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Capítulo 22
—¡El Duque y la Duquesa de Grandchester!
La voz imperiosa del maestro de ceremonias real resonó en el amplio vestíbulo, como un grito de guerra en las Highlands.
Del brazo de su marido, Candy siguió a un lacayo en una de las dobles escalinatas de Carlton House.
Las velas brillaban en una danza majestuosa de llamas sobre los enormes candelabros que colgaban del altísimo techo.
Las paredes de espejo que bordeaban las escaleras, capturaban la luz y las figuras de Terry y Candy.
Ella tenía la mano sobre el brazo de su marido y lo sentía tenso. Mirándolo notó la mandíbula apretada, la tensión en su mirada.
Con típica determinación escocesa le murmuró:
—Trataré de que te sientas orgulloso.
Su marido se mostró sorprendido y por su rostro por un instante pasó un relámpago de culpabilidad. Un segundo después, subían los dos últimos tramos que llevaban a una sala enorme donde estaba reunida una marea de personas elegantes con una expresión curiosa.
Esa noche Candy no era Candice Fiona White Andrew, la bruja escocesa. Era la Duquesa de Grandchester, del brazo de su orgulloso Duque. Sintió su mano caliente sobre la propia.
—Eres bellísima, pecosa. —Era como si hubiese adivinado qué cosas ella necesitaba. Candy levantó la barbilla otro centímetro y cuadró los hombros. Su vestido ondulaba y fluctuaba a cada paso. Mientras se acercaban, la gente se aglomeraba más alrededor de ellos y Candy se dio cuenta de cuantas personas le habrían puesto los ojos encima si le hubiese hecho pasar un papelón a Terry. Y comprendió su aprensión.
—¿Cuándo encontraremos al príncipe? —le preguntó.
—Seremos llamados pronto. No es una presentación formal. —La miró —pecosa… Ninguna magia —Le apretó el brazo.
—Nada de levitación. Nada de estatuas que danzan. Nada de relojes que enloquecen. Y especialmente que nadie escupa sapos. Tenemos los ojos de todos encima. Prométemelo, nada de magia.
—Esta noche soy la Duquesa de Grandchester, tu esposa y nada más —prometió Candy con tono decidido. Empezaba a cansarse de sus recomendaciones.
—Muy bien. Yo estaré a tu lado.
Ella lo miró, preguntándole si se lo decía para confortarla o para ponerla en guardia. Continuaron a caminar a lo largo de la galería hacia la sala de baile donde, en la puerta, estaban reunidas muchas personas. Las mujeres murmuraban detrás de los abanicos.
Desde aquel momento el tiempo pareció cambiar de velocidad. Candy retuvo el aliento cuando cruzaron el umbral.
Ni en sus fantasías más fantásticas habría imaginado encontrarse frente a semejante espectáculo. Plumas de todos los colores, rojas, fucsia, azul, amarillo canario, ondulaban sobre las cabezas de la alta sociedad de Londres. Los tocados de las señoras eran tan altos y recargadas de joyas que Candy se preguntó cuán fuerte era el cuello de las mujeres inglesas.
—¡El Duque y la Duquesa de Granchester!
El corazón de Candy se detuvo. Un segundo después ella y su marido se abrían camino entre la multitud de curiosos que los miraban.
—Respira hondo, o te desmayarás. —Terry le pasó el brazo alrededor de la cintura y la mantuvo cerca de sí con el pretexto de guiarla a través de la sala repleta. Ella se dejó llevar. Caminaba entre las personas sin verlas.
—¡Hey, digo!
Candy dirigió la mirada sobre el primer rostro amigable que veía y suspiró aliviada. Con Charlie estaba Archie que le tomó la mano.
—Vuestra Gracia. —Archie se inclinó y miró Terry. —La más bella mujer de toda la sala, Grandchester.
—Archie tiene razón —hizo eco el vizconde con una reverencia.
De lejos se escuchó la voz de graznido de otra conocida, lady Agnes Voorhees.
—¡Oh, miren quien ha llegado! ¡Eugenia! ¡Claire!
Terry apretó los dientes.
—Maldito sea el diablo —refunfuñó, mirando a la mujer que se acercaba a pesar del gentío.—Me hará enfermar.
