Capítulo 20
—Ha sido demasiado fácil —dijo Shion, echando otro leño al fuego.
—Aún no ha terminado —aseguró Hinata, que no le quitaba ojo a la enigmática niña.
Tenía un aura especial, no cabía duda. Apenas podía apartar la vista de ella, atraída por su extraño magnetismo. Poseía un pelo negro como el ónice y sus ojos rojos lo observaban todo con un brillo de inteligencia y sabiduría impropio de su edad.
—¿Vas a llevarme con Omusa? —le preguntó de pronto, sobresaltándola. Su voz también tenía un timbre inusitado para una niña: profundo y sereno.
—Supongo que te refieres a Naruto —suspiró Hinata—. No lo sé, de verdad. Sé que él es tu padrino y todo eso… pero no quiso escucharme. Me molestó mucho que no confiara en mi palabra.
La niña sonrió, mostrando una hilera de dientes pequeños y blancos.
—Llévame con él, Hinata. Así podréis devolverme juntos a mi pueblo. A él le haría mucho bien… ha sufrido mucho.
¿Era una niña, o la anciana sabia de la tribu disfrazada?, pensó Hinata.
—Parece que sabe lo que dice —intervino Shion, mientras removía la sopa del cazo que había puesto en el fuego.
—Lo sé —contestó la propia Sarada—. Y también sé lo que tú has padecido.
Hinata no supo si fue el tono que usó la pequeña, enronquecido y suave, o las palabras tan certeras. De pronto, se derrumbó y comenzó a llorar, tapándose la cara con las manos, avergonzada.
Sarada corrió a su lado y en un gesto espontáneo, la abrazó.
Shion se aferró al enjuto cuerpecito y lo estrechó con fuerza, dejándose llevar por la dulzura que emanaba de aquella criatura maravillosa. Hinata tragó el nudo que se le había formado en la garganta. Realmente, Shion había padecido un infierno a manos de Deidara.
Tras unos largos minutos de desahogo, Shion pareció tranquilizarse. Hinata aprovechó para servir la cena y las tres se acurrucaron junto al fuego, sin hablar, notando que aquella sopa caliente alimentaba no solo sus estómagos, sino también sus almas.
—Muchas gracias por rescatarme —susurró de pronto la niña, rompiendo el silencio—. Esos hombres me hubieran hecho mucho daño si no hubieseis llegado a tiempo.
Hinata recordó la primera visión que tuvo de Sarada, cuando aquel hombre se dirigía a ella con el hierro al rojo en las manos.
—Ya intentaron hacerte daño, ¿verdad? Pero no veo ninguna marca en tu cuerpo… ¿Llegó a herirte?
La niña negó con la cabeza, con los ojos perdidos en el infinito de sus recuerdos.
—Quiso quemarme con aquel hierro, pero por aquel entonces yo aún tenía fuerzas. Pude defenderme, los espíritus me ayudaron… Después, como apenas he comido desde que me capturaron, me he ido debilitando. Si lo hubiesen intentado de nuevo, no hubiera podido defenderme —explicó la niña, hablando como una persona adulta para asombro de las dos mujeres—. Cuando me di cuenta de lo débil que me encontraba, acepté la comida de Nagato. Pero no ha sido bastante, aún no estoy recuperada.
—¿Por qué no comías? —preguntó Hinata, sin entender.
—Los espíritus me dijeron que aquellos hombres malvados solo me mantenían con vida para que les revelara lo que querían saber. Su comida ensuciaba mi alma, así que no dejé que me alimentaran. Después, cuando comprendí que Nagato no me haría daño, decidí aceptar lo que él me diera. Su ofrecimiento era sincero y estaba preocupado por mí. No pretendía solo que siguiera viva para que les hablara del oro, quería protegerme a toda costa.
Shion suspiró y la abrazó por los hombros, como si ella también quisiera protegerla de cualquier peligro que estuviera acechando en la oscuridad.
—Ahora nosotras nos ocuparemos de que recuperes fuerzas — le dijo.
—Yo hago un estofado para chuparse los dedos —apuntó Hinata.
La niña le dirigió una mirada suspicaz y una gran sonrisa.
—Me parece que dejaré que sea Shion la que cocine para mí.
Hinata abrió la boca, haciéndose la ofendida.
