Todos clavaron los ojos en ella.

Curry con diversión, el sacerdote con el ceño fruncido de preocupación, Bellamy parecía desconcertado y Sai, impaciente.

Sólo Sasuke permaneció inexpresivo.

Podría ser un hombre esperando que alguien le dijera si había huevos escalfados para desayunar.

—¿Por qué demonios no? —preguntó Sai—. Le gustas a Sasuke y tú tampoco le haces ascos. Y necesita una esposa.

Sakura se apretó las manos.

—Sí, pero quizá yo no necesito un marido.

—Un marido es justo lo que necesitas —gruñó Sai—. Así impediremos que

corretees con mi mujer por casinos ilegales.

—Sai. —La voz de Sasuke permaneció inalterable—. Quiero hablar con Sakura a solas.

Sai se pasó las manos por el pelo negro.

—Lo siento —le dijo a Sakura—. Tengo los nervios de punta. Por favor, cásate con él. Necesitamos al menos a una persona sensata en la familia.

Sin esperar su respuesta, indicó al sacerdote, a la doncella y a los dos ayudas de cámara que salieran del cuarto y cerraran la puerta.

La lluvia golpeaba las ventanas y el rítmico sonido llenaba el silencio.

Ella se dio cuenta de que Sasuke la taladraba con la mirada pero, por una vez, quien no podía mirarle era ella.

—Estoy determinada a no volver a casarme. —Sakura intentó sonar decidida y no lo consiguió—. He resuelto llevar la vida de una viuda rica: viajar, divertirme y ayudar a los demás.

Sus palabras sonaron débiles incluso ante sí misma.

—Una vez que seas mi mujer, Inuzuka no podrá tocarte —dijo Sasuke como si no hubiera escuchado nada de lo que ella había dicho—. Sus superiores le ordenaron mantenerse apartado de mi familia y, cuando te cases conmigo, serás parte de ella. No podrá arrestarte ni acosarte. Mi protección, la protección de Itachi, se hará

extensible a ti.

—Eso no ha impedido que te moleste a ti, ¿verdad?

—No le está permitido pisar los terrenos de Kilmorgan, e Itachi le causará problemas si intenta acercarse en cualquier otro lugar. Te lo prometo.

—¿No has dicho que Itachi está en Roma? ¿Y si no quiere extender su protección sobre mí?

—Claro que lo hará. Odia a Inuzuka y hará lo que sea para impedir que se salga con la suya.

—Pero…

El apresuramiento de todo aquello la dejaba sin palabras y buscó

desesperadamente una excusa.

—Sasuke, hay algo que no sabes de mí. Mi padre no fue un aristócrata francés. Cuando llegó a Inglaterra hizo creer a todo el mundo que era vizconde. Sabía imitar muy bien los modales de la nobleza. Pero sus orígenes eran tan humildes como los

de cualquiera que haya nacido en el East End.

Sasuke apartó la mirada de ella.

—Lo sé. Era un conocido embaucador que huyó de París para que no le

arrestaran.

Sakura se quedó sin respiración.

—¿Lo sabías?

—Cuando investigo a alguien, me entero de todo.

Ella notó un nudo en la garganta.

—¿Lo saben tus hermanos?

—No encontré razones para decírselo.

—Y sabiendo eso, ¿sigues queriendo casarte conmigo?

—Sí, ¿por qué no?

—Porque no soy el tipo de mujer con quien debería casarse el hijo de un duque —casi gritó—. Mis antecedentes son demasiado sórdidos… No son mejores que los

de una criada. Te llevaré a la ruina.

Él se encogió de hombros en un gesto característico suyo.

—Todo el mundo piensa que eres hija de un vizconde francés. Será suficiente para los ingleses más conservadores.

—Pero es mentira.

—Tú y yo sabemos la verdad, y quien prefiera creer lo otro también quedará satisfecho.

—Sasuke, tienes más confianza en mí de la que merezco, soy hija de mi padre. No soy mejor que él.

—Claro que eres mejor. Cien veces mejor.

—Pero si alguien lo descubriera… Oh, Sasuke, sería horrible. Los

periódicos…

Él no la escuchaba.