—¿Alguien esta enfermo? ¿Quién es? —preguntó lady Agnes casi sin aliento, arrastrando al marido a su lado con un tirón. Lady Eugenia y Claire Timmons se materializaron al lado de ella como dos lacayos.
—¡No me diga que se trata de vuestra pobre mujer! Esto explica porque no la hemos visto en la ciudad.
—¿De qué sufre, querida mía?
—Vuestra Gracia —le recordó Terry, con una fría mirada.
—Oh. Sí, cierto, perdóneme el olvido, Vuestra Gracia.
—No lo olvide nunca más. —La voz del Duque era como el viento de invierno. El silencio se hizo tenso y pesado. La dos chismosas abrieron los ojos y empequeñecieron bajo la mirada de Terry.
Candy las consideró más prudentes que lady Agnes que, habiendo perdido sólo la mitad de su ímpetu, se lanzó:
—No puedo decirle como me sentí de honrada al difundir la bella novela de vuestro imprevisto matrimonio. Ha sido el tema de la ciudad por semanas.
Candy sintió el brazo de Terry ponerse más rígido. Para aliviar la tensión le murmuró:
—¿Quieres que le haga venir un nudo?
Él la miró asustado.
—Era sólo una broma —dijo Candy.
—No la encuentro divertida. Ni siquiera pruebes —musitó Terry.
Mientras tanto, lady Agnes se había lanzado en una disertación sobre quien estaba presente y por qué.
—También lady Susana está aquí esta noche —dijo. Y mirando a Candy: —¿Vuestra Gracia conoce a lady Susana?
—No he tenido el placer. Quien… —comenzó Candy y por poco no gritó cuando Terry le apretó el brazo.
Charlie, muy oportuno intervino:
—Quiero decirte Grandchester, que Addersley te buscaba a propósito de un caballo que tú querías.
Antes que alguien pudiese responder, el conde de Downe adelantó un paso delante a Candy y dijo:
—Su gracia me había prometido un baile, Grandchester.
Candy miró a Terry, confundida del repentino cambio de la conversación, y aprensiva por su primer baile en público. Habría preferido hacerlo con su marido.
—Vayan, pues —dijo Terry, poniéndole la mano en la de Archie.
—Debo ver a Addersley. —Dio a su mujer una mirada que significaba "nada de magia"y aparentemente satisfecho del gesto de asentimiento de ella, se fue.
El conde entró en la pista de baile después de haber recordado a Candy que ritmo sugería la música y en un momento iniciaba su primera danza campesina. Vio a un Archie distinto, el hombre de quien Terry le había hablado.
—No estoy seguro de que me guste vuestra expresión. ¿De qué mancha se me acusa esta vez?
—Ninguna mancha. Estaba sólo pensando que me gusta más sin una copa en la mano—contestó Candy sin miramientos.
—Que extraño. En cambio yo me gusto más con la copa en la mano. —replicó el conde, con demasiada soltura.
Ella trató de contestar pero la música se interrumpió y él, ostentando una sonrisa sarcástica, la guió hacia un rincón tranquilo donde esperaba Charlie. Los dos hombres se pelearon un poco sobre lo que ella podía beber y sobre quien iría a buscar la bebida. Ganó el conde, pero antes que se fuese, el vizconde lo detuvo para recomendar: —Sólo limonada. Nada más, Archie.
El conde rió y golpeo la mano en el bolsillo vacío de su chaqueta. Luego le cerró un ojo a Candy y se dirigió hacia los refrescos.
—Terry, debería estar aquí en un momento —advirtió Charlie, luego abrió una cajita de plata y tomó un polvo, la olió, y estornudó en un pañuelo bordado de encaje.
Con la frente fruncida, Candy preguntó:
—¿Qué es?
—¿No lo conoce? Es tabaco para olfatear. Para estornudar. Aclara la cabeza, y esta es mi caja de la buena suerte, ¿Ve? —Charlie levantó la caja y en ese momento una puerta del jardín se abrió haciendo volar el polvo sobre el rostro de Candy. Ella se cubrió nariz y boca con la mano tratando desesperadamente de no estornudar para evitar las consecuencias. Charlie cerró la caja.
