Martes 30 Junio de 2015

Denver

Quinn Fabray

20

No. No iba a ser una cena más. No iba a ser una nueva reunión en torno a una mesa mientras cenábamos. No iba a ser una quedada más como las dos que ya habíamos mantenido desde que volvimos a encontrarnos y yo no lo sabía. Yo no era consciente de lo que me estaba por suceder en aquella calurosa noche del 30 de Junio. Yo no era consciente de que una simple velada entre dos amigas, a pesar de lo que Rachel significaba en mi vida, podría llegar a provocarme tanto como me provocó, sin siquiera llegar a concluir si esos sentimientos eran buenos, o malos.

Si es cierto que debí ir preparada para la ocasión, porque después de casi cinco días discutiendo con Robert hasta llegar el punto de hablarnos por motivos que solo hacían referencia a la casa, mi debilidad estaba en su punto más álgido y era completamente vulnerable a cualquier emoción o sentimiento que pudiese recibir, por leve que fuese.

Si a ello le añadías que lo que me provocó ver a mi acompañante con su preciosa falda de flores y su blusa sin mangas de un azul tan intenso como el cielo, y las gotas de Júpiter, como decía la canción que casualmente sonaba en el coche, enredadas en su pelo ondulado para la ocasión, la premonición de que mi vida cambiaria en aquella noche era más que evidente.

Rachel fue puntual como nunca antes lo fue. Me recogió a las 8 en punto, ni un segundo más ni un segundo menos, en la puerta de mi casa. Me invitó a subir al taxi que había decidido utilizar por si una vez más, acabábamos con las reservas de vino de la ciudad, y me saludó con un beso en la mejilla que incluso llegó a dejarme una tímida huella del carmín de sus labios, tras regalarme la primera de las sonrisas. El lugar para cenar fue un pequeño y sencillo restaurante cerca de Montbello , donde nos esperaba una mesa y donde compartimos una velada perfecta. Nada ostentoso, nada llamativo, solo un par de amigas disfrutando de una deliciosa pizza casera y una conversación que una vez más, terminó trasladándonos a las estrellas y a la última novedad de la NASA; la inminente llegada de la nave New Horizons a Plutón fue el tema estrella, pero no el único, por supuesto.

No. No es que yo estuviese realmente interesadísima en esos temas, pero escucharla hablar como lo hacía me fascinaba, y lograba que mi curiosidad aflorase con decenas de preguntas que, por primera vez, alguien lograba responderme sin invitarme a buscarlo en Google o en cualquier enciclopedia. Rachel tenía esa capacidad, ese don de hacer irresistible cualquier tema de conversación que tocase, y en las circunstancias personales y emocionales en las que me encontraba, era lo mejor que me podía suceder. Me sentía bien estando con ella. Se me olvidada por completo que llevaba todo el día sin apenas hablar con Robert y que ni siquiera sabía dónde o con quién estaba esa noche. Solo me preocupaba saber que las imágenes que estaba a punto de enviar la New Horizons fuesen nítidas después de 9 años de largo viaje a través de la galaxia.

Y no contenta con hacerme sentir bien en aquella noche, también se esmeró en llenarme de ilusión, de una extraña motivación que ni siquiera mi padre había logrado transmitirme, a pesar de que estuvo intentándolo días atrás. Una motivación que llegaba de la mano de mis sueños, de esa ilusión que siempre rondó por mi mente y nunca me atreví a llevar a cabo por miedo a no cumplir las expectativas.

—¿Y un estudio?—me dijo tras probar y relamer sus labios con el helado de chocolate que nos habían servido como postre.—¿No has pensado en tener tu propio estudio en casa?

—Pues…

—Sería genial—me interrumpió evitando que pudiera explicarle—Siempre he visto a todos esos artistas en sus estudios, con cientos de pinceles y lienzos amontonados. Un ático, o bueno… Tal vez en tu casa no pueda ser un ático, pero sí una habitación con grandes ventanales donde puedas inspirarte con la luz. ¿Te pasa eso cuando dibujas? ¿Logras inspirarte con la luz de los lugares?—añadió curiosa, sin dejar de mirarme con los ojos abiertos como platos.

—Pues sí. Supongo que sí… No es lo mismo pintar en un lugar en el que no estés cómoda, que hacerlo en tu espacio… En tu lugar.

—¿Y por qué no te lo planteas?

—No tengo sitio en la casa nueva para algo así.

—¿Y en el jardín? Puedes hacer una habitación más, no creo que suponga demasiado…

—No, no creo que sea buena idea tal y como están las cosas.

—¿Por qué? ¿No te gustaría?

—Claro que me gustaría, pero si le digo a Robert que quiero hacer más obras, se va a volver loco. Tal vez más adelante…

—Mmm Ya… —musitó pensativa—Oye, ¿Y si alquilas algún lugar? Tu padre tenía locales por toda la ciudad, ¿No es cierto?

