Groenlandia había muerto. Lo vimos en las portadas de los periódicos de la gasolinera en la que paramos. Nos sentamos en una mesa de la cafetería y permanecimos ahí un buen rato, sin hablar, sin comer lo que acabábamos de comprar, cubriéndonos las caras con las manos. El movimiento había conseguido dos bajas y ésta representaba una amenaza seria para nosotros, porque significaba que aquellas ideas habían calado profundamente en todos los continentes y se habían expandido lo suficiente. Fue uno de los ratos más desagradables de toda mi vida.

— Las pequeñas naciones están cayendo primero...Joder...—murmuró Suiza, y apartó de sí el bocadillo que había cogido, como si solamente ver comida lo asqueara—. Liechtenstein...Tengo fe en que aún siga viva, pero...

— Estoy seguro de que así es.

— Solo lo dices por animarme, o para que me calle, pero gracias.

Di un trago a mi botella de agua antes de inclinarme un poco hacia él.

— Ese hombre nos lleva siguiendo desde hace tiempo.

Había un tipo con coleta larga y barba en la sección de revistas. Fingía hojear algunos ejemplares, pero yo lo había pillado lanzándonos miradas furtivas.

— Estoy seguro de haber visto su coche cerca del nuestro por la carretera.

Suiza miró discretamente al tipo en cuestión. Le vi echar mano a su pistola por debajo de la mesa.

— No es conveniente llamar la atención—le dije.

— Podría ser del movimiento—susurró él.

— Sin duda. Me pregunto si Grenwood habrá contactado con sus colegas desde la cárcel.

— Si es así, hay que irse cagando leches.

— Incluso sin él, deberíamos. Mi jefe me ha llamado para amenazarme. O vuelvo a casa ya o me lleva él de los pelos. Lo conozco y sé que cumplirá su amenaza.

— Ya, el mío también, pero no le he hecho caso y supongo que tú tampoco lo harás. ¿No?

— Por supuesto. Pero ya son demasiados los que nos siguen los pasos.

— En eso estoy de acuerdo. ¿Tienes alguna idea?

— En realidad sí. He estado meditando sobre ello. Es un poco arriesgado, pero...

— No importa. Es lo único que tenemos ahora mismo.

Me incliné sobre él para susurrarle mi plan al oído. Cuando finalicé, lo vi mirarme como si me hubiera vuelto loco, pero, después de pensárselo un poco, pareció habérsele encendido la bombilla, como dicen hoy en día.

— Adelante.

Necesitábamos unas cuantas cosas, así que nos acercamos a un pequeño centro comercial que había en el límite del pueblo. Como sospechaba, aquel Toyota negro nos siguió y paró cerca de nuestra plaza en el aparcamiento. Su dueño, el hombre de la coleta, también parecía necesitar algo de la segunda planta. Nos dividimos. Suiza fue a buscar unas cosas y yo fui a la tienda de moda. El hombre me siguió a mí, lo vi cerca de donde yo estaba. Por si se le ocurría abordarme, me acerqué a todo miembro del personal que me encontré para hacerles las preguntas más tontas que se me ocurrieron y después de pagar, cuando salí, fingí que hablaba por el móvil. Me reencontré con Suiza en la planta baja y nos dispusimos a irnos.

Bajamos las escaleras mecánicas hacia el aparcamiento.

— ¿Lo tienes todo?

— Sí—contestó Suiza.

Y de inmediato comenzó a toser. Con eso atrajo la atención del tipo de la coleta, que se nos quedó mirando.

— Ya verás como Liechtenstein está bien—le murmuré a Suiza, solo para que él nos viera hablar con preocupación.

— Gracias, Austria—respondió él, fingiendo que le faltaba el aire.

Volvimos a subir, en dirección a los aseos. El hombre nos siguió.

Yo hice como que me fallaban las piernas.

— Espero que me hayas comprado algo decente—me dijo Suiza en voz baja, fingiendo una enorme preocupación.

— Más decente que lo que llevas ahora es seguro—le contesté.

La fortuna quiso que una mujer que promocionaba una compañía telefónica abordase a nuestro perseguidor y lo distrayese. Nosotros aprovechamos para escabullirnos rápido hacia el lavabo.

No puedo decir qué pasó cuando el hombre por fin se libró de aquella azafata tan insistente y nos dio alcance. Para entonces, nosotros estábamos saliendo del centro comercial a pie, dejando en el aparcamiento mi coche. Al cabo de unas horas, después de pasarnos un rato haciendo autoestop, un camionero se ofreció para llevarnos a Rostock.

