Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


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Casi amanecía cuando Whittaker le informó a Natsu que la solicitaban en la biblioteca del patrón. Al oído, la pobre Natsu se puso blanca como un papel. Inconsolable, salió de la sala de los criados suponiendo que el carácter endemoniado del amo ahora se abatiría sobre ella.

Dio un tímido golpe en la puerta de la biblioteca y al oír la voz retumbante de Uzumaki que decía: "¡Pase!", se sobresaltó. Con mano temblorosa y húmeda de transpiración, giró el pomo de plata y entró en la habitación. La biblioteca estaba a oscuras. Las cortinas de terciopelo verde estaba corridas a pesar del color claro de la madera, la habitación era lúgubre y sombría.

—Natsu, quiero hablar contigo.

La pequeña doncella lo miró respetuosamente.

Naruto estaba sentado junto al fuego, desaliñado como si no se hubiese acostado durante varias noches. Junto a él, había un vaso y un botellón vacíos. Aunque era evidente que había estado bebiendo, en ese momento parecía sobrio.

—Señor... ¿qué... qué hice? — Murmuró con su acento melodioso.

—Siéntate. —Indicó una silla tapizada de terciopelo verde.

Sorprendida por la amabilidad pero aterrada por la voz del amo, la muchacha se sentó.

—Natsu, tú y Tokuma son los únicos criados que la señora Uzumaki trajo desde Washington Square, ¿no es cierto?

—Sí, señor — Respondió la muchacha con voz trémula.

—¿Por qué?

Natsu se mordió el labio. No se le ocurrió una respuesta y dijo:

—Señor, ¿nos echará a Tokuma y a mí?

Naruto pareció sorprendido. Siendo un hombre práctico, no trató de consolarla; se limitó a decir:

—No. — Y la inmovilizó con esa mirada escrutadora. —¿Por qué sólo los trajo a Tokuma y a ti? — Preguntó Naruto.

La doncella tragó saliva, y el nerviosismo hizo más pronunciado el acento irlandés.

—Bueno, señor, supongo que no tendría demasiada confianza en los otros criados. La señorita Hinata siempre fue muy reservada.

—¿Por qué?

—Bueno, creo que es a causa de aquel incendio que mató a los padres. Nunca se recuperó de esa tragedia, señor. De hecho, bueno...

—Continúa.

—Está obsesionada con la señorita Hanabi, señor. Es decir, creo que se recobró de la muerte de los padres todo lo que una puede superar una cosa así, pero siempre está pensando en la señorita Hanabi, y a mí me parece que eso no es saludable. En ocasiones, la sorprendí murmurándole al retrato de la hermana como si la muchacha estuviese presente.

—Nunca vi ese retrato. —Dijo Naruto con aire reflexivo, y expresión turbada.

—Oh, señor, la señora siempre lo tiene consigo pero es muy reservada. No quiere que se sepa lo de la señorita Hanabi.

—Extraña conducta. La señora Uzumaki siempre me pareció muy sensata.

Al oírlo, Natsu palideció.

—No quiero ser indiscreta, señor. Sólo que usted preguntó... sí, la señora es muy sensata.

Naruto hizo un gesto, deteniendo el parloteo de la muchacha. Pensativo, se frotó el mentón y notó que tenía la barba crecida.

—Natsu, la señora confía en ti. Tú conoces algunos de sus secretos. Tengo una pregunta muy importante que hacerte antes de que te vayas, y quiero que me digas la verdad. Como católica, quiero que me jures que dirás la verdad. ¿Lo juras?

—Sí. —Murmuró la muchacha con los ojos muy abiertos.

—¿Qué hizo la señora el día del debut de Karin?

—¿La noche de la fiesta de los Uzumaki? — Natsu miró en derredor tratando de recordar—. No recuerdo que hiciera nada fuera de lo común...

—Entonces, ¿no se quedó en casa esa noche? –Dijo Naruto, con la expresión dura y sin cuidarse de ocultar el acento.

La muchacha lo miró.

—Oh, no, señor. No se quedó en casa. Se había vestido para la fiesta. —Movió la cabeza—. Y recuerdo que estaba lloviendo y tuve que subir a buscarle la capa.

—¿Es decir que mi esposa iba a asistir al debut de Karin? — La voz de Naruto era queda, como en una plegaria.

—Sí, señor. Se vistió para salir, como cualquier otra noche. Yo la ayudé... —Natsu hizo una pausa—. Luego, el tío descubrió lo que estaba por hacer y la detuvo. La encerró en la habitación, y yo la oí llorar durante horas. Me rompió el corazón, le aseguro, y al día siguiente, la señorita tenía un magullón en la mejilla. Nos costó mucho trabajo disimularlo.

Naruto permaneció sentado, el rostro sombrío, los ojos brillando con una emoción desconocida.

—¿Puedes jurado, Natsu? ¿Juras que estás diciéndome la verdad?

—¡Que me muera mañana, y que nunca tenga hijos! —Juró Natsu.

Naruto se mesó el cabello. En ese momento, tenía peor aspecto que cuando la muchacha había entrado en el estudio. Parecía más viejo. Las líneas del rostro se habían ahondado, como si sintiera remordimiento.

—Puedes irte, Natsu. Y quiero tu palabra de que no le dirás nada de esto a la señora.

—Sí, señor. —Natsu se levantó e hizo una reverencia. Salió del estudio, conmovida por la melancolía del amo. Le pareció que el señor Uzumaki había perdido lo que más quería en la vida.

Como lo habían planeado, el jueves Hinata llevó a Karin al parque en el faetón. Los tulipanes estaban floreciendo: pasaron ante canteros de flores iluminadas por el sol, rosadas, amarillas y rojas. Las wistarias, bellas enredaderas de flores púrpura, trepaban en líneas sinuosas por los miradores hechos de ramas sin debastar. A lo lejos se veía a una muchacha sentada en un banco, leyendo, una figura plácida como un cuadro de Rembrandt.

No habían visto al duque, pero Hinata estaba segura de que lo encontrarían. Tenía años de aprendizaje en la sociedad: sabía detectar una cita disimulada.

Ese día, Karin estaba muy callada, toda la atención concentrada en encontrar al joven duque, sin disposición para conversar. A Hinata no le molestó pues ella misma tenía la mente ocupada en su marido.

Ya hacía dos días que no veía a Naruto.

El día anterior, la joven se había quedado todo el día en su propio dormitorio, negándose a salir. Necesitó ese tiempo para animarse a volver a ver al esposo.

Esa mañana, cuando se levantó, Naruto ya se había ido a la ciudad, a atender los negocios en la Bolsa de Valores.

Al menos, eso le habían dicho los criados. Tal vez, en realidad había ido a visitar a Amaru. Esa sospecha la sumió en la desesperación. No obstante, volvió a armarse de una coraza y paseó por el parque en el faetón abierto, con un aire tan plácido y frío como el lago en un día sin viento, a pesar de que su alma sangraba.

En un intento por salvar su matrimonio, se había entregado a su esposo. Sin embargo, las mentiras se amontonaban alrededor de los dos como las piedras de una fortaleza y sólo una verdad emergía de esa fortaleza para dar el golpe definitivo: Hinata amaba a Naruto.

Naruto poseyó el cuerpo de Hinata sin murmullos de amor, sin la seducción de un compromiso falso. Cuando terminaron, sólo pensó en el negocio, como de costumbre: lo primero que se le ocurrió fue cómo salir del embrollo que había causado el acto de amor. Y había imaginado el perfecto final para un crimen: otra mentira, esta vez para conseguir la anulación.

Ese pensamiento congelaba la sangre de Hinata, aunque comprendió que si Naruto insistía tendría que aceptar. En un rapto de enojo, Hinata mencionó el divorcio, a pesar de que no creía poder soportarlo. Naruto tenía razón: era muy desagradable. Perjudicaría a todos, incluso a Hanabi. ¿Y para qué? Aun así, lo perdería: no podía obligar a Naruto a que la amara. El matrimonio no podía ser sostenido por una sola persona. Si no lo hacían entre dos, no existía.

Se volvió hacia Karin, que miraba ansiosa en derredor esperando ver al duque de Sharingan cruzando el Mall, hacia la fuente de Bethesda. Al observar a la muchacha, Hinata sintió que le pesaba el corazón. Se había encariñado con Karin y le dolió pensar que su influencia en la vida de la muchacha era circunstancial. Naruto sólo la había utilizado como casamentera para la hermana, y era obvio que no le importaban los sentimientos ni los afectos de la esposa. Sin duda, Naruto esperaba que una vez que hubiese cumplido su tarea Hinata Hyuga se quitara el apellido de casada como una capa de satén, empacara sus pertenencias y nunca volviese a verlos.

Sin embargo, Hinata quería volver a ver a Karin. Y también a Menma. Eran la única familia que había tenido durante muchos años y los quería mucho. Tal vez Naruto la sintiera como una cadena colgada del cuello, algo que tenía que tolerar para obtener lo que deseaba, sin embargo estaba segura de que Menma y Karin no sentían lo mismo.

—No viene. — Dijo de pronto Karin como el tañido de una campana que anunciara la muerte.

—Todavía es temprano. —La consoló Hinata, palmeándole la mano enguantada.

—No, regresemos a casa. Ya tuve que esperar otras veces. Nunca volveré a hacerlo... —Karin giró el rostro para ocultar su dolor.

Hinata sintió un nudo en la garganta. Al borde del llanto, indicó al cochero que las llevara hacia la Quinta Avenida.

Acababan de pasar la Terraza cuando las asaltó el retumbar de los cascos de un caballo. Las dos mujeres se volvieron y vieron al duque de Sharingan que se acercaba con su pequeño séquito: al ver a Karin, el duque esbozó Una sonrisa radiante.

—¡Buenos días, señora Uzumaki! —Frenó al pura sangre negro y brillante que montaba y se sacó el sombrero ante Karin—. ¡Y buenos días para usted, señorita Uzumaki!

Como correspondía, Hinata fue la primera en hablar. Conversó con el duque como una actriz en una obra bien ensayada.

—Caramba, Su Gracia, qué coincidencia encontramos aquí, en el parque.

—Sí, estaba pensando lo mismo. —El duque disimuló un guiño.

—¿Le gustaría pasear con nosotras antes de que regresemos a casa?

—Si no fuese un atrevimiento de mi parte.

—Claro que no. —Hinata sonrió—. Por favor, vaya del lado de Karin. Tengo tortícolis, y prefiero que esté a mi derecha.

"Su Gracia" asintió, con una sonrisa comprensiva. Arrimó el caballo del lado de Karin, junto al faetón, y la miró con avidez como si temiera no volver a verla.

Karin le dirigió miradas tímidas. Como siempre, tenía la apariencia de una hechicera seductora, plena de inocencia: vestía un terciopelo carmesí muy similar al tono de sus ojos.

El duque no necesitaba intermediarios.

Hinata inició una inocua discusión acerca de Greensward, y Uchiha llevó rápidamente a Karin a una conversación entre los dos, mientras Hinata cumplía su papel de chaperona. Mientras atravesaban lentamente el tráfico bullicioso de la ciudad, el duque las invitó a una velada que daría la señora Mei Astor en su honor, y Hinata sintió deseos de aplaudir, contenta con el triunfo que eso significaba.

Para el momento en que llegaron a la mansión, Karin estaba enamorada y el duque, embelesado. Y Hinata, triste como nunca. Si bien la alegraba la conquista de Karin, sabía bien lo que eso le costaría. Una vez conseguida la anulación, toda posibilidad de felicidad se habría terminado para ella. Tenía que aceptar el acuerdo. Sufría lo indecible al pensar que cuando Karin se casara ella quedaría condenada a la soledad. Perseguida para siempre por el recuerdo de Naruto Uzumaki..

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Continuará...