—Nosotros encajamos, tú y yo —explicó él—. Los dos somos extraños con los que nadie sabe qué hacer. Pero encajamos juntos. —Le cogió la mano y apretó sus palmas antes de entrelazar sus dedos—. Encajamos.

Él le estaba diciendo: «somos dos seres que van a la deriva y a los que nadie quiere, así que bien podemos ir a la deriva juntos».

No le decía: «Por favor, cásate conmigo, Sakura. Te amo».

Sasuke le había confesado aquella primera noche en el teatro que nunca podría amar.

Que no esperara amor de él.

Pero, por otra parte, tal como había dicho Sai, ella no le hacía ascos.

Sakura había aprendido a no molestarse por los abruptos

comentarios de Sasuke, a no sentirse ofendida cuando parecía que él no había escuchado ni una palabra de lo que había dicho.

—El sacerdote es católico —dijo débilmente—. Yo soy anglicana.

—El matrimonio será legal. Sai se ha encargado de ello. Pero podemos volver a casarnos cuando lleguemos a Escocia.

—A Escocia —repitió ella—. ¿No iremos a Inglaterra?

—Iremos a Kilmorgan. A partir de ahora ése será tu hogar.

—Desde luego, Sasuke, cada vez me haces sentir mejor.

Él frunció el ceño.

Como siempre, se había tomado literalmente sus palabras.

—A una mujer le gusta que le hagan un poco la corte antes de casarse —

continuó ella—. Que le regalen un anillo de diamantes y esas cosas.

Sasuke le apretó la mano.

—Te compraré la sortija más grande que hayas visto, llena de esmeraldas a juego con tus ojos.

A Sakura le dio un vuelco el corazón.

La mirada de Sasuke era muy intensa a pesar de que no era capaz de mirarla directamente.

Recordó aquel arrebatador instante, cuando estaban haciendo el amor y él clavó las pupilas en las suyas.

Sus ojos habían sido hermosos y la había hecho sentir como la única mujer del mundo.

La única que le importaba.

Daría cualquier cosa para que Sasuke volviera a mirarla de esa manera.

Todo lo que tenía.

—Maldito seas, Sasuke Uchiha—susurró.

Se escuchó un golpe la puerta antes de que Curry introdujera la cabeza por la rendija.

—Está dejando de llover y el bueno del inspector comienza a perder la

paciencia.

—Sakura… —dijo Sasuke, apretándole la mano.

Ella cerró los ojos.

Se aferró a los dedos de Sasuke como si él fuera lo único que le impidiera ahogarse en un mar embravecido.

—Está bien, de acuerdo —cedió con la voz tan agitada como su cuerpo—. Será mejor que lo hagamos de una vez, antes de que el inspector asalte las almenas.

Y lo hicieron.

El corazón de Sakura asomaba a sus ojos verdes cuando repitió los votos.

Después de que el matrimonio fuera bendecido por el sacerdote, con Curry, Sai y Bellamy de testigos, Sasuke le deslizó en el dedo la sencilla alianza que le había mandado conseguir a Curry, ocupando el lugar en el que quería poner una sortija llena de esmeraldas.

Al besarla, saboreó en sus labios la calidez que permanecía en ella

tras hacer el amor, y también su nerviosismo.

Salieron juntos de la pensión.

Sasuke sujetaba el paraguas cubriendo a ambos e ignoró con mordacidad a Inuzuka y al pequeño grupo, formado por gendarmes

parisienses y periodistas, que ocupaban la acera opuesta.

El carruaje de Sasuke se detuvo en medio de la calle, bloqueando la vista del inspector.

El hombre rodeó el vehículo y se plantó ante ellos cuando Sasuke ayudaba a Sakura a subir al mismo.

Inuzuka mostraba una mirada sombría y tenía el bigote empapado por la lluvia.

Su furiosa irritación era la que correspondía a un hombre que llevaba toda la noche persiguiendo a su presa y ahora veía que se le escapaba.

—Sasuke Uchiha —escupió con voz firme—. Estos gendarmes han venido a arrestarle por secuestrar a la señora Sakura Haruno y mantenerla de rehén en esta pensión.

Sakura le miró desde el interior del carruaje; un cálido refugio a salvo de la lluvia.

—Oh, no sea ridículo, inspector. Sasuke no me ha secuestrado.