—Lo siento, pero sería mejor si estornuda y así botar el tabaco. Se sentirá mejor. — Debía haber visto el miedo en los ojos de ella, porque le golpeó afectuosamente la mano diciendo:
—No se debe preocupar por el decoro. Lo hacen todos. Está de moda, sabe. Vamos, estornude.
Ella meneó la cabeza y, manteniendo cerrada la nariz que le picaba, rogó en silencio: " No pienses… no pienses." Llegó el conde.
—Aquí está la limonada —dijo, le ofreció el vaso y esperó, esperó… Ella tenía miedo de tomarlo.
—¿Qué sucede? —preguntó Archie.
—Ha olfateado mi tabaco —explicó Charlie, mostrando la caja a su amigo.
—No hay que sorprenderse que esté llorando. Tu tabaco es horrible. —Luego se dirigió a Candy:
—Tenga, beba. La limonada os quitará la picazón.
Ella miró el vaso reteniendo el aliento, luego lo tomó e inmediatamente estornudó. Trató de recordar a que cosa había pensado antes de hacerlo. La sala estaba idéntica, la pista de baile estaba llena de huéspedes alegres. Nada parecía cambiado. Suspiró aliviada y bebió.
—Digo, miren allá —Candy y el conde siguieron la mirada de Charlie. —¿Dónde piensan que el príncipe haya encontrado los árboles de limón en febrero? —preguntó.
—En los invernaderos —contestó deprisa Candy, mirando la larga fila de plantas de limón en maceteros.
—No ha escogido un buen lugar para ponerlos. Bloquean las puertas de la terraza — comentó el vizconde. —digo, yo, miren detrás de esos árboles. ¿No son Terry y Addersley?
Candy vio a Terry entrar desde la terraza con un hombre, luego saludarlo y mirar las plantas. Las miró ceñudo un poco, luego, lentamente y con precisión letal, su mirada pasó de las plantas a ella. Desplazó dos maceteros y avanzó en medio de los dos sin desviar los ojos de su mujer. Ella se apuró a mirar a Charlie y chasqueó los dedos. Él se dio la vuelta con la cara un poco atónita.
—Siento la urgente necesidad de bailar con su gracia —dijo.
Alargó el brazo y se alejó con Candy, lanzándose en una danza campestre.
Durante los veinte minutos sucesivos el Duque y la Duquesa de Grandchester jugaron al gato y al ratón. Cada vez que él se acercaba, ella abría los ojos y pirueteaba lejos. En el rostro de Terry se leía la frustración y el propósito de castigarla. Después de dos danzas ella lo perdió de vista.
Cuando el último baile terminó, su pareja se inclinó y girando Candy se encontró mirando los pliegues complicados de una corbata blanca fija por un broche de esmeralda con el escudo de los Grandchester.
—Oh, Dios —murmuró.
Él le apretó el codo y la arrastró a un rincón donde podrían hablar sin ser escuchados.
—¿Qué querías hacer con esos limones en febrero?
—Ha sido un accidente, de veras. Además, existen los invernaderos.
—Maldición…
Ella le puso la mano sobre el brazo y explicó la historia del tabaco de olfateo y de los estornudos.
La rabia de Terry, se calmó y siempre ceñudo, se pasó el índice sobre el dorso de la nariz.
—Diablos, había olvidado su propensión por el tabaco. —Miró a su mujer y agregó:
—Hazme un favor, pecosa. Permanece lejos de cualquiera que tenga una caja de tabaco en la mano. —Dicho esto, Terry se dio vuelta y dio una mirada panorámica a la sala. Un camarero en librea escogió ese momento para acercarse.
—Su alteza real espera a Vuestra Gracia —dijo.
El Duque asintió y con su esposa del brazo siguió al mensajero.
Candy fue presa de un acceso de pánico. Dio dos pasos y se detuvo.
—Tengo miedo.
—Te comportarás muy bien —contestó él con una seguridad que ella no compartía. —Es sólo otro inglés. Tú haces tu reverencia. Antes y después estarás cogida de mi brazo. No lo mires y no te levantes hasta que él no hable. Ella tenía los ojos fijos en la espalda del lacayo.