—Sí, pero…

—Estoy segura de que puedes encontrar un sitio en el que…

—Me encantaría, Rachel—la detuve para que al menos pudiese llevarse el helado a los labios. Su retahíla se lo impedía y ya empezaba a ver indicios de cómo se iba derritiendo—No es el momento para mí de todo eso. Ahora mismo lo que me interesa es tener mucho trabajo en la editorial y estabilizarme. Quizás más adelante pueda hacerlo…

—Pero eres artista, ¿No? Los artistas tienen que expresarse, tienen que liberarse haciendo lo que más les gusta hacer. Quinn… No sé si entra o no dentro de tus planes, pero los cuadros que vi el otro día en tu casa bien podrían estar vendiéndose en alguna galería, o tienda… Eres buena, y joven.

—Gracias por el cumplido.

—No es un cumplido, es la verdad. ¿No te gustaría vender tus dibujos, o cuadros…?

—Claro que sí, pero para eso necesitas tiempo y tener una estabilidad económica. Estabilidad que estoy buscando con las ilustraciones.

—Dudo que para una artista sea agradable tener que dibujar lo que le obliguen. Siempre he entendido que los artistas son almas libres… Que vuelan por sí solos.

—Sí, y la mayoría de ellos no ve un solo dólar en vida con sus obras—bromeé buscando su aprobación, y sobre todo que cediese un poco en su empeño por convertirme en una de esas artistas bohemias que tan bien retratan las películas, pero que tan poco futuro tienen.

—¿Sabes qué?—musitó tras relamerse de nuevo los labios con sutileza—Eres especial hasta para eso.

—¿Especial? ¿Qué pensabas que era? ¿Una hipster de esas que se levantan en mitad de la madrugada porque han tenido una epifanía y necesitan pintar?—bromeé de nuevo y ella sonrió con dulzura, como lo había estado haciendo durante toda la noche.

—Podrías serlo.

—¿Por qué quieres que sea así?

—Porque de esa forma tendrías un estudio, y me encantaría ir a visitar tu estudio y ver todo lo creas.

—¿Para qué?

—¿Para qué va a ser? Me encantaría saber y ver lo que pasa por tu mente y plasmas en un lienzo o un papel. Sería genial tener un Quinn Fabray colgando en alguna pared de mi ático. –Respondió con halo de orgullo que me hizo reír.

—¿Ático? ¿Hablas de la librería?

—Ajam…

—¿Colgarías uno de mis cuadros en tu librería?

—Claro.

—Allí no lo vería nadie, solo tú…

—Por eso mismo. Una obra para mí sola, para que solo yo pueda disfrutarla en mi lugar favorito. Sería perfecto…

—¿Tú crees? He visto que en tu casa tienes un cuadro impresionante de una diosa romana o griega y no tiene nada que ver con mi estilo. Dudo que una de mis obras, como tú las llamas, puedan hacerte sentir tan especial como para tenerla en un lugar tan privilegiado.

—En primer lugar, me da igual el estilo… Lo que importa es lo que pueda llegar a transmitirme y lo que vi el otro día me llegó y mucho. Y en segundo lugar… Es Hypatia—me interrumpió como si fuese una ofensa el no haberla reconocido—Y no era ni griega ni romana, era egipcia. De Alejandría, más concretamente.

Oh… Ok, perdón por no estar al tanto de la nacionalidad de esa tal Hypatia.—Musité a consciencia.

—Quinn, ¿No sabes quién era Hypatia?—me preguntó un tanto seria, tras varios segundos de silencio escrutándome, cayendo por completo en mi trampa.

—Mmm… ¿Tendría que saberlo?—añadí y de repente vi como su gesto se torcía y el asombro se apoderaba de su cejo.

—Bueno, no… No es que sea esencial para la vida saber esas cuestiones, pero pensaba que al menos un poco…

—Filósofa y maestra neoplatónica griega—la interrumpí antes de que su decepción fuese mayor por mi escasa cultura general.—Matemática y astrónoma. Perfeccionó el astrolabio e inventó el densímetro. Creía en el ascetismo y murió descuartizada e incinerada por un grupo de fanáticos que la asaltaron cuando regresaba a su hogar. ¿Ves?—añadí tras ver su cara de asombro y como mantenía un poco de helado sobre su cuchara sin ser capaz de llevárselo a la boca—Tengo algo de cultura a pesar de no ser una hipster o una de esas artistas bohemias en las que quieres convertirme.

—Oh… ¿Cómo… Cómo sabes todo eso?

—No he ido a la universidad, pero si he estudiado… Y aunque no prestase atención a los visionados de la luna con los telescopios, sí que era buena estudiante. Además… Me obligaron a ver una película de ella, tengo buena memoria—le dije buscando su sonrisa, algo que conseguí casi instantáneamente.— También te puedo hablar un poco de Copérnico, de Aristarco o Tales de Mileto, incluso de Carl Sagan. Mi padre era un fanático de Carl Sagan. ¿Sorprendida?

—Siempre me sorprendes, y ahora muchísimo más… Me encanta que conozcas a todos esos ilustres astrónomos. Pero te confieso que no esperaba que te fijaras en el cuadro de mi casa. Nadie suele hacerlo.

—Supongo que no entran muchos pintores, dibujantes o ilustradores, ¿No?

—Pues… No, la verdad es que no. Ahora que lo dices, es lógico que te llamase la atención. Si llego a saber que te iba a volver a encontrar, te habría pedido que me hicieras ese cuadro en vez de comprarlo en una tienda de antigüedades.

—Te lo habría hecho encantada. Aunque ya has visto que mi técnica es más… Contemporánea.

—No importa. Una Hypatia en versión moderna sería muy interesante.

—Sería un retrato tuyo—solté casi sin pensar, utilizando mi mente para imaginármela a ella en el lugar de la histórica filosofa.

—¿Un retrato mío?

—¿Por qué no? Eres mujer, astrónoma, manejas la astrofísica por lo cual las matemáticas se te dan bien. Adoras los libros, tanto que trabajas en librerías y… Eres capaz de utilizar un pensamiento de Frida Khalo como mantra personal, lo que te hace un tanto filosofa. Eres una Hypatia moderna, aunque no compartas su filosofía de vida.

—¿Su filosofía de vida?

—No eres ascética.

—Pues no, no lo soy. Me gusta disfrutar de los placeres de la vida—susurró devorando de nuevo un poco del helado con una sensualidad que a punto estuve de salir corriendo. Y no, ella probablemente ni siquiera era consciente de ello, pero yo llevaba unos cinco minutos observándola mientras hablábamos, viendo como ciertamente disfrutaba del placer que el helado de chocolate le estaba regalando, como se relamía los labios como si aquel simple gesto pudiese pasar desapercibido para quien tuviese el placer de observarla. No solo yo, estoy convencida de que incluso los camareros no le quitaban ojo de encima, y con toda la razón del mundo.

Rachel aquella noche estaba realmente hermosa, encantadora, tanto física como personalmente. Desprendía un magnetismo, unas vibraciones tan positivas que era imposible no sucumbir a su encanto. Incluso si no hubiésemos tenido tema de conversación, me habría pasado las casi dos horas que llevábamos allí frente a ella, observándola simplemente. Pero por suerte, aquella chica hecha mujer no solo era agradable a los ojos, sino que también era capaz de alimentar la mente, de hacerte pensar y mantener una conversación sobre cualquier tema y hacer que el tiempo se pasara volando. Tanto que ni siquiera recordé uno de los motivos principales por el que habíamos quedado aquella noche. Lo hice cuando de nuevo volvió a mencionar al destino. Dichoso destino que yo empezaba a adorar.

—Tal vez ese sea el motivo por el que nos hemos vuelto a encontrar—añadió sacándome de mi embalsamiento con el helado.

—¿Qué disfrutes de los placeres de la vida?—cuestioné y su mirada sorprendida me hizo ver que debía abortar aquellos pensamientos que empezaban a envolverme.—Era broma…—susurré y ella sonrió de nuevo. —¿ Qué motivo nos ha llevado a encontrarnos?

—Pues convencerte para que te plantees el hecho de tener tu propio estudio en el que te inspires para hacerme un cuadro de una Hypatia contemporánea con mi rostro—respondió sin perder la sonrisa.

—¿Crees que es un motivo lo suficientemente importante como para propiciar nuestro encuentro?

—Pues… No lo sé, pero yo ya no sé qué otra cosa puede ser, así que…

—¿Hoy si crees en el destino?

—Quinn, yo siempre creo en el destino, pensé que eso te había quedado claro por la conversación del otro día.

—Ya… Pero depende de las circunstancias, decides ignorarlo u creerlo, ¿No es cierto?

—Ya… Ya hemos hablado de eso, Quinn—replicó dejándome entrever que no le apetecía empezar un nuevo tira y afloja respecto a ese tema, pero no me quedó más remedio que tocarlo para mostrarle lo que deseaba mostrarle, y tanto miedo me daba por su reacción. Porque no sabía cómo lo haría, porque no sabía si era o no el mejor momento. –No hagas que piense en cosas que no debo, no…

—Rachel, ¿Crees que es posible que nos hayamos encontrado en otro momento de nuestro pasado, y no nos hallamos reconocido?

—Lo dudo, no se me ha olvidado tu cara desde el primer día que te vi en el estudio de tatuaje.

—No me refiero a después de ese momento, me refiero a antes del tatuaje.

—¿Hablas de habernos visto antes?

—Ajam…

—Pues no sé, pero supongo que de haber sido así, te habría reconocido cuando te vi en el estudio.

—Ya…

—¿Qué ocurre? ¿Por qué me preguntas eso?

—Porque tal vez el destino nos haya unido porque quería que yo descubriese algo y te lo mostrase—le respondí logrando que recuperase su curiosidad. Supuse que recordó, si es que lo había olvidado, que habíamos quedado precisamente para eso, para mostrarle algo tan especial que solo podía ser cara a cara.

—¿A qué te refieres?—balbuceó expectante y yo supe que había llegado el momento.

—¿Qué pensarías si te digo que tú y yo nos hemos encontrado antes de vernos en el estudio de tatuaje?—inquirí y su cuerpo se tensó, al igual que lo hizo su rostro.

—¿De qué hablas, Quinn?

—¿Recuerdas que te pregunté si habías estado en Aspen?—le dije mientras me adueñaba de mi bolso y sacaba el sobre donde había guardado la imagen. O mejor dicho, una copia de la misma. Ella asintió sin decir palabra alguna y observó cada movimiento que realizaba sin perder la rigidez que de repente la acusaba—El día después de que cenásemos en el bar de mi padre, por la mañana, lo encontré con decenas de revistas, de libretas de fotografías en la mesa. Mi madre estaba histérica porque pensaba que había vuelto a recobrar su vieja afición por la astronomía, y decía que todo lo que guardaba en cajas era basura y que volver a sacarlo no era más que una pérdida de tiempo. Pero entre esos recuerdos encontramos unas fotografías antiguas, fotografías que yo había visto desde pequeña, pero que nunca me llamaron la atención hasta que te conocí.

—¿Qué? ¿Y por qué hasta que me conociste?

No le respondí. Simplemente le ofrecí el sobre para que fuese ella misma quien descubriese la fotografía y me hiciera comprender que no estaba loca, que no me había ilusionado con aquella niña que me cuidaba mientras jugábamos en un parque de Aspen, mientras nuestros padres nos observaban y mi hermana se peleaba con su propio hermano. Quería ver su rostro, su cara al contemplar la escena y saber que no me había equivocado.

Y no me equivoqué.

Rachel me miró a los ojos cuando le entregué el sobre y supo instintivamente que debía abrirlo. Lo siguiente que sucedió me hizo comprender que no solo no me había equivocado, sino que acababa de hacerle uno de los mayores regalos que nunca había recibido. Y ni siquiera era consciente de ello.

Primero fue la curiosidad lo que se reflejó en su cara, para pasar rápidamente a un leve gesto de confusión que quiso aclarar mirándome por una milésima de segundo antes de volver a sucumbir a la escena. Y por último un gesto, un movimiento casi imperceptible de sus labios abriéndose disimuladamente y el desconcierto reflejándose por completo en su cara, en sus ojos, en sus manos que inexplicablemente comenzaron a temblar.

—¿Qué… Qué haces con mi fotografía?—me preguntó apartando el resto del helado que quedaba en su copa.

—Sabía que eras tú.

—¿Qué? Pero… ¿Cómo? ¿De dónde la has sacado? ¿Cómo la tienes tú?

—La tenía mi padre, Rachel. Esa niña que está a tu lado soy yo—le dije y sus ojos volvieron a mí mostrándome un brillo que empezó a preocuparme—Estuvimos juntas en Aspen, en una convención de aficionados a la astronomía por pura casualidad, o tal vez fue el destino...—Bromeé buscando su aprobación, pero el gesto de su rostro no respondía a mis deseos— Mi padre solía a ir a muchas de ellas y en esa estabas tú, y tu madre y…

Mi padre—susurró con la voz rota, regresando a la fotografía. Yo guardé silencio por pura inercia sin saber si había sido o no una buena idea. Su reacción me hizo temer lo peor y ver como dejaba la fotografía sobre la mesa y se cubría el rostro con las manos, no me ayudó en absoluto.

Rachel… ¿Estás bien?—le pregunté y ella asintió, aunque no fue nada convincente.

¿Segura?

No, no estoy segura—balbuceó alzando la mirada hacia mí para demostrarme como por sus mejillas corrían dos lágrimas que me alertaron.

Hey… ¿Qué sucede? ¿Por qué lloras?

Dios… Quinn, necesito salir de aquí—susurró logrando que todo mi cuerpo se descompusiera.

—¿Qué? ¿Qué ocurre, Rachel? Solo, solo quería que…

—Tengo que salir de aquí, Quinn.—Insistió guardando la fotografía en el sobre y dejándome entrever como su pecho se hinchaba y vaciaba con tanta rapidez, que no presagiaba nada bueno.—¿Podemos marcharnos?

—Eh… Claro. Claro. Por supuesto.

Por supuesto que nos marchábamos, de hecho no me dio tiempo a alzar la mano para pedir la cuenta a uno de los camareros y pagar la cena, fue ella quien hizo uso de su tarjeta de crédito sin siquiera levantar la mirada de su bolso, dejando que la palidez de su rostro me empezase a doler.

Sí, a doler, porque a juzgar por su reacción estaba convencida de haber cometido el mayor error de mi vida al mostrarle la fotografía, y ni siquiera sabía el motivo. Aunque empecé a intuir que el motivo principal de su imprevisto malestar lo tenía la figura de su padre en uno de los laterales de la escena. Tal vez no estaba acostumbrada a ver imágenes suyas después de tantos años, o quizás no quería verlo o… Simplemente la emoción fue superior a ella. No lo sabía, ni lo pude saber hasta que por fin, y llevando a cabo su petición, abandonamos el pequeño restaurante como si estuviésemos llegando tarde a algún lugar.

Y ese lugar no era otro que algunos metros más allá de la acera donde se situaba el local, y donde por fin Rachel detuvo sus pasos para cubrirse el rostro con las manos y lograr que mi corazón se rompiese en mil pedazos.

—Rachel… ¿Qué te ocurre? Hey… Cielo, ¿Qué te pasa?—le pregunté sin pensar en nada más que no fuese recibir alguna respuesta. Cuando me dejó ver sus ojos y las lágrimas que caían por ellos sin parar, no lo pude evitar y la atraje entre mis brazos para abrazarla y tratar de consolarla, aún sin saber si la culpable de aquello era yo misma.

Por suerte no lo era, y por suerte también el llanto no era de pena, sino de emoción. Una emoción que no había sido capaz de contener y que terminó llevándola a aquel extremo.—Lo siento, Rachel, lo siento de veras…

—No, Quinn… —Trató de interrumpirme con la voz repleta de quejidos y la congoja del llanto, pero yo no cedí. Me sentía fatal por haber provocado aquella situación que supuse tenía que ver con la pena que aun sentía al recordar a su padre. O eso quería creer hasta que supe la verdad.

Sí, si lo siento muchísimo, Rachel. No quería hacerte sentir mal, y bueno… Sabía que era una opción y ni siquiera me detuve a pensar en que…

—Lucy—susurró buscándome con la mirada mientras seguía inmersa en cobijarla entre mis brazos, y sentí como el mundo se detenía bajo mis pies.

—¿Cómo me has llamado?—le dije y una tímida sonrisa se asomó a sus labios erradicando por completo la pena que la había asolado segundos antes.

—Eres Lucy—susurró dejando escapar varios suspiros.

—¿Cómo…? ¿Cómo sabes que me llamo Lucy? ¿Te lo he dicho?

—No, me lo dijeron tus padres cuando eras pequeña… En ese viaje—me respondió dejándome completamente atónita—Te recuerdo, Quinn… Recuerdo estar jugando contigo en ese parque, yo… Yo tengo una fotografía prácticamente igual en mi casa, en Oklahoma. Recuerdo… Recuerdo que te pasó algo y sangrabas por la cabeza, y me asusté mucho, muchísimo… Y mi padre me alejó de ti porque empecé a llorar y ya no volví a verte más. Recuerdo que en el viaje de vuelta a casa mi padre me decía que estabas bien, que no me preocupase por ti porque estabas bien, pero yo no le creía.

—Oh Dios…

—Le puse tu nombre a mi muñeca favorita.

—¿Qué? ¿Hablas en serio?

—Totalmente—respondió –Me marcaste, Quinn… Era la primera vez que veía como alguien se hacía daño realmente, y lo pasé fatal… No quería que te pasara nada, eras… Eras ¡Dios! No me lo puedo creer… ¡Eres tú! No, no he sabido reconocerte, ¿Cómo no he podido reconocerte?

—Porque tenía cinco o seis años, ¿Tal vez?

—Pero… ¿Y tú a mí? ¿Me has reconocido o tus padres…?

Te he reconocido porque sigues siendo tú… He visto esa fotografía muchas veces, pero hasta que no te he vuelto a encontrar no he logrado asociarte a ella. Mis padres apenas recuerdan nada de ti, bueno… Recuerdan más a tus padres, pero no tienen idea de que estas aquí.

—¡Oh Dios, Quinn…!¡ Esto es surrealista!.—Exclamó separándose de mí para volver a llevarse las manos al rostro y volver a llorar. No sé qué me preocupó más, si verla llorar de nuevo sin motivo aparente o que se separase de mí. Tal vez para ella no fue nada, pero yo noté como me quedaba vacía al destruir el abrazo y eso no me gustó en absoluto.—Es… Es…

—¿El destino tal vez?

—El destino…—Susurró sin poder contener de nuevo otro alud de lágrimas que ya sí, me desconcertó a más no poder.

—Ok… Me parece perfecto que todo esto te parezca surrealista, créeme a mí también lo parece, pero… Por favor, no llores más. No, no me siento bien viéndote así, y ni siquiera sé por qué lo haces. ¿Qué te sucede?—balbuceé sin poder evitarlo.

—No, no lo sé. No lo sé Quinn, pero en cuanto he visto la foto sabía que iba a llorar, y no puedo evitarlo… Y no me gusta que me vean llorar.

—Pues te estoy viendo…

—No quiero que me vean llorar extraños, por eso te he pedido que salgamos del restaurante. Me… Me siento cohibida y si me miran, mucho más. Lo siento… De veras, siento que hayas vivido esta situación, pero es que no me esperaba algo así, y además… Ésta fotografía es muy importante para mí. Quiero decir, no solo porque estemos las dos, lo que demuestra que si es cierto, que por mucho que me pese el destino nos está diciendo algo, sino porque también está él… También está mi padre y… No, no lo puedo evitar. No puedo evitar emocionarme si hablo o veo cosas suyas. Lo siento.

—No tienes que sentir nada—le dije acercándome de nuevo a ella ignorando aquel "por mucho que me pese" que había dejado escapar para hacer referencia al destino. Me pudo más la imperiosa necesidad de volver a tenerla entre mis brazos, o al menos poder sostenerla de alguna manera. Necesitaba tocarla y lo necesitaba como si lo hubiese estado haciendo desde que tenía consciencia. No sé lo que me sucedió en ese instante. No sé si fue culpa del vino, de la pizza, del helado de chocolate o que Rachel me resultaba extremadamente vulnerable y adorable a la vez, pero sentía una fuerte atracción por acercarme, por acariciarla y hacerle ver que estaba allí junto a ella. –Si llego a saber que te ibas a emocionar tanto, tal vez lo habría hecho con más delicadeza y en otro lugar más tranquilo. Soy yo la culpable…

—No, no digas eso—me interrumpió de nuevo abrazándome. Sí, abrazándome como si hubiese estado leyendo mi mente, como si fuese capaz de intuir que lo deseaba yo más que ella lo necesitase. Y yo la abracé agradecida, como si realmente fuese un regalo—Gracias, Quinn.

—¿Gracias?—le pregunté buscando su mirada, sin ser consciente de la escena que estábamos regalando a varios transeúntes que discurrían por la acera en aquel momento. Éramos dos idiotas abrazadas que lloraban y reían simultáneamente, ofreciendo un espectáculo digno de observar, sin duda.

—Gracias por ser tú. No, no sabes la alegría que me acabas de dar. No te haces una idea de lo mal que lo pasé sin saber si estabas o no bien… Recuerdo toda esa sangre en tu cabeza, y… ¿Tú hermana? Era Frannie.

¿Quién si no?

—Oh dios… Ella lloraba, y le gritaba a mi hermano, pero no recuerdo qué sucedió.

Yo tampoco. Lo único que me queda de aquel día es esa fotografía, y la cicatriz en mi cabeza… Pero por suerte no se ve. Solo fue un corte superficial.

—Pues no lo parecía. Nunca antes he estado más traumatizada en mi vida.

—Ya veo. Si llego a saber que iba a impactar tanto, no me habría hecho daño—bromeé permitiendo a duras penas que por segunda vez, deshiciera el abrazo, aunque no se soltó de mis manos en ningún momento.

—Le preguntaba a mi muñeca si estarías bien—me dijo esbozando de nuevo una tímida sonrisa mientras sus lágrimas ya cedían y se secaban en sus mejillas.—¿Quién me iba a decir que 20 años después te tendría aquí, frente a mí?

—¿El destino?—insistí a modo de broma, y ella lo aceptó sin rechistar.—¿Qué te parece si regresamos dando un paseo? Nos vendrá bien, y podremos hablar con tranquilidad sin que ningún taxista sepa que de pequeña me abrí la cabeza y que tú has llamado a tu muñeca con mi segundo nombre.

—Me parece perfecto. Me va a venir bien para dejar de llorar como una idiota—respondió regalándome otra nueva sensación, la de saber cómo se sentía al permitirme que mi brazo se alzara por encima de sus hombros y el suyo se aferrase a mi cintura para caminar a mi lado. Una sensación que de nuevo me voló la cabeza, que me hizo creer que aquello era lo que había estado necesitando desde siempre, o tal vez desde que mi vida se volvió una continua discusión con Robert.

Lo tuve claro.

Era eso seguro, al menos eso quise creer. Era la vulnerabilidad, el malestar que me había estado consumiendo durante aquellos últimos días, y que se vio incrementado con lo que llevaba sufriendo en completo silencio durante meses. Era el tener un brazo al que aferrarme, el apoyo de alguien después de haberme desahogado como lo hice con ella. Fue el sentirme acompañada cuando más lo necesitaba y ver su sonrisa, tener su complicidad y su cariño, además de las increíbles casualidades que unían nuestro destino. Fue sentirme por primera vez en mi vida tranquila conmigo mismo, sin que la consciencia ni la frustración me ahogase como lo había estado haciendo. Fue todo eso. Fue tener todo eso cuando más lo necesitaba. Fue tenerla a ella en el momento justo y oportuno. Por eso deseaba abrazarla, por eso deseaba que ella me abrazara, que caminase junto a mí y me hablase de lo sus recuerdos. Y eso exactamente fue lo que hizo.

Juro por mi vida que nunca antes me sentí tan en paz, ni disfruté tanto de un simple paseo como lo hice aquella noche junto a ella. Porque su presencia me tranquilizaba, porque su risa mezclada con la emoción que la embargaba por instantes, cada vez que su padre rondaba por sus pensamientos, me hacía sentir especial, y me llenaba de fuerza para valerme como su protectora.

Fue curioso, porque 20 años atrás era ella quien cuidaba de mí, y fui tan importante en su mundo que incluso lo más especial de su infancia le recordaba llevaba mi nombre. Y en aquel instante, a pesar de ser yo quien le ofrecía el apoyo, volvía a hacerlo. Volvía cuidarme. Volvía a protegerme y a hacerme sentir especial cuando peor me sentía conmigo misma y con mi mundo. Y lo mejor de todo es que lo hacía sin ser consciente de ello. Rachel nunca supo lo que significó para mí que me regalase aquel paseo, al igual que yo tampoco fui consciente de lo que terminó por provocar en mi vida, pero ambas lo disfrutamos. Ambas lo vivimos aunque cada una en nuestros mundos, a nuestra manera.