— Muchas gracias por llevarnos, señor—le dije yo. Había dejado mis gafas atrás (lo cual no era realmente una pérdida, pues no las necesitaba para ver, sino para que mi cara no pareciera tan simplona). Me había peinado hacia un lado y cambiado mi ropa decente por algo más moderno: unos simples tejanos, zapatillas y una camiseta blanca con un buen abrigo gris oscuro.

— No hay de qué, chavales—contestó el conductor, un alemán de lo más amable, con bigote poblado y barriga prominente.

El conductor llevaba puesta la radio en las noticias, y durante el trayecto hablaron de un macabro descubrimiento.

«Acabamos de saber que han aparecido en un centro comercial de Alemania los restos mortales de la Confederación de Suiza y la República de Austria. Al parecer, ambas naciones se encontraban en el país después de haber hecho una visita muy inoportuna al único detenido por el secuestro del Principado de Liechtenstein, en una cárcel de máxima seguridad de Francia. Las cámaras del centro comercial y algunos testigos vieron a las naciones sintiendo una incomodidad repentina cuando se encontraban camino del aparcamiento y fueron aprisa al baño. Un padre y su hijo que entraron posteriormente encontraron las ropas y los objetos personales de ambas naciones tiradas en el suelo, envueltas en polvo. Este suceso ha caído como un jarro de agua fría en todo el mundo, especialmente Europa.»

El conductor, que nos mencionó que le llamaban Mickey, sacudió la cabeza con tristeza.

— No me lo puedo creer...Suiza y Austria...Y yo que creía que las cosas no podían ir a peor...

Lancé una mirada discreta a Suiza. Él se había rasurado los lados de su cabellera con un cuchillo que llevaba encima para adoptar un peinado de esos horribles para mi gusto que se hacían mucho los jóvenes entonces, con un moño. Se había deshecho de su boina y se había puesto pantalones vaqueros, una camisa roja a cuadros y un anorak.

— Esto se está yendo a la mierda—se lamentó el conductor.

— Dicen que todo esto es para mejor—comenté, en un intento por actuar con naturalidad.

— Ya, y una porra. ¿De verdad crees que matando a las naciones el mundo será mejor, muchacho?

— Lo cierto es que no. Pero es lo que dicen.

— Sí...Mira, chico, yo nací en los sesenta, pero mis padres vivieron el nazismo y me contaban cosas que te pondrían los pelos de punta. Las cosas que la gente hizo en nombre de un mundo mejor. Lo que están haciendo no tiene nombre. Bueno, sí, tiene uno: porquería. Asesinato. Ya son dos. Austria y Suiza...Eran buenos tipos. He leído acerca de ellos. Austria era un mecenas de las artes de su tierra. No había estreno al que él no asistiera. Y se encargaba de que los novatillos con talento tuvieran una oportunidad. Y Suiza, al fin y al cabo, fue el país en el que nació la Cruz Roja, y el otro día oí que donó buena parte de su patrimonio a esa y otras organizaciones. En realidad, por lo que sé, casi todas las naciones hacen obras así. Y en los tiempos en los que estamos, en que hay tanto político corrupto y el dinero solo se gasta en tonterías, gente que de verdad se preocupa por el pueblo hace falta. Yo creo en las naciones. Creo que de verdad aman a su gente y son buenos. Y esos del Wanwol Mufment o como se llamen los están matando. Yo no quiero que mi nación desaparezca. Cometió errores, sí, pero como todos. Nosotros mismos cometemos errores. Yo el otro día le pegué una patada a mi perro porque me mordisqueó la zapatilla y no estaba de humor. Pero para eso está el perdón. Yo perdono a mi nación y quiero verlo feliz. Representa todo eso que nos hace únicos a los que vivimos en este trocito de tierra, nuestra historia, nuestras costumbres. No quiero un mundo globalizado, en el que todos se parezcan a todos. Sería muy aburrido y, francamente, no me suena nada bien...Hay tantos que se han aprovechado de la idea de que todos seamos iguales...Supongo que pensaréis que soy un antiguo...

— No, señor, en absoluto—dijo Suiza con voz suave.

— Así que, a Rostock...

— Sí.

— Os gustará. Si tenéis tiempo, coged un ferry a Dinamarca. Está a buen precio y os lleva a un lugar que está muy bien. Tenemos unas cuantas horas de camino, así que si queréis dormir, decídmelo y quitaré la radio. También tengo algunos refrescos por ahí, por si tenéis sed.