—Lo recordaré.
—Y no te olvides de respirar.
Candy asintió y dio un profundo suspiro.
—Eres la Duquesa de Grandchester y eres bellísima, pecosa —El Duque tomó la mano de su esposa y la guió a lo largo del corredor.
Se detuvieron delante de una doble puerta. Ella miró a su marido, pero no tuvo tiempo de hablarle. La puerta se abrió.
—¡El Duque y la Duquesa de Gtandchester!
El calor de la habitación la golpeó y empezó a sudar.
Dentro de la sala sofocante había un grupo de personas. Todos los ojos estaban dirigidos hacia ella.
Terry le apretó la mano y murmuró:
—Respira. —Ella obedeció y un segundo después él la presentó.
Candy se dobló en la reverencia y esperó que el príncipe hablase.
—Ah, Milady Duquesa.
Candy se levantó lentamente y le dio una sonrisa al príncipe.
—Deliciosa, Grandchester. Estamos favorablemente impresionados. Siempre ha tenido buen ojo. —El príncipe Regente examinó a Candy, sin garbo y en modo excesivo. Ella permaneció de pie, la sonrisa en los labios, el corazón en la garganta y las rodillas doloridas, atónita porque ese hombre pudiera ser el futuro rey de Inglaterra.
Tenía la cintura ancha, si bien no gorda, pero todo él parecía acolchado. Sus cabellos eran de un rubio rojizo y peinados hacia atrás con una onda que dejaba al descubierto una frente amplia.
El peinado, combinado con las piernas delgadas, lo hacía parecer un gran gallo. También tenía una doble papada roja que caía sobre la corbata como una barba. Candy estornudó.
El príncipe Regente abrió la boca. Y se le escapó una voz ronca. Todos lo miraron, pero él pareció no haberse dado cuenta y habló con Candy como si nada hubiese sucedido.
Desafortunadamente, Terry se había dado cuenta. Sin embargo mantenía su postura y continuó la conversación teniendo a su esposa apretada a su lado.
Llegado a un cierto punto de la conversación, el príncipe los invitó a cenar a su mesa y Terry de pronto se volvió silencioso.
—Deseamos conocer mejor vuestra señora Duquesa, Grandchester. —Y con tal declaración fueron despedidos.
Cuando estuvieron lo suficiente lejos de los otros Terry preguntó:
—¿En qué diablos estabas pensando cuando has estornudado?
—He pensado que se parecía a un gallo.
En el corredor él le ofreció un pañuelo.
—Suena hasta que el tabaco salga del todo.
Ella obedeció y lo miró.
—Cuando hizo ese ruido, parecía que nadie se hubiese dado cuenta.
—A veces el príncipe parece tan loco como su padre. Por suerte la gente no se pregunta mucho sobre las rarezas de los reyes.
Candy miró a su marido tímidamente.
—¿Estás enojado?
Él meneó la cabeza.
—No. Debo admitir que de veras se parece a un gallo. —Y rió. Por primera vez desde que habían estado en la posada.
Se miraron por un largo momento hasta que él comenzó a sentirse incómodo y posó los ojos en otra parte.
El momento mágico había pasado.
Sin decir nada más volvieron a la sala de baile pero se quedaron alejados del gentío. De pronto se escucharon las notas de un vals, que provocaron risitas y murmullos escandalizados. La pista de baile se vació y permaneció desierta.
—¿Qué es lo que esperan? —Preguntó Candy.
—Parece que nadie quiera abrir la danza. El vals es considerado incorrecto en ciertos ambientes.
—Probablemente todos saben que el Duque y la Duquesa de Grandchester no osarían jamás empezar.
—¿Es un desafío, pecosa?
Ella sacudió los hombros, podía creer lo que quisiera. Archie de pronto apareció a la derecha de Terry.
—¿Puedo tener el honor, Vuestra Gracia?
Terry apretó la mano sobre la de Candy.
—Yo bailo con mi mujer, Archie. Busque a otra. —Con la acostumbrada sonrisa el conde fue a buscar otra pareja y la condujo a la pista con el aire de quien no se preocupa de lo que piensen los demás.
Terry tomó a Candy por la cintura y sin una palabra siguió el ejemplo de su amigo.
Ironías de la suerte, la orquesta tocaba el mismo vals vienés que el conde había tocado esa noche en Grandchester House.
Y como entonces, Candy y Terry se movían al unísono con una ligereza y una fluidez tal como si no sintieran el pavimento. Sus ojos se encontraron y permanecieron prisioneros.
En la mente de ella afloraron los recuerdos de cuando habían bailado juntos y la pasión que los había envuelto, los besos que se habían dado.
Él debía haber pensado la misma cosa, porque aquel momento mágico se repitió.
La tensión erótica creció con las notas; el deseo, casi tangible, quemaba entre ellos como una llama.
Estaban tan cercanos que sus cuerpos se rozaban en modo escandaloso; él le estrechaba la cintura y la mano.
Candy se dio cuenta que ambos probaban las mismas sensaciones, pero que él combatía como el mar lucha contra el influjo de la luna. "Bésame…" Suplicaba Candy dentro de sí.
Terry le miró la boca, durante un largo momento, pero no acercó los labios a los suyos, no osaba mandar al diablo al mundo y sus convenciones.
La música cesó y el Duque y la Duquesa de Grandchester se detuvieron. Conscientes de ser observados por centenares de ojos curiosos.
Terry se tensó, pero antes que se moviese o hablara un tintineo de un grupo de campanillas de vidrio anunció la cena.
Sumergidos entre la gente ruidosa, fueron arrastrados. Entre ellos el silencio era pesado, porque ambos habían perdido el control y lo sabían.
Terry miró con aprehensión al mayordomo que servía la copa de su mujer. Candy hablaba con el Príncipe.
Éste parecía estar pendiente de sus labios, había insistido para que fueran al teatro la noche siguiente.
Terry había esperado partir hacia Grandchester Park la mañana temprano para tener a Candy secuestrada en el campo. Escuchó la risa alegre de ella y la miró. Su mujer era un éxito y debía sentirse orgulloso. Incómodo pero orgulloso. Y contento por haber superado el examen.
¿Y entonces, por qué tenía la sensación de que el mundo a su alrededor giraba a un ritmo distinto?
Se sentía fuera de lugar. Y esto lo contrariaba.
Sentía la necesidad de mirar siempre a su mujer y en ese momento, sus ojos se encontraron.
La respiración se detuvo en su garganta, preso súbitamente por el deseo inocente que leyó en su mirada; su propio deseo, en cambio, no reflejaba inocencia, sino sólo pasión, y el deseo de entrar en ella era tan profundo que llegó a representar una urgencia insostenible.
Miró a su alrededor y vio a Susana. Ya había visto poco antes su cabeza rubia. Extraño que no hubiese notado rabia. Para salvar la reputación y para hacer callar los chismes sobre su matrimonio imprevisto, habría debido hablarle en público.
Y así, una hora después, mientras Candy bailaba con sus amigos, Terry se abría camino entre las malditas plantas de limón y seguía a Susana a la terraza.
La encontró apoyada en la balaustrada que miraba los jardines. Se abanicaba a pesar que hacía mucho frío.
Lady Susana se dio la vuelta y lo vio.
—Terry.
Él la saludó con un gesto de la cabeza.
—Susana.
La mirada que ella le dirigió era triste y lo sorprendió.
—¿Por qué esta tristeza? Es extraña para una novia. Esperaba ver tu rostro resplandecer de amor, querida mía. —Sus palabras adoptaron un instintivo tono de escarnio.
Susana bajó los ojos.
—Merezco un reproche peor por como me he comportado. No te critico si me odias. Pero he hecho lo que me parecía lo mejor para ambos.
—Yo no te odio.
Ella rió sin alegría.
—No, supongo que para odiarme habrías tenido que amarme. Y tú no me amabas.
—No. Así es.
—Gracias por tu sinceridad.
—Nunca te he mentido, Susana. Pensaba que nos entendíamos. Me equivocaba.
—Él me ama.
—No imaginaba que bajo tu belleza gélida se escondiese un corazón romántico. — Sacudió los hombros y también él se apoyó en la balaustrada.
Después de un momento de silencio, Terry dejó a un lado el orgullo y la miró.