—Tengo testigos que vieron cómo la sacaba a la fuerza del casino y la traía aquí.

Sasuke plegó lentamente el paraguas y lo sacudió antes de meterlo en el vehículo.

—La señora Sakura Haruno ya no existe —explicó, clavando los ojos en la puerta de la pensión—. Ahora es lady Sakura Uchiha.

Se giró y se subió al coche antes de que Inuzuka pudiera comenzar a balbucear.

Sai salió de la pensión con una amplia sonrisa en la cara, seguido por Curry que portaba una maleta de mano, y de Bellamy con una botella de vino y un bollo de pan que Sasuke había comprado al dueño del negocio.

—Pierde este round, Inuzuka —se regodeó Sai, dando una ruidosa palmada en el hombro empapado del inspector—. Más suerte la próxima vez.

Se subió al carruaje, sentándose enfrente de Sakura y Sasuke, a los que dirigió una amplia sonrisa.

Bellamy se acomodó con el cochero, pero Curry trepó también a la cabina de pasajeros y cerró la puerta ante las narices del inspector.

Los ojos del policía eran como duras ágatas, y Sasuke supo que sólo había

conseguido frustrar brevemente a aquel hombre.

Había ganado una batalla, pero la

guerra continuaría.

Partieron de inmediato hacia Escocia.

Sakura sólo dispuso de unas horas para hacer el equipaje y despedirse de Ino, porque Sasuke mostró de repente una prisa vertiginosa.

—Oh, querida, soy tan feliz. —Las lágrimas mojaban las pestañas de Ino cuando envolvió a Sakura en un abrazo—. Siempre te he querido como a una hermana y ahora ya lo eres. —Sostuvo a su amiga a una prudente distancia—. Hazle feliz. Sasuke se merece ser feliz más que cualquiera de ellos.

—Lo intentaré —prometió Sakura.

Ino sonrió mostrando sus hoyuelos.

—Cuando regrese a Londres, tienes que venir desde Escocia, nos lo pasaremos muy bien.

Sakura agarró las manos de la otra joven.

—¿De verdad no quieres venir con nosotros? Te voy a echar de menos.

—Yo también te echaré de menos, querida, pero no. Sasuke y tú necesitáis estar solos y Kilmorgan… —se interrumpió con una mirada de dolor—. Me traería demasiados recuerdos. Todavía no puedo ir allí.

Se abrazaron una vez más.

Sakura no se había dado cuenta del gran cariño que había llegado a sentir por Ino, la generosa joven que la tomó bajo su ala para mostrarle un nuevo y asombroso mundo.

Ino abrazó también a Sasuke, repitiéndole lo feliz que estaba por ellos.

Por fin, Sakura y Sasuke llegaron a la estación de tren acompañados de Curry, Katie y otro carruaje

lleno de cajas y bolsas.

Sakura aprendió con rapidez lo fácil que resultaba todo para los

aristócratas cuando Sasuke la guio al compartimiento de primera clase, dejando a Curry a cargo del equipaje, los billetes y Katie.

A pesar de todas las afirmaciones de Sasuke de que él estaba cómodo en cualquier lugar, seguía siendo un lord, hermano de un duque; un aristócrata lo suficientemente

rico como para ignorar los pequeños detalles de la vida.

Pagaba a gente para que se

ocupara de todas esas nimiedades.

La voz de la señora Barrington se había debilitado en la cabeza de Sakura durante los últimos días, y en ese momento la escuchó muy lejana.

«Nunca te creas superior a lo que eres, niña. No sería positivo para ti».

Se preguntó qué habría dicho Thomas al respecto y no pudo imaginarlo.

Las lágrimas nublaron la imagen de la estación, que se deslizaba tras las ventanillas cuando el tren se puso en movimiento.

Sasuke ni siquiera se molestó en enterarse de si Curry había subido a bordo antes de partir.

Sakura comparó aquella experiencia con la suya al salir de la estación

Victoria.

El jadeante mayordomo de la señora Barrington era demasiado mayor y, a pesar de que intentaba ayudar, dejaba caer más cosas de las que debía.

Katie estaba convencida de que les robarían el equipaje y jamás volverían a verlo.

Y la doncella que Sakura había contratado, histérica por tener que partir al extranjero, había

desaparecido en el último momento.