Y así llegamos hasta la mismísima puerta de su hogar, porque era el que más cerca quedaba del restaurante, aunque ni siquiera lo pensamos. Simplemente caminamos mientras hablábamos de nuestra infancia, buscando algún que otro encuentro que pudiese haberse dado entre nosotras sin que aún lo supiésemos. Por desgracia no tuvimos constancia de alguno más, pero no nos importó, porque el recordar, el hablar de nuestras vidas más allá de lo que conocíamos o nos obligábamos a conocer, nos ayudó a crear una complicidad, una confianza más fuerte aún de la que ya guardábamos entre las dos. Nos ayudó a no pensar en nada que no fuésemos nosotras, y que la sonrisa pétrea nos envolviese hasta que no tuvimos más remedio que deshacernos del abrazo por haber culminado el trayecto.

No lo supe hasta un par de minutos antes de llegar a su hogar, pero ella también estaba mal, también se sentía frustrada por no poder acudir a una convención que deseaba con todas sus fuerzas, por culpa del trabajo de Jesse. Y que le mostrase la fotografía le ayudó a no pensar en ello, a distraerse como yo había estado haciendo. Que me hiciera participe de aquella pequeña confesión fue un regalo aún más grande si cabía, y como tal se lo hice saber.

Tal vez no era buena expresando mis sentimientos o mi agradecimiento con palabras, pero pude transmitírselo, o al menos eso quise creer, con mis gestos. Con mi necesidad de abrazarla continuamente y sonriéndole a corazón abierto, sin máscaras, sin miedos y si nada que pudiese evitar que supiera lo agradecida que estaba por tenerla en mi vida.

—Creo, creo que voy a llamar a mi madre para que envíe las fotos que tengo allí. Me apetece volver a verlas, y quiero tener la que es igual a esta y…

—Esa es para ti—le dije tras detenernos junto a su puerta, en el porche de su jardín.

—¿Qué? ¿Para mí?

—Sí. He sacado una copia para que la tuvieses. No contaba con que ya tuvieras una igual, pero bueno… De esa forma no tienes que pedirle nada a tu madre. Es tuya…

—Oh… Gracias, Quinn. Gracias.

—Deja de darme las gracias.

—Como si fuese tan sencillo—susurró segundos antes de volver a lanzarse a mis brazos, aunque supuse que esa vez era para despedirse, y no lo disfruté de la misma manera. Aunque lo cierto es que tampoco me dejaron que lo hiciera. Tan solo un par de segundos pude volver a dejar que se hundiese en mis brazos antes de que la luz del porche nos interrumpiera, y el sonido de la puerta se abriese obligándonos a deshacer el abrazo por inercia.

No hubo nervios por su parte al ver como de la nada aparecía Jesse y nos descubría en tal situación, pero yo si empecé a temblar al ver cómo tras él era Robert quien hacía acto de presencia, y nos miraba completamente sorprendido.

—¡Hey! ¿Ya habéis vuelto?—dijo Jesse rompiendo el breve silencio que nos sacudió mientras Rachel y yo nos separábamos con dificultad, como si ninguna de las dos quisiéramos hacerlo. Al menos yo no quería, pero no me quedó más remedio.

—Eh… Sí. Hemos vuelto andando, nos apetecía andar un poco y pasear con ésta temperatura.

—Genial. Mirad quien ha venido a verme—añadió señalando a Robert, que no habia dejado de mirarme un solo segundo.

—Hola, Robert…—Dijo Rachel y él no dudó en acercarse para saludarla.

—Hola, Rachel. No esperaba encontrarme contigo, pensaba que tardaríais un poco más… Pero ya que estás aquí, quiero aprovechar el momento para pedirte disculpas.—Le soltó sorprendiéndome.

—¿Disculpas?—murmuró ella un tanto extrañada.

—Sí, por cómo me comporté contigo el otro día. No, no debí hablarte así, y me arrepiento muchísimo. Estaba un poco agobiado con el tema del trabajo, luego ese chico se acercó… Bueno, fue un cúmulo de cosas que sé que no justifican mi actitud, pero aun así, no pude evitarlo. Y lo siento de veras. Jesse me ha dicho que no te ofendí, que no lo tomaste en serio, pero aun así quiero pedirte disculpas.

—No, no es necesario, Robert. Entiendo que el momento fuese tenso, pero todo está bien… —Se excusó cambiando radicalmente de expresión, incluso de postura. Rachel estaba completamente relajada cuando llegamos, y fue tener a Robert frente a ella y tensarse a más no poder.

Y eso me preocupó.

Conociéndola como empezaba a conocerla, sabía que volvería a darle vueltas, a partirse la cabeza pensando en que algo pudo haber sucedido para que mi novio actuase de aquella manera, y yo no tenía nada que ver en absoluto. Es más, ni siquiera tenía constancia de que fuese a estar allí en aquel preciso instante.

—Bueno, pero yo quiero aclararlo. No soy tan déspota e idiota como demostré el otro día. Espero de verdad que no me lo tengas en cuenta, y que no cambie tu opinión de mí.

—No te preocupes—le sonrió forzada—Un simple comentario no va a cambiar lo que pienso de ti—añadió y yo intuí que lo decía con segundas. Rachel pensaba que mi novio era un completo idiota, y muy a mi pesar, no iba a poder hacerle cambiar de parecer. Y él mucho menos. Más aún cuando optó por responderle con una sonrisa también y girarse hacia a mi esperando que yo hiciera exactamente lo mismo.

Lógicamente no lo hice. Agradecí que tomase la decisión de disculparse, por supuesto, pero si pensaba que eso iba a hacer que me olvidase de los días que llevábamos soportando, estaba muy equivocado. No obstante, y lejos de percibir que mi malestar con él seguía impoluto, no dudó en acercarse a mí y besarme en los labios a modo de saludo. Gesto que Rachel, bajando la mirada, se negó a contemplar. Todo lo contrario que Jesse, que en ese mismo instante estuvo a punto de aplaudir sonriente. Y si no lo hizo poco le faltó.

—¡Todos contentos!—Exclamó—¿Qué tal os lo habéis pasado? Espero que bien.

—Sí, muy bien—le respondió ella forzando la sonrisa. Y yo supe que todo lo que habíamos logrado calmándonos en aquel paseo, se desvaneció por completo.

—Bien, me gusta que salgáis juntas. Robert y yo hemos estado tomándonos unas cervezas, pero no hay quien lo convenza para que se quede un poco más. Voy a tener que contratarlo para que al menos no tenga que madrugar tanto—musitó tratando de sonar divertido, pero de hecho no lo era. Solo Robert rió orgulloso al recibir el halago de su amigo. Ni Rachel ni yo hicimos ademán de acompañarles en la gracia, aunque ella supo fingir mejor una sonrisa que a mí no me convenció en absoluto.

—Tengo que cumplir con mis responsabilidades—le dijo mi novio segundos antes de mirarme— No has traído el coche, ¿No?

—Pues no. No lo he traído—y para ser honestas, ni siquiera me percaté que el suyo estaba allí aparcado, justo en la puerta por donde ambas habíamos pasado minutos antes. Hasta ese extremo llegaba mi tranquilidad junto a Rachel, hasta no darme cuenta de que el coche de mi novio estaba allí mismo.

—Ok. Te llevo a casa.—Anunció como si no tuviese opción alguna. Y lo cierto es que aunque la tenía, porque podría marcharme incluso andando, decidí no debatirle y permitir que su imposición fuese sin más. Y todo por evitar que Rachel se sintiera peor, o mejor dicho, más preocupada de lo que ya lo estaba.

Después de toda una velada y cuatro días atrás hablándole, desahogándome con ella, era lógico que intuyese mi desgana por regresar a mi casa acompañada por él, pero quise creer que teniendo mi aceptación para ello, pensaría que tal vez era la mejor decisión para al menos tratar de encauzar las cosas con él. O eso quise que creyese.

Lo único y verdaderamente importante que yo me llevaba de aquella noche, era el saber que Rachel Berry sabía que me tenía a su lado, y que yo la tenía a ella. Y cualquier cosa que sucediera a nuestro alrededor iba a estar siempre de más. Y eso, a juzgar por su mirada cuando nuestros chicos ya se despedían, era algo que ambas supimos. Sobre todo cuando nos volvimos a acercar para despedirnos, ésta vez sin abrazo de por medio por culpa de la curiosa mirada que nos regalaban los dos, pero con nuestras manos unidas y ese beso en la mejilla que ya empezaba a parecerme poco. Un beso que llegó acompañado de un susurro que solo yo pude escuchar, y que logró que la sonrisa sincera se adueñara de nuevo de mis labios.

—Llámame si me necesitas.

Por supuesto no lo hice, porque aquella noche, a pesar de necesitarla como había empezado a hacerlo, quería que descansara, que dejase de pensar en si estaba bien o mal y simplemente disfrutase de su noche, de sus recuerdos, como bien sabía que haría, y de la paz que, tal y como me había confesado, le traía recordar a su padre. Sin embargo, no pude evitar ponerme en contacto con ella cuando las horas ya habían pasado, casi cuando la madrugada empezaba a despuntar y Robert ya se había marchado a su hogar, después de pasar una hora sentado junto a mí en su coche, hablándome de la casa, de lo que le había dicho su amigo Mark y de la inminente llegada de los fontaneros en aquella semana. Además de sus últimos logros en la inmobiliaria, por supuesto. No hice más que meterme en la cama dispuesta a descansar de una vez por todas, cuando tomé el teléfono y me dispuse a escribirle un último mensaje, buscando hacerla sentir mejor, imaginándome que en cuanto lo leyese una sonrisa se dibujaría en sus labios, y me llevase a dormir con total y absoluta tranquilidad.

En algún lugar, algo increíble espera a ser descubierto. Carl Sagan —Tecleé recordando esa frase que desde pequeña le había oído a mi padre. Su respuesta no tardó para hacerme sonreír como nunca antes nadie lo había hecho.

Y yo te descubrí a ti. Rachel Berry. Buenas noches, Sheliak.