—Tal vez fue mejor así.
Susana le escrutó el rostro.
—Te has casado —dijo, con el tono de quien se siente traicionado.—Los he visto bailar el vals. Ella te ama.
Terry la miró y adoptó una pose indiferente, contraria a lo que probaba.
—No tiene importancia.
—Yo creo que sí.
Él tuvo un sobresalto al pecho, como si estuviese desnudo frente a los ojos de Susana. No supo qué responder.
—Yo sé lo qué es amar a alguien.
—Ah, el interesante capitán.
Susana sacudió la cabeza.
—No, Terry. He dicho que él me ama, no que yo lo ame a él. Te amaba, pero tú nunca habrías podido corresponderme y yo no podía aceptar la idea de transcurrir la vida con la mitad de un corazón.
Después de unos segundos, el Duque respondió:
—Entonces supongo que ambos nos hemos casado con el corazón a la mitad.
Susana le dio una sonrisa amigable:
—No creo, Terry. Te he visto con tu esposa. —Lo tomó del brazo.
—Vamos, acompáñame adentro. Demos a las malas lenguas una ocasión de cotillear. —Apenas hubieron entrado, ella se detuvo.
—Tú eres terco, arrogante, presuntuoso y hermoso como el diablo, pero tu matrimonio es completo.
Él la miró en silencio. Y Susana, antes de dejarlo, le lanzó una última flecha:
—Me pregunto, cuándo te darás cuenta.
Candy había empleado sólo unos pocos minutos para darse cuenta que Terry no estaba en la sala. La fiesta era mejor de lo que había imaginado. Había encontrado al príncipe, cenado con él y si se excluían los pocos estornudos, todo había ido de maravillas. Esperaba que Terry estuviera orgulloso de ella.
Sí, todo era bellísimo, pero cuando vio que Terry no estaba cerca, nada le parecía vivo y estimulante.
Habría querido bailar con él otra vez antes de dejar el baile.
—¡Querida mía! —La voz de lady Agnes apareció de la nada. Candy se dio la vuelta. —Parece perdida así tan sola. ¿Dónde está su bellísimo marido? —le preguntó la matrona, mirando alrededor.
—¿Lo han visto, muchachas? —Juntas, las dos chismosas sacudieron la cabeza. Lady Agnes golpeó afectuosamente la mano en el brazo de Candy:
—Sabe, querida, creo haberlo visto salir a la terraza. ¿Quiere que vayamos a ver? —la mujer tomó el brazo de Candy y la arrastró hacia las puertaventanas.
—Oh, ahí es dónde está, querida. ¿Lo ve? —Lady Agnes indicó la terraza. —Está con Lady Susana. Muy interesante.
Candy sentía sobre sí la mirada penetrante de la mujer mientras Terry seguía a la joven mujer rubia. Sonrió mirando a su marido y dijo:
—Lady Susana es muy hermosa. ¿Es una persona importante?
Lady Agnes se llevó la mano al pecho con un gesto dramático.
—¿No lo sabe, querida? Ella y su gracia estaban por casarse.
Candy volvió la cabeza hacia los dos de la terraza, Considerándolos como una pareja. Eran perfectos juntos, ella rubia y lisa , él con el cabello oscuro con canas , con la misma actitud. El mentón en alto, la nobleza de la cuna. Eran reales y perfectamente compatibles.
Sintió el estómago bajar y aterrizar en alguna parte donde un tiempo atrás estaban colocados sus sueños y sus esperanzas. Lady Agnes continuó:
—Ella se fugó para casarse con otro… el día antes de su matrimonio.
Delante de sus ojos, Candy vio el fin de su cuento de hadas. Lo habían visto todos claro y evidente.
Alrededor de ella todo fue confuso en una niebla de amargura. Se dio cuenta de lo que era su matrimonio.
Nunca habría podido borrar lo que ahora sabía, ni siquiera la magia servía.
Nunca habría podido conquistar el corazón de Terry, porque ya lo había conquistado otra. Sus esperanzas estaban muriendo lentamente entre atroces sufrimientos.
Sonidos de truenos azotaron el cielo y un segundo después la lluvia estalló.
CONTINUARA