—¿Insinúas que no sé cocinar? —inquirió, preguntándose a su vez cómo sabría aquella mocosa que su mejor virtud no era la de ama de casa, precisamente.
Tanto Shion como la niña rompieron a reír ante su gesto ofendido.
De súbito, mientas observaba las caras divertidas de sus compañeras, a Hinata le sobrevino de nuevo aquel vértigo tan conocido que nubló su mente… iluminándola instantes después con un poderoso fogonazo…
Deidara está atado a un árbol. Un revólver lo apunta, avanza hacia él, cada vez más cerca… Dispara, dispara, le hiere en el estómago, una y otra vez… Deidara grita, desgarrado por el dolor…
—¡¡No!! —gritó, poniéndose en pie bruscamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Shion, alarmada.
—He visto… lo he visto — Hinata temblaba.
De nuevo aquella visión, la misma que tuvo la noche del baile cuando el marido de Shion apretó su mano. Pero en esta ocasión, había sido mucho más real y estaba sobrecogida. Miró en derredor y gimió descorazonada cuando reconoció a unos pasos de donde se encontraban el escenario de su premonición: el grueso tronco de una increíble secuoya gigante. Sin duda, la misma que acababa de ver.
—Tenemos que irnos de aquí —declaró, con la voz aún temblorosa.
—¿Ahora? — Shion miró también a todos lados, buscando el motivo de la alarma de su amiga, sin encontrarlo—. Hinata, ya ha anochecido y está muy oscuro, no se ve nada. Estamos agotadas. Yo creo que deberíamos descansar y mañana, a primera hora…
—Deberías hacer caso a mi esposa.
La voz salió de la oscuridad, sobresaltándolas. Deidara avanzó desde la sombra hasta situarse en el círculo de luz de la fogata, donde todas pudieren ver bien su siniestro rostro.
—Me encontré con el bueno de Nagato de camino —dijo—. Me explicó lo ocurrido y quiso que lo entendiera… —soltó una desagradable carcajada—. Siempre supe que era demasiado blando para esto. Por supuesto que lo entendí, pero le hice ver mi propio punto de vista.
—¿Lo has matado? —se aventuró a preguntar Shion.
Los ojos de Deidara eran dos finas rendijas de odio cuando respondió.
—No creo que sea de tu incumbencia, mujer. Me has hecho perder mucho tiempo viniendo tras vosotras.
—No tenías que haberte molestado —le cortó Hinata, recobrando parte de su aplomo tras el susto.
Los ojos claros de Deidara la fulminaron.
—Desde el principio supe que eras una mala influencia para Shion. Creo que es hora de que tú y yo tengamos una conversación… —su boca se curvó en un gesto obsceno—. O quizás algo más.
Caminó hacia ella con malvada determinación, pero Shion se interpuso.
—¡No! No permitiré que le hagas el daño que me has hecho a mí.
Deidara esbozó una sonrisa sibilina que logró congelar el aliento de las tres mujeres. Y, rápido como un rayo, su puño se alzó y cayó sobre el rostro de Shion, tirándola al suelo, inconsciente. Una vez allí, le pateó el estómago.
—¡Shion! —exclamó Hinata, girándose para tratar de llegar a su alforja, donde tenía guardado el Colt.
Pero el vaquero se abalanzó sobre ella, agarrándola dolorosamente por el cabello. Tiró de él con crueldad y Hinata gimió de dolor.
—¡Maldita perra! Mira lo que has conseguido con tus maquinaciones —siseó Deidara contra su oído—. No podías dejar las cosas como estaban, ¿verdad? Tenías que ser una heroína y salvar a la niña. ¿No lo comprendes? La india ya está sentenciada. Cuando acabe contigo… la mataré a ella.
—¡Noooo! —gritó, luchando por zafarse de aquella garra que le aprisionaba el cuero cabelludo.
Deidara la arrastró a unos metros de allí y la arrojó al suelo, tirándose después encima de ella. Le sujetó las manos sobre la cabeza y le inmovilizó las piernas con sus rodillas sin dejar de reírse.
—¡Vaya, palomita! Eres tan tierna como mi propia mujer… Incluso diría que más bella aún. Me muero por clavarme en tu cuerpo y probar tu sabor —se quedó pensativo un momento y luego chasqueó la lengua—. Lástima que tu querido esposo no esté aquí para disfrutar del espectáculo…
Ella peleó, luchó por intentar soltarse de aquellas manos de acero que la aprisionaban.
