AIRE

PANSY PARKINSON

Diciembre de 2032


—Pensaba que su funeral sería diferente. Que cientos de personas se reunirían en torno a su tumba a llorar su memoria. Que sería colorido; que estaría lleno de luz.

Pero Daphne se equivoca. En lugar de la muchedumbre, allí solo quedan los penosos fantasmas de los que un día fueron sus únicos amigos. En lugar de aquella característica vivacidad, el horizonte está enturbiado por unos espesos nubarrones que tiñen el cielo de un desagradable gris.

Al final, Blaise estaba igual de corrompido que el resto. Sus comienzos en la podredumbre fueron propios, su destino se bifurcó con la misma facilidad con la que se había unido al resto de los chavales esmeralda.

Pansy lleva su media melena recogida en una modesta coleta; su flequillo ondea, salvaje, en pos del viento y el aire que les asfixia. Se rodea el pecho con sus propios brazos antes de comenzar a tiritar.

—Yo pensaba que nuestro reencuentro sería diferente —responde.

La mujer se gira para ver lo que queda de su antigua vida:

Draco tiene el peso de la guerra bajo sus ojos, entrelaza su mano con la de Astoria, pero más bien parece que ella es lo único que le separa de una catastrófica caída libre a ninguna parte. A su lado, el hueco que ocuparían Crabbe y Goyle, pero uno murió hace muchos años, y el otro está pagando un precio absurdamente elevado por unirse a la causa del Lord —teniendo en cuenta lo que se rifó el resto—. Daphne está demasiado seria. Su mirada parece haber perdido toda emoción. Por más que escudriña su rostro, no es capaz de leer sus ojos oscuros. Theodore está en un segundo plano; parece ser el único al que los últimos veintitantos años le han sentado mínimamente bien. En su boca, y, como siempre, aquella mueca, aquel intento burlón de sonrisa que esculpió a lo largo de los años. En su voz, la acidez que Pansy tanto ha esforzado por olvidar:

—Cómo no, Parkinson. Eras la única para la que el verde fue alguna vez sinónimo de esperanza.