CAPÍTULO XVIII
JET AIRLINER

«Oh, oh big ol' jet airliner
Don't carry me too far away
Oh, oh big ol' jet airliner
'Cause it's here that I've got to stay»


Creo que estábamos en casa de Dorcas. Y digo «creo» porque lo cierto es que no recuerdo gran cosa de aquella noche. El alcohol y sus inevitables lagunas.

El juego de la botella se había convertido en obligado en aquellos eventos sociales desde que el Yo nunca empezó a parecer monótono.

—Dorcas con… —Lily dejó la frase en el aire mientras James volvía a hacer girar la botella —. Conmigo.

La pelirroja se giró hacia su amiga y posó un casto beso sobre sus labios. Peter se removía incómodo, James estaba rojo hasta la raíz, Remus miraba a sus manos, Mary se mordía el labio y yo observaba todo aquello, divertido. Quizás un poco celoso porque mi turno parecía no llegar. Marlene, cómo no, no había aparecido.

Remus y yo habíamos «arreglado las cosas». Después de casi un trimestre... como para no hacerlo. Aun así, nada parecía ser lo mismo y para mí eso era una gran patada en los cojones —o peor—. Intentaba convencerme de que no tenía la más mínima importancia, por supuesto; de que todo estaba en mi cabeza.

No era la primera vez que me engañaba y, por supuesto, no sería la última.

Lo que ninguno de los dos sospechábamos era que el destino, siempre caprichoso, ya tenía planeada la siguiente jugada.

—Sirius… —susurró James mirando como el vidrio vacío giraba sobre sí mismo, a punto de elegir a mi víctima —y Remus.

—Esto se pone interesante —bromeó Dorcas.

Lily sonreía; le guiñó un ojo al lobo. Remus no parecía saber dónde meterse; se apartaba en pelo de la cara y escudriñaba el rostro de los allí presentes, buscando consuelo.

—Si tanto asco te da, tampoco te esfuerces —rumié.

—Oh, claro que no hay elección —recordó Lily—. Además, es solo un pico.

—Yo no pienso besarme con un chico —protestó Peter.

—No es tu turno, así que calla —le regañó James.

—Parad todos —Remus no necesitaba alzar la voz para que sus órdenes quedasen perfectamente claras.

A mí me entraron ganas de gritar algo como «¡Sí, amo!», pero me contuve, Merlín sabe por qué. Quizás aún no estaba lo suficientemente borracho. Tal vez me importaba demasiado la reacción de Lupin. Éste se levantó de su lugar en el círculo y caminó hasta llegar a mi lado.

—Solo un pico —advirtió.

Las cocinas se materializaron en mi mente y supe al instante a qué se refería. Segundos después, volvía a estar en su sitio.

—Siguiente ronda —anunció Lily—. Remus y… ¡Sirius!

—Joder, macho —se quejó James.

—Puede que no sea solo un pico, Remus —me carcajeé.

Esta vez fui yo el que rodeó a Mary.

—Las reglas son las reglas. Os ha tocado dos veces seguidas y eso es un señor morreo —recordó Dorcas. Parecía el puto libro de instrucciones.

—Me ha quedado perfectamente claro.

—Venga, tío. Es solo un juego —comenté.

Se rindió ante la atenta mirada de los presentes. Me incliné, apoyé mi mano en su hombro y lo besé tan solo una vez. Me separé en seguida y él parpadeó desorientado, confuso. Claramente decepcionado.

—Dale, Lily —apremié.

Esa vez fue el turno de Dorcas y Peter. El chico se puso rojo hasta las orejas y la otra lo disfrutó como nunca. Después fueron Mary y James.

—Peter y… ¡James!

—Oh, no —dijo el primero.

—Ni de coña —corroboró el segundo.

—Venga, joder —se quejó Meadowes.

—Estamos pringando todos —insistió Mary.

—Venga, chicos. A nuestros ojos seguiréis siendo los hombretones de siempre. Solo necesitamos un recuerdo con el que poneros en ridículo durante el brindis vuestras bodas —Lily los miró a ambos con esos penetrantes ojos verdes y ninguno fue capaz de llevar la contraria a tan exigente público.

—Me voy a tener que lavar la boca con lejía —lloriqueó James.

—Creo que esto se merece una señora celebración —dije—. Vamos a acabarnos esto de un trago y a sacar el licor, he visto por ahí un par de botellas que tenían buena pinta.
—¡Chupitos! ¡chupitos! ¡chupitos! —James golpeaba el suelo con pies y manos al ritmo de su propia voz.

—¡Los vecinos, Jimmy!

—Joder, es verdad, perdón.

—Voy a por los vasitos, id tirando —ordenó Dorcas, abandonando el círculo.

—Sirius y…

—¡No puede ser! —esa vez fue Mary la que miró a la botella completamente indignada.

Apuntaba al zapato de Remus.

—¡Dorcas! ¡Necesitamos un cuarto vacío! —gritó Lily.

La mencionada entró en el salón a toda velocidad.

—¡Ojito! Mi habitación está al fondo del pasillo a la derecha. ¡Diez minutos en el paraíso, chicos!

—Oye, Lily, estoy empezando a pensar que eres alguna clase de perturbada sexual que quiere ver cómo Remus y yo nos lo montamos, ¿no? —pregunté. Ella me sacó la lengua.
—¡Vamos! ¡Fuera! Yo cronometro.

Miré a Lunático y le tendí la mano. Me encogí de hombros y lideré la marcha al cuarto vacío.

Los primeros dos minutos pasaron en completo silencio.

—Nos quedan ocho —dije mirando el reloj—. Al menos podríamos hablar de algo.

—¿Y qué propones?

No respondí en seguida.

—No lo sé —dije finalmente—. Podríamos hablar de qué pasa.

—Nada.

—Lo que esperaba.

Me tumbé en el colchón. Los muelles se quejaron. Remus chasqueó la lengua.

—¿Por qué lo hiciste? —El chico se giró para mirarme. Su mano le tapaba medio rostro, la otra rodeaba su abdomen.

—¿El qué?

—Besarme.

—Tío, es un juego.

Ambos sabíamos que no se refería a aquella noche.

—En Hogwarts. ¿Era un juego? ¿Acaso te parecía divertido?

—No.

—¿Entonces?

—Porque me gustas —contesté—. Y no me había dado cuenta, no hasta que nos enfadamos. O, bueno, cuando yo la cagué y tú te enfadaste.

El silencio volvió a inundar la habitación. Estaba seguro de que, si poníamos atención, podríamos escuchar mi corazón galopando dentro de mi pecho. Joder, sentía la sangre bombeándome en las sienes, los nervios a flor de piel y el temblor de mis manos sobre las sábanas. Remus y su jodida compostura seguían allí, impunes.

—¿Entiendes por qué me enfadé?

—Lo entiendo —susurré.

—Bien.

—Remus.

—¿Qué?

—¿Te molestó el beso? ¿O el momento?

Eligió la opción de no contestar.

Dos golpes en la puerta y la voz de la anfitriona nos hicieron saber que el tiempo se había acabado. Éramos libres.

—No me has respondido.

Remus estaba abriendo la puerta. Se giró sin soltar el pomo y me sonrió. Reconocí al instante ese gesto: ladino, radiante, discreto. Mío. Ese que tanto echaba de menos.

Después se dispuso a salir.

—Sirius —dijo en el último momento.

—¿Sí?

—Te perdono.