—Pero no te preocupes, se lo contaré todo. Y no tendré más remedio que matarlo, porque indudablemente querrá vengarse —la observó con aquella maldad inhumana en sus ojos claros—. ¿Crees que le importas lo suficiente como para querer vengarse?
—¡Suéltala, Deidara! —gritó Shion, a su espalda.
Después, se escuchó cómo amartillaba el Colt de Hinata.
El vaquero levantó las manos y resopló, impaciente.
—No comiences algo así, Shion. No tienes valor para terminarlo.
—¿Tú crees? —preguntó ella, con un tono duro—. ¡Vuélvete, maldita sea, quiero verte la cara!
Deidara se levantó despacio, liberando del todo a Hinata, y se giró lentamente para enfrentarla.
Shion sangraba por el labio y se sujetaba el estómago dolorido con la mano que le quedaba libre. El arma temblaba con violencia entre sus dedos, pero su rostro poseía una determinación peligrosa.
Hinata corrió para colocarse a su lado.
—No eres una asesina, Shion —murmuró, recordando la visión que acababa de tener—. Será mejor que yo sostenga el arma.
—¡No! Este malnacido debe pagar por todo el daño que ha causado…
Estaba llorando. Sus lágrimas eran de rabia, de odio, y Hinata temió lo que podría ocurrir. Ella había sido testigo con su visión de las oscuras consecuencias que podría reportarle un acto tan visceral como aquel. Shion no pensaba lo que hacía. Solo sentía dolor… y quería desquitarse.
—Escucha a tu amiga, Shion —espetó Deidara, fanfarrón—. No serás capaz. Eres una cobarde, no tienes valor para apretar el gatillo. No eres nadie, nadie…
—Sigue hablando —le retó ella, apretando los dientes con rabia—, eso me lo pondrá mucho más fácil.
— Shion —se escuchó la voz de la pequeña Sarada que se acercaba—. No debes matarlo, tu sufrimiento nunca terminará.
—¡No lo entendéis! —chilló ella, fuera de sí. El dedo del gatillo se movía frenético, buscando el alivio del disparo—. ¡Tiene que morir, es un monstruo! ¡Tiene que morir!
Hinata sintió que la niña buscaba su mano y pensó que necesitaba consuelo, que estaba asustada.
Nada más lejos de la realidad.
—Estoy débil, apenas tengo fuerzas —indicó la pequeña—. Necesito parte de las tuyas.
Hinata notó cómo Sarada le absorbía energía a través de su mano y en un primer momento, se asustó mucho. Era como si le estuvieran despojando de su propia vida poco a poco. Como si consumiera cada aliento, cada pálpito de su corazón. Las piernas comenzaron a flaquearle y cayó de rodillas. Tuvo miedo y quiso soltarse, pero no lo logró; de repente, la niña levantó su mano y lanzó su magia contra Deidara.
El vaquero voló por los aires y se estrelló de espaldas contra el árbol. Una cuerda de la alforja de Hinata salió disparada en su dirección y se enrolló alrededor de su cuerpo, sujetándole al tronco de la enorme secuoya.
—¡Eres una maldita bruja! —jadeó, aterrorizado.
Shion avanzó hacia él, apuntándole con el revólver.
Y Hinata creyó que se ahogaría en su propia pesadilla porque le faltaba el aire y se estaba cumpliendo su visión con una exactitud pavorosa.
—¡No! —consiguió gemir.
Estaba agotada. Sarada le había consumido gran parte de sus fuerzas y apenas podía mantener los ojos abiertos.
De súbito, la niña la soltó y ella notó que el aire volvía a inundar sus pulmones. Cayó al suelo de bruces y desde allí pudo ver, entre tinieblas, cómo la pequeña avanzaba hasta Shion y ponía su mano en el brazo que apuntaba al vaquero. Se le cerraban los párpados, pero aún pudo ver como Sarada conseguía que Shion bajara el arma y se derrumbase de rodillas en el suelo, sollozando angustiada.
No lo había matado.
Hinata consiguió esbozar una sonrisa antes de sumirse en un sueño reparador. Gracias al cielo, su visión no se había cumplido.
Continuará...
