— No sé si mi padre me hubiera ofrecido el coche si hubiera estado yo solo — dijo él cuando empezaban a subir las escaleras — Seguro que tú nunca has conocido a nadie al que no le caigas bien.

Hermione sabía que hablaba para distraerla de la oscuridad. A pesar de la linterna, la negrura apelaba a sus peores miedos. Se centró en la conversación e intentó no pensar que podía tragarla la oscuridad.

— Eso no es cierto. Con la mayoría de la gente me llevo bien, sí, pero eso es porque me gusta la gente. Creo que por eso me molestaba tanto haberte caído mal desde el primer momento.

— Nunca me caíste mal.

La joven hizo una mueca, pero no discutió su afirmación.

— Y a la señora Trelawney no le gusto.

— ¿A quién?

— A la vecina de al lado. Pero no le gusta nadie. Yo creo que está loca, que es una paranoica. Está convencida de que la gente la espía.

Draco hizo un ruido con la garganta.

— ¿Vive a tu derecha mirando el edificio de frente?

— Sí.

Él le contó su experiencia en el saliente y Hermione se echó a reír.

— ¡Oh, Dios mío! Eso habría dado un susto de muerte a cualquiera, pero en especial a esa mujer — volvió a reírse.

— Pobre mujer. Seguro que yo era su peor pesadilla hecha realidad.

— Yo te he visto desnudo y no es una pesadilla, pero luego iré a explicárselo para que no se muera de miedo.

— Buena idea — él tiró de su mano — Ya hemos llegado.

Caminaron en silencio por el pasillo. Hermione abrió la puerta de su apartamento. Dentro hacía tanto calor como cuando se habían marchado.

Draco encendió una vela y apagó la linterna.

— No quiero que se acabe la pila.

El gato los recibió con un maullido. Hermione lo levantó en vilo sorprendida.

— Hola. ¿Nos has echado de menos? — miró a Draco — Es la primera vez que sale a recibirme.

El gato le golpeó la barbilla con una pata sin uñas. Hermione se echó a reír y lo dejó en el suelo.

— Ya es suficiente, ¿eh?

— Es el cambio de nombre — comentó Draco.

— Puede, o puede que sea mi fe en que cambiaría algún día. Nuestras percepciones se convierten en nuestra realidad.

¡Vaya! ¿De dónde había salido aquello? Debía de estar muy cansada para ponerse a filosofar.

Y lo estaba. Agotada. Física y mentalmente. Se desperezó y captó el olor de su axila. Terrible.

— Podría dormir una semana, pero antes me voy a duchar. ¿Quieres acompañarme? Sólo a la ducha — añadió, para que él supiera que no le ofrecía sexo.

— Sí — rió Draco — En este momento no soy capaz de nada más. No creo que se me levante, ni siquiera por ti.

Y sonrió.

— Mejor. Porque seguro que yo me quedaba dormida antes de terminar.

Draco la abrazó por la cintura.

— De acuerdo. Sólo ducha.

Entraron en el baño y él dejó la vela en el lavabo.

Hermione se desnudó y amontonó la ropa en el suelo. Miró desnudarse a Draco.

— Si no estuviera tan cansada, intentaría seducirte.

Él se echó a reír.

— Creo que tendré que quemar toda esta ropa cuando llegue a casa.
Entraron en la ducha. Ella no quería pensar en él volviendo a su casa. No quería que terminara la magia de esa noche.

— No sé si quemarlas. Puede que te baste con fumigarlas — dijo.

Se metió debajo del chorro. El agua fría era una delicia sobre su piel sudorosa. Draco y ella se turnaban en silencio debajo del chorro. Cuando los dos se hubieron lavado de arriba abajo, cerraron el grifo.

— Espera — él tomó una toalla y empezó a secarla con gentileza.

— Puedo hacerlo yo — protestó ella, pero no hizo ademán de quitarle la toalla.

— Ya lo sé.

Siguió secándola y ella lo miraba, fascinada por el agua que se pegaba a sus pestañas oscuras.

— Hum — era agradable sentirse mimada — Lo creas o no, necesito más de una hora de sueño.

Draco soltó una risita y se arrodilló para secarle las piernas. Cuando se enderezó, le cubrió el pelo con la toalla y empezó a darle un masaje maravilloso en la cabeza.

— O dejas de hacer eso, o me voy a quedar dormida de pie.

Draco le puso la toalla alrededor de los hombros y sonrió.

— Eso no estaría bien.

Tomó otra toalla y se secó rápidamente, mientras ella lo miraba con aire de zombie. Él salió de la bañera, le puso una mano detrás de los hombros, la otra debajo de las rodillas y la levantó en brazos.

Hermione no protestó. Le echó los brazos al cuello y apoyó la mejilla en su pecho. El ritmo firme de su corazón le servía de nana. Se durmió así, rodeada de su aroma, con su piel contra la de él.

Hermione lo siguió sin vacilar.