Severus cerró el libro que estaba leyendo sintiéndose terriblemente frustrado. Llevaba dos días repasando todas sus notas y todavía no lograba hallar una explicación a lo que le había sucedido a Hermione. Para ese entonces su confianza en sí mismo comenzaba a tambalearse, no había considerado la posibilidad de que no fuese capaz de desentrañar ese misterio. Masajeó sus sienes tratando de aclarar sus ideas, algo se le estaba escapando y debía descubrir el qué.
Por suerte al día siguiente Granger se reincorporaría a las clases y también empezarían sus lecciones de Oclumancia. Por lo que había llegado a sus oídos su estado de salud era mucho mejor, Madame Pomfrey ejercía un férreo control en su alimentación además de suministrarle algunas pociones para que la niña lograse alcanzar el sueño sin dificultad. Desde su despertar no había encontrado el valor necesario para volver a verla pero estaba al tanto de su favorable evolución.
Las manecillas de su reloj de bolsillo marcaron las doce de la noche, suspiró cansado al ver como el tiempo parecía escapársele entre los dedos. Debía dormir, no podía seguir aguantando a base de pociones revitalizantes. Estaba tan cansado por las noches que llevaba inmerso en diferentes escritos que si cerraba los ojos durante unos segundos caería exhausto encima de los mismos. Agarró el pergamino con el cuestionario que la enfermera le había hecho a Hermione el día que despertó y se tumbó en la cama con él. Tantas veces lo había leído que era capaz de recitarlo de memoria así que pensó que sería la lectura perfecta para dejarse vencer por el sueño mientras lo releía por última vez. Por la mañana se lo devolvería a la mujer, Poppy no había estado muy conforme con la idea de que Snape se lo llevase para examinarlo pero Dumbledore le había convencido de ello. Ya sabía los síntomas que allí se relataban a la perfección así que sus ojos se posaron en la pequeña introducción del texto, una especie de ficha medimágica con los datos del paciente.
"Nombre: Hermione Granger" — Leyó para sí fijándose en el apellido de la chica.
"Granger, un apellido tan humilde como su procedencia, ¿Cómo es posible que sea una bruja tan extraordinaria?" — Meditó maravillado por la asombrosa evolución de su joven alumna.
Un apellido desconocido en el mundo mágico, jamás había existido un mago con éste así que ella sería la primera, aunque si decidía casarse sería sustituido por el de su cónyuge. Esa idea le sacudió por dentro, nunca había pensado en cómo se desarrollaría la vida de la muchacha al alcanzar la adultez. Sabía que estaba enamorada del menor de los Weasley por la discusión que habían mantenido tras el duelo. Sin poder evitarlo le nació una mueca de desagrado al pensar en la posibilidad de que se convirtiese en su esposa. La confesión de a quien amaba le sorprendió pues siempre pensó que su relación con Potter tenía un cierto matiz romántico. Estaba claro que había proyectado en esos niños demasiadas vivencias del pasado, llegando a ser injusto con ellos en muchas ocasiones por dichos recuerdos.
Al pasar al siguiente renglón sus ojos se detuvieron en algo en lo que no se había fijado a pesar de tenerlo todo el tiempo delante de él.
"Fecha de nacimiento: 19 de septiembre de 1979"
¿Cómo era posible que no lo hubiese visto antes? Era una niña nacida en septiembre lo que significaba que empezó sus estudios en Hogwarts rozando los doce años. Si las matemáticas no le fallaban en la actualidad Granger había alcanzado los diecisiete, la mayoría de edad en el mundo mágico. Esa revelación era algo a tener en cuenta pues algunas maldiciones de linaje despertaban con mayor fuerza a partir de esa edad. Una nueva pieza para resolver el rompecabezas que le robaba el sueño acababa de revelarse.
— Si vuelve a encontrarse mal regrese para que la examine, no se fuerce más de lo necesario — Dijo Poppy mientras frotaba los brazos de Hermione intentando reconfortarla.
La chica se encontraba de pie y lista para retomar las clases. Esa mañana había desayunado en la intimidad de la enfermería retrasando el momento de encontrarse con sus compañeros lo máximo posible. Sabía que Harry había intentado visitarla durante su convalecencia pero Dumbledore había prohibido toda visita hasta que estuviese totalmente recuperada. Sólo había pasado dos días recluida entre esas paredes pero ya sentía que la asfixiaban. Deseaba volver a la normalidad aunque el reencuentro con sus compañeros la inquietaba.
— Tendré cuidado y me lo tomaré con calma — Prometió Hermione con una tímida sonrisa — Gracias Madame.
Dicho esto se acercó a la cama para recoger su cartera, mientras se la colgaba al hombro sus ojos se dirigieron a la camelia con la que el profesor Snape le había obsequiado. La bella flor permanecía en la mesita auxiliar junto al camastro, tan bonita como el primer día. No había pensado que hacer con ella, tal vez llevársela consigo demostraría que le daba demasiado valor. Era posible que ese regalo por parte de Severus fuese solamente una muestra de cortesía deseándole una rápida recuperación. Aunque algo en su interior le decía que ese gesto encerraba un significado más profundo.
— Vítreo Duro — Conjuró con su varita mientras dibujaba en el aire las iníciales del hechizo.
La flor quedó encapsulada en una bola de cristal endurecido con la finalidad de preservarla. Hermione había usado una variante del hechizo "Duro" con el que se transformaban las cosas en piedra o se recubrían con roca, un conjuro simple que los alumnos de Hogwarts aprendían a partir de su tercer año en el colegio. Su modificación le permitía cambiar la piedra por vidrio muy resistente.
Se acercó hasta la esfera y la sostuvo durante unos segundos admirándola. Se asemejaba a las bolas de cristal que la profesora Trelawney usaba en sus clases de adivinación, de circunferencia perfecta aunque de menor tamaño.
El reloj de Hogwarts sonó en ese momento marcando el inicio del horario escolar. Las clases estaban a punto de dar comienzo así que debía darse prisa si no quería llegar tarde. Al ser martes su primera clase era la de Herbología impartida por la profesora Pomona Sprout, debía dirigirse a los invernaderos con prontitud así que guardó la esfera en su cartera y salió de forma apresurada de la enfermería.
No tardó en darse cuenta de la cantidad de miradas que atraía mientras caminaba por los pasillos del castillo, seguramente durante su reclusión la cantidad de rumores sobre su persona habría aumentado. Desde su famoso duelo con Malfoy sus compañeros se habían divertido inventando teorías sobre ella y sus poderes.
"Todo saldrá bien" — Se prometió a si misma mientras salía de Hogwarts sintiéndose aliviada por escapar de los cuchicheos que provocaba entre el alumnado.
La brisa que corría en el exterior comenzaba a ser más cálida, poco a poco dejaban atrás el frio intenso del invierno y se preparaban para la primavera. Al llegar al invernadero destinado para los alumnos de sexto y séptimo año vio como sus compañeros ya se encontraban en el interior del mismo. De nuevo llamaría la atención al llegar tarde así que trató de entrar en el recinto sin hacer demasiado ruido y se colocó al final esperando no verse descubierta por Pomona.
— Veo que Granger se une a nosotros — Comentó la señora al discernir la melena rizada de Hermione entre los estudiantes — Le disculparemos su retraso en el día de hoy pero confío en que no se vuelva a repetir.
Sus compañeros se giraron hacia donde se dirigía la mirada de su profesora, quedando decenas de ojos clavados en ella.
— No volverá a repetirse señora — Se disculpó la muchacha con las mejillas encendidas.
La clase prosiguió con normalidad tras la disculpa de la joven. Ese día debían enfrentarse a la Snargaluff y recolectar sus vainas. Tenían que formar grupos de tres para lograr atraparlas sin resultar heridos así que con rapidez los estudiantes comenzaron a agruparse. Mientras Hermione se ponía los guantes de piel de dragón un par de chicos aparecieron delante de ella.
— ¿Podemos formar grupo contigo? — Preguntó Harry dando una palmada con sus aparatosos guantes.
Ron sonreía a su lado esperando que por fin Hermione enterrase el hacha de guerra con ambos.
La chica suspiró aparentando estar harta de ellos pero enseguida les dedicó una sincera sonrisa. No sabían cuanto los había echado de menos, para ella esos dos idiotas eran su familia.
— De acuerdo, pero sólo porque todos ya han formado sus grupos — Respondió mientras reía.
En seguida los chicos se pusieron manos a la obra con la afanosa tarea de extraer las vainas de la Snargaluff. Una de ellas acabó enredada en el cabello de Hermione pero Ron logró repelerla con las tijeras de podar. Harry alcanzó un par que nacían unidas pero le resultaba imposible desprenderlas. Tras esto la planta abrió un agujero entre sus ramas, las cuales se asemejaban a tentáculos. Con valentía Granger metió su brazo para alcanzar otra de sus vainas, momento en el que el arbusto se cerró aprisionando el brazo de la joven como si fuese una trampa.
— ¡Maldita sea! — Gritó la chica al notar la presión de las ramas enredándose en su antebrazo.
Potter y Weasley tiraron con fuerza de las vainas lo que obligó a que el vegetal abriese de nuevo sus ramas dejando en libertad el brazo de Granger. Al sacarlo del interior ésta tenía en su poder una vaina.
— ¡Tachán! — Exclamó Hermione como si acabase de realizar un truco de magia al más puro estilo muggle.
Harry y Ron rieron al ver la cara de orgullo de su amiga, parecía que todo volvía a la normalidad entre ellos.
La profesora Sprout se acercó al trío con una sonrisa.
— ¡Excelente! Han sido los primeros en conseguir una vaina — Les felicitó — Un gran trabajo de equipo, como siempre.
Granger sonrió al escuchar la puntualización de su profesora. Ellos tres siempre habían formado un gran equipo, durante esos seis años se enfrentaron a una gran cantidad de peligros. Hermione los necesitaba a su lado de igual manera que ellos la necesitaban a ella.