Por supuesto, Curry no tuvo ninguno de esos problemas.

Apareció tranquilamente en la puerta del compartimiento cuando salían de París para decirles que pronto les servirían el té y que ya se había ocupado de los billetes, antes de

preguntarles si querían algo más.

Eficiente, tranquilo como si su señor no acabara de precipitarse en un apresurado matrimonio y no se extendieran ante ellos centenares

de kilómetros de viaje.

Poco después de dejar París atrás, mientras atravesaban una Francia empapada por la lluvia, Sakura descubrió lo alterado que podía llegar a sentirse Sasuke.

Tras pasar sólo media hora en aquel compartimiento privado, su flamante esposo comenzó a vagar por el tren, paseándose por el pasillo de arriba abajo.

Cuando llegaron a Calais y subieron al barco que los llevaría a Inglaterra, recorrió la cubierta dejando que Sakura pasara la noche a solas en el camarote.

Por fin, durante el trayecto entre Dover y la estación Victoria, Sakura se puso en pie cuando él se levantó de nuevo con intención de salir del compartimiento.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó—. ¿Por qué no quieres estar sentado conmigo?

—No me gusta estar encerrado. —Sasuke abrió la puerta del pasillo mientras hablaba, con el labio superior perlado de sudor.

—No te importa ir en carruaje.

—Porque puedo hacer que se detenga cuando quiera, pero no puedo bajarme de un tren o un barco en marcha.

—Cierto. —Sakura se pasó el dedo por el labio—. Quizá podríamos encontrar algo en lo que mantenerte ocupado.

Sasuke cerró bruscamente la puerta.

—También salgo al pasillo porque mantener las manos alejadas de ti es una tortura.

—Aún estaremos algunas horas más en el tren. Estoy segura de que Curry impedirá que nos molesten.

Sasuke bajó las cortinas y la miró.

—¿En qué estás pensando?

Sakura nunca hubiera imaginado la cantidad de cosas que podían hacerse en un compartimiento de tren, pero Sasuke resultó ser muy imaginativo.

Al poco rato estaba medio desnuda y le rodeaba con las piernas mientras él se encontraba arrodillado frente a ella.

En esa posición sus caras quedaban a la misma altura y Sakura pudo

estudiarle los ojos, esperando que él la mirara de nuevo como la vez anterior.

Pero en esta ocasión, cuando alcanzaron el clímax, Sasuke cerró los ojos y giró la cabeza.

Sólo unos minutos después, una jadeante Sakura volvía a estar vestida y sentada en el compartimiento, y Sasuke salía a pasearse por el pasillo.

Cuando compartía cama con Thomas habían mantenido unas relaciones menos intensas, más convencionales, pero al final se besaban entre susurros murmurándose lo mucho que se amaban.

Ahora Sasuke vagaba por el tren y Sakura permanecía sentada a solas, observando los verdes campos ingleses por la ventanilla.

En su mente resonaron las declaraciones que Sasuke le había hecho semanas antes: «No espero amor de ti. No podría corresponderte».

El equipaje llegó sano y salvo a la estación, pero cuando se subieron a un elegante vehículo alquilado por Curry, Sakura notó que se dirigían hacia el Strand en vez de a la estación Euston.

—¿Vamos a detenernos en Londres? —preguntó Sakura sorprendida.

Sasuke respondió con una leve inclinación de cabeza.

Sakura miró a través de la ventanilla un Londres lluvioso que le pareció más sucio y monótono que antes de

haber visto los anchos boulevares de París.

—¿Tu casa está cerca de aquí?

—Los enseres de mi vivienda en Londres han sido empaquetados y enviados a Escocia mientras estaba en Francia.

—Entonces, ¿adónde vamos?

—Vamos a visitar una tienda.

Entendió a qué se refería cuando la condujo a un pequeño local en el Strand, lleno de curiosidades orientales del suelo al techo.

—Oh, vas a comprar más porcelana de la dinastía Ming —dedujo ella—. ¿Una jarra quizá?

—Una taza. No sé nada de jarras Ming.

—¿No es lo mismo?

La mirada que le dirigió preguntaba si se había vuelto loca, así que Sakura cerró la boca y se mantuvo en silencio.

La autora del libro es Jennifer Ashley

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto