionar el veneno.
—En todo caso, has de saber...
—No, tendría que ser un maldito idiota para creer que me envenenarías antes o justo después de la boda, porque ello implicaría a un Uchiha o a una prima. ¿O acaso a él no le importa si eres tú a la que ahorcan por ello?
Hinata estaba confusa.
—¿Qué quieres...? —exclamó, y se interrumpió soltando un grito ahogado—. ¡Has visto a Sasuke!
—A quien vi fue al diablo —gruñó Naruto.
—¿Qué clase de idea repugnante te metió en la cabeza?
—¡Que tú le prometiste que me envenenarías!
Ella tomó aire antes de golpearle el pecho con las palmas de las manos.
—¿Y tú le creíste? ¿Por qué habría de hacerlo? Te ayudé; puede que también recuerdes que en varias ocasiones te dije que aprecio a Sasuke tan poco como tú. Es verdad que sugirió que te envenenara una vez que estuviésemos casados, pero era una petición demasiado absurda como para merecer una respuesta, y mucho menos una promesa. Y, a decir verdad, no creí que realmente hablara en serio, aunque también me ordenó que tú no debías gustarme: dijo que si me gustabas supondría una deslealtad con mi familia —dijo, resoplando—. No les debo ninguna lealtad, así que no te atrevas a volver a acusarme de algo que no he hecho y que nunca haría. Ayudo a las personas, no las mato. Y si no estás dispuesto a comportarte de manera lógica al respecto, no tengo nada más que decirte.
Comenzó a alejarse presa de la indignación, pero él la cogió del brazo.
—No le creí. Pero él me dijo que tú resultaste ser más bella y más inteligente de lo esperado y que no se podía confiar en ti.
—¡Porque es una persona malvada y destructiva que quiere encolerizarte y recordarte que él todavía sigue andando por ahí ileso, mientras que Ino está muerta por su culpa! Conocía al niño malvado, nunca intenté conocer al hombre, preferí evitarlo por completo. Tal vez confió en que lo retarías a otro duelo allí mismo, lo cual no le dejaría otra opción al regente que castigarte por ello. O quizás esperó que descargaras tu enfado conmigo, tal como has hecho. Matarme a mí impediría que trataras de volver a matarlo a él, pues estarías en la cárcel por ello. Me limito a hacer suposiciones. Ignoro cuáles son sus motivos o de qué es capaz hoy en día.
—¡Es capaz de impulsar a jóvenes mujeres a suicidarse y salirse con la suya! —Después Naruto añadió—: No quiero que sigas administrándole más infusiones o filtros mágicos a mi madre.
«¡Dios mío —pensó ella—, es como si volviéramos al punto cero!»
—¡Demasiado tarde! —exclamó con mirada furibunda—. Hoy ya ha bebido varias tazas de mi infusión y también el caldo. Pero no te preocupes: ¡su doncella ya me insultó exigiendo que primero yo misma bebiera un trago de caldo!
—Eso no es mala idea. Muy bien, puedes darle tus recetas al señor Hibbit, que primero las probará, desde luego, pero creo que sería mejor que no te acercaras a mi madre en absoluto.
Ella pasó a su lado y, por encima del hombro, soltó:
—¡Creo que sería mejor que no me acercara más a ti!
De camino del jardín a su habitación, Hinata se detuvo en la biblioteca y cogió un libro que la ocupara el resto del día. Estaba demasiado disgustada para echar un vistazo a los títulos. «Una historia de Londres, no está mal para una elección al azar», pensó una vez que se acomodó en el sillón. Pero no lograba concentrarse en la lectura, disgustada como estaba porque su relación con Naruto se deterioraba debido a la antipatía que le profesaba su madre. Y encima su primo no dejaba de crear problemas entre ellos.
A medida que transcurrían las horas se desanimó cada vez más porque el progreso que creyó haber hecho en su intento de que él la amara durante esos últimos días en Konoha Park, cuando, gracias a Kitsune, el vínculo entre ambos pareció fortalecerse, se había desbaratado. Había estado tan segura de que se había abierto paso a su corazón durante el viaje a Londres, cuando Naruto le brindó la noche más maravillosa de su
vida y la introdujo a los placeres más notables, y se había mostrado tan dulce y protector con ella. Todo eso también se había deshecho y por eso temía que Naruto volviera a detestarla tanto como detestaba a Sasuke. Pero no podía abandonar. La boda debía celebrarse; además, si bien la situación con los Uzumaki y sus criados no era ideal, disfrutaría de un mejor futuro como esposa de Naruto que si regresaba al hogar familiar.
Tal vez había llegado el momento de hacer un trato con él, de convencerlo para que accediera a uno de esos matrimonios de conveniencia de los que le habló Kurenai. O tal vez a un auténtico trato en el que ella le daba algo que él deseaba a cambio de... ¿qué?.
Se devanó los sesos al respecto, pero solo se le ocurrió una cosa que haría que el matrimonio le resultara aceptable a Naruto, y que no le costaría... demasiado. Al menos él creería que ella hablaba en serio cuando escuchara lo que estaba dispuesta a aceptar a cambio, así que no tuvo inconveniente en cenar con él cuando una doncella apareció con la invitación.
Sin embargo, aún estaba dolida por lo que él le había dicho ese día; ¡prácticamente la había acusado de tratar de envenenar a su madre! Así que a pesar de lanzarle una breve sonrisa cuando entró en el comedor, preguntó:
—¿Ya ha muerto tu cocinero?
—No, pero mi madre ya no respira con tanta dificultad —contestó él, riendo.
—Me alegro. Puedes agradecérmelo dejando de gritarme.
—Yo no grito.
—Sí, gritaste.
—¡Esto es un grito! —vociferó él para demostrarlo.
Ella no lo dudó. Él se puso de pie y le indicó una silla a su lado, pero Hinata tomó asiento en la silla situada en el otro extremo de la larga mesa. Naruto permaneció un rato de pie, preguntándose si debía obligarla a sentarse donde él quería. Hinata suspiró aliviada cuando él se dispuso a ocupar su silla; pero entonces cambió de idea, rodeó la mesa y tomó asiento en la que había a la derecha de ella.
Si no siguiera estando tan absolutamente disgustada con él, podría haber reído. ¿Concesiones, cuando antes él se había mostrado tan frío y suspicaz? Pero con quien estaba realmente enfadada era con su primo por haberla hecho retroceder al punto cero en su relación con Naruto.
Él llevaba una camisa limpia, pero no una chaqueta. Antes, ese día, también había vestido como un lord elegante, así que era obvio que disponía de un guardarropa completo en esa casa. El vestido de ella estaba limpio, aunque un poco arrugado.
Podría haberle pedido a una de las doncellas que lo planchara, pero tal vez no le hubieran hecho caso.
—Si piensas continuar con el régimen que sugerí para tu madre debes asegurarte de que, como mínimo, beba cuatro tazas diarias de cada una de las infusiones.
—Podrás hacerlo tú. Ya no peleará contigo.
—No, tú puedes hacerlo. Sea lo que sea que le dijiste para que cambiara de idea sobre mí, no hará que cambie de actitud, como tampoco tú cambiarás la tuya.
—No se trata de ti. Se trata de la falta de opciones y lo que puede perderse.
Ella resopló.
—¿Qué te hace pensar que mi familia lo considera de otra manera? Si me negaba a casarme contigo prometieron que me encerrarían en un manicomio durante el resto de mi vida. Tú y yo podríamos haberlo visto de otra manera, pero tú decidiste que no soy de confianza. Pues así sea. ¿Por qué no nos sinceramos al respecto y acordamos que jamás confiaremos el uno en el otro?
—No tienes motivos para no confiar en mí, mientras que yo...
—¡Ja! ¿Cuándo tú das crédito a las mentiras que te cuenta Sasuke sobre mí?
—Admito que lo escuché cuando dijo que resultaste ser más bella e inteligente de lo que él esperaba.
Ella lo miró fijamente con expresión incrédula; lo había dicho con toda tranquilidad, casi como si estuviera bromeando, pero era imposible que estuviese bromeando, no sobre ese tema. Así que cerró la boca y entonces los criados empezaron a servir la comida. De momento hizo caso omiso, y él también. Parecía estar esperando una réplica. ¿Es que quería pelear? Ella decidió no darle ese gusto e inspiró profundamente, procurando calmarse.
—Es evidente que este matrimonio jamás te agradará y te asegurarás de que tampoco a mí. Pero no me marcharé; prefiero quedarme aquí con un ogro que regresar junto a mi familia. Pero dime, ¿alguna vez se te ocurrió que ambos tenemos algo en común?
—¿Qué quieres decir?
—Todavía ni siquiera estamos casados y, sin embargo, tú y yo tenemos muchas cosas en común, un número considerable, teniendo en cuenta que somos enemigos.
—¿Como cuáles?
Durante un instante Hinata hizo rechinar los dientes. Le había brindado una perfecta oportunidad para afirmar que no eran enemigos y él no la aprovechó.
—Como el hecho de que ambos odiamos a mi primo. Ambos adoramos los caballos e incluso queremos criar más caballos. Y ambos aborrecemos la idea de que nuestro futuro sea dictado por otros. Ah, y ambos adoramos los perros. Incluso ambos mantenemos relaciones amistosas con los criados, algo bastante poco común entre los miembros de la nobleza. Así que nos casamos para obligar al regente a que busque otra manera de pagar sus deudas, pero eso no significa que debamos considerarlo un auténtico matrimonio si tú no quieres. A lo mejor en vez de eso podemos convertirnos en amigos, así que permíteme que te proponga un trato. Podríamos...
—¿Intentas hacerme reír?
—No, en absoluto —contestó ella con el ceño fruncido.
—Jamás seremos amigos.
Dadas sus posiciones actuales, ello parecía una ridiculez, pero, sin embargo, Hinata insistió.
—Cosas más extrañas han pasado y tú aún no has oído el trato que te ofrezco.
—Adelante.
—Podemos casarnos solo nominalmente, ni siquiera tendrás que verme; estoy acostumbrada a evitar a la «familia». Y te animaré a que tengas amantes. Incluso podrás llevarlas a casa —se apresuró a decir antes de perder el valor, pero aún no había añadido lo que sellaría el trato—. Si me compras un purasangre por cada una de ellas estaré bastante complacida, así que has de tener muchas amantes. Quiero poseer mi propio criadero de caballos cuando la maldición te dé alcance.
—¿Así que ahora crees en las maldiciones?
La sonrisa que le curvaba los labios era elocuente. Ella no tenía intención de divertirlo, pero era obvio que lo había hecho.
—No, lo que creo es que llevas una vida demasiado temeraria: duelos, navegar en tiempos de bloqueos donde le disparan a cada barco que se pone a tiro, y quién sabe qué otros riesgos que acostumbras a correr. No me extraña que digan que tu familia está maldita si los miembros masculinos demostraban tu misma displicencia frente al peligro. Además, si de algún modo logras sobrevivir a tu vigésimo quinto año de vida, me limitaría a añadir mis caballos a tus existencias, a condición de que tenga voz y voto sobre su programa de reproducción.
—Y ¿qué pasa con el programa de reproducción de mis herederos? ¿Crees que en ese caso también tendrás voz y voto?
El rubor le cubrió las mejillas.
—¿Acaso esa es tu manera de decir que no quieres un matrimonio solo nominal?
—Creo que he dejado muy claro que lo único que no me molestará de este matrimonio es que tú ocupes mi cama. Y, basándome en la experiencia, tengo la impresión de que tú no tendrás inconveniente en tenderte a mi lado en dicha cama.
Hinata se sonrojó una vez más.
—¡Presumes demasiado!
—¿Lo hago? —contestó Naruto con una sonrisa sensual.
Ella se ruborizó aún más.
—En todo caso, eso no significa que no tendrás amantes. Te animo a que las tengas.
—Me lo pones muy fácil.
—Sí, incluso te haré sugerencias. Si tú quieres, te ayudaré a escogerlas, por así decirlo. Es una de las razones por las que pensé que quizá podamos alcanzar una suerte de amistad.
—Y ¿cuál es mi incentivo para que acepte?
—El de protegerlas —contestó ella.
Él arqueó una ceja.
—¿Eso es una amenaza?
Ella se encogió de hombros.
—Tengo uñas afiladas.
—¿Has reflexionado mucho al respecto?
No, maldita sea, no había reflexionado en absoluto; la idea se le había ocurrido hacía una hora y las propuestas improvisadas casi nunca salían bien, al menos no sin arrepentimientos. ¿Acababa de arrinconarse a sí misma? Pero él no aguardó una respuesta.
—Si, según tu cálculo, moriré joven, ¿por qué no esperas hasta que todos mis caballos sean tuyos?
—No espero que me dejes nada en herencia; supongo que tu madre heredará todos tus bienes.
—Tu familia se aseguraría de que eso no sucediera.
—Entonces deja de ser tan temerario y no te mueras, porque yo no quiero que obtengan ningún beneficio de esto, cuando el que tiene la culpa de que me encuentre aquí es mi primo. De hecho, si aún no has hecho un testamento es hora de que lo hagas y excluyas a los Uchiha de cualquier beneficio, y de manera específica.
—Gracias, me has devuelto el apetito.
Cuando él empezó a comer lo que le habían servido ella frunció el ceño.
—¿Crees que no hablo en serio?
—Ya veremos.
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Continuará...
